Esperaré
Capítulo 27
ÚLTIMAS ETAPAS
Aquellos días se habían convertido en una locura para María. No daba abasto asimilando todos aquellos cambios tan rápidos e importantes en su vida.
Por un lado, se encontraba con que estaba asumiendo la muerte de su hermano.
Eso la había dejado destrozada, además había decidido que no debía contar nada a su madre con lo que tenía que llevar todo aquello lo más oculto posible.
Ya pensaría en que momento y cómo explicárselo si es que era necesario.
Por otro lado, José estaba en la prisión y realmente temía por él. Los tiempos estaban muy mal y si no cambiaban las cosas tenía muchos números para morir fusilado sin ningún juicio previo. Si las cosas ya estaban radicalizadas, mucho más se habían radicalizado desde el momento en que empezaron a caer bombas sobre la ciudad.
El día del bombardeo fue horrible. En el momento en que empezaron a sonar las sirenas la gente enloqueció y corría desesperadamente en busca de refugios. La sensación de correr para salvar la vida era terrible pero no quería imaginar lo que debían sentir todas aquellas madres, alumnas suyas, cuando eran empujadas hacia aquellos sótanos sin saber si sus hijos que estaban en el colegio, sus maridos o todas las personas que querían, tenían tiempo para ponerse a cubierto o no. María sufría horriblemente por su madre. Las vecinas le prometían que ellas se hacían cargo y que, si tenían que salir corriendo se la llevaban, no la abandonarían. A María no le cabía duda de que así era, pero no dejaba de darle vueltas al hecho de que la mujer pasaba la mayor parte del día sola.
Josefina, después de aquel bombardeo empezó a perder la cabeza. Se había remontado al momento en que ellos —sus hijos— aún eran jóvenes y su padre estaba vivo. Ahora vivía permanentemente en aquella época. Para ella, Juan se acababa de ir a vivir a Guadalvalle y hacía poco tiempo que se había casado. Alfonso estaba vivo en el ejército y las niñas jugaban todo el día en la calle. Curiosamente José también jugaba, aunque en la vida real José y Alfonso no habían coincidido ya que cuando uno nació el otro ya había muerto.
A pesar de todo se le veía feliz y contenta. Hablaba constantemente con doña Marujita, como si la pobre mujer que llevaba tantos años muerta, estuviese allí con ellos y canturreaba todo el día. Parecía que todo lo que había perdido de mente lo hubiese ganado de alegría.
Para Josefina, cuando llegaba María llegaba su niña querida. Era como si por fin, después de la oscuridad apareciese el sol por la puerta. María no se lo podía creer. Nadie en su vida le había hecho aquellos recibimientos. La pobre
Josefina insistía en prepararle pan con chocolate para merendar, igual que hacía treinta años atrás.
Para tenerla ocupada María la hacía coser todo el día. De esta forma no entraba en la cocina ni se preocupaba por las tareas de la casa. María pagaba una semanada a una vecina que se pasaba algunas horas con ella.
Aquella locura le llegó de repente. Nunca llegaron a decirle que Juan había sido asesinado ni que José estaba en prisión. La noche que pasaron allí Carmen y los niños no se percataron de que los pequeños hablasen más de la cuenta. Carmen los había advertido antes de llegar.
Todo había pasado de golpe, en menos de una semana pasaron todas las desgracias. Muerte, prisión y enfermedad y por si fuera poco las bombas.
Parecía mentira el giro que podían tomar las cosas en tan poco tiempo.
Por las noches Josefina descansaba sin problemas mientras que María no pegaba ojo. Le daba mucho miedo cuando su madre fingía que hablaba todo el tiempo con Doña Marujita porque en realidad solo oía la voz de Josefina, pero ella respondía a las supuestas preguntas de doña Marujita. No quiso obsesionarse con el tema así que la dejó hacer y nunca intervino en aquellas conversaciones.
El terror le llegó una noche en que oyó que su madre hablaba en sueños con Alfonso y con Juan. Josefina, de la manera más natural bromeaba con ellos diciendo fíjate tu Alfonsito que te fuiste al ejército te moriste de una pulmonía y sin embargo Juanito que nunca ha sido de armas murió de un tiro y a continuación reía como si estuviesen los tres juntos.
A María se le pusieron los pelos de punta. No se podía creer lo que estaba oyendo. Josefina sabía cosas que ellos no le habían contado y que estaba segura que nadie le había dicho. Quizás sí que era verdad que los que están próximos a la muerte pueden ver a personas del otro lado. Por la mañana todo volvía a la normalidad de su locura habitual. Cuando Josefina se despertaba por las mañanas no recordaba nada y seguía con su locura habitual, aunque no hablaba con personas imaginarias o que no estuviesen presentes. A veces hasta parecía que estaba bien.
Ante estos temas no podía hacer nada, si ella era feliz de esa manera para qué desengañarla, además qué sabía ella de lo que ocurre cuando te has muerto o cuando has perdido a un hijo.
Había estado dando vueltas sobre el tema de las bombas. Se planteó llevarla a Guadalvalle, pero se dio cuenta de que no era buena idea. Era inconcebible que estuviese en Guadalvalle y que ni Juan ni José apareciesen de tanto en tanto por allí. Ana había insistido en llevársela, pero al final dedujeron que probablemente las habría descubierto en su engaño. En Guadalvalle todo el mundo conocía la desgracia de Juan y además había afectado mucho a mucha gente. Era facilísimo que alguien hablase de más. Marta también había hablado de llevársela a Coín, pero a Josefina no le gustaba aquel pueblo. María le planteó la posibilidad de irse de Málaga, pero ella se negó en rotundo.
—¿Dónde quieres que vaya si mis niños están aquí?, además, ¿qué dirá tu padre si viene y no me encuentra?
La conclusión a la que llegó María fue que era mejor no preguntar más, no estaba segura de si quería oír las respuestas. Se quedarían las dos solas y buscaría ayuda de los vecinos.
Marta y Ana las visitarían cuando pudiesen y
Carmen pensó que cuando bajase a ver a José pasaría la noche con ellas. De esta forma María también estaba más acompañada.
Lola también iría bajando, pero de momento todos entendían que estaba pasándolo muy mal y que era mejor no meterla en estas historias.
Todos alucinaban con el estado de enajenación en que había entrado Josefina, uno de aquellos días en que Carmen iba a visitar a José, le estuvo comentando a María.
—¿Te había contado alguna vez lo que mi abuela nos decía de los muertos? —comentó Carmen con un punto de ironía.
—No lo recuerdo —respondió María, a la que no le interesaban mucho estos temas— aunque me parece que me da más miedo que otra cosa.
—Según ella no había que tener miedo —comentó Carmen con total tranquilidad.
—¿Y qué decía? —preguntó María finalmente y dando sentido al dicho popular de que la curiosidad mató al gato.
—Explicaba que cuando una persona se muere, pasa un tiempo revisando su vida y haciendo un balance de todo lo bueno y lo malo que ha hecho durante el tiempo que ha estado en la tierra. Cuando ha acabado ese proceso tiene que esperar hasta que está preparado para volver a la tierra y vivir una vida nueva con metas diferentes.
—No me parece mala la idea —dijo María sin estar muy segura de que realmente eso era lo que pensaba— si es así no estaría mal.
—La parte que te va a gustar menos —siguió Carmen con la fina ironía que la caracterizaba— es que también decía que mientras has acabado tu proceso de revisión y estás sin volver a la tierra te pasas el tiempo alrededor de la gente que querías durante tu vida más reciente.
—No me digas esas cosas —cortó María con mala cara— ahora aún tengo más miedo que antes.
—Pero ¿por qué?, —preguntó Carmen medio en broma y medio en serio — ¿es que acaso, por ejemplo, el fantasma del tío Juan o de tu padre te van a hacer algún daño?
—Imagino que no, aunque no estoy segura de que si viese un fantasma no me diese un infarto —respondió María.
—Pues entonces, ¿de qué tienes miedo? —la ironía había sido reemplazada por el sentido común.
—De lo desconocido. —María no dudó ni un segundo en la respuesta.
—Ya ves, debes querer decir que más bien tienes miedo de saber — razonó Carmen—. Es curioso en una persona que se dedica a enseñar.
—Puede ser —respondió María sin estar segura.
—Pero lo que si sabes es que hay otra vida y que esta vida no es el fin de nada no veo para que sirve tanto miedo —insistió Carmen.
—Bueno, niña, tú eres muy valiente, pero yo estoy con mi madre y a veces tiene conversaciones que solo de pensar en ellas, se me pone el pelo de punta —intentaba razonar María, más para explicar la situación que para justificar su miedo.
—Eso le pasaba a mi hermana Maru. Tiene terror a estas cosas. Solo le dices ¿qué es esa sombra? Y la tienes corriendo como una loca —bromeó Carmen—. Por cierto, tu hermano José también tiene bastante miedo de todo esto.
—No me digas —dijo María divertida.
—Si te digo. Alguna vez que me he enfadado con él le he puesto las cabras en el corral asustándolo con alguna historia.
—Ya ves, y a los políticos no les tiene miedo. Esos sí que son fantasmas sin cadenas —dijo María mientras se alejaba por el pasillo en dirección a la cocina.
Los sábados que Carmen iba a visitar a José, María lo pasaba bien. Le caía muy bien aquella niña. Siempre había sido muy espabilada y muy sensata.
No entendía que había visto en el loco de su hermano. Bueno, sí lo entendía. Su hermano podía tener mucho encanto si se lo proponía.
Josefina la trataba como si la conociese de toda la vida, pero en realidad María estaba convencida de que no tenía la menor idea de quién era. Carmen también lo pensaba, pero no le importaba, ella era cariñosa con su suegra y le daba conversación siguiéndole la corriente. Ayudar a cuidar a Josefina la hacía sentir bien. Le parecía que estaba haciendo algo por José también. Él hubiese querido estar con su madre, pero no podía, así que Carmen la reemplazaba en aquella labor.
De todas formas, a veces se sorprendían todos. Un buen día Josefina le dijo a Carmen:
—Tu tío siempre ha dicho que eras una niña con mucho ángel —dijo Josefina como lo más natural.
—¿Sí, Josefina? —respondió Carmen sin dar demasiada importancia y mientras plegaba ropa limpia para guardarla en el armario.
—Sí niña sí, mi Juanito siempre me lo ha dicho. Ayer mismo sin ir más lejos. Me dijo mañana vendrá Carmencita, mi sobrina y me dijo no sé cuántas cosas buenas de ti —lo dijo también como si no fuese importante.
—Ya será menos —dijo Carmen que se había quedado sorprendida, y notaba como se le erizaba la piel del cogote de la impresión.
Cuando Josefina se fue para la habitación, María que lo había oído todo le dijo en susurros a Carmen:
—¿Lo ves?, mi hermano ronda por esta casa —casi llorosa.
—No sé qué decirte —dijo Carmen también susurrando y muy sorprendida a pesar de que María ya le había avisado de estas cosas.
—No hace falta que nosotras digamos nada, ya lo dice todo mi madre concluyó María.
—No le des tanta importancia —dijo al fin Carmen.
—Claro, tú te vas mañana por la mañana, pero yo me quedo aquí a solas con ella —se quejó María.
—¿A solas? —dijo Carmen con ironía y riendo.
—Eres lo que no hay —le dijo María siguiéndole la broma.
Era curioso, pero los días que Carmen pasaba con María, María se relajaba y era más fácil verla reír.
No solo hablaban de fantasmas y espíritus. También María aprovechó y le contó a Carmen toda su historia de amor con Alfredo y el desenlace que estaba a punto de ocurrir.
Carmen había oído buena parte del tema porque José le había contado la historia, igual que su tía Lola se lo había ido contando a su madre pero nunca había tenido la ocasión deque María se lo contase directamente. Le gustó mucho aquella confianza. La estaba tratando como uno más de ellos y le confiaba lo más importante que le había pasado en toda su vida y que había llegado hasta el punto de condicionarla totalmente.
Carmen la animaba y le planteaba preguntas que nadie más le había hecho, ya que ella tenía un punto de vista mucho más fresco, más acorde a su edad. Desde su juventud veía el romance de su cuñada como una novela de amor que estaba a punto de tener un buen final. Admiraba mucho aquella persistencia y confianza en la otra persona.
Josefina a veces se unía a la conversación, aunque en realidad no tocaba con los pies en el suelo y podía salir con lo más inesperado que se le ocurriese.
Aquella Nochebuena era especialmente triste. Era la primera noche de Navidad en que no se reunían todos para celebrar la fiesta.
Carmen le propuso a María ocultar a su madre que día era ya que al no salir de casa no resultaba muy difícil que no se enterase. Tan solo tenían que avisar a las vecinas y bajar el volumen de la radio para que Josefina que no sabía más que encender y apagar el aparato no se diese cuenta.
Carmen pasaría el día con ellas. Aquel año la Nochebuena era un jueves y el viernes era el día de Navidad. Había visita extraordinaria en el barco prisión y María la acompañaría. Dejarían a Josefina con una vecina vigilando.
Los niños eran pequeños y se quedarían con Aquilina y Maru que estaban encantadas de tenerlos en casa. Carmen se quedaría con ellas hasta el domingo, después de la visita del sábado. Hacía tiempo que no podía ver a su marido dos días seguidos. En esta ocasión sería el día de Navidad y el día siguiente.
Aunque no contaron nada a Josefina, prepararon una cena especial y se dispusieron a pasar las tres juntas una festividad que podría haber sido muy triste pero que intentaron que no fuese así.
Al día siguiente salieron temprano en dirección al barco a visitar a José.
María se quedó muy apenada al verlo tan desmejorado. Se dio cuenta de lo mal que lo estaba pasando por la muerte de Juan. Seguía sintiéndose culpable. Las dos mujeres intentaron animarlo y al final pareció que quedaba un poco más tranquilo.
Era la primera vez que una de sus hermanas lo visitaba y consideró que tenía que hablar de aquel tema tan doloroso para él. Se desahogó dejando salir sus sentimientos ante María. Ambos compartían el cariño y la añoranza por Juan.
Las dos mujeres regresaban tranquilamente hacia la casa cuando se encontraron con el vecino que salía a su encuentro. Por lo visto hacía rato que merodeaba por la zona buscándolas.
—Menos mal que te encuentro María —dijo el pobre hombre muy alterado.
—¿Qué pasa? —dijo María intuyendo alguna desgracia.
—Hemos llamado al médico. Tu madre esta mañana no era capaz de hablar con claridad. Mi mujer se ha quedado con ella y yo venía a buscarte.
Salieron los tres rápido hacia el piso donde estaba Josefina.
No hablaba y estaba muy atontada. A María le recordó el susto que ya le había dado una vez, no hacía mucho tiempo. En seguida llegó el médico y sin perder tiempo dio órdenes de que la llevasen al hospital. Era una crisis grave.
No sabía si se trataba de un derrame cerebral o de una bajada de presión que le había afectado seriamente, pero tenían que correr.
Llegaron al hospital en nada de tiempo y se llevaron a Josefina para examinarla. María se quedó temblando en la entrada. Afortunadamente tenía a Carmen que estaba con ella. Carmen se fue a la centralita de teléfono del hospital y de allí llamó a la centralita de Guadalvalle. Avisó a la operadora de lo que había pasado y le dio instrucciones para que avisase a Ana y a su tía Lola, la chica de la centralita le dijo que no se preocupara que ella se encargaría de hacer llegar el mensaje también a Coín, a su hermana Marta.
Como siempre las malas noticias vuelan y no pasaron muchas horas hasta que Lola, Ana y Marta también estaban allí. Habían llevado a Josefina a una habitación y parecía que estaba muy tranquila. Respiraba con normalidad. El médico les había explicado que cabía la posibilidad de que se le hubiese hecho un trombo en el cerebro y que le hubiese afectado algunas funciones vitales.
Era primordial ver como pasaba las próximas horas para ver qué evolución tenía todo aquello. Entre ellas decidieron hacer turnos y aquella primera noche la iba a pasar allí Lola. Todas pensaron que quizás era la menos adecuada, pero ella les explicó que en su casa estaba amargada siendo el primer día de Navidad sin Juan y que para eso prefería estar haciendo algo útil como cuidar a Josefina. Además, por las noches no pegaba ojo así que no le costaría demasiado esfuerzo estarse allí.
Al final así se hizo. Marta y Ana regresaron a Coín y Guadalvalle respectivamente. Ellas volverían en dos días. El día siguiente se lo combinarían entre Carmen y María.
La noche pasó tranquilamente y sin sobresaltos. Por la mañana María llegó temprano para relevar a Lola. Desayunaron juntas y estuvieron comentando que Carmen había ido a ver a Juan y que la tarde la pasarían allí las dos, luego por la noche se iba a quedar Carmen.
Todo se hizo como habían previsto. Al día siguiente aparecieron por allí Marta y Ana que se repartieron el día, la mañana siguiente volvió a estar Lola.
Josefina había mejorado mucho y parecía que hasta había recuperado parte de la coherencia que había perdido todo aquel tiempo. Por la tarde llegó María que se iba a quedar a pasar la noche. Al poco de estar allí notó que Josefina se ponía muy nerviosa. Algo no iba bien. Le costaba respirar y la zona de encima del labio superior se le había puesto de un color azulado.
María se preocupó y avisó a la enfermera. Aquellos días la situación era bastante mala en Málaga y estaba todo muy colapsado con los heridos de la guerra. A la ciudad llegaban muchos refugiados y algunos de ellos llegaban muy malheridos de todo el oeste de Andalucía y colapsaban los hospitales. La chica que apareció por allí la estuvo mirando y decidió que le daría un ansiolítico para que se calmara y pudiese dormir un poco. En realidad, no se podía hacer mucho más. Al cabo de un rato parecía que, en efecto, Josefina se calmaba y se iba quedando adormilada. Algo le decía a María que aquello no iba bien. Estaba realmente espantada y se sentía muy sola. No estaban sus hermanas ni sus cuñadas. Ella que normalmente sabía lo que había que hacer se sentía desorientada totalmente. Dudaba entre mover cielo y tierra para que viniese alguien más preparado para visitar a su madre o relajarse y pensar que estaba en el hospital y que no podía estar en mejores manos que en las que estaba en aquel momento.
Josefina descansó un rato, pero María no pegó ojo. Respiraba mejor pero no respiraba del todo bien. Seguía alterada. Al cabo de un rato se despertó con los mismos síntomas que la vez anterior. Ahora le costaba mucho respirar y también hablar. María le cogió de la mano pero a Josefina le molestaba todo contacto, necesitaba toda la energía que le quedaba para respirar.
María volvió a insistir para que viniese el doctor. Apareció al cabo de un rato un doctor que estaba de guardia. María le estuvo explicando lo que había pasado y todo el historial de su madre. El médico miró a Josefina con detenimiento y le estuvo haciendo alguna pequeña prueba y le dijo finalmente a María, que el cuadro parecía plenamente de ansiedad. Mandó que le diesen otro ansiolítico y prometió que en una hora volvería.
Puntualmente al cabo de una hora, el hombre estaba allí. No había cambiado nada el estado de Josefina. María estaba muy nerviosa. El médico se dirigió a Josefina:
—Josefina, ¿cómo está?
Josefina hizo un gesto ambiguo con la cabeza.
—Está muy nerviosa —dijo el médico—. No hay ningún motivo para que esté así, pronto se va a poner bien.
Josefina lo miró muy seria y solo atinó a decir:
—Padre nuestro que estás en los cielos…
—Pero Josefina —dijo el médico muy sorprendido—. ¿Cómo es que estás rezando?, te vas a poner bien dijo mientras le cogía de la mano.
El médico se apartó y se llevó a María al pie de la cama para que Josefina no le oyese.
—No se preocupe, yo creo que es un cuadro de ansiedad. A veces estos cuadros provocan pequeños derrames que afectan a la coherencia de la persona.
—Mi madre ya estaba afectada por estos pequeños derrames antes de ingresar.
—Más razón de lo…
De pronto se quedaron los dos callados.
Josefina, impulsada de alguna manera se sentó en la cama con los ojos en blanco y pegó tres gritos totalmente animales y acto seguido cayó hacia atrás ya relajada.
Ninguno de los dos supo reaccionar. La propia María se encontró con que sus sentimientos se habían bloqueado totalmente. No era capaz ni siquiera de llorar ni de pensar ni de nada de nada. La única cosa que acertó a hacer pasado un rato fue irse al oído de Josefina y susurrarle
—Muchas gracias por todo Mamá. Dale un beso a papá y a Juan y a Alfonso. Que Dios te bendiga —y le dio un beso en la frente. En ese momento le empezaron a resbalar por las mejillas alguna tímida lágrima, pero nada más.
Había tenido la imagen romántica, seguramente influida por las conversaciones con Carmen, de que sería capaz de ver a su madre salir de su propio cuerpo y ver como se encontraba con su padre y sus hermanos, y con todos aquellos que venían a buscarla mientras todos le decían adiós con la mano, pero nada de eso pasó o al menos ella no fue capaz de verlo.
Se fue a la centralita del hospital y avisó de que le pusiesen con la telefonista de Guadalvalle. Solo eran las seis de la mañana, pero pensó que era mejor que avisase. Cuando se puso la operadora pidió que fuesen a buscar a Carmen, le explicó a la operadora lo que había pasado y la mujer fue a avisarla, vivía muy cerca.
En menos de un cuarto de hora Carmen se había hecho cargo del asunto y avisaría de todo lo que había pasado a Lola, Ana y Marta. En unas horas estarían todas allí.
Gerardo, el marido de Marta fue el que las recogió a las cuatro y las llevó a Málaga. El encuentro del grupo fue muy emotivo, como era de esperar. Iban a llevar a Josefina a su cama a pasar el velatorio y en dos días la enterrarían al lado de Juan, su marido.
Cuando María vio que llegaban, por fin dejó en libertad sus emociones y se puso a llorar. Hizo falta un buen rato para consolarla y calmarla. Como no podía ser de otra forma, María se esforzó todo lo que pudo en ir controlando sus emociones. Ella era una mujer muy mesurada al manifestar sus sentimientos.
Poco a poco fue recuperando el control de sí misma.
Ayudó mucho que las demás mujeres de la familia se hiciesen cargo de los trámites y de la organización del entierro. Ella se había ocupado toda su vida de Josefina. Bueno, María no se había ocupado de Josefina, sino que había compartido su vida con Josefina. Josefina, en realidad nunca había necesitado que nadie se ocupase de ella y desde luego para María nunca había sido una carga.
El tiempo de su madre se había acabado después de setenta y dos años que era una larga existencia. Además, había vivido una buena vida, sobre todo en los últimos tiempos ya que una vez que sus hijos habían sido mayores ella había dispuesto de suficientes recursos económicos como para vivir con comodidad. En realidad, había sido una privilegiada.
Bueno, ahora se había acabado. Dedicaría el tiempo necesario a despedir a su madre y después se reincorporaría al trabajo en seguida. Tan solo dos días después del entierro de Josefina, había despachado a sus hermanas y cuñadas hacia sus casas, aunque había prometido que el fin de semana iría a verlas. En realidad, no sabía qué pensaba hacer, aunque no le apetecía nada ir a Guadalvalle. Tenía ganas de estar sola.
Durante todos aquellos días no había leído las noticias. Sabía que la cosa estaba fatal porque no era sorda y había llegado a oír bombas, como la mayoría de los malagueños. También había alcanzado a saber que los militares ya avanzaban por la provincia alcanzando Marbella y Antequera y que era cuestión de poco tiempo que la ciudad cayese en manos del ejército rebelde.
Cuando llegó a la escuela, Tina fue la primera que la vio aparecer de lejos. La había acompañado en el entierro y ahora acudía a saludarla.
—¿Cómo has venido tan pronto? —dijo muy seria y realmente preocupada por ella— deberías haber descansado unos días.
—En casa no dejo de pensar y tras vivir toda una vida con ella, la encuentro a faltar y la veo por todos los rincones, así que he pensado que lo mejor es volver a la vida normal —dijo María sinceramente e intentando no dramatizar.
—¿Quieres que nos veamos cuando salgamos? —propuso Tina— me gustaría hablar contigo.
—De acuerdo, nadie me espera —respondió María con tristeza— tú también tienes muy mala cara —observó.
—Luego hablamos —dijo Tina y le dio un beso en la frente y desapareció por el pasillo camino de su clase.
Las alumnas de María le dieron el pésame e intentaron tratarla con condescendencia, aunque María procuró que pareciese que no había pasado nada y trató que todo fuese lo más normal posible. Le ayudaba ir a trabajar y salir de casa. Casi consiguió olvidarse en algún momento de todo.
Cuando llegó la hora de marchar, Tina la esperaba en la puerta. Eran las cinco de la tarde, y el día había pasado rápido. A pesar de las bombas y de que la ciudad iba a ser tomada en pocos días la escuela permanecía abierta y los alumnos que podían seguían asistiendo a clase.
En realidad, todos intentaban que durante aquellas horas pudiesen olvidarse de la realidad tan terrible que se les venía encima. Intentaban actuar con el máximo posible de normalidad. De todas formas, la cantidad enorme de refugiados que aquellos días andaban por las calles de Málaga les daba una pista de cómo iban a evolucionar las cosas. La gente los acogía lo mejor que podían, pero para muchos de ellos aquello no era más de una etapa ya que tenían muy claro que era cuestión de días que la ciudad cayese y tenían que seguir huyendo.
Las noticias de la guerra corrían por todos los rincones. La población de la ciudad tenía miedo, más que miedo terror. Habían oído relatos de lo que había pasado en otras ciudades con la entrada de Franco. Había quien decía que todo varón de entre 15 y 60 años que no pudiese demostrar que había sido obligado a trabajar para la república era fusilado. Esto había pasado en algunos lugares provocando verdaderas matanzas. Tenían montones de testimonios horrorosos que contaban los que iban llegando huyendo de otros lugares.
María no se lo acababa de creer, aunque sí que entendía que la implicación política que había tenido durante todo este tiempo iba a complicarle mucho las cosas en un futuro inmediato. Confiaba en que las propietarias de la escuela, pertenecientes a las altas clases locales le ayudasen como mínimo a sobrevivir.
Era curioso, a pesar de que su situación no parecía muy buena, justo lo contrario, parecía malísima, tampoco estaba preocupada. Era como si todo aquello no fuese con ella y ese fue el tema del que había estado hablando con Tina.
—María, tenemos que hablar —le dijo Tina seria— pero tenemos que tener una conversación larga.
—Es que no me apetece mucho hablar sobre la guerra, será lo que tenga que ser…
—No María, es mucho más complicado —cortó Tina tajante—. Si no te importa me voy a tu casa contigo.
—Ya sabes que eres bienvenida. Prepararemos algo de cena y hablamos tranquilamente. Te puedes quedar a dormir, ahora hay espacio más que de sobra.
Pasaron por casa de Tina donde ella metió en un bolso una muda de ropa y lo necesario para el aseo matutino y se fueron hacia casa de María. Había estado lloviendo a cántaros durante todo el día y se pusieron cómodas para preparar la cena. Mientras la preparaban Tina intentó no entrar en el tema que le llevaba de cabeza y estuvieron hablando sobre el duelo, la vida, la muerte, los fantasmas y todo lo que a María se le ocurrió que necesitaba explicar para desahogarse y dejar salir lo que llevaba en su cabeza.
Cuando se sentaron en la mesa, Tina sacó una botella de vino que había cogido en su casa y también puso sobre la mesa tabaco para liar, papel y una caja de cerillas.
En el momento en que empezaron a cenar, Tina consideró que María no tenía excusa para no oírla y que sería más fácil que le prestara atención así que empezó a explicar todo lo que tenía que decir.
—María, yo no soy lo que tú crees que soy —empezó directamente Tina.
—¿Ah no? —dijo María sin ocultar sorpresa y casi sin tomarla muy en serio—. ¿Qué quieres decir?, no te entiendo.
—En realidad, sabes muy poco de mí. Dime. ¿Qué sabes? Nada — respondió ella misma— que vengo de Tetuán y que hablo idiomas. Nada más.
—Bueno… Es verdad, no sé nada de tu vida, si a eso te refieres. —María no entendía muy bien a dónde iba a parar aquello— ya me irás contando lo que tú quieras contar.
—Ya va siendo hora de que te explique qué hago aquí, además ahora empieza a ser urgente —dijo Tina apurando el vaso de vino y volviendo a llenárselo.
—Vale, dime —dijo María con curiosidad, pero divertida, no sabía que tenía que ver con ella toda aquella historia que le iban a explicar.
—Es todo bastante serio. —Tina intentó situarla en la gravedad de la conversación.
—Perdona, no quería que te ofendieses —rectificó María al darse cuenta de que la joven se había molestado un poco.
—Aunque no te creas, el hecho de que tengas ese poco de humor es bueno, quiere decir que estás un poco mejor. A lo que iba, y por favor no te asustes —siguió Tina muy seria haciendo una pausa— en realidad, no soy hija de nadie importante. Mis padres son dos personas normales y corrientes. Yo he pasado mi infancia entre el Marruecos español y el francés. Eso sí que es verdad. Esa es la razón por la que hablo francés correctamente. El vivir en Marruecos, en mi juventud, me puso en contacto con bastante gente de todo tipo y entre ellos también me puso en contacto con alguna red de información.
María tenía una expresión seria, estaba expectante por oír hacia donde iba todo aquello.
—En realidad, trabajo para lo que llamamos redes de información y de soporte oficiales y secretas. Es algo así como un servicio secreto que trabaja para su país pero que también trabaja a título privado, siempre que no se vean perjudicados los intereses estatales. Yo vine a Málaga con una misión.
—¿Tiene algo que ver con la Señora Vega? —una luz se encendió en la mente de María con suficiente fuerza como para que ella pudiese hacer la pregunta.
—Sí, tiene mucho que ver —explicó Tina sorprendida por como María había relacionado temas.
—Por favor, explícamelo un poco mejor porque ahora ya no entiendo nada —respondió María con franqueza.
—Es sencillo María, el estado español ha puesto bastantes recursos en la búsqueda de Alfredo Estrella, hay muchas personas implicadas y mucho esfuerzo dedicado. La razón para todo ello, aunque es un poco incomprensible para muchos de nosotros, está en que la Señora Vega siempre pensó que tu novio había desaparecido por su culpa. Para alguien tan meticulosa como ella esto había sido terrible y era como la búsqueda de su Santo Grial.
—¿Y cómo se relaciona contigo toda la historia? —ahora María ya no tenía ni gota de ironía y estaba muy seria.
—En un momento como este en que hace tiempo que todos saben que Málaga está perdida y en que también saben cómo las gastan los fascistas no querían que ahora todo el plan fallase pero por tu culpa y no por la de Alfredo. Quiero decir que estás en peligro.
—Pero a mí no me va a pasar nada.
—María, —dijo Tina con vehemencia— saben de tu implicación y no tienes ni idea de cómo las gastan. No te puedes hacer la loca a no ser que quieras que te maten. Están mucho mejor informados de lo que puedas imaginar.
Las dos quedaron en silencio unos minutos. María iba situándose y al final estalló.
—Bueno y ¿ahora qué? —dijo levantando un poco la voz— ¿qué tengo que hacer? Me he pasado la vida detrás de una utopía y cuando parece que todo está a punto de acabarse, y raro en mí, de acabarse bien, resulta que llegan los fascistas y me pegan un tiro. ¿Es eso lo que me quieres decir?
—Cálmate María —dijo cariñosamente Tina— no nos va a pasar nada. Si te sirve de consuelo yo también estoy en riesgo.
—Perdona, no me he podido aguantar estoy más que harta —dijo María secándose las pocas lágrimas que habían brotado de sus ojos.
—Es natural. El problema que tenemos es que he perdido todo el contacto con la Señora Vega. Lo último que supe es que había salido de Bombay con destino a El Cairo. Si todo ha ido bien ya están en el Cairo o de camino hacia aquí.
—¿Y cómo va a llegar a Málaga? Si está a punto de caer en las garras de los fascistas.
—Sencillamente, no va a poder —dijo Tina— no hay tiempo, nos tenemos que ir nosotras. Debemos escapar.
—¿A dónde quieres que vayamos? —preguntó María pensando que su amiga se había vuelto loca.
—Teníamos previsto que podía pasar lo que está pasando. El plan es que debemos salir de Málaga rumbo a Almería, creo que es la única opción que tenemos.
—¿Estará Nuria en Almería?
—No. Desde Almería tendremos que coger un barco rumbo a Orán. Ese es el plan que hemos elaborado para ti.
—¿A Orán? —exclamó María con preocupación— ¡si yo en mi vida he salido de España!
—Créeme que no es fácil que lo consigamos, pero tampoco es imposible.
Tenemos muchas cosas que hacer antes de que pensemos en Orán.
Hubo unos instantes de silencio
—¿Cuándo nos vamos? —preguntó finalmente María. Parecía que había tomado consciencia de que era la única manera de escapar.
—Hoy es uno de febrero. ¿Tienes dinero? —preguntó directamente Tina.
—Sí. Unos ahorros de todos estos años —respondió María.
—¿Dónde los tienes?
—En el banco.
—Bien, mañana hay que ir a intentar sacarlos.
—¿Y qué haremos? —preguntó María sin entender nada.
—¿Tú confías en mí? —preguntó Tina.
—Creo que está claro que sí —respondió María con sinceridad y plenamente entregada.
—Me los darás y a través de mis contactos los convertiremos en dólares de Estados Unidos. No será difícil para mí —explicó Tina.
—¿Y tendremos que llevarlos encima? ¿No será peligroso? —preguntó María con preocupación, en definitiva, estaba entregando todos sus ahorros a otra persona que, aunque amiga suya no había conocido realmente hasta aquel momento.
—Te puedo proponer depositártelos en algún banco, por ejemplo, en Casablanca. El problema es que para sacarlos tendrás que ir en persona. Es la mejor idea que se me ocurre.
—¿Se puede ir desde Orán? —María estaba un poco perdida ya que si bien sabía que las dos ciudades estaban en el norte de África no era muy consciente de la distancia entre ambas.
—Por supuesto. Ya te digo que el problema en este momento, está en llegar a Orán.
—Tengo que avisar a mi familia, bueno a lo que queda de mi familia — concluyó con tristeza María.
—Te aconsejo que no lo hagas —dijo Tina— mejor no decir nada.
Cuando llegues a Orán ya les avisarás. Ellos no corren peligro. No hay nada contra ellos y además tu hermano se ha significado con los fascistas, eso lo salva a él y tus hermanas son bastante apolíticas.
—Me da pena marcharme así —dijo María—. Se van a preocupar por mí.
—Ya les avisarás. Piensa que en este momento hemos perdido el hilo con mis contactos y estamos improvisando. No deberías ser tan confiada. Yo no te voy a fallar, pero te podrías encontrar con que te estuviese mintiendo.
—Y dime tú, ¿qué tengo que perder si prácticamente lo he perdido todo? —otra vez afloraba la desesperación en María— además me has hablado de Nuria Vega, de Alfredo y de que si me quedo aquí estoy muerta, o casi, así que ya me dirás que tengo que perder.
—Sencillamente la vida querida María, eso es exactamente lo que tienes que perder si te quedas.
El estado de semidepresión en que estaba María había ayudado a que Tina lograse convencerla más fácilmente. Lo único por lo que seguía valiendo la pena seguir viviendo era Alfredo así que mejor se apuntaba a esa oportunidad.
Aquella mañana del día dos, María fue al banco y sacó todo el dinero que tenía. Le hicieron mil preguntas y le pusieron miles de pegas. Nunca se sabrá si hubo alguna presión por parte de alguien para permitir que en un momento de pánico general sacase todo el dinero que había depositado. Luego lo entregó a Tina y en aquel momento le perdió la pista.
El resto de la semana fue bastante movida. Los fascistas estaban en las puertas de la ciudad, Guadalvalle y Coín ya habían caído, ahora María ya no tenía forma de contactar con sus hermanas y el miércoles la dirección reunió a profesores y alumnos y les dijeron que las clases quedaban interrumpidas durante unos días mientras se aclaraba la situación.
María estaba muy preocupada por su familia. No podía hablar con ellos.
Aquel sábado día seis, Tina se presentó a última hora de la noche. Llevaba ropa cómoda y una bolsa colgada a la espalda.
—Prepara tus cosas, María, nos vamos mañana por la mañana. Los militares entraran en Málaga el lunes como muy tarde. Hay que salir de esta ratonera.
Ahora sí que estaba asustada María, el momento de empezar una nueva vida había llegado. Solo le faltaba pasar el parto, en sentido figurado, que la llevase al otro lado.
Recogieron lo imprescindible. Alguna cosa de valor sentimental, ropa cómoda y algo para comer durante el camino. Tenían por delante una caminata de doscientos kilómetros hasta Almería y con la complicación extra de que las lluvias habían provocado inundaciones a la altura de Motril. Si todo iba bien Tina calculaba que tardarían unos cuatro días en llegar.
Confiaba en que desde el mar no les dispararían. El ejército les pisaría los talones ya que era previsible que una vez llegasen a la ciudad les persiguiesen y siguiesen avanzando por toda la costa en dirección a Motril.
Antes de que saliese el sol, ya estaban caminando por la carretera de la costa. Era la única salida de la ciudad. Les sorprendió que había mucha gente en la carretera, pero a Tina le pareció que eso estaría bien. Les ayudaría a pasar más desapercibidas y además no creía que nadie tuviese la idea de atacar una fila de civiles. Ellas tenían ventajas comparativas con el resto. Iban ligeras de carga, bien alimentadas y sin nada que les impidiese avanzar con rapidez.
Durante todo el día estuvo saliendo gente de la ciudad. No se sabe la cifra exacta de gente que salió ya que durante los últimos días habían llegado miles de refugiados de otros lugares a la ciudad. Hay quien habla de 15 000 personas y hay quien habla de 150 000. En realidad, serían entre 80 y 100 000 personas las que salían huyendo de Málaga con todas las pertenencias que podían llevar.
Salían de la ciudad muchos ancianos que difícilmente podrían cubrir aquella distancia en un tiempo menor a seis o siete días. También había niños, muchos niños y padres que cargaban con ellos y con todo lo que habían podido recoger. Era impresionante, pero la gente iba aparentemente tranquila.
María y Tina habían conseguido situarse entre la gente que iba más avanzada en aquel trayecto. La gente de los pueblos que iban atravesando se escondía al paso de todos aquellos fugitivos. Lo hacían por miedo a posibles represalias posteriores, aunque algunos dejaban en la carretera alguna que otra cesta llena de fruta y agua para que lo cogiese quien lo necesitase.
Tina y María anduvieron todo el día y descansaron lo justo durante la noche. Encendieron una pequeña hoguera y durmieron en el suelo. Aún era de noche cuando se despertaron y empezaron la marcha de nuevo. Había mucha humedad. Era el día 8 de febrero y habían superado ya Vélez Málaga. Tina tenía intención de llegar a Almuñécar antes de detenerse, en total habrían hecho casi ochenta kilómetros. Avanzaban por la carretera entre otra gente que había optado por descansar lo justo y necesario como ellas, cuando de repente empezaron a oír motores de aviones que se acercaban. Lo que parecía que no iba a pasar, estaba a punto de pasar. Rápidamente Tina reaccionó y empujó a María fuera de la carretera y alcanzaron a esconderse detrás de unas rocas.
Lo que pasó a continuación fue dantesco. Empezaron a bombardear desde el cielo y desde el mar a la altura del pueblo de Lagos, que era el lugar donde se veía en la distancia, más cantidad de gente de los que iban detrás de ellas.
Desde donde estaban escondidas se oían claramente los gritos y las explosiones. El resto de la gente actuó precipitadamente. Algunos corrieron hacia el interior buscando refugio y otros empezaron a correr por la carretera.
En segundos los aviones llegaron a dónde estaban ellas y empezaron a disparar.
También desde el mar los estaban atacando tres barcos que se encontraban frente a la costa. Eran la aviación y los barcos de Franco.
Tina apretó a María contra el suelo e intentaban ni respirar mientras pasaba el ataque. En realidad, fue muy poco tiempo lo que duró aquello, pero en aquellos minutos los fascistas se habían llevado por delante un buen número de vidas.
María intentó ponerse en pie y correr hacia donde había caído la peor parte del ataque ellas habían visto cómo eran masacradas las personas a la altura de Lagos, estaba desesperada, pero Tina la retuvo con fuerza por el brazo.
—¿Dónde vas? ¿Te crees que se ha acabado? Van a volver. No les podemos ayudar —dijo mirando hacia atrás— lo único que podemos hacer es seguir adelante y lo más rápido que podamos. Es posible que intenten desembarcar delante de nosotros y nos veamos atrapadas.
—Pero hay niños y gente mayor —protestó María.
—No podemos hacer nada —insistió Tina mirándola fijamente, ahora se había convertido en otra persona—. Estaba cumpliendo una función, solo podemos intentar seguir adelante. Esto es la guerra María.
No sin cierta resistencia, María entendió que Tina tenía razón, aunque eso no evitó que se sintiese ruin por abandonar a toda aquella gente a su suerte.
Había muchos niños de todas las edades, ancianos y mujeres entre la gente que había sido atacada.
María la cogió de la mano y empezó a andar sujetándola fuertemente y con paso acelerado. El miedo dio fuerza a María para seguir a pesar de sentirse totalmente ruin por no haberse vuelto a ayudar.
Pasaron por delante de alguna persona herida y también por delante de algunos cadáveres. María se puso a llorar de rabia y de frustración. ¿Cómo podían haber atacado a un grupo de civiles? ¿Qué peligro representaban ellos?
Maldijo con toda su alma a los responsables de todo aquello. Era terrible pasar por delante de los cadáveres, pero peor aún era pasar por delante de la gente malherida que lloraba y pedían ayuda.
Intentó acercarse a alguna persona, pero Tina la apartaba con firmeza.
María empezó a verla como a un monstruo capaz de pasar por encima de cualquier cosa con tal de cumplir con su función.
La gente se había ido incorporando poco a poco al grupo y muchos ya estaban en marcha.
—Anda María, solo anda. No pienses —le repetía Tina insistentemente.
—Es horrible. No quiero ni imaginarme lo que habrá pasado en Málaga.
—Es la guerra. No podemos hacer nada por los que hemos dejado detrás.
Mientras avanzaban alcanzaron a una pareja que iban con cuatro niños.
Todos bastante pequeños. El mayor no debía tener aún los ocho años. El hombre llevaba uno de ellos colgado a la espalda y el otro del cuello y la mujer llevaba al pequeño cogido en brazos y al mayor de la mano. Iban muy cargados, aunque se les veía fuertes y con energía.
—Ellos puede ser que se salven. Quizás podamos ayudarlos —dijo Tina.
Entendía que valía más la pena perder alguna hora ayudando a aquella gente, pero al menos conseguiría que María se sintiese mejor y acelerase el paso teniendo un motivo. Intentar ayudar a aquel grupo era efectivo, volver a acompañar a los moribundos en su tránsito no lo era.
Cuando llegaron a la altura de aquella familia, Tina les ofreció ayuda y al cabo de un momento andaban todos agrupados. Alguna persona más que andaba sola se fue añadiendo. También alguna otra familia. Al final se juntó un grupo de unas veinte personas que llevaban un buen ritmo y que de alguna manera se habían convertido en el pelotón de cabeza.
Andaban casi sin cruzar palabra. Todos iban con la cabeza puesta en su objetivo que no era otro que salvarse. Saber cómo las gastaban los rebeldes y que los tenían por detrás avanzando era un buen aliciente para acelerar el paso.
A lo largo del día se fueron sucediendo ataques, en ocasiones eran aviones italianos o españoles, otras veces eran los barcos españoles desde el mar y en otras ocasiones todos a la vez.
Tina tenía un instinto excepcional y parecía que los olía a distancia.
Siempre era ella quien daba el aviso y todos corrían a esconderse. Generalmente el ataque no empezaba por ellos. Los aviones venían desde Málaga que debía haber caído ya en manos de Franco y algunos no llegaban hasta donde se encontraban.
A ratos andaban por los márgenes de la carretera, donde era más fácil esconderse. La gente de los pueblos que atravesaban también había huido y eran pueblos fantasmas.
La segunda noche la pasaron en las afueras de Almuñécar, escondidos.
Muchos de los otros refugiados empezaban a andar por la noche ya que era más difícil que les atacasen. Casi no había tiempo para descansar. O andaban o acabarían muertos.
El grupo en que estaban ellas habían estado hablando de la cuestión, pero consideraron que preferían descansar por la noche ya que después de dos días andando y con la situación en que estaban era mejor estar frescos durante el día para poder avanzar más rápido. No sabían dónde estarían las fuerzas republicanas, pero posiblemente no estuviesen tan lejos.
Al amanecer hubo un grupo de gente que apareció por la carretera. Se trataba de cuatro personas. Tres chicos y una chica de unos veinte años. Cuando llegaron a su altura se dieron cuenta de en qué situación llegaban. Estaban destrozados, uno de los chicos iba lleno de rasguños y andaban al límite de sus fuerzas.
Ellos les explicaron la gravedad de la matanza. Había muerto mucha gente, pero lo que era peor eran los heridos. Muchos habían quedado en la carretera esperando la muerte. También había niños que se habían quedado solos y afortunadamente el resto de la gente los había acogido.
Les explicaron que los militares habían tomado Málaga y que también habían desembarcado en Vélez Málaga, así que no estaban tan lejos de ellos, quizás a cuarenta kilómetros.
El grupo se puso en marcha otra vez antes de que el sol saliese por el horizonte. Los jóvenes se decidieron a seguirlos ya que no tenían muchas alternativas.
Aquel tercer día desde la salida de Málaga lograron llegar hasta La Rabita. Planeaban completar el camino al día siguiente. Ya habían pasado Motril. El día fue como los anteriores, aunque cada vez había menos bombardeos y a última hora ya solo los aviones les atacaban. Seguramente los barcos se habían ensañado en la gente que iba más atrás. Tenían la esperanza de que no se acercasen porque estuviesen cerca de las líneas republicanas, aunque en aquel momento no tenían ni idea de donde estaba esa puñetera línea.
Si habían desembarcado también en Vélez, era muy probable que a una parte de los fugitivos los hubiesen alcanzado antes de superar la ciudad. Fue una pesadilla. Durante todo aquel tiempo andaban y andaban. Casi no comían, casi no bebían. Parecían almas en pena. Los niños casi no lloraban, no tenían fuerzas.
María pensaba en sus hermanos. Pensaba en Marta y en Ana que seguramente no tendrían problemas ya que sus familias políticas habían sido conservadoras y además ellas nunca se habían metido en temas políticos.
También pensaba en José, seguramente habría sido liberado. Le hubiese gustado que viese la otra cara de aquella gente. Seguro que no se hubiese quedado indiferente ante aquella matanza y aquella crueldad.
A ratos pensaba en Juan y en Josefina. Se hundía, ante tanta desgracia.
Había logrado entender que la muerte de Josefina era ley de vida y que era natural, pero le volvía loca de la rabia la muerte de Juan, tan a destiempo y de una manera tan absurda.
La noche anterior había soñado con su madre. En su sueño Josefina le decía:
—No te preocupes, llegarás a Almería y pronto verás a tu novio.
Pasaron una noche más, destrozados, pero siguiendo un ritmo infernal.
Nadie entendía cómo aquellos niños estaban resistiendo tan bien la caminata.
Imaginaban que el ejército debía venir detrás si es que nadie los había parado en algún sitio. Esto les daba más sensación de urgencia. Empezaban a perder la noción del tiempo.
Días y noches se sucedían en medio de aquella desesperación. Aquella noche la volvieron a pasar otra vez escondidos en los márgenes de la carretera.
Hacían imaginarias y siempre había como mínimo dos de ellos despiertos. Eso hacía que la mayoría de ellos hiciesen algún turno si quitábamos a los niños y a los que estaban en peor estado.
Empezaba un nuevo día de camino. Se aproximaban a Almería. Habían pasado ya El Ejido y estaban a algo más de treinta kilómetros de la ciudad. De pronto hacia ellos, desde el lado republicano vieron que se acercaba un camión del ejército.
Todos quedaron paralizados ante la sorpresa. No sabían qué hacer. Esperaban que si veían militares fuese por detrás y no por delante. El camión avanzaba con dificultades. La carretera estaba en muy mal estado. También había restos de carros y cosas abandonadas en mitad de la carretera.
Cuando llegó a ellos, vieron con alivio que se trataba de un camión del ejército de la República.
—Camaradas —les dijo un soldado asomado a la parte de atrás del camión ¿sois fugitivos de Málaga?
—Sí —contestó el padre de los cuatro niños— llevamos cuatro días andando.
—Subid —les dijo el soldado— os llevaremos a Almería.
Emocionados y sin acabar de creerse que lo habían conseguido, fueron subiendo y situándose en la caja del camión. Entraron todos, pero si no hubiese habido espacio, habrían ido unos encima de los otros.
Por primera vez se dieron cuenta que se habían salvado. El soldado les explicó que había llegado más gente antes que ellos y que habían avisado de lo que estaba pasando y que la carretera debía estar llena de fugitivos y heridos.
También les explicó que en efecto Málaga había caído y que los fascistas estaban ya en Motril.
El ejército había enviado aquel camión a buscar gente que pudiera necesitarlos. Habían llegado también camiones con sangre congelada para recoger enfermos y heridos y llevarlos al hospital. Se iba a experimentar por primera vez en hacer transfusiones de sangre. Tras ellos avanzaban otros camiones que se alejaban en dirección a Motril para intentar rescatar a los fugitivos.
Cuando llegaron a la ciudad los llevaron al ayuntamiento, donde les dieron comida y les dejaron espacio para descansar. A medida que fueron pasando las horas los camiones fueron trayendo gente. Muchos de ellos heridos, todos destrozados moralmente. Muchos habían dejado a sus familiares muertos en la carretera.
Aquel había sido uno de los momentos peores durante aquella maldita guerra y curiosamente, o quizás por vergüenza, durante los años posteriores fue muy desconocido en otros lugares del país. Poco a poco todos, los habitantes de Málaga, los soldados de la República y los fugitivos que se habían salvado fueron tomando conciencia a través de lo que relataban de la extrema crueldad y la magnitud de las masacres que había caído sobre ellos que en parte no eran más que civiles que huían asustados.
La gente que llegaba, cada vez explicaba más horrores. Pronto se fue llenando todo el espacio disponible y empezaron a ubicar a la gente en el puerto. Dos días después aún llegaba gente a la ciudad que casi había doblado su número de habitantes con todos los refugiados.
Tina y María, no se lo creían. Lo habían conseguido.
—Te dije que te llevaría a Almería —dijo Tina tomándola por el hombro con afecto.
—Y lo has hecho —respondió María agradecida.
—Ya sé que ha sido horrible, no te creas que soy insensible al dolor humano, pero no podíamos hacer nada por los que iban quedando atrás. Como mucho podíamos ayudar a los que iban por delante. —Tina hacia esa aclaración a María, pensaba que debía quedar muy claro que ella no era inhumana.
—Tina, lo entendí. En un primer momento es tu naturaleza o no sé qué es, pero algo te empuja a intentar ayudar, pero después, en mi caso, fui entendiendo que tenías razón y que no podíamos hacer nada.
—Me alegro que lo entendieses. No quisiera que pienses que soy un monstruo.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó María.
—Tú te vas —dijo escuetamente Tina.
—¿Y tú no vienes conmigo? —preguntó María con un deje de inquietud.
—No. Yo tengo que irme hacia el norte. Tengo que contactar en Valencia y seguramente acabaré pasando a Francia. No te preocupes por mí, después de ver lo que han hecho por tu novio comprenderás que se cuidan mucho de su gente y me protegerán —dijo Tina sonriendo confiada.
—¿Estarás segura? —preguntó María inquieta.
—Totalmente —afirmó rotundamente Tina.
—Cambiando de tema, te voy a explicar cuál es el plan para ti. —De acuerdo.
—Esta noche embarcarás en el puerto en un pequeño barco pesquero. Con todo lo que está pasando las barcas salen a la mar como locas. Hay que dar de comer a toda esta gente. La barca en la que tú subas no va de pesca. Te va a llevar a Orán.
—¿Y cuando llegue? —preguntó María con inquietud—. ¿Qué debo hacer?
—No te preocupes —dijo Tina con tranquilidad—. Está todo previsto. En primer lugar, cuando llegues, estarás en territorio francés y para ti esta guerra se habrá acabado. De momento al África francesa no ha llegado todo esto.
—Francamente me alegraré, pero si tú tienes que ir a Francia, ¿por qué no vienes a Orán?
—Porque yo tengo alguna otra misión en el camino.
—Entiendo.
—No te preocupes por nada. Cuando llegues a Orán debes dirigirte al Roya/Hotel. Tienes una reserva. Aprovecho y te hago entrega de tu pasaporte —y le entregó el pasaporte— y algo de dinero para que puedas subsistir hasta que te desplaces a Casablanca.
—¿Y qué hago allí? —preguntó con inquietud.
—Esperar. No creo que Alfredo haya llegado, pero cuando llegue también irá allí. De hecho, espero que no te moleste que haya hecho la reserva a nombre de los dos —dijo Tina riendo— tendréis que compartir la habitación. Mientras llega, haz un poco de turismo y descansa después de esta pesadilla que hemos vivido. Intenta olvidarlo todo. No merece la pena que recuerdes todo esto. Tu vida ha estado congelada durante mucho tiempo esperando el encuentro con Alfredo, que todo esto no te lo empañe. Ahora te toca vivir. Eres uno de los elegidos por el destino para salvarse. Sencillamente aprovéchalo.
—Nunca podré agradecértelo lo suficiente —dijo abrazándola emocionada.
—Por supuesto, ya lo has hecho. Pienso que cuando a dos personas se les cruzan los caminos siempre se da un intercambio. Tú me has aportado mucho con tu generosidad, tu forma de ser y me ha sorprendido mucho ese amor tuyo por una persona que hace veinte años que no ves.
María no supo qué decir. Esperaron a la hora convenida y finalmente se dirigieron hacia el puerto. Fue difícil atravesar por delante de toda la gente que esperaba, pero finalmente María logró llegar a la barca de pesca.
La distancia hasta Oran era de doscientos kilómetros, con aquel barco no llegarían hasta el día siguiente. María pasaría la noche durmiendo en un pequeño camarote que le habían habilitado como habitación.
Tina y María se despidieron en el puerto. María se fue hacia el sur por mar y Tina salió aquella misma tarde hacia Valencia por tierra. Tuvieron la suerte de no vivir el último acto de aquella huida horrible. Al día siguiente los aviones de Franco bombardearon el puerto de Almería matando a muchos de los miles de refugiados que estaban allí esperando a que los enviasen hacia algún sitio.
Aquella noche en aquel pequeño barco María no podía dormir.
Cuando habían pasado un par de horas de la partida y ya de noche, decidió que saldría a dejar que la brisa del mar le acariciase. El barco era pequeño, aunque la tripulación eran unas siete u ocho personas.
Como en realidad no iban a pescar, en aquellos momentos los marineros tenían un par de horas para relajarse. Entre ellos había un joven argentino que acarreaba un acordeón. Llevaban algún tipo de anís bastante fuerte. Invitaron a María a que se acercase y le sirvieron un vaso de aquella bebida. María se sentó en la cubierta con aquel grupo de cinco personas.
—Vamos Nicolás, toca alguna cosa para animar a nuestra invitada —dijo uno de los marineros al que llevaba el acordeón. Los demás insistieron mientras que Nicolás se hacía de rogar. María se unió animada a la petición.
—Está bien, pero porque me lo pide la señora —dijo Nicolás con acento argentino—. Le voy a cantar un tango de mi país que canta el gran Gardel y que se ha puesto muy de moda en los últimos tiempos.
A continuación, Nicolás tomó su acordeón y empezó a tocar. Su voz era preciosa y cantaba francamente bien. Se hubiese podido dedicar a aquello si hubiese querido.
La brisa del mar acariciaba el rostro de María. La canción empezó:
Yo adivino el parpadeo de las luces que, a lo lejos van
marcando mi retomo.
Son las mismas que alumbraron con sus pálidos
reflejos hondas horas de dolor.
Y, aunque no quise el regreso, siempre se vuelve al
primer amor.
La quieta calle donde el eco dijo.
«Tuya es su vida, tuyo es su querer»,
bajo el burlón mirar de las estrellas que con
indiferencia, hoy me ven volver.
María no sabía si era todo lo pasado durante aquellos años y sobre todo durante las últimas horas o si era la incertidumbre por el reencuentro o si sencillamente la maestría de aquel joven tocando y cantando, pero estaba muy emocionada. Le parecía que aquella canción hablaba de ellos.
La canción seguía:
Volver
con la frente marchita.
Las nieves del tiempo platearon mi sien.
Sentir
que es un soplo la vida, que veinte años no es nada,
que febril la mirada
errante en las sombras
te busca y te nombra.
Vivir
con el alma aferrada
a un dulce recuerdo que lloro otra vez.
Ahora lo tenía claro. La canción hablaba de Alfredo y de ella. Estaba tan emocionada que ya no oía el resto de la letra… La brisa le acariciaba el rostro, el barco la mecía dulcemente y aquel joven marinero le acariciaba el alma con su canción, ¿cómo no iba a…?