Esperaré
Capítulo 23
HUIDA DE LA UNIÓN SOVIÉTICA
Desde que Alfredo salió del Hospital se había ido recuperando poco a poco tanto de las heridas físicas como de las psíquicas. Para las físicas bastó con reposo durante un tiempo y lentamente las fuerzas volvieron hasta alcanzar el estado anterior al accidente.
El resto fue mucho más difícil. Al principio se encontraba aturdido casi constantemente. Su mente iba recordando. No recordó de golpe todos los detalles y todos los asuntos que tenía en su cabeza más de quince años atrás pero sí que se fueron añadiendo los recuerdos poco apoco. Era como un estanque que se llenaba lentamente. Él quería abrir el chorro para que el agua cayese a toda velocidad, pero su mente era más lista que él mismo y le iba administrando aquella recuperación tan deseada a la velocidad en que podía ir asumiéndola.
Lo que recordó ya en el hospital era su personalidad. Quién era. También recordó a María, su relación con ella y la urgencia por volver a su lado. Esa urgencia, era aquella sensación constante que tenía parecida a la que se tiene cuando hay que hacer algo importante y sigue estando sin hacer. Curiosamente se acordaba perfectamente de hablar español, en realidad había recuperado mucho del idioma con Sancho y todo lo demás fue volviendo poco a poco.
Recordó su misión en Rusia y el chantaje de las autoridades españolas con respecto a su situación personal. Un día irrumpió en su mente que él era judío. En realidad, no es que no se lo imaginase, más bien fue que aquel tema tomó relevancia entre lo que ocupaba aquel espacio mental que antes había estado vacío. De hecho, sabía hablar una lengua que comprendió que era yiddish. Volvieron a su mente la trágica historia de Volodia Vasiliev, justo antes de que él perdiese su memoria y también su contacto con Baruch Mendel y la corresponsal en la embajada Nuria Vega.
Un episodio especialmente triste fue cuando consiguió recordar toda su historia en Alemania con el asesinato de su mujer y la posterior huida dejando toda su vida anterior atrás. Cada vez era como volver a sentir lo que había sentido en cada uno de los episodios que iba recuperando.
Todo lo que experimentaba era muy curioso. Lentamente iba despertando a su propia entidad. A su manera de entender era como recuperar de pronto una caja y al abrirla encontrar que había muchas cajas menores dentro. Algo como el juego de las muñecas rusas. Conocía cada una de las cajas, pero tenía que ir abriéndolas poco a poco para poder asimilar correctamente el contenido de cada una. Cada nuevo recuerdo le aportaba sensaciones y sentimientos que había olvidado y que ahora debía recuperar.
La ayuda de Sancho Rivera y de Natalia, la enfermera, fue fundamental para ir poniendo en orden sus nuevos recuerdos que se añadían a toda la historia posterior ya que la recuperación de la información perdida no había provocado la pérdida de todo lo transcurrido después.
Una vez que tuvo todo asentado de nuevo en su cabeza empezó todo un nuevo proceso bastante depresivo en el que revisaba su vida actual y todo lo que se había perdido por no recordar.
Era el tiempo de los ¿y si…? , ¿y si hubiese podido avisar a Sokolov de que tenía nacionalidad española?, ¿y si hubiese hecho aquello en lugar de aquella otra cosa? Fue la peor fase. Pasaba de sentirse culpable por no recordar a sentirse impotente por no haber recordado.
Sancho fue todo el tiempo muy paciente con él y lo escuchaba y le hacía entender la imposibilidad de volver el tiempo atrás y solucionar las cosas que habían ocurrido en el pasado. Poco a poco fue atravesando su dura cabeza lo que su amigo no se cansaba de repetir y empezó a entender que no había tenido ninguna oportunidad de hacer las cosas de otra manera.
Sancho, fue quien le dio pie para una nueva fase:
—Bueno, Alfredo —le dijo con su acento mexicano que no perdía y menos ahora que entre ellos hablaban siempre español—. ¿Qué piensas hacer respecto a María?
—Debo ir a buscarla, pero no sé por dónde empezar —respondió Alfredo.
—Está bueno —exclamó Sancho— ¿tú crees que debe seguir esperándote después de tantos años?
—No lo sé, quizás no, pero debo averiguarlo. Seguro que en algún momento apareció alguien en su vida y acabó creyendo que yo había muerto y que nunca volvería. Al no tener noticias mías se puede haber cansado de esperar.
—No te creas Alfredo, las mujeres son muy raras en todos los países y basta que a ti te parezca algo lo más normal para que ella haya pensado todo lo contrario.
—Debería buscar una manera de contactar. Quizás una carta.
—Ni modo amigo —dijo Sancho—. No parece que lleves tantos años en este país. Si haces eso lo más seguro es que la carta nunca llegue y además descubrirás a estos carceleros quien eres de verdad y otra vez lo removerán todo y ya veremos qué deciden y qué hacen. Puede que te devolviesen a España, pero también puede ser que tarden cinco años. Ya sabes lo lentos que son para todo.
—En eso tienes razón —admitió pensativo Alfredo mientras buscaba opciones en su mente—. ¿Tienes alguna idea?
—Déjame pensar, quizás se me ocurra algo —dijo su amigo.
Al final, al cabo de unos días Natalia le dio la idea a Sancho. Natalia había ido a comer con ellos en el descanso para el almuerzo en el bosque. —Alfredo ya trabajaba de nuevo— y mientras comían los tres propuso:
—Yo creo Klaus. —Natalia le seguía llamando Klaus y le hablaba en ruso, aunque aprendía español a marchas forzadas— que hay una posibilidad de contactar con alguien que nos pueda ayudar.
—Pues, ya me dirás cómo porque yo ya no veo ninguna posibilidad — respondió Alfredo derrotado después de darle vueltas al asunto durante muchos días.
—Tú me dijiste —empezó a explicar Natalia— que cuando pasó lo del accidente en que perdiste la memoria estabas trabajando para la embajada española y en colaboración con la comunidad judía de Petrogrado. Seguro que la gente de la embajada ha cambiado ya que ha habido muchos cambios tanto en mi país como en España. Ni siquiera se decirte con seguridad que sigue existiendo la embajada.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Sancho que era más impaciente.
—Nada —prosiguió pausadamente Natalia— tan solo pensaba que intentar contactar con la embajada española en Moscú, no creo que sirviese de mucho, a no ser que queramos ir por la vía oficial —aclaró Natalia—. De todas formas, tenemos otra posibilidad.
—¿Cuál es esa posibilidad? —preguntó Alfredo totalmente intrigado.
—La posibilidad que te propongo es ponerse en contacto con la comunidad judía de Irkutsk.
—¿Hay una comunidad judía? —preguntó Alfredo extrañado de que en aquel lugar tan remoto hubiese una.
—Por supuesto —dijo Natalia con una amplia sonrisa.
—¡Ya te dije que las mujeres piensan diferente! —comentó Sancho alegre — a ninguno de nosotros se le había ocurrido.
—No sé cómo están organizados porque son muy pocos, pero la verdad es que han deportado a muchos de ellos desde occidente hacia Siberia. En parte Stalin cree que ellos se alinearon con los partidarios del Zar, aunque a mí me parece que lo que quiere es simplemente quitarlos del medio. Ahora empiezan a hablar de crear una república hebrea y enviarlos allí.
—¿Sería un país independiente? —preguntó Sancho distraídamente.
—Ni mucho menos —respondió Natalia— por lo que he oído sería como una provincia más.
—¿Cómo puedo averiguar alguna cosa? —preguntó Alfredo volviendo al tema y un poco impaciente por contactar con ellos.
—Déjame probar a mí —propuso Natalia— intentaré contactar con alguien de la comunidad y si tú me lo permites les plantearé la situación en la que estás. Por supuesto sin dar nombres.
—Siempre con total discreción —insistió Sancho.
—Claro que sí —confirmó Natalia— con total discreción.
No fue fácil. Los judíos de Siberia no hacían ostentación de su condición religiosa por aquellos días por miedo a represalias de las autoridades.
Aparentemente se habían mezclado entre los demás ciudadanos y realizaban todas sus actividades religiosas en total secreto. Era lo que habían hecho a lo largo de toda su historia y en infinidad de países.
La Sinagoga de los Soldados era la única sinagoga de la ciudad y había quedado clausurada poco tiempo antes. De todas formas, Natalia tuvo buena suerte.
Un día mientras trabajaba en el hospital ingresó un hombre de unos sesenta años con unas fiebres bastante altas. El pobre hombre se había perdido en el bosque y le había tocado pasar una noche a bastantes grados bajo cero antes de que por la mañana lo encontrasen más muerto que vivo. El pobre tenía una pulmonía que dentro de todo era lo menos que le podía pasar.
El paciente, que se llamaba Simón Volkov y pasó unos días bastante malos, al punto de morirse, pero tras el momento más crítico hubo una mejoría y poco a poco se fue recuperando. Natalia fue todo el tiempo muy atenta con aquel pobre hombre y con su familia y casi sin querer se fue ganando su confianza. Cuando Simón ya había mejorado mucho, la fiebre ya era residual y faltaban pocos días para que le diesen el alta, Natalia se decidió a dar el paso.
Aquella noche tenía guardia y la habitación de Simón se había quedado temporalmente sin ningún otro paciente así que podía hablar con total libertad.
Natalia fue hacia la habitación.
—Buenas noches. ¿Cómo se encuentra hoy?
—Vaya parece que ha llegado mi ángel de la guarda —dijo Simón al verla entrar en la habitación.
—Exagera usted —bromeó Natalia—. He visto que está mucho mejor y que en unos días le van a dar el alta.
—Sí, es verdad. Me ha dicho el médico que quizás en un par de días podré marcharme a mi casa.
—Pues ya sabe que aquí le echaremos de menos y nos puede venir a visitar cuando quiera, aunque no hace falta que para eso se pase una noche en el bosque.
Ambos rieron
—Señor Simón —siguió Natalia— me gustaría hacerle una consulta, pero no quisiera incomodarle así que si usted prefiere no contestar yo lo entenderé.
—Pregunte —le dijo Simón serio y expectante.
—Verá tengo un amigo que tiene un problema y quizás usted me pueda ayudar a encontrar una pista que le lleve a una solución.
—Pues si está en mi mano, estaré encantado de poder ayudarle —dijo el hombre extrañado.
—Mi amigo tiene problemas con las autoridades así que por algunas circunstancias que ahora no son relevantes no puede dar su identidad correcta y vive bajo otra identidad. El caso es que él es judío y cree que contactar con la comunidad judía le puede ayudar a encontrar la solución que está buscando.
—¿Es un problema de carácter político? —preguntó Simón con extrañeza ya que en ese caso no sabía cómo podía ayudar.
—Más o menos. El caso es que he sabido que hace muy poquito cerraron la sinagoga y él no sabe dónde acudir. Necesita contactar con unos amigos anteriores también de su comunidad. No le he comentado que él es hebreo.
—¿Y no tiene familiares que le ayuden? —preguntó Simón.
—Él es extranjero y desde hace varios años perdió toda conexión con sus familiares en el exterior.
—Entiendo. Debe estar muy desesperado. Por supuesto que le voy a ayudar. Por favor dígale que me visite en casa cuando salga del hospital. ¿Le parece que si salgo mañana o pasado venga de aquí a una semana? —comentó Simón dándose tiempo para recuperarse y hacer algunas averiguaciones previas.
—Muchas gracias. Verá como es una buena persona y le gustará ayudarle —respondió Natalia consciente de la importancia de aquel paso para ayudar a Alfredo.
—Si es su amigo seguro que será así —dijo Simón que en realidad estaba muy agradecido por los cuidados facilitados por aquella enfermera.
—Debo volver a mi trabajo —dijo Natalia satisfecha del resultado.
—Vaya tranquila.
—Si necesita algo ya sabe que hoy estoy por aquí —dijo Natalia ya desde la puerta— iré pasando durante la noche por si le falta alguna cosa.
El primer objetivo estaba conseguido, ya tenían una forma para que Alfredo contactara con la comunidad judía. Por la mañana, cuando acabó la guardia, no pudo esperar más y se fue hacia donde estaban trabajando Sancho y Alfredo y les contó la conversación mantenida la noche anterior. Aquella misma mañana Simón le había dado la dirección donde tenían que encontrarse en una semana de tiempo a contar desde el día en que le diesen el alta médica.
Para Alfredo aquellos días se hicieron eternos y parecía que la semana no acababa nunca de pasar. Finalmente, llegó el día en que tenía que ir a encontrarse con Simón.
Natalia decidió que le acompañaría ya que eso facilitaría las cosas. Ella conocía a la esposa y a los hijos del tiempo que habían pasado en el hospital. Le acompañaría y cuando los presentase se marcharía. Por si acaso aquella mañana había enviado un mensaje confirmando que irían aquella tarde.
Afortunadamente Alfredo tenía mucha libertad para moverse y no tenía que volver hasta unas cuantas horas más tarde. Entre los tres pensaron que era mejor que Sancho no les acompañase ya que no había un objetivo claro sobre la función de aquella visita más que tantear las posibilidades y si iban los tres podía ser que aquella gente se sintiesen intimidadas y se cerrase a hablar con libertad. Natalia recogió a Alfredo y vio que se había arreglado bastante, dentro de las escasas posibilidades que todos tenían en aquellos tiempos. Lo importante es que quería causar buena impresión. Todavía era un hombre atractivo. Con la gracia de haber madurado correctamente. Se había mantenido en forma con el trabajo físico que había realizado toda la vida y era una persona muy correcta en sus modales.
Antes de que tocasen a la puerta, esta se abrió. Aparecieron en la entrada Simón Volkov, claramente recuperado y con mucho mejor color, su esposa Irina y otro hombre de entre treinta y cuarenta años que los esperaban.
A Natalia le sorprendió esa tercera persona que no conocía ya que no la tenía vista del hospital y por lo que había hablado con la familia sabía que no era uno de los hijos puesto que los conocía a todos. Por aquellos tiempos todos se habían acostumbrado a actuar con mucha prudencia y controlar muy bien ante quien hablaban y con quien estaban. El régimen político tenía oídos en todas partes y la gente era arrestada a la menor sospecha.
Natalia abrazó a Irina y a Simón y a continuación presentó a Alfredo, pero lo hizo con su nombre oficial en aquellas tierras, es decir como Klaus Schmidt.
Simón por su parte presentó a la persona que les estaba acompañando.
—Querida Natalia y señor Schmidt tengo el placer de presentarles a un viejo conocido Aarón Goldvich. Verán a lo largo del rato en que estaremos conversando, que su presencia aquí, entre nosotros, está más que justificada.
—Encantada de conocerle —dijo Natalia aun desconfiando.
—Mucho gusto —respondió Aarón.
También se saludaron estrechándose la mano Aarón y Alfredo. Simón e Irina los invitaron a pasar a una salita que ya tenían preparada con varios tipos de dulces y pastelillos y también té para poder conversar tranquilos.
Todos tomaron asiento y fue Aarón quien empezó la conversación.
—Me gustaría poder presentarme con un poco más de detalle y de esa manera poder dar una explicación de mi presencia hoy aquí, en esta reunión.
—Por favor, hazlo Aarón —le animó Simón con una sonrisa— deben estar impacientes y seguro que con un poco de desconfianza —dijo mientras miraba a Natalia.
—La verdad señor Estrella —esta vez habló Aarón dirigiéndose a Alfredo y utilizando su nombre español— es que yo a usted ya le conozco de cuando visitaba la Sinagoga de retrogrado. Tanto Matzav como yo, que por aquella época éramos discípulos del maestro Mendel le observábamos desde una cierta distancia y más o menos ocultos. Aunque en realidad por mucho que nos hubiese visto seguro que con los años que han pasado ya no me reconocería.
Alfredo se había quedado pálido y apretaba la mano de Natalia. Por primera vez se encontraba con alguien que le había conocido en su vida anterior.
—¿Usted conoce a Baruch Mendel? —preguntó Alfredo.
—Por supuesto —exclamó sonriendo— está bien y no vive muy lejos de aquí. Le manda su sincera bendición y un fuerte abrazo. De hecho, no es él quien ha venido a visitarle en persona porque ya tiene una edad avanzada y aunque se mantiene fuerte no le convienen demasiados desplazamientos.
Nuestra comunidad también ha sido víctima de toda esta época, de las guerras y de las revoluciones casi constantes de estos años.
—Me alegro de saber que se encuentra bien —dijo Alfredo extrañado de los sentimientos que le invadían, podía confirmar que la vida que había recuperado era cierta.
—Aunque usted no lo sepa —siguió Aarón— durante los últimos tiempos le hemos estado buscando intensivamente. La verdad es que nosotros ahora ya conocemos la historia completa. Usted solo sabe una parte así que voy a
—Antes de seguir —propuso Simón— que
Irina les sirva un poco de té y vayan comiendo porque la conversación será muy larga.
Irina atendía exquisitamente a sus invitados. Natalia se levantó y la estuvo ayudando. Cuando ya estaba todo servido Aarón decidió seguir con la exposición de los hechos.
—Cuando usted desapareció en retrogrado tanto el maestro Mendel como la señora Vega de la embajada empezaron una búsqueda desesperada y contra reloj. Tanto mi compañero Matzav como yo, que por entonces éramos muy jóvenes, nos introdujimos en la morgue, en los registros, en los hospitales y en todos los lugares donde pudimos buscando a Alfredo Estrella. Pero no sirvió para nada. A quien sí que encontramos con relativa facilidad fue al cadáver de su compañero Vasiliev.
Aarón mordió un trozo de pastelillo y dio un sorbo de té.
—Excelente Irina —dijo mirando a la anfitriona y luego se volvió a dirigir a Alfredo—. Fue bastante desesperante ya que había desaparecido sin dejar huella. Cuando las cosas se complicaron un poco más en la ciudad las autoridades españolas decidieron sacar a todos los funcionarios y la señora Vega fue enviada a Suecia prácticamente a la fuerza. Ella se sentía responsable y consideraba un error propio lo que les había pasado. Pensaba que tenía que haberlo previsto. En su última reunión con Baruch Mendel le pasó el testigo de su búsqueda y el maestro se comprometió a encontrarle.
—Imagino que no ha sido fácil —comentó Simón con una expresión muy seria.
—Ha sido muy difícil —dijo Aarón con una sonrisa—. Aquí debería comentarle que ha habido muchos avatares dentro de la comunidad hebrea de Petrogrado. Muchos de nosotros fuimos desplazados a Siberia como colonos, pero en verdad era un castigo a nuestra comunidad por haber apoyado supuestamente al gobierno del zar. Al ser desplazados tuvimos que inventar sistemas para reorganizarnos y reubicarnos y eso ha requerido de mucho tiempo y muchas energías. Afortunadamente tanto el maestro Mendel como Matzav y yo mismo hemos sido enviados a ciudades diferentes pero próximas entre ellas y hemos podido organizamos con una cierta facilidad.
—Lamento mucho toda esta situación —dijo Alfredo.
—Afortunadamente nuestro pueblo está muy acostumbrado a este tipo de cosas, aquí en Rusia y en toda Europa y para nosotros no es nada nuevo — dijo Simón.
—Esto nos atrasó un poco en nuestro cometido —dijo Aarón— y por supuesto la guerra civil y la revolución nos atrasó bastante. El caso es que llegó un momento en que casi por aburrimiento y buscando posibles alternativas a su caso llegamos a la teoría de que usted hubiese perdido traumáticamente la memoria y empezamos a hacer hipótesis sobre qué podría haber pasado.
—Eso es realmente lo que pasó —aclaró Alfredo.
—Dejamos de buscar a Alfredo Estrella —dijo Aarón— y empezamos a seguir la pista a todo aquel que no fue reclamado por algún país y que era sospechoso de poder ser usted. Descartamos a mujeres, niños y personas de edades diferente a la suya. Posteriormente dimos con usted. Seguimos el rastro en su juicio y también en el hospital donde estuvimos y finalmente pudimos confirmar que era usted a quien hacía tanto tiempo que buscábamos.
—¿Hace mucho tiempo que lo saben? —preguntó Alfredo— lo comento porque esta conversación hace un año para mi hubiese sido mucho más difícil de entender ya que hace muy poco tiempo que volví a recuperar la memoria.
—La verdad es que no —dijo Simón— yo expuse el tema en una reunión de mi comunidad y ya me avisaron que Aarón Goldvich venía de camino así que ha sido todo casi al mismo tiempo.
—¿Saben alguna cosa de mi novia en España? —preguntó Alfredo con el nerviosismo aflorándole en la entonación.
—Sí —dijo Aarón mientras que a Alfredo se le detenía el corazón—. Tan pronto como deshicimos el nudo, Matzav se vio con Nuria Vega en Estambul y ella fue a visitar a su novia.
—¿Está bien?, ¿sabe si aún me espera? —preguntó Alfredo angustiado, eso era más de lo que esperaba en realidad.
—La información que me ha llegado es que está bien y que sigue esperándole. Le ha esperado todo este tiempo a pesar de que no ha sabido nada de usted. Tan solo una vez anteriormente Nuria fue a hablar con ella. Sabemos también que se desplazó a Madrid para ver que podía averiguar. Según parece está impaciente por reencontrarse con usted. Parece que toda la mala suerte que le acompaña en otros aspectos de su vida se convierte en buena suerte en esta cuestión —dijo Aarón ahora con una amplia sonrisa.
Alfredo, después de toda la incertidumbre de aquellos años, de no saber quién era y qué estaba haciendo allí, después de recobrar la memoria, de las condiciones en que había vivido todo aquel tiempo y de todo lo que se había tenido que endurecer su carácter para sobrevivir no puedo evitar que al principio la emoción se dejase ver en sus ojos y después en sus lágrimas. Eran lágrimas silenciosas. Retenidas durante muchos años y también retenidas en aquel momento por su sentido del ridículo.
Irina y Natalia se unieron solidariamente a Alfredo en sus lágrimas y Natalia le abrazaba tomándolo por los hombros, intentando consolarle. Fue un momento muy emotivo. Hasta Aarón y Simón estaban emocionados. Así pasaron unos minutos hasta que se fueron calmando poco a poco. El primero en hablar fue Alfredo
—Perdonen. Normalmente controlo bien mis emociones y no estoy acostumbrado a que me pasen estas cosas —se excusó Alfredo.
Irina respondió dándole un beso en la frente. Todos los demás tenían la mirada bajada.
—Es comprensible —dijo Aarón.
—Yo hubiese reaccionado igual —dijo Simón solidario.
—Sabemos que le esperan en España y ya le tenemos localizado. Mi pregunta puede sonar a absurda, pero debo hacerla. ¿Quiere usted volver a España? Nuestras instrucciones en caso afirmativo son llevarle hasta María Martí.
—Por supuesto que quiero —afirmó rotundamente Alfredo— y lo antes posible. El problema es que soy un prisionero, bastante libre, pero prisionero al fin.
—Bien, sabido esto le comento lo que hemos pensado y medio planeado para usted —dijo Aarón.
—Perdón —interrumpió Irina— ya sé que no está bien que interrumpa la conversación, pero he pensado que posiblemente a través de nuestra comunidad podríamos hacer algo para que llegase a manos de María una carta escrita por Alfredo, por ejemplo.
—No lo había pensado —sonrió Aarón— pero parece una buena idea.
—La verdad es que casi no recuerdo como se escribe en español, pero me gustaría mucho poder escribir alguna cosa.
—Está bien —dijo Aarón— de alguna forma conseguiremos que le llegue, pero tiene que ser bastante neutra en tanto que no debe dar pistas a nadie si es interceptada.
—De acuerdo —dijo Alfredo.
—Sancho te ayudará a escribirla —añadió Natalia.
—Bueno —dijo Aarón— hemos estado pensando en la posibilidad de sacarle del país por la vía legal. La verdad es que hoy en día parece una tarea bastante complicada. Habría que reabrir su juicio y volverle a juzgar. La mayor parte de los agentes de aquel momento están muertos y además su situación aquí no era clara y fácilmente saldría todo a la luz. Hemos pensado en la alternativa de organizar una fuga a pesar de que es mucho más peligroso. Así que debe usted decidir entre un proceso legal que será lento pero que con el tiempo puede conseguir ganar o una fuga mucho más peligrosa y con muchos riesgos pero que será a priori mucho más corta a pesar de la gran distancia a recorrer. Piénselo detenidamente.
Alfredo casi automáticamente empezó a pensar, pero de pronto le vino la decisión a la cabeza. No había nada que pensar.
—Quiero salir de aquí lo antes posible. Estoy más próximo a los cincuenta años que a los cuarenta. No me sobra el tiempo.
—Entendido —respondió Aarón mientras se levantaba de la silla donde estaba sentado y se dirigía a un maletín que llevaba.
Aarón saco un pliego de papeles y lo extendió encima de la mesa después de que Natalia e Irina apartaron todas las tazas y bandejas.
Se trataba de un mapa a gran escala, ya que ocupaba toda la mesa, y mostraba una zona que iba desde Omsk a Ulan-Ude y desde Novosibirsk al Pamyr. Cuando estuvo listo señaló un punto
—Estamos aquí —dijo Aarón—. Si organizamos una huida según lo que dice el sentido común, lo normal sería que una vez escapásemos nos dirigiésemos hacia el lago Baikal y nos hiciéramos a la mar. En ese momento nos habrían perdido el rastro. Navegaríamos hacia algún punto de la costa de unos ochocientos kilómetros y que es difícil de controlar y si tenemos suerte, al desembarcar nos dirigiríamos a Mongolia y después a China.
—Parece lo lógico —afirmó Simón.
—No es lo que vamos a hacer —dijo Aarón—. La razón es porque nos buscarán según esos planteamientos. Primero nos perseguirán hasta el lago y después por la costa hasta que nos intercepten. Los sistemas para perseguir a fugitivos hoy en día están muy desarrollados. Ya no es como antes.
—¿Qué propone Usted? —preguntó Alfredo.
—Mi propuesta puede parecer mucho menos viable, pero planteo una ruta alternativa e inesperada que nos da mejores posibilidades de que no nos encuentren siempre que seamos capaces de superar los inconvenientes geográficos.
—¿Habla de dirigirse hacia el Pamyr? —preguntó Simón mirando el mapa.
—Este sería el primer objetivo —dijo Aarón—. Se trataría de salir en dirección a los montes Savan al oeste y desde allí cruzar a Mongolia. En Mongolia aún no estamos a salvo así que habrá que viajar en caballo y con los nómadas del país.
—¿Cómo lo haremos? —preguntó Alfredo intrigado.
—Tenemos algunos amigos que nos ayudarán en todo momento. Por ahora basta con que usted se preocupe por mantenerse en un caballo sin caerse.
—Había montado hace bastantes años, pero no sé cómo se me dará ahora —dijo Alfredo.
—Una vez en Mongolia la ruta a seguir sería hacia las montañas Altái.
Esta parte, la de las montañas, puede ser una de las más duras del trayecto.
Desde allí cruzaremos hasta Sinkiang. El país se acaba de independizar de China y tienen una república que es totalmente caótica. Eso es muy peligroso para nuestra seguridad, pero nos ayuda en nuestro objetivo ya que las autoridades no nos controlarán. Desde allí iremos en dirección al Pamyr.
—¿Y cuando lleguemos allí? —preguntó Alfredo.
—Lo que le he comentado hasta ahora es la parte más difícil del viaje.
Esa es la parte en la que yo le acompañaré. A partir de allí le esperará o Matzav o Nuria Vega que le acompañaran o bien siguiendo la ruta de la seda o bien dirigiéndose hacia el Imperio Británico y entrando en la India. Esto está todavía por decidir.
—¿Cuánto tardaremos? —preguntó Alfredo.
—Si todo va bien en llegar al Pamyr tardaremos unos meses. Llegaremos hacia el inicio del año 36. Hay que salir de aquí aprovechando que se acaba el verano ya que de esa manera no cruzaremos los desiertos con temperaturas tan altas y hay que llegar al Pamyr antes de que el invierno este en su punto más crudo. Son unos tres mil quilómetros en línea recta atravesando montañas y desiertos.
—¿Cuándo nos vamos? —preguntó Alfredo impaciente ante la perspectiva de que su vida iba a tomar un nuevo giro.
—Hay que organizarse en menos de quince días que es el tiempo mínimo que necesitamos para organizarlo todo —dijo Aarón sin pestañear.
—Queda una cuestión —dijo Alfredo—. ¿Cómo desapareceré de mi lugar de trabajo?
—Ya que usted trabaja limpiando bosques, he pensado que lo mejor sería provocar un incendio forestal. Su amigo Sancho Rivera avisaría de que usted se encuentra en la zona de mayor virulencia de las llamas, mientras tanto nosotros habremos empezado a huir. Espero que para cuando consigan dominar el incendio estemos ya próximos a cruzar la frontera con Mongolia. No encontrarán su cadáver carbonizado, pero tampoco se empeñarán mucho en hacerlo así que al cabo de unos días le darán por muerto y ya no le buscarán en ningún sitio. ¿Tiene alguna pregunta más? —dijo Aarón.
—Veo que tan solo tengo que dejarme llevar —respondió Alfredo.
—Yo ahora debo marcharme —dijo Aarón—. Prepare una nota para su novia, por favor muy breve, si puede ser de cinco o seis palabras y sin ninguna pista que haga que las autoridades de aquí le identifiquen como el autor, cuando la tenga entregúesela a Simón. Nosotros la haremos llegar a María. El día anterior a que pongamos en marcha nuestro plan y su huida, recibirá un mensaje a través de Simón y Natalia, tan solo tiene que estar preparado.
—Así lo haré —dijo Alfredo—. ¿Cómo puedo agradecer todo lo que van a hacer por mí?
—Digamos que es el final de una colaboración y un tema que estaba pendiente. En realidad, nosotros le estamos agradecidos a Usted. Nosotros en realidad, somos la comunidad hebrea de retrogrado y el consulado español a través de Nuria Vega. El tiempo que trabajó para nosotros nos fue muy útil, aunque usted nunca lo llegó a apreciar.
Había anochecido y Alfredo debía volver rápido para evitar tener problemas. Cuando llegó y pasó los controles Sancho le esperaba impaciente en la celda. Alfredo le contó todo lo que había averiguado y cuáles eran los planes a partir de ahora. En algún momento Alfredo le planteó a Sancho la posibilidad de huir con él, pero Sancho la rechazó. No tenía ninguna intención de volver y menos ahora que estaba con Natalia.
Al día siguiente Alfredo le pidió ayuda para escribir la nota a María.
—¿Tan solo cinco o seis palabras? —se quejó Sancho.
—Sí y además no pueden dar muchas pistas de donde estoy ni de mi intención.
—Eso va a ser muy difícil —concluyó.
Estuvieron haciendo intentos y borradores que Sancho corregía ortográficamente. Parecían dos adolescentes escribiendo una nota de amor.
Finalmente se decidieron por seguir las normas, aunque se excedieron en el número de palabras. El mensaje era:
Ni siquiera escribiendo un libro entero podría decirte como
te quiero y como te echo de menos. Cuento los minutos que
faltan para poder volver a abrazarte.
Al final eran casi treinta y Sancho se negó rotundamente a sacar los adjetivos y conjunciones. Le decía que para eso escribiese el mensaje en código Morse. Al día siguiente Natalia entregaba la nota en casa de Simón.
Ahora ya no había nada más que hacer, salvo esperar que llegase el mensaje avisando del día. Aarón había hablado de menos de quince días, pero la verdad es que pasó casi un mes hasta el momento en que Natalia llegó a donde estaban Sancho y Alfredo, después de hacer su trabajo del día.
Besó a Sancho y miró a los ojos a Alfredo diciéndole:
—Mañana a las diez de la mañana.
—Estaré preparado —dijo Alfredo.
—Cuando llegue la gente a apagar el incendio debes decir que la última vez que viste a tu compañero se dirigía hacia allí —dijo Natalia a Sancho y añadió—. Me ha dicho Simón que no lleves absolutamente nada que no sea imprescindible dijo mirando a Alfredo.
Ni Alfredo ni Sancho pudieron dormir en toda la noche. Hablaron y hablaron, aunque Sancho estaba preocupado ya que no era una buena idea escaparse de aquel país sin antes haber descansado lo suficiente. Las distancias eran enormes.
Sancho le pidió que si tenía ocasión escribiese a su familia en México y les explicase que estaba bien y que se iba a casar en unos meses con Natalia, cuando consiguiese el permiso del gobierno de la provincia y que después seguramente lo indultarían y sería libre. Al menos tan libre como permitía el régimen soviético en aquellos días.
Alfredo se llevó las cuatro cosas que tenía en un pequeño zurrón. Apenas nada ya que desde que quedó inconsciente en Petrogrado no había acumulado ningún tipo de propiedad, ni grande ni pequeña.
Por la mañana tomaron su desayuno y Alfredo comió algo más de lo habitual para tener fuerzas. Había dormido pocas horas, pero al final las había dormido profundamente y se encontraba bien.
Empezaba a tomar conciencia de que su día a día de aquellos últimos tiempos se había acabado y que a partir de la hora en que empezase el incendio retomaría su vida anterior que había quedado congelada en una avenida de Petrogrado corriendo delante de un militar a caballo. Fue todo según lo previsto. A las diez en punto y a la vez que tomaba fuerza un incendio a unos metros de donde ellos estaban aparecía Aarón Goldvich con dos caballos.
—Sube —dijo Aarón.
Alfredo subió al caballo sin problemas.
—Buena suerte —dijo Sancho— sin poder contener un sollozo después de abrazarle unos segundos.
—Hasta siempre —respondió Alfredo muy emocionado, mientras los dos jinetes se ponían en movimiento.
Aarón tenía totalmente memorizado el plan a seguir. El primer objetivo era alcanzar la frontera del país. Cabalgaron sin parar durante casi doscientos kilómetros en línea recta atravesando campos. Cada vez la pendiente era mayor, se percibía que estaban subiendo una cordillera.
Fuera de las carreteras y caminos no se cruzaron con nadie. Cabalgaron sin descanso por entre aquellos paisajes de alta montaña. Al cabo de bastantes horas sin parar Aarón detuvo el caballo y Alfredo le imitó.
—Bueno amigo, a partir de ahora eres un fugitivo —le dijo sonriendo.
—Sí —dijo Alfredo— buscando la libertad.
Aarón buscó ropa que traía en la alforja para Alfredo. Sacó una casaca y unos pantalones cómodos que abrigaban y se los dio a Alfredo.
—Ponte esta ropa. Abriga más y es el tipo de ropa que llevan los campesinos de estas tierras. Nos ayudará a pasar más desapercibidos si tenemos algún problema.
Alfredo se puso lo que le había dado Aarón.
—A partir de ahora —dijo Aarón— vamos a convivir durante una larga aventura así que mejor que nos tuteemos y que hablemos en yiddish.
¿Recuerdas el idioma?
—Sí, aunque no con la soltura de otras épocas.
—No te preocupes, practicaremos. Tendremos bastante tiempo. La razón es que así nadie nos entenderá, a no ser que sea judío, y podremos hablar con más libertad, aunque hasta ahora no hemos encontrado a nadie por el camino llegará el momento en que nos encontremos gente.
—De acuerdo —dijo Alfredo— yo sigo tus instrucciones.
—Por cierto, he visto que cabalgas muy bien. Eso me había hecho sufrir ya que no sabía cómo resistirías.
—Hacía mucho tiempo que no montaba. Quizás sea una de esas cosas que no se olvidan —respondió Alfredo sintiéndose después de muchos años un hombre libre.
Aarón sacó de la alforja dos trozos de queso, pan y una bota de agua.
Comieron y bebieron y en media hora ya estaban otra vez de camino. Aquellos caballos eran animales preparados para resistir aquella paliza casi sin resentirse.
A pesar de todo procuraron no cansar en exceso a los animales que tenían que acompañarlos durante bastantes kilómetros. Alcanzaron el monte Sardyk cuando empezaba a anochecer. La montaña era imponente y según le explicó Aarón alcanzaba los casi 3500 metros de altura. Ellos no subieron, sino que la rodearon.
Por aquellas tierras no había fronteras con puestos de guardia como en Europa ni siquiera alambres que separasen los países. Había patrullas que circulaban por la zona, pero el control era relativamente fácil de superar, sobre todo si iban a través de los territorios más inhóspitos.
Entraron en Mongolia sin ningún problema. Alfredo había dejado atrás el país al que había llegado en 1917, habían pasado dieciocho años. Nunca se imaginó durante todo este tiempo que sería tan fácil salir de allí.
A pesar de que oscurecía siguieron cabalgando saliendo de la zona donde podían encontrarse con patrullas. Mongolia era independiente, pero tenía una estrecha relación con la Unión Soviética que actuaba de gran aliado y país hermano, así que si bien se habían superado algunos riesgos seguían en territorio peligroso para ellos.
A unos treinta kilómetros de donde habían pasado la frontera encontraron a lo lejos una yurta. Se trataba de las típicas viviendas que utilizaban los nómadas de aquella zona. Aarón le explicó que estaba hecha de todo tipo de materiales pero que en su caso se trataba de pieles de caballo. Era fácil de montar y desmontar.
Alrededor de la yurta había un pequeño rebaño de vacas que pastaban libremente en aquella inmensidad. El cielo estaba lleno de estrellas y daba la sensación de que casi se podían tocar con la mano. Alfredo imaginó que se trataba de un efecto óptico debido a que estaban a mucha altitud y por eso tenía esa sensación.
Cuando llegaron a la yurta descabalgaron y salió a recibirles una pareja joven. Aarón los presentó en ruso:
—Alfredo, te presento a nuestros amigos de Mongolia que nos van a acompañar hasta Sinkiang. Te presento a Ivanjav, que nosotros llamamos Jav y a su esposa Deegii.
Todos se saludaron en ruso. Jav los hizo pasar al interior de la yurta.
Dentro Deegii les había preparado cena a base de carne de vaca y leche con té.
Aquella bebida parecía más una sopa que lo que realmente era, con buen gusto, a pesar de ser un caldo muy graso.
Devoraron toda la comida que les pusieron. La comunicación parecía que iba a ser difícil ya que Deegii no hablaba ni una palabra de nada que no fuese mongol e Ivanjav solo conocía unas pocas palabras en ruso.
Tantas como Aarón, había aprendido de mongol. No hacía falta. Se entendían por gestos. Aquella noche durmieron bajo los efectos del cansancio.
Por la mañana cuando Deegii les despertó ya estaba preparado un desayuno consistente. Tomaron todo lo que estaba allí cocinado para ellos y cuando acabaron se pusieron la ropa que Jav les había dejado. Aarón se llevó a Alfredo fuera para poder conversar tranquilamente mientras que Jav y Deegii recogían la yurta en cuestión de minutos.
—A partir de hoy durante setenta u ochenta días vamos a ayudar a esta pareja a llevar su ganado hacia el sur —le explicó Aarón.
—¿Esta es nuestra coartada? —preguntó Alfredo.
—Sí. Ellos nos ayudan a escapar y nosotros les pagamos ayudándoles con el ganado. Es previsible que lleguemos a los montes Altái y la frontera con Sinkiang en los primeros días de marzo.
—Espero poder ser un buen pastor —dijo Alfredo.
—Por supuesto —respondió Aarón—. Tan solo tenemos que seguir las instrucciones de Jav. Será fácil.
Cuando volvieron donde había estado la yurta estaba todo recogido y no quedaba ni rastro de que habían dormido allí mismo aquella noche. Se pusieron en marcha rumbo al suroeste.
La mayor parte del tiempo, estaban todos en silencio e iban siguiendo a los animales que se apartaban demasiado del grupo. Los paisajes eran impresionantes. Llanuras sin fin de color verde y llenas de hierbas bajas que los animales iban rumiando.
Impresionaba no ver un solo árbol en el horizonte cubierto por llanuras, que la mayor parte del tiempo, no se veían interrumpidas por nada. Muy raramente se encontraban con otros grupos de pastores. Se solían saludar de lejos y cada uno seguía su camino.
Ellos iban tarde para lo que era lo habitual en aquella zona. Los rebaños se habían trasladado al sur hacía un par de meses, pero afortunadamente iban encontrando alimento suficiente como para poder mantener vivos a las reses durante el trayecto.
El tiempo era frío y el viento corría por la llanura con una fuerza brutal.
Quizás esa era la razón por la que no había árboles en aquellas planicies. Poco a poco el paisaje fue evolucionando hacia el desierto. Ellos no atravesaron el desierto del Gobi, pero se movieron por sus límites. No se separaban de las montañas y de esa manera conseguían mantener a los animales bien alimentados.
Ni Alfredo ni Aarón tenían grandes conversaciones con sus anfitriones.
Ellos tampoco las buscaban. Eran gente de pocas palabras. Se trataban entre todos de forma muy cortés pero distante.
Aarón le explicó a Alfredo que, en agradecimiento por su ayuda, la comunidad judía había pagado la mitad de las vacas del rebaño que estaban trasladando y ofrecían también la ayuda con la que ellos dos contribuían en aquella trashumancia. Esta era la razón por la que se estaban trasladando hacia el sur tan tarde ya que aquella familia no se hubiese movido de su lugar de origen con el rebaño tan reducido que tenían antes.
La relación entre Alfredo y Aarón se fue haciendo más profunda con los kilómetros. En los ratos en que no pasaba nada o no tenían nada en concreto para hacer se explicaban sus vidas. Aarón le explicó también cómo había evolucionado el mundo durante todos aquellos años. Le habló sobre la evolución de los países, de cómo Alemania ahora estaba gobernada por el partido nazi y el loco de Hitler, y de las perspectivas tan negativas que tenía el futuro a corto plazo en Europa.
También le explicó cuál había sido la evolución durante todo ese tiempo en España para que se pudiese hacer una idea de lo que tenía que haber vivido María durante todos aquellos años.
Alfredo volvió a recuperar poco a poco el conocimiento de la geografía y la política de aquel mundo que había prácticamente olvidado durante todo aquel tiempo perdido.
Las conversaciones eran en yiddish tal y como habían acordado, aunque en aquel lugar hubiesen podido gritar hasta desgañitarse en ruso o en cualquier otra lengua y si no era mongol difícilmente nadie iba a entenderlos.
Los días se fueron sucediendo lentamente hasta el punto en que empezaron a parecerse entre ellos y perdieron la noción del tiempo. En aquel momento no eran capaces de tener claro qué día de la semana o del año era.
Afortunadamente tanto Aarón como Alfredo iban contando los días y podían saber cuánto tiempo faltaba para llegar a la frontera de Sinkiang.
Finalmente llegaron a la nueva república. Lo mismo que había pasado cuando entraron en Mongolia pasó al llegar a la república de Sinkiang. Subieron montañas y cuando se dieron cuenta ya habían atravesado la frontera. Atrás quedaba Mongolia e Ivanjav y Deegii. A su manera se dieron las gracias unos a otros y se desearon buena suerte.
Al poco de entrar en el territorio se encontraron con Aritz y un acompañante. Aritz era el encargado de acompañarles hasta la frontera de la
India en el Karakorum. También era un hombre de pocas palabras. Hablaba solo su idioma que según le explicó Aarón a Alfredo era un idioma emparentado con el turco.
En este caso la extensión a recorrer era de unos 1800 kilómetros y calcularon que llegarían a la frontera en junio. Aritz era de aspecto europeo. Por lo visto era lo habitual en aquella región, aunque se fueron cruzando con gente con rasgos mongoles en algunas ocasiones. En esa región vivían los Uigures, musulmanes de origen indoeuropeo, algunos rusos ortodoxos además de chinos y mongoles. Era una tierra de mezcla de razas y culturas.
El objetivo era cruzar el territorio, Aritz había recibido una parte de su salario previamente y el resto lo recibiría al llegar a Srinagar con ellos dos en buen estado. Fácilmente los podrían haber matado y robado si no hubiese sido porque el resto del pago sería al final. Aquellas tierras eran peligrosas. Llevaban tiendas de campaña y cuando era posible dormían en alguna vivienda donde alquilaban alguna habitación. El primer territorio que atravesaron fue una tierra que llamaban Dzungaria, una depresión que se había quedado seca y se había convertido en una especie de desierto helado donde las temperaturas eran extremas y con una amplitud térmica bestial. Afortunadamente habían adaptado sus vestimentas a la nueva climatología. Aquel territorio se acabó cuando alcanzaron la ciudad de Urumqi que era la capital de la república. En realidad, no llegaron a entrar en la ciudad tan solo la bordearon y llegaron a una vivienda en las afueras donde vivía Aritz con su familia y donde descansaron tres días aprovechando para comer y dormir y recuperar fuerzas para seguir el camino.
Cuando se volvieron a poner en marcha se dirigieron hacia Taklimakan, una de las peores pesadillas que se podían encontrar por aquellas tierras. Ante ellos se extendían unos mil kilómetros de desierto de arena.
Habían cambiado los caballos por camellos. Fue la primera vez en que Alfredo estuvo convencido de que no lo conseguirían. Afortunadamente tanto Aarón como Aritz tenían la determinación suficiente como para avanzar incansablemente.
La travesía se hizo eterna y parecía que detrás de una duna invariablemente había otra duna y que aquel lugar del mundo era el final a toda posibilidad de sobrevivir. Al final ya ni siquiera hablaban entre Aarón y Alfredo. Estaban agotados y plenamente concentrados en su supervivencia.
Reservaban sus fuerzas en respirar y mantenerse encima de sus monturas.
Tardaron un mes en cruzar aquel territorio lleno de insectos y animales de picadura mortal para ellos, hasta que al final se encontraron ante las montañas Kunlun.
Parecía que se habían salvado pero lo que les quedaba aún era difícil.
Subieron montañas enormes a alturas de vértigo y con hielos eternos. Pasaron de casi morirse de calor a casi morirse de frío. Habían vuelto a cambiar los camellos por caballos en Hotan, y también habían adaptado la vestimenta. Aritz los condujo por desfiladeros muy pocos transitados donde pudieron esquivar todo tipo de patrullas que controlasen el tráfico de personas y mercancías.
Estaban abandonando Sinkiang y entrando en el Imperio Británico. Entraban en la India por el norte, por la zona de Cachemira y se dirigían hacia la ciudad de Srinagar. Parecía que lo habían conseguido.
Habían cruzado algunos de los territorios más duros del planeta. Habían pasado por estepas interminables y desiertos también interminables. Habían estado a punto de morir de calor y de morir congelados y habían conseguido escapar de las autoridades soviéticas lo cual era igual de meritorio que todo lo anterior.
Estaban llegando a una ciudad donde Aarón y Alfredo se separarían después de casi seis meses de travesía. Aarón no sabía que ruta iba a seguir Alfredo después. Él tenía ya planeada la suya. Desde Srinagar y ya no como fugitivo se dirigiría hacia Afganistán y de allí entraría en la Unión Soviética por Uzbekistán para ir a Samarcanda.
Allí tenía la coartada de que había estado colaborando en las investigaciones de la ruta de la seda para su amigo Matzav y que acabado el trabajo, que un especialista ya había hecho por él, se dirigiría hacia su hogar siberiano.
Nada más entrar en la India el paisaje fue cambiando. De momento atravesaban montañas, pero poco a poco se veían más pueblos y más gente. Estaban entrando en una tierra fértil y mucho más poblada que las inmensidades de más al norte.
Era ya de noche cuando llegaron a Srinagar. Era una ciudad. Una auténtica ciudad. No muy grande, pero con todas las características de una urbe.
Dejaron los caballos a la entrada y se dirigieron andando hacia un lugar donde había dos personas esperando.
Al principio, dada la oscuridad que había, Alfredo no distinguió de quién se trataba; cuando se fueron acercando se dio cuenta que aquella mujer que había allí le era familiar.
Poco a poco se fue dando cuenta que se trataba de Nuria Vega. Le estaba esperando. Aarón aceleró el paso y se fundió en un abrazo con su amigo Matzav. Había recorrido unos 3600 kilómetros, pero si contaba desde la última vez que la había visto a la Señora Vega, eran más de siete mil y para ello había tardado diecinueve años.
—Bienvenido de nuevo —dijo Nuria sonriendo.
Alfredo se fundió con ella en un abrazo como si fuese una vieja conocida de toda la vida cuando en realidad ellos dos habían tenido muy poca relación directamente en los tiempos de Petrogrado.
Por primera vez fue plenamente consciente de que se había salvado.