Esperaré
Capítulo 1
MÁLAGA. LA FAMILIA MARTÍ
Era el principio del invierno de 1905 justo después de la fiesta de Año Nuevo. Aquel año la estación estaba resultando muy húmeda para la latitud en la que se encontraban. En la ciudad de Málaga el clima era bastante benévolo normalmente. Estaba claro que aquel año era una excepción. La lluvia hacía días que no dejaba de caer machaconamente y había empezado a afectar al humor de la gente. No era aquel tipo de lluvia tan Mediterránea que habían sufrido durante el otoño y que cae casi de golpe acompañada de rayos y truenos.
Era un temporal insistente que acababa provocando inundaciones en las casas, poco preparadas para tanta agua, en muchos barrios de la ciudad.
Venían de un verano que se había alargado mucho y se habían comido las castañas asadas y los boniatos, batatas que decían por allí, de la fiesta de difuntos aún en manga corta. Cosa poco habitual.
No hacía mucho frío. Era un problema de humedad, que era mucho peor porque calaba en los huesos y hacía casi imposible entrar en calor y quitarse de encima la sensación de estar mojado. Generalmente empezaba por los pies. No era extraño. Los zapatos que calzaba la gente no eran de mucha calidad, muchas veces eran alpargatas y al minuto de salir de casa, tenían los pies mojados y ya no se secaban en todo el día. Ni que decir tiene que una pulmonía solía ser un viaje sin escalas al cementerio y que no era una enfermedad poco habitual.
El barrio del Perchel estaba muy cerca del mar y era especialmente húmedo. Había sido el primer barrio exterior a las antiguas murallas varios siglos antes. Los musulmanes le habían llamado Tabbanim. Aquel arrabal, que había quedado, siglos atrás, separado del centro histórico por el río Guadalmedina que casi siempre iba seco o con muy poca agua, había ido desarrollando una personalidad propia.
Cuando se tiraron las murallas, ya en tiempos más recientes, se construyó una Alameda donde se levantaron casonas y palacetes nobles que contrastaban con las calles y viviendas que quedaban a los lados, mucho más humildes. El nombre actual de El Perchel le venía porque durante mucho tiempo era el lugar donde se secaba el pescado «en perchas». El olor llegó a ser tan molesto que los vecinos forzaron a que esa actividad se desplazara a otras zonas aún más pobres y alejadas.
El barrio, fue con los años integrándose en la ciudad y en aquel momento era una zona obrera y bastante castiza, situada muy cerca del centro de aquella Málaga de principios de siglo XX, que empezaba a extenderse cada vez más ocupando poco a poco los campos que la rodeaban.
Entre sus pobladores estaba Josefina que ya era una mujer madura. Tenía cuarenta años que venía a ser toda una vida en aquellos momentos. Había sobrevivido a muchísimos madrugones que invariablemente seguían a muchas horas de trabajo y a poco tiempo de descanso y casi ninguna ocasión para pensar en ella misma.
Había vivido toda su vida en la ciudad y tan solo había salido de allí en un par o tres de ocasiones sin alejarse demasiado. En el centro de la ciudad había estado tan pocas veces que literalmente, se podían contar con los dedos de una mano.
Nunca había aprendido a leer y escribir. Identificaba algunas letras e incluso algunas palabras, pero poco más. No fue a la escuela cuando era pequeña y lo poco que había aprendido había sido a base de cabezonería.
Contaba con los dedos y sumar sí que se le daba mejor, además le era mucho más útil en su vida diaria.
Ocupada en su día a día no había tenido mucho tiempo para preocuparse o planificar su futuro. Su vida era sencillamente una sucesión de hechos que encarrilaban su existencia. El ritmo de los acontecimientos la había llevado en un sentido para después cambiar a otro a lo largo de sus años. Ella se dejaba llevar. No tenía demasiadas alternativas.
Ya tenía el pelo prácticamente blanco y le gustaba llevarlo recogido en un moño detrás de la cabeza. Era una mujer pequeña y delgada, aunque de cadera ancha y pechos grandes. Era difícil de entender cómo, pero a pesar de todo eso, su cuerpo era harmonioso y atractivo incluso a su edad. Posiblemente ayudaba el hecho de que tenía rasgos bellos. Unos ojos enormes iluminaban su cara. Su nariz no era grande y sus labios eran finos. En realidad, se cuidaba más bien poco, lo justo. No podía dedicarse demasiado a ella misma. Había tenido que tirar de una familia numerosa durante muchos años y la verdad es que como consecuencia se le empezaba a notar un cierto desgaste en sus movimientos, tenía unas cuantas arrugas y por supuesto su forma de pensar era acorde con todo ello. A pesar de todo le gustaba salir a la calle arreglada. Su aspecto, aunque maduro, resultaba atractivo, es más, a pesar de todo lo vivido, recibía muchos más piropos aquellos años que cuando era una jovencita. Sabía que sus caderas y su busto despertaban el instinto inseminador masculino.
Por aquellas tierras era muy habitual que los hombres piropearan, generalmente de forma galante, a las mujeres atractivas. Aquella alegría de vivir podía tener mucho que ver con el clima y la actitud de la gente ante los problemas. Habían sido tiempos difíciles y lo que se veía venir no parecía mejor, pero a pesar de todo, nadie perdía esa simpatía que les caracterizaba.
El padre de Josefina, había muerto de un tifus cuando la niña tenía tan solo tres años y su madre, había tenido que buscar trabajo desesperadamente.
La mujer nunca volvió a casarse y no tuvo más hijos. Encontró un trabajo en el taller de doña Marujita. Había sido una gran suerte para la viuda que al principio sabía coser lo justo pero que aprendió al ritmo rápido que marca la necesidad. Hacían bordados y encargos para los ajuares de todas las niñas bien de la ciudad, a veces hasta de Sevilla llegaban pedidos.
Entre patrona y trabajadora, empezó a crearse una relación de tipo familiar. Las dos estaban solas en el mundo, excepto por Josefina. Doña Marujita, ayudo a la madre de Josefina a tirar adelante con su vida, especialmente dura, y con la de su hija, que al crecer entre telas e hilos desarrolló una buena mano para la costura y las labores en general.
La mujer fue incansable y aparte de darles trabajo se ocupó de que se alimentasen correctamente, según sus posibilidades y que no le faltase ni a la madre ni a la hija nada que ella se pudiese permitir.
En una primera hoja había dibujado una especie de árbol donde estaba su nombre, el de su mujer y el de todos sus hijos. Dentro del libro en cada hoja se apuntaba el nombre completo de cada uno, la fecha de nacimiento, los hechos relevantes de la vida de todos ellos y finalmente las defunciones. Cuando se visitaban era habitual que intercambiasen la información de sus libros y de esta manera se mantenían más o menos al día de las novedades familiares. Esto funcionó mientras Pere estuvo vivo. Le llamaban El llibre de la vida.
Doña Marujita y la madre de Josefina se hicieron inseparables y al morir bastante joven y sin una causa clara, la madre de Josefina, quien sabe si fue el cansancio, el hambre o la tristeza, doña Marujita se hizo cargo de la niña que, aunque ya tenía dieciséis años necesitaba el control de una mujer adulta, aunque en realidad Doña Marujita tenía solo quince años más que Josefina.
Fue una segunda madre para ella. La niña vivía en su casa y de esa manera las dos estaban más acompañadas.
Nadie dedicó mucho tiempo en impregnar de catolicismo el «alma de Josefina». Eso unido a su falta de escolarización hizo de ella una persona sencilla y muy libre.
Josefina después de una infancia y juventud tan azarosa, había conseguido también tener una vida propia. Cuando tenía diecinueve años se casó con Juan que era cinco años mayor que ella y que le tenía «toito toito el corazón robad», como solía decir. Él no era del Perchel.
La ciudad ejercía una atracción considerable sobre los pueblos de la provincia. Era una de las grandes ciudades del país. A pesar de eso era una ciudad de dimensión humana y se podía caminar de punta a punta. La gente más o menos se conocían entre ellos dentro del barrio y estaban todos un poco al corriente de lo que pasaba en la vida de sus vecinos.
Aquellos años se vivía lo que se dio en llamar una segunda industrialización y la población de las comarcas vecinas se dirigía a las ciudades abandonando el campo. La intención era mejorar económicamente y dar un futuro mejor a los hijos, pero en realidad solía intercambiarse la pobreza en el campo por la miseria en las ciudades. Había barrios enteros en los que la gente se acumulaba en condiciones bastante penosas. Eso también pasaba en el Perchel que se fue llenando de gente desconocida.
Juan había llegado a pasar la feria en Málaga desde Almogía, que era un pueblo vecino, y había ido a la ciudad con sus mejores ropas y con un grupo de amigos con la intención de pasar toda la semana de fiesta y hacer alguna que otra conquista entre las jóvenes de la ciudad que sin duda debería ser más fácil que en el pueblo. Buscaba también encontrar la ocasión de instalarse allí, donde seguro que había más posibilidades.
El padre de Juan, que se había llamado Joan antes de que le rebautizaran como Nito (abreviación de Juanito) procedía de una familia catalana de la zona que se extiende entre el Montseny y el mar. Era una gente que tenía un negocio familiar, en aquellas tierras lejanas, dedicado a la cría de caballos y burros que se utilizaban en las ferias y en los trabajos del campo. El negocio tenía fama por el carácter y la calidad de los animales que producían. Eran óptimos para trabajar la tierra.
Una vez al año Pere (que era el abuelo de Juan, padre de Nito y el patriarca familiar) cogía a sus hijos varones y algún que otro trabajador de la explotación y con sus animales emprendían largas rutas de varios meses para la venta de sus equinos.
Era un hombre dominante, ambicioso y que ejercía cualquier recurso que tuviese para tenerlo todo bajo su control sobre todo a sus hijos. Todos los que vivían bajo su protección (su esposa, sus hijos y sus hermanos menores) le obedecían. Tenía visión comercial y bastante sentido común y eso le ayudo a tener éxito en su empresa.
Alternaban dos rutas: La primera era hacia el norte y pasaba por Girona para alcanzar la frontera por La Junquera y seguir por la costa del Languedoc con desviaciones hasta Narbona y Carcasona —alguna vez de forma excepcional habían llegado hasta Toulouse— y finalmente alcanzar la Camarga, donde realizaban buena parte de sus negocios con los gitanos de la región. Si aún quedaban animales después de pasar unos días allí, podían seguir hasta Niza.
La segunda ruta era hacia el sur y siguiendo la costa llegaban a Tarragona para luego avanzar hasta Valencia, Alicante y Murcia, pero cuando aún quedaban animales para vender podrían continuar hasta la costa Andaluza y llegar a Cádiz y Jerez de la Frontera.
Eran recorridos que duraban varios meses y en los que se relacionaban con los lugareños de los pueblos donde comercializaban. Tenían una red de contactos bastante bien consolidada y eran muy bien recibidos.
Generalmente alternaban una ruta cada año. Los hijos de Pere, como jóvenes que eran, fácilmente intimaban, se enamoraban y podían llegar a casarse con jovencitas de los lugares donde hacía escala la caravana habitualmente. Así Pere se dio cuenta que podría tener a sus hijos en muchas ciudades de la costa entre Niza y Cádiz.
Nito, se quedó en Almogía y distribuía los animales de la familia por la zona de Málaga, Granada y Cádiz. En aquella zona donde se había instalado Joan, aquellos animales eran especialmente valorados y no tuvo ningún problema para comercializarlos con éxito.
En un primer momento Pere llevaba los animales desde Catalunya, pero al final pudo ir produciendo su propia mercancía que intercambiaba con la familia cuando llegaban hasta allí. Durante los primeros años estudió la posibilidad de ampliar su negocio desde Málaga a Sevilla y Lisboa con bastante éxito, imitando a alguno de sus hermanos que había llegado hasta Génova.
En su punto máximo, la red se extendía por España, Portugal, Francia e Italia. Las caravanas de animales transmitían las noticias de unos y otros cuando pasaban por los diferentes lugares.
Cuando Pere murió, años más tarde, aquella red de contactos fue muy difícil de mantener. La razón principal era la distancia a la que se sumaron los intereses particulares de cada uno que acabaron predominando.
Pere siempre intentó que sus hijos se mantuviesen en contacto a pesar de la distancia. Había inventado una costumbre que era entregar un libro a cada uno de ellos, donde había una hoja para cada persona del núcleo familiar. Era una libreta con tapas de cartón y unas cuantas hojas.
En una primera hoja había dibujado una especie de árbol donde estaba su nombre, el de su mujer y el de todos sus hijos. Dentro del libro en cada hoja se apuntaba el nombre completo de cada uno, la fecha de nacimiento, los hechos relevantes de la vida de todos ellos y finalmente las defunciones. Cuando se visitaban era habitual que intercambiasen la información de sus libros y de esta manera se mantenían más o menos al día de las novedades familiares. Esto funcionó mientras Pere estuvo vivo. Le llamaban El llibre de la vida.
Nito, se quedó con unos cuantos animales que le sirvieron para mantener su propio negocio a menor escala por la zona y completarlo con una herrería abierta a todo aquel que la necesitase.
Juan, el hijo de Nito, era un joven con ambición y Almogía se le quedaba pequeña para sus ideas. Había imaginado un negocio que cada vez parecía más necesario en la ciudad y que aún tenía cierta relación con el negocio de su padre. Pensaba en tener un coche de caballos que ayudase a la gente a desplazarse por la red de calles y callejones de una ciudad en constante crecimiento. Ya había quien lo hacía, pero cada vez costaba más encontrar un coche para ir de aquí para allá. Quería aprovechar los días de la feria para ver cómo podía desarrollar su idea. Contaba con el apoyo de su padre, aunque el hombre no quería riesgos innecesarios ni aventuras que le acabasen costando una fortuna.
Juan era una persona alegre. Disfrutaba de los placeres que le ofrecía la vida y transmitía alegría entre la gente que le rodeaba. Su vida había sido fácil en comparación con la mayoría de la gente de su época. Era un tipo atractivo, aunque no especialmente por su físico. Era fuerte pero no destacaba ni por su belleza ni por su altura. Más bien era su postura y su actitud lo que atraía a todo el mundo. Sabía explicar historias y reía con una risa franca y contagiosa que cautivaba a la gente.
Tanto él como sus amigos, al igual que todos los jóvenes, iban locos por relacionarse con las mujeres jóvenes de la ciudad que según su imaginación seguro que eran más fáciles de conquistar que las del pueblo, mucho más reprimidas.
En plena feria, Juan vio a Josefina, Josefina vio a Juan y se atrajeron. Al principio no fueron más que miradas, luego sonrisas y finalmente Juan tomo la iniciativa y la sacó a bailar. Josefina no se pudo resistir a la atracción que ejercía aquel joven sobre ella y dejó que durante aquellos bailes hubiese algún roce innecesario y se escapase alguna mano supuestamente de forma accidental hacia algún lugar prohibido.
Cuando Josefina habló por primera vez de Juan a Doña Marujita, a la mujer se le dispararon todas las alarmas y al día siguiente, con disimulo siguió a la joven a la feria y pudo ver con sus propios ojos lo explosiva que era aquella combinación, en la que saltaban chispas. Tenía dos opciones, o la encerraba en casa durante todo lo que quedaba de feria, o la comprometía con aquel joven.
Aquella misma tarde provocó un encuentro totalmente casual con la pareja e hizo que la niña, como ella le llamaba, se lo presentase. Como no podía ser de otra forma, también quedó prendada del joven. Había que actuar rápido.
Al final de la feria Juan se quedó en Málaga y pidió permiso a la mujer para visitar a Josefina regularmente. Durante un par de meses intentó inculcarle a la niña que no debía dejarse tocar hasta que no estuviese casada y que por supuesto no debía quedarse embarazada.
A Josefina, totalmente desconocedora de cómo funcionaba el sexo, aquello aún la tenía más perdida. Le gustaba mucho cuando Juan la acariciaba e imaginaba que así no se iba a quedar embarazada. Ella tenía mucha curiosidad por cómo debía ser el cuerpo de un hombre, pero no se atrevía a avanzar tanto como él avanzaba explorándola a ella.
Finalmente, doña Marujita habló con la pareja y se fue a Almogía a conocer a sus padres. Cuando explicó la situación y sus riesgos, Nito estuvo de acuerdo en que había que casarlos lo antes posible.
Un mes más tarde, la pareja se casaba en Almogía y se instalaban en Málaga.
Nito puso el dinero para el coche de caballos y Doña Marujita colaboró comprando los animales. Así consiguieron su carruaje y a partir de ese momento Juan se convirtió en el cochero más popular de la ciudad. La pareja se instaló en un piso del Perchel. Cerca de la Iglesia del Carmen.
Aquellos primeros meses fueron muy felices. Los mejores en la vida de los dos jóvenes.
Al lado de Juan, Josefina descubrió todo lo que no sabía sobre el sexo y pudo confirmar todo lo que ya se imaginaba. Mucho tiempo después, aún se conmovía cuando se acordaba de aquel momento en que regresaron a casa desde Almogía, después de casarse.
Juan le había besado apasionadamente en el cuello, en los pechos, en la boca, mientras que le iba acariciando por todas partes y desnudándola. En un primer momento ella no sabía qué hacer.
Primero se hizo la sorprendida:
—¿Qué haces niño? —le dijo sin ninguna intención de que parase.
—Tu déjate llevar —le susurró él—. Confía en mí.
Le gustaba lo que sentía y le gustaban aquellos besos y aquellas caricias por todo su cuerpo con aquellas manos tan grandes. Casi sin darse cuenta se vio tan solo con aquella especie de viso que llevaba debajo del vestido con el que unas horas antes se había casado.
Ella no se estuvo quieta. Tenía mucha curiosidad y toqueteó todo lo que pudo el pecho y la cintura de Juan mientras que también le iba quitando la ropa.
Quería averiguar todo aquello que hasta el momento había reprimido.
Parecía que a él también le gustaban aquellas caricias ya que cada vez reaccionaba más apasionadamente. La sorpresa se la llevó cuando llegó a los pantalones y descubrió aquel cambio en la anatomía de Juan. Su pene era más grande de lo que se había imaginado en aquellos roces accidentales y sin duda era curioso que fuese algo tan duro. Ella imaginaba que era algo mucho más blando.
Primero retiró la mano. No sabía qué hacer, luego acarició levemente la zona. Esto volvió loco a Juan que la levantó cogiéndola de la cintura y la tumbó encima de la mesa de la sala.
Josefina ya no llevaba nada de ropa encima. A pesar de lo que hubiese imaginado toda su vida, no sentía ninguna vergüenza por su desnudez. Él también se había quedado totalmente desnudo.
En aquella posición Juan le fue acariciando todo el cuerpo suavemente.
Iba besándola por todos los rincones hasta que llegó a sus partes más privadas.
Allí se entretuvo un buen rato jugando con su boca y acariciándola. Aquello le provocó a Josefina unas sensaciones que nunca antes había sentido. No se había imaginado que podía sentir aquel placer.
Cuando Juan pensó que estaba preparada poco a poco le penetró. Con cuidado y dándole tiempo a que ella se fuese adaptando a su presencia.
Llegaron a un punto donde ambos notaron que había una pequeña obstrucción y cuando Juan empujó un poco más ella sintió un leve dolor, pero enseguida recuperó el punto de excitación anterior.
Al cabo de unos minutos, nunca supo si había durado mucho o poco tiempo, su marido se dejó ir en su interior provocándole a ella los últimos espasmos de placer.
A Josefina le gustó aquella nueva actividad. Tardó días en acabar de asimilar toda aquella experiencia. Aquello era mucho mejor de lo que había imaginado nunca y poco a poco aún fue mejorando.
Trabajo no le faltaba ni a uno ni al otro y así fueron viviendo con más o menos estrecheces, pero con sus necesidades satisfechas. Eso era mucho más de lo que tenía mucha gente en aquellos días. Aquel reinado de Alfonso XII estaba resultando económicamente bastante malo.
Al lado de Juan, Josefina fue aprendiendo muchas cosas no solo sobre sexo, sino también sobre la vida y su entorno. Él supo ayudarle a desarrollar aquella inteligencia natural que sin duda ella poseía.
Josefina siguió trabajando con Doña Marujita pero antes de que acabase el primer año ya no iba sola, sino que se llevaba al pequeño Juan, al igual que su madre había hecho años antes con ella. Doña Marujita ejercía de abuela con el niño.
Después de Juanito llegó Alfonso y después Josefina pasó una época en la que dos embarazos acabaron en abortos espontáneos durante los dos primeros meses. Luego siguió María y a continuación se repitieron los abortos y eso llegó a preocuparle, pero finalmente y al cabo de algunos años llegaron Marta y Ana.
Los hermanos mayores cuidaban de los pequeños y en general, las calles estaban siempre llenas de niños que o bien estaban ocupados en la industria, o bien iban a la escuela o bien sencillamente jugaban. Tanto Josefina como Juan pensaban que dejar que los niños trabajasen era una monstruosidad y habían hecho todo lo necesario para no verse obligados por las circunstancias a hacerlo. Hasta el momento nunca habían llegado a pasar hambre, aunque en alguna ocasión no les faltó mucho.
En aquellos primeros días de 1905, Josefina estaba al final de su embarazo número doce. Habían pasado veinte años desde el primero y Juanito, su hijo mayor, ya se había ido de casa y vivía en Guadalvalle.
Siguiendo la tradición familiar se había establecido por su cuenta y tenía una herrería y muchas ganas de sacarla adelante.
Había aprendido el oficio con su abuelo en Almogía y parecía que se le daba bastante bien. Se parecía en muchos aspectos a su padre. Era un poquito más guapo, pero a cambio no era tan irresistible como él. Era más tímido, menos abierto a la gente en un primer momento. Tenía un carácter noble y sin duda era académicamente bastante bueno. Juan, el padre, decía que en eso debía salir a ella pero que nunca lo sabrían porque ella no pudo ir a la escuela. Eso le convertía en una persona con una cultura más amplia que la de la mayoría de la gente.
En Guadalvalle, donde estaba la herrería, Juanito conoció a una moza de buena familia con la que estuvo de novio durante un tiempo. Un buen día se enteraron de que la joven estaba embarazada. Josefina lo vivió bastante mal ya que pensaba que su hijo aún era muy joven como para tener que tirar adelante una familia con todo lo que representaba. Se había enfadado con doña Marujita cuando esta le dijo directamente:
—¿Qué esperabas alma de cántaro?, ¿no sabes que la cabra siempre tira al monte?
—¿Por qué me dice eso? —le dijo Josefina sorprendida y ofendida a la vez.
—Pues porque no creo que te hayas olvidado de cómo era tu marido a su edad. Era totalmente previsible que esto podía pasar y tendrías que haber estado más atenta. Tal y como yo estuve contigo.
Josefina tuvo que reconocer que la mujer tenía razón, aunque le molestase admitir que ella no había estado a la altura de las circunstancias. A pesar de todo, pasó un par de días ofendida con su patrona.
Juanito y Lola se casaron cuando el embarazo empezaba a notarse. El pobre Alfonso tuvo mucha más mala suerte. A los dieciocho años se había alistado como voluntario en el ejército y estaba destinado en Huesca. El ejército solía ser una opción para salir adelante. Estuvo a punto de morir del frío que pasó durante el primer invierno en aquellas tierras tan inhóspitas.
Lamentablemente lo que no consiguió el invierno lo consiguió el otoño siguiente y una pulmonía se lo llevó por delante. No fue ninguna bala ni ningún accidente como ella había temido que pudiese pasar.
La tragedia aún era muy reciente y Josefina sabía que en su interior, algo se había roto para siempre. Su vida siempre tendría dos épocas. Una antes de la muerte de su hijo y otra después. En aquellos días fue cuando empezó a peinarse siempre con un moño y a vestir ropa al principio negra en señal de duelo y posteriormente siempre de algún color oscuro.
Al principio Josefina se imaginaba que era toda una mentira, que aquello no podía ser. Su hijo había sido un joven muy fuerte, mucho más que su hermano y su padre. Tenía todo el encanto de su marido cuando era joven.
Había heredado lo mejor de todos ellos. Además, era un joven inteligente.
Hubiese hecho carrera en el ejército. íntimamente sabía que era su preferido, aunque no lo podía reconocer en público. ¿Cómo había durado tan poco su vida?
En su interior aún esperaba que en algún momento apareciese por la puerta. Debía ser un error, pensaba. Estaba muy enfadada con los militares. No les habían avisado de que estaba enfermo y se enteraron de todo cuando ya había muerto. Su niño muerto tan lejos solo, sin que ella pudiese ir a despedirle y a acompañarle en aquellos momentos. Ella que era su madre.
No había recursos para llevar el cadáver a Málaga así que lo habían enterrado en un cementerio de un pueblo de la zona.
Poco a poco la locura y la desesperación fueron dando lugar a la tristeza que se asomaba en sus ojos.
Cada día soñaba con él. Imaginaba que era una manera de retenerlo y no perderlo para siempre.
La noche anterior había tenido un sueño que recordaba con bastante detalle. Se encontraba en un lugar extraño. Sola y rodeada de una espesa niebla a través de la cual iba andando con los brazos extendidos para no chocar con nada. Estaba descalza y notaba que la humedad le subía por las piernas. Tenía miedo, pero quería seguir adelante.
No sabía cómo, pero de pronto la niebla se deshacía y se veía a sí misma, en una habitación. Era una habitación gris, muy grande, más que cualquier habitación que ella hubiese visto nunca. Estaba totalmente vacía excepto por un gran sillón del que solo veía el respaldo.
No se oía ningún ruido y no sabía qué hacer. Decidió acercarse al sillón y cuando se encontraba a escasos cinco metros, veía a un hombre que se levantaba y se giraba hacia ella. Era Alfonso. Él le regaló una amplia sonrisa que hizo que su corazón de pronto se notase totalmente liviano. Su cabeza decía que todo lo anterior solo había sido un sueño. De pronto se fue todo el dolor y las paredes se volvieron de bonitos colores, la habitación se llenó de muebles y un gran sol entraba por un ventanal en el que antes no se había fijado.
Alfonso estaba perfecto. Vestido de militar, se le veía muy feliz y se acercó a ella abrazándola y levantándola del suelo. Era real, ella noto como sus brazos le levantaban.
—Mamá —decía.
—Mi niño, mi niño —repetía ella entre lágrimas y apretándole con todas sus fuerzas.
—No sufras por mi Mamá —le decía él.
—Yo sabía que no te habías muerto —iba repitiendo ella. No podías irte sin que yo me despidiese de ti.
Pasaron unos minutos abrazados hasta que Josefina se serenó. Alfonso la tomó de los hombros y la llevó al sofá. Se sentaron mirándose directamente a los ojos.
—Hijo mío, dime que de verdad estas aquí.
—De verdad estoy aquí —le respondió Alfonso.
—Por favor prométeme que todo ha sido una pesadilla y de verdad no te has muerto.
—No puedo Mamá —le dijo él, tomando las manos de su madre entre las suyas.
—No puede ser que te hayas muerto. Estás aquí conmigo.
—Sí, mamá; pero en realidad sí que estoy muerto —respondió Alfonso.
Josefina no quería oír aquellas palabras y se concentraba en acariciar la mejilla de su hijo con todo el cariño que podía transmitir.
—Escucha mamá —dijo Alfonso— que estemos ahora mismo aquí los dos y que podamos hablar es una cosa muy especial. Es como un regalo que alguien nos hace.
—No te entiendo hijo.
—Si mamá. En realidad tú lo sabes, aunque no te des cuenta de ello.
—No te voy a dejar marchar —respondió Josefina.
—No puedes retenerme. Han querido que nos veamos porque no nos pudimos despedir cuando me morí.
—Por favor hijo…
—Sí, mamá; estoy muerto, pero no te preocupes por mí. Estoy muy bien.
Los últimos días fueron muy malos por la fiebre. Deliraba todo el tiempo y además me costaba mucho respirar.
Josefina lo miraba en silencio. Caían lágrimas lentamente de sus ojos que bajaban por sus mejillas hasta dejar notar su sabor salado en sus labios. Alfonso siguió.
—Fue como tenía que ser. No es culpa de nadie, no es un castigo por nada mal hecho. Tú no podías protegerme. Todo está bien como está.
—Pero si tú me dejas ya no tiene sentido la vida para mí.
—Sí que la tiene mamá. Tienes cuatro hijos más y estás a punto de tener un bebe. Todavía tienes mucho trabajo por hacer. Lo he visto y te quedan muchos años con cosas buenas y también con cosas no tan buenas.
—Pero sin tí…
Alfonso le abrazó con mucha ternura. Josefina volvió a sentir los brazos de su hijo entorno a ella.
—Me tengo que ir mamá. Demos gracias por esta oportunidad que hemos tenido de poder despedirnos y también de que pudieses ver que estoy bien, que no tienes que preocuparte por mí. Tranquila todo pasará. Muy pronto tendrás que ocuparte de tu nuevo hijo. Ya está listo para estar contigo.
De pronto Josefina, se encontró de pie en la misma sala donde había estado antes. No había niebla a diferencia de la vez anterior y entonces se dio cuenta de que tenía un pequeño bulto entre sus brazos.
Casi sin querer, empezó a cantar muy suavemente aquella nana que había cantado a todos sus hijos:
A la nanita nana nanita ea, nanita ea.
Mi niño tiene sueño.
Bendito sea, bendito sea.
Lejos Alfonso le observaba sonriendo
—Vas a tener mucho trabajo a partir de ahora —le decía con bastante humor. Te quiero mamá, nunca dejaré de quererte. Adiós. Entonces se daba la vuelta y desaparecía, como si él se hubiese convertido en la propia niebla.
Josefina lloraba sin poder salir corriendo detrás de él. El bebé que sostenía entre sus brazos le retenía y le impedía correr detrás de Alfonso. Sus propias lágrimas acabaron por despertarla aquella mañana.
Se encontraba terriblemente triste y entre eso y el peso de su embarazo le costaba mucho esfuerzo moverse.
Quería creer que el encuentro con Alfonso había sido real y que su hijo, aunque lejos de ella, estaba bien. Necesitaba que aquel encuentro hubiese sido cierto para poder seguir viviendo. Estaba muy confundida.
Cuando María, oyó que su madre se levantaba de la cama decidió levantarse ella también. Se encontraron en la cocina.
—Hola mamá —le dijo María mientras le daba un abrazo. ¿Cómo te encuentras?
—Hola cariño —respondió Josefina. Estoy bien. Me he levantado porque no tenía ganas de seguir durmiendo
—¿Qué te parece si te preparo el desayuno de una reina? —le dijo María riendo mientras le hacía sentarse en una silla que tenían en la cocina.
—No hija vuélvete a la cama, aún es temprano.
—No tengo sueño —respondió María mientras se puso manos a la obra.
En seguida había encendido el fuego, calentado un poco de leche y preparado unas tostadas de pan seco bañadas en aceite y sal.
Mientras desayunaban solas y con la casa en silencio Josefina le explicó a María el sueño que acababa de tener. María le escuchó atentamente y totalmente emocionada por todo lo que le iba explicando su madre. Al final Josefina le preguntó:
—¿Qué te parece hija?
—No lo sé Mamá —respondió María— pero ¿y si es verdad?, ¿y si Alfonso ha podido venir a despedirse de tí cómo tú pedías?, ¿y si realmente está bien allá dónde esté?, ¿qué tiene de malo que decidamos que es así?
—No sé niña —respondió pensativa Josefina.
—¿Qué perdemos mamá que no hayamos perdido ya?
El silencio se hizo entre las dos mujeres. María intentaba controlarse, pero estaba muy emocionada y tenía ganas de llorar.
Finalmente, Josefina se levantó y se decidió a prepararse para ir a trabajar.
Llegaría temprano, pero le apetecía que le diese el aire. Estaba muy orgullosa de su hija María. Se había convertido en toda una mujercita y era una de las pocas personas en las que podía confiar todo tipo de cosas.
María era la mayor de sus hijas. Tenía quince años y era un gran apoyo para su madre.
Siempre había sido una niña muy curiosa y muy despierta. Cuando Juan, su padre, enseñaba a sus hijos a leer ella los miraba con tanto interés, que aprendió a leer y escribir a la vez que sus hermanos aun siendo menor que ellos.
Llevada por su curiosidad leía todo lo que caía en sus manos y aprovechaba cualquier ocasión para refugiarse en algún lugar donde no la buscasen. Andaba siempre con la cabeza en las nubes, según decía su madre que íntimamente estaba muy orgullosa de aquella niña tan inteligente. Tuvo unos años en los que era tan despistada que no era extraño que de tanto en tanto se estrellase contra alguna pared al calcular mal la distancia y estar tan metida en lo que le pasaba por la cabeza. Sus hermanos le llamaban de broma la estampilla porque de tanto en tanto se quedaba pegada a la pared.
Exploraba su entorno y observaba el tipo de sociedad en que vivía. Fue desarrollando a lo largo de su vida una gran sensibilidad por los temas sociales y por los problemas del barrio. Ayudaba por las mañanas a Josefina en el taller de doña Marujita y cuidaba de la casa y de las dos pequeñas: Marta de siete años y Ana de cinco. Poco a poco María se había convertido en alguien imprescindible para aquella familia.
María había crecido y tras su primera menstruación se le habían desarrollado los pechos, no tanto las caderas. Se mantenía delgada, quizás un poco más de lo que gustaba por aquellos tiempos.
Era muy bonita. Tenía unos grandes ojos muy expresivos. Quizás un poco tristes y de color verde. Su pelo era muy abundante y bastante más castaño que el de sus hermanos. Su piel era muy blanca. Doña Marujita decía que la niña se parecía mucho a la madre de Josefina cuando ella la conoció.
María dedicaba el tiempo que le quedaba libre a enseñar a leer a los niños del barrio. Luchaba a su manera por la alfabetización de todo el mundo. Había entrado en la órbita de un grupo de señoras mayores que ella y se dedicaban a recorrer los peores lugares de la ciudad para ir a la casa de la gente a enseñarles a leer y escribir. Al cabo de un tiempo la mayoría de raterillos y pillos de la zona por donde andaban, se habían acostumbrado a verlas pasar y en aquel momento María, a pesar de su aspecto fino y sus modales de señorita se movía libremente por las zonas más oscuras de Málaga sabiendo perfectamente que nada iba a pasarle y que pobre del que intentase hacerle algo ya que había una multitud de antiguos alumnos dispuestos a defenderla.
Había quedado muy impresionada por la muerte de su hermano con el que tanto había peleado y a su vez compartido durante su infancia. Recordaba que cuando eran pequeños Alfonso le había hecho caer al suelo en más de una ocasión y que no era raro que le escondiese juguetes y otras cosas. Tenía celos de aquella niña que le había dejado en un segundo lugar en relación a su madre.
A pesar de todo, era el que estaba más pendiente de ella y no toleraba que nadie le molestase. Era como si solo él pudiese fastidiarla.
En plena adolescencia María tuvo que afrontar aquel drama familiar y se encerró mucho en sí misma durante unos años. No entendía la muerte por mucho que ella, acostumbrada a racionalizar las cosas y a acabar entendiéndolas, se esforzaba. No se daba cuenta de que aquello era para todo el mundo incomprensible y ella no iba a ser una excepción.
Con Juan, su hermano mayor en Guadalvalle y con Alfonso muerto, se había quedado de hija mayor y sobre ella recaía la responsabilidad de ayudar a su madre con sus hermanas menores.
Marta y Ana eran muy niñas y aunque supieron de la mala noticia y entendieron la gravedad, cada una a su manera, tuvieron recursos suficientes para que la tragedia no les marcara tanto como al resto.
Ana tenía un recuerdo bastante difuso de Alfonso, no tenía claro qué parte se había inventado, qué parte le habían contado o había oído y qué parte era real. Marta sí que tenía un recuerdo más claro de su hermano y a su manera le añoraba. Tras los primeros días volvieron a ser las niñas alegres de siempre.
Se pasaban el día jugando y su juego favorito era que Ana estaba a punto de tener un bebe y Marta le ayudaba. Siempre la niña tenía un bebe al que llamaba Ana. Era algo así como un autoparto. Marta reproducía el nacimiento de Ana y ella a su vez copiaba el estado de su madre.
La verdad es que había llegado a ser muy curioso y a la vez cómico ver como Ana se daba a luz a sí misma. María y Josefina no dejaban de sorprenderse del juego.
Eran dos niñas muy traviesas y muy rápidas aprendiendo. Les gustaba mucho meterse en líos y espiar a los mayores.
La obsesión por la maternidad se había ido acentuando en los últimos tiempos, sobre todo a raíz de las historias que les rodeaban: La muerte de un hermano y el próximo nacimiento de otro.
Un día Marta se atrevió a preguntar a su madre si el hermano que venía era el sustituto de Alfonso. Lo hizo como lo más natural del mundo. Josefina, pacientemente le explicó que las personas no se sustituyen y que serían dos personas diferentes.
Aquella mañana, después de aquel sueño, Josefina pasó el día muy ensimismada. Trabajaba rápido, tenían un trabajo que urgía acabar antes de que se fuese la luz del día. Aquella noche pasarían a recoger aquel dichoso vestido por el taller.
A pesar de eso, su mente no dejaba de recordar los detalles de aquel sueño. Se estaba dando cuenta que aquello era lo último que le aferraba a su hijo desaparecido.
Igual que el sueño pasaba de Alfonso al nuevo niño, su mente también iba de uno a otro. Se dio cuenta de que no habían decidido ningún nombre todavía para el pequeño. Estaba claro que si era una niña se llamaría como ella, pero ¿y si era un niño? Por supuesto que Alfonso quedaba descartado, nadie iba a reemplazar a su hijo.
Finalmente miró a Doña Marujita, que era la única persona que en aquel momento estaba allí con ella y como si ella hubiese estado al tanto de sus pensamientos le dijo:
—Creo que al niño le voy a llamar José.
Doña Marujita la miró de reojo y confirmó lo que todo el día le había estado preocupando. Su querida Josefina estaba destrozada y tenía aquel día un aspecto terrible
—Tengo la mente en otro sitio Doña Marujita.
—Ya lo sé Finita, solo con verte sé en qué estás pensando, por no decirte que de tanto en tanto pareces a punto de llorar. Insisto en que tienes que descansar un poco y ya verás que cuando hayas descansado y estés mejor todo te va a parecer menos malo.
—No sé yo. Estos días ya estoy al final del embarazo y por las noches no duermo me ponga como me ponga. Me levanto por las mañanas como si me hubiesen dado una paliza. Además, esta humedad no ayuda nada.
—Finita, vete a tu casa niña. Por hoy ya has hecho bastante y se está yendo la luz. Descansa y si mañana no estás mejor quédate en casa yo me apaño bien, el encargo urgente ya está y lo que queda se puede hacer perfectamente. Si quieres me envías a María y yo le doy todo para que te lo lleve y si tienes ganas de hacer algo no hace falta que te muevas de tu cama. Luego por la tarde yo paso a verte y me llevo lo que hayas podido hacer.
—Gracias Doña, sí que estoy pesada. Me da la impresión que voy a reventar de un momento a otro. Hace muchos días que ya no me veo los pies —dijo Josefina sonriendo mientras hacía esfuerzos para levantarse de la silla donde se encontraba.
—¡Ay!, que no se me olvide —dijo Doña Marujita— coge el poco de gazpachuelo de arroz que te he dejado al lado del abrigo. Cuando llegues a casa lo calientas, le tiras un huevo para que cuaje, te lo comes y te metes en la cama.
Ya verás lo bien que te sienta.
Josefina se puso el abrigo con bastante dificultad, cogió el paquete y le dio un beso en la frente a Doña Marujita.
—Hasta mañana niña.
—Buenas noches, —dijo Fina saliendo de la casa.
Marujita se quedó pensativa mirando cómo se alejaba. Sufría por ella. Por un lado, un embarazo cuando ya empezaba a ser mayor y por otro lado la muerte del hijo. Todo a la vez. Parecía demasiada carga y estaba muy preocupada.
Josefina bajó las escaleras poco a poco y esforzándose en no resbalar y caerse. Bajaba sin ver los escalones y la escalera no tenía barandilla, así que la única manera era apoyándose en la pared. La barriga le tapaba la perspectiva y al llegar a la calle vio que estaba diluviando. Eran las cinco de la tarde, pero estaba oscuro como si fuesen las diez de la noche. Tronaba y caía agua sin parar. De nada servía taparse. Se iba a poner como una sopa.
Empezó a andar pegada a las fachadas y con cuidado de que los chorros de agua que salían de los canalones y de los tejados no se le viniesen encima.
No había pasado ni treinta segundos y ya estaba de agua hasta la cintura. Como si fuese un terrón de azúcar que absorbe la humedad por capilaridad, se fue empapando toda. No se veía a casi nadie por la calle. La distancia a recorrer en situación normal era corta, cuestión de diez minutos, pero había andado ya cinco minutos con mucho trabajo y parecía que por el Guadalmedina tenía que aparecer el Arca de Noé de un momento a otro. Daba miedo ver el río con tanta agua y tan próximo a desbordarse. Ojalá que María no hubiese ido a enseñar a los niños de la Malagueta, si no recordaba mal era donde le había dicho que iría aquella tarde.
De pronto noto una punzada que partía de más abajo de la cintura y que le llegó hasta el cerebro atravesándola de abajo a arriba y en diagonal. Tuvo que pararse un instante mientras se le pasaba el dolor. Todo el día había tenido punzadas, pero con mucha menos intensidad y se dio cuenta de que estaba en las primeras contracciones del parto. Normalmente ella empezaba a tener contracciones días antes de que llegase el momento y por eso decidió no darle importancia.
Siguió andando y avanzando metro a metro bajo el agua. Cada vez que sonaba un trueno aceleraba el paso tanto como podía. En una de las ocasiones estuvo a punto de resbalársele el gazpachuelo. A ver si con la prisa me voy a quedar sin la sopa —pensó.
Un metro más, otro y al fin llegó al portal de su casa. La humedad le había dejado helada. Solo pensaba subir hasta su casa, quitarse la ropa y ponerse a descansar un rato. A ver si las niñas la dejaban un poquito antes de ponerse a preparar la cena.
Habían pasado veinte minutos justo el doble de tiempo normal, pero por fin había llegado. Con mucho trabajo subió los dos pisos hasta la puerta de su casa y entonces, mientras intentaba abrir con la llave María abrió.
—Hola Mamá, que pronto que has llega…
—¿Qué te pasa niña? ¿Por qué me miras así? —preguntó Josefina sorprendida.
—Mamá ¡tienes el zapato lleno de sangre! —dijo María lo más tranquila que pudo.
Josefina se dio cuenta entonces. Durante el camino había roto aguas, pero al no ser algo doloroso no se había dado cuenta, además al estar empapada de lluvia no se le ocurrió pensarlo. Habían pasado ya unos minutos desde aquella punzada que debió ser cuando le pasó. Debían reaccionar sin perder el tiempo.
—Niña, no hay tiempo de buscar a tu padre. Ves a buscar a Carmela y que venga volando para aquí. Ya estoy de parto.
María no abrió la boca, salió como alma que lleva el diablo a buscar a la señora Carmen —para Josefina, Carmela— que era la comadrona que los había visto nacer a casi todos. Vivía muy cerca de allí.
Josefina se fue lentamente a su cama y se quitó la ropa mojada como pudo y se estiró en el lecho tapada esperando que llegasen. Intentaba relajarse y no pensar, pero las contracciones cada vez eran más fuertes. Aunque sabía cómo era aquello tenía miedo de que algo saliese mal.
Parecía que ahora tenía contracciones muy seguidas. También estaba muerta de frío. Tiritaba. El frío combinado con el cansancio y el dolor estaban a punto de dejarla sin conocimiento.
De pronto las niñas irrumpieron en la habitación y se le abalanzaron para besuquearla por la cara.
—Niñas, iros un ratito a jugar, que el bebé viene de camino —dijo Josefina con un tono un poco impaciente, estaba al límite de sus fuerzas.
Aquellas dos revoloteando por allí eran lo que menos necesitaba en aquel momento
—¿Sí? —gritó Ana— ¡qué ilusión Mamá! ¿Puedo mirar un poquito?
Marta se quedó callada al darse más cuenta de lo delicado de la situación, cogió a su hermana de la mano y la sacó casi arrastrando.
—Deja descansar a Mamá —le dijo a Ana cuando ya estaban fuera— es muy difícil tener un bebe y cansa mucho.
—¿Tú te acuerdas de cuando nací yo? —preguntó inocentemente Ana.
—No —dijo Marta— pero sé lo que cuenta la gente.
Josefina oía como hablaban mientras se alejaban y la dejaban sola en la habitación. Parecía que de momento habían perdido el interés.
En ese momento llegó María con Carmela y su ayudante Rosario.
Enviaron a María a calentar un barreño de agua. María corrió hacia la cocina a preparar lo que le habían pedido. Ella sí que recordaba el nacimiento de las dos pequeñas que, por otro lado, no se apartaron mucho de la habitación.
Las conocía perfectamente y sabía que esperaban el menor despiste para colarse en el cuarto sin que las viesen.
Carmela estuvo al lado de Josefina dándole instrucciones todo el tiempo mientras que Rosario poco más hacía que aguantarle la mano y procurar no desmayarse.
Era una mujer muy aprensiva y muy mala ayudante para estos temas y estaba pensando que este sería su último parto. De hecho, hacía poco tiempo que ayudaba a Carmela y siempre había sido igual de inútil. Carmela cada vez la tenía más atravesada, pero la seguía necesitando.
—Va Finita, otro empujón.
Llevaban así ya más de media hora y aquello estaba a punto de acabar, Josefina ya estaba muy dilatada.
—Hay Carmela que ya no puedo más —dijo casi sin fuerzas.
—Pero ¿qué dices niña? Si estoy viniendo por aquí casi cada año. Va empuja un poquito más y ya estará.
Un último empujón en medio de un grito desgarrador y salió un bebe envuelto en moco y sangre, pero totalmente inmóvil. Casi se le cayó de las manos a la comadrona por el impulso y lo resbaladizo que estaba.
En ese justo momento se oyó un golpe seco y es que Rosario finalmente había perdido el conocimiento. Afortunadamente no se abrió la cabeza contra ningún mueble en la caída.
—Esta desgraciada se va a enterar —dijo Carmela mirando a Josefina y refiriéndose a Rosario.
Tiró de la placenta e hizo un nudo en el cordón umbilical separando definitivamente a madre e hijo.
Mientras todo eso pasaba, Marta y Ana habían entrado con mucho cuidado aprovechando la confusión y el jaleo del momento y mientras Ana estaba en el suelo al otro lado de la cama, Marta imitaba a la comadrona. Casi las pillan, ya que en el momento en que entraban, Rosario caía al suelo y Marta se quedó paralizada mirándola mientras la mujer se desplomaba. Suerte que Ana tiró de ella.
Con todo el nerviosismo del momento nadie había reparado en las niñas.
Además, la cama de Josefina era muy alta y las niñas quedaban totalmente ocultas al estar agachadas, casi estiradas en el suelo en el otro lado del mueble.
Al poco entró María con el barreño de agua caliente y casi tropieza con Rosario que ya estaba volviendo en sí. Iba pensando en que aquellas dos se le habían escapado. Seguro que estaban en algún lugar de la habitación escondidas.
—Fina, ha nacido muerto —dijo Carmela después de mirarlo y ver que no había ninguna reacción por parte del niño. Parecía que las vías respiratorias estaban taponadas por algo—, pobrecito todo eso que se va a ahorrar de sufrimiento en esta vida —dijo Carmela resignada.
Lo envolvió en una sábana y lo dejo encima de la cama a un lado.
Josefina empezó a llorar en silencio, de forma calmada y pensando para ella misma que a pesar de todas las desgracias aún tenía sus 4 hijos y su marido.
No entendía para que pasar por todo aquello para acabar mal. Se acordó del sueño de Alfonso y estaba segura de que en aquel sueño el niño estaba vivo. A lo mejor todo era fruto de su imaginación.
Notaba Josefina, eso sí, un cierto desahogo. Posiblemente era algo físico, aunque el dolor en sus riñones, causado por el esfuerzo, seguía siendo fuerte sabía que poco a poco y en los próximos minutos se le iría pasando y de aquí a unos días podría volver con Doña Marujita a trabajar.
María había dejado el barreño en el suelo e intentaba consolar a su madre.
Mientras que escondidas y en silencio, al otro lado de la cama Ana y Marta jugaban.
—Señora su hijo ha nacido muerto —le decía Marta a Ana en voz baja.
—Quiero ver al bebé —le contestaba Ana haciendo ver que estaba llorando y que el dolor no la dejaba incorporarse, la niña era muy teatrera.
—No señora que da muy mala impresión y además su bebé está muerto — repitió Marta siguiendo con el juego.
—No tonta, quiero ver el bebé de verdad —dijo Ana muy seria.
—Como nos pillen nos van a tener castigadas todo un año —le dijo Marta nerviosa, ya que sabía perfectamente que su hermana estaba lo suficientemente loca como para hacer lo que decía.
Ana, más decidida —o más inconsciente— se levantó del suelo y con la rapidez que tienen los niños cuando planean una trastada, cogió el recién nacido en sus brazos.
—¡Oh qué sucio y qué peste! —dijo Ana entre arcadas mientras lo miraba.
—Nos van a matar a palos —dijo Marta totalmente aterrada y a punto de ponerse a llorar— vamos a devolverlo —suplicó presa de un terror casi irreprimible y a punto de ponerse a llorar previendo lo que se le venía encima.
—Si lo devolvemos nos van a pillar igual —dijo Ana ya recuperada de la impresión y totalmente tranquila y concentrada en su travesura—. Se me ocurre una idea —dijo con total sangre fría y mirando de reojo al barreño de agua caliente—. Vamos a lavarlo y diremos que lo hemos cogido para limpiarlo.
—Tú estás loca. Dámelo, que lo limpio yo —dijo Marta con la intención de que pareciese todo más creíble y evitar el castigo que estaba segura que iban a tener.
El agua del barreño estaba templada, y aunque su temperatura era un poco alta, no era lo suficiente como para quemar al bebé.
En el momento en que Marta fue a meter el niño en el barreño, notó un leve movimiento del niño, instintivamente apartó la mano y lo dejó caer dentro del agua, con la suerte de que la cabeza quedó fuera provocando que el agua desbordara el barreño y las dos niñas quedasen empapadas.
De pronto el niño, por el impacto de la temperatura abrió la boca y acto seguido dio un bramido que resonó por toda la casa. Posiblemente, el contacto con el agua provocó que se le destaponaran los conductos respiratorios tapados por la mucosidad.
Las niñas se pusieron de pie, como impulsadas por un muelle y dejaron que el niño se hundiese en el agua. Miraban aterradas al barreño. Ana casi estuvo a punto de apretar aquella cabecita dentro para no oírlo del miedo que le daba.
A continuación se hizo el silencio. Josefina y Carmela se giraron a la vez para mirar en dirección al barreño de donde había venido el grito. María se arrodilló y rescató al niño del agua y Rosario empezó a rezar antes de caer al suelo desmayada por segunda vez, ahora de la impresión. Aquella mujer definitivamente, no era ninguna ayuda.
Ana y Marta estaban paralizadas por el susto que se habían llevado. La parálisis les duró diez segundos y en el segundo once empezaron a chillar como locas y salieron corriendo pasando por encima y pisoteando el cuerpo de Rosario que estaba extendido en el suelo de la habitación y les cortaba el paso en la huida, mientras gritaban:
—¡El Demonio! ¡El demonio!
En su locura arroyaron todo lo que encontraron por el camino. Ana cayó al suelo al tropezar con una silla. Marta se quedó sin manga al dejarla enganchada en el pomo de la puerta en su carrera desesperada. Parecían dos caballos en plena estampida. No se les ocurrió pensar que el niño no estaba muerto sencillamente le había costado nacer. Pensaban que era algo parecido a un monstruo.
Las mujeres no les hicieron caso en el primer momento.
Después Carmela reaccionó y arrancó a correr detrás de ellas. De pronto la carrera de las niñas quedo frenada en seco ya que Juan se las cruzó cuando entraba en la casa y las cogió al vuelo evitando que rodaran escaleras abajo.
—¡El demonio! Gritaba Ana como loca —mientras intentaba deshacerse de los brazos de su padre.
—Corre papá —decía Marta—, el niño es un resucitado.
Detrás venía Carmela para atrapar a las niñas cuando se dio de bruces con Juan y los cuatro rodaron por el suelo.
Juan se levantó ágilmente y ayudó a doña Carmela a levantarse mientras que las niñas intentaban seguir corriendo a pesar de que Juan las retenía con fuerza.
—¡Ay Juanito, menos mal que las has cogido! ¡Cuándo os pille os voy a dar una lección que no os vais a olvidar sinvergüenzas! —dijo Carmela enfadada de verdad.
—¿Qué ha pasado Carmela? —preguntó Juan preocupado.
—Ha nacido tu niño. Es un varón, pero creíamos que estaba muerto hasta que este par de demonios lo han metido en el agua caliente y el niño ha resucitado.
Las niñas empezaron a llorar. Nunca se supo si fue el sentimiento de culpa, el horror de haber visto a un muerto que de pronto había resucitado y se había puesto a gritar o una simple estrategia para conseguir que el castigo fuese menor. Lo que sí que pasó es que nunca más Ana jugó a autoalumbrarse ella misma con la ayuda de Marta. Aquello había sido suficiente para las dos.
No entendieron nunca por qué no les castigaron. En realidad, eran ellas las que habían salvado a su hermano. Si hubiese sido por la comadrona y la inepta de su ayudante el niño se hubiese asfixiado poco a poco.
El bebé-demonio pasó a ser su juguete favorito a partir de aquel día y durante unos años aquellas niñas se dedicaron a vestirlo y desvestirlo, llevarlo arriba y abajo y manejarlo todo lo que quisieron, hasta que el bebé —ya un niño— se liberó del dominio de sus hermanas no sin mucho esfuerzo.
Juan se fue hacia la habitación a ver a su mujer. Al abrir la puerta la vio allí, en la plenitud de sus cuarenta años con su bebé en brazos y con una expresión de tranquilidad y felicidad que hacía mucho que no veía en su cara.
Intercambiaron una sonrisa.
—Se va a llamar José —dijo Josefina.
—Me parece perfecto —dijo Juan mientras cogía con mucho cuidado a aquel pequeño entre sus brazos.
—No quiero que le llamemos de ninguna otra manera —aclaró Josefina quiero que le llamemos así, José y nada más.
—No te preocupes —dijo Juan dándole un beso y acariciándole la mejilla — este José no te hará olvidar a Alfonso, pero te dará unas obligaciones nuevas y te necesitará. Te va a ir muy bien. Estoy seguro de que es él quién te lo envía para ayudarte a volver a la vida.
Ya no hizo más falta la presencia de Carmela en aquella casa, Josefina había dado a luz a su último hijo. Contra todo pronóstico Josefina fue recuperando su humor y su carácter habitual.
Pasado un tiempo Juan se sentó en la mesa del comedor con Ana y Marta.
Una a cada lado. Iban a realizar lo que se había convertido en todo un ritual.
Juan había conocido la tradición familiar del libro en el que apuntaban a todas las personas de la familia y sus vivencias más importantes.
El libro de Nito había quedado aún con muchas hojas en blanco así que desde el nacimiento de su primer hijo decidió recuperar la tradición e ir apuntando a todos los nuevos miembros de su familia. La primera persona que había apuntado, fue Josefina. El nombre de sus padres y su fecha de nacimiento.
También copio una poesía que sabía de memoria.
Hay bastante amor en mi para los dos, alma mía.
No es necesario que pongas tu parte,
Déjate llevar por el viento de mi sentimiento,
Déjate arrastrar a los confines del sueño eterno.
He reservado una nube para ambos en los cielos.
Luego apuntó en la hoja siguiente, a su hijo Juan nacido el 16 de mayo de 1885 a las 4 de la madrugada. Había algunas anotaciones sobre cosas que le habían pasado y cosas importantes de su vida. Cuando Juan se casó con Lola y se fue a Guadalvalle, su padre pacientemente apunto aquellos hechos y abrió una hoja nueva para Lola.
En la hoja que seguía a la de Juan estaba Alfonso que había nacido el 11 de octubre de 1887, a las 7 de la tarde. Igual que en el caso de Juan habían apuntado las cosas más importantes de su vida. Nunca hasta aquel momento se había atrevido a apuntar su defunción.
Seguía la hoja de María, que había nacido en 3 de marzo de 1890, luego iba la hoja de Marta nacida el 12 de septiembre de 1898 y finalmente Ana nacida el día 5 de febrero de 1900.
Juan y las dos pequeñas leían las anotaciones que habían hecho y hablaban sobre la propia historia de todos ellos. Todo aquello estaba envuelto de una solemnidad muy especial. Habían pasado ya seis meses desde que había nacido José y parecía que estaba sano así que era el momento de darle la bienvenida al libro.
Juan con un cuidado reverencial y su mejor caligrafía apuntó el nombre y los dos apellidos del niño y la hora y el día de nacimiento. Ana estaba tan nerviosa que no pudo evitar levantarse de la silla e ir a dónde estaba la cuna del niño para explicárselo. Como si él lo entendiese. Era la primera vez que ella participaba en el ritual de inscribir a alguien en el libro.
Fue Marta la que le dijo a su padre:
—Papá, ¿no vamos a apuntar lo que le pasó a Alfonso?
Juan, miró a Josefina que estaba situada detrás de ellos a un par de metros y los observaba. Ella entendió la mirada de Juan y le hizo un pequeño gesto afirmativo con la cabeza. Iba siendo hora de dejar marchar a su querido hijo.
Juan se fue a la hoja de Alfonso y anotó:
Nuestro querido Alfonso decidió abandonamos el día 13
de octubre de 1904 a la edad de IS años. En el cielo le
necesitaban y Dios lo llamó a su lado.