Esperaré
Capítulo 5
GUADAL VALLE. LA HERRERÍA DE JUAN
Ya era tarde y el sol estaba a punto de ponerse. Se acababa la jornada.
Juan decidió que iba a fumar un cigarro. Empezó liándolo y después se sentó a disfrutarlo tranquilamente. No fumaba mucho, aunque de vez en cuando le gustaba prepararse un pitillo y saborear el gusto del tabaco. Procuraba estar solo cuando lo hacía para poder consumirlo sin nada que le distrajese. Era una pequeña concesión que se daba en los días de más trabajo.
No le quedaba mucho a 1917. No había parado de darle vueltas a la carta que había recibido de María desde Málaga aquella semana. Aunque no había mucha distancia entre Guadalvalle y Málaga, tenían la costumbre de escribirse.
No estaba mal ya que cuando se veían normalmente había más gente alrededor.
Con las cartas conseguían comunicarse con más intimidad.
Estaba preocupado por ella. María le explicaba lo mal que lo estaba pasando por la ausencia de Alfredo. Juan sabía que había sido casi secuestrado por agentes del gobierno español, que le chantajeaban para mantenerlo como espía en Berlín. No sabía mucho más a pesar de que había preguntado a María, pero ella siempre le decía que no quería escribirlo en un papel y que mejor se lo explicaría cuando se viesen y pudiesen hablar con algo de privacidad. Había pasado tiempo, pero la ocasión no se presentaba. Su hermana volcaba sus sentimientos y sus pensamientos en aquella última carta. Juan creía que en realidad escribía para ella misma más que para él. Eso le había pasado también a él en alguna ocasión.
Lo que sí que le explicaba es que había recibido cartas desde Berlín con párrafos enteros tachados e ilegibles. Estaba claro que las cartas de la pareja las leían en algún despacho en Berlín o en Madrid, donde decidían que se podían decir y que no. Al final, valía la pena no decir nada prohibido o que pudiese comprometer a nadie ya que con los tachones, a veces se hacía difícil leer lo que decía la carta en el dorso porque el papel transparentaba.
Juan sabía que a sus padres y a sus hermanos menores les había contado lo imprescindible. Josefina y Juan se daban cuenta de que había mucha información que se les ocultaba, pero entendían que si no les explicaba más cosas debía ser porque había una parte de todo aquello que no debían saber.
Sobre todo a su padre le estaba costando mucho entender todo aquello.
Tan solo una vez había visto Juan a Alfredo y a pesar de que pudo hablar poco con él le gustó. Le pareció una buena persona, aunque no sabía cuál era su historia y qué le había traído a España. Intuía que llevaba algo de su pasado cargado sobre sus espaldas, pero eso pasaba con la mayoría de las personas.
Pensó que no podía aplazar mucho verse con María. Ella le estaba pidiendo ayuda de una manera indirecta.
Cuando eran más jóvenes no habían tenido mucha relación ya que entre los dos estaba Alfonso. Juan y Alfonso compartieron mucho más a pesar de que desde muy joven él había pasado largas temporadas separado de la familia, en casa de su abuelo. Imaginaba que durante esas ausencias el lazo entre María y Alfonso se fue haciendo cada vez más fuerte.
La tragedia de la muerte de Alfonso, a pesar de que Juan ya estaba casado unió a los dos hermanos. María se fue a Guadalvalle y pasó un mes con ellos.
Josefina había insistido en que era lo mejor. Allí fue donde pudieron hablar y desahogarse, llorar juntos y poco a poco ir superando la pérdida. María no quiso quedarse más tiempo. Josefina estaba a punto de dar a luz otra vez y aunque no la reclamaban ella sabía que la necesitaban, así que regresó a Málaga. Desde entonces habían empezado a escribirse largas cartas en las que se explicaban todo lo que les pasaba y lo que sentían.
Juan le había hablado muchas veces de su relación con Lola. Se querían y al principio, a pesar del nacimiento del pequeño poco después de la boda, habían disfrutado mucho el uno del otro. Lola se había repuesto muy bien del embarazo y se dedicaba a cuidar a su marido y a su hijo. Ella era una mujer alegre y divertida. Era muy independiente y le gustaba hacer siempre lo que quería.
Juan le decía en broma que era una consentida, aunque en realidad pensaba que algo de eso había. No tardaron mucho en llegar los problemas.
Al cabo de un tiempo había nacido la niña y eso empezó a hacer más difícil la relación entre ellos. Posteriormente murió su padre y su cuñado Antonio, se fue a América.
Lola no tenía tiempo para ella misma y eso poco a poco la fue haciendo infeliz. Ella necesitaba estar por ella misma. Se querían. No había duda, pero la relación entre ellos se había ido enfriando. Juan solo se desahogaba con María por carta.
Afortunadamente a Juan le llegó un dinero inesperado con la herencia de su abuelo que le había dejado una buena parte de lo que tenía. Eso y su conocimiento del negocio, hizo que se volcase cada vez más en la herrería que por cierto funcionaba muy bien. Amplió la instalación e instaló una fragua nueva mucho más grande y potente. Cada vez ganaba más dinero y poco a poco parecía que empezaba a ser muy conocido en el pueblo y en los alrededores.
Desde que tenía la nueva fragua, había empezado a hacer rejas para las ventanas. Eso parecía gustar a Lola. Un buen día había bajado mientras estaba trabajando y le preguntó:
—¿Qué haces?
—¿Te refieres a esto? —dijo él mientras señalaba lo que estaba trabajando.
—Sí.
—Estoy preparando una reja.
—No sabía qué hacías rejas —dijo ella sorprendida mientras que los ojos se le iluminaban.
—Estoy preparando algunas para tenerlas expuestas. Pienso que podemos venderla —dijo él.
—¿Por qué no me dejas que las diseñe yo? —preguntó ella.
—¿Te interesa? —dijo Juan extrañado.
—Claro que sí —le dijo ella— se me da muy bien. Si quieres en un par de días te preparo un par de dibujos.
Dicho y hecho, en un par de días tenía los dibujos. La verdad es que eran más elaboradas que lo que Juan estaba haciendo, pero le parecieron muy bonitas y las forjó. Lola era buena dibujando y tenía sensibilidad artística.
Se vendieron en seguida y desde aquel momento Lola era la diseñadora de rejas de la familia. Ahora ella tenía en mente hacer otros objetos. Ya se vería cómo resultaba.
Otra cosa más, rondaba por la cabeza de Juan. Se trataba de Antonio.
Su cuñado y amigo de la infancia había llegado de Argentina un par de meses antes. Al principio todos se alegraron mucho, pero Juan se dio cuenta con el transcurso de los días de que algo le torturaba. Intentó en alguna ocasión preguntarle, pero él le respondía con evasivas.
Finalmente, el día anterior a una hora similar y cuando ya estaba solo recibió su visita inesperada
—¡Hombre vaya sorpresa! —dijo Juan distraído mientras acababa de recoger un par de cosas.
—Tengo que hablar contigo, no aguanto más —le dijo Antonio con voz ronca. Juan dejó todo lo que tenía entre manos y ambos caminaron unos metros y se sentaron en un banco de madera que había hecho el mismo y que estaba un poco apartado de la casa. Sabía que pasaba algo y buscó aquel lugar para poder hablar tranquilamente.
—¿Qué te pasa? —preguntó Juan directamente. Sé que hay algo que no me has contado y que te preocupa.
Antonio bajo la cabeza y se puso a llorar. Se llevó la mano a la cara para tapársela. Sentía vergüenza. A Juan le sorprendió aquella reacción. Muy pocas veces le había visto llorar incluso cuando eran niños. No sabía qué hacer.
Finalmente dejó que se desahogase un poco y lio un cigarrillo para cada uno. Se lo ofreció a Antonio y este lo aceptó.
—No sé cómo empezar —dijo Antonio, ya más sereno— espero que no me haya visto nadie.
—No nos ha visto nadie —dijo Juan serio.
—Juan, le fui infiel a Aquilina cuando estuve en Argentina —dijo Antonio directamente y sin dar rodeos.
—Me imaginaba que se trataba de algo así.
—Fue casi sin querer —dijo Antonio.
Poco a poco le fue contando toda la historia de su relación con Isabela, como había empezado, que estuvieron una noche juntos y que después no se vieron más hasta que él estaba a pocos meses de volver.
Le habló de los últimos meses en Buenos Aires y del embarazo. Le explicó que le había escrito y ella le había respondido poniéndole al día de su estado y de que estaba bien. Parecía contenta de tener noticias suyas. Él le había ofrecido enviarle dinero, pero ella lo había rechazado, tenía sus propios recursos y no lo necesitaba.
—¿Y si Aquilina descubre alguna carta? —fue lo primero que se le ocurrió preguntar a Juan.
—Me escribe a la dirección de uno de mis hermanos en Málaga — respondió Antonio— escribirte aquí tenía el peligro de que lo descubriese Lola y además te estaba comprometiendo.
—¿Todavía estás enamorado de ella? —preguntó Juan.
—Creo que sí, aunque también quiero a Aquilina.
—Amigo, tendrás que decidirte.
—Ya decidí cuando volví, pero sigo añorándola. Era muy diferente a mi mujer y a las mujeres de aquí. Ella era libre, culta… no sé…
—¿Vas a decirle algo a tu mujer?
—No, aunque tengo muchos remordimientos por ella y también por haber dejado a Isabela sola en Buenos Aires.
—Entonces, si has decidido no decirle nada y volver, lo mejor que puedes hacer es olvidar a Isabela. Olvida también los remordimientos, eso sí que no te va a aportar nada.
—Es muy difícil, además está el bebé.
—Es verdad —dijo Juan— pero tú mismo me has dicho que no le va a faltar nada, que la familia de ella es rica. Tus hijos de aquí también te necesitan.
—Cuando llegué a Málaga fui al notario y cambié el testamento.
—Vaya follón que se liará si Aquilina muere más tarde que tú.
—Ya estaré muerto —dijo Antonio con indiferencia— soy un cobarde.
—No. Creo que yo hubiese hecho igual que tú en la misma situación.
—Gracias Juan —dijo Antonio.
—No hace falta que me agradezcas nada. Somos amigos desde la infancia. Si necesitas hablar conmigo aquí me tienes.
Hablaron un rato más y al final le pareció que Antonio se iba más tranquilo. No había podido quitarse aquella conversación de la cabeza. La verdad es que estaba bastante preocupado por Antonio, por María y por Lola.
Menos mal que al menos no tenía que preocuparse por el dinero. Eso ya era mucho.
Estaba ensimismado cuando notó que alguien se sentaba a su lado. Ya había oscurecido.
—Papá dice mamá que tiene la cena lista y que si vas a tardar mucho.
José era un niño simpático y cuando no tenía nada que hacer se pasaba el tiempo alrededor de su padre viendo cómo trabajaba el hierro. A Juan le gustaba que estuviese por allí. —Ayúdame a recoger las herramientas que están en la parte de atrás y nos vamos a cenar.
Recogieron todo lo que tenían y cerraron la herrería. Subieron y en el comedor les esperaba Lola.
—¿Ya has cerrado por hoy? —dijo Lola un poco seca.
—Si cariño ya está —respondió Juan mientras le besaba en la mejilla.
—Vete a lavar un poco mientras yo acabo de preparar la cena que debes tener hambre a estas horas.
Juan se estuvo aseando y al cabo de media hora estaba toda la familia sentada alrededor de la mesa. Bueno, toda la familia no porque Remedios, que tenía menos de un año ya estaba en su cuna durmiendo.
—Papá —le dijo Margarita, que era más joven— dice la maestra que mi nombre es muy largo y que cuando haya aprendido a escribirlo sabré ya muchas letras —los niños aprovechaban la cena para hablar de sus cosas.
—Ves hija como a veces es una ventaja tener un nombre que no se acaba nunca —le dijo Juan con cierta ironía, aunque despistado. Observaba de reojo a Lola.
—Pues el mío es pequeño —le dijo José.
—Y el mío también —cortó Lola— pero igualmente se tiene que aprender a escribir todas las letras —respondió la madre con la intención de liquidar el tema.
—Ya que estamos con esto, José no te olvides de que cuando acabemos de cenar quiero que me leas un poco el diario.
—Vale Papa —dijo el niño contento. Era el momento de ellos dos.
Era una práctica habitual. Juan hacía leer cada día a su hijo parte del diario que había comprado aquella semana. Por un lado, conseguía que el niño se viese forzado a practicar la lectura y por otro lado él se informaba y comentaban lo que leían. Margarita aún era pequeña y aún no leía suficientemente bien. Cenaron, recogieron la mesa las mujeres de la casa mientras que el niño leía y al cabo de un rato todo el mundo estaba acostado.
Cuando estaban en la cama y parecía que los niños estaban dormidos, Juan intentó acercarse cariñosamente a Lola, pero ella se hizo la dormida, aunque en realidad estaba despierta.
Juan se dio cuenta. Eso pasaba la mayoría de las veces en los últimos tiempos. Se dio la vuelta y empezó a pensar en los problemas de todos los que le rodeaban.
El verano anterior, la familia tuvo una visita inesperada. Una tarde mientras todo el mundo dormía la siesta, alguien entró en el recibidor de la casa y empezó a llamar en voz alta:
—¡Mamá!,¡niñas!, ¿no hay nadie?
Doña Remedios a pesar de su edad fue la primera que llegó y de pronto vio a aquel hombre, con una mulata y una niña cogida de la mano.
—¡Mamá! ¡Cuánto tiempo sin verte! —dijo el hombre acercándose y abrazando a la mujer.
Solo unos segundos después apareció Aquilina y con ella un montón de niños, los suyos y los de Lola que pasaban el día en la casa. A Doña Remedios tuvieron que sentarla en una silla y traerle sus sales ya que la impresión estuvo a punto de hacerle perder el conocimiento.
Jesús, siempre había sido el hermano díscolo de la familia. Cuando lo enviaron a Madrid a estudiar, todos respiraron tranquilos ya que por fin la casa tendría un poco de calma. Los últimos años que había pasado en Guadalvalle había sido un periodo en que se había dedicado íntegramente a hacer lo justo para sacar adelante los estudios y hacer enfadar tanto como pudo a su padre.
Cuando por fin lo enviaron a la capital, su hermano que hacía tiempo que vivía allí se hizo cargo de él. En aquel tiempo tenía veinte años.
Su vida, por lo que sabían, no había sido fácil. Se casó con Jacinta que era una joven que pertenecía a una familia de militares de alto rango de Madrid y al poco tiempo se marcharon a vivir a Cuba. Allí tuvieron un par de hijos, los dos varones y al cabo de unos años Jacinta murió casi de repente. La familia de Guadalvalle se ofreció a acogerlos a los tres y a ayudarlos, pero Jesús, que por entonces gobernaba un Ingenio de caña de azúcar, dio las gracias, pero avisó que no tenía ninguna intención de volver.
A pesar de todo ahí estaba. Elegante en sus treinta y tantos, bien vestido, con un cierto aire colonial y con la misma sonrisa y expresión de descaro con la que se había ido.
A su lado estaba Rosa. La presentó como su doncella. Ella era una mulata espectacular. Exótica, simpática y bellísima. Algo más joven que él. En seguida vieron que se trataban con mucha familiaridad y su madre, acostumbrada a lo excéntrico de su hijo, le decía todo el tiempo a Aquilina y a Lola.
—¿Estáis ciegas niñas?, esa Rosa es su querida. A mí este pájaro no me engaña.
—No mamá, él dice que es su doncella —decían invariablemente la hermana con la que estuviese hablando, aunque si la otra andaba por allí intentaban no cruzar la mirada para no estallar en risas.
—Era lo que nos faltaba después del embarazo de Lola y ahora que parecía que todo el mundo se había olvidado… —decía la mujer preocupada. A Rosa le bastaron dos paseos por Guadalvalle para que todo el mundo la conociese y hablase de ella. Los hombres la saludaban cuando iba por la calle y las mujeres hablaban a sus espaldas. Era el centro de todos los comentarios y ¿por qué no admitirlo?, la protagonista de muchos sueños eróticos entre los habitantes masculinos del pueblo.
Con ellos dos viajaba Inés. La niña era la hija de Rosa y tenía entre tres y cuatro años. Era una niña encantadora, muy bien educada y que en seguida se convirtió en el juguete de las otras niñas de la familia que la llevaban de un lado para otro. La niña tenía una característica que lo complicaba todo. Los que se dieron cuenta intentaron callar, pero la vecina, Isabel se lo soltó a bocajarro a Doña Remedios.
—¡Santo cielo Remedios! —exclamó la mujer una tarde que había pasado un momento para saludarla, cuando vio pasar a la niña.
—¿Qué pasa? —respondió la mujer.
—Esa niña ¿quién es?
—La hija de la doncella de mi hijo —respondió tensa Doña Remedios.
—Eso dices tú —dijo entre carcajadas— ¿no ves que es igualita que tu cuando eras pequeña, pero en moreno?
—Qué barbaridad acabas de decir.
—Que no mujer que no, que esa niña es hija de tu Jesús. Yo me acuerdo de ti cuando eras pequeña y eras igualita.
La pobre mujer intentó cambiar de tema a pesar de que la puñetera de la vecina insistía en el parecido.
Jesús había venido a visitarles desde el Caribe porque no quería que con su madre le pasase igual que con su padre, quería verla antes de que fuese demasiado tarde. Al menos eso decía, pero no siempre se le podía creer. Había dejado a sus dos hijos en un internado de La Habana y con Rosa e Inés se había plantado en la casa sin avisar.
La madre, mal pensada, llegó a temer que les pidiese dinero, pero estaba equivocada, no lo hizo. A lo mejor se dio cuenta de que a ellos tampoco les sobraba. Todo lo contrario, parecía que a él sí que le sobraba.
Se instalaron en casa de su madre y pasaron allí todo el verano.
A Jesús le prepararon la habitación del ático. Era una habitación en donde ahora no dormía nadie pero que antiguamente había sido el dormitorio de los dos hermanos cuando vivían allí. Quedaba aislada del resto de la casa ya que todos los demás tenían su dormitorio en las dos plantas de abajo. A Rosa la instalaron en una habitación que tenían libre en la planta baja y la niña fue a dormir con Carmen y Maru en la planta del medio.
No tardó en simpatizar con Juan. Jesús era alegre, indolente, consentido —igual que Lola— aunque muy divertido y propenso a todo tipo de placer que le ofrecía la vida. De risa fácil y duelo corto, lo convertían en una buena compañía.
Para los niños el tío de América era su distracción favorita y tanto José como Margarita —los hijos mayores de Lola— como Toño, Maru y Carmen —hijos de Aquilina, se pasaban el día detrás del tío Jesús o de la Tata Rosa— como ellos le habían bautizado.
Aquellos días esperaban el regreso de Antonio desde Argentina y la presencia de ellos ayudó a que la espera fuese más fácil para todos. Por otro lado, era innegable que Jesús tenía espíritu empresarial y revisó las pérdidas que había representado para la familia la aventura de los embutidos en Argentina.
También pasó horas con Juan hablando sobre el negocio de la herrería y estudiando posibilidades y vías de actividad.
Tanto Toño como José, de edades parecidas y en las puertas de la pubertad, tenían una curiosidad irresistible por saber más sobre Rosa. Se sentían muy atraídos por ella. Sin duda que Rosa se había dado cuenta y se divertía viendo como no le quitaban el ojo de encima.
Con el calor de primera hora de la tarde toda la familia dormía la siesta.
Eran siestas largas y en las que no se movía un alma en toda la casa. El calor era tan pesado que lo único que se podía hacer era dormir y si el lugar tenía un poco de corriente de aire mejor. Ya recuperarían el tiempo yéndose a dormir más tarde por la noche.
Cuando acababa de comer, Jesús, se iba solo a la habitación. Se quitaba la ropa quedándose solo con el calzón y se estiraba en la cama a dormir.
Los dos niños, desde hacía días, se habían dado cuenta de que había algún movimiento en la casa. Alguien subía las escaleras sigilosamente. Al principio se asustaron, influidos por las historias de espíritus y fantasmas que la abuela contaba a todo el que quisiese oírle, pero al segundo o tercer día decidieron que fuese lo que fuese lo iban a averiguar.
Los dos compartían una habitación que estaba justo al pie de la escalera en la segunda planta. Junto a la habitación había una especie de despensa empotrada en la pared, donde se solían guardar las sábanas, mantas y colchas de las camas de aquella planta. Era muy grande y dentro cabía una persona adulta sin ningún problema. La puerta era una celosía que permitía que si se metían dentro podrían observar sin que les viesen a no ser que se fijasen mucho. Así que allí estaban escondidos.
No esperaron mucho rato cuando de pronto vieron que Rosa subía sigilosamente desde la planta baja y pasaba por delante del armario. Los niños casi aguantaron la respiración hasta que vieron que seguía hacia el ático.
Sin decir nada y sin hacer ningún ruido, abrieron cuidadosamente la puerta y descalzos subieron los veinte escalones que les separaba de la planta de arriba. La madera de la casa crujía ligeramente pero no lo suficiente como para alertar a nadie.
Cuando llegaron al ático la puerta estaba cerrada. Con mucho cuidado se acercaron a la cerradura de la puerta. José fue el primero que miró Al fondo y a contraluz de la ventana abierta en el otro lado, pudo ver como estaba su tío estirado y Rosa a horcajadas sentada encima de él saltando como en trance.
—¡Ala! —se le escapó en voz muy baja.
—Déjame ver —decía Toño impaciente.
José se apartó y entonces miró Toño. La escena seguía su curso en aquel momento. Los niños iban alternando uno y otro mientras que los adultos parecían no darse cuenta de nada.
Los niños estaban tan concentrados y tan impresionados por el espectáculo que no oyeron que alguien subía por la escalera.
—¿Qué hacéis? —dijo una vocecita.
Toño y José saltaron sobresaltados cada uno hacia un lado de la puerta.
En el gesto reflejo el agujero de la cerradura quedó libre y la pequeña Inés se fue directa y puso el ojo. Pasados unos segundos, que fue el tiempo que necesitaron para recuperarse José la apartó cariñosamente de la puerta para que no siguiese viendo.
—Inés tenías que estar descansando —dijo Toño entre susurros para que no les oyeran hablar.
—Pobre mamá —dijo la niña con expresión triste.
—¿Pobre mamá? —dijo José en voz muy baja para que no les descubriesen.
—Si —dijo Inés— otra vez el amo Jesús —como ella le llamaba— le está castigando, ¿no ves como ella se queja? Juegan al caballito para castigarla.
Los dos niños intercambiaron una mirada. Realmente les sorprendió a los dos aquella forma de interpretar aquello por la niña. Aunque tenían ganas de reír no quisieron que la pequeña pensara que se estaban burlando de ella así que lo más serio que pudieron, intentaron consolarla.
—A los mayores les gusta discutir y castigarse —dijo José.
—Si es verdad —insistió Toño— son muy raros.
—¿De verdad? —decía Inés— mamá le llama mi amol cuando hacen esas cosas para que no se enfade.
—¿Lo ves? —dijo José— es que no hay quien los entienda.
—Ahora nos vamos a ir poquito a poco y sin hacer ruido —dijo Toño cogiendo en brazos a Inés— no podemos dejar que nos descubran. Nos castigarían.
—Vale —dijo la pequeña.
—Inesita —dijo José— esto debe ser nuestro secreto y nadie debe saberlo.
Nos enviarían a los tres a un colegio interno.
—Yo no quiero —se quejó la niña.
—Y yo tampoco —dijo José— así que mantendremos el secreto.
Se alejaron sin hacer ruido. Acompañaron a Inés hasta la habitación de las niñas que estaban medio dormidas y volvieron a su cuarto. No pasó mucho rato cuando oyeron bajar otra vez silenciosamente a Rosa hacia su dormitorio en la planta de abajo. No fue aquella la única vez que subieron a espiar, aunque se cuidaron mucho de que nadie les siguiese.
Un buen día Rosa —que traía un gramófono en el equipaje y unos cuantos discos de música—, reunió a las niñas en la sala de casa de la abuela e intentó enseñarles a bailar al estilo del Caribe. Aquellos bailes eran muy sensuales y las niñas se divertían imitando a la mujer.
Durante todo aquel mes que pasaron allí la casa tuvo una banda sonora compuesta de boleros y ritmos tropicales que ambientaban y alegraban a todos los habitantes de la casa. La única que de vez en cuando se quejaba era Doña Remedios. A los demás les gustaba y no era raro ver a los otros adultos de la casona tarareando alguna de las canciones del repertorio.
A todos les ayudó la presencia del trio en la casa durante aquellos días.
Les aportó un poco de alegría y les dio temas suficientes de conversación como para hacer más fácil la espera de la llegada de Antonio.
Justo una semana antes de esa llegada, tal y como habían llegado anunciaron que al día siguiente se iban. Tenían que pasar unos días por Madrid, ya que Jesús tenía gestiones que realizar y visitas que hacer. Era una cuestión de un par de semanas y después irían a Cádiz que era desde donde salía el barco que los llevaría de regreso a casa.
Casi no hubo tiempo de despedirse y todos los niños se comprometieron con Rosa a escribirse y mantenerse en contacto y al día de las novedades que pasaran en la casa.
Todos notaron el vacío que dejaron y la casa tardó días en recuperar el ritmo habitual previo a la visita.
Lola no se había planteado nunca desarrollar ninguna profesión ni dedicarse a nada más que a su familia, pero cada vez le sobraba más tiempo. La pequeña Remedios era cada vez mayor y la necesitaba menos y los dos mayores ya no la necesitaban más que lo justo.
Lola, era bastante especial. Tenía algunos puntos en común con su hermano. Era una mujer sensible y creativa y la verdad es que hasta aquel momento siempre había tenido una vida bastante fácil, quizás por eso le gustaba mucho pensar en ella misma. Tendía a anteponer sus intereses a todo lo demás a pesar de que sabía perfectamente que eso no era lo correcto y esa certeza le hacía sufrir. Había tenido que aprender a saberse imperfecta y a convivir con ello sin demasiados problemas. Mantuvo una larga conversación con su hermano, que no era muy diferente a ella.
Jesús había ido a visitar a Juan a la herrería y cuando iba a regresar andando a la casa familiar ella se ofreció a acompañarle. Jesús fue directo al tema.
—Lola, ahora que he conocido a tu marido y me parece buena persona, que veo que tienes unos hijos preciosos y además os va bien no entiendo porque yo te veo triste.
—¡Cómo eres Jesús! —contestó ella evasiva.
—A mí no me engañas. Tú y yo no somos tan diferentes.
Lola no estaba segura de querer tener aquella conversación con su hermano, pero al final pensó que no iba a dejar escapar la ocasión
—No estoy bien, tienes razón. Quiero a mi marido y a mis hijos, vivo bien pero no sé qué me pasa. Es como si me faltase algo. He pasado años dedicada a ellos y veo que se me pasan los años. Me gustaba más cuando vivía pensando solo en mí.
—Te entiendo, y tengo que reconocerte que a mí me pasa igual, aunque yo no echo para nada de menos la época en que tenía que aguantar a Papá y a Mamá.
Ambos rieron relajando la situación
—Para mí no fue tan duro. Incluso cuando me quedé embarazada me ayudaron.
—Imagino que comparado con lo que yo les había hecho sufrir, lo tuyo no era nada.
—¿Qué hago con mi vida? —dijo Lola muy seria de repente.
—No es fácil Lola, pero deberías intentar ser tu misma. Recuperar tu libertad para hacer lo que te gusta. Eso no quiere decir que te alejes de tu marido ni de tus hijos, sencillamente intenta compaginar las dos cosas. Cuando vean que teniendo tu espacio estas mejor, ellos también estarán mejor. Créeme.
—Pensaré en tu consejo —dijo Lola, y cambiando radicalmente de conversación preguntó—. ¿Rosa es tu querida?
—¿Y a ti qué te importa? —respondió Jesús riendo.
—Aquilina y yo estamos muertas de curiosidad.
—Pues no te lo voy a decir, ¿tú me ves bien?
—Estupendamente —respondió Lola.
—Pues eso es lo único que te debe importar.
Lola tenía una vena artística. Siempre había sido una buena dibujante y al principio se dedicó a dibujar con carboncillo pequeños dibujos de una silla, de una mesa, de algún mueble de la casa, luego siguió dibujando aquella flor o esta taza, prosiguió dibujando algún paisaje y al final acabo dibujando pequeños retratos de sus hijos y de su marido y ¿cómo no? de su querida madre. Había sido una autodidacta.
Más adelante pasó a dibujar en lienzo y con acuarelas. Había encontrado una actividad que le permitía dar rienda suelta a sus sentimientos y ejercía sobre ella una buena terapia que le ayudaba a controlar sus emociones y la forma de ver la vida que le rodeaba.
A pesar de todo tenía remordimientos y no acababa de sentirse feliz.
Necesitaba alguna cosa que no conseguía identificar. Algún aliciente nuevo en su vida.
Una tarde Aquilina, que era una de las personas que mejor la conocía visitó a Juan. Con la excusa de ir a casa de su hermana se pasó por la herrería antes de subir a ver a Lola. Juan se sorprendió gratamente al verla.
—¿Qué haces por aquí cuñada? ¿Has venido a ver a Lola? —le dijo Juan alegremente, ellos dos tenían muy buena relación, se apreciaban muy sinceramente.
—Sí, pero de paso te quería ver a ti también —dijo Aquilina seria.
—Pues ya me ves. ¿Quieres que hablemos de algo? —preguntó distraídamente y sin apreciar aquella seriedad, mientras seguía con lo que estaba haciendo.
Aquilina, pensó que la mejor manera de tratar el tema era directamente.
—Mira Juan pues sí. Hace ya mucho tiempo que veo que mi hermana no levanta cabeza. Primero fue lo de mi padre, luego que si se nos vino encima toda la historia de los embutidos y ahora que ya ha pasado todo a mí me da la impresión de que no se acaba de animar y me preocupa porque cada vez está más cerrada en sí misma. Además, ya sabes cómo es ella.
—¿Cómo es? —dijo Juan provocando a su cuñada a seguir hablando.
Hacía tiempo que a él también se le escurría entre las manos el estado anímico de su esposa.
—Pues especial —dijo Aquilina dudando mientras ponía en orden sus ideas—. Es especial, a veces insoportable, mimada y consentida. No sé.
—Incomprensible —añadió Juan— muy sensible. Cariñosa cuando le da la gana y terrible cuando no…
—Eso y mucho más —dijo Aquilina sonriendo.
—Tienes razón. Hace mucho tiempo que le doy vueltas y que veo que no está bien. Desde que empezó a pintar parece que la cosa ha mejorado un poco porque ahora tiene un entretenimiento, pero hay días que no se puede hablar con ella y a la mínima se te tira a la yugular. Siempre tiene la escopeta cargada.
—Yo he estado pensando en ella y he llegado a la conclusión de que a Lola le iría muy bien poder despejarse un poquito y salir de lo cotidiano — dijo Aquilina tímidamente.
—Y ¿en qué estás pensando? —preguntó Juan intrigado.
—Pues, la verdad es que aún no lo he hablado con nadie, ni siquiera con Antonio, pero yo creo que si a ti te pareciese bien y si ella está de acuerdo, hace mucho tiempo que no vemos a Ramón —que era el hermano que tenían en Madrid y que era militar— y podríamos ir las dos a visitarlo. Él estaría contento de tenernos en su casa y seguro que a Lola le iría muy bien.
Juan no lo veía claro. Si Lola se marchaba ¿qué pasaba con todos los niños? Además, no estaba seguro de que en aquellos momentos bajos en su relación como pareja fuese buena idea separarse. Aquilina identificó la duda en los ojos de Juan.
—¿Te parece una locura? —preguntó Aquilina tanteando si había ido demasiado lejos en su propuesta y en la manera de enfocarla.
—La verdad es que no estoy muy seguro de que sea una buena idea. Veo que por un lado están los niños y por otro lado está tu madre. ¿Quién va a cuidar de todos ellos? Además, ya sabes que no estamos en un buen momento —le dijo directamente—. ¿No te parece arriesgado? Y ¿si decide no volver? Es un poco como abandonarnos.
Aquilina pensó unos segundos, más que nada para expresar correctamente lo que pensaba
—Yo no lo tomaría como un abandono. Tan solo es como dar un respiro a una situación. Si le proponemos la historia a Lola como un abandono yo creo que se negara. Ella te quiere más de lo que te pueda parecer, si no hubiese vuelto a casa hace tiempo. Ya sabes que cuando se trata de ella misma lo que piensen los otros tampoco le importa tanto. Además, por los niños yo creo que tengo la solución.
—¿Dime cuál es? —preguntó Juan dubitativo mientras razonaba en lo que le explicaba Aquilina.
—Los míos se pueden quedar al cuidado de mi madre. Los niños cuidan a la abuela y la abuela los cuida a ellos. Por lo que hace a los tuyos, tu hermana Ana o tu hermana Marta a lo mejor podrían venir a cuidar de ellos. No será demasiado tiempo.
Juan vio que Aquilina lo tenía todo pensado. De hecho, no le parecía mal del todo el planteamiento, tendría que hablar con su familia.
—Dame unos días antes de hablar con nadie más. Déjame que hable con mis hermanas a ver si alguna de ellas quiere venir. Me lo tengo que pensar muy bien. No es lo correcto que se marche y nos deje —dijo Juan contrariado y dolido por la situación.
—Por supuesto que si tú no lo ves claro me olvido de la idea —dijo Aquilina conciliadora.
Juan, se dio cuenta que aunque estaba enfadado con él mismo y con la situación, no dejaba de ser una buena idea y empezó a preparar la partida de su mujer. Preguntó a su familia.
Ana, estaba más que dispuesta a ir a casa de su hermano. La joven ya tenía dieciocho años y aunque prácticamente no habían convivido, estaba loca por poner emociones nuevas en su vida.
Cuando Juan supo de la disposición de Ana para ir y quedarse con ellos, invitó a Aquilina a plantear los dos el tema a Lola.
Los dos hablaron con ella, Lola al principio se quedó sorprendida. No se esperaba ninguna propuesta de aquel tipo. De entrada se negó pensando que no podía dejar sola a su familia, pero uno a uno su hermana y su marido fueron tumbando sus argumentos y un buen día llegaba Ana a Guadalvalle y al cabo de una semana salían las dos hermanas en dirección a Madrid.
Ana enseguida se hizo cargo de la situación.
Empezó a cocinar, a cuidar de los niños y de su hermano. Los niños al principio fueron reacios a que su madre se fuese y que ellos se quedasen, pero poco a poco Ana se los fue ganando. La principal aliada de Ana fue Margarita que, aunque era solo diez años menor que ella, fue tomando admiración por su tía y por el brío que le daba a las cosas.
Aquilina y Lola llegaron a Madrid y su hermano las recibió en su casa de la zona del Retiro. Como no podía ser de otra forma las dos se dedicaron a salir por la ciudad todo lo que pudieron, pero Lola estaba especialmente interesada en el Museo del Prado. Siempre que podía se iba allí y se pasaba horas y horas delante de los cuadros.
Una tarde estaba sentada, frente al cuadro El quitasol de Goya. Le llamaba la atención poderosamente la distribución de los dos personajes del cuadro, pero sobre todo la luz. Analizaba en silencio la obra con los pocos conocimientos que tenía y la gran sensibilidad que sentía. No sabía por qué, pero estaba obsesionada con el pintor.
De pronto alguien se dirigió a ella:
—¿Le gusta el cuadro?
Ella se giró. Vio que detrás de ella le hablaba un hombre de unos cuarenta años que le dirigía una amplia sonrisa. Era un hombre atractivo a simple vista.
Refinado y bien vestido. Le inspiró confianza y le respondió con sinceridad.
—La verdad es que me gusta mucho cómo refleja la luz —le respondió ella devolviéndole la sonrisa— aunque yo no tengo formación en el tema.
—Formación no sé, pero creo adivinar que tiene sensibilidad. Me doy cuenta que el cuadro no la deja indiferente.
—Tiene razón. Sensibilidad sí que creo que tengo.
—Discúlpeme —le dijo él con galantería— no me he presentado. Me llamo Fernando Martín. Estoy metido en el mundo de la pintura. Tengo una escuela y una sala de exposiciones. Estaría muy honrado si algún día visita mi exposición —le dijo a la vez que le entregaba una tarjeta de visita. Lola se quedó un poco sorprendida. No estaba acostumbrada a que los desconocidos le hablasen.
—Yo me llamo Lola. Como se debe haber dado cuenta por mi acento soy andaluza y he venido con mi hermana a pasar unos días en casa de mi hermano que vive hace muchos años en Madrid.
—¿Es empresario? —preguntó Fernando con curiosidad.
—No. En realidad es funcionario. Del ministerio de defensa.
—¿Qué le parecería pasarse por mi galería con sus hermanos un día de estos? Le presentaré a mi esposa y les enseñaré la galería.
—Déjeme que lo hable con ellos —dijo Lola tímidamente, pero aceptando la tarjeta de visita que él le extendía.
A Aquilina le pareció divertido que un desconocido le hablase en el museo mientras que a Ramón le pareció de lo más normal. Él llevaba mucho tiempo en Madrid y ya era más madrileño que de cualquier otro sitio.
—En la ciudad la gente tiene menos problemas para hablarse que en los pueblos —le había dicho—. Son mucho más directos. El viernes por la tarde podemos visitar a ese tal Fernando Martín si queréis.
Dicho y hecho. Aquel viernes los tres hermanos más Isabel, la mujer de Ramón, estaban en la exposición.
Fernando se alegró mucho cuando los vio entrar. Se presentaron y les enseñó los cuadros que tenían expuestos. Eran cuadros de estilo naif y de varios pintores de la ciudad. Lola desconocía el estilo y le fascinó. También estuvieron hablando de la escuela de pintura que regentaba y junto con su esposa acabaron cenando en una tasca de los alrededores de la Plaza Mayor. Para Lola aquel bocadillo de calamares a la romana con mayonesa fue el primero de su vida.
Todo bien regado con sidra.
Lola estaba contenta y había vuelto a reír como hacía tiempo que no lo hacía. La verdad es que tanto Fernando como su mujer, Judith, que era de origen francés le habían parecido muy sorprendentes y a la vez divertidos, y la escuela le había encantado. Lástima que se acababa el mes que se había fijado para estar en Madrid.
El tema de conversación entre Fernando, Judith y Lola fue principalmente la pintura. Los otros estaban un poco descolocados. Fernando le propuso a Lola que le visitase y que su mujer y él le harían una prueba para ver como la veían de conocimientos y habilidades.
Una tarde llegaron las dos hermanas a la galería y el matrimonio dedicó un buen rato a discutir y ver como pintaba Lola. Al cabo de un par de horas le hicieron una propuesta.
—Mire Lola —le dijo Fernando— yo creo que Usted tienen las cualidades artísticas más que necesarias para dedicarse a la pintura, pero entiendo que le falta técnica.
—Ya se lo dije yo —le contestó Lola orgullosa de ella misma— todo lo que he aprendido ha sido por mi cuenta y la verdad es que no he ido nunca a la escuela.
—¿Por qué no se queda un tiempo y nosotros le enseñamos?, le daríamos las claves principales para que usted pueda desarrollarlas por su cuenta cuando vuelva a su pueblo —le dijo Judith.
—Es una pena —contestó Aquilina— debemos volver a casa la semana próxima. Tenemos nuestras obligaciones allí, además yo ya no aguanto más sin ver a mi marido y mis hijos.
—Tiene razón mi hermana —dijo Lola— yo también añoro a mi marido y mis hijos. Hace un mes que no estoy en mi casa.
—Bueno, si se lo piensa ya sabe dónde encontrarme —le dijo Judith.
Aquella tarde las dos hermanas hablaron. Aquilina pensó que si Lola renunciaba a aquello acabaría siendo peor el remedio que la enfermedad y la frustración de la vuelta tendría consecuencias. Seguro que Ramón no tenía ningún inconveniente en tenerla allí y además ejercería la tutela sobre su hermana que requería la circunstancia. Faltaba ver que pensaba Juan.
Lola se negaba en rotundo. Hubiese dado lo que fuese por poder estudiar pintura un par de meses, pero no resistía más sin su marido y sus hijos. Al menos eso decía.
Aquilina, tomo cartas en el asunto. Se fue sin que nadie lo supiese a la centralita de teléfono que no estaba lejos de la casa de su hermano y, ni corta ni perezosa, llamó a la centralita del pueblo que hacía poco tiempo habían instalado.
Cuando consiguió la conexión —lo que no resultó nada fácil— pidió que avisasen a su cuñado. En unos minutos estaba al otro lado de la línea.
Aquilina explicó a Juan todo lo bien que supo cuál era el dilema de su esposa y que efecto beneficioso podía tener sobre Lola el quedarse y hacer aquel curso. Por otro lado, le explicó que no debía temer por ella. Su hermano tendría buena cuenta de que todo fuese como debe ser.
Juan dudó y dudó. Se le pedía mucha comprensión. Al final entendió que Aquilina tenía razón. Ya que ella estaba allí debía aprovechar la circunstancia.
Finalmente le dijo que se quedase Lola en Madrid.
Aquilina le dijo que Lola no sabía nada de esa conversación pero que por mucho que ella insistiese tenía que ser él quien le dijese que se quedase.
—Está bien —le dijo Juan. Déjame ver como lo hago.
Al día siguiente llegó un telegrama a casa de Ramón dirigido a Lola. Era un telegrama de Juan. Decía:
Aquí estamos todos bien. Te echamos de menos. Quédate
en Madrid. Haz el curso de pintura y cuando estés lista
vuelve. Nosotros te esperaremos el tiempo que haga falta.
Te quiero.
Lo firmaba Juan.
Lola se emocionó.
Aquilina regresó a Guadalvalle según lo previsto. Antonio y los niños estaban locos de contentos cuando la vieron llegar. Tardaron horas en explicarse todo lo que había pasado durante aquel mes y todas las novedades y aventuras que les habían pasado en aquellos días. Todos hablaban a la vez y se pisaban las frases unos a otros.
Cuando Aquilina había descansado un poco y se había aseado del viaje, acompañada de Antonio se fueron a visitar a Juan.
Cuando se vieron se dieron un cálido abrazo. Aquilina estaba agradecida a su cuñado por haber puesto las cosas tan fáciles y por haberle ayudado a recuperar a su hermana. Por su parte Juan lo estaba con ella por haberse metido en el asunto y haberle ayudado a salir de aquel pozo en el que se hundía su mujer y al que parecía que estaba arrastrando a su matrimonio. Ahora tenían una oportunidad de poder dar un cambio positivo.
En Madrid, Lola empezó las clases. Iba cada tarde tres horas a la galería de Fernando y Judith y se pasaba horas y horas dibujando.
Judith era muy exigente y le pedía excelencia. Al principio utilizó con ella la técnica de hacerla enfadar y hacer que ella expresase su rabia en sus dibujos.
La táctica daba resultado y con mucha paciencia fue enseñándole a Lola a controlar la rabia y administrarla correctamente en el dibujo. Poco a poco se fueron uniendo otros sentimientos y Lola iba desarrollando las técnicas que le permitían plasmar como se sentía en la tela o el papel.
Por su parte Fernando era el especialista en explicarle a Lola cómo debía distribuir el espacio y cómo tenía que colocar en la superficie que le ofrecía la tela a los personajes o los componentes que querían situar y también la forma correcta de hacerlo para dar el protagonismo que quería darle a cada uno.
Lola aprendía y al principio volvía exhausta a casa de su hermano. A pesar de todo lo que estaba disfrutando era cierto que añoraba a su marido y a sus hijos. Parecía que la distancia le había ayudado a valorar todo lo que tenía de bueno su vida y sobre todo a recuperar qué es lo que había visto en Juan cuando se enamoró de él. No entendía como la distancia precisamente le había acercado a los suyos, pero hacía tiempo que sabía que cada uno tiene sus mecanismos. Quizás empezaba a dejar de ser una joven consentida para ser una mujer madura.
Muchos viernes, al acabar las clases, ya que la escuela cerraba el fin de semana —aunque la galería permanecía abierta— se iba el matrimonio con Lola de cena. Solían frecuentar los mesones de alrededor de la zona de la plaza Mayor y acababan normalmente en algún local de la Gran Vía tomando la última copa. Cuando daban la velada por finalizada le acompañaban a casa de su hermano y la dejaban en la puerta.
Se había comprado un cuaderno y por las mañanas salía al Parque del Retiro o al Palacio Real y pasaba horas y horas dibujando con lápiz, edificios, árboles, niños, pájaros y cualquier cosa que le pudiese parecer interesante. Veía parejas jóvenes paseando de la mano y poco a poco fue recordando a su marido cuando era joven y lo que había habido entre ellos. Sorprendida se dio cuenta de que añoraba a aquel joven que había sido él, antes de que sus vidas se complicaran. Empezó a sentir la impaciencia por volver a verlo y recuperar su vida junto a él.
Cuando ya se estaba acabando el segundo mes de las clases y su tercer mes en Madrid, Judith se presentó en la escuela con tres copas y una botella de Champagne francés que enviaban desde su París natal.
Con su acento galo le dijo:
—Querida, yo creo que ya te he enseñado todo lo que podía enseñarte de pintura y tú estás a punto de irte a tu casa.
—Judith —le dijo Lola— nunca podré agradecerte lo suficiente todo lo que Fernando y tú me habéis ayudado. No solo respecto a la pintura, sino también respecto a mi vida en general.
Apareció Fernando en la sala diciendo:
—Salta a la vista querida que te vas mucho mejor. Cuando te conocí en el museo vi a una persona muy diferente a la que estoy viendo en este momento.
Nuestro tiempo se ha terminado. Podríamos trabajar muchos más temas, pero desde el principio sabíamos que esto se acabaría en dos meses y el tiempo ha pasado.
Fernando se dirigió a Lola y le entregó su copa de Champagne llena y una rosa. Lola le dio las gracias y dio un trago a la copa.
Judith se acercó a ella y segura de ella misma le dio un beso intenso y húmedo en la boca.
Lola se quedó sin reaccionar ante la sorpresa de aquel beso tan inesperado. Se sorprendió incluso de su reacción ya que instintivamente había respondido a aquel beso.
—Adieu Cherie —le dijo y se fue.
Lola estaba muda por la sorpresa. Fernando se dirigió a ella y le soltó otro beso igual.
—Hasta la vista amiga mía. Nosotros estaremos aquí siempre que nos necesites.
Y siguió los pasos de su mujer.
Lola tardó unos instantes en reaccionar. Recogió sus cosas y escribió una nota:
Queridos amigos.
Muchas gracias por todo. He aprendido con vosotros a
expresar lo que llevo dentro de mí. De no haberos
encontrado, nunca lo hubiese conseguido.
Utilizaré lo que me habéis enseñado para ser más feliz
y espero que a pesar de la distancia mantengamos nuestra
amistad a lo largo de los años. Os llevo en mi corazón.
Besos.
Lola
La dejó encima de la mesa de trabajo y salió dejando tras de sí la galería.
Cuando se acercaba a la casa de Ramón vio a Juan a lo lejos con un gran ramo de flores esperándole. ¡Había venido a por ella! Ella no lo sabía, pero Judith se había puesto en contacto con Aquilina para avisarle de que se acababa el curso. Aceleró el paso hasta que frenó entre los brazos de él.