Esperaré

Antonio Mora · Capítulo 2 de 30

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Esperaré

Capítulo 2

 

GUADALVALLE. FAMILIA MAURA

 

Aquilina salió a pasear aquella tarde templada de principio

de otoño. Iba a casa de su hermana Lola, que vivía en el camino de la estación del tren y que quedaba un poco apartada del pueblo.

En realidad, la distancia no era muy grande, apenas un par

de quilómetros de paseo agradable por el camino que cruzaba los campos. Era una senda estrecha con árboles a los dos lados que daban una buena sombra en verano. A hora empezaban a perderlas hojas, pero el juego de colores de sus copas era precioso.

A ella le gustaba mucho andar. Solía dejar que su mente

volase de un lado a otro. Era una manera de ser libre. No solía cruzarse con mucha gente en el trayecto. Durante aquellos paseos se sentía más ella misma que en ninguna otra situación. El sonido de los grillos la acompañaba todo el tiempo.

Caminaba ensimismada, perdida en sus pensamientos,

cuando de pronto lo vio a lo lejos. Primero pensó que se equivocaba, que no podía ser. Se dijo a si misma que tenía tantas ganas de verlo que se lo estaba imaginando. Luego empezó a identificar aquel perfil, la manera de andar y poco a poco fue adivinando y concretando sus rasgos. Sin duda era él.

Se dirigía a ella directamente, con paso acelerado y una

sonrisa amplia de oreja a oreja.

 

Aquilina era la menor de los cuatro hijos de la familia Maura de Guadalvalle. Los Maura eran terratenientes de la zona y también tenían una industria de embutido muy importante en la comarca.

El pueblo, estaba cerca de la capital y del mar, a menos de veinte quilómetros. Esa proximidad a la ciudad, hacía que las comunicaciones fuesen buenas. El clima también era templado. Podía ser muy caluroso en verano, aunque seco y soportable, mientras que en invierno la proximidad de la sierra hacía que fuese más fresco que en Málaga.

Guadalvalle era un pueblo antiguo a los pies de una montaña, encima de la cual había una Ermita y su Virgen. Era el típico pueblo andaluz de casas blancas, pegadas entre ellas y con tres calles principales que los lugareños llamaban la calle del medio, la calle de arriba y la calle de abajo.

De origen fenicio, por lo que se sabía, se encontraba donde el Guadalhorce dejaba de ser navegable en la antigüedad.

La familia materna de Aquilina había sido propietaria de grandes extensiones de limoneros, no demasiado alejados del pueblo. Eran respetados por todos sus paisanos, aunque de vez en cuando eran protagonistas de las críticas de algunos de sus vecinos. En realidad, pequeñas envidias, nada importante.

Remedios, la madre de Aquilina, se había casado con Miguel y se habían dedicado en cuerpo y alma a hacer crecer la empresa familiar. El cultivo de cítricos había dado muy buenos resultados a lo largo de los años. Ella no intervenía directamente en la gestión, eso no hubiese estado bien visto, pero intentaba influir en todas las decisiones de su marido.

Miguel además había empezado con dos de sus hermanos a explotar un negocio de elaboración y comercialización de productos del cerdo y poco a poco había ido creciendo su empresa. Al final se lo había acabado quedando todo cuando ellos se cansaron y se decidieron por otras actividades. El hombre tuvo que desembolsar una importante suma para comprar sus partes de la empresa, pero valió la pena. Al cabo de poco tiempo había recuperado toda la inversión y la fábrica que no era la única del sector en el pueblo, impulsó a Guadalvalle que empezó a ser famosa por sus productos. El pueblo celebraba dos ferias de ganado muy importantes en la provincia. Una de ellas en abril y la otra en septiembre.

El matrimonio se implicaba en todos los festejos y celebraciones que se desarrollaban durante las ferias. Las cenas en casa de los Maura, eran en aquellos días, todo un evento al que asistían el alcalde, el cura, los demás terratenientes y empresarios del pueblo más algunos invitados de la capital.

En este ambiente nació Aquilina. La niña fue educada de acuerdo a lo que se consideraba necesario en aquella época. Aprendió a leer y escribir, a sumar y restar y como no podía ser de otra manera, aprendió a comportarse como una señorita. Bordaba maravillosamente, sabía cocinar, aunque no le hiciese falta hacerlo y la prepararon para ser una excelente esposa.

Lola, un par de años mayor, era la que había dado lugar a infinidad de comentarios entre sus vecinos. Su embarazo siendo soltera, aunque nunca se había reconocido públicamente por parte de la familia, había corrido de boca en boca. A pesar de disimularlo la gente sabía contar y supieron del nacimiento del niño al cabo de siete meses de la boda. Los chistes y las bromas estaban en todos los corrillos, aunque nadie hacía ningún comentario delante de ningún miembro de la familia. Tan solo algún amigo de Juan, el hijo de Josefina y futuro padre de la criatura, se atrevió a bromear sobre el tema.

Su amigo Antonio, que por aquel entonces era soltero, lo visitaba frecuentemente y lo ayudaba a soportar todo aquello. Poco a poco se convirtió en un habitual en Guadalvalle y en casa de Juan y Lola.

Los dos jóvenes se habían conocido más de quince años atrás, cuando Antonio acompañaba a su padre a la herrería del abuelo de Juan en Almogía.

Juan pasaba temporadas con él. Ayudaba todo lo que podía a cambio de aprender lo relativo al herraje de animales.

Cuando Antonio llegaba desde Málaga a pasar el verano en la casa familiar, ambos niños se perdían y se pasaban el día jugando y nadando en el río Campanillas. Eran veranos luminosos e interminables que dedicaban a buscar tesoros imaginarios y vivir grandes aventuras donde se enfrentaban con palos convertidos en maravillosas espadas a monstruos imposibles.

Los niños se convirtieron en adultos y su amistad evolucionó hacia la amistad entre hombres.

Antonio era un malagueño burgués. Había ido al colegio hasta que entró a trabajar en la empresa de tejidos de su padre en el Guadalhorce. Aunque había hecho todo lo que se esperaba que hiciese tenía sus propias ideas sobre la vida.

Era alegre y simpático. No había tenido motivos para ser de otra forma hasta aquel momento. Soñador. Atractivo a su manera y sin duda un buen partido.

Aquilina y Antonio congeniaron muy bien. La menor de los Maura, era bonita y refinada. La joven tenía buena figura y siempre iba muy bien arreglada.

Nada desentonaba en ella. Tenía una cuidada y abundante cabellera negra que solía llevar recogida y siempre vestía impecablemente.

En realidad, y aunque era considerada una belleza local no había nada en particular que destacase. Su atractivo iba de dentro hacia fuera. Quizás era esa sensación de serenidad y equilibrio que solía transmitir lo que llamaba más la atención.

Tenía una gran relación con Lola y solía visitarla a menudo, sobre todo en los últimos meses de embarazo y cuando nació el niño. Pasaba horas jugando con él y hablando con su hermana de cualquier tema que le pasase por la cabeza.

Tanto a Aquilina como a Antonio era fácil encontrarlos en casa de Juan y Lola y fue inevitable que acabasen siendo novios. Se habían sentido atraídos el uno por el otro desde el primer momento en que se vieron y se habían convertido en inseparables.

La boda no tardó mucho en celebrarse. Como era la menor de los hermanos y la última en casarse Aquilina y Antonio se instalaron en la casa familiar y vivieron con los padres de Quili, como la llamaba todo el mundo. Por aquellos tiempos era frecuente que el menor de los hermanos se hiciese cargo de los padres.

La casa era grande y estaba muy bien situada en el centro del pueblo. En aquel caserón podían disfrutar de cierta intimidad, aunque viviesen acompañados.

No pasó mucho tiempo hasta que nació su primer hijo, al que también pusieron de nombre Antonio siguiendo la tradición. Luego llegó María y a principio de otoño de 1908 Carmen.

Al nacimiento de Carmen le siguió una tragedia que cambió la vida de todos ellos. Eran los últimos días del año y Miguel había ido aquella tarde a ver cómo estaban los campos de limones. Anduvo bastante rato y revisó que todo estuviese correctamente. Ya no era joven y aquella actividad le costaba un esfuerzo. Habló largamente con los capataces, preguntó por sus hijos y sus familias, le invitaron a tomar vino y comer queso. Le gustaba la cercanía de la tierra y el trato con la gente que trabajaba en su propiedad. Los cuidaba, estaba al corriente de sus vidas e intentaba ayudarlos cuando consideraba que lo necesitaban. Normalmente se anticipaba a que le pidiesen ayuda.

Antes de marcharse dio las últimas instrucciones. Se iba con la sensación del trabajo bien hecho.

Iba a arrancar el coche, pero el joven Diego se ofreció…

—Patrón súbase usted que ya le doy yo a la manivela.

—Gracias Diego —dijo Miguel— la verdad es que arrancarlo para venir me ha costado mucho.

—No se preocupe. Solo hay que darle con energía.

—Bendito tú —dijo Miguel riendo— que tienes de sobra.

Al joven no le costó arrancarlo. Iba en un oldsmobil que había comprado el año anterior y que era uno de los siete primeros vehículos que se matriculaban en la provincia. Había sido un lujo, pero era muy útil para moverse por los campos. Antonio lo conducía a menudo y lo hacía servir para ir a Málaga. A los dos les gustaba estar al día de las novedades tecnológicas del momento.

Remedios, su mujer, le tenía pavor. Pero a Miguel le encantaba. Ella intentaba que su marido no condujese y siempre que podía hacía que fuese Antonio quien le llevase. Aquel día aprovechó que estaba todo el mundo ocupado y se fue sin decirle nada a nadie. Tenía práctica en utilizar pequeños trucos y trampas para acabar haciendo lo que él quería.

Todo el día había tenido un ligero dolor de cabeza, pero no había hecho mucho caso. A veces le pasaba. Pensó que ir a los campos le iría bien y se despejaría, pero ahora, cuando empezaba el regreso, parecía que se encontraba un poco peor.

Le dolía el lado izquierdo y cada vez le molestaba más. Creía que era un dolor muscular. Empezaba en el hombro y le recorría todo el brazo hasta llegar a los dedos. Había momentos en que parecía que por mucho que se esforzase el aire no llegaba correctamente a sus pulmones. Respiraba cada vez más y con más fuerza. Cada vez estaba más mareado.

No podía seguir así y decidió que iba a parar el coche. No estaba seguro de poder volver a arrancarlo. Pensó que iba a encender un cigarro. Era totalmente consciente de que algo no funcionaba bien. Probó a relajarse y ver si mejoraba. Aunque era diciembre, no hacía nada de frío y se estaba poniendo el sol. Le seguía costando respirar, cada vez le costaba más. Se le dormían las manos y en un par de ocasiones se le cayó el cigarro de los dedos. Casi quema la tapicería.

Se recreó mirando el paisaje, sus ojos se llenaron de aquella luz fantástica que se iba apagando poco a poco y mientras tanto iba dando caladas a su cigarro que ya casi se había acabado.

De pronto notó una punzada que le atravesó desde el pecho al omoplato.

Su primer sentimiento fue más de sorpresa que de dolor. Acto seguido notó una presión en el pecho que no le dejaba respirar y que cada vez era más intensa. En un primer momento concentró todo su esfuerzo en realizar las inspiraciones y las expiraciones, pero le costaba conseguir el objetivo de llenar los pulmones.

Entendió en aquellos segundos, que se estaba muriendo, pero no tuvo miedo.

Curiosamente y en contra de lo que siempre había creído no se puso nervioso, estaba totalmente sereno. Sobre todo, sentía pena porque había llegado el final. Iban a pasar un mal rato en casa.

Era el último anochecer que veía, tenía que irse de esa tierra que él quería tanto y donde tan a gusto se encontraba. Lamentaba no haberse despedido de su mujer y darle las gracias por todos aquellos años que habían compartido y esa vida que habían llevado juntos y que no había estado nada mal. Aquel era el último disgusto que le iba a dar.

Sabía que era inevitable y tan solo podía recibir la muerte con serenidad.

Se reclinó en el asiento, lucho para que el aire llegase a sus pulmones, pero poco a poco se fue dejando ir. Pensó en lo bueno que era no anticipar la muerte, ni la propia ni la de los seres queridos y dio gracias por no haber llegado allí tras una larga agonía, todo lo contrario. Llegó tras haber pasado una buena tarde haciendo cosas que le gustaba hacer. Deseó que morir fuese como pasar un velo, nada más y que ojalá pudiese con tan solo cerrar los ojos estar cerca de sus seres queridos. En esos pensamientos acabó su vida Miguel. No fue una muerte brusca. Se dio cuenta de que era un proceso en que poco a poco se iba desconectando del mundo. Una de sus últimas decisiones fue abrirse a esa nueva experiencia que iba a ser la última.

Fue una muerte pacífica y a pesar del dolor fue menos terrible de lo que se había imaginado durante toda la vida. Anocheció y en la casa todo el mundo estaba inquieto. No llegaba Miguel. Cuando Remedios empezó a buscarlo no lo encontró y guiada por una intuición se fue a la cochera y se dio cuenta de que el coche no estaba.

La mujer estaba al borde del ataque de nervios y Aquilina intentaba calmarla lo mejor que sabía.

—Cálmate mamá —le decía Quili impacientemente—. Seguro que ha ido a los campos. Ya vendrá.

—Niña, tu padre ya está viejo y no está para ir por ahí solo.

—No le estés todo el tiempo encima. No ganas nada, ya ves que acaba haciendo lo que quiere.

—Tengo un mal presentimiento —decía la mujer poniéndose a llorar.

—¿Por qué? —le decía la hija cada vez más nerviosa

—¿Cómo que por qué? —respondía la madre en el mismo tono— los presentimientos se tienen y punto.

Aquilina estaba cada vez más nerviosa. Tan solo le faltaba que su madre empezase con las supersticiones. Había hecho llamar a su marido que estaba en la fábrica.

A ninguna se le ocurrió hacer nada efectivo e ir andando en busca del padre. Estaban paralizadas por el miedo.

Antonio no tardó mucho desde que le avisaron, aunque ya era la hora de cenar cuando llegó.

Madre e hija le esperaban en la entrada de la casa.

—Antonio —dijo Quili— mi padre no aparece y se ha llevado el coche.

—Hijo mío —dijo la suegra— seguro que le ha pasado algo. Por favor — lloraba— ve a buscarlo.

—Pero ¿hace mucho que se fue? —preguntó.

—No lo sé —dijo Remedios. Hace un rato que lo busco.

Mientras hablaban apareció el encargado de los cuidados de la casa con un caballo preparado para montar.

—Gracias —dijo Antonio mientras que cogía las riendas y subía al caballo.

Salió a toda velocidad de la casa dejando una polvareda detrás y a las mujeres paralizadas esperando.

No le costó encontrarlo. Vio el coche a lo lejos. Galopó lo más rápido que pudo y salto del animal casi en marcha, pero no había ninguna prisa. Miguel ya llevaba un buen rato muerto y empezaba a estar frío. Intentó despertarlo, pero él ya había visto antes otros cadáveres y no tuvo dudas de que no había nada que hacer.

Arreó al caballo para que volviese solo a las cuadras y movió el cadáver de Miguel con cuidado, como si estuviese vivo, para colocarse en el asiento del conductor. Logró arrancar el coche sin muchos problemas y condujo lentamente hasta la casa. El camino se le hizo corto. No sabía cómo afrontar el encuentro con su esposa y su suegra.

Se había ido el patriarca y eso siempre provoca cambios importantes.

Sentía mucho la muerte de aquel hombre, pero no debía dejarse llevar por sentimentalismos. Le necesitaban con la mente clara para organizar todo a partir de aquel momento. Las dos mujeres no estarían en condiciones.

Avisados por la llegada del caballo, estaba Aquilina con Remedios y todo el servicio esperando la llegada del coche. Nada más aparecer el coche a lo lejos Remedios dio un grito de dolor y se dejó caer de rodillas llorando desesperadamente y tirándose de los pelos. Su hija, como podía, intentaba levantarla.

Enseguida llegó Lola. La habían ido a avisar y había salido disparada hacia la casa de sus padres. Llegó en el momento en que Antonio paraba el motor del coche. Poco más tarde llegó Juan que se había enterado cuando los niños fueron a avisarle.

—Papá, algo pasa con el abuelo —le dijo su hijo—. Mamá ha salido corriendo.

—Pero ¿qué pasa? —intentó averiguar el hombre.

—No sé —dijo el niño—. Han venido de la casa a avisarle y mamá se ha ido. Me ha dicho que te lo dijese.

—Está bien —dijo Juan sin querer alarmar al niño—. Debe ser una tontería. Ayúdame a cerrar y te quedas con las niñas hasta que vuelva.

Algo importante debía pasar pensó Juan. No era normal que su mujer lo abandonase todo de aquella manera y saliese a la carrera. En un momento dejó todo cerrado y se fue a paso ligero a la casa familiar. Allí se encontró con la desgracia.

Entre los dos jóvenes empezaron a prepararlo todo. Avisaron a los dos hijos de Miguel que estaban fuera. Iban a ser unos días bastante duros para todos.

Aquel año no hubo celebración alguna por Navidad. La familia estaba de riguroso duelo. Permanecieron juntos aquellos días especialmente tristes. Así entró en aquella casa el año 1909.

Antonio, cada vez estaba más ocupado en la empresa de embutidos de los Maura. Por aquel entonces, ya no trabajaba en el negocio de su propia familia.

Le consultaban y él les ayudaba solo puntualmente y eso le había liberado para llevar los negocios de la familia de su mujer. Ahora también seguía de cerca lo que pasaba en los campos.

Los últimos tiempos de Miguel sirvieron para que el hombre se apoyase en su yerno. El joven, tenía buenas dotes para la gestión y estaba bien formado para los negocios. Sus hijas, Lola y Aquilina no estaban hechas para trabajar y sus dos hijos eran pequeños burgueses que hacía muchos años habían ido a estudiar a Madrid y no tenían ningún interés en los campos ni en la fábrica.

Tenían sus propios recursos y se habían distanciado de la familia geográficamente, siendo aún muy jóvenes, aunque mantenían una relación cordial. Ramón, el mayor, había entrado en el ejército y eso le situaba en un mundo bastante alejado del resto. El otro, Jesús, se había casado con una joven de la alta sociedad y habían emigrado a La Habana poco después de la independencia de Cuba y la relación ahora era mucho más difícil de mantener.

Ni siquiera había podido venir al entierro. No hubo tiempo de avisarle hasta que ya habían pasado varios días.

En los últimos tiempos Miguel y Antonio habían estudiado la posibilidad de importar carne y exportar embutidos a Argentina. Los barcos viajaban con cierta rapidez y era una buena ocasión para aprovechar qué cuando llegaban a Europa cargados de carne vacuna y cereales, cargarlos de vuelta con embutidos españoles. Se repartía los costes del transporte.

Los sistemas de refrigeración empezaban a ser buenos y fiables y era plenamente factible exportar alimentos que llegasen en buen estado.

Para los embutidos de la familia era una oportunidad. La competencia estaba más centrada en el mercado estatal así que la exportación era una alternativa a tener en cuenta.

El mercado europeo no parecía demasiado interesante, los hábitos de alimentación no eran los mismos que aquí y además resultaba difícil arancelariamente. Argentina tenía costumbres muy parecidas a España y compartía idioma y hábitos alimenticios. Era un gran mercado en aquellos días.

Miles de españoles emigraban cada año.

Se habían planteado exportar también limones de su propia cosecha, pero rápidamente lo descartaron ya que limones también se podían cultivar allí. Sin embargo, el embutido al tener una serie de características especiales de elaboración y composición tenía muchas posibilidades de éxito.

A Antonio le interesaba mucho aquella posible aventura. Aún no tenía treinta años y se veía casado y con tres hijos. Tenía una situación muy desahogada, pero se preguntaba si eso era todo en la vida. Quería hacer algo más, necesitaba algún riesgo y retos que le hicieran crecer como persona. No se conformaba con lo que tenía, aunque sabía que era mucho.

Se veía viviendo en Buenos Aires, que tenía más de un millón de habitantes y era mucho mayor que cualquier ciudad española. Había quien la llamaba el París de Suramérica. Además, Argentina estaba en un buen momento económico. No estaba afectada por los conflictos que se daban en Europa y su carne se vendía con éxito en Alemania e Italia y cada vez estaba más introducida en Francia. Era un país para emprendedores y para gente que no tuviese problemas en trabajar. Era la nueva tierra prometida.

Antes de la muerte de Miguel, el buen hombre se había planteado la posibilidad de enviarlo allí con su mujer y sus hijos y establecer una delegación del negocio de la familia. Habían estudiado conjuntamente modalidades y formas de establecerse. Analizaron todos los detalles del proyecto.

A Aquilina también le había gustado la idea, aunque le daba un poco de miedo irse tan lejos con sus hijos tan pequeños. A pesar de todo estaba dispuesta a hacerlo. Le emocionaba imaginarse allí, en una ciudad con grandes almacenes, con teatros y espectáculos y con todo lo que no podía tener en su entorno rural actual. Ya se veía formando parte de aquel mundo. Le habían dicho que tenían muy buenas escuelas y que el servicio doméstico era bastante asequible. Lo único que le apenaba era lo que dejaba atrás. Remedios lo veía diferente. Sus dos hijos se habían ido a Madrid. Su hija Lola era lo único que le quedaría si Quili también se iba a América.

Cuando Miguel murió todo cambió. Remedios estaba destrozada y Aquilina se sentía responsable de su madre sobre todo ahora no podía abandonarla. No solo se iba ella, también los niños que las tenían todo el tiempo ocupadas y les ayudaban a superar la muerte del abuelo.

Después de hablarlo durante muchos días y darle muchas vueltas al asunto, la pareja pensó que lo mejor era que él se fuese solo. Ella se quedaría aquí y con la ayuda de su hermana y su cuñado intentaría mantener el lado español del negocio mientras que él intentaba abrir el negocio argentino.

Más adelante, en un par de años como mucho verían la posibilidad de que Aquilina y los niños se fueran a la Argentina, incluso llevándose con ella a su madre que de momento no quería ni oír hablar del tema.

Antonio no estaba del todo decidido, pero entre todos le animaron. No éralo que él había querido, pero era más que nada así que finalmente un treinta de marzo de 1910, salía de Cádiz, rumbo a Buenos Aires.

El viaje fue largo. Salió de España al final del invierno y llegó a Argentina cuando empezaba un nuevo invierno. Iba con suficiente dinero así que acostumbrarse al país fue menos difícil que para la mayoría de inmigrantes que habían viajado en el mismo barco en situación mucho más desesperada.

Al principio todo fue bien en Guadalvalle. Aquilina con el apoyo de su hermana y su cuñado se fue introduciendo en el negocio, dejando las decisiones más difíciles a su Juan. Se podía decir que todo marchaba por sí solo y había que hacer poca cosa. Las dos hermanas no se habían planteado nunca trabajar así que cuando vieron que todo funcionaba bien dejaron de interesarse demasiado por la actividad diaria. El pobre Juan acabó siendo el que dedicaba todo el tiempo que la herrería le dejaba libre a controlarlo todo.

Los niños iban creciendo sin problemas y su madre cada vez estaba más recuperada de la muerte de su marido. Aquilina fue volviendo a la normalidad que solo estaba ensombrecida por la ausencia de su esposo.

Los niños eran alegres y mientras que Toño, como ellos le llamaban, iba a la escuela y se estaba preparando para su futuro al frente de los negocios de la familia, María y Carmen —al igual que lo hicieran antes todas las mujeres de la familia— eran educadas para ser buenos partidos y perfectas señoras de su casa.

Toño era aplicado y se parecía mucho a su padre. Las niñas tenían temperamentos muy diferentes. María era muy inquieta. Se metía constantemente en líos. Era una niña curiosa, alegre y muy vital. Le gustaba reírse y hacer bromas. Provocaba a todo el mundo. A pesar de eso era muy noble.

Carmen era una niña mucho más calmada. Destacaba su fino sentido del humor. Era obediente y le gustaba hacer labores y siempre observaba a su madre y a su abuela. Era una muñequita. No recordaba a su padre. Se había ido cuando era muy pequeña.

Crecían sin el padre, pero con el cariño de las mujeres de la familia. La abuela había cogido especial atención en educar a Carmen (Carmela para ella) ya que parecía muy dispuesta mientras que María era mucho más difícil de retener y había que dejarla ser libre.

Los meses fueron pasando y Antonio seguía en Argentina. Escribía regularmente a su mujer desde Buenos Aires y le explicaba como era su vida y los éxitos de los productos que iba vendiendo. Enseguida empezaron a llegar pedidos y todo iba según lo esperado. Recorría el país de punta a punta en busca de distribuidores. No estaba demasiado tiempo en un mismo lugar y las cartas que enviaba tenían matasellos de Córdoba, de Bahía Blanca, de Mendoza o de Tucumán.

A los pocos días de llegar a la ciudad, alquiló un despacho en el centro de Buenos Aires y contrato a un par de escribientes que le ayudaban mientras él recorría el país.

Los primeros tiempos se alojaba en el Hotel Cecil, en la Avenida de Mayo. Su trabajo era comercial y en consecuencia tenía que relacionarse y abrirse camino entre la gente bien situada de la ciudad para conseguir contactos entre los empresarios de su ramo.

Caía bien y al cabo de un tiempo la gente le conocía y le tenía en cuenta a la hora de invitarlo a reuniones y ferias. Al principio no tuvo problemas para mantener el celibato impuesto por él mismo a pesar de que hubo alguna joven que intentó aproximársele. Aquilina le escribía cartas bastante largas donde le explicaba su día a día, cómo iban las actividades del negocio en Málaga.

Siempre adjuntaba historias sobre los niños y dibujos que hacían para su padre.

Las aventuras de María eran las más divertidas.

Antonio se desplazó a Mar del Plata para contactar con Jorge Anderson.

Un comerciante muy importante en la provincia que estaba interesado en aprovechar la situación en España de Antonio para exportar el vacuno que ellos producían en la Tierra del Fuego a cambio de importar los famosos embutidos de Guadalvalle.

Anderson no soportaba el frío del sur y estaba instalado en un palacio a orillas del río de la Plata. Antonio estaba invitado a instalarse en su casa durante el par de días que durase la visita.

Se abrían nuevas posibilidades. Tenía que estudiarlas.

Al final del segundo día llego Isabela. Isabela Anderson era una bella joven de veintidós años que vivía en Buenos Aires. Se había instalado en la ciudad en sus años de estudiante y se había negado a volver a Mar del Plata o regresar a Tierra del Fuego.

Era rebelde e independiente y nadie consiguió hacerla cambiar de idea.

Aquel día había ido a visitar a su padre. Pagaba su libertad pasando un par de días cada tres meses en la casa familiar.

Isabela se encontró con ellos a la hora de cenar

—Venga Sr. Gutiérrez, le voy a presentar a mi hija —le había dicho Jorge Anderson a Antonio.

—Isabela, este es mi invitado, el Señor Gutiérrez. Esta aquí para hacer negocios. Es español.

Isabela lo miró con descaro y le sonrió extendiéndole la mano.

—Encantada de conocerle señor Gutiérrez.

Antonio no pudo evitar fijarse en aquella mujer. Tan alta como él. Rubia y con unos grandes ojos azules. Le pareció desenvuelta y sin duda era decidida.

Le gustó todo en ella nada más verla.

Cenaron y hablaron durante toda la noche. Antonio le contó que llevaba cuatro meses en Argentina. Le explicó que estaba casado y tenía tres hijos y ella le entretuvo explicándole su vida de soltera en el Gran Buenos Aires.

Antonio notó que a ella, él también le había gustado. A pesar de todo no tenía ninguna intención de intentar nada con aquella joven. Era la hija de un posible cliente y él estaba casado y añoraba a su mujer.

Al final de la velada cada uno se retiró a su habitación. La noche era agradable y la habitación tenía una buena vista sobre el río. Hacía calor y se quitó la camisa quedándose solo con los pantalones mientras miraba por la ventana. Se oían los sonidos del río como música de fondo.

Estaba concentrado mirando los barcos cuando se abrió la puerta de la habitación. Se sobresaltó al girarse y ver que era Isabela.

Él iba sin camisa. Rápidamente se levantó e hizo el gesto de ponérsela, pero Isabela no le dio tiempo. Sin decir ni una sola palabra, cerró la puerta y se fue directa hacia él. Se puso en frente suyo y le acercó los labios. Antonio no evitó besarla mientras que ella le respondía ardientemente.

—Isabela, estoy casado…

—Ya me lo has dicho —dijo ella mientras que le desbrochaba el pantalón y se agachaba acercándole la boca a sus genitales.

Antonio no pude evitar una erección. Jamás había pensado que le podía pasar algo así. No supo reaccionar, o quizás no quiso reaccionar y dejó que en aquellos primeros momentos la joven llevase la iniciativa. Hacía mucho tiempo que no estaba con una mujer. Tenía miedo de no aguantar mucho tiempo así que pasados los primeros momentos la levantó y la desnudó. Luego fue él quién se entretuvo con ella.

Al cabo de unos minutos se estiraron en la cama. Primero Isabela dejó que él se pusiese encima, pero para la sorpresa de Antonio, unos minutos más tarde ella lo situó boca arriba y fue quien después se subió a horcajadas.

Nunca había imaginado verse en esa situación.

Pasaron la noche alternando sueños y sexo. Antonio se despertó por la mañana y ella ya no estaba. En unas horas salía hacia Buenos Aires. No la encontró en el desayuno y no pudo despedirse de ella.

El tiempo pasó y no supo nada más de ella. Los negocios con Anderson no habían resultado como esperaban, pero mantenían una relación cordial. Se sentía culpable e incluso había pensado en explicárselo a Aquilina, pero al final siempre decidía que era mejor olvidarlo y pensar en que aquello nunca había pasado.

Al cabo de un año ya se había pateado las ciudades principales de la provincia de Buenos Aires y durante el segundo año se recorrió todo el Río de la Plata y Uruguay. Finalmente se estableció en la ciudad de Rosario a medio camino entre las tierras del Chaco, La Pampa Oriental y Los Andes por un lado y el puerto de Buenos Aires por otro. Era una ciudad importante de Argentina en la provincia de Santa Fe y a orillas del Río Paraná y con una población cada vez mayor de españoles. Tan solo estaba a trescientos kilómetros de la gran ciudad. Recordaba un poco a las ciudades españolas y él se sentía particularmente a gusto allí. A Aquilina no le gustó, ella prefería Buenos Aires pero pensó que si ella llegaba a trasladárselo cambiaría.

El negocio iba bien, pero la situación no se podía mantener como estaba.

Aquilina y los niños en España y Antonio en Suramérica. El matrimonio empezó a plantearse la posibilidad de que Lola se trasladara a casa de su madre y Aquilina marcharse a Argentina, ahora que su madre empezaba a estar mucho más recuperada. Primero se iría ella sola y al cabo de un tiempo volvería a buscar a sus hijos.

Antonio había encontrado ya una vivienda en las afueras de Rosario y estaba empezando a adecuarla para la llegada que parecía inminente de la familia, pero ese momento nunca acababa de llegar.

Seguía viajando y había llegado hasta Santiago de Chile y ya estaba en muchos comercios de todo el subcontinente. Antonio llenaba sus cartas de anécdotas. Explicaba desde algún que otro pequeño movimiento de tierra hasta la magnitud de las distancias y lo diferentes que eran las regiones de aquella zona tan grande como media Europa.

Hacía ya cinco años de la partida de Antonio y cuando parecía que Aquilina y los niños definitivamente, iban a viajar, estalló la Primera Guerra Mundial. Parecía imposible pero el asesinato de un archiduque austríaco por un fanático en Sarajevo —que nadie sabía exactamente dónde estaba— iba a hacer que un negocio tan trabajado se fuese a quedar en nada.

En muy poco tiempo, los países europeos detuvieron la importación de carne en previsión de su entrada en la guerra Todos los recursos que antes habían dedicado a la importación ahora lo dedicaban a las industrias relacionadas con el conflicto.

Antonio no quería seguir allí una vez que empezó todo a empeorar y quería encontrarse con su familia. Llevaba mucho tiempo solo. En Guadalvalle Juan avisó de que empezaban a tener pérdidas por el coste de mantener el negocio en Argentina y entre todos decidieron que Antonio vendiese todo lo que tenía allí y regresase.

Antonio dejó la casa de Rosario y mientras la vendía regresó a Buenos Aires. Cerró los últimos tratos con los distribuidores y tuvo que esperar a liquidar todo el stock. Eso le llevó unos meses.

Estaba deprimido. Una tarde paseaba por la Avenida de Mayo cuando de pronto oyó que alguien le llamaba. Era una voz familiar. Se giró y se encontró con Isabela. Seguía igual de atractiva que en sus recuerdos.

—Antonio —dijo ella resuelta y dándole dos besos en las mejillas.

—Hola Isabela —sonrió él—. ¿Cómo estás?, no he sabido nada de ti.

—Estoy muy bien —dijo ella—. Sé que no salió el negocio y pregunté a mi padre por ti. Me dijo que te habías ido a Rosario.

—Me instalé en Rosario pero con la guerra en Europa la empresa no funciona y estoy liquidándolo todo. Calculo que en un par de meses me iré a mi país.

—¿Tu mujer no vino?, estaba convencida de que había venido para estar contigo.

—Al final no pudo ser. Demasiadas obligaciones en España.

—Oye Antonio, ¿por qué no vienes mañana a mi casa y te invito a cenar?

—Creo que no debería Isabela. Lo que pasó aquel día no puede volver a pasar.

—Yo te estoy invitando solo a cenar —dijo ella con una carcajada.

—Está bien —dijo él.

Al día siguiente se presentó con un ramo de flores y una botella de vino en casa de Isabela. A pesar de los años transcurridos en aquel país no se había acostumbrado a las costumbres mucho más liberales de aquella gente. En Málaga una mujer sola nunca hubiese invitado a cenar a su casa a un conocido.

La cena estuvo deliciosa. Pasta y una carne excelente. Todo acompañado por un buen vino. Cuando se hizo tarde Antonio dijo que se tenía que marchar.

—¿De verdad que te vas a ir? —dijo ella.

—Me tengo que ir —insistió él.

—Está bien —dijo ella resolutiva acercándose a él para darle dos besos de despedida.

Antonio no recordaba como aquellos dos besos acabaron convirtiéndose en un beso apasionado que los dejó sin respiración.

Galantemente la cogió en brazos y la llevo hasta su habitación. Antonio no se fue de aquella casa aquella noche ni en los cuatro meses siguientes que fue el tiempo que necesitó para liquidarlo todo.

Se amaron apasionadamente sabiendo que su relación era imposible y en breve iba a acabarse. Un mes antes del final, Isabela le dijo que estaba embarazada.

Antonio se desesperó, pero ella le convenció de que debía irse y vivir su vida allí. Ella no había querido evitar el embarazo. Quería un hijo suyo. Tenía suficiente dinero como para educar a su hijo ella sola sin ningún tipo de problema.

Para ella había sido la única forma de quedarse con algo de él. Antonio se fue y en el barco pasó días torturándose y pensando si debía contárselo a su mujer. Isabela había insistido en que no lo hiciese. No tenía ningún sentido.

Se sintió culpable con las dos mujeres. Con Isabela por abandonarla y con Aquilina por ocultarle la verdad. Era un cobarde y tendría que guardar aquel secreto toda la vida. Sentía muchos remordimientos.

Cuando llegó a Málaga lo primero que hizo fue ir al Notario de la familia.

Allí hizo testamento y nombró heredero a su hijo de Argentina en igualdad de condiciones que a sus hijos de España. Dejó una carta que había escrito para las dos mujeres y que a su muerte debía entregarse a las dos o si ya no estaban, a sus descendientes.

En la carta intentaba explicar lo que no tuvo valor de explicar a la cara a Aquilina mientras que en la de Isabela explicaba lo culpable que se sentía por su cobardía y por haberla abandonado a pesar de todo lo que sentía por ella.

Las quería a las dos.

No sabía que eso era posible. Por otro lado. Aquilina intentó aguantar lo mejor que pudo, aunque cada vez era peor. Se estaban arruinando. Añoraba a su marido, le dolía su ausencia. Era mucho tiempo el que habían pasado separados.

Estaba harta de pelear sola con la educación de sus hijos y con su madre que estaba al final de su vida.

Hubiese salido corriendo si hubiese sabido a dónde ir. Su marido estaba a punto de regresar de pasar años fuera y volvía derrotado. Ella había sido educada para ser un ama de casa perfecta y no una mujer de negocios y eso es lo que ella quería ser en aquel momento. Un ama de casa.

La situación era casi insoportable cuando apareció la posibilidad de vender la empresa familiar de productos cárnicos a la competencia en el mismo pueblo. La oferta era excelente y en parte era tan buena porque las dos familias habían sido muy amigas durante toda la vida y no querían abusar de la desgracia de Aquilina. No había tiempo para comunicarlo a Antonio, lo habló con Juan y decidieron liquidar la empresa.

Aquilina se liberó. Volvía andando de casa de su hermana, con la cabeza en sus asuntos y repasando mentalmente todo lo ocurrido aquellos años. Le iban bien aquellos paseos para despejarse.

De pronto lo vio a lo lejos y el corazón le dio un vuelco.

No puede ser se dijo a sí misma. Aún faltaban tres días para que llegase el barco de Buenos Aires.

Dios mío no puede ser —se dijo.

Se quedó paralizada. No sabía qué hacer. El corazón se le aceleró y empezó a sentir que las fuerzas le abandonaban.

¿Era eso lo que tenía que hacer?, ni hablar —pensó. Había soñado con tocarle y abrazarle. Llevaba años imaginando aquel momento y por fin estaba pasando.

No se lo pensó se arremangó las faldas y salió corriendo hacia su marido.

Se le colgó del cuello y se abrazaron durante unos cuantos minutos. No hablaban. El mundo se había parado a su alrededor.

Se olían, notaban sus cuerpos a través de la ropa. Entonces ella empezó a llorar silenciosamente. Lloraba de la emoción y de toda la contención de aquellos años. Primero fueron pocas lágrimas, pero poco a poco el llanto fue cada vez mayor.

Él le apretaba con fuerza y le susurraba al oído:

—Nunca más, me oyes, nunca más —y hacía todo lo que podía para que no se le escapasen las lágrimas a él también.

Al cabo de un año nació Lucía, la menor de los hijos de la familia.