Frenesí

Arthur La Bern · Capítulo 10 de 25

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Frenesí

Capítulo 10

En la Brigada de Homicidios solían decir que el Funerario siempre «se hacía con el cuerpo», refiriéndose al cuerpo del asesino, no al de la víctima. Tim Oxford no daba nunca la impresión de tener prisa. Trabajaba hasta muy tarde, se tomaba muy raramente un fin de semana libre y casi nunca levantaba la voz. No le gustaba dar por sentada la culpabilidad de un sospechoso cuando ésta era demasiado evidente. Por este motivo, dudaba en firmar la orden de arresto de Richard Anthony Ian Blamey.

Realmente no encontraba demasiado lógico que un hombre, aunque éste fuera un maníaco sexual, atacara de aquella manera a la mujer con la que había estado casado durante veinte años. Generalmente estos hombres mantienen relaciones normales con sus esposas y buscan sus víctimas entre otras mujeres. Mientras pensaba esto, había mandado a buscar los documentos del divorcio de Blamey con su esposa. Los leyó con los labios apretados. A todas luces, este Richard Anthony Ian Blamey era una persona extremadamente desagradable. El caso empezaba a perfilarse.

La misión de los abogados que se especializan en divorcios es presentar al demandado, ya sea el marido o la mujer, como una persona indeseable. Tienen que obrar así, sin el menor escrúpulo, si quieren conseguir su objetivo. Puede ser reprochable, pero se trata de una realidad, y la ley acepta cínicamente esta situación.

A veces, incluso el mismo demandante protesta porque las acusaciones le parecen excesivas y totalmente arbitrarias, pero se le responde que no es cuestión de andarse con delicadezas y que, en realidad, su cónyuge no saldrá perjudicado, puesto que no se permite a la Prensa publicar la evidencia. Lo que no se dice es que la Prensa sí puede publicar el sumario del juez, lo cual hace con gran entusiasmo cuando las observaciones de éste son bastante virulentas. Esto fue precisamente lo que sucedió en el caso de Blamey, en el cuál el juez Dwayne anunció: «No siento la menor vacilación al acceder a la demanda de esta señora. Tampoco me sorprende que el marido no haya creído conveniente presentar una defensa. Según parece, se trata de un individuo excepcionalmente depravado». Estas palabras aparecieron en la mayoría de los periódicos, publicadas con impunidad porque los insultos gratuitos e irresponsables proferidos por jueces en el tribunal que presiden no pueden ser tachados de libelo.

Mientras el superintendente Tim Oxford estudiaba los documentos, el sargento Reynolds entró para decirle que en Harrow Road había recibido la información de que un hombre cojo había pasado la noche con una mujer en un hotel de Bayswater Road, que había mandado su chaqueta y los pantalones a la tintorería con carácter de urgencia y que no había salido de la habitación hasta que se fue del hotel a primera hora de la mañana. El portero del hotel había dicho que la chaqueta y los pantalones coincidían perfectamente con las prendas que llevaba el hombre descrito por Mónica Barling. Este individuo había firmado en el registro del hotel con los nombres de «señor y señora Benson», y había dicho que volverían más tarde para recoger el traje de la tintorería.

A medida que avanzaba la mañana, el dossier del crimen de Leicester Square se fue haciendo más voluminoso, y por consiguiente, más detectives, fueron asignados a distintos sectores de Londres. De los dormitorios del Ejército de Salvación, en Middlesex Street, E, 1, llegó la información de que un hombre llamado Richard Blamey había pasado allí la noche anterior al día del crimen. Vestía la chaqueta de montar con los codos remendados y los pantalones que se describían en los periódicos. No cabía la menor duda de que se trataba de Richard Blamey, ya que el Ejército de Salvación observaba estrictamente la regla de que todos sus huéspedes entregaran su documento de identidad.

El superintendente Oxford escribió otra nota: «El sujeto paga seis chelines por una cama en el dormitorio del Ejército de Salvación el lunes por la noche, el mismo día que ha sido despedido de su trabajo, lo cual quiere decir que no llevaba dinero encima. Al día siguiente, por la tarde, toma una habitación doble de siete guineas en un hotel de Bayswater, y paga con billetes de cinco libras». «¿De dónde —pensó el Funerario— podía haber sacado el dinero?».

Dio instrucciones para que analizaran en el laboratorio los billetes con que «Benson» había pagado el hotel, y así cerciorarse de que procedían del monedero de la víctima. Esto podía ser fácilmente determinado por partículas de cosméticos adheridas al papel de los billetes.

Poco después el gerente de El Milagro Moteado llamó por teléfono e insistió en que quería hablar personalmente con el superintendente Oxford. Le dijo que su camarera aún no había regresado y que temía que le hubiera sucedido algo. Oxford no pudo negar que Félix Hope-Forsythe ya le había advertido que Bárbara Milligan podía ser la siguiente víctima, y que no le había prestado demasiada atención cuando Forsythe expresó sus temores la tarde anterior. No obstante, el Funerario pudo terminar con los presentimientos del encargado de El Milagro Moteado. Tenía noticias fidedignas de que la camarera había pasado la noche en un hotel de Bayswater, y que había salido de allí aquella mañana. No, no podía facilitarle el nombre del hotel ni ninguna otra información. Si la joven había dejado su ropa en la cervecería, él, el superintendente, no tenía la menor duda de que volvería para recogerla. Las jovencitas abandonan a menudo su virtud, pero nunca su vestuario.

Aquella misma mañana, Bárbara habló con Richard de ir o no a recoger su ropa.

—No puedo volver a mi trabajo —le dijo—. Forsythe adivinará que he pasado la noche contigo e igualmente lo pensaría, aunque no fuese cierto. Su mentalidad es de esta clase.

Se hallaban cerca del más pequeño de los dos puentes bajo un sauce que mecía sus verdes, ramas en el agua. Dos cisnes se deslizaban por la superficie del lago. En contraste, un ridículo ser se acercaba corriendo con paso deportivo desde un embarcadero; llevaba un chándal azul pálido y zapatillas de lona. Su rubicundo rostro se parecía al de una jarra Toby, con la salvedad de unas espesas patillas y un bigote de puntas extremadamente levantadas.

Bárbara se rio.

—Creía que ya no se veían tipos así. ¿De dónde se habrá escapado? ¿De Colney Hatch?

—Me recuerda al abuelo de alguien que yo conocía dijo Richard.

El hombre del mono, bastante gordinflón, jadeó un «¡buenos días!» al pasar junto a ellos, pero unos pasos más allá se detuvo en seco y dio media vuelta.

—¡Cielos! —profirió casi sin aliento—. ¡Si es el viejo Cascarrabias! ¿O no?

—¡Cielos! —repitió Richard—. ¡Johnny Dring-Por terhouse!

Bárbara se los quedó mirando mientras Johnny Dring-Porterhouse se acercaba a ellos con la mano tendida a Richard.

—¡Viejo diablo! ¿Qué estás haciendo aquí?, ¿pescando?

—Y tú, ¿qué estás haciendo? ¿Entrenándote para la Olimpiada de los Veteranos?

—El veterano serás tú —replicó Johnny—. Estoy en plena luna de miel, si te interesa saberlo.

Dick Blamey no pudo reprimir una carcajada. Su risa fue provocada tanto por el momentáneo alivio de su tensión como por el aspecto ridículo y la última observación de Johnny.

—Celebro ver que aún conservas tu sarcástico sentido del humor, Dick — respondió Johnny, un poco ofendido.

—Perdona, hombre. Me río porque estoy muy contento de verte.

Dick se dio cuenta de que Johnny repasaba a Bárbara con la mirada.

—¡Ah!, Bárbara —dijo—, te presento a un viejo amigo, Johnny Dring-Porterhouse. Johnny, ésta es Bárbara Milligan.

—Encantada de conocerle.

—¡El placer es mío, señorita Milligan! —contestó Johnny—. Por cierto que, en cuanto la vi a lo lejos, pensé que era una de esas modelos que fotografían en Vogue con el Serpentine como fondo, y que esta bolsa contenía las cámaras.

—¡Oh! —se derritió Bárbara—. ¡Qué halagador!

—Cuidado, Bárbara, ¡es un viejo lobo!

—Ya no, muchacho, ya no. Estoy en mi luna de miel, ¿sabes? De verdad.

—Felicidades. Me alegra ver que te ejercitas para estar a la altura.

Johnny rio, un poco turbado.

—Si lo dices por la indumentaria —se excusó—, debo aclararte que no esperaba encontrar a ningún amigo. Es culpa de Hetty. Dice que debo perder mi exceso de grasa, y yo creo que si ha sido tan buena como para casarse con un viejo carcamal como yo, lo menos que puedo hacer es complacerla, aunque esto signifique trotar por el parque todas las mañanas.

Volvió a reírse no sin menos turbación.

—Y no me importa que se metan conmigo por el camino; lo peor es que me entra un apetito tan descomunal, que, con lo que desayuno después, recupero todo lo perdido. Oye, ¡tengo una idea! ¿Por qué no venís los dos a desayunar con nosotros? Hetty estará encantada. Le he hablado mucho de ti, Dick. —Cambió de tono para añadir—: A propósito, supongo que te habrás enterado de lo del pobre Larry.

—Sí —contestó Dick—, he leído lo del pobre Larry.

—Terrible, ¿verdad? En realidad, ésta es la razón de que Hetty y yo hayamos venido. Aunque parezca extraño, nuestra luna de miel es incidental.

—Aunque sea extraño, también es ésta la razón, por alejada que parezca, de que yo esté en Hyde Park á estas horas de la mañana.

Johnny quedó un poco perplejo, luego miró a Dick y a Bárbara.

—Escucha, insisto en que vengáis al Dorchester a desayunar.

—En otro momento, Johnny.

—No admito una negativa, Dick.

—¿Por qué no vas, Richard? —insistió Bárbara—. Yo tengo que ir a recoger mis cosas. —Y sonriendo a Johnny—: Usted me disculpará, ¿verdad?

—No, señorita Milligan, no la disculparé —repuso con fingida severidad—. Si usted se va, me remorderá la conciencia por haber interrumpido una hermosa amistad, o algo así. —Y volvió a mirar la bolsa, como tratando de adivinar la situación.

Mientras hablaban, y Johnny procuraba persuadirles de que aceptaran su invitación, pasaron dos policías a caballo. Venían de las cuadras que se encontraban detrás del puesto de policía de Hyde Park. Se alejaron al trote, sin dedicar al curioso trío más que una rápida mirada.

—¿Qué dices? —preguntó Johnny—. Quiero hablar contigo, Dick. Me sentía tan deprimido por lo del pobre Larry, que he intentado localizarte por todo Londres. Alguien me dijo que trabajabas en una cervecería.

—También alguien me dijo que tú tenías una, en París.

—No la abro hasta el próximo mes, viejo. Esta es una de las cosas de las que quería hablarte. ¿Te gustaría trabajar conmigo?

—Mi francés deja mucho que desear.

—Escucha, majadero, la cervecería será para los turistas ingleses, no para los franchutes. La única dificultad de lenguaje que seguramente tendrás será entender los acentos de Coronation Street. ¡Eh! ¿Qué me contestas?

—¿Dónde puedo ponerme en contacto contigo?

—Estaremos en el Dorchester hasta el fin de semana.

—Muy bien, ya te llamaré.

—¡Al diablo con eso! —exclamó Dring-Porterhouse, y, uniendo la acción a la palabra, se dirigió al banco y cogió la bolsa de Richard—. Venid los dos. Estamos a cinco minutos de distancia.

—Gracias, Johnny, pero no puedo. De verdad que no puedo.

Johnny se cruzó de brazos y le miró fijamente, ahora más irritado que perplejo.

—Dime, ¿qué significa esto? No te he visto hace siglos y me despachas así. ¿Es que te he ofendido en algo?

—Richard —interrumpió Bárbara—. Vamos, ¡desembucha! ¿Qué te pasa?

—¿No leíste los periódicos anoche?

—No, no pude. Hetty y yo nos sentíamos tan deprimidos con lo del pobre Larry (no sé cómo, pero la conversación siempre acababa girando en torno suyo), que decidimos ir al centro para darnos un buen garbeo, e intentar olvidarle. No, no leí los periódicos anoche. ¿Por qué?

—¿Y esta mañana tampoco?

—No, tampoco. Pero ¿por qué?

—¿Te, acuerdas de Brenda?

—Claro que me acuerdo de Brenda. Todos los de nuestro grupo se acuerdan de ella. ¿Cómo olvidarla? Sentí mucho que vuestro matrimonio acabara mal.

—Bueno, pues Brenda fue…

—¿Brenda fue qué?

—Fue asesinada ayer.

—La cara rolliza de Johnny Dring-Porterhouse pareció coger el reflejo de las alas blancas de los cisnes que flotaban en el lago.

—¡Oh, no! ¡Dios mío, no!

—Es cierto, Johnny.

—¡Oh, Dios!, ¿qué clase de mundo es éste? —Rodeó con un brazo los hombros de Blamey—. Vamos —añadió en un tono de voz amistoso—, es preciso que vengas a ver a Hetty.

—Espera un momento —dijo Richard—. No te lo he contado todo.

—¿Qué más puedes decirme?, como no sea el nombre de quien lo hizo. Tengo entre mis cosas un revólver americano del 45. Dime quién es el culpable y te juro que le salto la tapa de los sesos.

—Según parece, la policía cree que lo hice yo.

—Johnny le miró atónito mientras dejaba caer la bolsa al suelo.

—¿Que creen que lo hiciste tú? No había oído una barbaridad tan grande en toda mi vida.

—Pues así es, Johnny.

Johnny recogió la bolsa, sacudiendo la cabeza.

—Venid al hotel. Tenemos que hablar de todo esto.

Bárbara dirigió a Dring-Porterhouse una mirada de inmensa gratitud. Ya no le parecía una figura ridícula, un sujeto escapado del manicomio, sino un ser humano en quien se podía confiar.

—Yo me marcho, si no le importa —titubeó—. Esto es tan… íntimo, que sólo les estorbaría.

—No, usted también viene. Está bien claro que es algo más que una amiga.

El portero del Dorchester no levantó siquiera una ceja bajo su sombrero de copa con escarapela cuando vio entrar al señor Dring-Porterhouse, luciendo su chándal y cargado con una bolsa, en compañía de un hombre cojo y de una chica con un vestido de seda, zapatos forrados de encaje y un sombrero de pétalos de flores, aunque fueran sólo las ocho de la mañana.