Frenesí

Arthur La Bern · Capítulo 4 de 25

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Frenesí

Capítulo 4

El infierno es un lugar muy parecido a Londres. Las calles están empedradas de oro y todas las doncellas son bonitas. Es la moderna Babilonia, una abnegada enfermera y un antro gigantesco, y también un sumidero de proporciones anormales. Es el epítome de nuestros tiempos. Tiene todo cuanto la vida puede ofrecer, y cuando un hombre está cansado de Londres es que está cansado de la vida. Todo esto depende del punto de vista de cada uno; todas las opiniones anteriores, celebradas y estereotipadas, no son ni completamente ciertas ni completamente falsas.

Un aspecto de Londres es cierto. Para un hombre sin dinero es el lugar más solitario de la tierra. Es tan solitario como el Sahara, con la salvedad de que en Londres es imposible morirse de sed; las fuentes de agua potable proliferan por doquier.

Richard Blamey aún no estaba totalmente deprimido. Era un hecho que no tenía cama, pero hacía una noche muy templada, había ingerido una cena aceptable y casi toda una botella de vino, seguida de coñac. Por consiguiente, se encontraba bien, no estaba desesperado y ni siquiera triste. Calculó que muchos hombres mejores que Dick Blamey vagaban aquella misma noche por las calles de Londres con menos de diez chelines en el bolsillo.

Ahora se arrepentía de no haber aceptado algo del dinero que Brenda le había ofrecido. Y no había sido por orgullo, sino por obstinación.

Bajó por Piccadilly en dirección al Circus. También podía encaminarse en la dirección opuesta, hacia el club de la RAF. No era socio, pero si preguntaba al portero del 128 quién había en aquellos momentos en el bar, seguramente encontraría alguien que podía prestarle cinco libras. Sin embargo, no se decidió a hacerlo; le molestaba pedir dinero a sus viejos amigos.

Piccadilly Circus de noche era sólo un poco más repelente que por la tarde. Recordó la canción de Zoë Gail’s que salió durante la guerra: Cuando las luces vuelvan a encenderse, y pensó que hubiera sido infinitamente mejor que las luces hubieran seguido apagadas. Lo que alumbraban era totalmente mediocre. Pese a ello, mucha gente permanecía inmóvil junto a las barandillas de las aceras o alrededor de Eros, contemplando la iluminación nocturna como conejos paralizados ante los faros de un coche.

De las bodegas de Soho y sus alrededores habían surgido los puestos de hot dogs. Los carritos de helados seguían allí, al igual que los vendedores de palomitas de maíz y de cacahuetes. En las esquinas se veía multitud de puestos de postales en color con vistas de Londres, parecidas a otras tantas piezas de mosaico. Los umbrales de las puertas, que durante los años de la guerra habían sido el reducto de las prostitutas, las cuales iluminaban sus piernas con linternas de pilas, ahora estaban ocupados por hombres que vendían juguetes mecánicos, o pequeños animales de cristal; también había jóvenes que ofrecían películas pornográficas.

Las calles adyacentes a Shaftesbury Avenue, la cual paradójicamente perpetúa el nombre de aquel gran reformador social, retumbaban con la música estridente de los discos y las voces que anunciaban a gritos los locales de strip-tease, en cuyas puertas se veían grandes fotografías de chicas vulgares exhibiéndose en las más absurdas y casi ridículas posturas. Ciertamente Londres había sufrido un buen baldeo desde los depravados años de la guerra.

Delante de una tienda de lencería, frente por frente al cuartelillo de bomberos, tenía lugar uno de los engaños más antiguos del mundo, el truco de las tres cartas, o «Encuentre a la Dama». El chanchullero atraía a la gente vociferando:

—¿Por qué pagar cien guineas para ser socio de Crockford, señoras y caballeros? Aquí todo lo que se necesita es el dinero para la apuesta. Vigilen atentamente mis movimientos y no podrán equivocarse. ¡Oh!, ¡buena suerte, señor!, ha ganado usted cinco libras. Dale el dinero, Charley.

Esta última observación iba dirigida a su cómplice, que por lo visto encontraba a la reina con sorprendente facilidad y estaba ganando mucho dinero.

Dick Blamey se quedó asombrado al ver el gran número de personas que ponían billetes de una libra en la mano de un estafador. Alguien cerca de él comentó:

—¿No es asombroso ver cómo lo consiguen?

—En efecto —dijo Dick—. Pero, ¿qué haces aquí?

Era Bob Rusk, que no parecía nada afectado por el hecho de haber perdido ciento sesenta libras en el transcurso de aquella misma mañana.

—Siento que hayamos tenido mala suerte —se disculpó.

Blamey se encogió de hombros.

—No fue culpa tuya, Bob.

—Lo sé, lo sé —contestó Rusk mientras caminaban juntos hacia Cambridge Circus—. Pero así y todo me siento…, bueno ya sabes…

Para expresar más adecuadamente sus sentimientos, el Bizcocho movió la cabeza de un lado a otro.

—Soy la última persona del mundo para dar un mal consejo a un compañero. Va en contra de mis principios.

—No me diste un mal consejo, Bob. El caballo ganó. Tú no eres el responsable de que lo descalificaran.

—Me alegra oírte decir eso, Dick. Realmente ganó, y ganó sin trampa. He estado hablando con mi agente, que se encontraba precisamente en la meta. Me ha dicho que «Beau Church» se ladeó un poco, pero fue en el último segundo y ya estaba apartado de «Little Charlotte».

—Estoy seguro de que es verdad.

—Yo también. Dice que hay mucho revuelo en las cuadras; todos habían apostado por él.

—No me extraña.

—Es culpa de los jueces; son la plaga de las carreras.

—Los jueces seguramente apostaron por «Little Charlotte».

Bob Rusk se rio, y dio a Blamey una palmada en el hombro.

—Me caes simpático, Dick. Sabes perder y tienes sentido del humor.

Estaban frente al teatro Palace, y el Bizcocho le indicó un tenderete.

—¿Te apetece un plato de anguilas en jalea?

—Muchas gracias —dijo Dick—, pero acabo de tomar una cena abundante.

—¿No te gustan las anguilas en jalea?

—No las he probado nunca.

—Son muy buenas para lo que tú ya sabes —insinuó - Bob Rusk.

—No lo dudo, pero tendré que dejarlas para otro día. Esta noche me sería imposible.

—En otra ocasión, entonces —dijo Rusk—. Ya nos veremos. Siempre ando por aquí.

Dick Blamey siguió caminando, todavía sin saber dónde dormiría.

No estaba preocupado. Tampoco estaba cansado. Tenía muchísimas cosas en qué pensar: en primer lugar le dolía no haber sido más amable con Brenda. Al fin y al cabo, ella había hecho lo imposible para serlo con él.

Caminó hasta High Holborn, y torció en Kingsway, pasando frente a Victory House, la sede provisional de los Tribunales de Quiebras, donde él, Larry y Johnny, entre otros muchos, se habían presentado voluntarios para las Reales Fuerzas Aéreas.

Era una ironía que los tres hubieran tenido que volver al mismo edificio para ser puestos en la picota.

Recordó que Larry nunca había compartido su odio hacia los alemanes; por lo menos, no en la misma medida que él. Larry solía decir: «Estos tipos de las botas no me preocupan ni la mitad que los pantalones rayados de nuestro propio país».

Larry tenía esta obsesión desde que la mezquindad burocrática había metido a su padre en la cárcel por no enviar a su hijo a la escuela. Y sin embargo, el joven Larry, que había viajado por todo el país con su padre, un encuadernador ambulante, había adquirido unos conocimientos mucho más extensos y positivos que los que se enseñaban corrientemente en los colegios.

Blamey no era hombre de obsesiones, pero abrigaba una decisión firme: jamás permitiría que le hicieran lo que habían hecho con Larry Wellington. Jamás se vería acorralado por la brigada de los pantalones rayados. Jamás le inducirían a convertirse en su propio verdugo.

Pese a la hora avanzada, un bullicioso grupo de jóvenes estaba congregado frente al edificio de la Televisión. Esperaban la aparición de los ídolos de aquel momento de la canción moderna. Un cordón de policías, cuyos servicios podían haber sido más útiles en otra parte, tenían mucho trabajo tratando de impedir que los chicos invadieran el edificio. Incluso había policía montada. Este edificio también tenía su historia: en un tiempo fue la sede del Ministerio del Aire.

—Per ardua ad astra —murmuró mientras el grupo de muchachos lo apartaba de la acera, empujándole al arroyo—. «Por el esfuerzo hasta las estrellas».

—Eh, señor, ¿tiene fuego? —le interpeló un chico que lucía una vistosa camiseta, pantalones téjanos y botas de gaucho.

—¿Nunca dice por favor? —preguntó Blamey, mientras le daba la caja de cerillas.

El desmadejado espécimen de la juventud inglesa se encogió de hombros mientras encendía el cigarrillo. Entonces dijo: «Bah».

En la esquina estaba la iglesia particular de la RAF. A la luz de las farolas, los estandartes azules proyectaban su sombra contra la ventana. Una brisa suave mecía las hojas de los árboles, y era como si todos los jóvenes de aquellos escuadrones que habían dado sus vidas estuviesen murmurando al unísono.

¿Fue para que los niños, que ahora, eran aquella chusma frente al edificio de la Televisión, disfrutaran de una Inglaterra en paz por lo que habían muerto soldados como Guy Gibson? ¿Quedaban aún hombres como él en el país?

El tobillo de Blamey le empezó a dar aquellos extraños pinchazos. Había caminado demasiado rato. Miró a su alrededor mientras bajaba por Fleet Street. No quería ser visto por ningún periodista que, al reconocerle, le preguntase qué hacía de noche por aquellos barrios y que después publicase un artículo sobre el as de los aires, ahora sin techo que le cobijara.

En aquellos momentos, un fotógrafo salió corriendo de una de las agencias de publicidad, cargado con tantas cámaras y accesorios que parecía preparado para un safari. Llamó a un taxi y dijo: «Al edificio de la Televisión, rápido».

Cuando Blamey llegó a la cima de Ludgate Hill se sentía cansado. Cansado y perdido, como un avión averiado y sin rumbo que, en medio de una espesa niebla, intenta llegar a casa por medio de unos mandos que no funcionan, y llama a control: «¿Pueden orientarme, por favor, pueden orientarme?».

Si Se hubiera quedado en la RAF, ahora sería por lo menos jefe de base. De hecho, ya era comandante cuando presentó su dimisión. Pero al finalizar la guerra ya estaba harto, ya había visto lo suficiente. No obstante, ahora no tenía ni cama ni un techo donde cobijarse. Pensó en Brenda, que en aquellos momentos dormía en su club de Berkeley Square. Brenda era una mujer madura y refinada, que ganaba doscientas libras por semana con su agencia matrimonial. Cobraba cinco libras a sus clientes, sin incluir los extras, y conseguía un promedio de cuarenta clientes por semana. La mayoría de ellos, incluso los que tenían cuenta en el Banco, preferían pagar en efectivo.

Había empezado con un pequeño anuncio en una columna de un periódico londinense, y ahora lo hacía en varios periódicos locales del país. Blamey había leído alguno de estos anuncios, que daban una idea del peculiar sector de la raza humana con que Brenda tenía que tratar en su negocio.

Blamey pensó que sería una estupidez caminar toda la noche, aunque fuera una templada noche de verano; además el tobillo le molestaba bastante. Expuso su problema a un joven policía que estaba en la puerta de Mansión House.

Incluso este local era ahora una ironía para él. La última vez que estuvo allí fue para asistir a una recepción que daba el alcalde de Londres.

El guardia le recomendó la residencia del Ejército de Salvación situada en Middlesex Street. Dick titubeó un momento, pero, ¿por qué no ir? Mejores hombres que él habían dormido con los Sallies. Una vez se enteró de que Larry Wellington había pasado una noche en la barcaza del Ejército de Salvación en el Sena, y tenía a su disposición una suite en el hotel Crillon.

La residencia se encontraba en la esquina, a pocos pasos del cabaret El Pobre Millonario, de Bishopsgate, donde la cena y el espectáculo costaban un mínimo de cuarenta y cinco chelines por cabeza; en contraposición, en el Ejército de Salvación podría obtener cama y desayuno por seis chelines.

Subió las escaleras de piedra hasta el último piso. En el descansillo había un dibujo gigantesco en colores, representando a un luchador que había salido despedido del ring. Bajo esta muestra de «arte deportivo» se leía en grandes letras: «RECUPERA TU PUESTO CON CRISTO».

Se detuvo ante el umbral del dormitorio del último piso; el hedor era insoportable. En la penumbra pudo distinguir unas setenta camas, separadas por un espacio no mayor de treinta centímetros. En alguna de estas camas, la punta encendida de un cigarrillo desobedecía la prohibición de fumar en el dormitorio. Algunos rostros, al ser iluminados por el fulgor de los cigarrillos, tomaban el aspecto demoniaco de las caras que recordaba haber visto, en su infancia, en las cajas de petardos.

Necesitó varios minutos para encontrar su cama. Se deslizó por el pasillo central con el billete de entrada en la mano, como si esperase que una acomodadora con un sombrerillo rojo y negro emergiera de las sombras y le guiase con la luz de su linterna.

Todas las camas estaban cubiertas con unas mantas grises a cuadros y la inscripción: «Ejército de Salvación». Fue tanteando por el estrecho corredor en busca de un lecho que no tuviera a nadie dentro.

Una vez localizada la cama se tendió en ella sin desnudarse; sólo se aflojó la corbata y los cordones de los zapatos. Lo hizo así porque al apartar la sábana vio en la almohada manchas del fijador de pelo del ocupante anterior.

Aunque todas las ventanas y claraboyas estaban abiertas, hacía más calor que en la cabina de un Hampden, y el hedor era peor. Lo que hacía casi insoportable la estancia eran, no obstante, los ruidos. No se trataba sólo de un ronquido, sino de todo un concierto de ronquidos, a los cuales se unían las voces quedas de los que hablaban, ya fuera despiertos o en sueños. De vez en cuando se oían ruidos peristálticos de una naturaleza todavía más desagradable.

A las cinco de la mañana, Dick Blamey ya no podía más. No había dormido en toda la noche y no era probable que ahora lo lograse.

Se sentó en la cama y ató los cordones de sus zapatos, lo cual requería cierta habilidad porque había muy poco espacio entre su cama y la contigua. Una vez fuera, en Middlesex Street, respiró profundamente, llenando sus pulmones con la misma fruición que si llevara una mascarilla de oxígeno. Llevaba encima cuatro chelines, y con ellos tenía que bañarse y afeitarse. El lugar más idóneo para ambas cosas era la estación de Liverpool Street.

Frente a la estación, el vendedor de periódicos empezaba a instalar su tenderete. Bishopsgate se hallaba casi desierto. Sólo un taxi esperaba en la parada; un camión, al cambiar ruidosamente la marcha, rompió aquel silencio matutino. Como ya se habían apagado las farolas, una luz muy tenue reinaba en las calles. Contrastando con el azul perfecto del cielo de aquella mañana, la luna aún se podía ver, cada vez más pálida, hasta hacerse invisible. Un autobús se detuvo cerca de la comisaría y de él descendió un bullicioso grupo de empleadas de la limpieza, todas con pañuelos blancos en la cabeza y un cigarrillo apagado en los labios. Llevaban cestas para la compra y hablaban, chillando con tal estridencia, que podían oírse a mucha distancia.

Dick Blamey bajó las escaleras de la estación, que era en aquellos momentos una caverna de silencio y quietud. Sólo había allí un policía apostado en el puente que unía las plataformas y un empleado que barría los escombros de la noche anterior con una escoba gigantesca, depositándolos luego en grandes cubos de basura, rebosantes de los vasos procedentes de las máquinas automáticas de café.

Dick comprobó con alivio que el lavabo de caballeros estaba abierto, pues ciertas autoridades municipales sostenían que tales servicios públicos no eran necesarios antes de las ocho o las nueve de la mañana o después de las once de la noche.

Muy cerca había un letrero que advertía: «Cuidado con los rateros».

Un joven detective que había servido en la RAF durante la guerra contó en una ocasión a Blamey que estos letreros en los lugares públicos constituían la máxima ayuda para los rateros. La reacción natural de un hombre que lee una advertencia de esta clase es llevarse la mano al bolsillo que contiene su cartera u otros objetos de valor. De este modo, el ladrón que merodea por allí conoce exactamente el bolsillo que contiene lo que a él le interesa.

Le recordó el anuncio de todas las Bases de Operación de la RAF durante la guerra: Antes de salir en un vuelo de operaciones, no se olvide de vaciar sus bolsillos.

Cuando salió del lavabo sabía que llevaba encima cuatro chelines, pero estaba equivocado, pues al meter la mano en uno de los bolsillos exteriores de la chaqueta, sus dedos rozaron con algo más. Se trataba de cinco billetes de Una libra y tres billetes de cinco.

Richard Blamey contempló con incredulidad aquel dinero. ¿Cómo había llegado a su poder? Sabía que robaban a la gente en los dormitorios públicos, pero no que les pusieran dinero en los bolsillos.