Frenesí

Arthur La Bern · Capítulo 13 de 25

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Frenesí

Capítulo 13

Bárbara Milligan estaba esperando el autobús de Stockwell cuando un hombre se le acercó. Bárbara tenía los ojos llorosos y no sentía el menor deseo de llegar, sin previo aviso, a casa de su puritana hermana.

—¿Qué haces aquí, Babs? —preguntó el hombre.

—Esperando el autobús.

—¡No me digas que has dejado tu empleo!

Ella asintió.

—Bueno, tampoco era gran cosa, ¿verdad?

—A mí me gustaba.

—¿Adonde vas ahora?

—A casa de mi hermana, en Stockwell. No puedo pasearme por todo Londres con esta maleta mientras busco otro empleo con alojamiento incluido.

—Una chica como tú no tarda en encontrarlo.

Ella se encogió de hombros, como si no fuera asunto suyo.

—Aquí está mi autobús.

—No tengas tanta prisa, Babs. Ven a almorzar conmigo.

—Gracias, pero no podría tragar un solo bocado. De verdad.

Pero él ya había cogido su maleta de plástico y el autobús se alejaba.

—Vamos, Babs. Te invito a un buen almuerzo. Podrás decirme qué te ocurre, y te sentirás mejor. Es posible que pueda ayudarte.

—¿En qué?

—En encontrar una habitación y un empleo.

La cogió por el brazo y la alejó suavemente de la parada del autobús.

—Estoy preocupado por ti, Babs.

—¿Por qué ha de estarlo?

—No sé, porque sí. Porque mereces algo más que servir jarras de cerveza.

Subían por Haymarket, en dirección a Piccadilly Circus. El cambió de lado para ofrecerle la parte interior de la acera.

—¿Qué te parece si entramos en Scott? ¿Te gusta la langosta?

—No puedo comer nada, de verdad.

—Pues, en este caso, beberemos algo.

—¿Le importa que sea un coñac?

—Lo que quieras, lo que más te apetezca —señaló el lado opuesto de la calle—. Iremos a Rayner, a la bodega; estaremos más tranquilos.

En el bar había tanta gente como en una casa de apuestas; la clientela era en su mayor parte obreros que cambiaban bonos por un bocadillo. Los que no encontraban asiento estaban de pie, en grupos, vociferando y manteniendo a duras penas en equilibrio los platos sobre las jarras de cerveza. El hombre iba detrás de Bárbara, cuya estrecha falda de seda se ceñía a sus caderas como una segunda piel. Bajaron a la bodega.

—Siéntate allí —dijo él.

Había menos gente que arriba, y la iluminación era tenue. El hombre colocó la maleta debajo de la mesa y fue a buscar las bebidas.

—¿Quieres algo para mezclarlo con el coñac? —le preguntó a medio camino.

—Una cerveza de jengibre, por favor. Me ayudará a sentar el estómago.

Bárbara sabía qué tomaría él: un vaso grande de ginebra con tónica. Se la había servido ella misma en muchas ocasiones.

El hombre dejó los vasos sobre la mesa y se sentó a su lado. A los pocos minutos ya le acariciaba la rodilla. Ella estiró hacia abajo la falda, que se le había subido, El hombre le sirvió la cerveza, y Bárbara bebió un buen trago.

—¿Te sientes mejor?

—Lo estaré dentro de un momento.

—Estás preocupada por algo, ¿verdad?

—¿Cómo lo sabe?

—No eres la de siempre.

—¿Y cómo soy siempre?

—Alegre, animada, risueña…, así es como te veíamos los clientes cuando estabas en la barra. ¿Qué te preocupa, Babs?

—Nada, que no estoy de buen humor, eso es todo.

—Estás preocupada por tu trabajo, y por un sitio donde dormir. Pues bien, no lo estés.

—¿Qué quiere decir?

El encendió una cerilla al ver que sacaba un cigarrillo, y sus rizos castaños brillaron suavemente a la luz de la pequeña llama.

—Una chica como tú no ha de tener grandes dificultades en encontrar un trabajo mejor.

—¿Qué clase de trabajo?

—Podrías emplearte en el bar de un club, o algo por el estilo.

—¡En un club del West End! —exclamó exhalando una columna de humo—. No, gracias. Están llenos de granujas baratos. Todos te cuentan que fueron el cerebro del gran robo del tren.

El rio entre dientes mientras volvía a acariciarle las rodillas, esta vez un poco más arriba y con mayor insistencia.

—El barman de El Milagro Moteado —empezó—, el que despidieron por robar el whisky…

—No robaba el whisky —le interrumpió Babs.

—¡Oh! Conque te es simpático, ¿eh?

—¿Por qué lo dice?

—Porque has salido en su defensa.

—No he salido en defensa de nadie, pero la justicia es la justicia en todas partes.

—Pues no te tomes tanto interés por él. ¡Vaya un sinvergüenza que ha resultado!

—¿A qué se refiere?

—¿Es que no lees los periódicos? Ha matado a su mujer. Uno de esos crímenes pasionales, terribles. Sólo de pensarlo le entran a uno escalofríos.

—Entonces es mejor no hacerlo, ¿no cree?

—Verás, se hace difícil olvidarlo cuando te enteras de que el hombre que te ha estado sirviendo ginebra con tónica todas las mañanas es uno de esos maníacos sexuales. ¡Qué horror! Hubiera preferido beber con un homosexual.

—Yo no creo que haya sido él.

—Pues la policía piensa lo contrario. ¿Qué te hace suponer que no ha sido él?

—Lo sé, simplemente. He trabajado con él y estoy segura de que no es de esa clase de hombres.

—Te equivocas en esto. Nunca se les conoce. Esos maníacos sexuales tienen un aspecto tan normal como cualquier otra persona.

—Muchísimas gracias por el coñac. Ahora tengo que irme.

—No te vayas, Babs. Tómate otro. Quiero hablar contigo.

—¿De qué?

—Primero traeré las bebidas.

—Un sencillo esta vez. Tengo suficiente cerveza.

Cuando él volvió, y puso los vasos sobre la mesa, ella protestó:

—Le he dicho claramente que sólo quería un sencillo.

—Deberías conocerme mejor, Babs —sonrió él—. ¿Me has visto alguna vez pedir una bebida que no fuese doble?

—Me parece que no.

—Bueno, ¿qué podemos hacer contigo?

—¿Qué quiere decir con eso?

—Que dónde podría encontrarte un buen empleo y un alojamiento decente.

—Ya le he dicho que voy a casa de mi hermana.

—No creo que te entusiasme meterte en Stockwell. Tengo una idea.

—¿Cuál?

—Debo irme al norte unos días, por un asunto de negocios. Te puedo prestar mi piso hasta que vuelva.

—Pues no sé qué decir. No quiero molestarle.

—¡Molestarme! ¿Por qué dices cosas tan absurdas? ¡Molestarme! El piso está vacío: ¿por qué no aprovecharlo? Es cómodo y nadie te importunará. En fin, tú tienes la palabra. Te lo ofrezco de corazón.

—¿Dónde vive?

—En Endell Street. Ya sabes, Covent Garden.

—Es céntrico, desde luego.

Él se rio.

—Más céntrico que Stockwell. Escucha, ¿por qué no vamos y le echas una ojeada? Luego puedes hacer lo que quieras, claro; que lo aceptes o no, no es asunto mío. No te costará un solo penique, y encontrarás de todo: té, mantequilla, café, huevos… Y el lechero deja medio litro de leche en la puerta todos los días.

Bárbara se rio al oírle enumerar las provisiones.

—Por lo menos, no me moriré de hambre, ¿verdad?

El piso del hombre estaba en el último rellano dé un viejo edificio, en un pasaje que daba a Endell Street. Las demás viviendas eran oficinas de fruteros al por mayor y otros comerciantes, Cuyas transacciones se llevaban a cabo generalmente por las mañanas, de modo que a media tarde el edificio quedaba desierto.

—Lo lamento, pero no hay ascensor —dijo él—. Ve delante. Es el último piso.

La siguió por la escalera, llevando su maleta y con la mirada fija en los movimientos del trasero enfundado en la falda de seda.

Al llegar al último rellano, se detuvo detrás de ella y le entregó la llave.

—Toma, abre la puerta tú. Conviene que te vayas acostumbrando a usar la llave de tu piso.

Entraron, y mientras ella miraba a su alrededor, él dejó la maleta en el suelo y esperó a que diera su aprobación. Era una habitación amplia, con un diván adosado a la pared, un armario, un par de sillones, y dos puertas que daban, respectivamente, a una cocina diminuta y a un reducido cuarto de baño.

—Es más bonito que el cuchitril que tenía en El Milagro Moteado.

—Lo que más me gusta es cerrar la puerta por las noches y saber que no hay ni un alma en toda la casa.

Ella entró en la cocina.

—¡Nevera y todo!

—Es pequeña, pero suficiente para mis necesidades. Y aquí está el cuarto de baño.

—Sólo hay una cuestión —dijo ella, mirando al hombre fijamente—. ¿No se ofenderá si le hago una pregunta?

—Adelante, pregunta lo que quieras.

—Bueno, lo que quiero decir es: no será a cambio de algo, ¿verdad? Sé que hay más de un modo de pagar el alquiler, pero yo no soy de esas chicas.

—Un momento, Babs. ¿Te parezco yo un tipo así?

—No, claro. Pero los hombres son hombres en todo el mundo.

Él se echó a reír.

—¿No es lo que quieren las mujeres?

—No siempre.

—Bien, me has pedido que no me ofenda, y no voy a ofenderme, pero te diré una cosa, Babs: si cualquier otra chica me hubiera hecho una insinuación así, la hubiese echado escaleras abajo, y a continuación su maleta. Un hombre trata de hacer un favor, y éste es el agradecimiento que recibe.

Se encogió de hombros y fue a estirarse sobre el diván, apoyando la cabeza sobre las manos.

—Haz lo que quieras, Babs. Quédate o vete.

—Lo siento —se disculpó ella mientras se acercaba al diván—. No era mi intención ser desconfiada. ¿Me perdona?

Él le tomó la mano.

—Claro que sí.

La atrajo hacia sí con suavidad, y ella se encontró sentada a su lado.

—No soy una desagradecida. Sé apreciar a las personas bondadosas —y le dio un rápido beso, o, por lo menos, intentó que fuera rápido, pero él le rodeó la cintura con un brazo, mientras mantenía cogida aún su mano.

—Dame un beso de verdad.

—¿Así?

Él le soltó la mano para acariciar sus bucles.

—Tu cabello es como un racimo de uvas maduras.

—¡Pues no las aplastes! —replicó ella, apartando la cabeza.

—¿Sabes una cosa? Eres mi tipo.

Y con rapidez la tendió sobre el diván mientras él se incorporaba. Ella movió la cabeza enérgicamente.

—No, no, no. Por favor.

—Eres mi tipo.

—Por favor, ahora no. Ya te he dicho que no estoy de humor.

—¿Qué importa eso? Eres hermosa.

Intentó gritar, pero él Se sacó el pañuelo del bolsillo y se lo metió en la boca. Muy pronto, Babs dejó de luchar.

El vestido de seda cayó al suelo como una tenue nube, seguido del sostén de encaje negro, las bragas y el portaligas.

El hombre empezó a bajarle las medias. Ella no se movía. Sus ojos miraban al techo con la expresión vidriosa de una muñeca. Un reguero de sangre se había coagulado en la comisura de los labios. Unos momentos después, su rostro se bañó de lágrimas, pero las lágrimas no eran suyas. Bárbara no volvería a llorar jamás.