Frenesí
Capítulo 2
El encargado de El Milagro Moteado explicaba la ausencia de su nuevo camarero y cómo le había pescado con las manos en la masa. El, Hope-Forsythe, se había sentido dispuesto á darle una nueva oportunidad, pero era inútil toda tentativa de ayudar a tipos como aquél. Nunca podían olvidar que un día fueron dioses de barro.
—Tiene usted razón —le respondió un cliente.
Se trataba de Bob Rusk, conocido en el West End como El Bizcocho. Su aspecto era el de un hombre de mundo. Ciertamente, se le podía encontrar en los sitios más dispares de la ciudad, pero sus límites eran Temple Bar al este y Park Lañe al oeste. Era fornido, ancho de hombros y vestía bien.
—Tengo que irme ya.
—¿Otro trago?
—No, gracias.
—Como quiera. Buenos días, señor.
—Hasta la vista.
Rusk salió con parsimonia y cruzó la calle, tras haber sorteado las cestas de ropa sucia que estaban amontonadas en la acera, junto a la puerta de servicio del hotel. Después entró en una taberna del Haymarket. Allí se encontraba Dick Blamey.
—Hola. ¿Te has despedido del otro sitio?
—Sí, me temo que El Milagro tendrá que arreglárselas sin mí. ¿Quieres beber algo? —preguntó Dick.
—Sí, pero soy yo quien invita. Me imagino que un hombre como tú no tendrá grandes dificultades en encontrar un empleo mejor que aquél.
—Supongo que no. Aún no he pensado nada en concreto.
—Si sé de alguno, te lo diré.
—Gracias.
—Todo está desquiciado. Un hombre como tú, con tus méritos de guerra, trabajando en un lugar como ése… —Bob Rusk dirigió vagamente su cigarrillo en dirección a El Milagro Moteado.
Dick Blamey se encogió de hombros.
—No soy el único. He tenido las mismas oportunidades que cualquier otro. ¡Diablos! Hay un tipo embetunando zapatos en Piccadilly Circus que lleva la corbata del Real Cuerpo de Aviación. De la Primera Guerra Mundial.
—Eso no me parece mal —dijo Rusk—. Un puesto de limpiabotas en Piccadilly Circus debe proporcionar buenas ganancias.
—Buenas o no —replicó Dick—, ¿te gustaría pasarte el día arrodillado? Eso no lo vale ni la Casa de la Moneda.
Bob Rusk sonrió con indolencia.
—Soy yo quien ahora tendría que ponerse de rodillas. Debo llamar a uno de mis corredores antes de las dos.
—¿A uno de tus corredores?
El Bizcocho asintió.
—Tengo entre manos un centenar de previsiones. Imposible operar de otro modo. Y para que mis hombres no se duerman, he de ir llamándoles por turno.
—¿Tienes algo bueno en perspectiva? —preguntó Blamey.
Rusk titubeó.
—Nunca hago revelaciones de este tipo, pero supongo que no te vendrían mal algunos chelines. Se trata de un caballo de dos años llamado «Beau Church». Aún no ha corrido, pero ha dado resultados óptimos en las pruebas. Será una carrera de cuatro caballos, y los otros tres ya han ganado varias veces, o sea, que será el novato.
—«Beau Church» —murmuró Dick—. Me acordaré de él. Gracias. No te va mal con esto, ¿verdad?
Rusk puso sobre la barra un billete de una libra y pidió con un gesto otra ronda de whisky.
—Me gano bien la vida. Jamás estudio las listas, sólo me fío de la información. Pero, entiéndeme, la información ha de ser buena, y resulta cara.
—Me sorprende oír que nunca estudias las listas.
El Bizcocho soltó una carcajada.
—Esta tarde, todas las casas de apuestas del país estarán atestadas de tipejos que habrán estudiado las listas hasta quedarse bizcos. Trabajan más para perder dinero que para ganarlo en su empleo.
Rusk fue a hacer una llamada telefónica. Durante su ausencia, Dick contó el dinero que tenía en efectivo. Tenía tres libras y diez chelines del sueldo de la semana anterior. Si arriesgaba tres libras, sólo le quedarían diez chelines, pero llegó a la conclusión de que valía la pena arriesgarse. Rusk conocía el paño.
Bob se acercó sonriendo, frotándose las manos.
—El primer tanteo ha sido de veinte a uno —anunció—. Me he animado y he apostado cuatrocientas. A la siguiente llamada que he hecho, el precio ya había subido a cien, así que he apostado otras cuatrocientas.
—Parece que están arriesgando mucho por él —dijo Dick Blamey—. Si no te importa, me acercaré hasta la casa de apuestas y probaré suerte.
—Muy bien —contestó Rusk—. Te acompaño, y si la cosa se mantiene en cien, compraré más.
Cuando salieron a Piccadilly Circus, el día, al principio cubierto, se había despejado, y en aquellos momentos el sol iluminaba aquel acre de terreno que sólo un pueblo como el inglés podía considerar el centro del universo. A pesar del sol, la visibilidad era escasa debido a la niebla producida por los tubos de escape, espesa como un caldo y más venenosa que un millón de cigarrillos. En esta atmósfera viciada, los visitantes de provincias y del extranjero se dejaban fotografiar alrededor de Eros. Parejas de mediana edad, procedentes de los Midlands, se contemplaban amorosamente mientras saboreaban sus helados, ellos con la chaqueta al brazo, exhibiendo camisas de nilón y tirantes; las mujeres, con monederos de material plástico y sandalias blancas, mostrando así sus piernas desnudas, llenas de varices. En la acera de Swan & Edgar parecía haberse dado cita la población de: medio mundo.
Sin embargo, en ningún lugar de la vecindad había tanta animación como en la casa de apuestas. Desde un puesto elevado, un hombre escribía el tanteo en una enorme pizarra. Los espectadores se apretujaban entre sí, observándolo con una atención mucho mayor que la que dedicaran en su día a las pizarras escolares. Otros tres grupos se apiñaban en los ángulos de la sala, de cara a la pared, como escolares que cumplieran un castigo; en realidad estaban estudiando las listas, haciendo un cómputo de última hora, inmersos todavía en la más angustiosa de las dudas. Algunas personas más hacían cola para comprar boletos, formando una extraña procesión abigarrada y diversa. Se añadían a este cuadro unos músicos callejeros que, con sus instrumentos bajo el brazo, vaciaban sus bolsillos para invertir la recaudación del día.
Los fotógrafos de Piccadilly habían renunciado momentáneamente a su tarea de asediar a los transeúntes para hacer sus apuestas; también estaban los uniformados porteros de hotel, y un enorme y barbudo sikh con el consabido turbante, empleado en un restaurante indio, encerraba en sus puños un montón de boletos con la misma fiereza con que hubiera empuñado un kukri.
El hombre que escribía en la pizarra anotó junto al nombre de «Beau Church» los números: catorce a uno. Dick Blamey se unió a la cola frente al mostrador central, y le tocó el turno justamente mientras colocaban el letrero de «Cerradas las apuestas»; acto seguido se encendió la luz roja. Apostó por «Beau Church» a catorce a uno. El altavoz anunció:
«¡Van a dar la señal de salida! ¡Ahora! En estos momentos, el tanteo es de cien a ocho para “Beau Church”».
El silencio reinó entre el auditorio mientras todos escuchaban los comentarios de la carrera.
«Han cubierto una etapa, los cuatro caballos están casi igualados. Ahora, “Merry Minstrel’s Sister” adelanta a los demás. “Merry Minstrel’s Sister” lleva una ventaja de dos cabezas».
Dick Blamey y Bob Rusk se hallaban junto a la puerta, abierta de par en par, apartando de vez en cuando la persiana para respirar un poco de aire fresco.
—No te preocupes —le alentó Rusk, muy confiado.
«Ya cerca de la segunda vuelta, “Merry Minstrel’s Sister” está perdiendo velocidad. Sus oportunidades disminuyen. “Little Charlotte” inicia con ventaja la última vuelta. ¡Ahora se acerca “Beau Church”! ¡“Beau Church” galopa a tremenda velocidad! ¡Ya están igualados! ¡“Beau Church” gana por una cabeza! ¡“Beau Church”, el número cuatro, es el ganador!».
Un gemido escapó de las gargantas de quienes habían apostado por los favoritos, pero Bob Rusk y Dick Blamey se miraron sonrientes. El Bizcocho levantó un pulgar.
—Esto merece un cigarro —exclamó, alargando uno a Dick.
—Sería yo quien tendría que comprarte los cigarros —le replicó Blamey—. Gracias, muchísimas gracias. He ganado cuarenta libras en el momento en que más lo precisaba.
—Siempre es un placer ayudar a un compañero —le contestó El Bizcocho—. Vendré mañana a cobrar mis ganancias, no soporto las aglomeraciones. Algunos de estos tipos están tan ocupados estudiando las listas que no les queda tiempo para lavarse. ¡Hasta la vista!
—¡Hasta la vista! —repitió Dick—. ¡Y gracias otra vez!
Un segundo después de la salida de Rusk, el altavoz se dejó oír de nuevo:
«¡El jurado tiene objeciones contra el ganador!», exclamó el comentarista, con tanta excitación como si también él hubiese apostado por «Beau Church».
«¡Objeción del jurado! ¡Se aduce que “Beau Church” no ha adelantado correctamente! Repito de nuevo: ¡“Beau Church” se ha cruzado al adelantar!».
Pocos minutos después, Dick Blamey escuchaba el resultado de la deliberación:
«¡Objeción aprobada! “Beau Church” ha sido descalificado, pasando a segundo lugar. El ganador es… ¡“Little Charlotte”!».
Entre los que habían apostado por «Little Charlotte» se produjo una explosión de júbilo. Dick Blamey salió de la casa de apuestas mordiendo su cigarro y pensando que aquello era el fin del mundo.
Los transeúntes esperaban ante las barandillas que rodeaban la plaza con la misma paciencia que el ganado antes de un rodeo. Algunas mujeres, casi exhaustas, descansaban un momento junto a la estatua de Eros, exhibiendo sus muslos y la ropa interior; unas se ajustaban los cinturones o los tirantes del sostén; otras se sacaban las polvorientas sandalias blancas y mostraban unas uñas pintadas que semejaban un manojo de rábanos. Dominaba la escena un gigantesco anuncio de Coca-Cola, cuya popularidad quedaba evidenciada por una gran profusión de botellas vacías diseminadas por todas partes.
Los huesos de cerezas crujían bajo los pies de Blamey mientras cruzaba la calle en dirección a Coventry Street y Leicester Square, donde Brenda tenía su oficina. Hacía varios meses que no veía a Brenda y nunca había estado en su oficina, y en aquellos momentos sentía la necesidad imperiosa de hablar con alguien acerca de Larry, aunque sabía que hablar de él no serviría de nada.
Su nombre figuraba en una placa de metal a la entrada de un insignificante edificio: «Agencia Matrimonial de Brenda Blamey». Dick experimentó cierta desazón al cruzar el umbral, temiendo ser confundido con un hombre en busca de pareja, lo cual fue exactamente lo que sucedió.
La oficina de Brenda estaba en el segundo piso. No había ascensor. Los clientes preferían el anonimato de las escaleras.
Al entrar él, la recepcionista le preguntó si había concertado la entrevista, porque la señora Blamey estaba muy ocupada. Le dio un cuestionario para que lo rellenase mientras esperaba. A un lado del cuestionario se pedían las características personales; al otro, detalles acerca de la pareja que sé deseaba elegir.
Como la entrevista que mantenía ocupada a Brenda parecía laboriosa, pues se oía el murmullo de dos voces más, Dick pensó que lo más indicado era distraerse rellenando el cuestionario, y así lo hizo, procurando que sus respuestas fueran especialmente lúbricas. Poco rato después oyó por la otra puerta la voz de Brenda despidiéndose de sus clientes y asegurándoles que serían muy felices.
—Veré si la señora Blamey puede recibirle ahora —dijo la secretaria.
Un minuto después, Dick oyó risas, y en seguida Brenda apareció en el umbral, con los brazos abiertos.
—¡Richard! ¡Qué contenta estoy de verte!
La que fue en otro tiempo la voz de oro de Brenda se había convertido ahora en un contralto maduro, pero que mantenía algo de su primitivo atractivo. Brenda lucía un traje sastre azul marino con cuello y puños blancos en bordado inglés.
«Apostaría a que es de Marshall y Snelgrove», pensó Dick.
—Siéntate, Richard.
Obedeció, pero un tanto molesto por el tono de ella, como si le tratara con superioridad y condescendencia.
Miró en torno suyo. Adornaban las paredes varias fotografías de parejas recién casadas a la salida de la iglesia, del registro civil o de la sinagoga. La propia Brenda aparecía en alguna de ellas, invitada por la feliz pareja en señal de gratitud por haber unido sus vidas. Todas las fotografías estaban dedicadas con frases elocuentes.
Para que los clientes se sintieran cómodos, Brenda había amueblado su oficina como si fuera el salón de una casa particular, incluyendo cortinas de cretona en las ventanas, que a Dick le parecieron más apropiadas para un salón de té de pueblo. Sobre el escritorio de Brenda había un búcaro de flores y varias revistas del estilo de Home and Gardens.
—¿Quieres que te dé el cuestionario para enseñarlo a tus amigas o prefieres que lo rompa? —preguntó ella.
—Se me ocurrió que quizá te gustaría enmarcarlo.
Brenda consideró que esta observación no merecía ningún comentario. Rompió el impertinente documento en trozos muy pequeños, y luego se frotó los dedos regordetes como para quitarse el polvo.
—¿Te apetece una taza de té, Richard?
—No, gracias.
Estaba seguro de que se lo hubiera ofrecido en su mejor porcelana, acompañado de galletas «Osborne».
—Siento no tener nada más fuerte.
Dick se estremeció con este dardo de Brenda. Era su sistema, amable y siempre cortés, de insinuar que sabía que había estado bebiendo y que no aprobaba su presencia en la oficina en tales condiciones. Si Brenda poseía alguna cualidad, decididamente era la de criticar sin dar la impresión de que se trataba de una crítica.
—Ya he bebido bastante —le respondió Dick.
Y lo dijo en un tono de desafío, como invitándole a hacer alguna de sus mordaces observaciones; pero con Brenda era inútil.
La delicada Brenda no caía jamás en trampas de este tipo, y para corroborarlo, Brenda sonrió.
—¿Has celebrado algo? —preguntó con dulzura.
—Brenda, en mi vida he tenido menos motivos de celebración que hoy.
Ella le miró con auténtico interés.
—¿Qué te sucede?
Y mientras decía esto se levantó y se sentó en el brazo del sillón de Dick; después le cogió una mano entre las suyas. A Dick ya no le emocionaba su contacto.
—¿Has leído los periódicos? —le preguntó.
—Sí —repuso ella lentamente—. Los leo todos.
—Entonces, sabrás lo de Larry.
—¿Larry? ¡Oh! Larry Wellington. Sí, lo he leído. Qué horrible, ¿verdad? Pobre Larry…
Dick permaneció inmóvil, mirando los árboles de Leicester Square y su culminación en el mástil de la Asociación Automovilística.
—No entiendo cómo ha podido suceder una cosa así —prosiguió ella—; justamente cuando parecía tener el mundo a sus pies.
—Sus pies ni siquiera tocaban el suelo cuando le encontraron esta mañana —dijo Dick.
—¡No, por favor! —imploró Brenda—. ¡No! —y se cubrió los ojos, como para eludir un espectáculo insoportable—. ¿Por qué lo habrá hecho?
Por auténticos que parecieran estos sentimientos de piedad de Brenda, Dick desconfiaba de ellos, injustamente rencoroso y molesto por el modo como se expresaba ella.
—Yo hubiera hecho lo misino si me hubiesen encerrado en aquel lugar infecto — dijo.
Soltó su mano de la de ella, se levantó y fue hacia la ventana, desde donde se veían los vagabundos tendidos sobre los bancos que rodeaban la estatua de Shakespeare, y la cola formada para ver la última epopeya de Hollywood, sólo apta para mayores, quienes, por cierto, comían helados y caramelos en espera de ver otro complicado drama sensual.
—Te lo ruego, Richard —dijo Brenda con suavidad—, no hables así.
—De todos modos, no sé si hubiera tenido el valor suficiente.
—Mucha gente diría que es una solución propia de un cobarde.
Dick Blamey se volvió y le dijo, casi gritándole:
—¡Eso es un lugar común, y tú tendrías que saberlo!
Brenda levantó calmosamente el auricular y ordenó a la recepcionista:
—No estoy para nadie, Mónica.
Entonces se volvió hacia Dick, y le habló en tono conciliador:
—Lo sé, Richard; me he limitado a repetirlo.
Su respuesta le enfureció todavía más. Era su modo de ponerle en ridículo sin que pareciera intencionado.
—En este caso, no repitas la opinión de aquellos que son los únicos responsables de que estuviera encerrado allí.
—Richard, siento haber dicho una estupidez; no era mi intención molestarte. Te suplico que creas que lo siento tanto como tú.
Se secó los ojos con un pañuelo de encaje suizo.
—Pareces olvidar que yo también conocí a Larry. —Su voz era casi un sollozo—. No sé si recordarás que se me declaró antes que tú.
—Lo siento —dijo él—. No estoy de humor para recordar nada.
—Me hago cargo —dijo Brenda—, puedes estar seguro de que te comprendo.
Claro que lo comprendía. Brenda siempre le comprendía. Brenda era el prototipo de la mujer inglesa: atenta, buena, admirable. Ahora le había fastidiado recordándole que Larry había estado enamorado de ella, lo cual implicaba que si hubiese aceptado a Larry, éste viviría aún y sería un hombre casado y feliz. Tal vez la intención de Brenda no había sido decir exactamente esto, pero así fue como Dick interpretó su respuesta, que le hizo sentirse un intruso.
—Creo que será mejor que me vaya.
—No, por favor. Te suplico que no te vayas, Richard. Has venido a hablar conmigo, ¿no?
El asintió, mientras observaba, ausente, un rincón de la estancia donde se encontraban varias fotografías de recién casados.
—En efecto, pero me siento disperso, incoherente.
Brenda cogió de nuevo el auricular.
—Puede irse a casa cuando quiera, Mónica. Cierre la puerta, por favor.
Se levantó y se acercó a Dick. El la miró. Todavía llevaba el anillo de compromiso que le había comprado en 1943. Sus cabellos aún eran rubios, y no tenía una sola arruga en la cara; a pesar del aumento de peso, su garganta seguía siendo lisa.
Por el contrario, Dick se sentía muy envejecido, con su calva incipiente y el estómago hinchado, y por si esto fuera poco, se le añadía su desaliñado atuendo, su chaqueta de montar con los codos remendados. Brenda había adquirido madurez, pero él había envejecido ostensiblemente.
—Te ha afectado mucho, ¿verdad?
—Más de lo que hubiera creído.
—Y más de lo que yo hubiera imaginado —comentó ella—. Después de todo, tú tenías amigos más íntimos que Larry que no volvieron de las Ops y, sin embargo, su desaparición no te afectó hasta este punto, o, por lo menos, no lo demostraste.
Él se encogió de hombros.
—Aquello era diferente. La situación ya lo llevaba consigo, era algo casi inevitable. No te cogía de sorpresa.
La abreviatura de la palabra «operaciones» le había irritado. Tuvo la sensación de que aún seguían juntos en el servicio. De hecho, Dick siempre había pensado que Brenda debía haber continuado en el Cuerpo de Aviación; hubiera alcanzado un alto puesto. Ella se había alistado en el Servicio Voluntario Femenino, organización a la cual dedicaba gran parte de su tiempo libre, y cuyo uniforme verde gris le sentaba tan admirablemente como el azul de las Fuerzas Aéreas.
Incluso su agencia matrimonial se debía más a un deseó de ayudar al prójimo que a la mera ambición de ganar dinero, y precisamente por esto había conseguido sobresalir por encima de otras organizaciones menos escrupulosas. Su éxito era merecido, sobre todo, teniendo en cuenta que su negocio se hallaba expuesto a las especulaciones de toda clase de aventureros de ambos sexos. Brenda los detectaba con una especie de sexto sentido, aun antes de que cruzasen el umbral de su oficina. Ni el menor asomó de escándalo había empañado jamás el prestigio de la agencia de Brenda Blamey.