Frenesí
Capítulo 5
Blamey tardó unos minutos en dar con la solución. La única persona que podía haber puesto aquel dinero en su bolsillo era Brenda, y debió ser en la terraza del club, cuando ella se le apoyó con dulzura. Recordó haber tenido en aquel momento la idea fugaz de que tal demostración de afecto era muy extraña en Brenda.
De todas maneras no podía enfadarse con ella. Es más, en el fondo se sentía satisfecho de que ella hubiese logrado burlar su tozudez. Ahora podía enfrentarse con el día, y con un estado de ánimo completamente distinto. Como si volviera a volar.
Lo primero que necesitaba hacer era tomar un baño. Después enviaría a buscar su ropa a El Milagro Moteado. Tenía que llevar la chaqueta y los pantalones a la tintorería inmediatamente, pues estaban como impregnados del hedor del dormitorio público, del mismo modo que el uniforme se impregnaba del olor de la cabina, haciéndose más penetrante en cada vuelo.
Pronto descubrió que en la inmensa metrópoli es casi imposible conseguir un baño a primera hora de la mañana. Los baños turcos estaban llenos, y los públicos no abrían hasta las nueve. Pidió en varios hoteles que le permitieran asearse allí, pero en todos se lo negaron. Tampoco encontró habitación en ningún hotel: todos estaban llenos. Tuvo la sospecha de que ello se debía a su aspecto. Iba sin afeitar, había dormido vestido y por tanto su traje estaba totalmente arrugado; además, no llevaba equipaje. No le quedaba ni el recurso de darse un chapuzón en el Serpentine porque no tenía bañador. Sin embargo, no tuvo la menor dificultad en tomar unas copas en una cervecería de Covent Garden.
Cuando empezaron a cerrarse las cervecerías de Covent Garden, Dick Blamey se hallaba de excelente buen humor, en un estado de euforia alcohólica. Decidió hacerse limpiar los zapatos.
Dick Blamey, al observar a la gente que salía de la estación de Charing Cross para ir al trabajo, sintió lástima por todos y cada uno de ellos, porque en sus rostros se leía la fatiga de un viaje de cuarenta minutos en tren, hacinados en pequeños compartimientos rebosantes hasta los topes. Solamente las chicas demostraban cierta animación hablando de discos y de muchachos.
Los hombres, todos de gris, y algunos de ellos luciendo una rosa en el ojal, formaban como un inmenso rebaño que acudía todas las mañanas a la ciudad y regresaba todas las noches, sin conocer ni la exaltación de la victoria ni la desesperación de la derrota, viviendo siempre a base de hipotecar sus posesiones y sus vidas.
Al verlos Dick Blamey pensó que eran ellos los fracasados y no él.
«Estos son los esclavos —se dijo—, atados y encadenados a sus proyectos para después de la jubilación». Para ellos no había escapatoria. Así era su vida hoy, así sería mañana, y así continuaría hasta el fin. Esta remesa no incluía a los del sombrero hongo y el paraguas; siempre llegaban más tarde, como las tropas escogidas que son enviadas al campo de batalla cuando el resto ya ha efectuado el despliegue. No se veía un solo Times entre los periódicos que la gente llevaba, y que estaban marcados con el número de la empresa para mayor comodidad de los repartidores. Cuando pasaban por la entrada y enseñaban sus tarjetas, se notaba que en las carteras llevaban más abonos para el almuerzo que billetes de Banco.
Cuando el limpiabotas dio por terminada la limpieza de un zapato, Dick Blamey cambió el pie, cuidando de no soltar los periódicos de la mañana que sostenía bajo el brazo. Abrió uno de ellos mientras le cepillaban vigorosamente el calzado.
En la primera página aparecían diversas fotos de lo ocurrido la noche anterior frente al edificio de la Televisión: la policía intentando detener a los muchachos enardecidos por la presencia de sus ídolos; agentes sin casco e impotentes ante el empuje de aquella multitud; algunas chicas sin zapatos, y otras desmayadas. En resumen, una prueba palpable de lo que es la civilización.
Dick fue a una cabina telefónica para llamar al club de Brenda y darle las gracias por el dinero.
Le informaron de que la señora Blamey ya había salido hacia su oficina.
Aquel día, Brenda Blamey se había vestido con un conjunto menos severo, un traje a rayas sin demasiado escote y el cabello recogido con una cinta, lo cual le prestaba un aspecto francamente juvenil y ciertamente atractivo.
Era la hora del almuerzo. Mónica, la recepcionista, había salido, y Brenda se hallaba en su despacho tomándose un vaso de leche y comiendo unas galletas cuando oyó pasos fuera, en recepción.
—¿Quién es? —preguntó.
Se abrió la puerta y un hombre apareció en el umbral, sonriendo.
—Buenas tardes —dijo.
Cerró la puerta tras de sí, y sin que Brenda le indicara que podía hacerlo, se sentó.
—¿Va usted a solucionar mi problema? —preguntó.
—Lo siento —respondió Brenda—. Ya encargué a mi secretaria que le dijera, cuando usted llamase de nuevo, que en estos momentos no hay nadie que responda a sus exigencias. ¿No se lo ha dicho?
El hombre se encogió de hombros.
—He esperado al otro lado de la calle hasta que la he visto salir. Era con usted con quien yo quería hablar.
Su sonrisa era afable y tranquila, como si estuviera muy seguro de sí mismo. Acercó su silla a la mesa del despacho, sobre la que había una pequeña caja blanca con una inscripción en plata y atada con un fino cordón de seda.
—¿Un pastel de boda? —inquirió él.
—Sí —repuso Brenda—. Recibimos a menudo estos pequeños obsequios de las parejas felices que hemos ayudado a unir.
—Me encantaría mandarle un trozo de mi propio pastel de boda —le dijo el hombre, ensanchando su sonrisa—. Pero no estaré interrumpiendo su almuerzo, ¿verdad?
Los ojos del individuo se dirigieron hacia una caja de caudales empotrada en la pared.
—Pues, a decir verdad, sí —afirmó ella con el mayor tacto posible.
—Me parece un poco frugal, si me permite decirlo. ¿Por qué no me acompaña a almorzar?
—Lo siento; no puedo dejar la oficina.
—Qué lástima. Pues bien, como estaba diciendo, me encantaría poderle enviar un trozo de mi pastel de boda.
Se rio de un modo que hizo sospechar a Brenda de que esta última observación ocultaba un doble sentido. Ella le respondió haciendo hincapié en sus palabras:
—Ya le he dicho que no podemos ayudarle.
—Pues yo creo que sí puede —le respondió él pausadamente.
—Se equivoca; y ahora le agradecería que se marchara. Quisiera terminar mi almuerzo.
—Me parece muy bien; continúe, por favor.
Alargó la mano y empezó a manipular los botones del aparato de radio.
—Es curioso el éxito que han obtenido estos chismes, ¿verdad? —observó, y acto seguido aumentó el volumen; en aquellos momentos se transmitía el programa «El descanso del obrero». Brenda se exasperó.
—¿Quiere hacer el favor de desconectar la radio y marcharse?
—Lo siento —se disculpó él, desconectando el aparato. Después miró en torno suyo y comentó—: Es muy agradable su oficina.
Brenda se convenció de que era inútil perder más tiempo. La educación no servía con este hombre. Se levantó, fue hacia la puerta y la abrió.
—Siento no poder serle útil —dijo—. Ahora tengo que almorzar.
Él se le acercó sonriendo.
—Se equivoca usted. Puede serme muy útil, porque…
—No le comprendo.
—Porque usted es mi tipo.
Se había ido colocando entre Brenda y la puerta; la cerró y quedó apoyado en ella.
—No diga ridiculeces —murmuró Brenda.
—Lo he dicho totalmente en serio.
Ella fue hasta la mesa del despacho y dijo con tanta naturalidad como pudo:
—Discúlpeme, ahora recuerdo que he de hacer una llamada.
En el momento de coger el auricular, el hombre se le aproximó y se lo arrancó de las manos.
—No hay necesidad de llamar a la policía.
Volvió a conectar la radio, cuya música apagó incluso el ruido del tráfico de Leicester Square.
Brenda intentó no perder la calma. Sabía que se encontraba ante un psicópata sexual. Trató de impedir que su mano temblara al volver a colgar el teléfono.
—¿Qué le hace pensar que iba a llamar a la policía?
Y para demostrar que no le tenía miedo, tomó un poco de leche, sin dejar de mirarle. El desconocido se encogió de hombros.
—Por intuición, supongo.
—Me parece que voy a aceptar su invitación —declaró Brenda—. Puede llevarme a almorzar.
Rogó para que el truco surtiera efecto, pues, una vez fuera del edificio, estaría a salvo. Lo peor que podía hacer era asustarse y gritar. Si lo hacía no la oiría nadie, ya que estaba sola y el volumen de la radio estaba al máximo. Tenía que conservar la calma. Era una mujer culta e inteligente, capaz de salir airosa de aquella situación.
—¿De verdad? —inquirió él—. ¿Vendrá a almorzar conmigo?
—Efectivamente.
—Estupendo. La llevaré al mejor restaurante del West End.
—Voy a lavarme las manos —dijo ella.
Al dirigirse hacia la puerta, él la cogió en sus brazos, sujetándole ambas manos en la espalda. Brenda se dobló hacia atrás, en un intento de apartar su rostro de la boca del hombre, lo cual excitó aún más a éste porque le ofreció el contacto con la parte más íntima de su cuerpo. Por la radio se oían las carcajadas de los obreros, que celebraban los chistes de un actor del norte del país.
Aquel hombre tenía fuerza. Cuanto más luchaba Brenda por desasirse, más la sujetaba.
—Yo creía que nos íbamos a almorzar —dijo ella intentando desesperadamente evitar aquella boca.
—Claro que iremos, pero después.
La besó, apretando de tal modo sus labios contra los de ella, que Brenda apenas podía respirar. No le quedaba otra alternativa que seguirle el juego, y esperar a que Mónica volviera de almorzar.
—Está bien —le dijo jadeante—. Sé lo que quiere. Pero aquí no, se lo ruego. Iremos a mi casa.
—Ya estamos en su casa. Esto es suyo, ¿no?
Intentando una nueva salida, Brenda simuló un desmayo. El la levantó con la misma facilidad que si fuera un niño, y la colocó en un sillón.
—No hay por qué preocuparse —murmuró—; no tema.
Brenda mantenía los ojos cerrados, intentando engañarle. El hombre le frotaba las manos para hacerla volver en sí. En el mismo momento en que se las soltó, le empujó con ambos pies, haciendo que se cayera hacia atrás; entonces corrió hacia la puerta, pero él la sujetó por un tobillo. Intentó gritar, pero sus cuerdas vocales estaban paralizadas, de tal manera que el sonido de su voz no se oyó ni en la habitación contigua.
Los dos estaban en el suelo. Brenda volvió la cabeza para que no pudiera besarla.
—Se lo suplico, váyase —gimió—. Coja el dinero de la caja fuerte, pero, por favor, váyase.
«Dios mío, no permitas que me ocurra nada. Dios mío, no puede ser, no puede sucederme esto a mí, y en el centro de Londres, y en pleno día. No puede ser, no puede ser. Esto sólo es posible por la noche y en los callejones de Notting Hill. ¡Oh!, Dios mío, ayúdame».
Brenda, sacando fuerzas de flaqueza, le dijo con la mayor seriedad posible:
—En esta caja hay el dinero suficiente para comprar a cualquier mujer del West End. Se lo suplico, tómelo y váyase.
—Yo no compro mujeres —dijo él—. Es a usted a quien yo quiero.
El teléfono de la oficina contigua empezó a sonar. «Si fuera Richard… ¡Dios mío!, haz que se extrañe de que nadie coja el teléfono y venga a ver qué ocurre… Dios mío».
El teléfono seguía llamando. Al final ella dijo:
—Por favor, déjeme contestar al teléfono. De otro modo, el que llama vendrá aquí.
El hombre se rio.
—El que llama no podrá entrar. He cerrado la puerta con llave.
Brenda hizo un último esfuerzo para desasirse, pero comprendió que todo era inútil. Por la expresión de sus ojos sabía que aquel hombre era un maníaco sexual y ahora ya había perdido todo el control. No sólo estaba dispuesto a violar, sino también a mutilar y a matar.
Con la caída de ambos al suelo el cortapapeles que se encontraba en el borde de la mesa había resbalado, cayéndose también. Ambos lo vieron al mismo tiempo. Pero el pequeño cuchillo se encontraba fuera del alcance de Brenda y, en cualquier caso, los brazos del hombre le impedían el menor movimiento. En la mirada de aquel demente leyó que no vacilaría en utilizar el arma si no podía llevar a cabo su propósito.
Brenda se dio cuenta de que no podía hacer otra cosa que someterse. Sus inútiles esfuerzos sólo conseguían prolongar aquel tormento, y podían empujar al demente a soluciones todavía peores.
«Quizá —pensó Brenda—, una vez satisfecho su deseo comprenda lo repugnante de su acción y se vaya».
—Está bien —accedió, con voz serena—. No me opondré.
El soltó una carcajada.
—Me gusta que se oponga.
Le había desatado la cinta del cabello con los dientes, y ahora la tenía sujeta en la boca. Con un brusco movimiento la arrojó a un rincón de la habitación.
—No me rompa el vestido —dijo ella fríamente—. Si lo desea, me lo quitaré.
Tenía que someterse. Todo era preferible antes que la muerte. Aquella situación era algo peor que las pesadillas sufridas en su adolescencia, y entonces no creía que pudieran suceder en la realidad. Eran sucesos que se leían en los periódicos dominicales más sensacionalistas, o mejor dicho, que se procuraba no leer.
Cerró los ojos, mientras un temblor le recorría el cuerpo. Pronto terminaría todo. Entonces él se marcharía, y no sería peor que un dolor de muelas excepcionalmente intenso.
Intentó pensar en otras cosas. ¡Qué amarga era a veces la vida! ¡Con qué placer escucharía ahora cualquier ruido, una señal de algún otro ser humano! Pero lo único que se oía en la habitación eran las carcajadas emitidas por el aparato de radio.
Empezó a mover los labios en una plegaria muda: «Sí, aunque camine por el valle de la sombra mortal, no temeré ningún daño: porque Tú estas conmigo…».
En Leicester Square, frente al Odeón se anunciaba: «Asientos en todas las filas».
—Eres mi ideal de mujer —murmuraba en su paroxismo el agresor de Brenda Blamey—. Eres hermosa, hermosa. ¡Oh! eres una maravilla. Bellísima, bellísima…
Ella oía aquellas palabras como en la lejanía. Con los ojos cerrados, seguía moviendo los labios en muda plegaria: «No temerás ningún terror de la noche; ni tampoco la flecha que se dispara durante el día. Ni la pestilencia que camina en la oscuridad, ni la enfermedad que destruye en pleno día…».
Brenda, tras su oración, abrió los ojos y dijo con una voz clara y fría:
—Le ruego que se marche.
El hombre estaba a su lado, aún en el suelo y con el mentón apoyado en la mano. Le contestó sonriéndole:
—No tengo ganas de irme. Todavía no.
Casi sin voz, como una persona sumida en un trance, Brenda murmuró:
—Tiene que irse. Mi secretaria volverá de un momento a otro.
Él se rio.
—Ya le he dicho que he cerrado la puerta. No podrá entrar.
—Si es así, llamará a la policía, y esto no le conviene, ¿verdad?
—Yo sé lo que me conviene.
Volvió a abrazarla. Ahora las lágrimas inundaban los ojos de Brenda mientras movía la cabeza de un lado para otro.
—¡Se lo ruego, se lo ruego, tenga piedad de mí!.
En sus intentos por librarse de su agresor vio otra vez el cortapapeles en el suelo, junto a la mesa, y con un repentino y convulsivo esfuerzo trató de alcanzarlo. El hombre sonrió.
—¡Oh! Te gustaría usarlo, ¿verdad? —preguntó, casi complacido.
Y sin ninguna clase de esfuerzo le cogió la muñeca y se apoderó del cortapapeles, al tiempo que con el otro brazo ahogaba su tentativa de gritar rodeándole la garganta con fuerza.
En Leicester Square, un vendedor de helados atraía a la clientela tocando un diminuto xilófono.
El psicópata no se inmutó al ver que Brenda perdía el sentido y que sus labios adquirían un tono azulado. Su cuerpo aún estaba caliente entre sus brazos.
Unos minutos después se levantó, se arregló el traje y fue hacia la caja de caudales. Cuando hubo sacado todo el dinero, abrió el monedero de Brenda y lo vació. Después se arrodilló junto a ella, observó de cerca el anillo de brillantes, y se lo quitó. La mano de ella cayó inerte al suelo.
No le turbó en lo más mínimo el hecho de que los ojos azules de Brenda estuvieran fijos en él. Sabía que aquellos ojos ya no podían ver.
Bajó las escaleras, cerró la puerta tras de sí y se dirigió a un pequeño cine frente al cual hacía cola un grupo de gente, saboreando, algunos de ellos, unos helados. Estaban esperando para ver una película autorizada sólo para gente mayor. Los hombres llevaban la chaqueta al brazo y algunas mujeres se ajustaban el sostén. El hombre que en aquellos momentos cruzaba la calle iba comiendo un trozo de pastel de boda.
Diez minutos más tarde, Mónica volvió. Le sorprendió encontrar cerrada la puerta de entrada. Quizá la señora Blamey había preferido salir a almorzar a un restaurante. Recogió la llave en la librería de al lado, y mientras subía las escaleras oyó sonar el teléfono.
En el momento de coger el auricular se cortó la comunicación. Lo colgó de nuevo y llamó con los nudillos a la puerta de la oficina de Brenda.
—Señora Blamey, señora Blamey, he traído unos melocotones. ¿Le gustaría probar uno?
Mónica entreabrió primero un poco la puerta; acto seguido lo hizo de par en par. Se llevó una mano a la boca y, fuera de sí, bajo corriendo las escaleras. Una vez en la calle empezó a gritar.