Hambre asesina
Noche
FINAL
Ella le había regalado un pepino al tiempo que le aconsejaba que se lo metiera por donde le cupiera, y se había largado.
«A todo buen policía de la brigada criminal —solía decir él— deben haberlo abandonado antes, tienen que haberlo dejado. ¿Acaso se le ocurriría la idea de perseguir a locos y asesinos si no lo hubieran dejado? Los buenos policías tienden a quedarse solos; todos los genios están divorciados. Por suerte, yo aún no me he casado. ¡Pero soy un buen policía! Así que ella me abandonará cualquier día de estos; he ahí lo trágico de mi profesión. A decir verdad, me pregunto si no debería casarme antes para después convertirme en un policía excepcional. Es un asunto complicado que a menudo me ronda por la cabeza. Entonces, por lo general, me voy a comer algo y me digo: “Despacio, Cüpper. Mastica treinta y seis veces cada bocado. Todo se arreglará”».
Pero no se arreglaba.
Ella le había regalado un pepino porque sabía que no le gustaban, que solo había tres cosas que le repugnaban realmente: los pepinos, el comino y el coco.
Cüpper había estado paseando alrededor del pepino como si así pudiera cambiar el curso de los acontecimientos, mientras oía cómo en la habitación de al lado revoloteaban blusas, faldas, vaqueros y ropa interior en dirección a la maleta. Luego llegó el camión de la mudanza y, delante de sus narices, se llevaron el tresillo, la mesa de cristal, los dos estantes de CD, el equipo de música y muchas cosas más; un camión de mudanzas poco menos que insaciable se lo tragó todo. Mientras tanto, él seguía contemplando el largo pepino de color verde oscuro, que ya empezaba a fascinarle, hasta que, sin la menor consideración, uno de los hombres lo dejó en el alféizar de la ventana para llevarse el aparador sobre el que descansaba. Y entonces cayó en la cuenta de que ni siquiera ese aparador le pertenecía. Nada era suyo.
Excepto la cocina.
Interrumpió su caminata por el paseo y miró el Rin a través de la lluvia que arreciaba. El agua se le metía por el cuello.
Llevaba más de dos horas paseando a lo largo del río desde la catedral en dirección a Rodenkirchen, y luego de vuelta al bastión, empapado como un batracio y con el viento como único amigo y enemigo. Las gabarras se mecían sobre las negras y encrespadas aguas. «Parecen cocodrilos prehistóricos», pensó, y de repente recordó que ella también se había llevado las diapositivas del viaje al Amazonas —las cinco cajas—, y el proyector y, para colmo, la pantalla.
Pero no necesitaba fotos para confiar en la realidad. Aún conservaba el pepino. Lo había llevado consigo de patrulla nocturna. Esta vez seguía el rastro de un fugitivo al que no podría detener; tenía que dejarlo escapar.
Hum…
«¿Y si me comiera el pepino? ¡Pues claro! ¡Haz de la derrota una victoria! Borra el pepino de la lista de tus animosidades; dedícalo a la ladrona que no ha tenido el menor reparo en llevarse tu corazón al jardín de los recuerdos robados. Conque me lo meta por donde me quepa, ¿eh? ¡Pues de eso nada, cariño! A partir de hoy es readmitido el pepino. Pienso comerlo a menudo y con fruición; lo utilizaré como base exquisita de todas las recetas contenidas en los libros que ocupaban toda la estantería de tres metros de Ikea, hasta que también esta sucumbió al Gran Expolio».
¡Merodeadora!
Olisqueó el pepino, dudó un momento y le dio un mordisco. ¡Qué delicia!
¿Cómo había podido pensar alguna vez que…? Mmm.
El pepino que tenía en la mano no era un clon de invernadero. Seguro que el frutero de Neusser Strasse, cuya loción de afeitar olía a albahaca fresca y húmeda, se lo había dado a su novia con aire conspirativo, como quien vende una botella de buen vino. ¿Le habría regalado ella un pepino tan bueno si ya no lo quisiera?
Crac: la boca se le llenó de jugo. Con cada pedazo notaba los espíritus vitales vivificándole el ánimo. Respiró hondo, dio otro bocado y sucumbió a la voracidad mientras la lluvia le azotaba el rostro, hasta que un rayo rasgó de repente la oscuridad y cayó con gran estruendo justo encima de la catedral.
En un instante, Colonia quedó inmersa en una espuma blanca.
El fin del mundo.
Luego, la lluvia volvió a caer mansa y regularmente.
Romanus Cüpper miró lo que le quedaba del pepino y sonrió, se sacudió el agua del pelo y se marchó para casa.
Era el 23 de junio.
A medianoche.
BAZAAR
La lluvia arreció.
Unos pasos recorrieron la escalera de mármol enfilando desacompasadamente pero con tesón hacia el quinto piso. Escenas idílicas tras las puertas. Familias iluminadas de azul ante los televisores. Niños que se iban obedientemente a la cama: apaga la luz, besitos, tápate bien, Nintendo. Parejas de ancianos roncando como posesos. Lo único neutral, la escalera: tierra de nadie. Y ahora, alguien que acechaba sigilosamente al amparo del anonimato de la noche.
El intruso se detuvo jadeando delante de la puerta entreabierta del quinto piso.
Permaneció inmóvil. Luego adelantó titubeante una mano hasta que las puntas de los dedos rozaron la madera barnizada; inmediatamente volvió a perder el contacto. Con un susurro apenas perceptible, la puerta se abrió más y dio libre acceso a otro tipo de oscuridad, la propia de los espacios habitados. Una negrura corpórea y llena de insinuaciones. Un mundo ajeno y familiar.
De nuevo se quedó paralizado, quizá para reflexionar. Su jadeo fue en aumento.
Entonces comenzó a moverse lentamente, empujó la puerta y se perdió en la oscuridad del espacio interior.
A punto de llegar a casa.
Miles de pensamientos caóticos cruzaban por la cabeza de Cüpper mientras su estómago, impasible, se afanaba por producir ácidos, liberar enzimas, fraccionar moléculas, transmitir sustancias nutritivas y depositar discretamente los restos del pepino en los intestinos.
Como siempre, el crimen perfecto.
Entretanto, Cüpper intentaba quitarse de la cabeza a la mujer con la que había pasado los últimos seis años, lo que resultó ser bastante más difícil.
«Debería emborracharme —pensó finalmente, más que nada porque no se le ocurría otra cosa mejor—. Lo que cuenta es el contenido alcohólico de la bebida, en absoluto disfrutar. Cualquiera que vea la televisión o lea libros sabe que los hombres abandonados deambulan borrachos por las calles, lo que rara vez es atribuible a un Brunello di Montalcino o a un Mouton Rothschild».
Pero no quería emborracharse.
«Sigue las reglas del juego —se reprendió—. El asunto se merece una buena cogorza».
De modo que decidió emborracharse. El garito de Riehler Strasse, que estaba a una distancia suficiente como para sopesar seriamente la idea, ofrecía por poco dinero un vino blanco tan pecaminosamente malo y que daba tanto ardor de estómago que le quitaría de inmediato las penas de amor.
¿Penas de amor? ¡Anda ya!
No, él estaba furioso, y eso merecía otra cosa. Por ejemplo, coger un taxi, ir a Kiffhäuserstrasse y hacer una visita a La Société, donde ofrecían un vino más que aceptable. Quizá lograra engatusar al patrón para que le sirviera una botella de burdeos. ¿Para qué estaban los amigos?
Luego cayó en la cuenta de que todavía le quedaba un Pio Cesare del 89 en la bodega. Pero ese tendría que esperar hasta el día siguiente. Como más le gustaba a Cüpper el Pio Cesare era acompañado de algún animal con pico. Así que iría temprano a la ciudad y compraría un pato en Apostelstrasse, un pato francés con su cuello, su culo y sus tripas. Luego se zamparía el pato entero él solo, sin la mujer por la que había estado a punto de envenenarse con blanc de blancs.
Solo de pensar en el pato se le hacía la boca agua, como la que le chorreaba por el pelo.
Un pato, ¡sí, señor! Y antes, una ensalada. Con pepino.
BAZAAR
Schramm no podía dormir.
Esa tarde le había llamado el fabricante de Munich diciéndole que se había declarado en quiebra. Sintiéndolo mucho, ya no podía suministrarle las diecisiete camisas de seda. Los diez abrigos tampoco, y de las catorce americanas solo entregarle seis, dos de ellas con pequeñas taras, porque ¿acaso hay algo perfecto?
Valiéndose de las habituales fórmulas de cortesía, Schramm le había preguntado por su dinero, como si apenas existiera una remota posibilidad de recuperarlo.
—¿El dinero? Ha volado.
—Pero ¿adónde?
Simplemente había volado, le dijo el fabricante tan tranquilo. Al fin y al cabo, estaba arruinado.
Schramm había recorrido la tienda arriba y abajo maldiciendo su suerte, cosa habitual en él. Maldecía cada vez que tenía que rebajar los precios a un nivel que atrajera a su local a gente que normalmente no quería ver por allí. Se cambiaba de corbata cuatro veces al día y enredaba a sus clientes en conversaciones acerca de los avances de la vanguardia española, hasta que él mismo se aburría de oírse. Hacía ver que los entendía cuando de repente miraban la hora y decían que tenían que ir a la panadería, asegurándole que volverían al cabo de diez minutos y comprarían algo que ni siquiera habían querido probarse. Poco a poco, su cara iba tornándose tan gris como su pelo, que se cortaba una vez a la semana. De nuevo, había comprobado que con los trajes a medida no convenía dejar caer los hombros porque hacía feo. A través de los cristales de su enorme escaparate, había examinado con una sonrisa congelada a los transeúntes en busca de hombres a los que vestir; le daba igual con qué, el caso es que pagaran.
Y se había maldecido a sí mismo.
¡Vendedor de ropa para caballeros! ¿Por qué no se habría hecho peluquero? El pelo crecía siempre.
Furioso, se frotó los ojos, cambió la almohada de lado, la dobló, volvió a desdoblarla, retiró el edredón de un manotazo, se puso boca arriba, de lado, boca abajo, se levantó y se comió un bocadillo de queso acompañado de vodka. Luego su estómago se rebeló y tuvo que salir a la terraza. Era un poco antes de medianoche.
Una fuerte lluvia lo azotó en la cara y salpicó en la marquesina de cristal del Bazaar, que estaba justo debajo.
«Genial —pensó—. Muy apropiado».
Lentamente, empezó a recorrer la casa de arriba abajo calculando una y otra vez lo que le costaría la catástrofe. Siempre le salían dos ceros de más. Agotado, se recostó contra la puerta de entrada. Estaba cansado. El mundo era muy injusto. Él estaba completamente arruinado mientras que la mujer que vivía en el piso de arriba nadaba en la abundancia. ¡Inka von Barneck, rica y hermosa! Schramm rechinó los dientes. Cómo le hubiera apetecido subir a su casa, declararle su amor en una cama cubierta de extractos bancarios, con los que cualquiera tendría tres veces asegurado el porvenir, ponerle un anillo en el dedo y vivir a cuerpo de rey hasta que le reventara la chaqueta.
Pero estaba casada, y nunca había intercambiado una palabra con ella. Porque, por desgracia, Schramm no era precisamente valiente.
Y eso lo fastidiaba aún más que las finanzas.
El intruso se detuvo a observar la vivienda a oscuras. Sus manos palparon aquí y allá, como las antenas de una hormiga; luego las bajó.
Había algo que no era lo esperado.
Indeciso, volvió la cabeza hacia la puerta de entrada, ahora abierta de par en par. Intuyó en la oscuridad el interruptor de la luz, estiró un brazo pero lo retiró nuevamente de inmediato.
De sus labios salió un leve susurro.
No, nada de luz. ¡El encendedor!
Una tenue llamita.
Eso sería suficiente.
Tambalearse bajo la lluvia, emborracharse y pillar un catarro. Demasiado teatral. Una insensatez. Más le valía irse a dormir al mejor de todos los pisos. Ciento veinte metros cuadrados de construcción antigua, en Theodor Heuss Ring, con vistas al estanque de patos.
Su casa.
En el fondo, era libre, aunque le faltara alguien. Por no hablar de la falta de muebles. ¿Lo habría abandonado ella si él hubiera trabajado en una biblioteca? ¿O en una carnicería? ¿O como celador de un museo? ¿O detrás de una barra? ¿Había tenido la culpa su trabajo?
Un buen poli es un tipo solitario. Un poli cabal.
Se sacudió el agua del pelo, atravesó el cuarto de estar, casi vacío, y entró en la cocina. Esos eran sus dominios. ¿Qué le importaba que ella se hubiera llevado todo lo demás? Al fin y al cabo, le quedaba el frigorífico, la cocina, el grill, el congelador, la encimera de mármol, los valiosos cuchillos y los pucheros, todo magnífico y soberbio.
A decir verdad, también le hubiera gustado conservar la mesa del comedor, pero era de ella, que la llevó en su día como prueba de su amor. Aunque ahora el amor se había extinguido. Caducado, saldado y liquidado.
Cüpper se apoyó en la cocina y paseó la mirada por la vistosa galería de tarros de especias colgados de la pared.
Con qué gusto había cocinado para ella.
Y cómo disfrutaba ella. Cuántas noches habían pasado metiéndose el uno al otro exquisiteces en la boca, embriagándose ante la mera visión de los ingredientes, soplando el polvo de viejas botellas, leyéndose en voz alta las etiquetas. Y con cada plato y cada copa, los ojos de ella parecían reproducir lo que debía de ser el paraíso, tal y como él lo imaginaba ya en el colegio: como algo esencialmente comestible, exquisito. Podría haber pasado horas mirándola, y en algún momento se sorprendió a sí mismo pensando que no necesitaba nada más que ser el cronista del éxtasis de ella y que podía morir felizmente de hambre a su lado. Quizá ese fue el momento en que se frotó los ojos y de repente llegó al convencimiento de que tenía que preocuparse más de su propio disfrute.
Y eso fue lo que hizo.
Y de manera exagerada.
Pero ¿por eso se había largado ella?
Cüpper se encogió de hombros. Era inútil.
Muerto de sueño, fue a buscar un cepillo de dientes. Si es que quedaba alguno…
BAZAAR
Schramm oyó el grito antes de entenderlo. Luego, unos lamentos:
—¡Dios mío! ¡Ay, Dios mío! ¡Dios mío!
El corazón le dio un vuelco. La sangre no le llegaba al cerebro. Incapaz de reflexionar, permaneció aferrado a la puerta, completamente paralizado. Se mordió la lengua.
Otro ruido, esta vez, suave. Luego un trompazo… ¿o quizá no? De nuevo, el silencio. Y nada más.
Schramm cerró los ojos y luchó contra el mareo.
La lluvia golpeaba regularmente contra las ventanas.
Permaneció al acecho del súbito silencio mientras sentía un hormigueo en las piernas. Los gritos procedían de arriba, del quinto piso, y también el golpe, si es que no le fallaban sus embotados sentidos. De pronto, ya nada tenía importancia, ni el fabricante ni el dinero; lo único real era el miedo.
Al momento siguiente, unos pasos apresurados recorrieron el rellano de la escalera a trompicones, bajaron desde el quinto, se encaminaron hacia su casa y…
A Schramm la cabeza le daba vueltas. Sus dedos erraron al buscar la cadena de la puerta; luego, presa del pánico, lo intentó de nuevo, pero tampoco esta vez atinó.
… pasaron por su lado, y continuaron bajando la escalera como si los persiguiera el demonio, hasta que dejaron de oírse. Luego el portal se cerró con estrépito.
Schramm pegó la cara a la superficie fría de la puerta y respiró profundamente.
Algo había pasado. Lo intuía. Tenía una sensibilidad especial para todo lo espeluznante, aunque estuviera separado de ello por varios muros.
Inka von Barneck…
Inka ocupaba todo el piso superior; sola, por lo que sabía. ¿Se habría precipitado ella escaleras abajo? ¿Serían suyos los gritos?
Empezaron a temblarle las rodillas.
—¡Maldita sea! —exclamó—. ¡Maldita sea otra vez!
Las maldiciones surtieron su efecto y sintió como si alguien le hubiera arrojado un cubo de agua helada para que pudiera pensar de nuevo con claridad. ¿Y si le había pasado algo a la mujer?
Tenía que comprobarlo.
Ladrones, tal vez…
¡Pues claro, alguien había entrado a robar! Ella lo había descubierto, había gritado y el ladrón se había largado a todo correr. La había derribado —de ahí el trompazo—, y se había marchado lo más aprisa posible. Así que el tipo ya no estaba, va no había peligro.
Schramm abrió la puerta con sumo cuidado y miró el rellano a oscuras.
¿Se había movido algo?
No. Solo eran figuraciones suyas.
Sin traspasar el umbral, tanteó la pared en busca del interruptor de la luz, que estaba junto al timbre. Los fluorescentes se encendieron con un zumbido y la luz blanca inundó el rellano. La escalera, la barandilla, todo estaba en su sitio. De puntillas llegó hasta el descansillo, pero de repente sus pies se negaron a seguir avanzando. Se asomó con cuidado por encima de la barandilla y miró hacia arriba. Nada anormal.
—¿Señora Von Barneck? —susurró.
No obtuvo respuesta. Claro, hablaba demasiado bajo. Pero no se atrevía a elevar el tono.
—¿Señora Von Barneck?
Tendría que subir al quinto. La idea lo asustaba. Allí arriba debía de haber sucedido algo grave. Alguna de esas cosas que aparecían a diario en las noticias y que solo les pasaban a otros. «Por favor, solo a los otros».
Arriba moraba el miedo. Su miedo.
«¡Sube de una vez! —se reprendió—. ¿No querías conseguirla para ti? Solo los héroes obtienen su recompensa».
Llegó arriba de un par de zancadas, bueno, casi, pues en el último tramo estuvo a punto de tropezar. La puerta del piso estaba abierta de par en par.
Se detuvo.
—¿Señora Von Barneck?
Desde la oscuridad le llegó como única respuesta un soplo de aire frío.
En un arranque de decisión, subió los últimos peldaños y agarró con ambas manos el marco de la puerta. Ahora que casi estaba dentro del piso, vio la silueta de algún mueble débilmente iluminada por el resplandor de la luz del rellano. Entró, miró a su alrededor en la penumbra y buscó un interruptor. Paseó la mirada por el suelo y de pronto vio la mano…
La mano.
En ese mismo momento se apagó la luz de la escalera.
—Mierda —se lamentó Schramm.
Ya no veía absolutamente nada. Por lo que sabía, había alguien tumbado en el suelo, justo al lado de la puerta de entrada. Pero ¿dónde demonios estaba el dichoso interruptor?
Sintió pánico.
Apretó los puños cerrados contra la boca del estómago, dio un pasito tras otro como un equilibrista y palpó el marco de la puerta, donde intuía que debía de estar la luz. Tenía la sensación de encontrarse demasiado a la izquierda. Su pie tropezó con algo blando y retrocedió asustado.
Lo que había visto era la mano de una mujer. O, al menos, eso creía.
Schramm empezó a tararear una melodía con voz trémula. Se puso en cuclillas y tocó un mechón de pelo largo, como el de Inka von Barneck.
Nada se movió. Recorrió la melena con los dedos y palpó una piel extrañamente fría: la nuca. Deslizó la mano hacia abajo y, por la tela rasgada, la introdujo en algo húmedo y pegajoso.
Profundo. Demasiado profundo.
Y entonces Schramm gritó.
TURNO DE NOCHE
—Y luego añades una docena de chalotas finamente picadas.
—Creía que eran cebollas.
—¡Por Dios, Rabenhorst! Nunca aprenderá. Las cebollas se usan antes, para el relleno. Y las chalotas se echan por encima, cuando la pechuga de pato está ya en el horno.
—¿Y luego se le añade el vino tinto?
—Sí, y la sangre. Antes había para eso una prensa especial en la que se metía todo el costillar para sacar hasta la última gota. La gente cree que un pato tiene mucha sangre, pero no es así.
—No me extraña. Se derrama toda al cortarle el cuello.
—No se derrama nada; ahí está el truco. El pato ha de conservar toda la sangre, por eso hay que estrangularlo.
—¿Qué? ¿Estrangular al pato?
—Exacto —asintió Cüpper.
Rabenhorst miró a su jefe con unos ojos como platos. Con un pico se habría parecido a un pato cuando toma conciencia de que ha llegado su hora, pensó Cüpper. Se hizo el silencio; luego, ambos bajaron la vista. Rabenhorst carraspeó y por fin recuperó el habla.
—Qué muerte tan horrible.
—Pues sí —corroboró Cüpper.
Ante ellos yacía el cadáver de una mujer. Los policías le habían dado media vuelta al cuerpo, de modo que ahora tenía los ojos clavados en el techo. Sus cabellos negros enmarcaban un rostro tan bello como pálido, que hasta hacía poco nacía de un cuello esbelto e inmaculado. Cüpper pensó en María Antonieta. El asesino le había rajado la garganta; era como si la hubiera guillotinado.
Estaba vacía, dentro no le quedaba ni una gota; aquello parecía un matadero.
—¿Sabe si ese pobre desgraciado está listo para declarar? —preguntó Cüpper.
—¿Quién? ¿Schramm?
—¿Quién, si no?
—Iré a ver.
Cüpper bostezó. Era la una y doce minutos de la madrugada. Nada más meterse en la cama había sonado su teléfono. La feliz noticia era que un hombre que chillaba como un histérico decía haber tropezado con un cadáver en el quinto piso del Bazaar de Cologne. «Qué raro —pensó Cüpper—. En los libros y en las películas son siempre las mujeres las que chillan al ver un monstruo, un malhechor o un cadáver. Al huir, tropiezan, gritan de nuevo y tienen que ser rescatadas, de lo que naturalmente se encarga valientemente el protagonista. Cuando las suben a un caballo, especialmente en el Oeste, se caen otra vez, chillando, por supuesto. Si el policía y el malo se pelean, ellas están al lado gritando, hasta que el ensangrentado bueno acaba por fin con el ensangrentado malo».
Cüpper meneó la cabeza. En su vida había conocido a muchas mujeres valientes. Los hombres, en cambio, lloriqueaban como niños.
—Señor Schramm, el señor Cüpper.
—Ah, Schramm.
Aunque aún no había cumplido los cuarenta, Schramm parecía tan muerto como la mujer del suelo. Tenía los ojos irritados.
—Es horrible —susurró.
—Sí, horrible —asintió Cüpper—. ¿Quiere un cigarrillo?
—No —gimió Schramm.
—Cuando la gente está nerviosa quiere un cigarrillo.
—Yo no fumo.
—Muy loable. ¿Conocía bien a Inka von Barneck?
Por la expresión del hombre, Cüpper dedujo inmediatamente que le habría gustado conocerla mejor. Le contó que se habían visto varias veces en la escalera y en el ascensor.
—¿Y nunca había hablado con ella?
—Yo… yo quería… —A Schramm le temblaba la mandíbula.
—¿La ha matado usted?
La mandíbula dejó de temblar.
—¿Cómo dice?
—No, no la ha matado —constató Cüpper—. Perdone, pero hay reacciones que solo se obtienen mediante pequeños y certeros sobresaltos.
—¡Ya he tenido bastantes sobresaltos por hoy! —gritó Schramm, y en seguida se vino otra vez abajo.
Cüpper bostezó de nuevo e hizo una seña a Rabenhorst para que sacara a aquel hombre de allí. Agotado, empezó a inspeccionar el apartamento, donde la policía científica se afanaba ya en buscar las huellas de Godzilla.
La casa de Inka von Barneck estaba en el quinto piso del Bazaar. A ella se podía acceder de dos maneras: desde el rellano de la escalera o a través de la terraza, lo que habría requerido cierta agilidad para trepar. Justo debajo vivía Schramm, y él no era el asesino. No es que tuviera una coartada o que careciera de motivo; sencillamente, no la había matado él: bastaba con verle la cara.
Cüpper echó un vistazo afuera. El piso de la terraza era de madera. Hacía media hora que ya no llovía, pero aún estaba húmedo. De vez en cuando, la luna asomaba por entre las nubes y se reflejaba en los charquitos que se formaban entre las tablas del suelo.
Para que el asesino hubiera accedido a la vivienda por los tejados, debería haber estado abierta la puerta de la terraza. No quería decir nada que ahora estuviera cerrada con pestillo; podría haberla cerrado él mismo una vez dentro. Sin embargo, no parecía probable. En ninguna parte había rastros de humedad ni de suciedad, y eso que no había dejado de llover en casi todo el día. Para entrar completamente seco en el piso, el asesino habría tenido que volar, un método poco habitual.
A Cüpper le vino a la cabeza la escena del crimen, así que volvió al vestíbulo, que era de forma rectangular, de unos cinco metros cuadrados. Estaba decorado de manera sencilla y con gusto, como el resto de la casa, y según se entraba, a mano derecha, había un armario ropero.
Habían encontrado el cadáver junto a la puerta, retorcido, como si Inka von Barneck hubiera intentado en un último esfuerzo arrastrarse hacia afuera. Pero, a juzgar por el estado del cuerpo, eso no tenía mucho sentido. Obviamente, la última acción inconsciente de la víctima había sido alargar las manos. Luego había caído junto al armario. Su mano izquierda aferraba un blazer que había arrancado de la percha. Había caído de bruces, presumiblemente ya muerta antes del golpe. Una vez desplomada, el asesino la había cogido por el pelo, le había echado la cabeza hacia atrás, había sacado el cuchillo… y le había cortado el cuello.
Luego, sin embargo, había hecho algo poco usual: se había marchado sin llevarse el arma, que descansaba junto a la víctima, y eso a Cüpper no le encajaba. En general, esa clase de incongruencias significaban o bien que se trataba de un imbécil redomado o bien de un tipo particularmente refinado, y los tipos refinados no daban más que disgustos.
Además, había otra cosa extraña en el vestíbulo. A unos cuatro metros del cadáver, cerca del cuarto de estar, había una antigua mesita de tres patas volcada. Con su bonita taracea, a Cüpper le pareció tan cara como inestable, pero, sin embargo, había que empujarla con fuerza para derribarla. Por todas partes había cristales, que probablemente fueran de los vasos que estaban sobre la mesa y que se habían roto al caer. Maldiciendo en voz baja, uno de los agentes de la policía científica rebuscó entre el estropicio intentando no cortarse. Con su traje de plástico, el casco y los guantes blancos, a Cüpper le recordó a un insecto gigante.
Se puso en cuclillas junto a él.
—Hay sangre en los cristales —dijo el insecto metiéndolos en una bolsita de plástico, para etiquetarlos a continuación—. A veces me veo como una especie de arqueólogo. ¿Por qué no podemos lanzar gritos de júbilo, pegar todos los trocitos y venderlos al Museo Romanogermánico como una vasija antediluviana? Nos darían mucho dinero por ello y ya no tendríamos que hacer toda esta mierda.
—Haríamos otra mierda distinta. ¿Qué hay de la sangre?
—Un poco en tres cristales y otro poco en la moqueta. A mi entender, alguien metió aquí la mano cuando se tambaleó la dichosa mesita.
—¿Algún otro rastro de sangre entre la mesa y el cadáver?
—Nada. ¡Ah, sí! Krüger ha encontrado algo.
Cüpper se incorporó mientras el insecto seguía revolviendo con cuidado el montón de añicos y apretaba los dientes con fuerza. Pobre hombre. En ese trabajo nada es rutinario; en todo caso, se podía intentar permanecer indiferente. Al fin y al cabo, un cuello degollado no era más que un cuello degollado. La mayor parte de los estómagos se revolvían al ver lo imaginativamente maltrechos que quedaban los muertos, pero por suerte, Cüpper poseía un estómago que en los casos más drásticos solo daba señales de hambre.
Krüger estaba examinando fijamente el marco de la puerta, de modo que ni siquiera se volvió hacia Cüpper.
—Sangre —dijo.
—¿Mucha?
—No. —Krüger era conocido por sus detallados informes.
—¿Algo especial, aparte de la inusitada presencia de sangre en el marco de la puerta?
—Emborronada. Hay dos borrones.
—¿Podrían proceder de una mano?
—Sí.
—¡Por Dios, Krüger! Deje ya de hablar por los codos. Se va a quedar sin aliento.
—Ja.
Krüger se había reído. La noche prometía ser excepcional en todos los sentidos.
En ese instante Rabenhorst llegó a la carrera tirando de Schramm, que para entonces había recuperado un poco de color y miraba con interés.
—Me gustaría hacer ahora mi declaración, si a usted le parece bien.
—Estupendo —se alegró Cüpper—. ¿Quiere un poco de aguardiente?
—Oh, no… quiero decir…
—No es ninguna obligación.
—Es solo que yo creía que esto tenía carácter oficial, y para eso necesito tener la cabeza despejada, porque usted luego levantará acta de mi declaración y…
—Señor Schramm —Cüpper puso con delicadeza las manos sobre sus hombros—. No tiene usted ninguna obligación, pero si le apetece podemos bajar a su piso, donde se sentirá más a gusto. Para tranquilizarse, tómese un coñac, o lo que quiera, y luego me cuenta con calma lo que ha pasado. A mí deme una botella de agua. Pero, por favor, que sea de una buena cosecha.
Las comisuras de los labios de Schramm se curvaron levemente hacia arriba y el hombre pareció relajarse.
Una vez en su casa, Schramm no necesitó un coñac, sino tres. Cuando estuvo más tranquilo, se lanzó a hacer una minuciosa descripción de su situación económica y de su desesperación personal, que había culminado con esa funesta noche de insomnio.
—Ella gritó: «¡Dios mío!». Y otra vez: «¡Ay, Dios mío!». Y creo que otra vez más. —Schramm sintió un escalofrío—. Sí, tres veces seguidas. Luego se hizo el silencio.
—¿Y qué más?
Cüpper bebió un sorbo de agua. Demasiado salada, demasiado ácido carbónico.
—¿Qué más? —Schramm frunció el entrecejo—. Luego oí algo que no supe distinguir y un trompazo, como si algo…
—¿Se cayera? —continuó Rabenhorst.
—Cierre el pico, Rabenhorst —lo censuró Cüpper—. Dígame, Schramm, ¿qué clase de trompazo?
—No estoy seguro. Sonaba bajo, como lejos.
—Pero los gritos no, ¿verdad?
Schramm empalideció de nuevo y se inclinó hacia adelante con aire conspirativo.
—Igual que si estuviera en mi piso, ¿sabe usted? ¡Justamente en mi maldita casa! Como si estuviera aquí, a mi lado.
—¿Quién? ¿La señora Von Barneck?
Schramm alzó las cejas con aire perplejo.
—Sí, claro. ¿Quién, si no?
—Hum. Vale, oyó un trompazo. ¿Cuánto tiempo había pasado desde los gritos?
—Cuatro o cinco segundos. A mí me pareció una eternidad, pero pensándolo mejor…
—Y luego, ¿qué?
—Pues volvieron a pasar unos segundos. Y entonces alguien bajó la escalera a todo correr, como si lo persiguiera el diablo, salió a la calle y…
—¿Por qué lo sabe?
—Porque oí cerrarse el portal.
—Ah, el portal. Entonces usted subió al quinto valiente y decidido y vio la puerta abierta.
—Sí. Dentro estaba todo oscuro y…
—Muchas gracias. El resto de la historia ya lo sabemos, así que le propongo que ahora vaya usted a acostarse.
—¿Acostarme?
—Debo pedirle que se mantenga a nuestra disposición, y eso puede hacerlo perfectamente desde la cama. En lo que a mí respecta, soy capaz de dormir a pierna suelta incluso después de ver una película de terror.
—Pero lo ocurrido esta noche no ha sido una película.
Cüpper sonrió.
—Sí lo ha sido, señor Schramm. Ha sido una película. Un poco de cine, nada más. ¡Rabenhorst, en marcha!
Entretanto, había llegado el forense de guardia. Se quitó la chaqueta, examinó el cadáver, estableció que la hora de la muerte había sido entre las nueve y las doce, se sonó la nariz ruidosamente, volvió a ponerse la chaqueta y se marchó a casa. Rabenhorst se colgó del teléfono para tratar de averiguar algunas cosas sobre la víctima, si es que se podía averiguar algo a esas horas. Cüpper frunció el entrecejo y se dirigió al cuarto de estar, donde había visto un frutero con unas manzanas estupendas. ¿Qué iba a ser de ellas? Sin pedir permiso a nadie, cogió una.
La manzana tenía un sabor exquisito. Solo sus recuerdos sabían a pepino.
Ella se había largado, sin más.
—¡Rabenhorst! —bramó, y devolvió al frutero la manzana mordida.
Se le había pasado por completo su merecido sueño. Rabenhorst acudió a la carrera.
—Inka von Barneck… —empezó.
—Lo sé.
—Metro sesenta y nueve, pelo negro…
—Eso también lo sé. Cuénteme algo nuevo. ¿Para qué se le manda llamar por teléfono?
—… cuarenta y tres años, nada especial. Es decir, hasta hace un momento. ¡Agárrese! Era la mujer del millonario empresario inmobiliario Fritz von Barneck.
—¿Millonario empresario inmobiliario?
—Por ese orden.
Cüpper dejó escapar un silbido.
—¡Claro, hombre! Llevaba un rato pensando de qué me sonaba a mí ese nombre. ¡Von Barneck, claro! ¿No es el que está causando furor en no sé qué planes de rehabilitación para Eigelstein?
—Sí, venía en el periódico.
—¿Y qué estaba haciendo ella aquí? Dudo que los Von Barneck vivan en el Bazaar de Cologne.
—La mujer compró el piso hace escasamente dos años, a su nombre. No tengo ni idea de si ha vivido siempre aquí o solo esporádicamente. Los Von Barneck poseen un caserón enorme en Marienburg.
—¿Dónde, si no? —observó Krüger, que, armado con su maletín, había interrumpido las pesquisas en el cuarto de estar.
—No se deje impresionar tan fácilmente —dijo Cüpper—. Marienburg no es más que una exclusiva montaña de deudas. La gente que realmente tiene dinero vive en Bonn.
—Entonces, Von Barneck es la excepción —constató Rabenhorst—. Es tan rico que se lo huele desde Nippes.
—¿Alguna otra cosa?
—De momento, no.
—Bien. ¿Quiere una manzana?
—¡Jefe! No debería comerse siempre las cosas de los demás.
—Los demás están muertos. Y las manzanas son buenas. No ponga el grito en el cielo; a esa mujer no la han envenenado con una Granny Smith. ¿Ha llamado a Von Barneck?
—No. Además, esas manzanas están apergaminadas.
—Cómo se ve que no tiene ni idea. Las mejores manzanas son las pequeñas y arrugadas. Bueno, vayamos de una vez a Marienburg.
—¿No podemos esperar hasta mañana?
—No, no podemos.
Rabenhorst se encogió de hombros, resignado. Una vez en el rellano de la escalera, se detuvo, miró indeciso hacia adentro y dio media vuelta. Cuando salió de nuevo, masticaba con la boca llena.
Si algo había que reconocerle a Cüpper es que era un entendido.
LA VILLA
Recorrieron el Ring en dirección a Chlodwigplatz y giraron por Bonner Strasse. Allí todavía se respiraba un ambiente urbano. Bastaba con cruzar la carretera de circunvalación y meterse en Marienburger Strasse para que ya fuera otro mundo. Oscuras y silenciosas, las casas señoriales flanqueaban el camino tímidamente retranqueadas, como si quisieran guardar las distancias con los transeúntes que pasaran por allí. Transeúntes como Rabenhorst y Cüpper.
Se internaron en Goethestrasse. Su objetivo se ocultaba tras el muro que formaban unos setos de la altura de un hombre. Por un momento, Cüpper pensó que habían pasado de largo, pero luego vio el descolorido gablete del tejado recortado contra el cielo e intuyó que Fritz von Barneck había hecho justicia a su profesión en beneficio propio. Entre los setos destacaba el cuadrado de una gran puerta de garaje.
En ningún sitio había ni la más mínima lucecita. Marienburg era fantasmagóricamente discreto.
Estuvieron buscando un timbre durante cinco minutos, hasta que Cüpper llegó a la conclusión de que en ese mundo toda forma de comunicación tendría lugar a través de mensajeros montados a caballo. Finalmente, Rabenhorst metió la mano por entre unas zarzas y pulsó un botón al tiempo que maldecía.
No pasó nada.
—¿Está seguro de que era el timbre y no un dispositivo de disparo automático? —se guaseó Cüpper.
—¿Está usted muerto?
—No.
—Entonces era el timbre.
Rabenhorst se puso de puntillas para atisbar por encima del seto. De repente oyeron un chasquido.
—¿Qué desea? —preguntó una voz desde el interfono, hasta entonces bien camuflado.
—Policía de la brigada de investigación criminal.
—¿Le importaría mostrarme su identificación?
¿Acreditarse allí fuera? Cüpper miró hacia arriba y vio el ojo inexpresivo de una cámara. Sacó su carnet y lo pegó a la lente.
—Me temo que no va a reconocer gran cosa en la oscuridad —dijo.
—Eso no es ningún problema —respondió el otro con un chirrido—. Se trata de una cámara de infrarrojos.
Tras un breve clic, la puerta comenzó a desplazarse sin hacer apenas ruido en dirección al seto. Tras ella apareció una rampa que, a los pocos metros, describía una curva y desembocaba en el garaje, desde donde partía un camino para recorrer a pie.
Allí, en medio de la niebla opalina, se hallaba la villa.
Era enorme.
Unos grandes miradores con forma de arco flanqueaban una gran puerta, cuyas hojas se habían abierto y ahora bañaban la oscuridad con luz amarilla. En el primer piso se veía una imponente terraza sobre la que se alzaba hacia el cielo una lúgubre sierra de puntiagudos gabletes. Cüpper no pudo evitar acordarse de Edgar Allan Poe.
Como si de una pincelada se tratara, en el rectángulo luminoso de la puerta apareció una figura. Cuando los policías se acercaron, vieron a un anciano de corta estatura con la fisonomía de un roble milenario. El amplio albornoz y la expresión patética de su rostro le conferían el aura de Alberich, el rey de los nibelungos. Levantó la ceja izquierda y miró a uno y a otro con interés.
—Buenas noches, caballeros. Su presencia hace estallar el marco de lo cotidiano.
—¿El señor… Von Barneck? —preguntó Cüpper sin acabar de creérselo.
A lo lejos retumbó débilmente un trueno.
—No, señor comisario. Yo soy, si me lo permite, el mayordomo del señor Von Barneck, por más que en Alemania no sea muy habitual gozar de esta noble tradición. ¿Tendría la bondad de decirme a qué debo su visita?
—Lo siento, pero debo hablar personalmente con el señor Von Barneck.
—Entiendo. En seguida bajará. Mientras tanto, hagan el favor de pasar.
Cüpper dirigió una furtiva mirada a la biblioteca y a una sala que parecía un inmenso comedor. Del tragaluz que había en lo alto del vestíbulo, a cuyos lados se extendían las balconadas del primero y del segundo piso, colgaba una enorme araña de cristal. El anciano los condujo directamente debajo. «Si ese chisme se cayera ahora —pensó Cüpper—, ya no tendría que preocuparme por nada ni por nadie. Todos los males de este mundo quedarían hechos añicos». Pero entonces tampoco podría ir al mercado a oler tomates italianos; nunca más podría dejarse seducir por viejos oportos, ni sorber caipiriñas en el Rosebud mientras escuchaba con entusiasmo a la banda de jazz. Y sobre todo, nunca más podría meter una segunda pajita entre los trocitos de lima para compartir la copa con una de las hermosas criaturas que poblaban la noche de Colonia.
Miró con recelo hacia arriba.
De las oscuras habitaciones colindantes salió apresurada una mujer de poderosas hechuras. Al verla venir, el anciano puso los ojos en blanco.
—Elli, vuelve a la cocina. Estos señores son de la brigada de investigación criminal. Quieren hablar con el señor Von Barneck; no creo que tu presencia sea precisamente de su agrado ni les sirva de gran provecho.
—No hables de una forma tan engolada.
—Elli, por favor.
—Schmitz —dijo ella con una sonrisa radiante al tiempo que estrechaba la mano de Cüpper y Rabenhorst—. Él también se llama Schmitz. ¿Les has vuelto a contar que eres el mayordomo? —regañó al viejo—. Es un criado, ¿saben?, y también el chófer. Lo del mayordomo lo ha sacado de una de esas novelas inglesas. Yo siempre le digo: «No deberías leer esos libros en los que continuamente están matando a la gente, no te conviene». Además, tendría que ponerse gafas; se está estropeando la vista, y luego se queja.
—¿Qué hace usted a estas horas todavía en la cocina? —preguntó Rabenhorst, extrañado.
La señora Schmitz puso los brazos en jarras.
—Eso mismo me gustaría saber a mí. Ya no soy ninguna jovencita. Es que el señor Von Barneck ha tenido hoy una recepción importante y, claro, había un montón de pucheros, sartenes, vasos y cubiertos por fregar. Podría haberlo hecho mañana, pero ¿acaso no es el hombre el peor enemigo de sí mismo? Sencillamente, no puedo dejar los platos sin lavar. ¿Con qué se encontraría el señor Von Barneck si mañana fuera a la cocina? En realidad entra allí muy rara vez, de manera que podría acostarme. Pero a todos los que hicimos la guerra se nos bajaron los humos; allí nadie te preguntaba si querías ir a acostarte. Eso de recogerlo todo en un periquete se lleva en la sangre; además, las personas mayores no necesitamos dormir tanto. En lo que a mí respecta…
—Es mi mujer —la interrumpió el anciano—. Hace la comida.
—¡Y sirve la mesa! —dijo la señora Schmitz—. ¡Y limpia!
—Senta, ci scusi tanto —la voz venía de arriba.
Cüpper dirigió la mirada hacia el balcón del primer piso. Dos hombres en pijama se apoyaban en la baranda, uno de los cuales bostezaba ferozmente.
—Ce qualche problema? —preguntó el otro a los de abajo.
—Nessun problema —respondió tranquilamente el criado—. Allora ci dispiace tanto di averla disturbata. I due signori sono della polizia.
—Polizia! —exclamó el otro—. Santo cielo, é sucesso qualche cosa?
—Speriamo di no. Io penso che i signori ci racconteranno il fatto.
—A todo esto, sepan ustedes, esos dos no hablan alemán porque no quieren —le susurró la cocinera a Cüpper en tono despectivo.
La mujer tenía la barbilla llena de pelos que parecían prolongarse hasta los dientes.
—¡Qué cosas tiene! —cuchicheó Cüpper—. ¿Y quiénes son esos caballeros?
—Contactos de negocios del señor procedentes de Italia. Como ya le he dicho, el señor Von Barneck ha ofrecido esta noche una recepción. —Su rostro adoptó un aire triunfal—. Ha de saber que tenemos siete habitaciones para invitados.
—Elli —replicó Schmitz—, al comisario no le interesa saber cuántas habitaciones de invitados tenemos. Ve a la cocina o a la cama, pero vete. Realmente no creo que puedas ayudar a los señores, y además, en seguida…
—Buenas noches.
Todas las cabezas se alzaron al mismo tiempo. En la segunda balconada destacaba la figura de un hombre alto. Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando a la gente que alborotaba en el vestíbulo. Luego bajó la escalera que unía la planta baja con los pisos superiores. Por la frente y por la nuca le caía un abundante pelo blanco que le daba un aire leonino.
Sus ojos grises escudriñaron a Cüpper y a Rabenhorst con una mezcla de enojo y curiosidad.
—Soy Fritz von Barneck —dijo finalmente.
Cüpper le devolvió la mirada. Durante un momento, ambos se quedaron petrificados.
Cüpper decidió abreviar.
—¿Cree usted que estaba conmovido o que le daba igual? —preguntó Cüpper una vez de vuelta en el coche.
Rabenhorst se frotó varias veces el puente de la nariz. La entrevista había durado poco. Al principio la noticia había dejado mudo a Von Barneck. Lo que dijo después fue más que escueto. No, no había visto a su mujer desde hacía varios días. No, no sabía de nadie que pudiera haber cometido el asesinato. Cuando todavía le estaban interrogando, había dado media vuelta y los había dejado plantados. Mientras tanto, Schmitz, consciente de su deber, había ido de un lado a otro con el entrecejo fruncido. Su mujer, en cambio, se había quedado sin habla y se había echado a llorar a lágrima viva. Los dos italianos habían intercambiado una mirada y se habían retirado discretamente.
—¿Cuál es su opinión?
Cüpper clavó la vista en la calle oscura.
—Digamos que Von Barneck tiene una coartada. Ha pasado toda la noche con sus invitados. Suponiendo que la mujer fuera asesinada entre las nueve y las doce, de lo que no me cabe duda, está a salvo.
—Lástima. Habría sido fácil.
—Rabenhorst, no sea vago. Si cualquier mentecato pudiera resolver casos criminales, usted tendría que dormir debajo del puente Deutzer.
—Bueno, aun así…
—De eso nada. Me juego mi cocina de gas a que esos dos no tenían mucho que decirse, pero lo cierto es que él ha pasado toda la noche en la villa.
—Además, tiene muchos testigos —corroboró Rabenhorst en el tono de un hombre al que se le han disipado las dudas—. ¿Volvemos al escenario del crimen?
Cüpper asintió en silencio.
HUELLAS
Para entonces había empezado a llover otra vez. Al día siguiente también llovería. Menudo verano.
Cüpper se bajó del coche en el Bazaar y envió a Rabenhorst a su casa. En el piso, los agentes de la policía científica seguían trabajando, sacando fotos y maltratando las alfombras del cuarto de estar con cintas adhesivas para pescar pelos o pelusas. Cüpper se paseaba entre ellos sin tener nada concreto en mente.
Era como ligar. Si te empeñas, vuelves solo a casa. Pero si sales sin ningún propósito en mente, te suceden las cosas más divertidas. Cüpper sabía que muchos policías no encontraban nada en el lugar del crimen porque partían de la base de que el criminal se había atenido a un modo de proceder oficial. Entonces recordó un relato de Poe en el que buscaban febrilmente una misiva que, durante todo el tiempo, había estado en un portacartas, delante de las narices de todo el mundo, de un modo tan evidente que nadie había reparado en ella.
Cüpper prefería hacer todo lo contrario: dejar que las huellas lo encontrasen a él. Se movía en un mundo desconocido, el del asesino. No podía conocer los indicios ni intuir los detalles que lo hicieran avanzar, pero podía recorrer la casa y dejarse sorprender.
Como primera medida, se comió las dos manzanas que quedaban. Los hombres de Krüger lo habrían echado de allí a patadas, pero en ese momento acababan de entrar en el dormitorio. Estupendo. Así estaría más tranquilo.
Sin prisas, regresó al vestíbulo, se quedó mirando la enorme mancha y esta le devolvió la mirada. Un ojo monumental de sangre coagulada, un misterio indescifrable. Lo que hubiera ocurrido allí cobraría vida en el Schwarzer See, siempre y cuando se supiera mirar bien.
Cüpper se acercó. Poco a poco fue reconstruyendo la escena en torno a la víctima: la habían encontrado encogida, entre el armario y la puerta, aferrada al blazer tan fuertemente que hubo que romperle los dedos. Justo al lado estaba el cuchillo manchado. Aspiró el olor metálico de la sangre y se concentró en el arma. En su lugar, vio a Inka von Barneck de pie, con la cara vuelta hacia el armario y, tras ella, la sombra oscura. Se imaginó que él era la mujer. La habían agarrado del pelo y tirado de él mientras el cuchillo descendía como la barrera de un Paso a nivel. En la caída había levantado los brazos.
Cüpper se sorprendió a sí mismo con los ojos cerrados.
El olor a sangre se hizo cada vez más intenso. Incriminatorio, putrefacto. La mirada interior del comisario, ahora desde la perspectiva del asesino, contempló a la mujer que tenía delante, degollada por su propia mano. Tranquilamente, dejó el cuchillo a su lado.
Y se relajó.
De repente supo lo que lo había irritado del arma.
El olor se había disipado; solo había existido en su mente. Lo que quedaba era una mancha grande, nada más. Cüpper se permitió esbozar una sonrisa de satisfacción y se dirigió al dormitorio.
La cama estaba bien hecha, con las sábanas estiradas y la almohada convenientemente sacudida. Sin edredón. Desde hacía algunas semanas reinaba un bochorno sofocante en la ciudad de Colonia, que se hallaba encajonada en un valle. A pesar de los continuos chaparrones y tormentas, por la noche resultaba imposible pegar ojo, porque el aire era como engrudo caliente. Probablemente Inka von Barneck no soportaba dormir con nada encima, al menos nada textil.
Cüpper examinó minuciosamente la almohada.
—No hay pelos —dijo la voz de Krüger desde debajo de la cama.
—Qué raro.
Krüger asomó la cabeza; su cara era como una máscara inexpresiva.
—Ha dormido sola.
—¿Y no hay pelos? ¿Ni siquiera suyos?
Krüger lo miró como si estuviera considerando no responder a una pregunta tan estúpida.
—Naturalmente —dijo por fin, y desapareció de nuevo.
Cüpper se dio por vencido. Allí sobraba.
En el cuarto de estar, la avaricia se apoderó de él. Se puso un par de guantes de látex, se agachó a cuatro patas y examinó con la lupa cada centímetro cuadrado del suelo. Los agentes de la policía científica habían hecho un buen trabajo, pero no obstante… él era mejor que el impertinente de Krüger. Lo cierto es que al cabo de un rato encontró algo: un objeto brillaba en la alfombra, delante del sofá. Lo cogió con cuidado y vio que se trataba de una lentejuela.
Inka von Barneck no llevaba un vestido de lentejuelas. Cüpper se levantó y abrió uno por uno todos los armarios y cajones. Tenía cantidad de ropa, pero nada adornado con lentejuelas.
El suelo estaba limpio. Era evidente que lo habían limpiado hacía poco; al menos habían pasado la aspiradora. De lo que se deducía que la lentejuela no debía de llevar mucho tiempo allí.
¡Una lentejuela! Bueno, por lo menos tenía algo…
Cüpper, a punto de reventar de malicia, volvió al dormitorio con la intención de dejar a Krüger con un palmo de narices. Pero fue como hablar con la pared. El otro, impertérrito, tomó nota del hallazgo, lo etiquetó y de inmediato perdió interés en el objeto.
Menudo idiota.
Cuando Cüpper se disponía a largarse ya, su mirada recayó en el teléfono que había junto al sofá. A su alrededor había un poco de todo: libretas, críticas de discos recortadas de los periódicos, un programa del auditorio, varios bolígrafos y un pequeño bloc con algo escrito en la primera página. Un número de teléfono, nada más.
Una voz interior le decía que tenía que llamar a ese número. Una voz ubicada muy al fondo de su cabeza.
Copió el número, pidió que le dejaran las llaves del coche oficial de la policía científica y llamó por radio a comisaría. Al cabo de pocos minutos ya tenía el nombre y la dirección: Astrid Hasling, Overstolzenstrasse, en la zona de Volksgarten.
«Ve allí», le dijo impaciente su voz interior.
Cüpper reflexionó un instante. «Luego», se dijo.
La voz lo apremió: «Luego quizá sea demasiado tarde». Cüpper le dio largas: «A media mañana». El resultado fue que la voz interior se enfadó y se retiró al último rincón de su cabeza. Ella era así: genial, intuitiva, espontánea. Pero a veces, también, un poco caprichosa.