Hambre asesina

Frank Schätzing · Capítulo 4 de 8

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Hambre asesina

Segundo Día

 

DESAYUNO

La Reina de Saba hacía tanto ruido al masticar que Cüpper temió que los muertos se despertaran.

Aunque era primera hora de la mañana, en el instituto forense reinaba ya una gran actividad. Al parecer, algunos colonienses desahogaban en otros su frustración por la persistente lluvia, pero no por eso dejaba de llover.

—¡Cüpper!

—Brauner lo saludó de muy buen humor con un vaso de café en la mano.

—¡Santo cielo, qué pálido estás!

—Duermo mal.

—¿Tú? Eso es nuevo. ¿Desde cuándo?

—Desde hace algunos días. ¿Está bueno eso?

—Desde luego. Mira, salchichas caseras, pan de especias y… —la Reina de Saba cogió un huevo duro— ¡huevos de gallinas seleccionadas!

Cüpper echó una ojeada a los dos cuerpos entre los cuales Brauner daba comienzo al día. El pecho de uno estaba completamente abierto. El otro estaba intacto, salvo por unos cuantos extraños agujeros en la cabeza. Brauner tragó un pedazo grande de salchicha y señaló los cadáveres.

—A este le han disparado —dijo masticando con deleite.

—¿Y ese?

—También le dispararon. Pero no se dieron por satisfechos con eso.

—¡Qué horror! Dame un trozo de pan de especias.

—Antes lo ataron a la cama de modo que no pudiera moverse y le sacaron los ojos. Mira, así.

Brauner arqueó los pulgares y los índices y apretó las cuencas de unos ojos imaginarios.

—¿Dónde sucedió eso?

—Detrás de la estación, en ese hotel cutre donde el año pasado atacaron a una niña rubita con una sierra circular…

—Es suficiente.

—Bueno, tómate un café. Siento que ayer no me diera tiempo a terminar lo tuyo. Ya ves cómo estoy de liado. A cambio, te felicito: tenías razón.

—Claro que tenía razón —murmuró Cüpper.

—Se ve por la dirección del corte. Empieza muy superficial, luego se vuelve más profundo y después traza un leve zigzag. Si el asesino llegó efectivamente por detrás, de lo que no me cabe la menor duda, definitivamente estamos ante un zurdo.

—Ajá —dijo Cüpper triunfante—. Solo falta el análisis de sangre.

—A propósito, Krüger quería verte hace un momento. Se ha pasado por aquí, rajando por los codos, como de costumbre. Naturalmente, he sentido curiosidad, por lo que ahora estoy en condiciones de estropearle la sorpresa. —La Reina chasqueó con la lengua—. ¿Lo hago?

—No necesito más sorpresas —contestó Cüpper—. ¿Qué ha dicho Krüger?

—Que algunas de las manchas de sangre no son de nuestra bella Inka, sino de otra persona.

—¡Ah, bueno!

—Da la impresión de que ya lo intuyeras —Brauner parecía decepcionado.

—Intuir es poco. Eso confirma una teoría.

—¿Tenéis alguna pista?

—Posiblemente tenemos algo más que eso. Rabenhorst ha ido a detener a alguien. ¡Eh! ¿Qué son estos trochos que hay en el pan de especias?

—Tocino con nabicol. Mantenme al corriente.

—Lo haré. Y gracias por los buenos alimentos.

—De nada. El desayuno de los cadáveres.

Cüpper meneó la cabeza.

—Dime, Reina, ¿qué lleva a un hombre de ingenio como tú a elegir esta profesión?

Brauner sonrió y acarició la pantorrilla del que no tenía ojos.

—Las personas, Cüpper, las personas. Me gusta relacionarme con ellas.

COMISARÍA

Astrid Hasling estaba blanca como la pared. Sentada en el despacho de Cüpper, tiritaba mientras se despellejaba con la uña del pulgar los dedos de la mano derecha y sostenía con esfuerzo una taza con la izquierda.

Durante todo el rato había estado llorando en voz baja. Ahora tenía los ojos enrojecidos clavados en un punto fijo y guardaba silencio.

Ni Rabenhorst ni Cüpper habían logrado sonsacarle nada tras la detención. No había confesado ni tampoco negado nada. Lo único que hacía era tomarse un café tras otro, sollozar y guardar silencio de nuevo. Era como si hubiera terminado con todo, como si la cuestión de la culpabilidad, en comparación con su vida destrozada, careciera de importancia. A Cüpper le recordaba a una niña pequeña que se tapa los ojos para que no la vean. Le daba pena.

Krüger entró en el despacho y le dijo algo al oído. El comisario asintió y agarró suavemente a Astrid por los hombros.

—Ya tengo los resultados del análisis de sangre y de las huellas dactilares —dijo en voz baja—. Como debe de saber usted, hay huellas suyas en el cuchillo. Y también hay sangre suya en el marco de la puerta y en los pedazos de cristal. Astrid, ya ha pasado todo. Ahora díganos lo que ocurrió, ¿de acuerdo?

Ella alzó la vista y abrió la boca. Luego sacudió la cabeza con fuerza y se echó a llorar de nuevo.

—¿Por qué lo hizo? —preguntó Rabenhorst en un tono demasiado alto.

Cüpper le lanzó una mirada de reproche. El inspector, consciente de que había metido la pata, se estremeció y fue hacia la ventana.

Astrid siguió despellejando el lecho de la uña de su dedo índice. Parecía no sentir el dolor. Cuando Cüpper vio que empezaban a sangrarle los dedos, le cogió la mano derecha.

—Cuanto antes nos lo cuente, mejor.

—No —gimió ella.

Cüpper suspiró. Cómo odiaba esos momentos.

—No tiene ningún sentido. ¿Qué es lo que nos quiere ocultar? ¿Por qué se atormenta en lugar de aliviar su corazón de una vez?

—No.

—Se sentirá mejor.

—No.

Astrid empezó a respirar entrecortadamente. «Un indicio de shock — pensó Cüpper—. Más vale que lo dejemos».

—Está bien, tranquilícese. Más tarde hablaremos.

—¡No!

—Más tarde, señora Hasling.

—¡No! —gritó ella.

Sus manos se aferraron a la camisa de Cüpper manchándola de rojo. Él se las apartó cogiéndolas por las muñecas.

—Tranquila, Astrid —dijo—. Quédese…

Astrid Hasling se soltó, se levantó de un salto y se dirigió tambaleándose hacia la ventana. Casi al mismo tiempo, Rabenhorst y Cüpper la sujetaron. Cuando Cüpper la atrajo hacia sí, sabía que ya no había manera de parar la crisis. El cuerpo de la mujer se sacudió repetidas veces y luego se desplomó.

—¡Rabenhorst, aprisa! ¡Un médico!

Cüpper la dejó caer con cuidado al suelo.

—Astrid —dijo, apurado—. ¿Puede oírme? Responda.

De su garganta salió un gemido. Lentamente, giró los ojos y, parpadeando, los puso en blanco. Luego empezaron las convulsiones y las sacudidas bruscas. De sus dientes apretados salió una espuma macilenta que le caía por ambos costados de la barbilla. Cüpper sujetó sus brazos contra el suelo; era como si luchara contra un terremoto. Finalmente, se tumbó encima de ella hasta que poco a poco cesaron las convulsiones.

En ese instante Rabenhorst entró corriendo con dos camilleros y el médico.

—¿Qué le pasa?

—¡Maldita sea! —jadeó Cüpper levantándose del suelo.

Tenía la frente perlada de un sudor frío. Los hombres se arrodillaron junto al cuerpo doblado, le abrieron la blusa y le desabrocharon el cinturón de los vaqueros. Las manos del médico palparon y tentaron rutinariamente el cuerpo de la mujer.

—¿Epilepsia? —preguntó Cüpper.

—Sí. Le voy a poner una inyección. De momento no se puede contar con ella.

—Qué mala pata —protestó Rabenhorst.

El médico se encogió de hombros.

—¿Es importante para su caso?

Cüpper se pasó la mano por el pelo y respiró hondo. Tuvo la impresión de que habían pasado años desde el desayuno que había compartido con Brauner, hacía dos horas.

—Es una asesina —gruñó Rabenhorst.

—Entonces es importante. ¡La camilla!

Sacaron a Astrid Hasling de la habitación. Cüpper los siguió un trecho y se apoyó en la pared del pasillo. A menudo ocurría que los sospechosos, cuando se probaba su culpabilidad, perdían de repente el control sobre sí mismos. De todas formas, nunca se había encontrado con nada parecido. ¡Epilepsia! La enfermedad de los dioses.

Pero los dioses no estaban de parte de ella.

¿Astrid Hasling, una asesina?

Cüpper no acababa de creérselo, pero al mismo tiempo todo indicaba que así era: las huellas en el arma homicida, la sangre en los cristales, ¡toda la dichosa historia!

Regresó a su despacho sintiéndose insatisfecho como hacía mucho que no se sentía.

—Bueno, por lo menos la tenemos a ella —opinó Rabenhorst cuando fueron juntos a la cafetería de la comisaría.

—Todavía no tenemos nada —gruñó Cüpper.

Rabenhorst alzó las cejas desconcertado.

—¿Acaso lo duda, después de los resultados de los análisis? ¡Pero si el caso está clarísimo!

Cüpper se encogió de hombros con impaciencia.

—Ya veremos.

—Por favor, jefe. Ella empuñó el cuchillo como usted va a empuñar uno dentro de un rato. ¿Qué dudas tiene?

—Bueno, vale.

—¿Cogió ella el arma del crimen o no? ¿Estuvo en el piso o no? ¿Hay sangre suya en el marco de la puerta o…?

—Que sí, hombre —admitió Cüpper con desgana.

—No entiendo su problema.

—¿Mi problema?

Cüpper echó un vistazo al menú del día y dio media vuelta. Rabenhorst se quedó perplejo.

—¡Por Dios! ¿Y ahora qué pasa?

—Mi problema son las hamburguesas al estilo policíaco. Usted vaya a comer tranquilamente, Rabenhorst. Yo tengo que cavilar.

El inspector se lo quedó mirando boquiabierto. Luego le llegó el olor de la carne picada frita y decidió no dejarse aterrorizar nunca más por los caprichos de Cüpper.

¡Nunca jamás!

Al menos, no hasta después de la pausa para comer.

EVA FELDKAMP

Cuando Cüpper salió a la calle, la vio acercarse desde lejos a través de la débil lluvia que caía. Aunque llevaba unos tacones de, como mínimo, ocho centímetros, corría con elegancia y agilidad. Con su capa y un sombrero de ala ancha, le pareció tan irreal como las criaturas que salían en los anuncios de H una instantánea, algo que en realidad no existe y, sin embargo, es precioso.

—¡Señor comisario!

Él se acercó a ella tranquilamente. A cada paso se sentía de mejor humor. En los últimos metros que los separaban, se enamoró perdidamente de sus piernas, y se sintió feliz cuando ella llegó sin aliento a su lado.

—¿Casualidad o fe en Dios? —preguntó él sonriendo.

—Lo he llamado por teléfono. —Eva Feldkamp arrugaba un pañuelo diminuto—. Me han dicho que estaba en su despacho. ¿No le han avisado de que venía?

—No —confesó, extrañado.

—Hace un cuarto de hora he… ¡Porras!… ¿dónde estará?

Revolvió el bolso. Cüpper se acercó con curiosidad y carraspeó.

—¿Quiere que la ayude?

—Sosténgame esto. —Antes de que Cüpper se diera cuenta, ella le tendió un lápiz de ojos, y sus dedos desaparecieron de nuevo en terreno vedado—. Y esto. —Esta vez sacó un paquetito de kleenex seguido de un encendedor—. Y la pluma. ¡Cuidado con ella, que me ha costado muy cara! Maldito chisme, ¿dónde te habrás metido?

Estaba claro que el maldito chisme anónimo había emprendido una fuga bien planeada de un rincón a otro del bolso, pues Eva fue sacando un espejito redondo, un peine, dos barras de labios y trescientos marcos sin que apareciera.

—Espere, no tan aprisa. —Cüpper, temeroso, se cambió de mano el espejito y el carmín—. ¿Cómo demonios ha podido meter todo esto en el bolso?

—Con una técnica de aplicación ergonómica. ¿Quiere un chicle?

—Ahora mismo no puedo.

—Da igual. ¡Ah, aquí está!

Con gesto triunfal, pescó un papelito doblado de las profundidades inexploradas de su bolso y se lo dio a Cüpper.

—Para usted.

Cüpper miró desvalidamente sus manos repletas de objetos. Ella soltó un gritito simulando estar escandalizada y, con una velocidad y una precisión increíbles, lo devolvió todo a su entorno natural, hasta que ya no quedó a la vista nada más que el bolso atiborrado y el papelito en la mano del comisario.

—Ábralo —dijo ella, radiante de alegría.

Indeciso y al mismo tiempo ilusionado, Cüpper desdobló el fino papel. Era la receta de la tarta tatin. Cüpper se conmovió casi hasta las lágrimas.

—¿Y ha venido hasta aquí por eso?

Ella negó con la cabeza y se echó a reír.

—No solo por eso. Quería contarle algo. Por supuesto, si se le ocurre una alternativa a dejarme aquí plantada bajo la lluvia.

—Me disponía a comer.

—De acuerdo.

Cüpper cogió el coche y se dirigieron a Apropos, una atrevida mezcla de boutique, supermercado para gourmet y restaurante emplazado bajo una bóveda de cristal. Allí acudían quienes tenían suficiente dinero como para plantearse el hecho de ir, pero no lo bastante como para no contarlo después. En el espacioso patio interior se repantingaba gente con estilo en butacas de diseño. Toda la tienda ocupaba una única superficie irisada. Quien entraba en ella se volvía inmediatamente más guapo o más invisible, según su situación económica. A Cüpper le encantaba Apropos, pese a que los precios parecían más propios de salteadores de caminos. Apropos otorgaba a la ciudad el glamour de otros tiempos; gracias a él, la gente de Düsseldorf iba de compras a Colonia, y además la cocina era excelente. Eva Feldkamp se sentía en su ambiente, como si toda aquella catedral del consumo hubiera sido erigida exclusivamente para ella. En realidad, pensaba Cüpper, había mil razones para ir allí, siempre y cuando uno no tuviera alergia a los yuppies.

—No deje que le coman la cabeza —murmuró Cüpper mientras se hacía con una mesa para dos— y pida el escalope a la vienesa.

—Hecho. ¿Con qué bebida lo acompañamos?

—Al mediodía habría que prescindir del alcohol.

Ella se quedó desconcertada, pero finalmente asintió y pidió agua. El camarero se dirigió entonces a Cüpper.

—¿Y usted?

—Una copa de Petit Chablis —dijo Cüpper.

—¿Petit Chablis? —exclamó Eva—. Pero si acaba de decir que…

—Soy una persona de carácter débil.

—¡Me ha engañado!

—Lo subsanaré. ¿Por qué ha pedido agua? ¿Solo porque se lo he dicho yo?

—Qué vanidoso es usted —repuso ella con una sonrisa—. Se divierte haciendo este tipo de cosas, ¿no es así?

—Soy policía. Sé que, inconscientemente, la mayor parte de la gente hace lo que otros esperan que hagan. Creen actuar según su propia voluntad, de la que están tan orgullosos. Si la cosa fuera de otro modo, tendría menos trabajo. —Esbozó una sonrisa burlona—. Y sí, soy vanidoso, no lo negaré.

—¿Quiere decir que la mayor parte de los delitos ocurren porque las personas son manipuladas?

—Quiero decir que siempre hay alguien que se inventa las maldades y otros que lo secundan. El carisma es la causa de muchas canalladas.

—Jack el Destripador actuaba solo —objetó Eva, no sin cierto orgullo.

—Eso no se ha demostrado —replicó Cüpper—. El Destripador probablemente ni siquiera existió, sino que fue una invención de los políticos para encubrir otras cosas. Si le interesa saber lo que entiendo por coautoría, eche un vistazo a nuestro pasado corrupto. Y más atrás. Acostúmbrese a contemplar a personajes históricos como Napoleón o Julio César como unos inveterados criminales sin escrúpulos con capacidad para interesar a otros en sus objetivos. Esa clase de personas se crean un séquito al que eximen por decreto del pensamiento y, por tanto, también de toda responsabilidad. Los carismáticos son los más peligrosos; como mínimo tienen un cómplice, sin el cual no podrían progresar. Paradójicamente, ese ayudante es el que les puede costar la cabeza porque no pueden controlarlo al ciento por ciento. Los cómplices son los puntos débiles del crimen; no porque fallen a la hora de cometer el delito, ¡pero sí después! Algunos se vuelven escrupulosos, otros se van de la lengua y, de esta manera, tarde o temprano hacen que fracase un plan teóricamente perfecto. Los criminales listos lo saben.

—¿Y no buscan cómplices?

—Sí. —Cüpper se deleitó dando un largo trago a su vino—. Pero después los matan.

—Dios mío. —Ella frunció el ceño—. Qué historias tan espeluznantes cuenta usted…

—Por desgracia, usted aparece en una de ellas.

—Sí, por desgracia. Sinceramente, estoy preocupada por el asunto de ayer por la tarde.

—¿Qué asunto?

—Su visita. La intención de Fritz era hablarle con franqueza, pero me temo que no se hizo ningún favor a sí mismo ni tampoco a Max.

—¿Por qué?

—¡Por su modo de expresarse! —dijo Eva, indignada—. Estuvo torpe, y Fritz lo sabe. Odia cometer errores, pero esta vez ha cometido uno. Por eso estaba tan furioso.

—A mí no me importa lo más mínimo que tenga un doble —repuso Cüpper.

—No, pero ahora creerá exactamente lo que no debe creer. En fin, para su información, le diré que Fritz está a salvo. Fue el anfitrión de sus invitados, y eso se puede demostrar con facilidad.

—¿Cómo?

—De eso quería hablar con usted. Anteayer, Max y yo estuvimos comiendo en la villa. Luego nos retiramos al despacho de Fritz para hablar de algunas cosas. Hacia las cinco me marché a hacer unas compras y algunos recados personales. Max se quedó dos horas más porque quería poner al corriente a Fritz de varias transacciones. Ya sabe, la rehabilitación de Eigelstein…

—¡Un momento! ¿Max puso al corriente a Fritz?

—Sí, claro. Max no es solo su doble, sino un segundo Von Barneck para todo. Su trabajo así lo exige. Cada vez que hace gestiones en lugar de Fritz, sabe más sobre la marcha de un negocio que él mismo. Eso no tiene nada de raro. —Se interrumpió un momento—. Aunque a veces creo que a Fritz le da un poco de rabia —añadió—; lo llama en broma su factor de riesgo número uno.

—¿Quizá porque Max le resulta molesto?

—¡Qué va! —Eva hizo un gesto de rechazo con la mano—. Fritz depende de Max, lo considera un amigo. Naturalmente, siempre y cuando no se salga de los límites trazados por él.

—¿Y qué sucede si alguien traspasa esos límites? —inquirió Cüpper.

Ella meneó la cabeza.

—Hablemos de otra cosa.

—Max es de fiar, ¿no?

—Es… —Eva parecía debatirse consigo misma; luego dijo en voz baja—: Es sencillamente una buena persona. Puede que tienda a no tomarse las cosas muy en serio; llámelo ingenuo, si quiere. Fritz es una máquina, y Max un ser humano con sentimientos. Eso es más importante que todo lo demás.

—¿Por qué trabaja usted para una máquina?

—Las máquinas pagan mucho dinero.

Cüpper la examinó detenidamente.

—Es usted muy sincera.

—Y usted muy desconfiado. Me cae bien, comisario, pero no me gusta que llegue a falsas conclusiones solo porque mi jefe no tenga la destreza necesaria. Anteayer, cuando Max abandonó la villa por la noche, lo vieron varios testigos, entre otros, Schmitz y Schmitz, ya sabe, nuestros genios tutelares. Y se puede probar que Fritz no salió de casa hasta que llegaron los invitados. En resumen: no pudo ser él.

—¿Estuvo usted también en la fiesta?

—No. —Eva sonrió ambiguamente, cogió la copa de Cüpper y la vació.

—¿Eso es lo que me he ganado? —preguntó él con una sonrisa.

—¡Pues sí!

Se hizo un breve silencio.

—Espero que tenga claro que con su declaración está poniendo a Max bajo sospecha —señaló Cüpper.

—¿Ah, sí?

—Si definitivamente Fritz no pudo haber sido, entonces sí.

—Max tampoco fue.

—¿Está segura?

—Sí: estaba en mi casa.

EL GRITO

—¿Y bien? Así que Max estuvo en casa de ella —dijo Rabenhorst—. ¿Y qué? ¿Qué importancia tiene eso?

Estaban sentados en el despacho de Cüpper tomando café. De la habitación contigua les llegaba el tableteo amortiguado de las máquinas de escribir mezclado con el azote de la lluvia en las ventanas, lo que provocaba un monótono desánimo.

Durante la tarde, Astrid Hasling había sucumbido a una depresión profunda. Una vez pasado el ataque, había dormido una hora y se había despertado gritando. Desde entonces estaba en la clínica hecha un ovillo, como un animal asustado; no decía una palabra ni parecía ver a nadie. Tenía la mirada perdida y no reaccionaba ante la mención de su nombre, ni ante estímulos visuales o táctiles. Sencillamente estaba ausente; parecía haber dejado su cuerpo como prueba de su definitivo desmoronamiento.

—¿De verdad cree que a mí esto me divierte? —gruñó Rabenhorst, dolido.

Cüpper miraba por la ventana en silencio.

—Demuéstreme que no fue ella y seré el primero en llevarla a su casa. — El inspector se sentó en la silla—. De todos modos me fastidia que no le hayamos sonsacado nada.

Se levantó de un salto, se sirvió otro café e hizo una mueca. Estaba amargo; se había calentado durante demasiado tiempo.

—¡Rastros de sangre, huellas digitales, todo pertenece a ella! —vociferó —. Y para colmo, un motivo claro como el agua. ¿Acaso tengo yo la culpa de que fuera ella?

Cüpper se recostó en su asiento y arrugó la nariz.

—¡No, no tengo la culpa! —aseguró Rabenhorst.

—Eh… ¿qué ha dicho? —masculló Cüpper.

Rabenhorst se levantó de un salto.

—¡Jefe! ¡Estoy reñido con el mundo y usted ni siquiera me escucha!

—¿Qué es lo que ha dicho?

—He dicho…

Rabenhorst meneó la cabeza indignado y volvió a sentarse.

—Rabenhorst, atiéndame. —Cüpper apoyó los codos sobre la mesa y se inclinó hacia adelante—. He estado reflexionando. Hemos pasado algo por alto, viejo amigo. Mientras usted estaba flagelándose, de repente he caído en la cuenta de que hay algo que no cuadra en su teoría.

—¿Qué es lo que no cuadra? —preguntó Rabenhorst con voz de cansancio.

Cüpper lo miró muy serio.

—Si se estrujara su cuarto de libra de cerebro, usted mismo caería en la cuenta. Pero hay más probabilidades de que el gran chef francés Bocuse guise con Maggi. Bueno, vayamos al Bazaar.

Rabenhorst puso los ojos en blanco, pero no se atrevió a llevarle la contraria mientras Cüpper marcaba un número en el teléfono. Schramm estaba en su tienda. Cüpper le ordenó que subiera a su casa.

Al cabo de pocos minutos se presentaron allí.

—¿Qué cree que va a encontrar en casa de Schramm? —preguntó Rabenhorst, escéptico, cuando Cüpper aparcó el coche delante de Apostelnkirche.

—¿En casa de Schramm? Nada.

—¿Y en casa de Inka?

—Nada tampoco.

—O sea, que nada. Entonces, ¿qué hacemos aquí?

—Debería tomar clases de sentido común. Venga, dese prisa.

Rechinando los dientes, Rabenhorst corrió detrás de Cüpper y maldijo el día en que se conocieron. Subieron por la escalera hasta el cuarto piso y llamaron al timbre en casa de Schramm, que les abrió con cara de pocos amigos.

—¿Van a tardar mucho? —A Schramm era lo único que le preocupaba.

—No, solo un poco —contestó Cüpper.

—No soy tan prescindible, ¿sabe? Los negocios…

—Los negocios pueden marchar sin usted durante un cuarto de hora — decidió Cüpper—. Rabenhorst, vayamos por partes. ¿Qué pasó, según su opinión?

Rabenhorst lo miró, perplejo.

—Pero si ya se lo he dicho.

—Pues dígalo otra vez.

—Astrid Hasling llama al timbre de Inka von Barneck y esta la deja pasar. Inka le vuelve la espalda, ella saca el cuchillo pero Inka nota algo y grita. Forcejean, las dos caen al suelo arrastrando la mesita, y Astrid se corta la mano con los cristales. Inka huye en dirección a la puerta, Astrid la sigue, la agarra y la liquida. Astrid se da cuenta de lo que acaba de hacer, suelta el cuchillo aterrorizada y sale corriendo.

—Usted está convencido de eso.

—De eso están convencidos los de la policía científica.

Schramm miraba sin entender nada a Rabenhorst y a Cüpper.

—¿Tienen al asesino? —preguntó.

—No —respondió Cüpper.

—¡Claro que lo tenemos o, mejor dicho, la tenemos! —se acaloró Rabenhorst.

—Señor Schramm —dijo Cüpper sin hacer caso de su compañero—, ¿qué fue exactamente lo que oyó la noche del asesinato?

—Ya se lo he contado mil veces a la policía.

—Pues hágalo otra vez.

—Si eso es lo que quiere… —Schramm se encogió de hombros involuntariamente, pero se esforzó por poner cara de cooperación—. Se trata de ayudar, ¿no? —Esbozó una sonrisa automática—. Pasan tantas cosas horribles… Basta con ojear todos los días el periódico…

—¡Cuánta razón tiene! ¿Qué fue lo primero que oyó?

—¿Qué fue lo que oí? Ah, sí, el grito.

—¿Puede repetirlo?

Schramm empalideció.

—¿Repetirlo?

—Sí, las palabras —dijo Cüpper con suavidad.

—Ah, sí, claro. Bueno, pues ella gritó, ¿verdad?

—¿Cómo gritó?

—Pues fue un grito de terror, como en las películas, cuando lo dejan a uno seco… quiero decir, cuando lo matan, o cuando alguien ve algo espeluznante, y luego «Ay, Dios, ay, Dios, ay, Dios», o algo parecido.

—Procure ser más exacto. ¿Cuántas veces clamó a Dios?

—Jefe… —terció Rabenhorst en voz baja.

Schramm se frotó los ojos. Parecía muy cansado.

—Tres veces. ¿No se lo he dicho ya? Sí, tres veces.

—¿Dónde se encontraba usted?

—Apoyado en la puerta de mi casa. No me sentía bien.

—¿Y luego?

—Durante unos segundos no pasó nada. Luego, arriba se cayó algo.

—¡Un momento! —Cüpper alzó la mano—. ¿Cómo sabe que se cayó algo?

Schramm se estremeció.

—Su compañero… —dijo, señalando titubeante a Rabenhorst.

—No quiero saber lo que ha dicho el señor Rabenhorst, sino lo que usted oyó. Por favor, no nos dejemos influir por nada.

—Claro. Pues hubo un trompazo.

—Un trompazo. ¿Algo más?

—No. Bueno, oí pasos en la escalera, pasos apresurados, pero eso fue un poco más tarde.

—Bien. Un momento, señor Schramm.

Cüpper agarró a Rabenhorst del brazo, se lo llevó hasta el rellano de la escalera y le dio la llave de la casa de Inka von Barneck al tiempo que le susurraba algunas instrucciones.

—¡No, no pienso hacerlo!

—¡Rabenhorst, maldita sea!

—Mierda. Démela, ande.

El inspector cogió la llave y subió hecho un basilisco. Una vez arriba, abrió la puerta del piso de Inka y se colocó justo al lado del armario ropero.

—¿Está todo claro? —gritó Cüpper.

—Nada está claro —protestó Rabenhorst.

—Era de esperar. Dentro de dos minutos, haga su entrada en escena.

Cüpper regresó al piso, cerró la puerta y le dirigió a Schramm una sonrisa zorruna.

—Vamos a hacer un experimento, señor Schramm. Apóyese en la puerta como hizo la otra noche.

Schramm abrió unos ojos como platos. «Es un cobarde de mucho cuidado —pensó Cüpper—. Si pasó tanto miedo, se acordará hasta del más nimio detalle».

—¿Y ahora, qué? —preguntó Schramm con un hilo de voz.

—Espere.

No se oía nada. Cüpper miró enfadado la hora y siguió el minutero con impaciencia. Schramm temblaba.

—¡Aaaaaaaahhhhh! —gritó alguien encima de ellos.

Cüpper se abalanzó hacia la puerta y la abrió bruscamente.

—¡Rabenhorst! —berreó—. Por favor, parece una fina damita… ¡Otra vez!

Schramm estaba más blanco que la cal. El comisario cerró nuevamente la puerta y le guiñó un ojo.

—Aguante un poco —murmuró—. Posiblemente le salve la vida a un inocente.

—¡Oh! —dijo Schramm.

Esperaron.

—¡Aaaaaaaaaaahhhhhh! ¡Dios mío! ¡Ay, Dios mío! ¡Dios mío!

Schramm clavó la vista en el techo de la habitación a la espera de un trompazo, y al cabo de un rato lo oyó.

—¿Fue así? —preguntó Cüpper.

Schramm asintió, nervioso.

—¡Santo cielo! Fue exactamente así.

—Bien. Quédese junto a la puerta. Lo repetiremos una vez más.

En esta ocasión no sucedió nada durante largo rato; luego se oyó un trompazo tan amortiguado como la primera vez.

—¿Y ahora? —preguntó Cüpper.

—Han olvidado el grito —constató Schramm, aliviado.

Cüpper sonrió y abrió la puerta.

—¡Rabenhorst! ¡Ya puede bajar! Se lo agradezco mucho, señor Schramm. No queremos robarle más tiempo.

—¿Les he servido de ayuda? —susurró Schramm devotamente.

—Ya lo creo. Sobre todo a mi ayudante.

Cuando bajaron, Rabenhorst parecía cansado y derrotado. Intuía lo que le esperaba.

—No pudo ser ella, ¿no? —preguntó.

—No —dijo Cüpper—. Venga, vayamos a tomar un café.

—Gracias. No se compadezca de mí. Mejor vayamos al despacho.

COMISARÍA

El agente de policía bostezó. Estaba hojeando una revista, y de vez en cuando echaba un vistazo a Astrid Hasling, que seguía acurrucada en la cama, completamente ausente. «Es guapa —pensó—. Lástima que sea una asesina».

Una asesina muda.

Habían llamado a un psicólogo, pero él tampoco fue capaz de sonsacarle nada. El agente de policía asintió satisfecho: siempre había sabido que cualquiera podía ser psicólogo. Había demasiada gente que se creía más importante y más inteligente, por ejemplo, que la policía.

¿Y si finalmente resultaba que la policía era más inteligente que los expertos?

Merecía la pena intentarlo. El agente Haas: el hombre que logró romper el silencio.

La cuestión era cómo.

¿Con un ruido, tal vez? Quizá ella hubiera sucumbido a un trance. El agente apartó la revista y chasqueó los dedos junto a la mujer.

—¡Despierte! —ordenó.

Astrid Hasling no se dignó ni siquiera mirarlo. Entonces Haas se le acercó de puntillas y le pellizcó suavemente la nariz.

Nada.

Decidió hacerle cosquillas, así por lo menos reaccionaría con un acto reflejo. ¿Le estaría permitido? Esa era una pregunta de difícil respuesta. Titubeante, adelantó las manos y le tocó en los costados.

De pronto se abrió la puerta a su espalda. Haas se volvió y se vio enfrentado a una mujer con aspecto de matrona, seguida de un policía que intentaba persuadirla desesperadamente.

—¡Ya le he dicho que no podía entrar aquí!

—¿Por qué no? —berreó la mujer apartando al hombre—. Usted mismo me ha dicho…

—Le he dicho que quizá estuviera aquí, no se lo he asegurado.

—Y yo le he contestado que echaríamos un vistazo.

—¿Quién es usted? —ladró Haas lanzando una mirada asesina a su joven colega.

—Soy la señora Rabenhorst —respondió la mujer como si fuera algo de dominio público—, y busco a mi hijo.

El agente se relajó.

—Su hijo no está aquí.

—¿Cuándo viene, entonces?

—No lo sé. ¿Ha preguntado en su despacho?

—¡Ya lo creo! —respondió el policía más joven—. Luego me ha acribillado a preguntas: que dónde está su hijo, que en qué caso trabaja…

—¿Y usted se ha ido de la lengua? —gruñó Haas.

En realidad, estaba furioso porque la gorda de las mejillas rojas como una manzana había saboteado sus esfuerzos por hacer hablar a Astrid Hasling.

—Yo… —empezó el policía.

—Este señor ha sido muy amable conmigo —dijo la madre de Rabenhorst —. No como usted. Cuando yo era joven, nos dirigíamos de otra forma a las personas mayores; así de claro se lo digo. Pero hoy ya nada es lo que era. Si tiene la bondad de decirme cuándo va a venir mi hijo, esperaré aquí hasta que llegue.

—¿Rabenhorst no ha dejado ningún recado en el despacho? —preguntó Haas arisco.

—¡Nunca lo hace! —exclamó la mujer—. Cuando era pequeño siempre tenía que preguntarle: ¿has hecho esto?, ¿has hecho lo otro?, ¿has hecho los deberes?… Un drama. Nunca ha tenido mucha iniciativa, ¿sabe usted?

El otro policía esbozó una sonrisa burlona al tiempo que Haas meneaba enérgicamente la cabeza.

—Aquí no puede esperar.

—¡Pero si le he traído algo! —Y antes de que Haas pudiera protestar, la mujer ya había sacado un polo horroroso de la bolsa de la compra y lo había desplegado a los pies de la cama—. De las rebajas. Hoy en día todo está por las nubes, pero si vas por la vida con los ojos bien abiertos, encuentras cosas bonitas por poco dinero. ¡Esto es… megamoderno! ¿No lo dice así la gente joven?

Su mirada recayó en los ojos sin vida de Astrid Hasling.

—¿No le parece, querida? —preguntó en un tono de lo más afectuoso.

Haas rebosaba de ira.

—Se acabó. Deje a la mujer en…

—El vendedor me ha dicho que el polo es italiano.

En ese mismo instante, Astrid Hasling empezó a parpadear.

—El italiano… —murmuró.

Durante unos segundos se hizo un completo silencio. Luego empezaron a hablar todos a la vez:

—¿Cómo ha dicho?

—¡Baratísimo!

—¡Maldita sea! ¿Qué acaba de decir?

—¿Conoce usted en realidad a mi hijo?

—¡Llame a Cüpper!

—¿Italiano? ¿Qué italiano?

—¡Silencio! —vociferó Haas.

La escena parecía un bodegón.

—El italiano —susurró Astrid de nuevo.

Haas se inclinó sobre ella.

—¿Y bien? —dijo en voz baja y apremiante—. ¿Qué pasa con el italiano?

—El italiano…

Haas acercó la cara a la suya.

—¿Qué pasa con ese italiano? Díganoslo.

—El italiano. —Un fino hilo de saliva se le deslizó por la barbilla—. Conozco al italiano.

—¡Siga, siga!

—El italiano…

—¡Siga!

Pero sus ojos se perdieron de nuevo en algún punto lejano.

DE CAMINO A LA COMISARÍA

—Usted ha gritado dos veces —dijo Cüpper mientras se dirigían en coche a la jefatura de policía—, sin contar su lamentable ensayo inicial. Una vez con la puerta abierta, junto al armario ropero, y otra desde más adentro.

—Junto a la mesita —asintió Rabenhorst.

—Que luego usted ha volcado… Las paredes y los techos del Bazaar son gruesos, por eso el golpe de un objeto pesado apenas se oye en el piso de abajo; nosotros lo hemos oído dos veces. Pero su grito solo una, es decir, la primera. Si Schramm oyó el grito de Inka cuando estaba apoyado en la puerta de su casa, solo hay un lugar desde el que ella pudo gritar.

—Sí: justo al lado de la puerta abierta del piso.

—Exactamente. La escalera hizo de caja de resonancia y amplificó el grito. Si hubiera sido proferido desde más adentro, Schramm no podría haberlo oído, así que ahora ya sabemos desde dónde gritó. Sigamos. Supongamos que Inka dejó pasar a Astrid y, en el momento de ir a cerrar la puerta, vio el cuchillo. Soltó un grito. ¿Puede decirme por qué la mesita no cayó al suelo hasta cinco o diez segundos después?

—Quizá se pelearan. O Inka intentó huir.

—¿Hacia el interior del piso?

—Sí. ¿Por qué no?

—¿Y por qué no hacia el rellano de la escalera? ¡Al fin y al cabo, estaba junto a la puerta!

—Tal vez Astrid le cortara el paso.

—Me da igual. Inka huyó presa del pánico, eso está claro. ¿Cuánto tiempo tarda una persona en ir corriendo desde la puerta hasta la mesita para derrumbarla?

—Tres segundos —opinó Rabenhorst, titubeante.

—¡Como mucho! —señaló Cüpper—. Pero Inka conocía su casa. ¿Por qué iba a abalanzarse sobre su propia mesa? ¿O Astrid, que la seguía?

—No lo sé. Probablemente se enzarzaron en una pelea desde el principio. De este modo, en algún momento chocaron con la mesa y la volcaron.

—¿En silencio?

—¿Por qué?

—A ver. ¿Inka lanzó un grito de terror para luego pelearse durante unos segundos en silencio, derribó una mesa y consiguió llegar hasta la puerta, y todo eso sin el más mínimo grito, sin pedir siquiera auxilio?

—Tal vez ya había sido asesinada junto a la mesita —objetó Rabenhorst.

—Dejando de lado que la policía científica descarta que el crimen se cometiera en cualquier otro sitio que no fuera delante del armario, no se me ocurre ninguna razón para arrastrar a Inka muerta hasta la puerta y luego hacer como si hubiera tirado del blazer. ¿Sí?

Rabenhorst asintió en silencio.

—Un grito agudo, luego silencio, luego la mesa volcada, luego otra vez silencio y después la huida. —Cüpper enarcó las cejas—. Extraño, ¿no? Dígame, Rabenhorst, ¿qué haría usted si yo me presentara de repente con un cuchillo? ¿Qué diría?

—Diría: «Cüpper, hombre, ¿a qué viene eso? ¿Es una broma, no? Aparte el cuchillo y hablemos…». Algo así.

—Eso es, algo distinto de «¡aaaaaaaahhhhhh!» y «ay, Dios mío, Dios mío».

—Entonces es que le rajó el cuello en seguida, ¡me cago en la puta! — Rabenhorst levantó los brazos—. No, no lo hizo… Sí lo hizo, nada más entrar. Inka es sorprendida desde atrás cuando se vuelve para cerrar la puerta. Astrid se da cuenta de lo que ha hecho, deja caer el cuchillo junto al cadáver, retrocede desconcertada y entonces choca con la mesita. Los vasos se rompen, se corta con los cristales y sale corriendo, no sin antes tocar el marco de la puerta con la mano herida.

—Caliente, caliente, Rabenhorst, por no decir ardiendo. Pero ¿cómo puede uno exclamar con la garganta rajada «¡ay, Dios mío!»?

—Yo ya no sé nada.

—Otra cosa. Está claro que Inka fue asesinada desde atrás y por un zurdo. Astrid se cortó la mano izquierda, por lo que la sangre debería haber impregnado el mango del cuchillo. Pero este estaba limpio.

—Me rindo —suspiró Rabenhorst.

Tras estacionar el coche, cogieron el ascensor para subir al despacho de Cüpper.

—¿Y cómo piensa explicar todo eso? —preguntó Rabenhorst.

—No sea tan puñeteramente desconfiado —dijo Cüpper con una sonrisa —. ¿No se alegra de que nuestra querida Astrid no cometiera ningún asesinato?

—¡Maldita sea! ¿Qué hizo entonces?

—Muy sencillo, Rabenhorst. Gritó.

ZOOLÓGICO

Marion Ried estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas delante de la reja de hierro de la jaula, observando cómo moría el tigre.

En ese instante se le acercó un hombre mayor.

—Hola, Gopper —dijo Marion en voz baja.

En realidad, el anciano se llamaba de otra manera, pero en algún momento se había convertido para todos en Gopper. Llevaba una eternidad trabajando como cuidador. Un factótum.

Suavemente, posó la mano en el hombro de Marion, pero ella la apartó enojada.

—No puede morirse así, sin más —susurró ella.

—Va a morir —Gopper se agachó a su lado con un quejido.

Marion apretó los puños.

—Hay un montón de medicamentos para todo, y él se va a morir de una simple intoxicación alimentaria. No es justo.

Gopper se quedó mirándola. La chica parecía una estatua de bronce.

—¿Justo? —murmuró—. ¡Tú qué sabrás! —El tigre levantó la cabeza y miró en su dirección con aire fatigado—. Los animales no tienen futuro; ningún animal lo tiene. Este no sabe que se va a morir; por eso no le importa nada.

—Está sufriendo —dijo Marion.

Gopper negó lentamente con la cabeza, y a Marion le pareció oír el ruido de sus vértebras cervicales.

—No. Solo le interesa lo que hay. No lo que había, ni tampoco lo que habrá. Cuando muera, morirá y ya está.

—¡No hace falta que lo repitas más! —se enfureció ella.

—Sí hace falta —respondió él tranquilamente—. Tengo setenta y dos años, pequeña. Cada vez estoy más encorvado por todas las gilipolleces que he cometido en esta vida. Todos los días pienso en que se me acaba el tiempo y en cómo podría haber sido mi vida. —Soltó una tos seca—. Y sé que ya no me queda nada que esperar. ¿Crees que es una bendición haber nacido hombre? —Gopper se rascó el mentón, poblado por barba de dos días—. A veces me gustaría estar en el lugar del tigre.

—Eso es problema tuyo.

Permanecieron en silencio durante un rato.

—Tus fieras matan, pero son inocentes —dijo finalmente Gopper—. Mueren, pero lo ignoran. No tienen la culpa de nada ni se la echan a nadie. Visto desde una perspectiva objetiva, no tienen amigos ni enemigos. Eso no es bueno ni malo, pero por lo menos es sencillo. —Suspiró y se levantó con esfuerzo—. Si me lo preguntas, te diré que el problema es más bien tuyo que mío.

—¿De qué hablas? —inquirió ella.

—De que quieres ser como ellos, porque no te aclaras.

Ella se volvió furiosa hacia el anciano.

—¿A quién le importa eso?

—A ti —dijo él.

—Pues entonces vamos a dejarlo como está.

—Como quieras.

Gopper se irguió y recorrió el pasillo desnudo en dirección al exterior.

«Su vitalidad es asombrosa —pensó Marion—. ¿Cómo seré yo a su edad?».

De repente le entró un miedo angustioso y se acercó a la reja.

Gopper se detuvo como si pudiera leerle el pensamiento.

—No puedes ser un gato —dijo—. Así que procura ser al menos una persona.

COMISARÍA

—¿Y desde entonces? —preguntó Cüpper.

—No ha vuelto a abrir la boca —dijo Haas. Luego se enjugó el sudor de la frente. Pocos minutos antes de que Rabenhorst y Cüpper regresaran del Bazaar, había conseguido echar a la madre del inspector. Como resultado, tenía los nervios destrozados.

—¿No ha dicho nada más?

—«El italiano», ha dicho. Y que lo conoce. —Haas dirigió una mirada despectiva a Rabenhorst—. Su madre… fue la que la hizo hablar.

Rabenhorst acarició el polo con cara de estupefacción.

—Bien, agente —asintió Cüpper—. Iré a verla en seguida. Muchas gracias.

Haas asintió cortésmente y se marchó.

—¿Dónde nos habíamos quedado? —dijo Cüpper.

—¿Cuando ha llegado Haas?

—Sí.

—En lo del grito.

—¡Exacto! ¿Recuerda lo que dijo Brauner acerca de la hora del crimen?

—Entre las nueve y las doce.

—No, entre las nueve y las once. Lo de las doce lo concedió de mala gana. En su opinión, sucedió a las diez.

—Es decir, que cuando llegó Astrid Hasling…

—Inka ya llevaba dos horas muerta. Astrid se encontró la puerta del piso abierta, entró y tropezó con el cadáver, igual que nuestro buen amigo Schramm. Imagino que el piso debía de estar a oscuras.

—¿Un asesino que apaga la luz?

—No, un asesino que actúa cuando todavía es de día. Astrid, desorientada y borracha como está, no encuentra el interruptor de la luz, se agacha y saca su encendedor con la mano derecha. Al resplandor de la llama, ve a Inka y al principio no entiende lo que ha pasado. Entonces su mirada recae en el cuchillo. Sin pensarlo demasiado, lo coge, un simple acto reflejo que la ayudará a creer lo que ve. Luego viene el shock. Grita, deja caer el arma justo donde la ha encontrado y le entra el pánico. En lugar de salir corriendo por la puerta, se tambalea hacia atrás y, a oscuras, vuelca la mesita. Todavía lleva el encendedor en la mano derecha, así que se apoya con la izquierda y se corta con los cristales. El dolor la devuelve a la realidad. Lo primero que se le ocurre es salir de allí, pero todo está oscuro y tiene que tantear la puerta, hasta que palpa el marco. Entonces sale del piso, baja la escalera a todo correr y sale a la calle. Ni idea de cómo llegó a su casa, probablemente a pie o en un taxi.

Rabenhorst respiró pausadamente. Luego asintió con la cabeza.

—Ahora está todo mucho más claro —dijo—. Falta por saber cómo entró en la casa a las doce y qué quería.

—Eso tiene fácil explicación. Lea el informe. Alguien llamó al interfono furiosamente y dos o tres vecinos abrieron la puerta. ¿Qué quería? Pues hacer un último intento por salvar su agencia. Posiblemente, amenazarla, pegar a Inka, suplicarle… —Cüpper hizo una pausa—. O tal vez matarla.

—Lo que ya había sucedido.

—Sí.

—Bien, al menos por el momento, su teoría es más convincente que la mía.

—Es la buena.

—Bien. Es la buena. ¿Cómo sigue?

Cüpper dirigió una mirada pensativa al desorden de su escritorio.

—Tenemos que repasar la lista de sospechosos —dijo.

—Sería lo mejor —admitió Rabenhorst—. ¿Quién es el primero? ¿Von Barneck? ¿Nuestro italiano desconocido?

—La lentejuela —repuso Cüpper.

ZOOLÓGICO

Gopper salió al exterior, se apoyó en la barandilla del recinto y se quedó mirando a los leones, que permanecían ociosos. En el foso que había a su alrededor caían hojas y ramas pequeñas. La superficie del agua estaba cubierta por una película de algas, polvo y mosquitos. Un biotopo marchito.

Marion había despertado en él unos sentimientos que creía ahogados en las olas de un océano lejano. No es que se hiciera ilusiones. Él era un hombre mayor y desaliñado. Ella, en cambio, era joven, demasiado joven para estar tan amargada y llena de rencor. Por primera vez desde hacía tiempo, Gopper sintió el deseo de hacer algo sensato antes de morir.

Se acordó de sus padres. Nunca le había hablado a Marion de ellos, del aspecto que tenía la alta burguesía, de la atmósfera blanca como el jazmín, de la actitud expectante y el afán de notoriedad de su progenitor, que despreciaba cualquier tipo de desorden. Nunca le había dicho que él prefirió convertirse en un vividor aventurero, que había visto más cosas que la mayor parte de la gente, pero en el fondo, nada. Que cuando regresó al cabo de unas décadas ya no había nadie a quien odiar o despreciar, y que incluso había perdido la capacidad de amar.

No deseaba que a Marion le sucediera algo parecido.

Pero ¿acaso un fracasado tenía derecho a juzgar lo que estaba bien o lo que estaba mal? La madre de Marion lo había hecho todo del revés mal y había tratado mal a todo el mundo.

¿Había estado bien matarla?

Gopper trató de pensar en el futuro, pero no lo consiguió. Demasiada culpa pagada con culpa. Un círculo vicioso.

Cansado, miró hacia el cielo.

Por el suroeste se acercaban unos negros nubarrones cargados de lluvia. A lo lejos retumbó un trueno. Una de las leonas se levantó ágilmente y se acercó al foso de agua. Alzó la cabeza y clavó sus ojos fríos y amarillos en Gopper.

«El verdugo perfecto —pensó Gopper—. Todo lo bueno y todo lo malo reducido a la presa. Matar sin culpa. Selección natural».

Y de repente le sobrevino una sensación de paz.

LA LISTA

Cuando el ordenador escupió la lista, Cüpper la colgó en la pared entre requisitorias y anuncios de búsqueda y captura. Su lectura no era precisamente alentadora.

1. Fritz von Barneck

Móvil: a) Dinero (¿Qué suma habría recibido Inka en caso de divorcio?).

b) Venganza por infidelidad.

Coartada: Fue el anfitrión de una fiesta.

Pero: a) Hartmann pudo haberle suplantado como anfitrión.

b) Pudo haber pagado a Hartmann por el asesinato.

c) Pudo haber contratado a un matón.

2. Max Hartmann

Móvil: Dinero. (Asesinó o encubrió el asesinato por encargo de Fritz von Barneck).

Coartada: Estuvo en casa de Eva Feldkamp.

Pero: Eva podría mentir. En ese caso…

a) Él podría haber suplantado a Von Barneck sin saber que así encubría un asesinato.

b) Podría ser él mismo el asesino.

3. Eva Feldkamp

Móvil: —

Coartada: Supuestamente estuvo en compañía de Hartmann.

Pero: Podría mentir para encubrir a Hartmann.

4. Astrid Hasling

Móvil: a) Venganza.

b) La agencia.

Coartada: —

Pero: Ciertos detalles descartan su autoría.

5. Último amante de Inka

(Se acostó con un hombre poco antes de morir).

Identidad: Desconocida.

Móvil: Desconocido.

6. Marion Ried

Móvil: Odio.

Coartada: — (Supuestamente estaba en el cine).

7. Ulrich Stoerer

Móvil: —

Coartada: Estuvo con un amigo en Max Stark.

Pero: Coartada todavía sin comprobar.

8. Holger Renz

Móvil: La agencia.

Coartada: Estuvo en una fiesta.

Pero: Coartada todavía sin comprobar.

9. El italiano

Identidad: Desconocida.

Móvil: a) Por encargo de la mafia.

b) Por encargo de Von Barneck.

Pero: Astrid Hasling afirma que lo conoce.

10. La lentejuela

(Remite a una persona que la perdió en el lugar del crimen poco antes del asesinato).

Identidad: Desconocida.

Móvil: Desconocido.

—Y un montón de gente que quería cargarse a Inka por su modo de ser afable y comprensivo —dijo Rabenhorst.

—Ya tenemos bastantes desconocidos —opinó Cüpper—. Hay dos que quizá sean uno. La lentejuela podría pertenecer al último amante.

—¿Un amante que lleva lentejuelas?

—¿Por qué no? Piense en la Reina de Saba.

—Frecuenta hombres.

—No exclusivamente, por lo que me han contado.

—¡Estupendo! —se alegró Rabenhorst—. ¡Detengamos a la Reina!

—De eso nada. Cocina demasiado bien.

—Entonces detengamos al italiano. Ahora en serio, ¿a qué viene esa referencia a la mafia?

—Fue Hartmann quien aludió a ella.

—Ya lo sé, pero eso no afecta necesariamente a la mujer de Von Barneck.

—Tal vez sí —repuso Cüpper—. Convencí a Eva Feldkamp para que me contara más cosas después de revelarme que Hartmann estuvo en su casa la noche del crimen. Me habló de la época de Milán. ¡Muy interesante! El matrimonio Von Barneck estaba arruinado, e Inka hacía lo que quería.

—¿Y qué quería?

Cüpper chasqueó los dedos.

—¡Sexo, drogas y rock and roll! —dijo dando un elegante paso de baile.

Rabenhorst arrugó la frente.

—¿Drogas?

—Cocaína. Inka esnifaba desde la mañana hasta la noche. Todos lo sabían, pero parece que a su marido no le importaba, y menos aún a los demás.

—¿De dónde la sacaba?

—Rabenhorst, ¡qué preguntas hace usted!

—¿De la mafia?

—Para conseguir nieve no hay que molestar forzosamente a la mafia, pero en este caso probablemente era así. Los contactos se produjeron a través de su marido. Hartmann opina que Fritz había llegado a determinados acuerdos con los mafiosos; es muy posible que estos, a cambio, tuvieran algún detalle con su mujer.

—O quizá no —observó Rabenhorst—. Tal vez Inka olvidara saldar algunas cuentas…

—Es posible —Cüpper asintió meditabundo—. También puede ser que llegara un momento en que los contactos se les quedaran cortos, y entonces enviaron a alguien para resolver el problema.

—Hay otra posibilidad —dijo Rabenhorst—. Fritz von Barneck tenía muy buenas relaciones. Él les hizo un favor y, a cambio, ellos se cargaron a su mujer.

—Hum…

—¿No le parece?

—No sé. Sin duda, sería interesante examinar con lupa las transacciones comerciales de Von Barneck en los últimos años.

—Eso llevaría un trabajo tremendo —replicó Rabenhorst, enojado—. Nos dejaríamos las pestañas mirando nuestros ficheros. Hasta ahora no ha aparecido ningún italiano delgado con bigote.

—¿Y qué? Italia es grande.

—Está bien. ¿Le contó alguna otra cosa Eva Feldkamp?

—Pues sí. Nuestra querida difunta estaba entregada en cuerpo y alma a la población masculina de Milán. Sobre todo, en cuerpo. Se supone que Von Barneck no sabía nada. —Cüpper rio para sus adentros—. Lo cierto es que él tenía otras prioridades. Se enamoró de Eva.

—¡Anda! —soltó Rabenhorst.

—Durante un tiempo ella barajó la idea de ceder —Cüpper asintió con la cabeza—. Como sabe, ese tío es un capullo, pero también es muy rico y atractivo. Luego, un buen día apareció Max. ¿Y qué quiere que le diga?

—Eva cambió de tercio.

—Bingo.

—Pero ¿por qué? —preguntó Rabenhorst, extrañado—. ¡Si son idénticos! ¿Qué tiene Hartmann que no tenga Von Barneck?

—Encanto, sentido del humor, es romántico… Cualidades de las que carece Von Barneck. Al principio lo veía como un segundo Fritz, pero luego empezó a quererlo como Max. Además, a los ojos de Eva no se parecen en nada. Es capaz de distinguirlos a primera vista, cosa que hasta ahora no han conseguido ni sus amigos más íntimos.

Rabenhorst frunció los labios.

—¿Y cómo reaccionó Von Barneck ante su traición?

—Eso es lo peliagudo, Rabenhorst. Von Barneck no lo sabe. Ella y Max mantienen su relación en secreto desde hace casi dos años. Eva dice que Fritz sigue amándola, pero se ha conformado con que su relación se limite a lo puramente profesional. De todas formas, si se enterara…

—¡Madre mía! —gimió Rabenhorst—. La esposa se lo monta con la mafia, el marido quiere montárselo con la secretaria, pero esta se lo monta con el doble, y el doble quizá se lo monte con la esposa.

—Ya no —dijo Cüpper en tono cantarín.

—¿Se fía de esa mujer?

—Está cooperando sin pedírselo. Aunque reconozco que también puede ser un truco.

El inspector examinó la lista de los sospechosos.

—¿Y los invitados italianos de Von Barneck? ¿Qué hay de ellos?

—Podría ser una pista. —Cüpper cerró los ojos y se masajeó las sienes. Tenía un ligero dolor de cabeza—. Todo podría ser una pista —suspiró—. Por el momento, lo mejor es que se ocupe de las coartadas de Holger Renz y de Ulrich Stoerer. Me gustaría tachar a unos cuantos de la lista.

—Bien. ¿Qué hará usted mientras tanto?

—Volveré a casa de Von Barneck —dijo Cüpper haciendo tintinear las llaves del coche—. A ver si…

En ese instante sonó el teléfono. Dejó caer otra vez las llaves en el bolsillo del pantalón y levantó el auricular.

—Cüpper.

—Tengo que verlo.

—¿Quién es usted?

Breve pausa.

—Por un momento había olvidado que me borró de su memoria.

Cüpper dejó escapar un leve silbido.

—Vaya. ¿Quiere repartir más bofetadas?

—No diga gilipolleces. —Otra pausa—. Perdone. Mi tigre ha muerto. ¿Tiene tiempo?

—¿Cuándo?

—Usted diga cuándo y yo diré dónde.

Cüpper lo pensó un momento.

—A las siete y media.

—De acuerdo. Vaya al Stadtgarten.

—¿Por qué al Stadtgarten?

—Ulli toca allí con su banda.

—¡Vaya! ¿Sirven algo de comer, al menos?

—Algo habrá. ¿Irá?

—Sí.

—Bien. Hasta luego.

—Siento lo del tigre.

Pausa larga. Cüpper pensó que ella había colgado sin más.

—¿Marion?

—Se agradece.

FRITZ VON BARNECK

Cüpper tuvo la impresión de que la villa cada vez tenía un aspecto distinto. Ahora que de nuevo había empezado a lloviznar, le pareció como un espejismo: superficies grises, el interior apenas iluminado, todo rodeado de un aire un tanto fantasmal. El comisario se acordó del castillo de la bestia de Krull, que todas las mañanas aparecía en un sitio distinto para aterrorizar a la gente durante las veinticuatro horas del día.

Pero aquello solo era un viejo caserón de Marienburg, en cuyo interior vivía un millonario cansado y escaldado.

¿O quizá fuera un monstruo?

La gravilla crujía bajo las suelas de sus zapatos como si quisiera anunciar su llegada. Esta vez, el mayordomo le abrió la puerta.

—Buenas tardes, Schmitz —dijo Cüpper. Y de repente empezó a estornudar varias veces seguidas. ¿Tendría alergia a los mayordomos?

Schmitz estaba ofuscado. Dijo que las visitas no anunciadas eran siempre un problema, que no podía garantizarle que Von Barneck pudiera recibirlo, pero que haría todo lo posible.

—Sin prisa —le aconsejó Cüpper, y entonces pensó si era posible pillar un catarro a treinta grados y con una lluvia persistente, y decidió que no—. Me gustaría preguntarle algo.

—¿La policía desea mi declaración? —El cuerpecillo de Schmitz pareció aumentar de tamaño—. Estoy a su entera disposición.

—Gracias. ¿Puede confirmar que el señor Von Barneck estaba en la villa la noche del asesinato?

—¡Desde luego que sí! —Schmitz alzó las cejas y añadió a las tres docenas de arrugas de la frente unas cuantas más—. Como recordará, tuvimos una recepción.

—Lo sé. Pero ¿salió de casa antes o durante la recepción?

—Déjeme pensar… No. Pasó la tarde con el señor Hartmann y la señora Feldkamp en sus habitaciones de trabajo. A continuación se ocupó de los preparativos, hizo algunas llamadas telefónicas y luego recibió a los invitados.

—¿Y usted sabía en todo momento dónde estaba?

—¡Naturalmente! Y eso que no figura entre mis obligaciones no perder de vista en ningún momento al señor Von Barneck. Es él mismo quien me informa. —Su voz se llenó de orgullo—. En todos estos años no ha habido ni una sola vez que no supiera dónde se encontraba.

—Lo felicito. ¿Sabe también dónde estará esta noche?

—Sí, claro.

—¿Dónde?

Schmitz ladeó la cabeza y le guiñó un ojo.

—¿Cree usted que un mayordomo puede ser indiscreto, señor comisario?

—¡Santo cielo, no! —exclamó Cüpper de un modo teatral—. Retiro la pregunta y le planteo otra: ¿es usted capaz de distinguir a su jefe de Max Hartmann?

Schmitz parecía sorprendido.

—Creo… que sí.

—Quiero decir cuando va caracterizado.

—¡Oh, sí, ya entiendo! No, de eso desgraciadamente no soy capaz.

—Entonces, ¿no es solo el pelo lo que los diferencia?

Schmitz esbozó una sonrisa.

—No solo eso. El señor Hartmann y yo, por ejemplo, a diferencia del señor Von Barneck, compartimos una molesta astenopía que, en mi caso, es debida a la edad y en el suyo es de nacimiento.

—Es cierto —dijo Cüpper—. Anoche llevaba gafas.

—Siempre lleva algo. Dado que el señor Von Barneck posee una verdadera vista de lince, si me permite la comparación, en las ocasiones oficiales el señor Hartmann hace uso del benéfico invento de las lentes de contacto.

—Entonces, ¿qué es? ¿Miope?

—Usted lo ha dicho. Otra cosa que los distingue es un pequeño tatuaje en el brazo izquierdo que el señor Hartmann se hizo cuando era joven. Un escorpión diminuto, cuyo significado ignoro. Además de eso, habrá notado que el tono de voz del señor Hartmann es más agudo.

—Puede imitar cualquier tono, ¿no es cierto?

—¡En eso es perfecto!

—¿Y desde el punto de vista puramente humano? —preguntó Cüpper—. Quiero decir si se diferencian en el carácter.

—Pues…

Schmitz se interrumpió y levantó la vista hacia el primer piso como si obedeciera a una llamada silenciosa.

—Ambos son unos honorables caballeros —dijo, titubeante.

—No me refería a eso.

—Pero yo sí. Si me permite, anunciaré su llegada al señor Von Barneck.

—Hágalo —asintió Cüpper, resignado.

Schmitz se mostró agradecido de que el comisario no insistiera, subió la escalera a paso lento y entró en el despacho de Von Barneck. A Cüpper le pareció que había pasado una eternidad cuando por fin le indicaron que subiera.

Von Barneck estaba sentado a oscuras. A su espalda, una luz plomiza se filtraba por la ventana y rodeaba su cabeza con un halo plateado.

—Tengo poco tiempo —dijo en voz baja—. ¿Va a tardar mucho?

—No —respondió Cüpper.

—Bien. Tome asiento. ¿Un whisky?

—Estoy de servicio.

—Yo también.

Cüpper sonrió, satisfecho.

—¿Qué tiene para ofrecerme en su cámara del tesoro?

—Los tiempos difíciles exigen bebidas fuertes. ¿Qué le parece un Laphroaig?

—¿De cuántos años?

—Diez.

Von Barneck cogió la botella que tenía junto a él, fue a buscar un segundo vaso para Cüpper y lo llenó de oro oscuro. En silencio, esperaron a que el whisky desplegara todo su carácter. Turba y aire marino, humo y notas de jerez. Inexplicable.

—Usted conoce el origen de la palabra «whisky» —afirmó más que preguntó Von Barneck.

—Uisge beatha? —murmuró Cüpper.

—El agua de la vida —asintió el empresario—. Los ingleses eran demasiado ignorantes como para pronunciar correctamente el gaélico de los escoceses. Por eso hoy son mortales y los escoceses no.

—¿De modo que le gustaría ser escocés?

Von Barneck dejó el vaso sobre la mesa.

—No. Y usted no ha venido aquí para filosofar sobre el agua de la vida. Hablemos de la muerte.

—No hay mucho que decir. Teníamos a un presunto culpable.

—¿Tenían? ¿Significa eso que no lo era?

—Eso parece. ¿Quién podría haber asesinado a su mujer?

—Cualquiera.

—¿Incluido usted?

—No. Esa noche no salí de casa.

Von Barneck levantó otra vez el vaso y lo meneó trazando círculos con el líquido.

—Siempre las mismas preguntas. Por mí puede creer lo que le apetezca.

—Yo creo lo que está dentro del margen de lo posible. —Cüpper cruzó las piernas y escuchó el tictac del reloj. Estaba anocheciendo—. De su intento de secuestro hace ya más de tres años. No quiero negarle que temiera por su vida, pero todos los que están expuestos a la opinión pública tienen miedo. — Se inclinó hacia adelante—. Y usted no es ningún cobarde.

—Siga.

—¿Para qué necesita un doble?

Von Barneck dio una palmada.

—Siga, señor comisario.

—Hartmann dirige sus negocios, ¿no es así?

—No sé qué tiene eso que ver con la muerte de mi esposa.

—Si fuera un simple empleado… Pero para colmo es amigo suyo. La gente importante lo toma por usted. ¿A veces no tiene la sensación de estar sacrificando su identidad?

—Nunca he dudado de mí mismo.

—¿Para qué lo necesita, en realidad?

—Hay un viejo refrán que dice que no se puede estar en misa y repicando. Eso siempre me ha molestado mucho.

—¿Es una ventaja estar en dos sitios a la vez?

—Puede ser increíblemente lucrativo. A veces hacer un buen negocio es cuestión de minutos. De todas formas, tiene usted razón. En lo que se refiere a mi seguridad personal, hace mucho que ya no necesito a Max. Pero tener un doble ofrece otras posibilidades estimulantes.

—Puede estar en un crucero con un ministro italiano y, al mismo tiempo, cualquiera puede afirmar que estaba en Moscú. ¿Es algo así?

—Lo que usted diga.

—Qué extraño. ¿Son figuraciones mías o no está usted particularmente interesado en que esclarezcamos el caso?

—Claro que estoy interesado. Y también lo está el Kölner Express.

—¿Por qué fracasó en realidad su matrimonio?

—Por la rutina.

—¿No fue por otra cosa? ¿Algún desliz, por ejemplo?

—¡Dios mío, señor comisario! Su moral es más antigua que ese whisky que tiene en el vaso.

—¿Es usted un hombre solitario?

—¿Y usted?

Cüpper iba a responder, pero finalmente guardó silencio.

—He oído que la soledad lo convierte a uno en un buen policía — comentó Von Barneck—. Pues bien, también lo convierte a uno en un buen millonario. Yo no soy más solitario que otros cuyos éxitos no gusta ver y cuyos fracasos no gusta compartir. En el fondo, no importa que Inka esté muerta o no, ni tampoco que encuentre al asesino.

—¡Maldita sea! —exclamó Cüpper—. ¿Es que no hay nada sagrado para usted?

—Mi buen amigo, usted tiene tendencia al sentimentalismo. Realmente no puedo ayudarlo en su difícil tarea. No tengo ni idea de quién la ha matado.

—¿Pudo ser alguien de Italia?

Von Barneck se quedó visiblemente perplejo.

—¿Por qué piensa eso?

—Es otra pista. Buscamos a un hombre bajo y de buen aspecto con un bigote muy poblado.

—Hago negocios con los italianos —dijo Von Barneck—. Eso es todo.

—¿Eran también contactos de negocios los de la otra noche?

—Sí, nos conocemos desde hace años.

—Bien. Necesito información sobre ellos. Sus nombres, sus números de teléfono…

—Ni hablar. Pero puedo concertar una cita con ellos, aunque no se me ocurre qué va a sacar de ahí.

—Quizá al asesino de su mujer.

—Qué cosas tiene.

—¿Tenía su esposa relaciones con la mafia?

Von Barneck manoteó en el aire.

—¡Quién sabe!

—¿Y usted?

—En ocasiones. No creo que la mafia tenga algo que ver con la muerte de mi mujer, pero la vida nos enseña a abordar cualquier tesis sin prejuicios. Así que téngame al corriente.

Cüpper lo miró pensativo.

—¿Qué tal se lleva usted con Marion?

—¡Es increíble! Cambia de tema más aprisa que en una agencia de cambio cambian dólares. Está bien… Marion no me quiere. Eso es quizá lo único que realmente lamento. Podría estudiar algo porque es lista. Sin embargo, prefiere estar en compañía de esos felinos piojosos. Incomprensible.

—¿Por qué? De todas formas, algún día lo heredará todo, supongo.

—Un buen epílogo.

Von Barneck se acercó a la puerta y la abrió de par en par.

—Señor comisario, he tenido mucho gusto en compartir ese whisky con usted. Siga procurando que mi buen nombre no se vea mancillado. Estoy tan expuesto a la opinión pública que reconozco que eso me importa más que conocer la identidad del asesino de mi mujer.

—No vuelva a amenazarme nunca más —dijo tranquilamente Cüpper.

En la penumbra, los ojos de Von Barneck parecían dos lagos de metal fundido.

—Eso estuvo mal y lo siento sinceramente. Ahora debe disculparme, por favor. Tengo cosas que hacer y, además, hay un concierto en el auditorio que no quisiera perderme.

—¿Qué va a ver?

—La sinfonía del «Golpe de timbal».

—Sí —sonrió Cüpper sin ganas—. Esa podría venirnos bien.

Una vez abajo, Schmitz lo acompañó hasta la puerta. El anciano parecía confuso. Se disculpó ceremoniosamente por el poco tiempo del que disponía Von Barneck y por su propia negativa a discutir acerca del carácter de su jefe. Cüpper calculó que, pese a sus muchos años de servicio, Schmitz no sabía nada.

—Quizá no me haya servido de mucha ayuda —dijo quitándole importancia al asunto—, pero seguro que es usted el mejor mayordomo de sangre alemana que existe.

—Gracias —dijo Schmitz radiante de alegría y, tras una breve vacilación, añadió—: Sir.

—Si se le ocurre alguna otra cosa que yo debería saber, no dude en llamarme. Tome mi tarjeta. Intente dar conmigo en privado, cuando no esté en la comisaría. Este número no se lo doy a cualquiera, pero con usted hago una excepción.

Confianzudamente, le guiñó un ojo a Schmitz. De este modo, el anciano quedaba deudor suyo. Y lo llamaría. Cüpper sabía que su código del honor no tenía una base firme, se tambaleaba. Tenía tan poco de mayordomo como las prostitutas colonienses de damas.

Al salir a la calle miró la hora. Estaba anocheciendo. Debería haber más luz, pero la capa de nubes parecía haber descendido más aún. Pronto Colonia entera desaparecería entre los nubarrones.

Cüpper arrancó el coche mientras pensaba que podría venirle bien un amigo.

STADTGARTEN

La vio en seguida sobre el escenario vacío. Estaba arrastrando una auténtica montaña de altavoces, mientras Ulrich Stoerer se paseaba de un lado a otro dando instrucciones.

Una camarera con un piercing de plata en la nariz salió del restaurante colindante balanceando una bandeja con kölsch. Cüpper cogió dos.

—Son ocho marcos.

—Luego —prometió el comisario.

—De eso nada. Deme ocho marcos ahora.

—En primer lugar, no tengo ninguna mano libre. Y en segundo lugar, soy de la brigada de investigación criminal.

—En primer lugar, me da igual. Y en segundo lugar, la brigada de investigación criminal me va a dar ahora mismo ocho marcos.

Cüpper dejó los vasos, pescó calderilla y se acercó al escenario. Para entonces Marion había dejado los altavoces en manos de otros. Se había hecho daño en el pulgar y maldecía en voz alta.

—¿Qué tal, Catwoman? —dijo Cüpper.

—¡Ah, es usted! —Una sonrisa se deslizó por sus angulosos rasgos, y a Cüpper le gustó.

—Estas dos cervezas se interponían en mi camino, así que las he detenido y las he traído aquí. ¿Quiere una?

—¡Traiga!

La bebida desapareció en un santiamén. Cüpper miró la operación estupefacto y a continuación hizo lo mismo con su cerveza. Ella se echó a reír. Era la primera vez que veía reírse a Marion Ried. Por desgracia, solo duró un instante; luego volvió a aparecer la pequeña arruga vertical entre sus cejas.

—¿Qué le pasó en realidad a su tigre? —preguntó Cüpper.

—No quiero hablar de eso.

—Entonces, ¿de qué quiere hablar? Ha sido usted quien me ha llamado.

—¿Tiene al asesino?

Él la cogió del brazo y, en silencio, la apartó del escenario.

—No. Para ser sincero, estamos atascados.

—Hum… —Ella se miró las manos.

—Teníamos una pista, pero resultó ser un callejón sin salida. Su madre probablemente fue asesinada hacia las diez, no a las doce. Si es verdad que usted estuvo en el cine, podría borrarla de la lista de mis sospechosos.

Ella negó con la cabeza.

—No tengo testigos, si se refiere a eso.

—Entonces, por el momento sigue estando en la lista.

—¿Acaso soy sospechosa?

—Sí.

—¿Y cuál es su opinión?

—Mi opinión personal no viene al caso.

—¿Ah, no? —Ella lo miró con aire burlón—. ¿Qué quiere entonces? ¡Deténgame!

—Ya me gustaría. ¿Por qué me ha llamado, Marion?

—No lo sé…, Romanus.

Él sonrió. Tal y como la joven había pronunciado su odiado nombre, de repente no sonaba tan mal.

—¿Y bien?

—¿Y bien qué?

—¿Por qué quería verme?

Ella permaneció en silencio con la mirada perdida y los dientes apretados. Cüpper no sabía qué decir, y simplemente observaba cómo la banda hacía los últimos preparativos para su entrada en escena. Unos cuantos curiosos que se subieron al escenario fueron rápidamente expulsados. Ulli se colgó una guitarra eléctrica al cuello y ensayó unos pocos acordes. Un pitido procedente de los altavoces estuvo a punto de romperle los tímpanos a Cüpper. Luego, el técnico de sonido tuvo compasión y, de repente, el estruendo se convirtió en una dulce melodía.

—Quiero bailar —dijo Marion.

Cüpper iba a decir que ese no era momento de bailar, que tenían cosas más importantes que tratar, pero en lugar de eso estiró una mano y acarició su rostro.

Luego, sobresaltado, la retiró bruscamente. «¿Es que te has vuelto loco? —se reprendió—. Haz el favor de cumplir con tu trabajo, maldito idiota».

Al momento siguiente, se balancearon al compás de la triste y bella melodía.

—¿Está casado? —le preguntó ella en voz baja.

—No.

—¿Tiene novia?

—Tenía.

—¿Dónde está?

—Se marchó.

—¿Por qué?

Una buena pregunta a la que él seguía sin encontrar respuesta.

—Cuénteme algo de usted —le pidió ella.

—¿Qué quiere que le cuente?

—Cualquier cosa.

Cüpper la estrechó con más fuerza entre sus brazos, como si fuera a escapársele. El poco dominio sobre sí mismo que le quedaba protestó recordándole que estaba de servicio en el Stadtgarten. Pero hizo caso omiso, y siguió la senda de sus recuerdos en busca de algo que pudiera contarle.

Y de repente se encontró de nuevo en el zoo.

—Cuando era muy pequeño, mi padre me llevó a ver los leones —dijo—. Él decía que yo era un cobarde, y quizá tuviera razón. En cualquier caso, quería curarme porque opinaba que los cobardes no llegan a ninguna parte. — ¡Cuánto tiempo hacía de eso!—. Uno de los leones se me acercó mucho y mi padre me mantuvo pegado a la reja. Por aquel entonces todavía estaban en jaulas; no había recintos al aire libre. Pero yo no me di cuenta de que había una verja de protección, sino que creí que mi padre se había hartado y, como castigo por mi carácter asustadizo, quería alimentar a los leones conmigo. Y me eché a llorar. Seguí llorando incluso cuando ya íbamos por Riehler Strasse, menos por miedo que por el gesto de decepción de mi padre. —Hizo una pausa y sonrió—. Es curioso. En realidad, lo había olvidado.

—¿Por eso se hizo policía? —preguntó ella, haciéndole cosquillas en el oído como un animalito juguetón.

—Es posible.

—Pero aún tiene miedo.

—Todo el mundo tiene derecho a tener miedo. —Sonó como si pronunciara su propio alegato de defensa—. Ningún padre, nadie, tiene derecho a quitártelo.

—Tiene miedo de los gatos —señaló ella, y parecía como si le divirtiera saberlo.

Cüpper guardó silencio.

Ella soltó una risita.

—Está usted muy sexy cuando se asusta.

Él iba a decir algo, pero entonces la música terminó de repente, como si la hubieran cortado con una hacha.

—¡Mierda! —gritó Ulrich Stoerer, dejando de ser un trovador para convertirse en un artista colérico—. ¡Mierda, mierda y mierda! ¡Eso no es sonido, es basura!

Marion dirigió una mirada venenosa al escenario. El Stadtgarten volvía a ser el Stadtgarten. Cüpper la soltó.

—Tengo que preguntarle algo, Marion —dijo con serenidad—, y no le va a gustar.

Ella se encogió de hombros.

—¿Le ha dejado algo su madre? ¿Una fortuna? ¿Bienes inmuebles?

—Quiere decir que si me hubiera salido a cuenta matarla, ¿no? — respondió ella.

—Sí, exactamente.

La camarera del piercing plateado pasó por su lado con más cervezas. Más allá, Ulli se peleaba con el técnico de sonido. Cüpper se irguió. Marion estaba más alejada de lo que nunca había estado hasta ese momento.

—Mi madre no me ha dejado nada —dijo fríamente.

—¿No hay testamento?

—No. Inka no hizo nada. Probablemente no partiera de la base de que algún día moriría como el resto de las personas.

—O los gatos —se le escapó a Cüpper.

Ella le lanzó una mirada furibunda.

—¡O los gatos! ¿Acaso hay alguna diferencia? Ni siquiera puedo reprocharle nada a mi madre. Ella no me parió, ¡me arrojó al mundo! En cuanto fui capaz de sostenerme en pie, perdió el interés.

—¿Se ocupa Fritz por lo menos de usted?

—¿Fritz? —resopló ella—. ¿Se ha ocupado alguna vez de algo que no fueran sus negocios?

—Es su padrastro…

—¡Y qué! Alguna vez lo he admirado. ¡Qué padre podría haber sido ese hijo de puta! Pero Fritz tenía bastante con acumular dinero para ponerse a salvo a sí mismo.

—Fritz no tiene ninguna razón para ponerse a salvo. Ya es lo bastante rico.

Marion abrió unos ojos como platos y soltó una carcajada.

—¿Eso es lo que le ha contado?

—Él… no.

Ella le puso el dedo índice en el pecho.

—Fritz no tiene absolutamente nada, comisario. Nada de nada. Era un pobre desgraciado de escasos recursos cuando conoció a Inka. Todo pertenecía a ella. Y él lo heredará todo. Si hay alguien que se beneficie de la muerte de Inka, desde luego no soy yo.

—Un momento —dijo Cüpper, desconcertado—. ¿Significa eso que Fritz no es un hombre rico?

—Ahora sí lo es —repuso ella alargando las sílabas.

—Marion —Cüpper se quedó sin aliento—, ¿sabe lo que está diciendo?

—Si mi madre se hubiera divorciado de él —continuó ella, furiosa—, Fritz se habría ido a la mierda. ¡Y encima va usted y me pregunta si he asesinado a Inka!

—¡Maldita sea! —La ira se apoderó de él—. ¿Acaso quiere mandarlo de cabeza a la cárcel?

—¿Qué esperaba usted?

—Fritz es su…

—No lo es, pedazo de hipócrita. Como si usted mismo no sospechara de él… No me venga con moralismos acerca del padre y de la familia. Usted solo quiere poner a alguien a la sombra y así quedarse tranquilo.

—Yo quiero la verdad.

—¿Y qué hará después con su verdad? Archivarla. ¡Genial!

—Esto no es nada personal, quiero decir…

—A eso me refiero. A que no es nada personal.

Sus ojos lanzaban chispas. Antes de que Cüpper pudiera responder, Marion desapareció entre la muchedumbre en dirección al escenario.

De repente, Cüpper se sintió terriblemente estúpido.

Dio media vuelta y salió del parque.

LA NOCHE

—Su abrigo —dijo Schmitz.

—Gracias. No necesito abrigo. —Von Barneck miró impaciente la hora —. ¿Dónde rayos se habrá metido el taxi?

—¿El paraguas quizá? Está lloviendo otra vez.

—Sí, no para de llover. Me lo llevaré.

—Cuando era pequeño, escuché la sinfonía del «Golpe de timbal» o «La sorpresa» —comentó Schmitz, y fue a por un paraguas.

—¿Ah, sí? De eso debe de hacer una eternidad.

—Unos setenta años. Me quedé dormido.

Von Barneck se echó a reír.

—Esa es la razón por la que el viejo Haydn introdujo el timbal. La obra se caracteriza por dos reglas irrefutables, querido amigo. En primer lugar, los cortesanos y los reyes no entienden nada de música. Y en segundo lugar, merecía la pena gastarse el dinero.

—Eso hoy no ha cambiado mucho, ¿verdad?

Schmitz había escogido un paraguas con el mango en forma de pato. Von Barneck lo cogió y miró los ojos de cristal del animal.

—Efectivamente —dijo—. Hoy pasa exactamente lo mismo.

Y entonces llegó el taxi.

Marion Ried se sentó detrás del escenario a escuchar los sonidos ásperos y melancólicos de la banda.

Cerró los ojos y pensó en Cüpper con su traje negro, la convencional camisa blanca, la corbata correctamente anudada y el pelo oscuro con una raya que parecía trazada con tiralíneas. Pensó en la tranquilidad que emanaba y en el caos que se ocultaba tras su fachada aparentemente serena. Marion percibía ese caos como algo vivo. En cierto modo, Cüpper era igual que ella.

Solo que él sospechaba que ella había matado a su madre.

¿Lo había hecho?

¿Había alguna diferencia entre matar a alguien mentalmente o hacerlo de verdad? Claro que había matado a su madre. En realidad, podría haberse cargado a todo el mundo, incluso al zumbado de su novio.

¿Y Gopper? El viejo Gopper, que se preocupaba tanto por ella. ¿Había hecho bien en echarlo de su lado cuando se acercó a consolarla? ¿Acaso no todo el mundo se mata entre sí un poco cada día?

¿Había hecho bien en bailar con Cüpper?

Ulli cantaba a grito pelado; su traje lanzaba destellos a la luz de los focos. Entonces Marion se levantó y fue al despacho del gerente en busca de una guía telefónica.

Una tormenta descargaba sobre Colonia. El cielo se iluminaba cada pocos segundos con un nuevo relámpago.

Rabenhorst se hallaba entre montones de libros de cocina prestados que hojeaba hasta herirse las yemas de los dedos. Finalmente se dio por vencido y marcó de mala gana un número de teléfono.

—Rabenhorst, ¿dígame?

—Rabenhorst también.

—¡Hijo, qué sorpresa! Hace un momento le estaba diciendo a tu padre: «Rolfi se ha olvidado de nosotros, ya no llama nunca ni se preocupa por nada». Ese desinterés no lo has heredado de nosotros.

—Toda nuestra familia es un hatajo de quejicas e intrigantes —dijo Rabenhorst—. A ninguno de ellos se le pasaría por la cabeza llamarme.

—Al fin y al cabo, tú eres el más joven —contestó astutamente su madre.

—¡Santo Dios! Otra cosa; ya que te tengo al teléfono, te diré que no está bien que te presentes en comisaría y vuelvas loca a la gente.

—No sé de qué te quejas —replicó la madre—. El simpático señor Haas dijo que gracias a mí esa señora tan rara que estaba en la cama había hablado. Por cierto, ¿ya me has dado las gracias por el polo?

—Gracias.

—Es bonito, ¿verdad? Y solo me ha costado… bueno, no te lo voy a decir. No todo tiene que ser caro.

—Desde luego, mamá. Me compras un polo, me haces la vida imposible en comisaría, todos me señalan con el dedo y me felicitan por tener una madre tan valiente que hizo falta media patrulla para echarla de allí. ¿Tendrías la amabilidad de hacer algo realmente útil por mí?

Se hizo un silencio durante el cual la señora Rabenhorst sumó uno más uno y le dio tres.

—¿Cuánto necesitas? —preguntó con estoicismo.

Rabenhorst puso los ojos en blanco, pero logró imprimir a su voz un tono más o menos amable.

—Necesito tu consejo, mamá.

—¿Mi consejo? ¡Santo cielo! ¡Eso sí que es un milagro! ¿Sobre qué quieres que te aconseje, hijo mío?

—¿Puedes decirme cómo se hace el estofado a la vinagreta?

Al otro lado de la línea telefónica se hizo un silencio. Luego la mujer dijo en tono serio:

—No deberías tomarle el pelo a tu anciana madre, hijo mío. ¿Para qué necesitas la receta?

—La necesito para demostrarle a un bocazas que por lo menos hay algo en el mundo que sé hacer mejor que él —replicó Rabenhorst.

—¡Haberlo dicho antes! —repuso ella—. Vamos, coge algo para escribir.

El fino oído de Eleonore Schmitz registró la llegada de un coche. Dejó de fregar y le pellizcó en un costado a su marido, que estaba adormilado frente a la mesa de la cocina.

—Ve a abrir —cuchicheó.

Schmitz se despertó sobresaltado.

—¿Qué? ¿Ya?

—Son las diez y cuarto, para tu información. Acaba de llegar un taxi. ¿Para qué te pagan? ¿Y tú quieres ser mayordomo? Venga, date prisa.

Schmitz se colocó con cuidado la dentadura postiza y salió al vestíbulo a tiempo para abrir la puerta.

—¿Qué tal la velada, señor?

—Un desastre. Hay un concierto programado para las ocho en punto, y tardan una eternidad en revisar las entradas. No logro entender cómo se consiente una cosa así.

Schmitz cogió el paraguas del pato que Von Barneck le tendía.

—Lamentable, desde luego —convino—. ¿Ha disfrutado al menos con el «Golpe de timbal»?

—Puf… Los músicos eran malos y tocaban con desgana, como ancianitas, y el director…, para matarlo, vamos. Schmitz, aún tengo cosas que hacer. Desviaré las llamadas al vestíbulo; por favor, páseme solo las que sean realmente urgentes.

—Por supuesto. ¿Estará usted en el primer piso?

—Sí, en el despacho.

Schmitz se retiró y fue a guardar el paraguas.

—¿Cómo dices? ¿Alfajores?

—Mira, hijo, hay dos formas de preparar el estofado a la vinagreta: una con alfajores y otra sin ellos. Eso es así.

—¿Y dónde voy a encontrar alfajores en verano?

—Investiga.

—No sé por dónde empezar.

—Pues pregúntale a tu jefe. Él sabrá.

—¡De eso, nada! —gruñó Rabenhorst, anotando los alfajores con tanta fuerza que el bolígrafo rasgó el papel.

El teléfono sonó.

—Vaya, no lleva en casa ni cinco minutos y ya le están llamando — protestó Schmitz acercándose al teléfono del vestíbulo.

—Casa Von Barneck —graznó.

—Ah, es usted. ¿Dónde está Fritz?

—¡Señor Hartmann! —Schmitz se alegró de oír su voz. El doble de su jefe le caía bien; de hecho, le caía mejor que el original—. ¿Está usted en una cabina telefónica? Se oye un ruido raro.

—No, estoy llamando desde el móvil. Estoy en la calle. Pero sí, tiene usted razón; estos chismes hacen un ruido extraño. ¿Por qué deja que ese usurero lo siga explotando? ¡Si podría trabajar usted como detective!

—Ay, señor Hartmann, la edad…

—No se hable más. ¡Tiene que hacerse detective! Es evidente que tiene usted aptitudes para ello… Bueno, ¿está Fritz en casa?

—Oh, está de mal humor y me ha pedido que no se lo moleste.

—Entiendo. Es importante.

—De acuerdo. Un segundo, que le paso con él.

Acto seguido marcó el número del despacho. Von Barneck lo dejó sonar una docena de veces, hasta que cogió el aparato enojado.

—¿No le he dicho…?

—Señor Von Barneck, es Hartmann.

Siguieron unos pocos segundos de desconcierto.

—Bien, pásemelo.

A continuación, Schmitz colgó y regresó a la cocina.

—¡Esto parece una casa de locos! —protestó su mujer con las manos llenas de jabón.

—Pero Eleonore —repuso él—, si solo ha sido una llamada. —Se sentó a la mesa y clavó la vista en su plato vacío, tan vacío como su estómago—. ¿Queda algo de sopa?

—Queda algo de sopa, queda algo de sopa… ¡Luego vas por ahí soltando gases todo el día!

—Cariño —la aduló Schmitz—, preparas la mejor sopa de toda Colonia. No te pongas así y sírveme un platito, anda.

—¡Schmitz! —llamó una voz impaciente desde el vestíbulo.

—Te necesitan —canturreó su mujer, sumergiéndose de nuevo en el fregadero.

El anciano se levantó de un salto, se permitió soltar un taco en voz baja y salió escopeteado al vestíbulo. Von Barneck estaba asomado a la baranda del primer piso.

—Un coñac, por favor. El Otard; creo que lo he visto en el comedor.

—Sí, claro, el Otard —murmuró Schmitz.

Se apresuró a ir al comedor y al cabo de pocos segundos fue con el coñac al despacho, donde Von Barneck seguía hablando por teléfono. Schmitz aguardó discretamente como todo buen mayordomo; es decir, con la oreja puesta.

—… entonces nadie lo sabía —decía Von Barneck—. Max, te preocupas demasiado. Te han tomado por mí, tal y como planeamos. De lo de Milán hace ya tres años; ¿a quién le interesa hoy eso? —Meneó enérgicamente la cabeza—. No, alguien te está tomando el pelo, y si me lo preguntas, te diré que deberías olvidarte de esa dudosa cita. Y también de tu libreta.

Schmitz sabía cuándo era el momento de retirarse. Dignamente, dejó el coñac sobre el escritorio y abandonó el despacho sin hacer ruido. Cuando llegó al vestíbulo, sonó nuevamente el teléfono. El viejo mayordomo encajó la bandeja bajo el brazo y se apresuró a ir a cogerlo.

—Casa Von…

—Schmitz, le paso a Max. Tiene instrucciones que darle.

Se oyó un chasquido en el auricular.

—Hola otra vez —dijo Hartmann—. Debo darme prisa, así que escuche con atención, por favor. Busque una libreta negra por la casa; en la primera página está escrito mi nombre. ¡Es importante!

En el piso superior se abrió la puerta del despacho, y Schmitz vio cómo Von Barneck bajaba lentamente la escalera.

—¿Dónde la busco? —balbuceó el mayordomo.

—¡Es importante! —repitió Hartmann—. Gracias. Ahora tengo que colgar. Hasta luego.

—Hasta luego —susurró Schmitz, y colgó.

—Estoy en el cuarto de la chimenea, Schmitz. No me dejan trabajar en paz.

—Naturalmente, señor.

—Manténgase a mi disposición.

—Desde luego.

Schmitz había tenido la impresión de que alguien estaba acosando al pobre Hartmann. Decidió que en el futuro lo trataría con especial deferencia. Luego se acordó de la sopa de guisantes, se olvidó de Von Barneck y de Hartmann y fue corriendo a la cocina.

Sin embargo, a mitad de camino se detuvo. ¡El comisario! ¿Sería importante lo que se le acababa de ocurrir?

El hombre le había dado su teléfono particular, y cualquier pequeño detalle podía ser importante.

Al menos, más importante que la sopa de guisantes.

Cüpper apenas se tenía en pie a la salida del Rosebud, el bar más bonito de Colonia, donde había pasado la tarde bebiendo caipiriñas y charlando con otros clientes. El bolsillo interior de su traje estaba repleto de posavasos garabateados, uno de los cuales le prometía un Jaguar recién restaurado por trece mil marcos si se presentaba a las nueve y media del sábado en casa de un tal Fred. El comisario recordaba vagamente a un hombre de estatura media que iba acompañado de unas damas alegres y que no dejaba de hablar de los viejos tiempos, hasta que Cüpper se hartó de él y le pidió que le prestara a una de las mujeres. Pero para su sorpresa, el tipo accedió encantado, de modo que no le quedó más remedio que salir corriendo del local.

Mientras soñaba con coches ingleses restaurados, entró en su casa tambaleándose como hacía años.

El contestador automático parpadeaba. Dos personas se habían apiadado de él. Bueno, menos era nada.

Pulsó la tecla Play.

—Hola, Romanus.

Era Marion. Instantáneamente se le pasó la borrachera.

—Romanus… el tigre… lo quería mucho. Era un animal muy fuerte. Yo creía que era tan fuerte que era capaz de superar cualquier cosa. Pero ahora está muerto. Y todo por una simple indigestión. Creíamos que con darle unas cuantas píldoras ya bastaba, ¡pero se ha muerto!

Durante largo rato, Cüpper no oyó nada más que un murmullo. Luego sonó de nuevo su voz.

—Usted es la única persona sincera que conozco. Romanus, creo que… ¡Cómo me gustaría que estuviera aquí!

De nuevo el murmullo. Al fondo se oía algo parecido a una música.

—Buenas noches —dijo ella con dulzura.

Clic. Murmullo. Piiip.

—Señor comisario, perdone que lo moleste a estas horas para hacer uso de su amable ofrecimiento de ponerme en contacto con usted también en privado. Verá, no estoy seguro de si tiene importancia, pero se me ha ocurrido que hay otra manera de distinguir al señor Von Barneck del señor Hartmann. —Schmitz soltó una risa nerviosa—. ¡Ay, Dios! Ahora me parece que ha sido una tontería llamarlo por esto. En fin, se lo diré. Pues bien, el señor Hartmann es… Realmente no sé si tiene la menor importancia, discúlpeme. ¡El señor Hartmann es zurdo! Buenas noches, comisario. Que duerma usted bien.