Hambre asesina

Frank Schätzing · Capítulo 6 de 8

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Hambre asesina

Cuarto Día

 

 

LLEGADA

Era por la mañana y Schmitz esperaba ante las puertas de salida mientras miraba una y otra vez su reloj. El avión de Von Barneck había aterrizado a su debido tiempo. Eran las diez y diez. O mejor dicho, acababan de serlo. Entretanto, habría pasado un minuto, o tal vez dos.

Schmitz comprobó de nuevo la hora.

Sabía que esa costumbre sacaba de quicio a su mujer, pero él era así y no podía remediarlo. A veces, él mismo ponía en duda el sentido y la finalidad de esa fastidiosa manía. ¿De qué quería asegurarse? ¿De que el reloj seguía en su sitio? Ridículo. Pero le encantaba la precisión, y también su reloj.

Por si acaso, le echó otra rápida ojeada.

Las puertas de salida se abrieron entonces y por ellas comenzaron a salir hombres de negocios con corbatas baratas y pantalones mal confeccionados. En cambio, daba gusto ver la espigada figura de Von Barneck, vestida de impecable Armani. Schmitz sacó pecho y se apresuró a salir al encuentro de su jefe. Como siempre, se sentía orgulloso, pero no sabía exactamente si de Von Barneck o de ser el mejor mayordomo de Alemania.

—¿Qué tal el vuelo, señor? —preguntó cogiendo el equipaje de Von Barneck.

—Una locura. —El millonario bostezó y se atusó el pelo—. Capas de aire frío y caliente en pugna.

—Lamentable. El coche no está lejos.

—La reunión de anoche fue agotadora. He dormido poco. Hágame el favor de encargarme un desayuno consistente.

—Por supuesto. ¿Huevos con beicon?

—Me temo que no —dijo una voz delante de ellos.

Dos hombres les interceptaron el paso y acto seguido se identificaron.

—¡Cómo se atreve! —exclamó Schmitz, enojado; luego reconoció a uno de los dos—. ¿No es usted…?

—Rabenhorst, de la brigada de investigación criminal. Señor Von Barneck, le ruego que me acompañe a la comisaría.

Schmitz miró asustado a los policías y a su jefe, esforzándose por no perder la compostura. El millonario permaneció impertérrito.

—¿Estoy detenido?

—No —repuso el inspector—, pero tenemos que hablar de algunos puntos oscuros en la investigación. Por favor, le ruego que no oponga usted resistencia.

—No se preocupe. Todo va bien, Schmitz. Váyase a casa; yo llegaré más tarde.

—De acuerdo —respondió Schmitz tragando saliva.

—Cuando quieran, señores.

El mayordomo observó cómo se alejaban y por un momento no supo qué hacer. «¡Qué historia tan truculenta!», se dijo.

Suspiró y miró su reloj.

CLÍNICA

La vida se iba abriendo paso… y finalmente permitió que Astrid Hasling abriera de nuevo los ojos.

No sabía dónde estaba.

Lo último que recordaba era una banalidad, un italiano que le había preguntado por Inka y al que había visto alguna vez anteriormente.

Y de pronto recordó también dónde.

Recobró la memoria, y comenzó a gritar.

EL JEROGLÍFICO

Cüpper contemplaba su rosa como si en realidad fueran tres docenas. Había recorrido media jefatura de policía en busca de un jarrón. En su casa ya no quedaba ninguno. Al parecer, todos los jarrones, las jarras y los tiestos eran también de ella.

Al final, una empleada de la cafetería se apiadó de él, y ahora la rosa estaba dentro de un vaso medidor y ennoblecía el escritorio de Cüpper.

—Han llegado el señor Rabenhorst y el señor Von Barneck —chirrió el intercomunicador.

—Que pasen.

Cüpper sentía curiosidad. Las comprobaciones de Rabenhorst en el auditorio no habían aportado los resultados esperados. Allí le habían dicho que era muy posible que alguien se hubiera marchado antes de tiempo la noche en cuestión; eso era algo que sucedía a menudo, pero no se acordaban de nadie en concreto.

Von Barneck no parecía particularmente inquieto. Saludó con la cabeza a Cüpper y tomó asiento sin esperar a que nadie se lo ofreciera.

—¿Café? —preguntó Cüpper.

—Déjese de formalidades y vaya al grano. Tengo que ir a ver al notario.

—Bien. ¿Dónde estuvo la noche en que murió Hartmann?

—¡Lo sabe de sobra! ¿Por qué tengo que repetirlo todo cien veces?

—Porque se lo pregunto cien veces. ¿Qué hacía en casa de Eva Feldkamp?

«Atrapado», dijo la expresión en el rostro de Von Barneck. Luego, en una rápida sucesión, pasó de la ira a la reflexión y más tarde entró en razón. Cüpper no se había equivocado: el millonario era demasiado listo como para mantener tercamente su postura.

—Eva y yo tenemos…

—¿Un lío? —terció Rabenhorst.

—Su manera de expresarse es un tanto vulgar.

Von Barneck sonrió. «Parece cansado —pensó Cüpper—. Da la impresión de que se alegre de que lo hayamos desenmascarado».

—¿Estaba enterada su esposa? —le preguntó.

—No. Era importante que Inka no supiera nada. Ya conoce el trasfondo financiero.

—Francamente, su mujer no era un ángel, que digamos. ¿Realmente le habría concedido tanta importancia a sus tejemanejes como para divorciarse?

Von Barneck meneó la cabeza.

—No lo entiende. Era yo quien quería el divorcio. Quiero casarme con Eva. La amo.

Sus palabras brotaron titubeantes, con desgana. Parecía que al empresario le costara un gran esfuerzo hablar de sentimientos.

Cüpper y Rabenhorst intercambiaron una rápida mirada.

—Sé que eso puede inducirles a pensar que yo maté a Inka —continuó Von Barneck—. Pero no fue así. Busqué febrilmente una solución que la complaciera —dijo con la mirada perdida en el vacío—. Inka no tenía los mismos intereses que otra gente. Todo le daba igual. Rompía con todos en cuanto se aburría de ellos, cosa que por lo general ocurría muy pronto. Pero había algo que no soportaba.

—Que otro diera el primer paso —aventuró Cüpper.

—Es usted un chico listo. Verá, yo sabía lo que sucedería si pedía el divorcio. Ella se enfurecería y querría vengarse dejándome en la ruina. — Apoyó la barbilla en las manos—. Si no hubiera sabido que se divertía a costa de las miserias de los demás, habría estado tentado de sentir lástima por ella.

Cüpper lo escudriñó con la mirada.

—¿Por qué se casó con ella?

Von Barneck se encogió de hombros.

—No crea que era una bruja sin escrúpulos. Poseía mucho atractivo. Cuando quería, era la persona más cariñosa del mundo. Era capaz de entusiasmarse y de entusiasmar a los demás. Por aquel entonces, un buen día se obsesionó con la idea del matrimonio, igual que años antes se había obsesionado con tener hijos. Entonces nació Marion, e Inka perdió el interés. Yo mismo tenía poco tiempo para ocuparme de la niña.

—Y seguramente también pocas ganas, ¿no es así?

—Sí. ¿Para qué voy a negarlo? Quizá hubiera acabado haciéndome ilusión, pero Marion se fue de casa y no quiso tener nada que ver con nosotros. No se lo puedo echar en cara. Entretanto, Inka sopesó sus intereses y decidió que yo le interesaba tan poco como su hija.

—Y entonces llegó Eva…

Von Barneck asintió levemente con la cabeza.

—Entonces llegó Eva. Soy un hombre de negocios, Cüpper. Me interesa mucho el dinero. Mentiría si dijera que en mi matrimonio con Inka el dinero no tenía ninguna importancia. Pero de repente me vi en la tesitura de tener que elegir entre Eva o el dinero. He pasado muchas noches en blanco buscando soluciones. —Se interrumpió y miró al policía—. Naturalmente, también se me ocurrió liquidar a Inka. Nadie está libre de esos pensamientos. Si usted pudiera detener a toda la gente buena, tolerante y honesta que nos rodea por sus pensamientos, las cárceles no darían abasto.

A Cüpper le dio la risa.

—Usted podría construir más cárceles.

Von Barneck sonrió a su vez.

—Usted mismo acabaría en una celda, comisario.

—Es posible. ¿Le apetece ahora ese café?

—Con mucho gusto.

Cüpper se acercó al intercomunicador para pedir café, al tiempo que acariciaba con la mano el vaso de la rosa. Pero este se volcó lentamente y cayó por el borde del escritorio. Mientras el policía ponía a prueba sus reflejos, vio cómo los dedos de Von Barneck se cerraban en torno al vaso suspendido en el aire y volvían a depositarlo suavemente encima del escritorio. Fue a decir algo, pero en lugar de ello siguió con el brazo estirado, mirando fijamente su rosa.

De pronto tuvo la impresión de que acababa de encontrar la respuesta a todas las preguntas sin entenderla.

—¡Eh!

El vaso con la rosa. Un jeroglífico.

—¡Eh, jefe!

Cüpper se estremeció y miró a Rabenhorst.

—¿Se encuentra bien?

—¿Cómo? Sí —respondió, y se dirigió a Von Barneck—: Gracias por salvar mi rosa. Rabenhorst, sea bueno y vaya por ese café. —El inspector hizo una mueca de disgusto, respiró profundamente y salió del despacho—. Bueno —dijo Cüpper tras una breve pausa—, ¿a qué venía ese numerito del auditorio?

—Después del asesinato, Eva y yo debíamos ocultarnos. ¿Qué impresión habríamos dado si nada más morir Inka de repente se descubriera que estábamos enamorados? Quizá tomamos unas medidas de precaución exageradas, pero la gente como usted habría sacado una conclusión equivocada.

—En las obras también hicieron teatro.

—No del todo. Estábamos verdaderamente afectados. Naturalmente, envié a Max al auditorio en mi lugar, pero fue un encargo rutinario e inofensivo.

—¿Y lo del destornillador?

—Se le ocurrió a Eva espontáneamente. Pero no la considere una desalmada por ello. Está un poco mal de los nervios, eso es todo.

—Hum… Demasiado teatro, me parece a mí. Habría tenido mil posibilidades de encontrarse con la señora Feldkamp sin llamar la atención de nadie.

—Digamos que reaccioné de manera exagerada. ¿No le sucede a usted también a veces?

—Sí.

Cüpper estaba distraído. Tenía la impresión de que Von Barneck se le escapaba de las manos. Le rondaba por la cabeza la imagen de la rosa caída. Una rosa que se cae. Un vaso con una rosa. ¿Qué demonios…?

Sus pensamientos fueron súbitamente interrumpidos. Rabenhorst entró golpeando la puerta contra la pared, como si lo persiguieran mil clones de su madre.

—¿Dónde está el café? —preguntó Cüpper.

—Café, café… —A Rabenhorst le faltaba el aire—. Acaban de llamar del hospital. La Hasling se ha despertado.

—¡Al fin! —exclamó Cüpper—. Escuche, Rabenhorst…

—¿Sabe cuáles fueron sus primeras palabras? «El italiano. Conozco al italiano».

—Rabenhorst…

—«Y se parece a…».

—¡Rabenhorst!

—«… la secretaria de Fritz von Barneck».

El empresario abrió unos ojos como platos.

—¿Qué significa eso? —inquirió, y acto seguido señaló a Rabenhorst—. ¿De qué está hablando este hombre?

Cüpper se hundió en el abrazo de su sillón acolchado, que tanto consuelo le aportaba.

—Rabenhorst —suspiró—. Ay, Rabenhorst, ¿qué ha hecho usted para merecer venir a este mundo?

Durante un rato, ambos policías guardaron silencio. Cüpper agarraba enfurruñado el volante, dando una imagen muy distinta de lo que debería ser un buen conductor. Pasó varios semáforos en rojo y cogió a toda velocidad la carretera que llevaba al hospital.

—¡Estúpido! —exclamó finalmente Cüpper—. ¡A quién se le ocurre entrar así en el despacho y soltar una novedad tan importante para el caso delante de uno de los principales sospechosos! ¡Podría haberlo publicado directamente en el periódico!

—Creía que ya no era tan sospechoso —murmuró Rabenhorst mirando por la ventanilla.

—Creía, creía… —gruñó Cüpper.

Con los neumáticos echando humo, el policía aparcó frente a la entrada principal y subió la escalera hecho una furia. Rabenhorst lo siguió a trompicones.

—No puede usted… —empezó a decir un portero.

—Sí puedo. Brigada de investigación criminal.

—Sí… eh… puede —dijo Rabenhorst, disculpándolo y esforzándose por no quedarse atrás.

—¿Por qué está usted aquí? —inquirió Cüpper, resoplando como una locomotora—. Entretanto, podría detener a Eva.

—No puedo, y usted lo sabe —jadeó Rabenhorst—. Von Barneck ha dicho que ella se va a quedar un día más en Frankfurt. No llegará hasta mañana.

—¡Mierda!

—¡Maldita sea! —Rabenhorst agarró a Cüpper por el brazo y lo sujetó—. He cometido un error, lo reconozco. Pero ¿es esa razón suficiente para mostrarme los dientes durante toda la eternidad?

—¡Sí!

—¿Y qué quiere que haga? ¿Pedirle perdón de rodillas?

—Es lo mínimo.

—Está bien; no volverá a pasar, se lo aseguro. ¿Qué más puedo hacer? ¡Ya está: le compraré un restaurante!

—Grrr.

—Uno con estrellas.

—Puf.

—Una cervecería, entonces.

Cüpper se detuvo. Intentaba parecer enfadado, pero de repente le entró la risa.

—Propóngame algo que esté dentro de sus posibilidades.

—Está bien. Lo invito a comer estofado a la vinagreta.

—¿Cómo dice?

—Sí —Rabenhorst asintió, solícito—. Yo cocino. Usted solo dígame cuándo.

Cüpper lo observó como si su ayudante hubiera perdido la razón.

—¡No me diga que me invita a comer estofado! —exclamó—. Reconozco que debo de estar zumbado, pero acepto.

—Alabado sea el Señor —suspiró Rabenhorst, y hombro con hombro, los dos policías desfilaron por el pasillo que conducía a la habitación de Astrid.

NOTARÍA

Päffgen cambiaba las actas de derecha a izquierda. Las gafas le resbalaban por el puente de la nariz. Se las subió, pero volvieron a deslizarse.

Ante él estaba sentado el tal Von Barneck. Un hombre rico, se decía. A Päffgen le gustaba que lo fuera. Pensó que los hombres ricos eran buenas personas.

Apagó el cigarrillo y sacó otro de la cajetilla.

A su lado estaba la hija de Inka von Barneck. O, más exactamente, la hija de Inka Ried, llamada Marion Ried.

Nadie más.

Abrió el sobre y de él sacó un folio escrito a mano y firmado por Inka von Barneck.

—Voy a dar lectura a la última voluntad —declaró—. Es plenamente legal y no es impugnable. ¿Quiere alguien decir algo antes?

Silencio. Päffgen se subió nuevamente las gafas, que por supuesto volvieron a resbalar. Sacó un cigarrillo del paquete, lo encendió, dio una honda calada y lo dejó en el cenicero. Para su sorpresa, comprobó que a su lado había otro humeando.

—«Yo, Inka von Barneck —leyó en voz alta—, lego la totalidad de mis bienes a mi hija Marion. Lo siento, Fritz».

Ambos, Fritz von Barneck y Marion Ried, lo miraron desconcertados.

—Dice «Lo siento, Fritz» —se apresuró a aclarar el notario—. No me lo he inventado.

Volvió a echar mano de la cajetilla.

—Firmado: Inka von Barneck —concluyó.

PISTAS FALSAS

Astrid Hasling parecía descansada. No se acordaba de nada de lo sucedido en los últimos días y noches. Tenía un apetito insaciable y bebía agua sin parar. Daba la impresión de que no tenía que recuperar una semana escasa, sino años en realidad, una vez liberada de su prepotente rival.

Tras la muerte de Inka, Astrid empezaba a vivir.

Cuando Cüpper le preguntó por el italiano, ella le contó que, poco antes de la ruptura, Inka la había invitado a su casa por Año Nuevo. Ese día, Eva Feldkamp inauguró la comida con una breve charla aguda y llena de alusiones, que resultó ser más bien una parodia de un discurso. Al parecer, Astrid admiraba a esa mujer. Cüpper quiso saber si ese día había hablado con Eva Feldkamp, cosa que ella negó. Eva ni siquiera se había dado cuenta de su presencia.

Y ahora había salido de su estado catatónico con la certeza de haberse encontrado con ella: el italiano tenía los rasgos de Eva.

Cüpper llamó a la jefatura solicitando que un dibujante de la policía acudiera al hospital. El retrato robot mostraba sobre el papel a un hombre que podría haber sido perfectamente Eva, si se prescindía del bigote y se sustituía la peluca negra por una larga cabellera de color castaño.

Rabenhorst le preguntó entonces a Astrid por la noche en la que fue asesinada Inka, y ella le informó complacientemente. Casi todo lo que le dijo coincidía con la teoría de Cüpper.

Cuando por fin salieron de la clínica, el comisario se sentía aliviado, como si se hubiera quitado un peso de encima. No obstante, había otra cosa que le inquietaba, y no sabía si contársela a Rabenhorst. Pero ¿qué argumento sólido podría ocurrírsele al inspector acerca de los misterios que encerraba una rosa roja de tallo largo metida en un vaso medidor, que se vuelca sobre un escritorio y es recogida y vuelta a colocar sobre la mesa?

—Así que todo lo ha maquinado Eva —observó Rabenhorst.

Estaban sentados en el despacho de Cüpper, tomando demasiados cafés y pergeñando la gran teoría que lo relacionara todo.

—Von Barneck ha sido una víctima como todos los demás —siguió hilvanando Cüpper el hilo.

—Sí. Ella decidió convertirse en su esposa, así que Inka debía desaparecer. Eva lo tenía todo planeado desde hacía mucho, y ese plan también incluía dejarnos el mayor número posible de pistas falsas.

—¡Y le salió condenadamente bien! La pista que llevaba a Milán era perfecta. Ganarse a Max como cómplice debió de ser su primer paso. Él mantenía una relación con Inka que fue utilizada para sacar fotos comprometedoras.

—Fotos que naturalmente debíamos encontrar nosotros.

—Sí, eso estaba planeado. Solo que Eva ocultó al bueno de Max que, a cambio, él tendría que morir.

—Max e Inka: pista falsa número uno.

—Luego estaba el camello de Inka. Eva y Max averiguaron dónde y cuándo se hacía la entrega de la droga, y también que Inka tenía algo con el tipo. Uno de los dos la siguió a escondidas y sacó las fotos del parque.

—Inka y la mafia de la droga: pista falsa número dos.

—Max pone fin a la relación con Inka y le planta las fotos delante de las narices. Ella es vengativa, pero no estúpida, y acuerdan no denunciarse mutuamente. Luego a Eva se le ocurre la idea de hacer que, más tarde, aparezca otra vez el camello en Colonia, para acabar de liar las cosas. Se disfraza de él y hace todo lo posible por ser vista.

—Pista falsa número dos y medio: Inka y el camello.

—Genial —comentó Cüpper—. Sin embargo, ella no contaba con que precisamente Astrid Hasling se cruzaría en su camino.

—El famoso fallo en el sistema —asintió Rabenhorst.

—Sí, pero al principio el fallo es imperceptible. Max mata a Inka. Eva tiene libre acceso a Von Barneck; el plan ha salido bien. Ya solo estorba uno.

—Max.

—Exacto. Probablemente ella le contara que, después de la boda, se cargaría a Fritz y repartiría la herencia con él.

—Así que finge una dudosa cita en el cinturón verde de la ciudad, lleva hasta allí a Max en coche y lo mata. Con anterioridad ha convencido a Von Barneck para montar el pequeño espectáculo en las obras.

—Max, el ángel; Fritz, el cerdo. —Cüpper soltó una carcajada—. Pista falsa número tres. Eva pudo desviar las sospechas hacia Von Barneck sin ningún problema, porque él tenía una coartada para las dos noches.

Rabenhorst parecía insatisfecho.

—No obstante… Todo encaja, pero ¿por qué maniató a Max? La creo capaz de apuñalarlo por la espalda, pero ¿maniatarlo? Un metro noventa de estatura, bien entrenado y nada tonto ni mucho menos incauto.

Cüpper se miró las puntas de los zapatos y se paró a pensar. De repente tuvo una idea.

—¿Y si lo drogó? —sugirió.

—¿Cuándo? ¿Dónde?

—En su casa, poco después de que Von Barneck se fue. Max estaba en el auditorio y fue a casa de ella para que esta lo acompañara a su cita. Entonces Eva le echa algo en la limonada, le ata las manos por si acaso se despierta antes de tiempo, carga con él hasta el coche, lo lleva a las afueras de la ciudad y lo liquida.

Rabenhorst hizo una mueca.

—¿Un narcótico? ¿Y luego lo arrastró hasta el coche? ¡Venga ya!

Cüpper guardó silencio. Su ayudante tenía razón. Aquello no se sostenía.

—En cualquier caso, tenemos que detenerla.

—Von Barneck dijo que su avión aterrizaría mañana al mediodía.

—Sí. La detendremos en el aeropuerto.

—Y archivaremos el caso.

Cüpper dio un papirotazo a una goma con el dedo índice y miró por la ventana.

Una rosa en un vaso, que se cae…

SÜDSTADT

Eva Feldkamp fue a coger la copa, pero no atinó.

—¿Has perdido el sentido de la orientación? —le preguntó alguien, riendo.

Bloqueo mental. Relámpagos tras los párpados.

¿Dónde estaba?

Ah, sí, en su casa. Nada más entrar la esperaba una botella de champán y dos copas, y…

—No me encuentro muy bien —balbuceó; le costaba hablar.

—No me extraña —dijo la voz.

Ella entornó los ojos. La sombra imprecisa que tenía delante se convirtió de nuevo en un hombre. Alto, con el pelo blanco y ondulado, sonriente.

—He tenido que echarte algo en la copa —dijo él amablemente—. Ya sabes que hemos utilizado eso alguna vez.

La noticia le sentó como una patada en la boca del estómago. Había caído en la trampa. Aterrorizada, intentó incorporarse.

—¿Qué… has hecho?

—Tranquila, cariño. Estate tranquila.

Exhausta, se desplomó.

—Has resultado ser muy útil, pero todo papel tiene un final. No seas vanidosa. Ya has recibido tus aplausos.

Ella tragó saliva.

—No puedes hacerme… eso…

Él se levantó y se puso a su espalda. Ahora ella solo oía su voz.

—Ha habido dificultades. El tal Cüpper no es nada tonto. Figúrate que hasta ha descubierto la artimaña del auditorio.

Oía sus pasos en la moqueta: puf, puf, puf. Pero en su cabeza parecían dilatarse una eternidad; era como si su conciencia tuviera que acarrear con un universo en expansión. La droga iba haciéndole cada vez más efecto.

—Pero lo peor es que han descubierto tu disfraz. Saben que el italiano en realidad eras tú, lo cual es una pena, claro. Ahora vendrán y te interrogarán, y tú, después de resistir durante una hora más o menos, abrirás la boca y les contarás todo lo que quieren oír. Siempre has sido un poco sentimental.

Sus palabras se alzaban como montañas.

Puf, puf, puf…

—Les he dicho que permanecerías otro día más en Frankfurt y se lo han creído.

Hizo una pausa.

Tras los párpados, Eva veía pequeños soles que explotaban. Pugnó por abrir los ojos.

Puf, puf…

—Imagino que Cüpper vendrá a echar un vistazo a tu casa. Pero tardará bastante en obtener pruebas sólidas contra ti. Hasta entonces, por lo menos, no has de tener miedo de que desmantelen tu valiosa vivienda.

Él reapareció en su campo visual. ¿Había crecido? ¿Se había inflado? Parecía un globo con una corona blanca.

—Qué… —logró articular ella.

—Pero ¿sabes qué es lo peor?

De repente le vio la cara, una masa fluctuante en la que los ojos, los orificios de la nariz y los dientes ejecutaban pasos de baile.

—Inka hizo testamento. Ella, que nunca había querido hacerlo. Esa bestia se ha permitido hacernos una guarrada post mortem. —Se echó a reír—. Se lo ha dejado todo a Marion. Todo, ¿entiendes? ¡Hasta el último penique!

Ella cerró los ojos y desterró la imagen de Fritz de su cabeza. ¿En qué lío se había metido? ¿Por qué lo había ayudado?

¿Por qué lo quería tanto?

—¿No es horrible? Ahora habrá otro muerto. Una muerta, para ser más exactos. Mañana iré al zoo y tendré que apuñalar a Marion. Junto al cadáver encontrarán a un padrastro destrozado, que ha visto escapar a alguien mientras pedía socorro a gritos, el pobre hombre. Un desgraciado que se reprochará durante el resto de su vida no haber podido evitar el asesinato de su hija.

Lo que decía sonaba tan absurdo que, por un momento, se ralentizó el efecto de la droga. Eva apretó los puños.

—Eso… no… lo conseguirás…

—Antes tienen que dejarme marchar, aunque tengan dudas —continuó él —. Pero entonces la tragedia alcanzará su punto culminante. En Südstadt, al cabo de pocas horas, una mujer se precipitará al vacío desde un sexto piso. Dejará una carta de despedida diciendo que primero mandó asesinar a Inka von Barneck para luego matar al asesino, un tal Max. Y que, gracias al matrimonio con el que entonces sería el archimillonario Fritz von Barneck, esperaba enriquecerse y ser feliz. ¡Pero luego vino el testamento, y con él se acabaron sus sueños! Y entonces mató también a la chica, pero de repente ya no pudo seguir viviendo con la culpa. —Bajó la voz hasta convertirla en un susurro y terminó—: Y por eso había decidido poner fin a todo.

Eva pasó de hervir por dentro a estar muerta de frío. Estaba completamente ausente.

—La carta está en tu vieja máquina de escribir. Me he tomado esa libertad. Por desgracia, has olvidado firmarla. En fin, suele ocurrir. Y mientras todos estén alrededor de tu cadáver, nadie notará que desaparezco tan discretamente como he llegado. El caso Von Barneck se dará por cerrado, y se convertirá de repente en el caso Eva Feldkamp. Cosas que pasan…

Tenía la sensación de estar flotando en el aire.

—Hasta entonces te esconderé bien, de manera que nadie te encuentre. No dirás nada y no podrás moverte.

Oscuridad.

La voz de Fritz, apenas un susurro, le llegaba desde muy lejos.

—Que duermas bien, querida. Mañana te ayudaré a llevar a cabo tu última actuación estelar. Tu fama llenará los periódicos. Serás inmortal. Eso me lo debes a mí.

—Dijiste que me amarías siempre —dijo ella de pronto con una claridad asombrosa.

—¡Claro que sí! Pero no dije que sobrevivieras a mi amor.

Sobrevivieras, sobrevivieras…

Cada vez más bajo…

Sobrevivieras…

Más bajo y más lejano…

Sobrevivieras…

Negro.

COMISARIA

—Una rosa en un vaso que se cae. Una rosa en un vaso que se cae. Una…

—¿Qué?

Cüpper se sobresaltó.

—¿Qué significa «qué»?

—Usted ha dicho: «Una rosa en un vaso que se cae».

—Oh —exclamó Cüpper.

Rabenhorst frunció el entrecejo.

—¿Qué quiere decir con eso?

Cüpper señaló en silencio la rosa en su vaso.

—¿Que se cae? —insistió Rabenhorst.

—Olvídelo.

LA LLAMADA

A última hora de la tarde la lluvia arreció, pero aun así seguía haciendo mucho calor. Los chaparrones de los últimos días no habían refrescado el ambiente. Marion se sentía en un atolladero. Mientras se arrastraba entre las jaulas de las fieras, se preguntaba qué delirio impulsaba a una heredera millonaria a limpiar suelos y paredes de restos de carne seca.

¿Qué le impedía mandarlo todo a paseo?

Curiosamente, esa idea le parecía aún más absurda que haber heredado la fortuna de Inka. Agotada, se recostó contra la pared y apoyó la mejilla en la piedra fría. A través de la reja podía ver el recinto al aire libre. Donde el foso de agua interrumpía la rigurosa línea de la orilla y formaba un pequeño estanque que casi parecía natural, había apiladas unas rocas largas y planas. Justo detrás yacía un árbol muerto, cuyo extremo reposaba sobre dos tocones, destacando así varios metros por encima del suelo. Una de las leonas se había tumbado debajo. Su cola se levantaba de vez en cuando, como un miembro independiente cuya misión fuera inspeccionar el terreno e informar al cuerpo para evitarle todo movimiento innecesario. Cualquier cosa era probable, excepto que el felino se levantara, y menos aún que echara a correr. Era la imagen misma de la holgazanería.

Pero cualquiera que se dejara engañar por ello corría un peligro mortal.

Marion sonrió.

No sabía si llamar a Cüpper para contarle lo sucedido, o simplemente para oír su voz. Pero necesitaba tiempo. Había muchas cosas que asimilar: los asesinatos, el testamento, la ruptura de la fortaleza tras la que se había parapetado…

De nuevo quería estar a solas consigo misma.

En ese instante sonó el teléfono al fondo del pasillo y los músculos de Marion se distendieron. Saltó con agilidad de la jaula, llegó al aparato en cuatro zancadas y descolgó.

—Una llamada para usted —dijo la mujer del edificio de administración.

«Cüpper —pensó—. Querrá saber qué ha pasado con la herencia».

—Ried —dijo sin aliento.

—Hola, Marion.

Ella se quedó perpleja. Era Von Barneck.

—¿Fritz?

—Sí. He pensado que deberíamos charlar. Al fin y al cabo, ahora eres mi socia.

—Soy la heredera de Inka —replicó ella con frialdad.

—Naturalmente. Pero también eres mi… bueno, creo que podríamos recuperar el tiempo perdido. Al final, ¿qué nos ha quedado tras la muerte de tu madre? Solo dinero. —Titubeó un instante y luego añadió—: ¿Sabes una cosa? Había pensado que tú y yo podríamos conocernos un poco más.

—¿Porque no te ha dejado nada en herencia? ¿Te refieres a eso?

—Podrías participar en los negocios.

—Yo no entiendo nada de tus negocios.

—Está en tu mano.

Sorprendida, Marion se mordió el labio mientras pensaba en una respuesta.

—No hace falta que te precipites —se apresuró a añadir él—. Ante todo quiero que seamos amigos.

Ella rio amargamente.

—La idea se te ha ocurrido un poco larde.

—Lo sé. Debo compensarte por muchas cosas; déjame intentarlo al menos.

¿Un padre de repente? Marion vio cómo la desconfianza se apoderaba de ella.

—Es demasiado tarde para eso —dijo, pero sonó poco convincente. Deseaba tanto poder confiar en alguien…

—¡No es demasiado tarde! Marion, presta atención. Debo marcharme de viaje unos días. Si mañana estás en el zoo, me gustaría hacerte una visita.

—No puede ser —se apresuró a responder ella—. Tengo muchas cosas que hacer y…

—Hacia las ocho. Antes de que lleguen las visitas.

—¡Es la hora de dar de comer a los animales! Demasiado pronto.

—Después me habré marchado. Marion, hemos de hallar un principio. ¡Por favor!

Su voz sonaba sincera.

—Está bien —suspiró ella—. Diré a los porteros que te dejen pasar.

—Gracias, de verdad.

—Hasta mañana, Fritz.

—Sí, hasta mañana.

Luego ella colgó y salió al exterior, bajo la lluvia. Al pie de la escalera que conducía al gran vivero se hallaban los dos leones de bronce: rígidos, ciegos e impasibles. Antes Marion solía sentir la necesidad de tumbarse a su lado y permanecer allí hasta el fin de los tiempos. Sin embargo, ahora había despertado en su interior algo que era más salvaje que los gatos.

Algo que anhelaba vida.

Gopper bajó por la escalera y le sonrió.

—¿Qué tal, ricachona?

—¡Cuidadito, eh! —se rio ella—. Al final vas a tener que casarte conmigo.

—¡Dios me libre de las solteronas millonarias!

—Oye, Gopper…

—¿Qué quieres?

—Mi padre… quiero decir, Fritz, me ha llamado.

Gopper dejó en el suelo el cubo lleno de pescado que acarreaba y se echó la capucha del chubasquero por encima de la calva. Pese al calor, Marion vio que tiritaba.

—¿Y qué dice?

—Quiere hacer las paces.

—Bien.

—¿Bien? ¿Nada más?

El anciano se encogió de hombros.

—¿Qué quieres que te diga? Hacer las paces siempre está bien.

Al verlo inclinado tan desvalido ante ella, Marion se le acercó y le pellizcó la nariz.

—¡Eh! Seguimos siendo amigos, ¿no?

Él se incorporó lentamente y dejó al descubierto dos filas de dientes amarillos.

—Claro que seguimos siendo amigos —asintió—. Si crees que es sincero, tendrás que darle algo.

—¿Del dinero? ¡Por supuesto!

—No. De ti misma.

DUDAS

—Huevito, huevito —murmuró Rabenhorst.

Estaba de pie en su pequeña cocina, leyendo el libro de recetas con la cabeza ladeada. Cascarlo y echarlo en un solo movimiento. Contempló con curiosidad cómo la clara y la yema cubrían la mezcla de patatas ralladas, harina y cebollas, cogió el salero y titubeó.

¿Cuánta sal debía echar?

«No lo sé —solía decir su madre cuando le hacía preguntas de ese tipo—. Eso se sabe por intuición».

Rabenhorst más bien intuía que, si uno no sabe cocinar, no debería ser tan bocazas, pero ahora ya no podía echarse atrás. Cüpper había quedado en ir a cenar la semana siguiente, así que todavía no había puesto la carne a marinar. De momento se limitaba a comer el estofado de su madre.

—Prueba con algo sencillo para empezar —le había dicho ella.

—¿Sencillo? ¿Como qué?

—Tortilla de patatas ralladas —había sugerido su madre—, aunque lleva mucho trabajo.

De modo que Rabenhorst había comprado patatas y un rallador, y a punto había estado de rallarse los dedos.

Miró el reloj. Las ocho y cuarto.

La tarde había transcurrido sin ninguna novedad, y además los habían interrumpido por nimiedades. Un apuñalamiento en Südstadt, un robo con violencia en Hohe Strasse… Daba igual. Hasta que Eva Feldkamp regresara de Frankfurt, lo único que podían hacer era esperar.

Rabenhorst se desperezó y se consagró de nuevo a la receta. Todo indicaba que el caso estaba resuelto.

Se paró a pensar. Pero ¿lo estaba, en realidad?

De repente le pareció que únicamente habían encontrado una buena explicación para algo absolutamente falso.

Y, dubitativo, empezó a echar sal.

Cüpper estuvo delante del televisor hasta bien entrada la noche.

El recuerdo de la rosa le hacía delirar. Analizó la escena en su mente una y otra vez: los pétalos rojos, el agua derramándose, cada reflejo en el plástico transparente, el vaso que se vuelca, la instantánea reacción de Von Barneck, el ruido del improvisado jarrón al ser depositado de nuevo sobre la mesa… Una y otra vez partía de cero. Lo peor era la certeza de que no se trataba de simbolismos, sino de algo increíblemente profano. ¡Había visto la verdad! ¡La solución era ridículamente sencilla!

Lo que fuera tenía algo que ver con la caída. O, más exactamente, con impedir la caída. Quizá la respuesta estuviera ahí. En evitar la caída.

¿Y si uno imaginaba la continuación de la escena?

¿Qué habría pasado si Von Barneck no hubiera cogido el vaso? Se habría roto y el agua se habría derramado. Líquido derramado. Inka von Barneck cayó al suelo cuando el asesino le rajó el cuello con el cuchillo. Y había derramado sangre.

Sangre por todas partes. Roja como una rosa…

Cüpper se levantó y apagó el televisor. No avanzaba nada.

Era casi la una de la madrugada. Pensó en acostarse, pero sabía que en la cama permanecería con los ojos abiertos mirando al techo, incapaz de conciliar el sueño…

Al cabo de unos segundos, la puerta de su casa se cerró tras él.

SÜDSTADT

Su conciencia flotaba en un mar de sueños. Logró hacer un esfuerzo sobrehumano y abrió los ojos.

Oscuridad.

Notó algo blando en la cara, meneó la cabeza e intentó apartarlo, pero no podía mover las manos.

Oyó que alguien emitía un prolongado gemido y al cabo de unos segundos se percató de que había sido ella misma.

De pronto, la cosa blanda desapareció y la luz penetró en sus ojos. Parpadeó y gimió con más fuerza. La coleta blanca ocupaba el centro de su campo visual. Vio la sonrisa de él.

Luego, la jeringuilla. Presa del pánico, Eva agitó la cabeza y empezó a chillar, pero su voz sonaba amortiguada y monótona. Él se reía.

—¿Quieres contarme algo? Lástima que no tenga tiempo.

Entonces notó un doloroso pinchazo en el brazo.

—Solo una pequeña dosis para que no tengas pesadillas —dijo él afablemente—. Por cierto, ya que estás despierta, te diré que he llamado a tu última víctima: la pequeña Marion. Mañana me encontraré con ella. ¡Papaíto irá a verla! Se fía de mí. Lo terrible es que tú me seguirás sigilosamente y la apuñalarás.

Ella renunció a toda resistencia mientras notaba cómo se adormecía de nuevo y cerró los ojos.

—Ahora voy a dejarte sola. Debo volver a Marienburg, no vaya a ser que me echen de menos.

Ella gimió de nuevo.

—No, no tienes nada que contarme, querida. Estás muerta. ¿Ya lo has olvidado?

Unas aguas encrespadas la rodearon de repente y la arrastraron consigo.

Ella se dejó caer y se sumergió en las olas.