Hambre asesina

Frank Schätzing · Capítulo 5 de 8

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Hambre asesina

Tercer Día

 

LA MAÑANA

Toni se inclinó sobre el asiento del acompañante y empezó a desabrochar el cinturón de los vaqueros de la chica.

—No —cloqueó ella.

—¿Cómo que no? Para eso nos hemos largado de la dichosa fiesta.

—En el coche no, tío.

Ella lo agarró de la coleta y lo besó apasionadamente en la boca. Las manos de Toni recorrían el cuerpo de la chica mientras intentaba acordarse de su nombre.

—¿Qué tal entre los arbustos? —preguntó él con una sonrisita.

Faltaba poco para el amanecer y no se veía una alma. El cinturón verde de la ciudad esparcía un resplandor que anunciaba otro día gris. «Naturaleza salvaje», pensó Toni sin poder evitar la risa. Rápidamente se quitó la camiseta arrugada y salió del coche.

—Desde la carretera se ve tu coche —señaló ella, riendo con picardía y desperezándose en el aire claro de la mañana. Arrojó el porro entre la maleza y empezó a bailar en medio de Militärringstrasse.

—Deja de hacer tonterías —dijo él—. Vas medio desnuda.

—Ven, hagámoslo aquí.

—¿Estás loca? ¿Acaso crees que quiero que me atropelle un camión en pleno polvo?

—¡Control de tráfico! —chilló ella—. ¿Quién no ha traficado hoy todavía?

—Anda, ven.

Graznando como gansos, se tumbaron en un pequeño claro y rodaron por la hierba húmeda. La tierra estaba blanda a causa de la lluvia; las ramitas se pegaban a sus torsos desnudos dejando una señal delatora. Toni percibía el olor de la tierra mientras notaba la lengua de ella entre sus dientes y gruñía de placer. De nuevo intentó quitarle los vaqueros, esta vez con más fuerza, pero ella se quedó rígida de repente.

—¿Y ahora qué pasa? —dijo él con la voz amortiguada contra el cuello de la chica.

—Tengo… miedo.

Él echó la cabeza hacia atrás y la miró con sus ojos negros.

—Vamos, no irás a decirme ahora que no lo has hecho nunca.

—¿Podrías ser un poco más tierno? —dijo ella con voz suplicante.

Toni se paró a pensar en la medida en que se lo permitía su estado. No tenía nada en contra de la ternura, absolutamente nada. Solo que no sabía cómo hacerlo. Enojado y confuso, se puso de pie de un salto.

—¿Adónde vas? —preguntó ella.

—A ninguna parte.

Su mirada exploraba las redondeces del cuerpo de ella como un paseante que se asoma a un acantilado y de repente siente vértigo. Tenía que inventar alguna excusa si no quería quedarse allí de pie como un pasmarote.

—Voy a mear —dijo apresuradamente.

La frase obtuvo cierta aceptación, pues ella lo obsequió con una sonrisa dulzona y comenzó a retozar perezosamente. La cinturilla del pantalón de ella quedaba baja, demasiado baja. Toni registró unos hoyuelos sobre las nalgas que parecían hechos a medida para encajar los pulgares en ellos si ella se pusiera a cuatro patas delante de él. Solo de pensarlo se le quitaron por completo las ganas de orinar. Daba igual; al menos tenía que fingir que lo hacía. Sudando, desapareció detrás de un árbol y se dispuso a bajarse la cremallera, pero se había atascado. Empezó a tirar de ella al tiempo que maldecía, pero nada, seguía atascada. Desconcertado, bajó la vista.

Y entonces alguien le devolvió la mirada desde el suelo.

Al instante se sintió como si la sangre se le hubiera convertido en mermelada. Profirió un gemido angustiado, puso los ojos en blanco, logró bajarse la bragueta finalmente y cayó de bruces sobre una mata de ortigas.

—¿Toni?

El chico intentó moverse sin éxito. La punta de su nariz quedó a unos pocos milímetros de la oreja del desconocido y percibió un olor metálico, dulce y nauseabundo; el hedor era tan insoportable que creyó que se asfixiaría. Con una claridad espantosa, percibió el pabellón auditivo; luego su mirada recorrió el relieve cartilaginoso cubierto por finos pelillos hasta llegar al borde de la cavidad, que conducía al interior del cráneo.

—¿Toni?

La voz de la chica se acercaba osadamente. Él oyó sus pasos en la hierba, registró cada tallo que pisaban sus pies descalzos, hasta que la tuvo a su lado.

—Ahora sí quiero, Toni.

Vio que algo negro se movía en el interior de la oreja: unas patitas diminutas y temblorosas, y a continuación, lentamente, apareció un escarabajo gordo como un dedo. El insecto jugueteó con las antenas durante unos segundos y luego desapareció tras un mechón de pelo.

—Toni.

Él trató de decir algo, pero solo pudo proferir una especie de gargarismo.

—Sácala, cariño, que me corro.

Siete años antes, Cüpper recibió un golpe en la cabeza con la empuñadura de una pistola. Varias semanas después, cuando salió del hospital universitario, exhibía con orgullo una pequeña placa de plástico que sustituía al hueso temporal izquierdo. Luego el pelo creció encima y él siguió haciendo su vida con absoluta normalidad, excepto por un pequeño y curioso detalle: Cüpper podía beber cuanto quisiera, que a la mañana siguiente no tenía la más leve resaca. En broma le decían que se había convertido en un japonés cuyas tajadas nocturnas no influían perjudicialmente en el producto social bruto del Japón porque les faltaba una enzima muy concreta. Cüpper, que no tenía la menor idea de cómo le podía haber desaparecido una enzima en el transcurso de la operación del cráneo, naturalmente no pensaba recuperarla ni en sueños. Antes bien, se sentía más feliz que nunca porque, como consecuencia de su insensibilidad, también necesitaba dormir menos. Mientras las caipiriñas del Rosebud le habrían pasado factura a cualquier otro, él estaba desayunando tan fresco cuando sonó el teléfono. Rápidamente, mojó el último pedazo de tostada en el huevo pasado por agua y cogió el aparato.

Era Rabenhorst.

—¿Qué está haciendo, comisario? —preguntó impaciente.

—Vive la liberté —respondió Cüpper con la boca llena—. Estoy comiendo huevos, cosa rara en mí.

—¿Está sentado?

—En este momento, no. Oiga, Rabenhorst, ¡tenemos otro zurdo! Ayer me llamó…

—Pues entonces siéntese.

Cüpper arrugó la frente y miró a su alrededor.

—¿Cree que podré asimilar lo que tiene que decirme de pie? Últimamente padezco de cierto déficit de mobiliario.

—Von Barneck está muerto.

—¡¿Cómo?!

—Una pareja de porretas lo han encontrado hace tres cuartos de hora. Está en el cinturón verde, no especialmente bien escondido. Cerca de Aachener Strasse.

—¡Dios mío! ¿Cómo ha sido?

—Nuestro navajero ha vuelto a actuar. Una puñalada por la espalda directa al corazón. Luego ha sacado el cuchillo y lo ha puesto en las manos del cadáver. Qué poca vergüenza.

Cüpper resopló.

—Cuando tengamos al asesino, lo dejaré que lo acuse de inducir a error a la policía. ¿Huellas dactilares?

—Esta vez, no. Pero todavía están examinando el escenario; el cadáver sigue en la hierba, de modo que debería venir cuanto antes.

—¿Dónde está usted, Rabenhorst?

—En el lugar del crimen.

—¿Cómo dice? —exclamó Cüpper, furioso—. ¿Ha ido usted allí sin avisarme?

—Los chicos de la patrulla uno no estaban seguros de si realmente era Von Barneck. Uno de los conductores decía conocerle por el periódico. Lo llamaron a usted y luego a mí, pero probablemente estuviera duchándose y no lo oyó.

—Deberían haber insistido.

—Sí, y si el muerto no hubiera sido Von Barneck, me habría machacado usted hasta el fin de mis días por haberlo molestado mientras comía huevos.

«Otra vez tiene razón», pensó Cüpper. Se vistió rápidamente, cogió el coche y salió zumbando hacia Innere Kanalstrasse. Poco antes de llegar al paso subterráneo, cayó en la cuenta de que había olvidado por completo el control de velocidad. ¡Maldita sea! Se encogió de hombros y aceleró de nuevo en dirección al cinturón verde.

Había muchísimos policías. Buscó a Rabenhorst entre los helechos y los abedules, pero este lo vio antes y se lo llevó hasta el borde de un pequeño claro.

Para entonces, Von Barneck estaba en una postura algo distinta de como lo habían encontrado Toni y su chica. El forense de guardia había examinado velozmente el cadáver y había diagnosticado la causa del fallecimiento. El golpe había sido asestado desde atrás y, al parecer, con mucha fuerza. La hoja del cuchillo había penetrado entre la duodécima y la decimotercera costilla, acabando con la vida de Von Barneck en el acto. El crimen había tenido lugar algunas horas antes. De momento, no se podía decir nada más.

Cüpper se puso en cuclillas mientras sus ojos recorrían centímetro a centímetro el cuerpo sin vida.

—¿Qué hay de la parejita? —preguntó como de pasada—. ¿Siguen aquí?

—Solo la chica —dijo Rabenhorst—. Ella ha conservado la serenidad en todo momento. Ha dejado tumbado a su amigo y ha corrido hasta la cabina telefónica más cercana.

—¿Cómo que lo ha dejado tumbado? —se extrañó Cüpper.

—El chico estaba en estado de shock.

—Eso es culpa de la mala alimentación. ¿Han visto algo? ¿Asesinos huyendo o algo parecido?

—Nada.

Cüpper asintió con la cabeza y se dispuso a estudiar la hierba a su alrededor antes de que llegaran Krüger y su equipo. No tardó mucho en descubrir huellas que conducían al camino de grava que también había tomado Toni, solo que llegaban más lejos, donde ya no se veía la carretera de Militärring. La gravilla estaba todavía húmeda por los chaparrones nocturnos; no obstante, se veía dónde terminaban las huellas. Era evidente que justo al lado se había detenido un coche.

—¡Rabenhorst!

—¡Voy!

—Una vez más, esto no tiene sentido. —Cüpper señaló unos surcos en el suelo—. ¿Qué cree usted que será eso?

Rabenhorst frunció el ceño.

—Yo diría que han arrastrado algo.

—Exacto. El asesino ha arrastrado a la víctima hasta los arbustos. Pero ¿para qué? Si lo ha apuñalado aquí, en el camino, como suponemos de entrada, ¿por qué luego se ha tomado la molestia de arrastrarlo diez metros entre los árboles?

—Un intento algo torpe de esconderlo —aventuró Rabenhorst.

—Pero ¿con qué fin? Esta parte del camino está protegida de la carretera. No tiene la menor importancia que el cadáver esté aquí o allá, porque nadie lo ve.

—¿Y cómo sabe que Von Barneck no fue apuñalado más atrás, entre los arbustos? —objetó Rabenhorst con expresión sagaz.

—Mire. —Cüpper lo llevó un poco más abajo y señaló una coloración herrumbrosa en la grava—. La lluvia ha borrado rastros, pero le juro que me comeré a la Reina de Saba con el escalpelo si eso no resulta ser sangre. — Cüpper se irguió—. Naturalmente, también podríamos pensar que el asesino quería adentrarse más en el bosque e incluso enterrar el cadáver, pero algo se lo impidió.

—No —repuso Rabenhorst—. Eso no tiene mucho sentido. Von Barneck estaba tumbado boca arriba. Habían juntado sus manos a la altura del pecho y habían puesto el cuchillo en medio, con la hoja apuntando hacia abajo. Parecía el rey Arturo en su lecho de muerte. Toda esa puesta en escena no la hace nadie que se vea impedido por algo.

—Tiene razón. ¿Qué puede ser entonces?

Rabenhorst hizo girar elocuentemente su dedo índice contra la sien.

—No lo creo —respondió Cüpper—. Nuestro asesino tiene un sentido macabro del juego, pero desde luego no está loco. Yo apostaría a que simplemente nos quiere tomar el pelo. También podría haber colgado el cadáver del árbol más cercano.

—Tal vez solo quería retrasar el momento en que encontráramos el cuerpo.

«No, seguro que hay algo más —se dijo Cüpper—. Una lógica extraña».

Al ver que había llegado el coche de la funeraria, se acercó a él. Observó cómo metían a Von Barneck en un féretro de cinc, y de repente sintió pena por el millonario. ¿Quién se tomaría ahora todo el excelente whisky que había en su casa?

Se inclinó sobre el ataúd abierto y contempló al hombre cuyo poder, al final, le había servido de tan poco como la riqueza de su mujer. Ni siquiera le habían cerrado los ojos todavía.

Cüpper se quedó perplejo. Luego miró con mayor atención.

—No puede ser verdad —susurró.

—¿Qué ha dicho, señor comisario? —preguntó uno de los empleados de la funeraria.

Cüpper levantó una mano como si quisiera detener el tiempo. Rabenhorst se le acercó.

—¿Ha encontrado algo, jefe?

En lugar de responder, Cüpper alargó el brazo, agarró la gruesa coleta blanca y tiró de ella. La cosa estaba más difícil de lo que creía. Luego la peluca se desprendió y resbaló por el cráneo. Debajo apareció un pelo corto de color castaño.

—¿Quién es este? —dijo el inspector.

—Nunca me he sentido inclinado a mirar profundamente a los ojos de los hombres —declaró Cüpper—, pero a veces es el único camino que conduce a la verdad. Rabenhorst, me complace presentarle a Max Hartmann.

COMISARÍA

Rabenhorst retiró el tapón del rotulador y trazó una gruesa raya negra.

—¿Qué está haciendo? —preguntó Cüpper desde su escritorio.

—Tachar el nombre de Hartmann.

—Me parece algo precipitado, solo porque esté muerto. Pudo ser él el asesino de Inka.

—¿Un asesino asesinado?

Cüpper descansó la barbilla sobre las manos.

—Anoche se hicieron un montón de revelaciones, Rabenhorst. El pobre Max era zurdo, e Inka fue asesinada por un zurdo. No descarto que la asociación nacional de zurdos disponga de montones de canallas dispuestos a hacer cualquier cosa, pero de momento solo tenemos a uno.

—Con coartada…

—Eso según Eva Feldkamp. Supongamos que miente. ¿Sabe a quién pertenece en realidad el imperio de Von Barneck?

Rabenhorst aguzó el oído.

—¿A la mafia?

—Yo hubiera respondido lo mismo, de no haberlo sabido. No, todo pertenecía a su querida esposa. El bueno de Fritz nos ha ocultado ese pequeño detalle.

—Quiere decir que él…

—Quiero decir que hay dos posibilidades: que Von Barneck asesinase a su mujer mientras Hartmann lo sustituía en la fiesta, o que Hartmann empuñara el cuchillo. En cualquier caso, Eva Feldkamp lo encubrió al afirmar que estuvo en su casa. ¿Y qué hizo entonces Von Barneck? Asesinar a Hartmann. Los millones son ahora suyos; su doble, que se ha vuelto demasiado influyente, ya no supone ningún peligro para él, y todo va como una seda.

—Para que de verdad fuera todo como una seda, tendría que matar también a Eva Feldkamp.

—Sí, debo reconocer que queda ese cabo suelto.

—Aparte de eso, no sabemos dónde estuvo anoche Von Barneck.

—Sí lo sabemos. Supuestamente, acudió al auditorio; interpretaban la sinfonía del «Golpe de timbal».

Rabenhorst frunció el entrecejo, confuso.

—Es la primera vez que lo oigo.

—Lo suponía.

—¿Una sinfonía entera y solo golpean el timbal una vez?

—Sí, pero con tanta fuerza que hasta usted se despertaría. ¿Sabe una cosa, Rabenhorst? Tenemos que hacer algo para mejorar su cultura. Compruebe que Von Barneck realmente estuvo allí, y así por lo menos llegará hasta el foyer.

El inspector levantó las manos.

—Un momento. Hay otra posibilidad más: que el asesino tomase a Hartmann por Von Barneck —dijo. Hizo una breve pausa y luego echó la cabeza hacia atrás—. Aparte de eso, déjeme decirle que he ido unas cuantas veces al auditorio.

—¿Y? ¿Se marchó al ver que no acudía ningún camarero?

—Yo…

—Está bien, tiene usted razón. Cabría también esa posibilidad.

—¡Es incluso probable! —dijo Rabenhorst, entusiasmado—. ¿Para qué tenía Von Barneck un doble, eh? Para que lo sustituyera en situaciones delicadas. ¡Y vaya si las hubo! La mafia, el secuestro, Eigelstein… —dijo, golpeando con el puño al compás de las palabras sobre el escritorio de Cüpper.

El comisario abrió la boca, pero finalmente decidió callarse y se recostó en su silla.

—Aunque él le contase que ya no estaba tan preocupado por su seguridad —continuó Rabenhorst—, puede que anoche se produjera la situación que Von Barneck siempre había temido. Y sacrificó a Hartmann a sabiendas.

—Hartmann sabía el riesgo que corría.

—Me da igual. —Rabenhorst estaba imparable—. Siguiente punto: Italia, ¿no? El propio Von Barneck reconoce haber tenido contactos con la mafia. A la fuerza, como él dice. Bien. ¿Sabe alguien lo que sucedió realmente? Quizá hubo problemas. La mafia está bien representada en Colonia. Además, tenemos un italiano en la lista de sospechosos. Admito que Von Barneck temiera que su mujer le quitara toda la pasta; también es posible que Hartmann le resultase molesto. Pero mencióneme una sola razón por la que Hartmann haya sido asesinado disfrazado de Von Barneck. Lo único que cabe imaginar es que acudió a una cita en la que en realidad esperaban a su jefe. — Rabenhorst vaciló—. Aparte de eso, ¿cómo ha sabido usted que el muerto era el pobre Max?

Cüpper esbozó una sonrisa. Se inclinó hacia adelante y susurró misteriosamente:

—Porque sin gafas era más ciego que un topo, no sé si me entiende…

—¿Más ciego que un topo? —repitió Rabenhorst.

—Exactamente. Hartmann llevaba lentes de contacto cuando doblaba a Von Barneck. Así de sencilla es la cosa.

—Más ciego… —Rabenhorst sacudió la cabeza—. Bueno, qué más da. Entonces, ¿a qué teoría damos preferencia?

—No se apresure. Si dejamos de lado el numerito de las armas amorosamente expuestas, ¿qué tienen en común los dos asesinatos?

—La sangre fría.

—Desde luego. ¿Y qué más? Quiero decir que por qué las personas matan a otras personas.

—Por odio. Por codicia. Por autodefensa.

—Etcétera. Cuando los británicos quieren deshacerse de sus esposas, las sumergen en un pantano. Los maridos, en cambio, son disueltos en ácido clorhídrico o congelados a trocitos. A muchos les interesa hacer desaparecer a su víctima sin dejar rastro, de modo que nunca pueda averiguarse si todavía vive.

—Entiendo. Y otros simplemente dejan los cadáveres a la vista.

—Los dejan cerca de algún paseo, sin cerrar siquiera la puerta tras ellos.

La mirada de Rabenhorst emitió un destello de comprensión.

—Tiene razón. Parece que nuestro amigo tenía mucho interés en que se encontrase cuanto antes los cadáveres de Inka von Barneck y Max Hartmann. Pero ¿por qué arrastró el cadáver por la zona y dejó el arma a la vista? Quiero decir que nada de eso tiene mucho sentido.

—Tampoco ha de tenerlo. Es puro teatro —dijo Cüpper—. Escenifica maniobras de distracción, hace cosas aparentemente ilógicas. Pero tienen sentido si se considera la cantidad de tiempo que debe perder la policía intentando comprenderlas.

—Efectivamente, podría haber colgado a Hartmann del árbol más próximo, ¿no es así?

—Sí, y adornarlo con filetes de oro. Su intención era que los dos cadáveres fueran hallados en seguida.

—Entonces he hecho bien en tachar a Hartmann de la lista —observó Rabenhorst con sorna.

—Desde luego. Lo que no ha estado tan bien es que no ha sido hasta después que ha recapacitado sobre ello. Da igual. —Cüpper juntó las yemas de los dedos—. Las dos víctimas corren de la misma cuenta. Son un componente imprescindible del asesino.

—Sí, y por regla general al final de esos planes suele estar siempre el dinero —opinó Rabenhorst—. Lo que de nuevo nos remitiría a Von Barneck.

—O al italiano.

—¿Por qué precisamente a él?

—¿Qué necesita un matón a sueldo para obtener su recompensa?

—Una prueba de que ha cometido el crimen… Ah, claro.

—¿Sabe lo que se me pasa por la cabeza? Ese italiano llamó a todos los timbres del Bazaar preguntando por Inka von Barneck. Todos los vecinos pueden describirlo. A Astrid Hasling incluso le resultó conocido. ¿No le parece un poco raro?

—Todo lo relacionado con estos asesinatos es un poco raro.

Cüpper hizo una mueca. Le disgustaba la consecuencia de sus reflexiones, y es que alguien estaba jugando al ratón y al gato con ellos.

—Vale; vamos a tener mucho trabajo —dijo—. Pondré al corriente del asunto a Von Barneck, si es que, ¡oh, milagro!, no lo sabe ya. Usted reúna a unos cuantos hombres y ponga la casa de Hartmann patas arriba. Tiene que haber alguna relación entre él e Inka.

—Un momento. —El inspector sonrió pícaramente—. ¿Puedo borrar antes otro nombre de la lista?

—Si puede justificarlo…

Astrid Hasling desapareció bajo el tachón negro del rotulador.

—¿Sabe una cosa, Rabenhorst? —dijo Cüpper—. En el fondo es usted un criminalista jodidamente capacitado.

Rabenhorst bajó la vista con modestia.

—Llegaría muy lejos si supiera que Beethoven se escribe con tres es.

A Rabenhorst le entró la tos.

—¿Cómo que con tres? Yo creía… —empezó a decir y se mordió la lengua.

Demasiado tarde.

—Lo sabía —suspiró Cüpper, y desapareció tras su dulce favorito, un rosinenteilchen.

AUDITORIO

Rabenhorst le había mentido al comisario: jamás había estado en el auditorio. Como castigo, tuvo que dar tres vueltas al museo Ludwig hasta que por fin encontró la entrada principal.

Todo el personal de la víspera libraba, excepto una mujer extremadamente pálida que clasificaba los programas de mala gana. No sabía las direcciones de sus compañeros, pero el inspector consiguió que le dijera que uno vivía en Immekeppel y otro más lejos aún. Sin embargo, se enojó cuando comprendió que no lograría sonsacarles nada en el interrogatorio, ya que cuando los porteros rasgan las entradas, raramente miran a la gente a la cara.

Pero Rabenhorst tuvo suerte, y no le hizo falta ir de expedición a la montaña. Cuando le enseñó a la mujer la foto de Von Barneck sin demasiadas esperanzas, de repente cosechó una mirada que parecía proceder de un lanzallamas.

—¿Quién, este? ¡Ya lo creo que estuvo aquí, cómo se me iba a olvidar!

Rabenhorst insistió. Para entonces la mujer se había puesto roja y soltaba, incontenible, un torrente de palabras. Le contó que Von Barneck se había impacientado porque no recogían las entradas lo suficientemente de prisa. Para cuando por fin le tocó el turno, a las ocho menos cinco, había asignado al personal varios nombres de especies animales desconocidas en Colonia y había pedido a gritos por la dirección. Según él, los miembros del consorcio filarmónico eran todos unos cerdos. Prometió escribir largas y floridas cartas a ciertos responsables, detuvo el tránsito de espectadores y, al final, entró protestando. Sí, claro que ese señor había estado allí, y ella nunca había visto nada parecido.

Rabenhorst dio gracias a los dioses por no tener que ir a Immekeppel.

—¿Me permite que me disculpe en su nombre? —le preguntó galantemente a la mujer.

—No —repuso ella secamente, y siguió clasificando los programas.

Entonces el inspector guardó silencio. Buscó el sentido y la finalidad de un auditorio, no lo encontró y se fue.

CÜPPER

Más o menos a la misma hora, Cüpper pateaba el barro de Rösrath. Había confiado en encontrar a Von Barneck en su casa, pero allí solo había dado con la cocinera, que le puso la cabeza como un bombo hablándole de su marido. Finalmente, y con cierta habilidad, Cüpper logró averiguar el paradero de Von Barneck. Al parecer, estaba en las obras de Rösrath, y, en cuanto al marido de la cocinera, le quedó claro que, según ella, no era un mayordomo, sino un pedazo de animal. Cüpper se apresuró a darle las gracias y emprendió la huida.

Por desgracia, la mujer no le explicó que las obras eran una gigantesca colina artificial reblandecida por la lluvia hasta una profundidad considerable. Los elegantes zapatos de Cüpper se hundían a cada paso en el barrizal, al tiempo que iba hundiéndose también su moral.

En lo alto de la colina se recortaba contra el cielo encapotado la silueta de una mujer.

—¡Vaya con cuidado! —gritó Eva Feldkamp.

Cüpper alzó la mano y perdió el equilibrio, pero por fortuna el tacón se le enganchó en una raíz y eso lo libró de caer en el fango cuan largo era.

—¡Unos metros más a la derecha hay unas tablas!

Cüpper miró a su alrededor, descubrió las maderas y logró llegar torpemente a un terreno más seguro. Las punteras de sus zapatos de charol negros quedaron de color marrón. Era una mezcla de Al Capone y un cerdo, pensó para sí. Aceleró el paso, maldiciendo, hasta que por fin llegó arriba. Ante él se desplegaba una explanada ribeteada de máquinas y contenedores. Las nubes se reflejaban en los charcos, cuya superficie se erizaba a causa del viento húmedo que soplaba. Más al fondo, el terreno se elevaba hasta alcanzar el bosque. Una excavadora avanzaba como un saurio hacia las negras cumbres. Lentamente, llegó procedente de allí un grupo de personas encabezado por la blanca coleta de Von Barneck.

El paisaje era tan desolador como impresionante. El escenario ideal para una mala noticia.

—¿Qué están construyendo? —preguntó Cüpper, haciendo un esfuerzo por no clavar la vista en Eva Feldkamp, que llevaba un elegante traje de color burdeos con hombreras, medias negras y botas de goma verde militar.

—Nada importante —respondió ella con una sonrisa—. Solo un pequeño centro comercial.

—¿Por qué en lo alto de una colina?

—¿Y por qué no? ¿Ha probado ya a preparar mi tarta?

Cüpper se miró los pies y no fue capaz de soportarlo por más tiempo. Pidió un kleenex y se limpió los zapatos con él.

—No —dijo—. Pero cuando haga una, le prometo que la invitaré.

—¡Estoy deseando probarla!

Ahí estaba otra vez su sonrisa, y con ella aparecieron los dos hoyuelos como dos simpáticos amigos. Cüpper se sintió fatal.

—Tengo malas noticias para usted —dijo en voz baja—. Muy malas.

La sonrisa desapareció.

—¿Estoy detenida?

—Peor. Max Hartmann ha sido asesinado.

Había imaginado su reacción, pero en un principio Eva Feldkamp no reaccionó de ninguna manera. Solo parecía estar completamente paralizada. Como siempre le ocurría en ese tipo de situaciones, Cüpper sintió cómo una parte de él se disociaba: un observador distanciado y amablemente interesado, pero sin emociones reales, que archivaba cada detalle de su entorno, un montón de banalidades para compensar lo trágico del momento.

—Lo siento —dijo sinceramente.

—¿Qué ha pasado? —preguntó ella con una voz que parecía una sierra que cortase las cuerdas de un violín.

—Ha sido apuñalado. Iba… —Cüpper dudó un momento—. Iba disfrazado de Fritz von Barneck.

A Eva le tembló la mandíbula. «Está a punto de perder los nervios — pensó él—. Su protección frente a la realidad se tambalea. La sensación de estar en una película, de salir a escena y dominar el repertorio de sentimientos, todo desaparece de repente».

—¿Me disculpa un momento? —pidió ella en voz baja.

Cüpper asintió en silencio. Eva se volvió despacio y se dirigió hacia las barracas. A los pocos pasos se le dobló una rodilla, pero se irguió de nuevo y continuó su camino. Cüpper vio cómo pasaba junto al grupo que se acercaba y cómo Von Barneck le decía algo y ella era incapaz de responder. Von Barneck lo intentó por segunda vez sin éxito y luego miró confuso en dirección a Cüpper. Gesticulando dijo algo a los demás y el grupo se dispersó. De repente le entraron las prisas. Los últimos pasos los dio casi a la carrera, mientras Cüpper le salía al encuentro.

—¿Qué diablos le ha dicho a Eva?

—Tenemos que hablar —repuso Cüpper.

—¡Hablar, eso es lo único que sabe hacer usted! —Von Barneck enseñó los dientes—. ¿Por qué no hace simplemente su trabajo?

—Es lo que estoy haciendo. Más de lo que a usted le gustaría, creo.

Con semblante hosco, el millonario se pasó la mano por el pelo y echó una ojeada al grupo, que para entonces hacía mediciones al borde del montículo.

—Está bien, lo siento. Estoy estresado, todo está saliendo mal. Debo ocuparme yo de todo sin ayuda de nadie.

—Me temo que seguirá sin ayuda.

Al oír eso, Von Barneck se quedó paralizado. Sus ojos se centraron en Cüpper como si de dos rifles se tratara.

—¿Qué quiere decir usted con eso?

El policía se sintió como si le hubieran disparado.

—Nada. He venido a comunicarle la triste noticia de que su mejor amigo ha sido asesinado.

—¿Mi… amigo? —preguntó Von Barneck, extrañado.

—Max Hartmann. Era su amigo, ¿no?

Durante un momento, Von Barneck pareció completamente desvalido. Manoteó en el aire, dio un paso atrás y miró hacia la barraca de las obras en la que se había metido Eva Feldkamp. Luego recuperó el dominio sobre sí mismo, aunque su tono de voz era ahora monótono.

—¿Qué ha pasado?

—Lo que tenía que pasar, supongo. Al fin y al cabo, estaba sustituyéndolo cuando lo asesinaron.

—¡¿Qué?!

—¿No lo sabía? —preguntó Cüpper, sorprendido.

—No, yo… Max no tenía ningún encargo.

El pecho del empresario se hinchó y se deshinchó unas cuantas veces, como si estuviera bombeando sus reservas de oxígeno para poder soportar la situación. «Qué extraño —pensó Cüpper—. Su reacción es muy distinta de cuando se enteró de la muerte de su mujer».

—¿Cuándo lo vio por última vez? —sondeó.

—¿Verlo? Anteayer.

—¿Y hablar con él?

—Anoche. ¡No puede ser cierto! Me llamó por teléfono hacia las diez y media, quizá antes. Dijo… ¡Dios mío, tenía razón! —Von Barneck dio unos pasos de acá para allá y luego se detuvo junto a Cüpper—. Dígame lo que ha pasado.

—Tenía razón, ¿en qué?

—¿Le han…? —Von Barneck no encontraba las palabras—. ¿Qué han hecho con él?

—¿Quiénes?

—Ni idea, ¡maldita sea!

Cüpper le lanzó una mirada penetrante.

—¿Está seguro de que no tiene la menor idea de quién ha podido ser?

—¡Mierda, no!

—Al fin y al cabo, era su cometido morir por usted si era necesario.

Von Barneck meneó la cabeza y miró hacia otro lado.

—Cuénteme de una vez qué ha pasado.

—Ha sido apuñalado. Presumiblemente, a las afueras de la ciudad. Encontramos su cadáver entre unos arbustos, cerca de Militärringstrasse.

—Qué horror —musitó Von Barneck.

—¿Por qué le afecta tanto? —inquirió Cüpper con dureza—. Debía de contar con ello. ¿Por qué le sorprende tanto que haya ocurrido?

—Porque… usted no puede entenderlo. Cuando dos personas se conocen desde hace años, los parámetros cambian.

—Quiere decir que ha perdido una mitad de su yo…

Von Barneck guardó silencio.

—¿O tal vez se ha librado de él?

Fue como si hubiera pulsado el botón equivocado. Instantáneamente, su interlocutor alzó la mano para pegarle y la detuvo justo delante de su cara, con el dedo índice apuntándolo. Todo sucedió tan de prisa que Cüpper ni siquiera tuvo tiempo de echarse hacia atrás.

—¡Me pone de los nervios! —gruñó Von Barneck—. Me los destroza.

El comisario estaba desconcertado. ¿Realmente se sentía tan mal Von Barneck? ¿O era todo puro teatro?

«Fritz es una máquina», había dicho Eva. Tal vez fuera cierto, pero no solo en lo relativo a las emociones de Von Barneck, sino que toda su motricidad tenía algo de angustiosamente preciso, como si un programa guiara cada uno de sus movimientos.

Cüpper apartó a un lado el brazo estirado de Fritz.

—Estoy haciendo mi trabajo —replicó secamente—. Tal y como usted quería.

—Su trabajo no puede consistir en atribuirme toda fechoría imaginable.

—Yo no he dicho que sospeche de usted. Por otra parte, ¿por qué no me dijo que sin su mujer era un pobre diablo?

Von Barneck clavó los ojos en él.

—¿Qué disparate es ese?

—No es ningún disparate. Nos hemos enterado de algunas cosas. Usted nunca ha sido rico: el dinero procedía de Inka. Todo lo que ahora posee usted era de ella, ¿no es cierto? La casa, la empresa. A saber lo que habría pasado si ella le hubiera pedido el divorcio.

—Miserable…

—Dígalo, vamos. ¿Fisgón? Estoy encantado de serlo. Gracias a eso se mantienen las calles limpias. Bueno, y ahora puede compensar la inapropiada elección de sus palabras contándome una coartada creíble para ayer. Todo depende de usted.

Von Barneck pareció relajarse. De pronto daba la impresión de estar muy cansado, de ser casi humano.

—Estuve en casa.

—¿Con testigos?

—Naturalmente. Schmitz me ha dicho esta mañana que poco antes de medianoche me quedé dormido en la biblioteca. Hacia las dos me despertó porque le pareció que en la cama estaría más cómodo. —Von Barneck hizo un amago de sonreír, que finalmente se quedó en una mueca desfigurada—. Y llevaba razón.

—¿Qué le dijo Hartmann cuando lo llamó?

Von Barneck miró al cielo con los ojos entornados.

—Estaba inquieto —dijo.

—¿Por qué?

—Al parecer, tenía una cita. Alguien lo había llamado asegurando que era un conocido de Milán. En principio, es imposible, porque nadie de aquella época conocía el paradero de Max, y mucho menos que era mi doble. Borramos todas las pistas a conciencia. Una vez que se puso a trabajar para mí, apenas quedaba ya nada del antiguo Max. Pero la persona en cuestión aludió precisamente a eso. Afirmó haber conocido a Max en una reunión en la que se había presentado disfrazado de mí. Se trataba de la firma de un contrato. Todavía me acuerdo del negocio. Todo fue sobre ruedas; nadie pudo darse cuenta de nada.

—¿Qué tipo de personas eran las que asistieron a esa reunión?

—Digamos que gente honorable…, con el habitual trasfondo turbio en el que más vale no ahondar.

—¿Dónde iban a verse Max y el tipo que lo llamó por teléfono?

—En el vestíbulo del Domhotel. Le dije que no fuera a la cita, que lo olvidara. Luego me pidió que buscase una libreta negra que creía haber olvidado en mi casa. —Von Barneck hizo una pausa y meneó la cabeza—. Sencillamente no puedo creer que le hayan hecho algo.

—¿Quiénes, señor Von Barneck? —lo apremió Cüpper.

—Ahora eso es lo de menos. Si lo supiera, yo mismo tomaría medidas.

—¿Y la libreta?

—No la encontramos. Según Max, en ella había algo importante que podría servirle para la cita. En realidad no tenía miedo; simplemente, todo le parecía un malentendido…

Cüpper percibió un movimiento al fondo y levantó la cabeza.

Eva Feldkamp había salido de la barraca y se dirigía hacia ellos. Algo en sus andares llamó la atención de Cüpper. Caminaba rígida, dando zancadas con una mano a la espalda.

—Tenemos visita —anunció el policía.

Von Barneck arrugó la frente.

—Ah, Eva. ¿Cómo se lo ha tomado? Cuando le he preguntado qué había pasado, parecía completamente ausente. No ha reaccionado.

—Sí, debe de haberle afec…

Cüpper se interrumpió. Eva Feldkamp había llegado a su lado. Sin dejar de andar, alzó el brazo que llevaba oculto. Cüpper vio un destello y registró cómo Von Barneck se volvía rápidamente mientras Eva lo atacaba con un objeto brillante y delgado. Instantáneamente se abalanzó sobre ella, la agarró del brazo y se lo retorció hacia atrás. Ella gritó y cayó de rodillas. De sus dedos resbaló un destornillador enorme que se clavó en el barro.

Von Barneck la miró con incredulidad.

—¿Estás loca? —jadeó.

Cüpper aflojó el apretón, pero ella no hizo amago de levantarse. Le temblaba todo el cuerpo. Luego, lentamente, dirigió la mirada a Von Barneck.

—Tú lo has matado —dijo en voz baja.

—¿Qué?

—¡Tú lo has matado, tú lo has matado, tú lo has matado!

SPICHERNSTRASSE

—¿Quién lo ha matado? —preguntó el hombre que llevaba el mono blanco.

Rabenhorst alzó la cabeza, sobresaltado, y cerró el libro de cocina.

—Doscientos gramos de patatas —dijo.

—¿Ah, sí? Qué poco usual.

—Perdone, es que estaba… —Guardó el libro y puso cara de escepticismo profesional—. ¿Ha examinado ya el baño? Seguro que todavía no lo ha hecho.

—Estamos en ello. Podrían contarnos algo. Los de la policía científica nos metemos en los calzoncillos de la gente, escrutamos cada una de las fibras de la alfombra y al final no nos enteramos de nada.

—No sé quién lo ha matado.

Rabenhorst se sentía avergonzado porque lo hubieran pillado estudiando los libros de cocina de Hartmann, en lugar de estar buscando trozos de cadáver en el microondas. Pero la tentación había sido demasiado fuerte.

Carraspeó.

—¿Han encontrado algo importante?

—¿Cómo voy a saberlo si no nos cuentan nada del caso? Todo puede ser importante.

—Los calzoncillos no tienen importancia —se acaloró Rabenhorst.

—Pero esto sí. —Krüger estaba apoyado en el marco de la puerta, agitando un montón de fotos. Tras él, su equipo desmantelaba aplicadamente el interior del piso de Hartmann—. Y esto —continuó, mostrando un objeto negro con la otra mano.

Rabenhorst miró con más atención.

—¿Una libreta? Bueno. ¿Qué hay en las fotos?

Krüger sonrió con malicia.

—El eslabón que une a Inka von Barneck con Max Hartmann.

—¡Caray! ¿Y cuál es?

Krüger le pasó las imágenes.

—Él —dijo.

CÜPPER

Estaban sentados delante de él como dos monos que acaban de ver morir a un tercero. Eleonore Schmitz no hacía más que restregarse los ojos, mientras el mayordomo miraba ofuscado a su alrededor.

—Qué horror —se lamentó ella, sacándose un moco enorme de una manera muy poco femenina.

Lo repitió cinco o seis veces, y Cüpper decidió intentarlo con su marido.

—¿Así que Von Barneck estaba esperando un taxi?

—Así es —Schmitz procuró imprimir firmeza a su voz—. El señor Von Barneck fue al auditorio y regresó a las diez menos cuarto. Eso puedo asegurárselo. Sí, sé perfectamente que fue a las diez menos cuarto, ni antes ni después.

—¿Qué dices? —replicó su mujer—. ¡Si te habías quedado dormido!

—Miré la hora —observó Schmitz, molesto—. A menudo miro la hora; es importante comprobar con frecuencia qué hora es. Una costumbre que tú no has desarrollado en más de cuarenta años de matrimonio.

—Nunca hemos llegado tarde a ningún sitio.

—¡Gracias a que yo he mirado la hora!

—¿Y qué más? —preguntó Cüpper.

—Pues el señor Von Barneck puso en duda la calidad artística de la velada y dijo que no quería que lo molestaran. Se retiró a su despacho, pero al cabo de cinco minutos sonó el teléfono. Era el señor Hartmann…

—Qué horror —lloriqueó la cocinera.

—Eleonore, por favor.

—Bien, era Hartmann —suspiró Cüpper—. ¿Y qué quería?

—Me pidió que le pasara al señor Von Barneck, cosa que naturalmente hice. Después regresé a la cocina para tomarme la sopa, ante la cual, como ha comentado mi mujer, me había quedado dormido porque tenía sobradas razones para hacerlo…

Eleonore Schmitz infló su ya de por sí abultado pecho hasta que alcanzó tal tamaño que Cüpper estuvo tentado de ponerse a cubierto. Faltó poco para que tuviera lugar una doble detonación.

—¡Es el colmo! La mejor sopa de guisantes de toda Colonia y tienes la cara dura de decirle al comisario…

—Estoy seguro de que es la sopa de todas las sopas, señora —se apresuró a intervenir Cüpper—. Aun así, si fuera tan amable de seguir describiéndome la noche de ayer…

—¿Lo ves? —dijo Schmitz con aire triunfal—. Tu sopa no le sirve de ayuda.

—No digas tonterías. ¿Cocina usted, señor comisario?

—Con pasión.

—Entonces voy un momento a la cocina para traerle la receta —dijo ella llorando.

—Más tarde —rogó Cüpper, desesperado—. Sigamos con Hartmann, por favor.

Las vías respiratorias de la mujer se vieron otra vez afectadas por una terrible resaca. Sin querer, Cüpper se aferró al respaldo del sillón con el fin de no desaparecer para siempre en sus cavernosas fosas nasales. Ella puso unos ojos como platos y abrió la boca con el evidente propósito de escupir algo de gran envergadura.

Schmitz y Cüpper la miraron expectantes.

—¡¡Qué horror!!

—¡Eleonore!

El comisario tomó una determinación.

—Preste atención, señora Schmitz. Me encantará cocinar su sopa; llámeme un día y deme la receta. Pero le ruego que, a cambio, no diga nada durante los siguientes cinco minutos. ¿Trato hecho?

—Trato hecho —repitió ella, abatida.

—Señor Schmitz, continúe, por favor.

El mayordomo proyectó hacia adelante la mandíbula inferior.

—Bueno, pues el señor Von Barneck me pidió un coñac; lo hace con frecuencia. Le llevé un Otard y entonces oí retazos de su conversación telefónica, por así decirlo, sin querer.

—Por así decirlo.

—Mencionó Milán y una cita. «Alguien te está tomando el pelo», dijo. «No vayas. De todo eso hace años». Eso fue más o menos lo que dijo. —El mayordomo tosió, y acto seguido su mujer miró elocuentemente a Cüpper e hizo un gesto como si fumara con la mano derecha—. En cualquier caso, el señor Von Barneck desvió la llamada de nuevo al vestíbulo y desde allí hablé brevemente con el señor Hartmann. Me dijo que buscara una libreta negra. Mientras tanto, vi cómo el señor Von Barneck entraba en el salón. Más tarde se retiró a la biblioteca, donde se quedó dormido. Mucho después de las doce fue a acostarse.

—¿Cuándo exactamente? —insistió Cüpper.

—Buena pregunta. Lamento que en este caso deba conformarme con un cálculo aproximado. A las dos o dos y media.

La señora Schmitz hizo un gesto despectivo con la mano y le guiñó un ojo a Cüpper.

—¿Y luego?

—Estuve buscando la libreta, pero no la encontré.

—Porque no miraste bien —replicó su mujer.

—Señora Schmitz, hemos quedado en que guardaría silencio —intervino Cüpper, pero ya era demasiado tarde.

Schmitz obsequió a su mujer con una mirada de desprecio.

—Miré en todas partes, incluso en sitios que tú ni siquiera conoces.

—Conozco todos los rincones de esta casa.

—¿Ah, sí? Pero ellos no te conocen a ti, y mucho menos tu escoba.

—¿Quién eres tú para juzgar eso, viejo cegato? Solo se pone las gafas para conducir, señor comisario, ¡valiente vanidoso!

—¿Para qué habría de hacerlo, si a diario me veo obligado a observar tu dudosa fisonomía?

Finalmente, Cüpper se dio por vencido y se masajeó las sienes. De pronto se hizo un silencio sepulcral. Cuando alzó de nuevo la vista, vio dos caras arrepentidas.

—Bueno, es que… —empezó a decir Schmitz, rascándose abochornado la cabeza.

—¡Qué horror!

Una vez hubo comprobado la coartada de Von Barneck, Cüpper se dirigió al instituto forense. La Reina de Saba estaba inclinado sobre un cadáver, revolviendo algo en el interior.

—¿Y bien? —dijo Cüpper.

—Espera un momento.

—¿Qué estás haciendo?

—Tienen que estar por aquí —dijo la Reina, rechinando los dientes—. Me voy a volver loco.

—¿Buscas balas?

—Algo más importante.

De la caja torácica salió de repente un ruido indescriptible.

—¡Mierda! Tampoco están aquí.

—Hum… —Cüpper se miró las uñas—. Sé que tienes cosas que hacer. No obstante, deberíamos hablar un poco acerca de Max Hartmann.

—¡Espera un segundo! —gritó la Reina—. Creo que… ¡Ajá, aquí están! —Sacó algo manchado y brillante y lo sacudió ante las narices de Cüpper—. ¿Lo ves? En una casa ordenada no se pierde nada.

—¿Qué es eso? —preguntó el policía con repugnancia.

—Mis gafas. Se me habían caído dentro. ¿No tendrás un pañuelito, por casualidad?

—Un momento. Toma.

—Gracias. —Brauner se dirigió entonces a la mesa de al lado y retiró la sábana. Hartmann no presentaba buen aspecto—. Dicho brevemente: una puñalada por la espalda, absolutamente mortal. Un tipo atractivo, por lo demás. Pero mira esto —añadió señalando el brazo izquierdo.

—¿Qué?

—¿No lo ves? ¡Un tatuaje!

Cüpper miró más detenidamente. El pequeño escorpión, tal y como le había dicho Schmitz.

—¿Y qué?

—¡Por favor! ¡Soy un esteta!

—Qué anticuado estás. ¿Qué hay de la hora de la muerte?

—Entre las nueve y las once de la noche. Quizá, las once y media.

—¿Alguna otra cosa digna de mención?

—Sí, mira las muñecas.

—¿Por qué? ¿Tiene más tatuajes?

—Mira con atención.

Cüpper cogió las manos de Hartmann y las examinó minuciosamente. A la altura de las muñecas destacaban unas marcas decoloradas apenas visibles.

—¿Marcas de presión? —preguntó.

—Sí, aunque muy débil. No obstante, creo que lo maniataron. Con profesionalidad, probablemente poniéndole unos paños debajo. Pero debe de haberse desprendido algo en alguna parte. Esta marca de color parduzco que ves es una excoriación; dentro he encontrado restos de fibra de cordel. Como no tiene ningún sentido maniatar a alguien que ya está muerto, supongo que primero lo dejaron fuera de combate y luego lo apuñalaron. —Le mostró otras heridas diminutas—. Esto indica que lo arrastraron. Tu asesino es fuerte, Cüpper.

—Debe de ser un hombre.

—¡Oh, hay mujeres muy fuertes, chiquillo ignorante! ¿No lo sabías?

De repente Cüpper pensó en el zoo.

—Sí —convino.

Más tarde, en el coche, sintió ganas de visitarla. No tendría que haber desaparecido de esa manera. Era curioso, pero siempre acababan rehuyéndose el uno al otro. ¿Por qué sería?

Luego cambió de idea y se dirigió a la clínica a ver a Astrid Hasling, que seguía igual. Tenía la mirada perdida y la cara blanca como una sábana, solo que le habían desaparecido las ojeras. Curiosamente, parecía más joven y más guapa, como si en cualquier momento fuera a pestañear y volver a la vida.

—No está en coma —dijo el médico mientras recorrían el pasillo—, sino en un estado que denominamos rigidez catatónica.

—¿Qué hay de la epilepsia?

—No tiene nada que ver. Posiblemente la epilepsia sirvió de desencadenante o de refuerzo. La rigidez catatónica no es el resultado de los ataques epilépticos, sino una especie de trauma. Si he de ser sincero, preferiría dejarla en manos de un psiquiatra.

—¿Qué le va a pasar ahora?

El médico meneó la cabeza.

—Por lo general, la gente llega a un estado de catatonia cuando la cantidad de experiencias sobrepasa a la capacidad de compensación. En otras palabras, se encierran en sí mismos. Se aíslan frente a todo impulso externo, que su cerebro se vería obligado a procesar, y regresan al pasado. Entonces lo reviven todo una vez más y, en cierto modo, van desmenuzando cosa por cosa. La catarsis se produce cuando llegan al momento en que tuvo lugar la parálisis.

—¿Y entonces se despiertan?

—No siempre. Aunque solo se conocen unos pocos casos. De repente se recuperan y enlazan directamente con el último instante de su experiencia consciente, como si no hubiera pasado el tiempo. Un médico amigo mío me contó hace poco un caso parecido. Uno de sus pacientes había sido testigo del asesinato de su mujer, una experiencia espantosa. Se sumió en un estado de catatonia, y cuando despertó, estaba muy triste y abatido, ¡pero lo había asimilado!

—¿Y cuánto tiempo estuvo ausente? —preguntó Cüpper—. ¿Un día? ¿Una semana?

El médico se detuvo y lo obsequió con una sonrisa antes de responder.

—Treinta años.

Entretanto, ya estaban listos los resultados de la investigación técnico-criminal de Wiesbaden. El piso de Inka von Barneck no resultó ser precisamente una mina, pero aun así, encontraron pelo de otra persona, en el salón. Algunos de ellos eran pelos púbicos, y junto con otros indicios, señalaban que, poco antes de morir, Inka había mantenido relaciones sexuales sobre la alfombra. Con arreglo a ello, el amante era rubio y llevaba ropa adornada con lentejuelas.

Cüpper echó un vistazo al segundo informe. Desde el cinturón verde de la ciudad informaban de que el asesinato, efectivamente, había tenido lugar en el camino de grava. Seguían examinando las huellas de un coche, pero la operación resultaba difícil porque no paraba de llover. No había huellas dactilares, ni siquiera en el cuchillo. Decepcionante. Entre todo lo demás, el policía reparó en un informe que decía que el cadáver de Inka von Barneck no iba a ser enterrado, sino incinerado.

Dando un manotazo, Cüpper hizo sitio en su escritorio y empezó a confeccionar una nueva lista de sospechosos.

Sus pensamientos se dirigieron a Eva Feldkamp. Había intentado calmarla mientras Von Barneck, temblando de cólera, se había marchado precipitadamente de las obras, avergonzado por los reproches de ella, pero sobre todo irritado por haberse enterado de la relación que la mujer mantenía con Max.

Luego Cüpper le explicó pacientemente a Eva que, a la hora del crimen, Von Barneck estaba en la villa. Pero ella rompió a llorar y repitió las acusaciones. Von Barneck era para ella el asesino porque había contado con la muerte de Hartmann. Su culpa en el asesinato era de naturaleza moral, y no quería ni oír hablar de que Hartmann hubiera aceptado el trabajo por voluntad propia y conociendo todos los riesgos a los que se exponía.

Cüpper le recordó que ella misma había tolerado esa situación durante años, y poco a poco logró hacerla entrar en razón. Finalmente, Eva consintió en disculparse ante Von Barneck y prometió no volver a perder el control. En contrapartida, el comisario le aseguró que se abstendría de detenerla por intento de agresión.

Pero era evidente que algo en ella se había desmoronado. Cuando se marchó, Cüpper ya no reconocía su radiante belleza, sino únicamente una mujer destrozada por la pena.

Cuánto debía de amar a Max.

El policía pensó con tristeza que no le faltaba razón. Pagar a alguien por la posibilidad de ser asesinado no era un asesinato, pero sí una culpa.

Cuando llegó al puente del zoo se dio cuenta de que acababa de defender la inocencia de Von Barneck.

Y de repente tuvo la impresión de haber vivido toda la escena anterior frente a la pantalla de un televisor: en dos dimensiones, como algo extrañamente irreal, de colores estridentes y con el volumen demasiado alto.

HALLAZGOS

Rabenhorst llegó hacia el mediodía a su despacho silbando como una tetera. Resultaba obvio que estaba de un humor excelente.

Cüpper le contó brevemente las novedades.

—Eso es agua pasada —dijo Rabenhorst sentándose.

—¿Por qué?

—Por esto.

Metió la mano en la chaqueta y le puso a Cüpper un fajo de fotos delante de las narices.

—¿Qué es?

—Las hemos encontrado en casa de Hartmann.

Cüpper cogió las fotos y las examinó una a una; luego clavó la vista en Rabenhorst, las miró por segunda y por tercera vez y soltó un silbido.

—¡Joder!

—Algo parecido he dicho yo también —asintió Rabenhorst.

Las imágenes mostraban un dormitorio decorado con gusto, fotografiado siempre desde la misma perspectiva. En la cama había un hombre y una mujer desnudos, que se ocupaban con afán el uno del otro. A los dos se los reconocía claramente.

—Ahí tendríamos la conexión —dijo Cüpper.

—Eso parece.

—¡Inka y Max! ¡Maldita sea! ¿Tiene idea de la época en la que fueron sacadas las fotos?

—Sí. El negativo se lo ha comido el gato, pero ahí delante, sobre la silla, hay una revista, ¿la ve? —El dedo de Rabenhorst rodeó una mancha borrosa —. Krüger la ha examinado detenidamente y asegura que se trata de un ejemplar de Moda di Milano, de lo que podemos deducir que Max e Inka iniciaron una relación en Italia. Y mire esto. —El dedo recorrió el borde de la cama—. Fíjese en el brazo izquierdo de Hartmann: está apoyado en el cabezal, lo que en esa postura no tiene nada de extraordinario, pero mire esta otra foto, y esta… En esta están atravesados. Aquí ella está encima de él. Y aquí hacen un número acrobático. ¿Y dónde está la mano de Hartmann?

Cüpper carraspeó.

—Siempre apoyada en el mismo sitio.

—Pero ¿por qué?

—Para accionar el disparador automático.

—Eso creo yo también. Hartmann sacó él mismo las fotos. Pero también hemos encontrado otras.

Le entregó a Cüpper otro montón. En la primera copia se veía un parque a media luz; no se distinguía si era el amanecer o el crepúsculo. Al fondo había una iglesia entre hileras de casas cuadradas.

—¿Milán? —preguntó Cüpper.

—Es posible. Queda pendiente de comprobación.

Las siguientes fotos estaban sacadas con zoom: figuras rodeadas de árboles; Inka von Barneck, y un hombre delgado de pelo oscuro con bigote y unas gafas de sol que no le hacían ninguna falta, a juzgar por la hora del día.

Cüpper arrugó la frente y repasó rápidamente las fotos: Inka y el desconocido estrechamente abrazados; besos apasionados; la mano de él bajo su blusa; la de ella dentro de sus pantalones. Una serie entera que parecía una película.

—Qué interesante, ¿verdad? —Rabenhorst cruzó los brazos detrás de la cabeza y sonrió con picardía—. Un pequeño escándalo por aquí, una aventurilla amorosa por allá… ¡Caramba con Inka!

Cüpper guardó silencio. De entre todas seleccionó cuatro fotos y las puso en fila.

—Mire esto —murmuró.

—¿El qué? —Rabenhorst se acercó con curiosidad—. ¡Ah, esto! Ella le agarra la… —Miró más detenidamente—. ¡No, maldita sea, no lo hace!

—Espere. Examinémoslas con la lupa.

Con el cristal de aumento vieron una estrafalaria sucesión escénica. Ella lo besaba, lo atraía hacia sí y, al mismo tiempo, le abría la bragueta. En la siguiente foto, su mano desaparecía en el interior de los pantalones. Luego, en la tercera, la sacaba de nuevo… junto con algo blanco que, en la última imagen, se guardaba entre los pliegues de su vestido.

—Rabenhorst —dijo Cüpper—, que me muera ahora mismo si eso…

—… no es coca.

—Entrega de mercancía a cambio de placer. Eva Feldkamp me dijo que Inka iba siempre hasta las cejas de coca. De alguna manera debía de obtenerla.

—¿Coca a cambio de sexo? ¿Para qué? Ella tenía suficiente dinero como para comprarse eso y, al mismo tiempo, al tío.

—Sí, pero probablemente no le hiciera tanta ilusión.

Rabenhorst asintió.

—¿Serán esas fotos también de Hartmann?

—Es de suponer. ¿Han encontrado alguna otra cosa?

—Esto.

—¡La libreta negra! —exclamó Cüpper.

—Se había caído detrás de un armario. No me extraña que Hartmann no la encontrara. No se tome la molestia de mirarla. Está llena de series de números.

—¿Números?

—Krüger opina que Max codificaba todas las anotaciones.

—¡Santo cielo! ¿Es que en este caso no puede haber nada sencillo? Bien, intentemos construir una pequeña teoría lógica, Rabenhorst. Inka y Max tienen un lío. Max sabe que Inka es caprichosa y que pronto se hartará de él. Malvada como es, no habría dudado en comprometerlo ante Von Barneck, lo que le habría costado como mínimo el trabajo. Pero al mismo tiempo ella se permite coquetear con la mafia de la droga. Max, que no es tonto, la espía y fotografía la entrega. Así tiene a Inka cogida por el cuello.

—Y también al hombre que le proporciona la cocaína. Tal vez Hartmann fuera lo bastante tonto como para hacerle chantaje.

—Es posible.

—Entonces ya los tendríamos a todos juntos. Inka, Max, el italiano… Un motivo.

—¿Qué más se puede pedir?

—Tiene sentido.

—Pues sí.

Ambos policías permanecieron un rato en silencio, cavilando.

—¿Usted se lo cree? —preguntó finalmente Cüpper.

—¿Y usted?

Y de nuevo se hizo el silencio en la habitación.

NOTARÍA

Päffgen cogió el paquete de cigarrillos con sus dedos amarillentos y lo encontró vacío. Su boca, de labios finos, se contrajo aún más; parecía una hucha de mal humor.

—¡Señora Sechser! —gritó con aspereza.

Del cuarto contiguo llegó rápidamente su secretaria ajustándose la cinta del pelo. Desde que trabajaba para Päffgen, llevaba una peluca con una cinta descolorida en la cabeza, es decir, desde hacía treinta y cinco años. A menudo él sentía el impulso de arrancársela y meterla en la lavadora, pero tenía miedo de lo que se encontraría debajo. Aparte de eso, un notario de tan reconocido prestigio no podía permitirse aparecer en la prensa por una tontería semejante.

—Señora Sechser —dijo, enojado—, sabe perfectamente que no puedo trabajar sin cigarrillos.

—¿Está el cartón vacío? —se asustó ella.

—Vacío es poco. Sea amable y tráigame unas cuantas cajetillas.

—¿No cree que su salud…?

—No la contraté a usted para que me diera conferencias sobre medicina. Tome el dinero.

—¡Tres cajetillas en una mañana!

—Más vale eso que tener una petaca en el cajón. Luego tráigame, por favor, el dossier de Von Barneck.

La mujer se marchó ofendida hacia su territorio y, buscando en el archivador entre varias docenas de expedientes, encontró el que buscaba. Con una mueca, lo dejó sobre el escritorio de su jefe, cogió el billete de cien marcos y salió con la cabeza bien alta.

Päffgen examinó los documentos y marcó un número de teléfono.

—¿El señor Von Barneck? Buenas noches. Soy Päffgen, notario de Colonia.

—¿Qué puedo hacer por usted?

—Se trata de su mujer.

Hubo una breve pausa.

—Mi mujer está muerta.

—Mi más sincero pésame, señor. Quería darle cita para la lectura del testamento.

Silencio.

—¿Oiga? ¿Sigue ahí?

—¿Para qué?

Päffgen parpadeó, irritado.

—En fin, su mujer dejó un testamento…

—¿Que ella…? Ah, sí, claro.

—¿No lo sabía?

—¡Sí, sí! ¿Cuándo?

—Si le parece bien, mañana a las tres en mi despacho.

—Un momento… Sí, me viene bien.

Päffgen le dio la dirección, tras lo cual colgó y meneó la cabeza. Qué extraño. Mientras lo pensaba, echó mano del cartón de cigarrillos.

Vacío.

—¡Señora…!

Ah, sí, había ido a por tabaco. Marcó el siguiente número: Ried, Marion.

BILLAR

—¿Puede ser que simplemente no le caiga bien Von Barneck? —preguntó Rabenhorst.

—Hum —musitó Cüpper.

—Pero sospecha de él. Quizá sin razón.

—No sé si realmente sospecho de él.

Rabenhorst cogió la lista nueva. Era más corta que la anterior, pero sobre todo menos sugerente.

1. Fritz von Barneck

Móvil para el asesinato de Inka von Barneck:

a) Dinero.

b) Venganza por infidelidad.

Coartada: La fiesta.

Pero: a) El anfitrión podría haber sido Hartmann.

b) Podría haber pagado a Hartmann por el asesinato.

c) Podría haber contratado a un matón (véase punto 2).

Móvil para el asesinato de Max Hartmann:

a) Eliminación de un cómplice que o bien asesinaba por él o bien lo

encubría.

b) Venganza por infidelidad.

c) Hartmann se había vuelto demasiado poderoso.

Coartada: El auditorio.

Pero: Podría haber contratado a un matón (véase punto 2).

2. El italiano

Móvil para los dos asesinatos:

a) Matón por encargo de Von Barneck.

b) Matón por encargo de la mafia, para

b1) matar a Inka von Barneck y a Max Hartmann.

b2) matar a Inka von Barneck y a Fritz von Barneck.

—El punto «b2» aclararía por qué Hartmann iba disfrazado de Von Barneck —señaló Rabenhorst.

—Sí —admitió Cüpper—. Quizá tenga razón Eva Feldkamp cuando dice que su jefe sabía el peligro que corría. Por eso mandó a Hartmann. Pero si él mismo contrató a ese italiano, tuvo que animar de alguna manera a Max para que se encontrara con él. Y como mejor pudo hacerlo fue con el pretexto de que su trabajo consistía en doblarlo. Explicaciones hay muchas.

—Pese a todo, no debemos olvidar que Von Barneck puede ser inocente. El crimen podría haberse cometido sin que él supiera nada.

—Lo que a su vez no explica por qué Hartmann adoptó su identidad.

—Hartmann podría haber jugado a su propio juego. Digamos que se alió con los enemigos italianos de Von Barneck y acabó siendo víctima de esa alianza…

—Continúe, Rabenhorst. Yo estoy bloqueado.

—En cualquier caso, ese italiano desempeña un papel decisivo.

Cüpper se acordó de Astrid Hasling.

—Treinta años —murmuró.

—¿Qué?

—Nada, que estamos devanándonos los sesos con ese italiano, cuando, en realidad, la clave de todo el caso está en coma.

—¿Astrid Hasling? Pues sí. Al menos ya no está en la lista. Otra cosa, las coartadas de Holger Renz y Ulrich Stoerer son intachables. No hay ninguna razón para suponer que tengan algo que ver con la muerte de Hartmann.

—Entonces todo queda en familia —suspiró Cüpper.

3. Marion Ried

Móvil para ambos asesinatos:

a) Dinero.

b) Odio.

Coartada: En el caso de Inka von Barneck, ningún testigo. En el caso de

Max Hartmann, todavía no se ha comprobado.

4. Eva Feldkamp

Móvil: Venganza. Había descubierto que Max e Inka mantenían una

relación.

Coartada: En el caso de Inka von Barneck, supuestamente estuvo con Max.

—¿Dónde estuvo Eva anoche? —preguntó Rabenhorst.

—En casa —dijo Cüpper—. Al menos, eso dice. Otra vez sin testigos.

—¿La cree capaz de matar a Max?

—No —respondió Cüpper—. Pero eso no significa nada.

—Entonces ya solo nos quedan dos.

5. Último amante de Inka von Barneck

Identidad, motivo y coartada: Desconocidos.

6. La lentejuela

Identidad, motivo y coartada: Desconocidos.

—Probablemente sean el mismo —refunfuñó Cüpper.

—O la misma —opinó Rabenhorst—. Quizá deberíamos examinar con lupa los armarios roperos de nuestras sospechosas.

—¿Tres órdenes de registro domiciliario? Se van a cabrear con nosotros.

—No avanzamos ni un paso —Rabenhorst parecía desanimado—. Más bien al contrario.

Cüpper hizo una mueca. Su compañero tenía razón. Con cada nueva pista todo se volvía aún más enigmático. Se levantó, recorrió el despacho a grandes zancadas y aporreó la pared con el puño.

—¡Es una pasada, Rabenhorst! Asesinatos escenificados, mafia, libretas, fotos de trapicheo de drogas. ¡Sexo! ¡Dinero! ¡Odio!

Rodeó el escritorio, le propinó una patada a la silla giratoria y se dejó caer furioso contra la pared.

—Ah —dijo Rabenhorst—. La culpa debe de ser de la silla.

—Diga algo inteligente a cambio del dinero que le pagan.

—Diga usted algo más inteligente aún. Gana más que yo.

—No se me ocurre nada.

Cüpper se acercó a la ventana y permaneció pensativo mientras miraba la lluvia. El tiempo pasaba obstinadamente.

—El billar —dijo en voz baja.

Rabenhorst levantó perezosamente la cabeza.

—No hable siempre con acertijos, ¿quiere?

Cüpper regresó a su escritorio y colocó unas bolas imaginarias en el centro, hasta que juntó como una docena.

—¿Tan mal lo ha pasado las últimas semanas? —preguntó Rabenhorst, compasivo.

—¡Naranjas de la China!… ¿Qué hacen los criminales? Huyen, se protegen, disimulan. Van dejando pistas. Supongamos que nuestro asesino es una bola, pero no sabemos cuál.

Cogió una de las bolas invisibles y la sostuvo por encima de las demás. Luego la dejó caer.

—¿Qué ocurre? Que la formación se dispersa. Todas las bolas ruedan al mismo tiempo en distintas direcciones, se alejan unas de otras. Huyen, si quiere llamarlo así. ¿Cuál de ellas perseguiría?

Rabenhorst reflexionó un momento.

—Es difícil —dijo finalmente—. Si persigo una, se me escapan las demás. Mientras no sepa cuál es la bola en cuestión, tendría que perseguirlas todas.

—¿Cómo resuelve el problema?

—Buscando suficiente gente hasta que pueda perseguirlas todas.

—Bien. ¿Y qué significa eso?

—Gasto de tiempo y dinero. ¿Adónde quiere llegar, en realidad?

—Al asesino. ¿Qué bola es el asesino?

—Ni idea. Como le he dicho, primero tendré que ir detrás de todos, luego atraparlos, encarcelarlos, interrogarlos, etcétera.

Cüpper sonrió levemente.

—¿Lo ve? Ahí está el busilis. Porque nuestro asesino no se ha escapado, sino que es la bola que he dejado caer. Está tranquilamente encima de la mesa, después de haber dejado una docena de pistas falsas. Ninguna conduce a la meta, pero usted las persigue todas. Esa misma impresión me da este caso.

Rabenhorst observó la mesa como si efectivamente estuviera llena de bolas de distintos colores, todas ellas revueltas.

—En otras palabras, estamos persiguiendo fantasmas.

—Sí. Una bola rueda hacia el rincón más extraño: el loco que no se lleva el arma del crimen. Una segunda rueda hacia Milán, y de repente tenemos a la mafia en juego. Otra rueda hacia la sima de los sentimientos, donde el odio y el amor se dan de ostias. Una rueda hacia una libreta ilegible, otra hacia la peluca blanca con la que Hartmann se convertía en Von Barneck. Etcétera, etcétera. ¿Sabe lo que me parece?

—¡Suéltelo!

—Que nada de eso tiene ninguna importancia. ¡Es puro teatro! La verdad la tenemos delante de las narices. Es tan evidente que no la vemos.

—¿Y cómo lo sabe?

—Intuición.

Rabenhorst recapacitó sobre ello.

—Pues dígale a su intuición que no nos basta con eso.

Cüpper suspiró.

—Ya lo sabe.

CLÍNICA

Mediodía.

El doctor había salido a comer con algunos médicos. Otros se dedicaban a cumplir con sus obligaciones. La planta estaba vacía en varias docenas de metros a la redonda, salvo por dos enfermeras que jugaban a las cartas. Sentadas en un cuartito de paredes sobriamente enlucidas, estaban encantadas de que los pacientes durmieran.

Pero alguien había dejado de dormir en la clínica. Alguien que salía a la superficie de la conciencia e intentaba huir de la cárcel en que se encontraba.

—As de oros —dijo la enfermera cuya boca, aunque ordinaria, hacía perder la cabeza a numerosos hombres.

—Paso —repuso la otra, desalentada.

Más allá de su sobrio enclave se extendía el pasillo principal, un corredor con el suelo de linóleo desgastado y pintado de verde claro y blanco envejecido, en cuyo extremo parecía extinguirse toda voluntad de vivir. Solo en una de las habitaciones del fondo, justo antes de la pared que delimitaba el recinto, esa voluntad adquiría cada vez más fuerza.

COMISARÍA

—El teléfono —advirtió Rabenhorst.

Cüpper le dirigió una mirada, se acomodó la corbata y respondió.

—Soy Schmitz —dijo una voz potente al otro lado de la línea.

—¡Señora Schmitz! —Cüpper puso los ojos en blanco, y a Rabenhorst le dio la risa—. Qué amable. Muy amable por su parte.

—Quería darle la receta; ¿se acuerda?

—Desde luego. Era la sopa de guisantes, ¿no?

—Exactamente. ¿Sabe una cosa? Mi marido no tiene ni la más remota idea de cocinar, seguro que se habrá dado cuenta. Además, con los años se ha vuelto un poco senil, sobre todo en los dos últimos, se lo aseguro. No es que yo le desee nada malo, ¡Dios me libre! Pero cuando nos casamos era muy distinto. ¡Y mucho más joven!

—Señora Schmitz, todo eso que me cuenta es sumamente interesante, pero…

—Ya entiendo, la receta. Necesita guisantes.

—¡Quién lo iba a decir!

—Bastantes patatas, más que guisantes. Se rehoga a fuego lento. Se agrega puerro, zanahorias y apio. ¡Nada de agua! Luego se añade un buen caldo de pollo, nabos, perejil…

Cüpper se esforzaba por seguirle el ritmo escribiendo a toda prisa en un papel. Era la receta más caótica que le habían dado nunca, pero se propuso cocinarla.

—… y un toque de mejorana —concluyó la mujer—. Mi marido es capaz de comerse un puchero entero. Yo siempre le digo que no haga eso, que luego no puede dormir, pero ¿cree usted que me hace caso?

—Ha sido muy amable por su parte…

—El hombre ya no puede morder bien. Claro, sin dientes… Naturalmente, no le gusta que se lo recuerde. Pero hasta el señor Von Barneck se ha dado cuenta. Fíjese que incluso tiene que ir en taxi al auditorio, ¡qué vergüenza! Yo le digo a mi marido: «A ver si te haces respetar».

—Cuánta razón tiene.

—«Eres el chófer», le digo. «Siempre has sido puntual. En ti se puede confiar más que en cualquier taxista». Quiero decir que el señor Von Barneck quería ir al concierto, que empezaba a las ocho en punto, pero el taxi no llegó hasta las ocho menos diez; ¿cómo iba a llegar a tiempo?

Cüpper se quedó paralizado.

—¿Qué ha dicho? —susurró.

—¿Cómo? —La señora Schmitz estaba confusa—. ¡Qué voy a decir!

—¿El taxi del señor Von Barneck llegó a las ocho menos diez? ¿Está segura?

—¡Sí, claro! Yo también suelo mirar el reloj, no como dice mi marido. Sé siempre qué hora es. El taxi llegó a las ocho menos diez. ¡Que me muera ahora mismo si miento!

—Rabenhorst —dijo Cüpper tapando el auricular con la mano—, la anciana acaba de desmontar la coartada de Von Barneck.

Rabenhorst se desperezó, bostezando.

—Estupendo —canturreó—. Por fin algo alentador.

CLÍNICA

La enfermera de la boca ordinaria leía un libro mientras su compañera hacía ganchillo. La vida era aburrida en ese cuartito.

Sin embargo, más al fondo, donde terminaba el pasillo, la vida regresaba impaciente por volver a tomar posesión del cuerpo inmóvil, por guiarlo y controlarlo. Por dotarlo de voluntad y de lenguaje.

Casi había terminado la catarsis.

Casi.

Astrid Hasling empezó a parpadear.

COMISARÍA

¡A las ocho menos diez!

Cüpper sintió ganas de abofetearse a sí mismo por no habérsele ocurrido preguntar en seguida por la hora de llegada del taxi. Desde Marienburg hasta el auditorio se tardaba como mínimo un cuarto de hora. Aunque hubiese viajado en un turborreactor, Von Barneck jamás podría haber estado al cabo de cinco minutos en el auditorio armando una bronca porque tardaban en recoger las entradas.

¡A las ocho menos diez!

Rabenhorst regresó al despacho de su jefe y le plantó un papel delante.

—Se va a caer de culo cuando oiga esto —dijo.

Por si acaso, Cüpper se sentó.

—¿Y bien?

—Nos hemos enterado a través de la central de taxis, como ocurrió con Astrid Hasling. Von Barneck no tenía la menor intención de acudir al auditorio. El taxista lo dejó en otro sitio completamente distinto.

—¿Dónde demonios lo dejó?

Rabenhorst esbozó una sonrisa tan amplia que su cabeza amenazó con partirse por la mitad.

—¡En Südstadt! ¡En casa de Eva Feldkamp!

—¡Toma ya! —exclamó Cüpper.

—El taxista dice que debían de ser las ocho y diez cuando Von Barneck se apeó en Karl-Korn-Strasse.

—Entonces cometió un error estúpido. ¿Por qué fue en taxi?

—No pudo recurrir a Schmitz.

—No, pero podría haber conducido él mismo. Qué extraño. Bien, por lo menos sabemos dónde estaba Hartmann, y también que Von Barneck le encargó montar el numerito de las entradas para que, estúpidos de nosotros, creyéramos que, efectivamente había estado en el auditorio.

—¡Pero si Hartmann quería a Eva! ¿Cómo iba a encubrir a Von Barneck para que echaran un polvo?

—No es eso. Si Von Barneck escenificó semejante maniobra de distracción, el propósito de su visita a casa de Eva era otro.

Ambos permanecieron un rato pensativos, pergeñaron miles de teorías y volvieron a desecharlas todas.

Finalmente, Cüpper dijo:

—Supongamos que los tres han mentido. Max no ama a Eva, y Eva no ama a Max. Pero quizá Eva ame a Fritz, y viceversa. ¿Quién les estorba?

—La buena de Inka.

—Exacto. De modo que el objetivo es eliminar a Inka, porque, si se entera de que su marido está liado con Eva, seguro que lo deja sin un duro. Max sigue haciendo su trabajo. Como necesitan un cómplice, lo suben a bordo y se inventan la historia del amor entre él y Eva para que Von Barneck no sea sospechoso de interesarse por ella. Max encubre a Von Barneck, quien mata a Inka. Eva, a su vez, encubre a Max. Hasta ahí todo bien, pero entonces Max se pone un poco impertinente y empieza a hacerles chantaje a ambos. Así que Fritz y Eva deciden eliminarlo también a él, lo que, desde un punto de vista lógico, tiene sentido.

—Todo fenomenal —dijo Rabenhorst—. Pero a partir de ahí la cosa se complica. Supongamos que Von Barneck engatusa a Max con un encargo: que vaya en su lugar al auditorio. Falta por comprobar si permaneció allí hasta que acabó el concierto, pero por el momento supongamos que sí. A continuación, acude a una cita misteriosa…

—Cita que ha podido preparar clandestinamente Von Barneck.

—Desde luego. ¿Y con quién se encuentra allí? Con su asesino, está claro. Pero Von Barneck no ha podido ser. Su coartada es tan impermeable al agua como el túnel de Rheinufer. Ya estaba en casa cuando Max todavía vivía, y no volvió a salir de la villa en toda la noche.

—Falta Eva.

—Sí, para ir con él al cinturón verde de la ciudad, cosa que debió de costarle trabajo. Porque Max no es tonto: sabe que intentarán dejarlo fuera de circulación. Además, antes de morir lo maniataron; ¿fue Eva quien lo hizo?

Cüpper sonrió amargamente.

—¡Qué rabia, Rabenhorst, cómo me tomó el pelo Eva! Cada vez que me acuerdo de aquel ataque teatral con el destornillador… Sus sutiles acusaciones de asesinato tenían como único objetivo eximir de toda culpa a Von Barneck delante de mí.

—Despacio, jefe. Lo único que tenemos por el momento es una teoría gris.

—Las hay más grises. —Cüpper se miró las uñas—. De todas formas, no debemos olvidarnos del italiano. Astrid Hasling dijo que lo conocía. Según la descripción de que disponemos, podría tratarse del camello de las fotos. Y precisamente ese tío preludia el asesinato de Inka. Demasiada casualidad. — Cüpper se levantó y se desperezó—. Pues sí, es lo que pasa con las grandes teorías. La teoría de la relatividad no encaja ni a tiros con la mecánica cuántica. ¿Cómo vamos a hacerlo mejor nosotros?

—Buena comparación —se burló Rabenhorst—. «Cüpper resuelve un caso de asesinato en Colonia y recibe el Premio Nobel».

—Bien dicho. Ahora, lo que tiene que hacer es ir otra vez al auditorio y enterarse de si alguien se fue antes de tiempo.

—¿Y usted qué va a hacer?

—Intentaré deshacerme de mi alergia a los gatos.

Una vez que se hubo marchado Rabenhorst, Cüpper llamó al zoológico. Marion Ried tardó una eternidad en responder, pero era evidente que se había dado prisa en coger el teléfono porque llegó sin respiración.

Cüpper le contó lo sucedido a grandes rasgos.

—¿Conocía usted a Hartmann? —preguntó.

—Muy poco. Lo veía con frecuencia, pero siempre creía que era Fritz.

—¿No los distinguía?

—No.

Durante un rato reinó el silencio.

—Ahora, naturalmente querrá saber dónde estuve anoche —dijo ella finalmente, aunque su tono no era en absoluto agresivo.

—Naturalmente —dijo Cüpper.

—Me lo imaginaba. ¿Sabe una cosa? Sinceramente, no me gustaría hacer su trabajo.

—Limítese a mencionar un testigo.

—¿Quiere borrarme de la lista?

—Lo que yo quiera no tiene importancia.

—¿Y prescindiendo de que no tenga importancia?

Cüpper sonrió de satisfacción y la hizo esperar unos segundos.

—Sí —dijo—. Quiero borrarla de la lista.

—Pues entonces, hágalo. Estuve toda la noche en el Stadtgarten. Ulli daba un concierto.

—¿Heavy metal?

—Swing. Cuando quiere, sabe de todo —dijo, e hizo una pausa—. En el escenario, quiero decir.

—Bien. ¿Testigos?

—Alrededor de una docena de personas que me conocen.

Cüpper se recostó en su silla y respiró profundamente.

—Eh, comisario.

—¿Mmm?

—¿Qué hace esta noche?

Cüpper reflexionó.

—Nada.

—Pues podría hacer algo. ¿Quedamos?

—No deberíamos —dijo él, dubitativo—. Mi compañero me matará…, pero el caso es que acabo de excluirla del ilustre círculo de posibles culpables.

—¿Entonces?

«¿Por qué no? —pensó Cüpper—. ¿A qué vienen tantos melindres? ¿Acaso no era eso lo que querías?».

—Por mí está bien —consintió—. Pero nada de peleas ni de echar a correr. Nada de muros.

—Nada de muros. Pásese a las nueve por el Stadtgarten. Tengo que ayudar un poco a Ulli, que actúa otra vez.

—No —replicó él, decidido.

—¿Cómo que no?

—Podemos ir más tarde. Dígale a Ulli que acarree él solo con la guitarra hasta el escenario. Usted ha quedado conmigo.

—¿Realmente quiere…?

—¡Pues claro!

El comisario imaginó que ella sonreía.

—Vale —dijo ella en voz baja.

—Bien. Quedamos en la puerta del zoo. Pasaré a recogerla.

Cuando colgó el teléfono, de repente se sintió más fuerte que un orangután. Hasta le entraron ganas de meterle un puro a Von Barneck.

Pero cuando llamó a la villa, el tipo no estaba en casa. Schmitz le dijo que había viajado a Frankfurt por negocios. Había llevado a su jefe al aeropuerto hacía una hora y no esperaba que regresara antes de las diez. A las diez del día siguiente, se entendía. Asombrosamente, o quizá no tanto, Eva Feldkamp lo acompañaba. Eso interrumpía por completo el avance de las pesquisas.

No le importaba. Así tendría toda una tarde para buscar la gran teoría en la que encajara todo.

Si es que la había.

MARION RIED

Cüpper había conseguido reservar una mesa en Le Moissonnier, lo que solía ser una empresa poco menos que imposible si no se planificaba comer allí, como mínimo, con dos semanas de antelación. Ocuparon su mesa apretados entre gente bulliciosa y durante casi toda la noche lograron no hablar ni de asesinatos ni del pasado de ambos.

Marion no esperaba que fueran a cenar y se sentía un poco desplazada con vaqueros, aunque Cüpper finalmente la convenció de que los vaqueros figuraban entre los logros más significativos de la humanidad; según él, el problema estaba más bien en los gastrónomos, por no haberse acostumbrado a ellos.

—Pero usted lleva traje, camisa blanca y corbata —dijo ella en algún momento, entre sorbo y sorbo de un Mas de Daumas Gassac del 86.

—Me ayuda a concentrarme en mi trabajo —bromeó el policía.

—¿Como ahora?

—No —sonrió Cüpper—. Ahora es simplemente un traje. Me gustan los trajes oscuros y las corbatas con motivos discretos.

Ella lo miró a los ojos y le devolvió la sonrisa.

—A lo mejor a mí también me gustan… Un poco.

De repente Cüpper pensó que Marion era la mujer más hermosa que había conocido nunca. Ensimismado, dio un sorbo a su copa y deseó ser un tigre.

—Hablando de otra cosa —dijo ella cuando se recostaron en la silla después de tomar el postre y el surtido de quesos—. Mañana habrá llegado la hora de la verdad.

—¿Por qué?

—Inka hizo testamento.

Espabilando de golpe, Cüpper dejó sobre la mesa su marc de champán. Resultaba evidente que era imposible rehuir el caso.

—No se preocupe —dijo—. No importa lo que le haya dejado en herencia: ya no está usted en mi lista.

—No es eso. —Su mano se deslizó por la mesa en busca de algo indefinido. Cüpper sintió el cosquilleo de sus dedos, que acariciaron los suyos y se retiraron inmediatamente, aunque él lo percibió como una corriente de alta tensión—. Inka no era la clase de persona que hace testamento. Ella creía haber arrendado su vida.

—¿De verdad no sabía nada del testamento?

—No. Ella dijo en numerosas ocasiones que no pensaba hacerlo. Bueno, mañana es la lectura —añadió Marion, y apartó la vista—. ¿Sus padres viven aún? —le preguntó a Cüpper con la mirada perdida.

—Sí.

—¿Sanos? ¿Felices?

—Las dos cosas. Tienen una casa en Lindenthal con un jardín en la parte trasera. No nos vemos con frecuencia, pero nos llevamos bien.

Por un momento, el ambiente amenazó con volverse melancólico. Entonces, Marion golpeó la mesa con la mano y esbozó una amplia sonrisa.

—Bien, vayamos al Stadtgarten y dejemos a Ulli con un palmo de narices —dijo con una risita maliciosa.

Cüpper se sintió triste de repente y luchó con denuedo contra ese sentimiento.

¿Acaso estaba celoso?

Luego Cüpper quiso pagar la cuenta, y Marion también. Durante unos minutos estuvieron forcejeando, hasta que los dos encajaron sus monederos en el cinturón y solucionaron el asunto a la manera de los pistoleros, pero Cüpper fue más rápido. Ella se echó a reír y sus ojos verdes lanzaron un destello de júbilo.

Y el comisario se dio cuenta de lo que había pasado. Sencillamente, había pasado…

Derrotado, acató su destino, aceptó a Ulli Stoerer y se consoló pensando que la perdía sin haberla tenido nunca.

El Stadtgarten estaba hasta los topes. Cuando entraron en el bar, Ulrich Stoerer estaba tomando un coñac.

—¿Alcohol? —susurró Cüpper al oído de Marion cuando Ulli se separó de la barra y se les acercó—. ¿Qué pasa con su karma? ¿Acaso los extraterrestres no prohibieron toda clase de drogas?

—Sí, pero luego vinieron otros que sostenían otra opinión. —Marion arrugó la nariz—. Los extraterrestres aterrizan siempre como mejor le parece a Ulli.

—¡Eh! —El músico rodeó el hombro de su novia con un brazo y le guiñó un ojo a Cüpper—. Un poco tarde para hacer pesquisas, ¿no?

—No estoy haciendo pesquisas —respondió el policía, esforzándose por ser amable.

—¿En serio? Tío, yo creía que la pasma estaba permanentemente de servicio. Como si todos los polis hubieran nacido con la gorra puesta. —Soltó una carcajada y le dio un leve empujón a Cüpper en el pecho con el dedo índice—. En cualquier caso, me parece genial que haya venido. Marion debe de haberle contado un montón de cosas. Lo que hacemos es muy fashion: ¡puro astrojazz! ¿Sabía usted que la música surge bajo la influencia de la radiación cósmica concentrada?

—Estás diciendo gilipolleces —replicó Marion con brusquedad.

—Claro, todos decimos gilipolleces. El universo es un montón de mierda. —Ulli sonrió y atrajo a Marion hacia sí mientras miraba de hito en hito a Cüpper—. En cambio, mi música no es una mierda. ¿A que tengo razón, pequeña?

—Sí. —Ella se soltó de su abrazo y le acarició la mejilla como a un niño pequeño—. ¿No te toca actuar ya?

Ulli parecía irritado. Bebió su coñac de un trago y miró a la chica.

—Sí, dentro de unos minutos. Pero antes tenemos que cambiarnos.

—Claro. —Ella señaló a Cüpper—. Romanus se muere de ganas de oírte tocar.

Ulli dirigió una mirada cargada de dudas al policía. Luego se encogió de hombros y soltó una risita.

—¡Os vais a enterar de lo que es bueno! —dijo, y desapareció detrás de la barra, por donde se accedía a los vestuarios.

Cüpper se mordió el labio. Luego decidió ser franco.

—Marion, ya se lo pregunté una vez, pero ¿cómo lo soporta?

Contaba con una respuesta insolente que echara por tierra la complicidad que había surgido entre ellos a lo largo de la noche. Sin embargo, ella apoyó la cabeza en su hombro y dijo:

—No lo sé.

Sonaba sencillo y definitivo.

Durante un rato permanecieron así, ya que Cüpper no se atrevía a moverse.

—¿Quiere tomar algo? —preguntó ella.

—Kölsch.

Marion asintió y fue a la barra. Cuando regresó, los músicos estaban subiendo ya al escenario.

—Ulli es como un niño grande. Me quiere, está enganchado a mí. A veces pienso que deberíamos poner fin a la relación, pero luego me preocupa lo que sería de él. Si me quisiera un poco menos, todo sería mucho más sencillo. — Hizo chocar su jarra con la de él—. Bueno, salud.

—¿Sabe que con la compasión no se va a ninguna parte?

—Sí. —Ella le miró—. ¿Qué errores cometió usted?

Cüpper contempló cómo desaparecía la espuma de su cerveza.

—Cultivar hábitos.

—¿Durante cuánto tiempo?

En ese momento, Ulli salió al escenario, se colgó la guitarra y miró al público al tiempo que sonreía ampliamente. Se había cambiado de ropa y llevaba un traje ancho de un color negro brillante.

—Demasiado tiempo.

La banda empezó a tocar.

«Realmente Ulli es un guitarrista extraordinario», constató Cüpper. El joven parecía haber dejado en los vestuarios su lado pueril y exagerado, y ahora se lo veía concentrado y seguro de sí mismo. Alguien que sabía de lo que era capaz. Con cada movimiento, su traje lanzaba destellos, fulguraba como la música, centelleaba con las luces verdes y rojas de los focos.

Brillaba…

De repente Cüpper sintió como si le hubieran dado un latigazo.

Esperó a que Ulli anunciara el último tema, se inclinó sobre Marion y dijo:

—Perdóneme un momento. Me ha parecido ver que un conocido desaparecía por detrás del escenario.

—¿Quién?

—Antes estaba en el bar. Guárdeme el sitio, ¿vale? Volveré dentro de cinco minutos.

—De acuerdo.

—Ah, Marion. —Cogió suavemente su barbilla entre el pulgar y el índice y añadió—: No se me escape corriendo.

Ella sonrió.

—Descuide.

Cüpper se abrió paso a través de la muchedumbre, se dirigió hacia el pasillo que daba a los vestuarios de los artistas, entró y esperó. En la sala resonó un épico acorde final. Los aplausos fueron comedidos, y Cüpper tuvo que aguardar a que los músicos bajaran del escenario. Entonces el comisario avanzó un paso y agarró a Ulli del brazo en cuanto entró en el vestuario.

—¡Eh, Cüpper, qué…!

—Tengo que hablar con usted donde nadie nos moleste.

—¡Dios santo! ¡Si es como en la teleserie «Derrick»!

Se zafó del agarrón de Cüpper y abrió una puerta.

—¿Le parece bien la sala de los ensayos?

El comisario asintió, lo empujó adentro y luego fue tras él. La habitación estaba vacía, salvo por una vieja batería sin platos. El sitio ideal para aclarar unas cuantas cosas. Ulli lo miró con recelo. De repente ya no parecía tan cómico ni tan astral como de costumbre.

—Es usted uno de los guitarristas mejores que he oído.

La mandíbula de Ulli descendió unos centímetros y luego volvió a subir. «Está nervioso —pensó Cüpper—. Mejor».

—¿Es eso lo que quería decirme?

—Claro.

—Gracias. Entonces voy a…

—No, usted no va a ir a ningún sitio. Aparte de eso, es usted un estúpido redomado.

—¿Qué? —resopló Ulli—. Escúcheme, poli engreído, eso no se lo consiento. Sale por ahí con mi novia, tiene la desfachatez de agarrar a Marion delante de mí, ¡y ahora, encima, esto!

Cüpper se apoyó en la puerta y se cruzó tranquilamente de brazos.

—Bonito traje, Ulli.

—¡Apártese de mi camino!

—Desde luego que sí —Cüpper se apartó complacientemente—. Pero entonces lo detendrá mi gente, y le advierto que eso será mucho más desagradable para usted.

Ulrich Stoerer se detuvo de pronto.

—¿A qué se refiere?

—A que no hay muchos hombres que lleven trajes negros de lentejuelas.

—¿Y?

—Y que pierdan una en el escenario de un crimen. Es penoso, Ulli.

El joven palideció, al tiempo que las manos comenzaron a temblarle visiblemente.

—¿Qué disparates está diciendo?

Cüpper decidió dejar a un lado la diplomacia, dio un paso al frente, agarró a Ulli por las solapas y lo arrinconó contra la batería. El músico no hizo amago de defenderse. Estaba blanco como la tiza.

—Quiero decir que no fue una buena idea cargarse a la madre de Marion —gruñó Cüpper.

—¡Eso… eso no es cierto!

—¿No? Presta atención, hijo. Podemos arreglarlo de otra manera.

En primer lugar, falso testimonio, por lo de Max Stark.

—¡Tengo un testigo!

—Sí, tu colega. Podemos interrogarlo. ¿Cuánto tiempo crees que aguantará con su declaración?

Ulli apartó la cabeza. Le temblaba todo el cuerpo.

—En segundo lugar, asesinato de Inka von Barneck.

—¡No! —Ulli intentó soltarse. Cüpper lo empujó contra el canto del tambor—. ¡Por favor! Yo no fui. ¡No le hice nada a Inka, lo juro!

—¿Ah, sí? ¿Lo juras? Otros muchos han jurado antes que tú.

—¡Yo no fui!

—Primero te acostaste con ella y luego le rajaste la garganta. Probablemente tuvieras miedo de que se lo contara a su hija, ¿no fue así?

—¡No!

—Si yo te digo que fue así, es que fue así.

—Por favor. —A Ulli le temblaba la mandíbula. El comisario lo soltó—. Sí, es cierto. Me lie con la madre de Marion. Un día vino a uno de mis conciertos. Marion tuvo que marcharse antes, y entonces ella se me echó al cuello. ¿Qué quería que hiciera?

—Pobre hijo.

Ulli le dirigió una mirada penetrante en la que se mezclaban el miedo y el odio.

—¡No sabe cómo era ella! Usted tampoco podría haberse resistido. Lo que Inka quería lo conseguía. Y ese día quería montárselo con el novio de su hija.

—El asesinato se castiga con cadena perpetua, Ulli.

—¡Yo no la maté! —aulló él—. Quedamos a las siete y media en su casa. Luego ella me llevó a Vintage, donde la conocía todo el mundo, maldita sea. Yo no quería y le dije: «Estás loca; alguien podría vernos». Pero a esa vieja bruja le importaba un pimiento. Insistió. ¡El riesgo de ser descubierta la ponía cachonda! Me llevaba como a un perrito faldero, y tuve que hacer todo lo que me pedía para que me dejaran entrar en el garito con ella. Juro que fue así. Luego regresamos hacia las nueve, no me acuerdo exactamente, y lo hicimos en el cuarto de estar, en el suelo. Yo llevaba esta chaqueta porque me lo había pedido ella, pero luego se hartó de mí y me echó sobre las diez de la noche. Me dijo que esperaba a otro. ¡Fue ese otro! ¡Compruébelo! ¡No fui yo, le digo!

Cüpper miró al pobre miserable que estaba a sus pies y meneó la cabeza.

—¿Y qué dirá Marion cuando se entere, Ulli? —dijo en voz baja.

Los ojos del joven reflejaron terror. Se le acercó de rodillas y juntó las manos.

—¡Por favor, no! ¡No se lo diga!

—¿Tanto la quieres?

—Yo… —Un destello de picardía cruzó por su mirada—. Compréndalo. Tengo grandes proyectos: estoy escribiendo un musical y quiero hacer una gira. Y quizá Marion herede mucho dinero. Claro que la quiero, la quiero más que a mi propia vida, yo…

Cüpper se puso en cuclillas y apoyó suavemente la mano derecha en su hombro.

—Te entiendo a la perfección —dijo afablemente—. Por lo demás, sé que tú no la mataste.

—Gracias —balbuceó Ulli en un tono apenas audible.

—Eres demasiado estúpido como para matar a alguien. Pero Marion no lo es. Te necesita tanto como una úlcera de estómago, pero te lleva a cuestas porque cree sinceramente que la úlcera no puede vivir sin ella. Por eso no toma ningún medicamento. En lo que a mí respecta, opino de manera muy distinta. A mí las úlceras no me inspiran la más mínima compasión. —Cüpper se incorporó—. Termina tu relación con ella. Invéntate cualquier cosa, dile que te has enamorado de otra.

—Pero…

—Si no lo haces y, en el plazo de una semana, no recibo la correspondiente contestación, me veré obligado a contarle la verdad a Marion, y es muy posible que entonces se le ocurra variar un poco el menú de sus fieras: músico en salsa de sudor frío. Aparte de eso, te llevaría ante el juez por prestar falso testimonio. —Le guiñó un ojo a Ulli y sonrió—. Quizá lo piense mejor y deje de creer que eres demasiado estúpido para cometer un asesinato.

La expresión en el rostro de Ulli era indescriptible.

—De acuerdo —graznó.

Hastiado, el policía dio media vuelta y se dirigió a la puerta.

—¡Cüpper!

—¿Qué pasa ahora?

—Usted no es mejor que yo.

El comisario permaneció pensativo.

—Es posible, Ulli. Pero sí más listo.

—¿Dónde se ha metido todo este tiempo? —dijo Marion cuando lo vio volver al bar de buen humor.

—Lo siento. Me he liado a hablar.

—Ah —dijo ella con una sonrisa—. ¿De qué?

—Bueno, del amor y cosas así.

—Tome. Para usted.

Ella le tendió una rosa. Cüpper no daba crédito a sus ojos.

—¿Para mí?

—Me dan pena los vendedores de flores. Además, me parece que le pega.

Cüpper cogió su regalo y se sintió extrañamente desvalido.

—Nadie me había regalado nunca una rosa.

—¿No? —Marion le propinó un tierno golpe con el puño cerrado en la nariz—. ¡Pues ya iba siendo hora!

Más tarde, Cüpper la acompañó hasta la puerta de su casa, donde permanecieron unos instantes sin saber muy bien qué decir.

—Bueno —dijo ella finalmente—. Ha sido una bonita noche. Gracias.

—Gracias por la rosa.

—Lo llamaré en cuanto sepa qué dice el testamento.

—Sí. Hágalo.

De nuevo se hizo el silencio. Parecían mosquitos atrapados en una piedra de ámbar.

«Ahora», se dijo Cüpper, y sintió ganas de gritar.

Al momento siguiente, la tenía entre sus brazos, notaba cómo latía su corazón, y más aún el suyo.

—Ya no quiero ser un gato —susurró ella.

Él la mantuvo abrazada en silencio.

Al cabo de unos instantes, ella se soltó y lo miró a los ojos.

—¿Me protegerás?

—Si te dejas proteger…

—Ya veremos.

Rápidamente ella se inclinó hacia adelante, lo besó en los labios y desapareció en la oscuridad del portal como si nunca hubiera existido. El ruido de la puerta al cerrarse sirvió para que Cüpper se separara definitivamente de ella.

Se encogió de hombros y emprendió el camino de vuelta hacia su casa.

Pero aún conservaba el aroma, el tacto y el sonido de la voz de Marion cuando regresó a su piso vacío.

Y de repente, ya no le pareció tan vacío.