Hambre asesina
Primer Día
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
CÜPPER
Esa mañana, mientras Romanus Cüpper caminaba por Mittelstrasse, el cielo había adquirido una tonalidad grisácea. En algún lugar detrás de la brumosa capa plomiza salía el sol. Sin molestarse en buscarlo, cogió un taxi en Rudolfplatz con el propósito de ir a casa para afeitarse.
El amanecer siempre conseguía hacer que cesaran las alarmas. A los navajeros les entraba el sueño, las pistolas regresaban a los cajones de los escritorios de los que habían salido, los puños se distendían y las furcias terminaban su jornada. En la barra del Wurst Willi se apoyaban pacíficamente los juerguistas trasnochadores, los hombres de negocios y los rufianes, hermanados por el olor de los kringelburger y los krakauer. Desde detrás del mostrador del garito, las mujeres metían baza en las conversaciones. En los últimos años, a Willi raramente se lo había visto por allí debido a sus achaques de salud, y porque había algo más noble que terminar sus días en la esquina de Klapperhof con Hohenzollernring. Finalmente, los había terminado en un bosque cercano a la ciudad… y desde entonces la legendaria salchichería de Colonia ya no era la misma.
Cüpper apreciaba unos cuantos bocados de comida grasienta tras las largas noches de trabajo, pero por alguna razón ese día se le había quitado el apetito. A cada metro que el taxi avanzaba en dirección a Theodor Heuss Ring, tenía más claro que iba a dormir en un piso vacío. Podría repantingarse en la cama tanto como quisiera porque en ella tan solo estarían él y las sábanas.
Pensándolo bien, no estaba tan mal.
El taxi aceleró para atravesar el cruce en ámbar. No había mucho tráfico. Cüpper tenía por delante algunas horas de merecido descanso, antes de dirigirse al instituto forense.
Más silencio que descanso.
El taxista se saltó tranquilamente el siguiente semáforo en rojo y, haciendo chirriar las ruedas, se metió por la curva que rodeaba Eigelstein. La vía norte-sur era implacable. Rojo.
—¡Maldita sea! —refunfuñó el taxista—. Este semáforo siempre está en rojo.
Cüpper se encogió de hombros y no le llevó la contraria. En cuanto uno se subía a un taxi, se convertía automáticamente en cómplice del conductor. Había que enfadarse, al igual que el taxista, por la mala sincronización de los semáforos de Colonia, por las obras, por el gobierno, por los elevados impuestos, por la falta de aparcamientos, por el tiempo y por el precio de la gasolina.
—Madonna! —imploró el taxista—. Ahora nos vamos a quedar aquí parados durante horas. ¡Qué pestazo! Esto es peor que Napoli.
Nápoles. Nunca habían llegado tan abajo. Solo más arriba de Roma. Pero ese año tenían planeado…
¡Maldita mujer! ¡Mira que abandonarlo!
—Rodee Ebertplatz —le aconsejó Cüpper—, y luego recorra el mismo camino de vuelta.
El taxista parpadeó, desconcertado.
—Theodor Heuss Ring empieza aquí.
—Lo sé. Ya no quiero ir allí.
—Bien, daré media vuelta. ¿Adónde quiere ir?
—A Overstolzenstrasse —dijo en la cabeza de Cüpper la voz interior, que una vez más se había salido con la suya.
ASTRID HASLING
La casa estaba casi al final de la calle. Cüpper se bajó demasiado pronto del coche y caminó por los charcos hasta que uno resultó ser un socavón y terminó con los zapatos empapados. Maldiciendo su suerte, subió como si pisara huevos los tres escalones que llevaban al portal.
Astrid Hasling vivía en un edificio antiguo ligeramente deteriorado, pero no por ello menos bonito.
En una placa de latón que colgaba de la puerta podía leerse su nombre.
Cüpper llamó al timbre.
Durante largo rato no se oyó nada, aunque ya contaba con eso. Al fin y al cabo, eran las seis de la mañana.
Mantuvo pulsado el timbre unos segundos, y al poco alguien le gritó por el interfono que se fuera al cuerno.
—Policía de la brigada de investigación criminal —dijo, impertérrito—. Debo hacerle unas cuantas preguntas. Abra, por favor —añadió tras oír un suspiro de consternación.
—¿Qué… qué ha pasado? —La voz de la mujer sonaba confusa y asustada—. ¿Ha ocurrido algo?
—Déjeme pasar, señora Hasling. Tenemos que charlar un poco.
Ella guardó silencio de nuevo.
Cüpper apretó el pomo profusamente adornado y de repente se oyó un zumbido. Entró en la casa.
—Gracias —murmuró, y subió la escalera con las piernas arqueadas.
El zapato izquierdo se le escurría al caminar. Cuando llegó al segundo piso, unas de las puertas se abrió lentamente y, tras una cadena, aparecieron unos ojos somnolientos y aterrados.
—¿De verdad es usted policía?
Cüpper hizo un esfuerzo por esbozar una sonrisa y le plantó la documentación delante de las narices. La mujer cerró la puerta y retiró la cadena, tras lo cual la abrió de par en par.
Lo primero que le llamó la atención fue la mirada de Astrid, que sugería una absoluta resignación. Llevaba un quimono echado sobre los hombros de cualquier manera, que probablemente había cogido al vuelo del colgador al oír que llamaban. Su pelo, corto y rubio, estaba tieso, como si hubiera pasado por una valla de alta tensión. «Podría ser guapa —pensó Cüpper—, si no se hubiera maquillado tanto las ojeras». De repente se olvidó de sus pies empapados y de su alma chorreante.
—¿Astrid Hasling?
Ella asintió con cierta vacilación.
—Comisario Cüpper. Siento haber tenido que sacarla de la cama a estas horas. ¿Puedo entrar?
—Yo… oh, perdone. Claro, pase usted.
Recorrieron el vestíbulo y entraron en un saloncito con un mirador que daba a la calle. Cüpper echó un vistazo a su alrededor. Era un cuarto acogedor abarrotado de objetos antiguos. Cómodo, pero desordenado. En realidad, parecía un trastero. En el suelo, junto a una mesita baja, había dos botellas de vino vacías y una botella medio llena del mejor armañac, con el corcho al lado. Olía a disipación. Cüpper estuvo a punto de soltarle a su improvisada anfitriona un discurso sobre el arte de destilar.
Astrid Hasling se desplomó en un sillón de mimbre y a continuación señaló otro en silencio. Era obvio que le costaba trabajo mantener la cabeza erguida sobre los hombros.
—¿Se acostó tarde? —preguntó Cüpper sin hacer caso de su invitación.
Luego se dirigió hacia la mesa y examinó minuciosamente los vasos. Uno de vino y otro para los licores. Aún quedaban restos de bebida en el fondo. Evidentemente, Astrid tenía una resaca espantosa.
—Estuve con unos amigos —murmuró ella—. ¿Puedo ofrecerle algo?
—No, gracias. ¿Conoce a una mujer llamada Inka von Barneck?
Astrid trató de abrir un paquete de cigarrillos y Cüpper vio que le temblaban las manos.
—¿Conoce a la señora Von Barneck?
—Sí, la conozco. —El encendedor fallaba; Astrid miró casi implorante a Cüpper—. ¿No tendrá…?
—No, lo siento. ¿Me permite?
Cogió el mechero y lo encendió a la primera. Astrid Hasling quedó envuelta en una nube de humo azulado.
—¿Qué le pasa a Inka? —preguntó, algo más calmada.
—¿Se tutean?
—Sí, es una vieja amiga. Mejor dicho, lo era hasta hace poco.
—¿Qué significa «hasta hace poco»?
—Nos peleamos.
—¿Así, sin más?
—No, no fue tan simple. Los motivos son algo complicados. ¿Por qué me hace todas estas preguntas?
Cüpper caminó de un lado a otro por la habitación y finalmente se detuvo a su lado.
—Porque la señora Von Barneck está muerta.
No sabía exactamente lo que esperaba, pero en realidad no pasó nada. Astrid Hasling dio una calada al cigarrillo y se quedó con la mirada perdida.
—¿Y bien? —dijo al cabo con un hilo de voz.
—No parece sorprenderle la noticia.
Ella se pasó la mano por la cara; la llevaba envuelta en una gran venda.
—¿Por qué está muerta?
Cüpper se sentó en un taburete frente a ella y la miró a los ojos.
—¿Por qué cree que puede estar muerta?
—No lo sé.
—Sí lo sabe. Por lo menos tenía un enemigo.
Astrid frunció el ceño.
—¿Quién?
—Usted.
Ella negó levemente con la cabeza.
—Yo no era enemiga de Inka. Simplemente quería alejarla de mi vida, cuanto más, mejor. No tengo ni idea de quién puede haberla matado.
—¿Por qué sabe que la han matado?
—Usted ha dicho…
—Yo no le he dicho nada.
—Ha dicho que era de la brigada de investigación criminal. —Se irguió, y cuando prosiguió, su voz adquirió firmeza—: Escuche, yo puedo estar agotada, pero si a las seis de la mañana la poli me llama al timbre y me cuenta que Inka está muerta, lo más probable es que no haya muerto de vieja. ¡Hasta ahí llego!
—¿Por qué está tan alterada?
—Porque me acusa falsamente de algo.
—¿Ah, sí? ¿De qué?
—Bah, olvídelo.
Se colocó bien el quimono en los hombros.
—Yo no la acuso de nada —dijo Cüpper—. Sencillamente quiero hacerle unas preguntas.
—Está bien. Adelante.
—¿Cuándo vio a Inka von Barneck por última vez?
La mujer suspiró.
—Ayer.
—Creía que ya no tenían nada que decirse…
—Por desgracia, sí.
—Hum… ¿Se pelearon?
—¿Qué importancia tiene eso?
—No sé si la tiene. Tal vez sí, tal vez no. Pero debería contármelo.
Astrid dio otra calada al cigarrillo y exhaló el humo como si este fuera la explicación de todo.
—Hace algunos años, Inka y yo abrimos una agencia de publicidad justo detrás del Neumarkt —dijo finalmente—. Yo había trabajado en Düsseldorf en unas cuantas tiendas grandes y estaba hasta las narices de dejarme mangonear por unos idiotas incompetentes. Pero no tenía el dinero necesario para abrir una agencia, así que le hice una propuesta a Inka. Total, que le entusiasmó la idea. No es que ella entendiera nada de publicidad, pero le pareció muy chic tener una agencia. Acordamos que ella financiaría la tienda y llevaría clientes, y yo haría el trabajo. Estaba bien pensado. Ella tenía contactos y dinero, y yo cierta idea; en realidad, formábamos un tándem perfecto.
—¿Tuvieron éxito?
—Desde el principio. —Astrid le obsequió con una sonrisa desfigurada—. Inka puso como única condición que nos lo montáramos de manera ostensible. Ella conocía personas influyentes de medianas empresas con las que se podía ganar un montón de dinero. Pero esa gente es un poco vanidosa; necesitan esplendor y gloria, y folletos caros; quieren, digámoslo así, lo que los ignorantes entienden por publicidad: el gran mundo tornasolado del diseño. Inka lo sabía e invirtió una cantidad demencial de dinero en la decoración, compró obras de arte y un montón de cachivaches caros. Yo no estaba de acuerdo. Me parecía genial poner algún detallito, pero cada vez que veía las cosas que traía me entraba el pánico. Es verdad que ella tenía el cincuenta por ciento y, en cierto modo, la última palabra, porque todos los clientes venían a través de ella. Pero al final tanto derroche nos pasó factura.
—¿Qué más hacía Inka von Barneck en la empresa, además de aportar capital? Quiero decir si trabajaba también.
—¿Trabajar, Inka? —La mujer soltó una carcajada—. Creo que en toda su vida no ha dado un palo al agua. Ella acudía a fiestas y recepciones y me traía a los invitados. Para cuando estos entraban por primera vez en la agencia, Inka ya había hecho el dichoso trato. No tengo ni idea de cómo lo conseguía. El negocio de las agencias es duro. Uno debe ir a la caza del zorro.
Cüpper la observó pensativo.
—Juraría que no estaba usted demasiado contenta con el modo de trabajar de Inka.
Astrid Hasling apoyó la barbilla en las manos.
—Sí y no.
—¿Cuándo se pelearon exactamente? —preguntó él.
—Hará un año. No fue por nada en concreto. Probablemente fuera más bien una equivocación mía. Tenía cierto malestar porque trabajaba día y noche y, sin embargo, los clientes se pegaban a Inka como las moscas a la miel. Ella tiene… tenía una presencia increíble, los tenía a todos a sus pies. En fin, llegó un momento en que ya no nos entendíamos, y yo me harté de su afectación cosmopolita y de sus miles de relaciones. Vale, vivíamos de eso, y no vivíamos mal, pero que todo dependiera solo de Inka y que en realidad ella no hiciera nada… Quizá fuera la envidia y esa sensación de inferioridad lo que me sulfuraba. Inka estaba forrada. Para ella era como un juego, mientras que para mí era una cuestión de supervivencia. Sencillamente ya no podía soportarla. Así que rompimos nuestra relación de amistad, sin que ello afectara a nuestros intereses comerciales.
A oídos de Cüpper, la última frase había sonado un poco repipi, como si se la hubiera sacado de la manga.
—¿Significa eso que ahora es usted la única gestora de la agencia?
—Sí. ¿Quiere un café? —dijo ella desviando la conversación.
—No, muchas gracias. ¿Qué tal marchan ahora los negocios?
—Ah, muy bien —respondió ella sin demasiado entusiasmo—. Como ya le he dicho, nuestra colaboración como socias era intachable.
—¿Y de qué hablaron ayer cuando se encontraron?
—De negocios.
—¿Nada personal?
—Llevábamos mucho tiempo sin tener nada personal de lo que hablar.
—¿Algo que se saliera de lo habitual?
—No. Rutina.
—¿A qué hora fue eso?
—Hacia las seis de la tarde. Quedamos en su casa.
—La señora Von Barneck la llamó por teléfono —afirmó Cüpper.
Ella se estremeció de un modo apenas perceptible.
El comisario sonrió.
—He encontrado su número en el Bazaar. Lo que me extraña es que después de tantos años siendo amigas…
—Socias.
—No importa: socias. Me extraña, digo, que no supiera de memoria su número de teléfono.
—Lo cambié la semana pasada —replicó ella con insolencia—. Compruébelo si quiere.
—No es necesario.
—Me llamó hacia el mediodía, y poco antes de las seis fui a su casa. Estuvimos hablando una media hora.
—¿Y luego?
—Me marché.
—¿Adónde?
—A cenar. Naturalmente, ahora querrá saber dónde. En Mario, en Lütticher Strasse. ¿Quiere saber también qué comí? Tagliatelle con boletus.
Cüpper la miró fijamente.
—¿Frescos?
Ella le devolvió una mirada de incredulidad.
—¡Dios mío! ¡La de cosas que quiere saber la policía! Pues claro que eran frescos. Por si le interesa, los acompañé con un Soave.
—¡Bah! Yo habría elegido un Barolo o algún otro tinto. Espero que no se pasara con el parmesano; el queso encubre el aroma de las setas.
—Desde luego que no. Pero…
—Está bien. —Cüpper decidió refrenarse—. ¿Adónde fue luego?
—Volví a casa.
—¿No se movió de aquí en toda la noche?
—Ya le he dicho antes que recibí la visita de unos amigos.
Cüpper sacó la libreta y el lápiz.
—Supongo que no tendrá inconveniente en decirme sus nombres.
Astrid Hasling lo miró con aire desvalido y los hombros caídos.
—¿Y bien?
—En realidad, no vino nadie —susurró ella—. Solo se lo he contado porque ha visto usted las botellas.
—¿Pilló una cogorza usted sola?
—Sí.
—¿Puedo preguntarle por qué?
Ella alzó la cabeza con un respingo.
—No. Eso solo me incumbe a mí. ¡Única y exclusivamente! Además, a usted no le serviría de nada saberlo.
Se midieron con la mirada. Finalmente, Cüpper asintió con la cabeza y se guardó la libreta.
—Señora Hasling —dijo amablemente—, no quiero descubrir sus secretos, siempre y cuando se pueda evitar. De entrada aceptaré su respuesta, pero no le puedo prometer que la cosa quede ahí. Nadie puede atestiguar que usted permaneciera aquí toda la noche.
—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó ella, abatida.
—Nada. —Cüpper juntó las puntas de los dedos—. Al menos, de momento. Bueno. Cuando estuvo usted en casa de la señora Von Barneck, ¿hubo algo que le llamara la atención?
Ella arrugó la frente con aire de preocupación.
—No, que yo recuerde —respondió—. En la casa estaba todo como siempre, Inka estaba como siempre…
—No tiene por qué ser necesariamente en la casa. Quizá fuera, cuando usted llegó o se marchó.
A Astrid se le iluminó el rostro.
—¡Claro! —dijo—. ¡El italiano!
—¿Un italiano?
—Sí, estaba en el portal cuando salí. Me preguntó por Inka. Dijo que había intentado dar con ella varias veces por teléfono, pero que no le había contestado nadie. Me preguntó si la conocía.
—¿Cómo sabe que era italiano?
—Cuando alguien dice «Buona sera», es porque es italiano.
—¿Y usted qué le dijo?
—Creo que estuve un poco seca. Le dije que sí la conocía. Pero para hacer honor a la verdad, tenía mala conciencia y pocas ganas de hablar, así que lo dejé plantado y me marché. —Titubeó un instante—. Verá, fue extraño. Tras recorrer unos metros regresé, pero él ya había desaparecido; supongo que dentro de la casa. Al principio no caí en la cuenta, pero luego me pareció que lo conocía.
—¿Quiere decir que lo había visto anteriormente?
—No lo sé. Quizá fue solo un déjà vu, un cierto parecido. Tuve la impresión de que me recordaba a alguien.
—¿Qué aspecto tenía?
—Era bajito, de mi misma estatura.
—Dar ese dato de un italiano no tiene nada de particular.
—Lo sé, pero aparte de eso era muy flaco. Espere… tenía bigote, demasiado grande para mi gusto. Pelo negro abundante, gafas de sol… Algo le pasaba a su voz. Era extrañamente ronca, como enfermiza. Casi susurraba.
—¿Se acuerda de cómo iba vestido?
—No exactamente. Creo que llevaba un traje oscuro, con corbata. Tenía un aspecto elegante.
—¿Era guapo?
—No sabría decirlo. Quizá sí. En cierto modo. No es mi tipo; demasiado bajo, demasiado delgado, pero atractivo.
—Bien, señora Hasling —Cüpper se levantó—. No quiero robarle más tiempo. Es posible que tenga que hacerle algunas preguntas más.
Ella sonrió débilmente.
—Cuando quiera, comisario. Pero, por favor, no antes de abrir la tienda.
Lo acompañó hasta la puerta. Allí, él se acordó de algo que hacía rato que quería preguntarle, aunque no sabía muy bien por qué.
—¿Vive usted sola?
Fue como si le hubiera clavado un cuchillo en las tripas a la mujer y lo hubiera retorcido. Cüpper vio la desgracia en sus ojos y supo que su intuición lo había llevado por buen camino.
—Sí —contestó ella salpicando al pronunciar la sílaba.
—Gracias, señora Hasling. Me las arreglaré solo.
Ella lo observó fríamente.
—Eso tenemos que hacer todos —repuso.
RABENHORST
Timbrazos.
Debajo de la sábana comenzó a moverse algo. Daba vueltas, se estiraba, temblaba, se sacudía, hasta que Rabenhorst asomó la cabeza con la elegancia de una tortuga y parpadeó asustado. ¿Ya eran las diez? Cüpper le había dicho que hacia las once irían al instituto forense, y que hasta entonces podía echar un sueñecito.
Timbrazos.
La mirada errante de Rabenhorst se vio enfrentada al indicador digital del radiodespertador, que le anunciaba fría y objetivamente que eran las siete y cuarto.
Timbrazos.
Estaba soñando con una enorme tarta de frambuesas. Luego Klausen, el director de la sección administrativa, llegaba montado en bicicleta y empezaba a tocar el timbre para evitar que se la comiera.
Los timbrazos seguían.
¿De dónde procederían esos malditos timbrazos?
¡Ah! No era Klausen: era el teléfono.
Se deslizó fuera de la cama, caminó arrastrando los pies hacia el cuarto de estar y cogió el aparato.
—Rahmorf —dijo.
—¿Qué manera de pronunciar tu nombre es esa? —cloqueó una voz, y Rabenhorst palideció.
—¡Oh, mierda, mamá!
—¿Tienes que decir «mierda»? Hijo, esas no son maneras de hablar con una madre. Solo quería decirte que a las nueve iré de compras a Karstadt. Podríamos desayunar juntos.
—Mamá —se lamentó Rabenhorst—, ¿sabes qué hora es?
—Claro que sé la hora que es. Otros llevan ya mucho tiempo trabajando; sin ir más lejos, el señor Odenthal. ¿Te acuerdas del anciano señor Odenthal, del Höniger Weg?, pues ese está desde las cuatro en la panadería. A eso le llamo yo ser vigoroso. Dime, ¿por qué contestas al teléfono de un modo tan raro? No se entiende una palabra. ¿Qué te dice tu jefe?
—No sé lo que me dice. Déjame dormir, ¿vale?
—Está bien; tú sabrás. ¿Nos vemos entonces en Karstadt?
—No puedo, mamá. Tengo que perseguir asesinos.
—Pues ahora mismo no pareces estar en condiciones de atrapar a muchos. En adelante me ocuparé de que pronuncies mejor. Eso no lo has heredado de mí.
—No, mamá. Buenas noches, mamá.
—¿Cómo que buenas noches? Pero si ya es de día, hijo. Me acabo de encontrar con la señora Herrenstädter en la calle… ¿te acuerdas de la señora Herrenstädter, con cuya hija tú solías…?
—Sí —murmuró Rabenhorst—, la conozco. Conozco a todos los que quieras. Ciao, mamá.
Colgó, se rascó y volvió a meterse debajo de la sábana.
Timbrazos.
Rabenhorst arrugó la almohada como si esta tuviera la culpa de todo, se levantó y fue tambaleante hasta el cuarto de estar.
—Hijo, acabo de acordarme de que antes te encantaban las camisas hawaianas, y ahora están en oferta. ¿Quieres que te compre una? Las azules son las más bonitas, pero a ti el azul no te sienta bien; ya desde niño te hacía muy pálido. ¿Quieres una roja?
—Quiero dormir —se quejó Rabenhorst—. ¿Es eso tan difícil de entender?
—Bueno, si tienes tanto sueño… Pero ahora están a tan buen precio, y luego vuelan… Al fin y al cabo, solo quiero hacerte un favor.
—Me harías un favor enorme si te limitaras a no volver a llamarme.
—Digo yo que algo podré decirte; por algo soy tu madre. Siempre te enfadas; no admites ninguna crítica. ¿Por qué no te levantas de una vez?
—Estoy levantado, mamá.
—¿Dónde está entonces el problema? Realmente no sé dónde está el problema.
—Pues yo sí. Está en mi mano. Es un teléfono. Y ahora mismo voy a resolver el problema. Adiós, mamá.
Colgó tan aprisa que la mujer no tuvo tiempo ni de respirar, y mucho menos de añadir algo. Rabenhorst puso los ojos en blanco y se fue a la cama. Aunque hacía calor, se cubrió los oídos con el edredón, chasqueó unas cuantas veces con la lengua y cerró los ojos.
Timbrazos.
Volvió a abrir los ojos y se quedó mirando un punto fijo.
¿Qué podía hacer? El teléfono estaría sonando eternamente.
Se levantó a cogerlo.
—Hijo, se me acaba de ocurrir una cosa. Quiero decir que deberías estar en la oficina. Si te llama ahora tu jefe, se extrañará mucho al oír la voz de sueño que tienes, y luego irá por ahí diciendo que el señor Rabenhorst no cumple con su deber, sino que está acostado cuando se lo necesita. Dirá: «Señor Rabenhorst, debería estar usted avergonzado». Eso no es conveniente para tu carrera…
—Mamá…
—Deja que tu madre te diga lo que tienes que hacer. Soy un poco mayor que tú. Ah, y no vayas en vaqueros a la oficina; no está bien visto.
—Mamá, yo…
—Tu padre fue siempre muy correcto. En su vida no llegó ni un solo día tarde. Hoy en día, los jóvenes os creéis de lo más moderno. A eso lo llamáis ser progresista. Algún día me lo agradecerás…
—¡Mamá, mamá, mamá! Te estaré agradecido. Lo estaré si no me vuelves a llamar en las próximas veinticuatro horas. Por favor, mamá.
Colgó el auricular de un porrazo y volvió furioso al dormitorio. Rechinando los dientes, se hizo un ovillo, cerró los ojos y contó hasta diez.
No pasó nada.
Respiró profundamente y contó hasta veinte.
Silencio absoluto.
Rabenhorst se relajó.
Timbrazos.
Se incorporó como si le hubiera picado una tarántula, saltó de la cama, corrió al cuarto de estar, arrancó el auricular del teléfono, se lo llevó al oído y gritó:
—¡Mamá, ya basta! ¿Me oyes? ¡¡¡Ya basta!!!
—Ah, Rabenhorst —dijo Cüpper—. Perdone, amigo; ni siquiera he mirado la hora que era. Habíamos quedado en dormir solo un rato. Venga a las nueve y media a mi casa; yo prepararé el desayuno. Luego ya veremos qué hacemos. Por cierto, ¿por qué responde al teléfono diciendo «mamá»?
—Es una larga historia —lloriqueó Rabenhorst.
Colgó y se arrastró hasta el cuarto de baño.
—Parece usted crispado —constató Cüpper al tiempo que extendía en el panecillo una gruesa capa de morcilla de hígado. Rabenhorst sintió náuseas solo de verlo—. ¿Qué ha estado haciendo? ¿No tenía sueño?
Rabenhorst negó en silencio con la cabeza. Cüpper meditó sobre lo que podría prepararle al pobre hombre. Quizá unos huevos revueltos.
En materia de huevos revueltos, Cüpper era un cinturón negro. Un par de huevos, dos cucharadas soperas de mantequilla, cuatro cucharadas de nata, sal, pimienta y un poco de nuez moscada recién molida. Cocinar a fuego lento removiendo sin cesar hasta que la masa cuaje. Solo de pensarlo, se le hacía la boca agua.
Rabenhorst no quería huevos revueltos. Cüpper lo intentó con un café cargado, y acertó.
—¿Y usted? —bostezó Rabenhorst—. ¿No ha dormido?
«¿Con quién?», se preguntó Cüpper para sus adentros. Solía llevarle a ella el café a la cama, y Rabenhorst no era un buen sustituto.
—No —dijo—, no he dormido. He ido a ver a una persona.
—¿A quién?
—Astrid Hasling.
—Ajá. ¿Y quién es esa?
Cüpper se lo explicó.
—Estaría bien que fuera a echar un vistazo a esa agencia de publicidad — dijo a continuación—. Hasling y socia; Clemensstrasse, 104. Hable usted con alguien que sepa algo de la tienda. No puedo quitarme de la cabeza la idea de que esa pelea entre Inka von Barneck y Astrid Hasling fue más que un simple hartazgo por ambas partes. Ah, y otra cosa: no puedo jurarlo, pero es posible que haya sido abandonada por un hombre no hace mucho.
—Esas cosas pasan —murmuró Rabenhorst al tiempo que observaba con disimulo el piso vacío.
Cüpper lo miró y se imaginó a sí mismo arrojándole a la cara el panecillo de morcilla de hígado.
—Aparte de eso, mientras usted dormía, he trabajado un poco —observó con sarcasmo—, y ahora sé algo acerca de las relaciones familiares de los Von Barneck. —Untó mermelada inglesa en un segundo panecillo y le dio un bocado. En cuestión de un segundo se zampó dos tercios del bocadillo—. Lof Fon Farmek fienen una fija.
—¿Qué? —preguntó Rabenhorst.
Cüpper tragó.
—Que los Von Barneck tienen una hija. Para ser más exactos, es hija de Inka. Marion Ried. Vive en Südstadt. Inka von Barneck se llamaba antes Inka Ried y, si no me equivoco procedía de una dinastía inmensamente rica de Colonia. No tenía hermanos y sus padres están muertos. Tuvieron un accidente de coche hace cinco años en el sur de Francia. Sobre Fritz von Barneck todavía no sé mucho.
—Estoy impresionado —dijo Rabenhorst, y realmente lo estaba—. ¿A cuánta gente ha sacado de la cama para obtener toda esa información?
—Hay cosas mucho peores que que te saquen de la cama. ¿Café?
—Sí, por favor.
—Bien, dividámonos. Usted vaya a la agencia y yo visitaré a la afligida hija.
—Si es que ya lo sabe…
—Eso da igual. Tenemos dos horas escasas; luego nos encontraremos donde la Reina de Saba.
—¿La Reina de Saba? ¡Santo cielo! —gimió Rabenhorst.
Cüpper esbozó una sonrisa. De repente había recuperado el buen humor.
Rabenhorst fue en coche hasta Clemensstrasse. Cüpper había vaticinado que Astrid Hasling no aparecería por allí antes del mediodía. Tenía que asimilar la muerte de su socia, aunque eso no le resultaría tan difícil como recuperarse de su resaca. Había tiempo suficiente para hacer un poco de investigación de campo.
La agencia parecía un museo. Rabenhorst no entendía mucho de arte; en realidad, no entendía mucho de nada, salvo de su trabajo. Pero los Warhol eran igual de auténticos que los Penck y los Immendorf; de eso no cabía duda. En la puerta de entrada le mostró su identificación a una dama elegantemente vestida y preguntó por Astrid Hasling.
Astrid había llamado diciendo que tenía algunas citas urgentes y no llegaría antes de las doce.
«¿Conque citas urgentes, eh?», pensó Rabenhorst, y preguntó por el encargado. Al cabo de cinco minutos apareció un joven bronceado con vaqueros y zapatillas deportivas que se presentó como Holger Renz y que parecía muy atento. Acompañó a Rabenhorst a un despacho enorme y, en el pasillo, cogió al vuelo café y pastas. El policía rodeó la mesa de conferencias sin saber muy bien a qué silla confiar sus posaderas, pues cada una de ellas parecía más bonita, más cara y más incómoda que la de al lado.
—Siéntese en la de colores, la que está acolchada —le aconsejó Renz con una sonrisa radiante—. Vaya, la brigada de investigación criminal, qué emocionante. ¿Qué crimen hemos cometido? ¿Competencia desleal, señor comisario?
—Inspector, por favor.
—Sí, claro. Nos encantan las denuncias.
Rabenhorst se removió en la silla intentando acomodarse, hasta que por fin se dio por vencido.
—¿No le ha informado la señora Hasling?
—No lo sé. ¿De qué se trata?
—De la señora Von Barneck.
—Uf, hace mucho que no viene por aquí.
—Y no volverá a venir. La señora Von Barneck fue asesinada anoche.
La sonrisa del rostro de Renz desapareció tan de repente como si alguien hubiera accionado un interruptor.
—¿Cómo ha dicho?
Rabenhorst le contó brevemente lo sucedido. Su interlocutor parecía desconcertado, pero al cabo de un rato, el policía comenzó a tener dudas acerca de si Renz estaba realmente sorprendido o embargado por la emoción. Decidió intentarlo con un farol:
—La señora Hasling nos lo ha contado todo. Nos ha hablado de los problemas con su socia, especialmente de los actuales.
—Ah, entonces ya lo sabe. —Renz se hundió en su asiento—. Sí, fue una historia muy jodida.
—¿Está usted al corriente de todo?
—Naturalmente. Astrid, quiero decir, la señora Hasling y yo dirigimos la agencia —poco a poco fue recuperando la sonrisa—; al menos, hacemos el trabajo…
—Eso mismo dijo la señora Hasling.
—Se quedó hecha polvo cuando ayer la llamó Inka. ¡Menuda hija de…! Perdón… Está muerta, pero eso no cambia las cosas. Inka estuvo a punto de llevarnos a la ruina.
—¿Qué le dijo Inka por teléfono? O mejor dicho, ¿qué le contó a usted la señora Hasling?
—Creí que ya lo sabía.
—A grandes rasgos, pero me gustaría que usted me lo contara otra vez.
Renz se inclinó hacia adelante.
—Inka quería dejar el negocio, quería pasar de todo. ¿Sabe lo que hubiera significado saldar deudas con Inka von Barneck? Eche un vistazo a su alrededor. Mire nuestra lista de clientes. Habríamos quebrado; nuestros acreedores nos habrían hecho rezar el padrenuestro antes de lincharnos…
Sus ojos enrojecieron de furia. Rabenhorst pensó que Inka von Barneck había hecho bien en morir. Mejor eso que cruzarse con Renz.
—¿Cuándo dijo eso?
—Ayer, así, de sopetón. Bueno, en el fondo era de esperar, al menos desde el asunto del marido de Astrid.
Rabenhorst aguzó el oído.
—¿Hace un año? —preguntó a voleo.
—Sí, exacto —asintió Renz, asombrado.
—Cuando se pelearon las dos, ¿no?
—¡Figúrese! Su mejor amiga se lo monta con su marido. No es de extrañar que Astrid se pusiera furiosa. Inka confesó arrepentida… bah. Alguien tendría que haberle retorcido el pescuezo ya entonces.
—No se precipite. Podría ser…
—Anoche estuve en una fiesta, si se refiere a eso. La verdadera putada fue que Inka encima tuvo la desfachatez de pavonearse con el asunto. No es que Astrid descubriera el affaire. Fue Inka la que se lo restregó por las narices, según ella, porque no podía seguir viviendo con la mentira. ¡Menudo disparate! ¡Se lo ha pasado en grande toda su vida!
—¿Y el matrimonio?
—Roto. Están en trámites de separación. No es que Astrid esté como unas castañuelas, pero más o menos ha logrado asimilarlo.
—¿Qué hay de la relación entre la señora Von Barneck y el señor Hasling?
Renz hizo un movimiento de rechazo con la mano.
—Se acabó. A Inka solo le interesaba jugársela a Astrid.
—Hay algo que no me ha quedado claro —señaló Rabenhorst—. No entiendo cómo una ruptura tan escandalosa de su amistad no bastó para romper también la relación comercial.
Renz soltó una carcajada.
—Me resulta usted un tipo gracioso. Ya le he dicho que hace un año habríamos desaparecido si Inka hubiera encontrado el tiempo suficiente para obrar en serio. La muy pérfida lo único que quería era destrozar a Astrid y, pese a todo, seguir siendo imprescindible. Inka podría habernos quitado a un tercio de nuestros clientes de la noche a la mañana. Es más fácil romper relaciones comerciales que crearlas, no sé si sabe a qué me refiero. Y aunque no lo hubiera logrado, habríamos tenido que afrontar serias dificultades económicas. Para Astrid era una cuestión de supervivencia. No le quedó más remedio que llegar a un acuerdo con Inka.
—Imagino lo mal que debió de sentirse —dijo Rabenhorst.
—Mal es poco. —Renz parecía hervir por dentro—. Se odiaba a sí misma.
—¿Habló usted ayer otra vez con la señora Hasling?
—No. Inka llamó a mediodía. —Apretó los dientes con fuerza—. Astrid le imploró por teléfono que reflexionara sobre el asunto. Después de darle muchas vueltas, le concedió una visita.
—¿A las seis en el Bazaar?
—Exacto. Quedamos en llamarnos por teléfono a continuación, pero no tuve más noticias de Astrid. Luego fui a esa fiesta. Esta mañana, poco antes de las nueve, ha llamado a la centralita diciendo que estaba enferma. Oficialmente, tenía algunas citas. Yo acabo de llegar; no tengo ni idea de cómo acabó la reunión de ayer.
—Pues con la muerte de la señora Von Barneck —observó Rabenhorst con frialdad.
Renz lo miró incrédulo y meneó la cabeza.
—Eso es una mierda de teoría.
—Para la policía todas las teorías son una mierda —repuso Rabenhorst, levantándose con esfuerzo—. Pero eso no depende de las teorías, sino de las causas que las suscitan. Por cierto, en caso de que la señora Hasling resultara culpable, ¿a manos de quién pasaría entonces la agencia?
Renz le dirigió una mirada negra como las plumas de un cuervo.
—Muchas gracias, señor Renz. Como le decía, las teorías no cuentan.
ALERGIA A LOS GATOS
Cüpper no daba crédito.
De todos los casos de asesinato le había tocado uno que lo obligaba a ir al zoológico bajo una lluvia torrencial. ¡Marion Ried era cuidadora de animales!
«¡Lo que me faltaba! —pensaba el comisario mientras seguía al empleado del zoo—. Una niña que juega con los monitos…». Solo había una especie peor: las pediatras principiantes. Criaturas románticas que flipaban con Whitney Houston y lloraban en el cine. En cuanto veían a un bebé o un cacharro, sucumbían a la imbecilidad. ¡Santo cielo!
—¿No podría haberle dicho a la señora Ried que saliera? —refunfuñó Cüpper.
No veía ningún animal. Claro, ellos no tenían ninguna razón para chapotear en la lluvia.
—No falta mucho —respondió el hombre.
—No, claro; ya llevamos diez minutos de camino.
—Lo siento. La señora Ried me mata si la hago salir. Con lo trabajadora que es…
«Estará ordeñando conejillos de Indias —pensó Cüpper—. Ojalá le hubiera enviado a Rabenhorst».
Recorrieron un pasillo entre canguros y machos cabríos, pasaron junto a avestruces que estiraban el cuello con curiosidad y, finalmente, llegaron a un edificio alargado, situado transversalmente, cuya parte trasera lindaba con Riehler Strasse, una calle muy transitada. A derecha e izquierda había grandes recintos al aire libre. Cüpper caminaba con los ojos entornados mientras seguía al hombre hasta la puerta del edificio, pero no vio ningún animal por fuera. Hacía más de treinta años que no visitaba el zoo, cuando los osos todavía estaban encerrados en jaulas de hierro. Por aquel entonces le gustaba montarse en la vieja locomotora, de la que no sabía si seguía existiendo. La atracción del campo de recreo de Colonia: un bonito monstruo negro al que había que vencer. Cuando era pequeño se subió una vez a la chimenea y, desde allí arriba, contempló el mundo sin respiración. Ese día podría haberse convertido en un aventurero, pero luego, al ver que no podía bajar, se echó a llorar. Desde abajo, su padre lo llamó cobarde, no porque quisiera herir a su retoño, sino porque sencillamente estaba convencido de haber traído al mundo a un miedica. Entonces estiró sus fuertes brazos y, al cabo de unos segundos, el pequeño Romanus volvió a pisar tierra firme. Su padre había decidido hacer algo para que se le quitara el miedo y darle la oportunidad de superar su fracaso venciendo a la locomotora como un hombre. Su intención era buena, pero se equivocó de método.
—Bueno —dijo el hombre, y los recuerdos de Cüpper se disiparon como una nube de mosquitos—, ya casi hemos llegado. Qué tiempo tan espantoso. No parece que sea verano, aunque calor sí hace. Pero no es normal que llueva tanto en esta estación del año…
—¿Dónde puedo encontrar a la señora Ried?
—Ahí dentro, en alguna parte.
—¿En qué parte?
—La encontrará, no se preocupe. Hacía mucho que no había una chica tan guapa trabajando en el zoo.
Miró el reloj, sonrió y se despidió.
Cüpper entró en un pórtico parcialmente acristalado. Del fondo del mismo partía un ancho pasillo cuyo lado derecho estaba enrejado hasta la altura de un hombre.
—¿Señora Ried?
No obtuvo respuesta. Cüpper arrugó la frente y se asomó a un gran ventanal. Unos metros por debajo se extendía el recinto al aire libre de la izquierda.
—Señora, Ried, ¿está usted ahí?
Se encogió de hombros y recorrió el pasillo. Detrás de las rejas había grandes cámaras, separadas entre sí por trampillas de acero, abiertas por la parte trasera. Cüpper se acercó e intentó echar un vistazo al segundo recinto al aire libre.
—Señora…
En ese instante, algo gigantesco entró por el hueco. Cüpper vio una imponente mata de pelo que se abalanzaba sobre él y chocaba contra la reja. De inmediato sintió un sudor frío y retrocedió tambaleándose, al tiempo que un gruñido ensordecedor retumbaba en el pasillo mezclado con el tintineo de los finos barrotes de hierro.
«¡Van a ceder! ¡Se van a romper!».
Cüpper dio unas cuantas vueltas sobre sí mismo y, cuando echó a correr, chocó con alguien.
—¡Eh! —le gritaron—. ¿Está usted loco?
Vio unos ojos verdes y se estremeció de nuevo.
—Yo…
—¡Aquí no se le ha perdido nada! ¡Fuera! Vaya usted a ver flamencos.
La mirada de Cüpper se paseó entre el gato que tenía delante y el de la jaula. No sabía cuál de los dos era más peligroso, pero uno al menos sabía hablar.