Hyperion 04 - El ascenso de Endymion
Capítulo 14
–Rezar -dijo Su Santidad. Sus ojos oscuros eran abismos de dolor y responsabilidad-. Rezar y apoyar a nuestra Santa Madre Iglesia en su esfuerzo para salvar a la humanidad.
–La cruzada contra los éxters continuará -concluyó el cardenal Lourdusamy-. Los mantendremos a raya el mayor tiempo posible.
–Con esa finalidad -dijo el consejero Albedo-, el Núcleo ha desarrollado el motor Gedeón y está trabajando en nuevas tecnologías para la defensa de la humanidad.
–Seguiremos buscando a la niña… que ahora es una mujer joven -
añadió Lourdusamy-. Y si la capturamos, será aislada.
–¿Y si no la capturamos, excelencia? – preguntó el gran inquisidor.
Lourdusamy no respondió.
–Debemos rezar -dijo Su Santidad-. Debemos pedir la ayuda de Cristo en esta hora de peligro supremo para nuestra Iglesia y nuestra raza humana.
Debemos hacer todo lo posible y luego exigirnos más. Y debemos rezar por las almas de todos nuestros hermanos y hermanas en Cristo, incluso por el alma de la niña Aenea, que inadvertidamente pone en peligro a su especie.
–Amén -dijo monseñor Lucas Oddi.
Mientras todos se arrodillaban e inclinaban la cabeza, el papa Urbano XVI se puso de pie e inició la Misa de Acción de Gracias.
14
Aenea.
Su nombre se anteponía a todo otro pensamiento consciente. Pensaba en ella antes de poder pensar en mí mismo.
Aenea.
Y luego hubo dolor y ruido y una turbulencia húmeda. Fue el dolor lo que me despertó.
Abrí un ojo. El otro parecía estar pegado con sangre seca o algo similar.
Antes de recordar quién era y dónde estaba, sentí el dolor de un sinfín de magulladuras y cortes, pero también de algo mucho peor en la pierna derecha. Luego recordé quién era. Y luego recordé dónde había estado.
Reí. Mejor dicho, traté de reír. Tenía los labios partidos e hinchados y había más sangre o viscosidad cerrando una comisura de mi boca. Mi risa parecía un gemido demente.
Una especie de calamar aéreo me había engullido en un mundo que era todo atmósfera, nubes y relámpagos. Aun ahora era digerido en el ruidoso vientre de la bestia.
Más que ruidoso, era explosivo. Truenos, detonaciones, un pistoneo blando. Como lluvia en un bosque tropical. Miré con el único ojo.
Oscuridad. Un destello de luz blanca. Oscuridad y contornos rojos. Más destellos blancos.
Recordé los tornados y la tormenta de tamaño planetario que se abalanzaba sobre mí mientras flotaba en el kayak bajo la paravela, antes que la bestia me tragara. Pero esto no era la tormenta. Era lluvia en una selva. El material que me golpeaba la cara y el pecho era nailon en jirones, los restos de la paravela, palmeras húmedas y trozos de fibra de vidrio astillada. Miré abajo y esperé el próximo relámpago. El kayak estaba allí, pero hecho pedazos. Mis piernas estaban allí, todavía metidas en la cabina del kayak, la pierna izquierda intacta y móvil, pero la derecha… Grité de dolor. La pierna derecha estaba quebrada. No veía huesos rotos a través de la carne, pero estaba seguro de que había una fractura en el muslo.
Por lo demás parecía ileso. Estaba magullado y con diversos rasguños.
Tenía sangre seca en la cara y las manos. Mis pantalones eran harapos. Mi camisa y mi chaleco eran jirones. Pero mientras giraba y arqueaba la espalda, estiraba los brazos y flexionaba los dedos, movía el pie izquierdo y trataba de mover el derecho, pensé que estaba más o menos entero. Ni espalda rota ni costillas astilladas ni daños en los nervios salvo quizás en la pierna derecha, donde el dolor era como aguijonazos en las venas.
Cuando estallaron más relámpagos, traté de evaluar mi entorno. El kayak roto y yo parecíamos atascados en la techumbre de una selva, entre ramas astilladas, envueltos en la paravela destrozada, abofeteados por hojas de palmera en una tormenta tropical, en una oscuridad sólo interrumpida por relámpagos, colgando a cierta distancia del suelo.
¿Árboles? ¿Suelo?
El mundo que sobrevolaba antes no tenía suelo, o al menos no tenía un suelo al que se pudiera llegar sin ser triturado por la presión. Y parecía improbable que hubiera árboles en ese mundo joviano donde el hidrógeno era reducido a una forma metálica. Así que no estaba en ese mundo.
Tampoco estaba en el vientre de la bestia. ¿Dónde estaba?
El trueno estallaba como granadas de plasma. El viento sacudía el kayak en su posición precaria y me hacía gritar de dolor. Debí perder la conciencia unos instantes, pues cuando abrí los ojos de nuevo el viento había amainado y la lluvia me golpeaba como mil puños fríos. Me enjugué la lluvia y la sangre pegajosa de los ojos y noté que tenía fiebre, que mi piel ardía aun bajo esa lluvia helada. ¿Cuánto tiempo he estado aquí? ¿Qué microbios dañinos han encontrado mis heridas abiertas? ¿Qué bacterias compartían conmigo las entrañas de ese calamar aéreo?
La lógica sugería que el recuerdo de ese nuboso mundo joviano y del calamar aéreo era un delirio febril, que me había teleyectado aquí después de escapar de Vitus-Gray-Balianus B y que todo lo demás era un sueño.
Pero estaban los restos de la vela desplegada en la noche húmeda. Y estaba la vividez de mis recuerdos. Y estaba el hecho lógico de que la lógica no funcionaba en esta odisea.
El viento sacudió el árbol. El kayak roto resbaló en su precario nido de frondas y ramas destrozadas. Mi pierna rota me asestaba puñaladas de dolor.
Comprendí que sería mejor aplicar cierta lógica a la situación. En cualquier momento el kayak patinaría, o las ramas se partirían, y toda la masa de fibra de vidrio astillada, varillas de nailon y harapos de vela se precipitaría a la oscuridad, arrastrándome a mí con mi pierna rota. A pesar de los relámpagos, que ahora estallaban con menos regularidad, dejándome en esa oscuridad húmeda, no veía nada debajo de mí excepto más ramas, tinieblas y gruesos troncos grisáceos que se anudaban en una estrecha espiral. No reconocía ese tipo de árbol.
¿Dónde estoy? Aenea, ¿adonde me has enviado?
Ahuyenté ese pensamiento. Era casi una plegaria, y no incurriría en el hábito de rezarle a la niña con quien había viajado, a quien había protegido, con quien había cenado y discutido durante cuatro años. Aun así, pensé , podrías haberme enviado a lugares menos difíciles, pequeña. Si es que podías escoger, digo.
El trueno rugió pero no estalló ningún relámpago que iluminara la escena. El kayak se movió y se inclinó al ladearse la rama rota. Busqué con los brazos la rama gruesa que había visto durante los destellos anteriores.
Había ramas partidas por doquier, tallos astillados y apilados como navajas, y los bordes dentados de las frondas mismas. Traté de sacar mi pierna rota
del kayak destrozado, pero las ramas estaban flojas y sólo logré salir un poco, descompuesto de dolor. Supuse que había puntos negros bailando en mi visión, pero la noche era tan oscura que daba lo mismo. Vomité sobre la borda del oscilante kayak y de nuevo traté de encontrar un sostén firme en el laberinto de ramas astilladas.
¿Cómo diablos llegué a estos árboles?
No importaba. Nada importaba por el momento, excepto salir de ese revoltijo de fibra de vidrio y tela.
El cuchillo. Podría cortar esta maraña hasta liberarme.
El cuchillo no estaba. Mi cinturón no estaba. Los bolsillos del chaleco estaban destrozados, el chaleco era un andrajo. Apenas me quedaba camisa.
La pistola de dardos que había sostenido como un talismán contra ese calamar aéreo había desaparecido. Recordaba vagamente que la pistola y mi mochila habían caído cuando el tornado destruyó la paravela. Ropa, linterna láser, pak de raciones… todo se había ido.
Estalló un relámpago, aunque el rugido del trueno se había alejado. Mi muñeca brilló bajo la lluvia.
El comlog. Esa maldita banda debe ser indestructible.
¿De qué me serviría el comlog? No lo sabía, pero era mejor que nada.
Acercándome la muñeca izquierda a la boca bajo el tamborileo de la lluvia, grité:
–¡Nave, comunícate! ¡Nave!
Ninguna respuesta. Recordé que el aparato había enviado advertencias de sobrecarga durante la tormenta eléctrica en el mundo joviano.
Inexplicablemente, tuve una sensación de pérdida. La memoria de la nave copiada en el comlog era un idiot savant, pero había estado conmigo largo tiempo. Yo me había acostumbrado a su presencia. Y me había ayudado a pilotar la nave de descenso que nos había llevado desde Fallingwater hasta Taliesin Oeste. Y…
Me sobrepuse a mi nostalgia y busqué de nuevo un punto de apoyo, aferrándome a las varillas que colgaban alrededor. Esto funcionó. Los restos de paravela debían estar firmemente afianzados en las ramas superiores, y algunas varillas soportaron mi peso mientras movía el pie izquierdo sobre la fibra de vidrio para sacar mi pierna muerta de los restos. El dolor me hizo desmayar un instante. Esto era tan malo como el cálculo renal en su peor momento, sólo que venía en olas entrecortadas. Pero cuando recobré la
lucidez, estaba aferrado al tronco espiralado de la palmera en vez de yacer entre los restos. Minutos después una ráfaga de viento atravesó la techumbre de la selva y el kayak cayó. Las varillas aún intactas frenaron un fragmento, el resto se precipitó en la oscuridad.
¿Y ahora qué?
Esperar el alba, supongo.
¿Y si no hay alba en este mundo?
Entonces espera a que el dolor se aplaque.
¿Que se aplaque? Es obvio que el fémur fracturado está desgarrando nervios y músculos. Tienes una fiebre galopante. Dios sabe cuánto tiempo estuviste bajo la lluvia y las frondas, inconsciente, con las heridas abiertas a cada microbio asesino que desee entrar. Podría haber gangrena. Ese tufo a vegetación podrida que hueles podrías ser tú.
La gangrena no llega tan pronto, ¿verdad?
Ninguna respuesta.
Traté de aferrar el tronco con el brazo izquierdo y palparme el muslo lesionado con la mano derecha, pero el menor contacto me hacía gemir y temblar. Si me desmayaba de nuevo, podía caerme de la rama. Decidí tantear la parte inferior de la pierna derecha; estaba insensible pero parecía intacta. Tal vez sólo una simple rotura en el muslo.
¿Una simple rotura, Raul? ¿En un mundo selvático y en medio de una tormenta que quizá sea constante? ¿Sin kit médico, sin modo de encender una fogata, sin herramientas ni armas? Sólo una pierna astillada con fiebre alta. Bien, mientras sólo sea una fractura.
Cállate.
Evalué la situación bajo el tamborileo de la lluvia. Podía pasarme allí el resto de la noche, que podía durar diez minutos o treinta horas, o podía tratar de bajar hasta el suelo.
¿Donde te esperan los depredadores? Buen plan.
Cállate, repetí. El suelo podía brindarme un lugar para refugiarme de la lluvia, un sitio blando para apoyar la pierna, ramas y lianas para hacer un entablillado .
–De acuerdo -dije en voz alta, y busqué a tientas una varilla, liana o rama para iniciar el descenso.
Calculo que tardé de dos a tres horas en bajar. Pudo haber sido el doble o la mitad. Los relámpagos habían cesado y habría sido casi imposible