Hyperion 04 - El ascenso de Endymion
Oh Espíritu Santo, sólo por tu intercesión
gruta, se persignó otra vez y nos siguió a la Basílica de San Pedro.
Aunque el anochecer, los vitrales y la luz de las velas atenuaban la luz de la basílica principal, resultaba cegadora después de las catacumbas.
Subimos por el altar subterráneo, dejamos atrás una basílica conmemorativa llamada Trofeo de Gayo, atravesamos corredores laterales y entradas de servicio, llegamos a la sacristía, frente a sacerdotes y monaguillos, y salimos a la vasta extensión del fondo de la nave de San Pedro. Aquí había veintenas de dignatarios que no tenían tanta importancia como para ocupar un lugar en los bancos pero eran honrados con el permiso de estar en el fondo de la Basílica para presenciar esta importante celebración. Me bastó una ojeada para comprobar que había guardias suizos y agentes de seguridad en todas las entradas y las habitaciones externas con salida. En el fondo de la congregación, no llamábamos la atención por el momento. Éramos sólo un sacerdote y dos feligreses mal entrazados que erguían el cuello para ver al Santo Padre en Jueves Santo.
Aún se celebraba la misa. El aire olía a incienso y cera. Cientos de obispos y personajes encumbrados con prendas fastuosas ocupaban las relucientes líneas de bancos. Frente al altar de mármol y el barroco esplendor del Trono de San Pedro, el Santo Padre estaba arrodillado lavando los pies de doce sacerdotes sentados, ocho hombres y cuatro mujeres.
Un coro invisible pero numeroso cantaba:
Oh Espíritu Santo, sólo por tu
intercesión
conocemos al Padre y al Hijo;
sea éste nuestro firme credo:
que de ambos Tú procedes,
que de ambos Tú procedes.
Alabado sea el Señor, Padre e Hijo,
y el Espíritu Santo, uno con ellos;
y pueda el Hijo concedernos
todos los dones que del Espíritu manan,
todos los dones que del Espíritu manan.
Entonces vacilé. Me pregunté qué hacíamos allí, por qué la incesante batalla de Aenea nos había llevado al centro de la fe de esta gente. Yo creía
en todo lo que ella nos había enseñado, valoraba todo lo que había compartido con nosotros, pero tres mil años de tradición y fe habían formado las palabras de este bello cántico y habían construido las paredes de esta majestuosa catedral. No pude sino recordar las sencillas plataformas de madera, los firmes pero toscos puentes y escaleras del Templo Suspendido en el Aire. ¿Qué era eso, qué éramos nosotros comparados con este esplendor y humildad? Aenea era arquitecta, en gran medida autodidacta salvo por sus años de adolescencia con el cíbrido Wright, cuando construía paredes de piedra con roca del desierto y mezclaba cemento a mano. Miguel Ángel había ayudado a diseñar esta basílica.
La misa estaba a punto de terminar. Los que estaban de pie al final de la nave longitudinal comenzaban a marcharse, caminando con sigilo para no interrumpir el final de la ceremonia con sus pisadas, susurrando sólo cuando llegaban a la escalera que conducía a la plaza. Vi que Aenea hablaba al oído del padre De Soya y me incliné para oír, temiendo perderme alguna instrucción vital.
–¿Me harás un último gran servicio, padre? – preguntó Aenea.
–Cualquier cosa.
–Por favor, márchate de la basílica ahora -le susurró Aenea-. Márchate en silencio con los demás. Márchate ahora y ocúltate en Roma hasta que llegue el día en que no debas ocultarte.
De Soya la miró sorprendido, con la expresión de alguien a quien han abandonado. Se inclinó hacia ella.
–Pídeme cualquier otra cosa, maestra.
–Esto es lo que pido, padre. Y lo pido con amor y respeto.
El coro se puso a entonar otro himno. Mirando por encima de las cabezas, vi que el Santo Padre terminaba de lavar los pies de los sacerdotes y regresaba al altar bajo el dosel dorado. En los bancos todos esperaban ansiosamente las letanías finales y la bendición final.
El padre De Soya dio su propia bendición a mi amiga, dio media vuelta y se marchó de la basílica con un grupo de monjes cuyos rosarios claqueaban con su andar.
Miré a Aenea con llameante intensidad, tratando de enviarle un mensaje mental: No me pidas que me marche.
Ella me susurró al oído:
–Haz una última cosa por mí, Raul, amor mío.
Quise gritar que no a todo pulmón, en la resonante nave de la Basílica de San Pedro y en el momento más sacrosanto de la misa mayor de Jueves Santo. En cambio esperé.
Aenea hurgó en los bolsillos de su chaleco y sacó una redoma. Contenía un líquido claro que parecía más pesado que el agua.
–¿Beberías esto? – susurró Aenea, entregándome la redoma.
Pensé en Romeo y Julieta, César y Cleopatra, Abelardo y Eloísa, George Wu y Howard Sung. Todos amantes con mala estrella. Suicidio y veneno. Bebí el líquido de un trago, guardando la redoma vacía en el bolsillo de mi camisa, esperando que Aenea bebiera una poción similar.
–¿Qué era? – pregunté, sin temer la respuesta. Aenea miraba los últimos momentos de la misa.
–Un antídoto para la medicación de control de natalidad que Pax te dio cuando te enlistaste en la Guardia Interna.
Qué diablos, estuve a punto de gritar mientras el Santo Padre decía sus palabras finales. ¿Ahora te preocupas por la planificación familiar? ¿Estás loca de remate?
Aenea susurró:
–Gracias a Dios. Hace dos días que lo tengo encima y casi me olvido.
No te preocupes. Tardará tres semanas en surtir efecto. Nunca más dispararás balas de salva.
Parpadeé. ¿Esto era una blasfemia en la Basílica de San Pedro o una descomunal expresión de mal gusto? Entonces vi las cosas en otra perspectiva: Esto es maravilloso… pase lo que pase, Aenea ve un futuro para nosotros, para sí misma, y quiere tener un hijo conmigo. ¿Pero qué hay de su primer hijo? ¿Y por qué supongo que está haciendo esto para que ella y yo podamos…? Tal vez sea un regalo de despedida.
–Bésame, Raul -pidió Aenea en voz alta. La anciana monja que estaba delante de nosotros nos miró con expresión severa.
No puse objeciones. La besé. Sus labios eran blandos y húmedos, como la primera vez que nos habíamos besado a orillas del Mississippi en un lugar llamado Hannibal. El beso pareció durar largo tiempo. Ella me tocó la nuca con sus dedos fríos antes de que nuestros labios se separasen.
El papa avanzó hasta el frente del ábside, dirigiéndose a cada uno de los dos brazos del crucero, luego a la nave transversal y al fin a la nave longitudinal mientras daba su bendición.
Aenea salió al pasillo principal, abriéndose paso discretamente hasta que llegó al espacio abierto y echó a andar a grandes zancadas hacia el lejano altar.
–¡Lenar Hoyt! – gritó, y su voz resonó hasta la cúpula.
Había más de ciento cincuenta metros desde donde estábamos hasta el lugar donde el papa interrumpía ahora su bendición. Era imposible que Aenea recorriera esa distancia sin que la interceptaran, pero me apresuré a alcanzarla.
–¡Lenar Hoyt! – repitió Aenea, y cientos de cabezas se volvieron hacia ella. Vi sombras moviéndose en los flancos de la nave, guardias suizos entrando en acción-. Lenar Hoyt, soy Aenea, hija de Brawne Lamya, quien viajó contigo a Hyperion para enfrentarse con el Alcaudón. Soy la hija del cíbrido John Keats, a quien tus amos del Núcleo mataron dos veces.
El papa estaba petrificado, un dedo huesudo alzado en la bendición. La señaló, temblando como presa de una parálisis cerebral. Con la otra mano se aferró las vestiduras por encima del pecho. Movió la cabeza, sacudiendo la mitra.
–¡Tú! – exclamó con voz débil y aflautada-. ¡La Abominación!
–Tú eres la abominación -gritó Aenea. Ahora estaba corriendo, apartando a la gente de ropa oscura que se levantaba de los bancos para cogerla. La ayudé a librarse de dos hombres y ella siguió corriendo.
Brinqué sobre alguien que nos embestía y la alcancé, mirando a los guardias suizos que empujaban a la multitud, apuntando las picas energéticas pero sin decidirse a disparar en medio de tantos dignatarios del Vaticano y Mercantilus. Sabía que no vacilarían si Aenea llegaba a diez metros del papa-. Tú eres la abominación -repitió, corriendo a toda velocidad, esquivando manos y brazos-. Tú eres el Judas de la Iglesia Católica, Lenar Hoyt, y has vendido su historia sagrada a…
Un hombre robusto con uniforme de Pax desenvainó una espada ceremonial y lanzó una estocada a la cabeza de mi amada. Aenea la esquivó. Frené el brazo del almirante, se lo rompí, arrojé la espada y lo tumbé en medio de sus subalternos. El coronel Kassad había dicho que después de aprender el idioma de los vivos había sentido el dolor que infligía a los demás. Lo experimenté ahora, sintiendo los nervios y músculos desgarrados, el hueso astillado del antebrazo y el choque de mi cuerpo cuando el almirante cayó sobre sus hombres. Pero cuando me miré,
mi brazo estaba firme y el único precio era el dolor. No me importaba el dolor.
Un cordón de sacerdotes, monjes y obispos se interpuso entre Aenea y el papa. Vi que el pontífice se aferraba el pecho con más fuerza y caía, pero varios diáconos lo cogieron y lo llevaron al dosel del trono del Bernini.
Varios guardias suizos cerraron el paso a Aenea con sus picas y sus cuerpos.
Otros se nos acercaron por detrás, apartando rudamente a los curiosos.
Agentes de seguridad de Pax con armadura negra y cinturones de vuelo revolotearon a diez metros de altura. Puntos láser bailaron sobre la cara y el pecho de Aenea.
Me interpuse entre ella y los inminentes disparos. El punto rojo de un láser me cegó el ojo derecho al apuntarme. Abrí los brazos y lancé un grito desafiante.
–¡No! ¡Cogedles con vida! – gritó un corpulento cardenal con un vozarrón que parecía la voz de Dios.
Un guardia suizo se lanzó contra Aenea para aturdiría con su pica. Ella se echó al suelo, patinó, le cogió las rodillas y lo empujó hacia mí. Le pateé la cabeza y me volví para arrebatarle la pica a otro guardia, lanzándolo contra la multitud y amenazando con el arma a los cinco guardias que nos atacaban por detrás. Se alejaron.
Un agente volador me disparó dos dardos en el hombro izquierdo.
Supuse que eran tranquilizantes, pero me los arranqué y los arrojé contra el agente sin sentir nada. Dos guardias -un hombre y una mujer fornidos- me cogieron los brazos. Los hice brincar hasta que sus cabezas chocaron y los arrojé al piso.
–¡Aenea!
Se levantó, se deshizo de un guardia, dos hombres de armadura negra le cerraron el paso. La congregación gritaba. El gran órgano de la catedral chillaba como una mujer en medio del parto. Un agente de seguridad disparó a Aenea a cinco metros. Aenea giró. Una mujer de armadura negra la tumbó de un garrotazo, la montó a horcajadas y le echó los brazos hacia atrás.
Usé el antebrazo para arrojar por el aire a esa zorra. Un guardia me pegó con la pica en el estómago. Un agente de seguridad me lanzó un paralizante.
Se supone que los paralizantes son instantáneos, pero tuve tiempo de agarrar la garganta del guardia más próximo antes que me disparasen por
segunda y tercera vez. Mi cuerpo cayó con un espasmo y me oriné en los pantalones cuando cesaron todas las funciones voluntarias. Mi última sensación consciente fue el goteo de mi orina en las baldosas de la Basílica de San Pedro.
Apenas reparé en las doce figuras que aterrizaron en mi espalda, me sujetaron los brazos, me arrastraron. No oí ni sentí mi cabezazo contra la baldosa ni el corte que me abrió en la frente.
En los últimos segundos de conciencia, vi pies negros, botas de combate, la gorra de un guardia suizo, más pies. Supe que Aenea había caído a mi izquierda pero no pude mover la cabeza para verla por última vez.
Y así concluye mi historia.
Estuve consciente pero sometido a bloqueos neuronales durante mi
«juicio», una presentación de diez minutos ante los jueces del Santo Oficio.
Me condenaron a muerte. Ningún ser humano mancharía su alma con mi ejecución; me trasladarían a una caja de gato de Schrödinger en órbita del mundo laberíntico de Armaghast, que estaba en cuarentena. Las inmutables leyes de la física y el azar cuántico ejecutarían la sentencia. En cuanto finalizó el juicio, me enviaron al sistema de Armaghast en una nave-antorcha robot de propulsión Hawking y alta gravedad, con una deuda temporal de dos meses.
No sabía dónde estaba Aenea ni qué había sido de ella, pero ya era dos meses demasiado tarde para ayudarla cuando desperté, mientras terminaban de cerrar el casco energético de mi prisión.
Y durante muchos días, tal vez meses, enloquecí. Y durante muchos más días, ciertamente más meses, he usado la pizarra que me dejaron en esta celda ovoide para contar esta historia. Deben haber sabido que la pizarra sería un castigo adicional mientras esperaba mi muerte, escribiendo mi historia en pocas páginas de micropergamino reciclado como la serpiente devorando su cola, sabiendo que nadie tendrá acceso al relato guardado en el chip de memoria. Dije al principio que tú, mi imposible lector, leías esto por malas razones. Dije al principio que si leías esto para descubrir el destino de Aenea, o el mío, te equivocabas de documento. Yo no estaba con ella cuando su destino la alcanzó, y el mío está más cerca de su final que cuando escribí estas palabras iniciales.
Yo no estaba con ella.