Hyperion 04 - El ascenso de Endymion
Capítulo 21
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Comprendo que he titubeado, tratando de detectar la mirada de Aenea.
Tengo tantas preguntas… Con retraso, sintiendo que he traicionado a alguien en quien debería confiar sin reservas, avanzo hacia la fila.
Aenea me ve. Alza la mano un instante. El sentido es claro: Ahora no, Raul. Todavía no. Vacilo de nuevo, pensando que estos otros, estos extraños, iniciarán una intimidad con mi amada que yo no puedo compartir.
Agitado y ruborizado, regreso a mi estera.
La velada no tiene un final formal. La gente empieza a dispersarse. Una pareja -ella bebió el vino, él no- se marcha abrazada como si nada hubiera cambiado. Tal vez nada haya cambiado. Tal vez el rito de comunión que acabo de presenciar es pura metáfora y simbolismo, o autosugestión y autohipnosis. Tal vez los que se empeñen en percibir algo llamado el Vacío Que Vincula tengan una experiencia interior que los convenza de que ha sucedido. Tal vez sean meras pamplinas.
Me acaricio la frente. Tengo una gran jaqueca. Por suerte no bebí el vino, pienso. A veces el vino me provoca migraña. Río entre dientes, me siento mal y vacío, abandonado.
–No olvidéis -dice Rachel- que mañana al mediodía se colocará la última piedra del alero. Habrá una fiesta en la plataforma superior. Traed refrigerios.
Y así termina la velada. Subo a nuestro dormitorio con una mezcla de euforia, ansiedad, aflicción, vergüenza, excitación y jaqueca. Admito que no entendí la mitad de las explicaciones de Aenea, pero me marcho con una vaga sensación de decepción y desconcierto. Estoy seguro, por ejemplo, de que la Última Cena de Jesucristo no terminó con una invitación para un jolgorio en la plataforma superior.
Río y me trago la risa. Última Cena. Eso suena muy mal. De nuevo siento palpitaciones y dolor de cabeza. No es el mejor modo de entrar en el dormitorio de una amante.
El aire helado de la plataforma superior me despeja un poco. Oráculo es sólo una astilla sobre los enormes cúmulos del este. Las estrellas lucen frías esta noche.
Estoy por entrar en nuestra habitación y encender el farol cuando los cielos estallan.
21
OceanofPDF.com
Subieron todos los que se habían quedado en el Templo Suspendido en el Aire después de completar el trabajo: Aenea y A. Bettik, Rachel y Theo, George y Jigme, Kuku y Kay, Chim Din y Gyalo Thondup, Lhomo y Labsang, Kim Byung-Soon y Viki Groselj, Kenshiro y Haruyuki, el maestro Kempo Ngha WangTashi y su maestro, el joven Dalai Lama, Voytek Majer y Janusz Kurtyka, el meditabundo Rimsi Kyipup y el sonriente Changchi Kenchung, la Dorje Phamo o Marrana del Trueno y Carl Linga William Eiheji. Aenea se me acercó y me cogió la mano mientras mirábamos los cielos en pasmado silencio.
Me sorprende que no nos haya cegado el espectáculo de luces que estallaba allí donde un instante antes brillaban las estrellas: grandes capullos de luz blanca, palpitaciones sulfurosas, estelas rojas, mucho más radiantes que la cola de un cometa o de un meteoro, entrecruzadas de cortes azules, verdes, blancos y amarillos, claros y rectos como un rasguño de diamante en cristal, luego súbitas explosiones anaranjadas contrayéndose en mudas implosiones, seguidas por más palpitaciones blancas y nuevos cortes rojos. Todo era silencioso, pero la violencia de la luz nos impulsaba a taparnos los oídos y buscar un refugio.
–¿Qué diablos es? – preguntó Lohmo Dondrub.
–Una batalla espacial -dijo Aenea, con voz muy fatigada.
–No entiendo -dijo el Dalai Lama. No había temor en su voz, sólo curiosidad-. Las autoridades de Pax nos aseguraron que sólo tendrían una de sus naves en órbita, el Jibril, y que estaba en misión diplomática y no militar. El regente Reting Tokra me aseguró lo mismo.
La Marrana del Rayo chasqueó la lengua.
–Su Santidad, el regente está pagado por esos bastardos de Pax.
El niño la miró.
–Creo que es verdad, Su Santidad -dijo Eiheji, su guardaespaldas-. He oído cosas en el palacio.
El cielo se había ennegrecido, pero volvió a estallar en varios lugares. A nuestras espaldas la ladera rocosa se cubrió de reflejos rojos verdes y amarillos.
–¿Cómo podemos ver sus haces láser si no hay polvo ni otras partículas coloidales que los destaquen? – preguntó el Dalai Lama.
Evidentemente la noticia de la traición de su regente no le sorprendía, o al menos no era tan atractiva como la batalla que se libraba a miles de
kilómetros. Noté con interés que la persona más sagrada del mundo budista tenía conocimientos científicos básicos.
De nuevo respondió su guardaespaldas:
–Algunas naves ya han sido averiadas o destruidas, Su Santidad. Los haces coherentes y los rayos de partículas se vuelven visibles en los campos de escombros, oxígeno escarchado, polvo molecular y otros gases.
Esto provocó un momento de silencio.
–Mi padre observó esto una vez, en Hyperion -susurró Rachel, frotándose los brazos desnudos como si de pronto hubiera refrescado.
Parpadeé y miré a la mujer. No había pasado por alto el comentario de Aenea sobre Sol, el padre de su amiga. Conocía bien los Cantos y pude identificar a Rachel como el bebé de la legendaria peregrinación de Hyperion, la hija de Sol Weintraub, pero admito que no lo había creído del todo. El bebé Rachel se había convertido en esa mujer casi mítica de los Cantos, Moneta, alguien que había regresado en el tiempo con el Alcaudón, en las Tumbas de Tiempo. ¿Cómo podía esa Rachel estar aquí ahora?
Aenea apoyó el brazo en los hombros de Rachel.
–Mi madre también -murmuró-. Sólo que entonces se creía que era la Hegemonía contra los éxters.
–¿Quiénes son, entonces? – preguntó el Dalai Lama-. ¿Los éxters contra Pax? ¿Y por qué las naves de guerra de Pax entran sin autorización en nuestro sistema?
Blancas esferas de luz palpitaron, crecieron, se agrisaron y murieron.
Todos parpadeamos.
–Creo que las naves de Pax estuvieron aquí desde que llegó la primera nave, Su Santidad -dijo Aenea-. Pero no creo que estén luchando contra los éxters.
–¿Quiénes, entonces?
Aenea escrutó el cielo.
–Uno de los suyos -dijo.
De pronto hubo una serie de explosiones muy diferentes de las demás, explosiones más brillantes seguidas por tres estelas ardientes. Una estalló rápidamente en la atmósfera superior, dejando una veintena de estelas menores que pronto se extinguieron. La segunda cayó hacia el oeste, pasando del amarillo al rojo y al blanco, estallando veinte grados sobre el horizonte y derramando cien estelas menores en el nuboso horizonte. La
tercera surcó el cielo de oeste a este con un chirrido. Digo chirrido literalmente. Primero oímos un silbido de vapor, luego un aullido, luego un rugido de tornado que disminuyó rápidamente, y al fin se partió en tres o cuatro grandes masas llameantes, y todas menos una murieron antes de llegar al horizonte. Este último fragmento de nave estelar pareció caracolear a último momento, precedido por estallidos de luz amarilla, perdiendo velocidad antes de desaparecer.
Esperamos otra media hora en la plataforma, pero salvo por docenas de estelas de fusión -naves estelares alejándose de T'ien Shan- no quedaba nada por ver. Al fin las estrellas volvieron a dominar el cielo y todos se marcharon, el Dalai Lama a dormir en los aposentos de los monjes, otros a aposentos permanentes o provisorios en los niveles inferiores.
Aenea nos pidió a algunos que nos quedáramos: Rachel y Theo, A.
Bettik, Lhomo Dondrub y yo.
–Esta es la señal que esperaba -nos dijo cuando todos los demás se marcharon-. Debemos partir mañana.
–¿Partir? – exclamé-. ¿Adonde? ¿Por qué?
Aenea me tocó el antebrazo, e interpreté que me lo explicaría más tarde, así que me callé mientras los demás hablaban.
–Las paravelas están listas, maestra -dijo Lhomo.
–Me he tomado la libertad de revisar los dermotrajes y respiradores en los aposentos de M. Endymion mientras todos estaban lejos -dijo A. Bettik-.
Todos funcionan.
–Terminaremos el trabajo y organizaremos la ceremonia mañana -dijo Theo.
–Ojalá yo fuera -dijo Rachel.
–¿Ir adonde? – insistí, pese a mi determinación de callarme y escuchar.
–Estás invitado -dijo Aenea, todavía tocándome el brazo, pero sin responder a mi pregunta-. Lhomo, A. Bettik, ambos podéis venir.
Lhomo Dondrub sonrió. El androide asintió. Al parecer yo era el único que no entendía qué estaba pasando.
–Buenas noches a todos -dijo Aenea-. Partiremos con las primeras luces. No es preciso que nos despidáis.
–Al demonio con eso -dijo Rachel. Theo cabeceó aprobatoriamente-.
Estaremos allí para decir adiós.
Aenea asintió y les tocó los brazos. Todos bajaron por escalerillas o cables.
Aenea y yo nos quedamos solos en la plataforma. Los cielos parecían oscuros después de la batalla. Comprendí que las nubes se habían elevado por encima del risco y borroneaban las estrellas como una toalla mojada en una pizarra negra. Aenea abrió la puerta de su dormitorio, entró, encendió el farol y regresó a la entrada.
–¿Vienes, Raul?
Hablamos. Pero no de inmediato.
El acto del amor parece absurdo cuando se describe -incluso el momento parece absurdo en la narración, cuando el cielo se caía literalmente y mi amante había celebrado una especie de Última Cena-, pero el acto del amor nunca es absurdo cuando se hace el amor con la persona que amamos. Y yo la amaba. Si no me había dado cuenta antes de la Última Cena, entonces lo comprendí totalmente y sin reservas.
Un par de horas después Aenea se puso un quimono y yo me puse un yukata y ambos nos acercamos a los biombos shoji abiertos. Aenea preparó té en el calentador, cogimos nuestras tazas y nos sentamos con la espalda contra los biombos shoji, rozándonos las piernas, mi costado derecho y su rodilla izquierda sobre el abismo. El aire estaba fresco y olía a lluvia, pero la tormenta se había desplazado al norte. La cima de Heng Shan estaba cubierta de nubes, pero los riscos inferiores estaban iluminados por relámpagos constantes.
–¿Rachel es realmente la Rachel de los Cantos? – pregunté. No era la pregunta que más me interesaba hacer, pero temía preguntarla.
–Sí. Es la hija de Sol Weintraub, la mujer que cogió la enfermedad de Merlín en Hyperion y perdió años hasta ser el bebé que Sol llevó en su peregrinación.
–Y también era conocida como Moneta. Y Memnosyne…
–Admonitora y Memoria -murmuró Aenea-. Nombres apropiados para su papel en esa época.
–¡Eso sucedió hace doscientos ochenta años! – rezongué-. Y a muchos años-luz… en Hyperion. ¿Cómo llegó aquí?
Aenea sonrió. El vapor del té caliente subía hasta su cabello.
–Mi vida comenzó hace más de doscientos ochenta años -dijo-. Y a muchos años-luz… en Hyperion.
–¿Entonces ella llegó aquí igual que tú? ¿Por las Tumbas de Tiempo?
–Sí y no -dijo Aenea. Alzó una mano para silenciar mis protestas-. Sé que quieres que hable sin rodeos, Raul, sin parábolas ni símiles ni elusiones.
De acuerdo. Ha llegado la hora de hablar sin rodeos. Pero la verdad es que las Tumbas de Tiempo de la Esfinge son sólo parte del viaje de Rachel.
Esperé.
–Tú recuerdas los Cantos -dijo ella.
–Recuerdo que el peregrino llamado Sol llevó a su hija, después que la personalidad Keats la salvó del Alcaudón y ella comenzó a envejecer normalmente… la llevó a la Esfinge, al futuro… -Me detuve-. ¿Este futuro?
–No -dijo Aenea-. El bebé Rachel volvió a ser una niña y una joven en un futuro que está más allá de éste. Su padre la crió por segunda vez. La historia de ellos es maravillosa, Raul. Literalmente… llena de maravillas.
Me froté la frente. La jaqueca se había ido, pero ahora amenazaba con volver.
–¿Y vino aquí por las Tumbas? ¿Retrocediendo con ellas en el tiempo?
–En parte por las Tumbas de Tiempo. También puede moverse en el tiempo por su cuenta.
La miré atónito. Esto era descabellado.
Aenea sonrió como si me leyera los pensamientos o simplemente leyera mi expresión.
–Sé que parece una locura, Raul. Muchas de las cosas que debemos afrontar son extrañas.
–¿Extrañas? Ojalá fueran sólo extrañas -rezongué. Y otra pieza mental encajó en su sitio-. ¡Theo Bernard!
–¿Sí?
–Había un Theo en los Cantos, ¿verdad? Un hombre… -Había varias versiones del relato oral, el poema cantado, y muchos de estos detalles menores se eliminaban en las versiones populares más breves. Grandam me había hecho aprender la mayor parte del poema completo, pero las partes aburridas nunca me habían interesado.
–Theo Lane -dijo Aenea-. Ex asistente del cónsul en Hyperion, nuestro primer gobernador general para la Hegemonía. Le conocí cuando era niña.
Un hombre decente. Discreto. Usaba gafas arcaicas…
–Esta Theo -dije, tratando de comprender- ¿ Un cambio de sexo?
Aenea negó con la cabeza.
–Cerca, pero no te ganaste el puro, como habría dicho Freud.
–¿Quién?
–Theo Bernard es la bisbisbisnieta de Theo Lane. Su historia es una aventura en sí misma. Pero ella nació en esta época… escapó de las colonias de Pax en Alianza Maui y se unió a los rebeldes, pero lo hizo por algo que yo le conté al Theo original hace casi trescientos años. El mensaje pasó de generación en generación. Theo sabía que yo estaría en Alianza Maui cuando estuve…
–¿Cómo?
–Eso fue lo que le conté a Theo Lane -dijo mi amiga-. Cuándo estaría allí. La familia conservó ese conocimiento… así como los Cantos conservan la peregrinación del Alcaudón.
–Entonces sí puedes ver el futuro.
–Futuros -corrigió Aenea-. Te he dicho que sí. Y me oíste esta noche.
–¿Has visto tu propia muerte?
–Sí.
–¿Me contarás lo que has visto?
–Ahora no, Raul. Por favor. Cuando sea el momento.
–Pero si hay futuros -dije, oyendo el gruñido de dolor en mi propia voz-,
¿por qué tienes que ver una sola muerte para ti misma? Si puedes verla,
¿por qué no puedes evitarla?
–Podría evitar esa muerte, pero sería una elección errónea.
–¿Cómo puede ser erróneo elegir la vida en vez de la muerte? – dije, y noté que había gritado. Mis manos eran puños.
Aenea tocó esos puños, rodeándolos con sus dedos delgados.
–De eso se trata -dijo Aenea, tan suavemente que tuve que inclinarme para oírla. Bailaban relámpagos sobre las cuestas de Heng Shan-. La muerte nunca es preferible a la vida, Raul, pero a veces es necesaria.
Sacudí la cabeza. Mi actitud era huraña, pero no me importaba.
–¿Me contarás cuándo moriré yo? – pregunté.
Ella me miró a los ojos con sus ojos oscuros y profundos.
–No lo sé -dijo simplemente.
Pestañeé. Me sentí vagamente ofendido. ¿No le interesaba ver mi futuro?
–Claro que me interesa -susurró Aenea-. Pero he optado por no mirar esas ondas probabilísticas. Ver mi muerte es difícil. Ver la tuya sería… -
Hizo un ruido extraño y noté que estaba llorando. Me acerqué para rodearla con los brazos. Ella se apoyó en mi pecho.
–Lo lamento, niña -le dije, aunque no sabía qué lamentaba. Era extraño sentirme tan feliz y tan desdichado al mismo tiempo. La idea de perderla me daba ganas de gritar, de arrojar piedras contra la ladera. Como reflejando mis sentimientos, el trueno rugió sobre un pico del norte.
Le sequé las lágrimas con besos. Luego sólo nos besamos, y la sal de sus lágrimas se mezcló con la tibieza de su boca. Luego hicimos el amor de nuevo, y esta vez fue tan lento y pausado como antes había sido urgente.
Cuando estábamos nuevamente tendidos en la brisa fresca, nuestras mejillas juntas, su mano en mi pecho, Aenea dijo:
–Tú quieres preguntarme algo. ¿Qué?
Pensé en todas las preguntas que había querido hacerle durante su sesión, todas las charlas que me había perdido y necesitaba escuchar para comprender por qué era necesaria la ceremonia de la comunión. ¿Qué es realmente el cruciforme? ¿Qué se propone Pax en esos mundos donde falta población? ¿Qué espera ganar el Núcleo con todo esto? ¿Qué diablos es el Alcaudón, un monstruo o un guardián? ¿De dónde viene? ¿Qué sucederá con nosotros? ¿Qué ve ella en nuestro futuro que yo necesite saber para que podamos sobrevivir, para que ella eluda el destino que ha conocido desde antes de nacer? ¿Cuál es el gran secreto del Vacío Que Vincula y por qué es tan importante comunicarse con él? ¿Cómo saldremos de este mundo si Pax sepultó el único portal teleyector bajo roca fundida y hay naves de Pax entre la nave del cónsul y nosotros? ¿Qué son esos
«observadores» que han espiado a la humanidad durante siglos? ¿Qué significa aprender el idioma de los muertos? ¿Por qué Nemes y sus clones no nos han matado aún?
–¿Hubo alguien más? – pregunté-. ¿Hiciste el amor con alguien antes que yo?
Esto era descabellado. No me incumbía. Ella tenía casi veintidós años estándar. Yo había dormido con otras mujeres… no recordaba sus nombres, pero en la Guardia Interna, y en el casino de Nueve Colas… ¿Y por qué debía importarme? ¿En qué cambiaba las cosas? Simplemente tenía que saberlo.
Ella vaciló sólo un segundo.
–Nuestra primera vez… no fue mi primera vez -dijo.
Asentí, sintiéndome como un puerco y un mirón. Un dolor me atenazó el pecho, algo similar a la angina, por lo que me habían dicho. No podía detenerme.
–¿Lo amaste? – ¿Cómo saber si «lo» era la palabra? Theo, Rachel… ella se rodea de mujeres. Mis propios pensamientos me daban náuseas.
–Te amo, Raul -susurró Aenea.
Era la segunda vez que lo decía. La primera vez había sido cuando nos despedimos en Vieja Tierra más de cinco años y medio atrás. Mi corazón tendría que haberse deleitado con esas palabras. Pero dolía demasiado. Aquí había algo importante que yo no entendía.
–Pero hubo un hombre -dije, las palabras como piedras en mi boca-. Tú lo amaste. -¿Sólo uno?¿Cuántos? Quería gritarles a mis pensamientos que se callaran.
Aenea me apoyó el dedo en los labios.
–Te amo, Raul, recuerda eso mientras te cuento estas cosas. Todo es complicado. Porque soy quien soy. Por lo que debo hacer. Pero te amo… te he amado desde la primera vez que te vi en mis sueños del futuro. Te amé cuando nos conocimos en la tormenta de polvo de Hyperion, con la confusión, el tiroteo, el Alcaudón y la alfombra voladora. ¿Recuerdas que te rodeé con los brazos cuando volábamos tratando de escapar? Te amé entonces…
Aguardé en silencio. Aenea movió el dedo desde mis labios hasta mi mejilla. Suspiró como si sintiera el peso de los mundos sobre los hombros.
–De acuerdo -murmuró-. Hubo alguien. Hice el amor antes…
–¿Fue serio? – dije. Mi voz me sonaba extraña, como el tono artificial de la nave.
–Estuvimos casados -dijo Aenea.
Una vez, en el río Kans de Hyperion, yo me había liado a puñetazos con un barquero que tenía el doble de mi peso y mucha más experiencia en peleas. Me asestó un golpe bajo la mandíbula, ennegreciéndome la visión, me hizo doblar las rodillas y me arrojó al río desde la barcaza. El hombre no me guardaba rencor y se zambulló para rescatarme. Yo recobré la conciencia poco después, pero tardé horas en eliminar la vibración de mi cabeza y enfocar la vista.
Esto era peor. Sólo pude mirar a mi amada Aenea en silencio y sentir sus dedos contra mi mejilla como extraños y fríos. Ella apartó la mano.
Había algo peor.
–Los veintitrés meses, una semana y seis horas que quedaban sin explicar -dijo.
–¿Con él? – No recordaba haber articulado las dos palabras, pero oí que mi voz las pronunciaba.
–Sí.
–Casada… -dije, y no pude continuar.
Aenea sonrió, pero era la sonrisa más triste que yo había visto.
–Por un sacerdote. El matrimonio será legal a ojos de Pax y la Iglesia.
–¿Será?
–Es.
–¿Todavía estás casada? – Quise levantarme y vomitar sobre la plataforma, pero no pude moverme.
Por un segundo Aenea no supo qué responder.
–Sí -dijo, los ojos llenos de lágrimas-. Es decir, no… Ahora no estoy casada… Maldición, si tan sólo pudiera…
–¿Pero el hombre aún está vivo? – interrumpí, la voz cortante como la de un interrogador del Santo Oficio.
–Sí. – Ella se apoyó la mano en la mejilla. Le temblaban los dedos.
–¿Lo amas, pequeña?
–Te amo a ti, Raul.
Me aparté levemente, no conscientemente, pero no podía seguir en contacto físico con ella mientras entablábamos esta conversación.
–Hay otra cosa…
Esperé.
–Tuvimos… tendré… tuve un niño. – Me miró como si tratara de obligarme a comprender todo esto con su mirada. No funcionó.
–Un hijo -repetí estúpidamente. Mi querida amiga, mi amiga niña convertida en mujer y en amante, mi amada tenía un hijo-. ¿Qué edad tiene?
De nuevo ella pareció confundida, como si no supiera bien.
–El niño no está en un sitio donde yo pueda encontrarlo.
–Oh, pequeña -dije, olvidándome de todo salvo su dolor. La abracé mientras ella sollozaba-. Lo lamento tanto, pequeña. Lo lamento tanto.
Ella se apartó, enjugándose las lágrimas.
–No, Raul, no entiendes. Todo está bien. Esa parte está bien.
Me alejé de ella y la miré fijamente. Estaba demudada, sollozaba.
–Comprendo -mentí.
–Raul… -Su mano buscó la mía.
Le palmeé la mano pero me levanté, me vestí y cogí mi arnés y mi mochila.
–Raul…
–Regresaré antes del alba -dije, mirando hacia donde estaba Aenea pero sin mirarla a ella-. Sólo iré a caminar.
–Déjame ir contigo -dijo Aenea, levantándose envuelta en la sábana. Un relámpago estalló a sus espaldas. Se aproximaba otra tormenta.
–Regresaré antes del alba -dije, y salí antes de que ella pudiera vestirse o alcanzarme.
Llovía, una granizada fría. Las plataformas estaban resbaladizas, cubiertas de escarcha. Bajé por escalerillas y escaleras, guiándome por los relámpagos, sin detenerme hasta que bajé varios cientos de metros desde el saliente del este y me encaminé hacia la fisura donde había descendido con la nave. No quería ir allí.
A medio kilómetro del templo había cables fijos que subían a la cima del risco. El granizo azotaba la ladera, y las cuerdas rojas y negras estaban cubiertas de hielo. Sujeté ganchos en el cable y el arnés, saqué los elevadores de potencia de la mochila, los sujeté sin revisar las conexiones y empecé a escalar.
El viento arreció, azotándome y alejándome de la pared de roca. El granizo me pegaba en la cara y las manos. Seguí subiendo, a veces resbalando tres o cuatro metros cuando las grapas patinaban en la soga helada. A diez metros de la cima del risco, salí de las nubes como un nadador emergiendo del agua. Las estrellas aún ardían gélidamente, pero sinuosos nubarrones se amontonaban contra la pared norte del risco y crecían como una marea blanca.
Seguí subiendo hasta llegar a la zona relativamente llana donde estaban sujetas los cables fijos. Sólo entonces noté que no había atado el cable de seguridad.
–Maldición -mascullé, y me puse a caminar hacia el noreste por el borde de quince centímetros de ancho. La tormenta crecía hacia el norte. El descenso hacia el sur consistía en kilómetros de aire negro. Aquí había retazos de hielo y comenzaba a nevar.
Eché a trotar, corriendo hacia el este, saltando sobre fragmentos de hielo y fisuras. Todo me importaba un bledo.
Mientras yo me obsesionaba con mi propias cuitas, otras cosas sucedían en el universo humano. En Hyperion, cuando yo era niño, las noticias llegaban lentamente desde la Pax interestelar a nuestras casas rodantes de los brezales: un hecho importante en Pacem, Vector Renacimiento o cualquier sitio era una noticia vieja por la deuda temporal Hawking, con semanas adicionales de tránsito desde Puerto Romance u otra ciudad importante hasta nuestro rincón provinciano. Estaba acostumbrado a no prestar atención a los acontecimientos de otras partes. La demora en las noticias se había reducido cuando yo guiaba a los forasteros que cazaban en los marjales, pero todavía eran viejas y poco importantes para mí. Pax no me fascinaba, aunque sí el viaje a otros mundos. Luego hubo casi diez años de desconexión, durante nuestra estancia en Vieja Tierra y mi odisea con cinco años de deuda temporal. No estaba acostumbrado a pensar en los acontecimientos de otras partes salvo cuando me afectaban, como la obsesión de Pax por encontrarnos.
Pero esto cambiaría pronto.
Mientras esa noche en T'ien Shan, las Montañas del Cielo, yo corría como un idiota en el granizo y la niebla por el angosto risco, éstas eran algunas de las cosas que sucedían en otras partes: En el encantador mundo de Alianza Maui, donde cuatro siglos atrás, con el cortejo de Siri y Merin, quizás hubiera comenzado la larga cadena de acontecimientos que me habían llevado adonde estaba, rugía la rebelión.
Los rebeldes de las islas móviles seguían desde tiempo atrás la filosofía de Aenea, habían bebido el vino de su comunión, habían rechazado el cruciforme de Pax y libraban una guerra de sabotaje y resistencia mientras trataban de no dañar ni matar a los soldados de Pax que ocupaban su mundo. Para Pax, Alianza Maui presentaba problemas especiales porque era ante todo un mundo turístico. Miles de cristianos renacidos ricos viajaban allí por motor Hawking para disfrutar de los mares cálidos, las bellas playas de las islas del Archipiélago Ecuatorial y las migraciones de los delfines y las islas móviles.
También explotaba cientos de plataformas petroleras en ese mundo oceánico, alejadas de las zonas turísticas pero vulnerables al ataque de las islas móviles o los sumergibles rebeldes. Ahora muchos turistas de Pax
rechazaban el cruciforme y seguían las enseñanzas de Aenea. Rechazaban la inmortalidad. El gobernador planetario, el arzobispo residente y los funcionarios del Vaticano que habían acudido a resolver la crisis no podían entenderlo.
En el frío Sol Draconi Septem, cuya atmósfera formaba un glaciar gigantesco, no había turistas, pero los intentos de colonización de Pax de los últimos diez años se habían convertido en pesadilla.
Los amables Chitchatuk con quienes Aenea, A. Bettik y yo habíamos trabado amistad nueve años y medio atrás se habían convertido en enemigos implacables de Pax. El rascacielos congelado donde el padre Glaucus recibía a los viajeros aún estaba iluminado a pesar de que Rhadamanth Nemes había asesinado a ese hombre afable. Los Chitchatuk mantenían las luces encendidas como si ese sitio fuera un altar. De algún modo sabían quién había asesinado a ese ciego inofensivo y a la tribu de Cuchiat: Cuchiat, Chiaku, Aichacut, Cuchtu, Chithticia, Chatchia, todos aquellos a quienes Aenea, A. Bettik y yo conocíamos de nombre. Los Chitchatuk culpaban a Pax, que intentaba colonizar las franjas templadas del ecuador, donde el aire era gaseoso y el gran glaciar se derretía.
Pero los Chitchatuk, que no sabían nada sobre la comunión de Aenea ni habían saboreado su empatía, cayeron sobre Pax como una plaga bíblica.
Durante milenios habían sido cazadores y presas de los terribles espectros de nieve; ahora impulsaban a esas bestias blancas hacia las regiones ecuatoriales, lanzándolas sobre los colonos y misioneros de Pax. La cantidad de víctimas era espantosa. Las unidades militares enviadas para exterminar a los primitivos Chitchatuk mandaban patrullas y nunca volvían a verlas.
En la ciudad planetaria de Vector Renacimiento, las nuevas de Aenea sobre el Vacío Que Vincula se habían propagado entre millones de adherentes. Miles de fieles de Pax recibían la comunión cada día, perdiendo el cruciforme a las veinticuatro horas, sacrificando la inmortalidad en aras de… ¿qué? Pax y el Vaticano no entendían, y en ese momento yo tampoco.
Pero Pax sabía que debía contener el virus. Los soldados tumbaban puertas y destrozaban ventanas todos los días y noches, habitualmente en los viejos sectores industriales, los más pobres de la ciudad planetaria. La gente que había rechazado el cruciforme no se resistía. Luchaba fieramente, pero no mataba si podía evitarlo. A los soldados de Pax no les importaba
matar para cumplir sus órdenes. Miles de seguidores de Aenea murieron la muerte verdadera -ex inmortales que nunca más gozarían de la resurrección- y decenas de miles fueron arrestados y llevados a centros de detención, donde los almacenaban en depósitos de fuga criogénica para que su sangre y su filosofía no contaminaran a otros. Pero por cada adherente muerto o arrestado, cientos permanecían escondidos, transmitiendo las enseñanzas de Aenea, ofreciendo la comunión con su sangre modificada, y presentando una resistencia no violenta. La gran máquina industrial que era Vector Renacimiento aún no se había desmoronado, pero ese mundo -que siglos atrás había sido el nexo industrial de la Red de la Hegemonía-funcionaba con una incompetencia jamás vista.
El Vaticano enviaba más efectivos y deliberaba en busca de una solución.
En Centro Tau Ceti, ex centro político de la Red de Mundos, ahora sólo un planeta jardín muy poblado, la rebelión cobró otra forma. Aunque los visitantes habían llevado el contagio anticruciforme de Aenea, el problema más grave para el Vaticano se centraba en la arzobispo Achilla Silvaski, una intrigante que había adoptado el papel de gobernadora y autócrata de TC2
más de dos siglos antes. La arzobispo Silvaski había intentado impedir la reelección del papa mediante intrigas entre los cardenales. Habiendo fracasado, organizó su propia versión de la Reforma pre-Hégira, anunciando que la Iglesia Católica de Centro Tau Ceti la reconocería como pontífice y se separaría de la «corrupta» Iglesia interestelar de Pax. Como había formado una alianza con los obispos locales encargados de las ceremonias y maquinarias de resurrección, podía controlar el Sacramento de la Resurrección, y por ende la Iglesia local. Más aún, la arzobispo había seducido a las autoridades militares locales con tierras, riquezas y poder hasta desencadenar un hecho sin precedentes, un golpe militar que derrocó a la mayoría de los oficiales superiores de Pax en el sistema Tau Ceti y los reemplazó por defensores de la Nueva Iglesia. No capturaron ninguna nave arcángel, pero dieciocho cruceros y cuarenta y una naves-antorcha se comprometieron a defender la nueva Iglesia de TC2 y su nueva pontífice.
Decenas de miles de fieles de la Iglesia protestaron. Fueron arrestados, amenazados con la excomunión -es decir, anulación inmediata del cruciforme- y puestos en libertad condicional bajo el ojo vigilante de la
nueva fuerza de segundad eclesiástica de la nueva pontífice. Varias órdenes sacerdotales, entre ellas los jesuitas de Centro Tau Ceti, se negaron a obedecer. La mayoría fueron discretamente arrestados, excomulgados y ejecutados. Algunos cientos escaparon, sin embargo, y usaron su red para resistirse al nuevo orden, al principio en forma no violenta, luego con más contundencia. Muchos jesuitas habían sido oficiales de las fuerzas armadas de Pax antes de regresar a la vida sacerdotal, y usaron su formación militar para sembrar estragos en el planeta.
El papa Urbano XVI y sus asesores de la flota examinaron sus opciones.
El efecto mortífero de la gran cruzada contra los éxters ya había sido demorado por los continuos ataques del capitán De Soya, por la necesidad de enviar unidades a una veintena de mundos para dominar a los rebeldes, por los requerimientos logísticos de la emboscada del sistema T'ien Shan, y por esta y otras rebeliones. Aunque el almirante Marusyn aconsejó ignorar la herejía de la arzobispo hasta que se alcanzaran otros objetivos políticos y militares, el papa Urbano XVI y el cardenal Lourdusamy decidieron desviar veinte arcángeles, treinta y dos viejos cruceros, ocho transportes y cien naves-antorcha hacia Tau Ceti, aunque pasarían varias semanas de deuda temporal hasta que llegaran las viejas naves Hawking. Una vez en ese sistema, tenían órdenes de vencer toda resistencia de naves rebeldes, establecer una órbita en TC2, exigir la rendición inmediata de la arzobispo y sus seguidores y, en caso de no acatarse esta orden, arrasar el planeta hasta pulverizar la infraestructura de la nueva Iglesia. Después de eso, decenas de miles de infantes descenderían para ocupar los centros urbanos restantes y restablecer el dominio de Pax y la Santa Madre Iglesia.
En Marte, en el sistema de Vieja Tierra, la rebelión se había agravado, a pesar de años de bombardeo de Pax desde el espacio y constantes incursiones militares desde órbita. Dos meses estándar atrás, la gobernadora Clare Palo y el arzobispo Robeson habían muerto la muerte verdadera en un ataque nuclear suicida contra su palacio de Fobos. La respuesta de Pax había sido aterradora: asteroides desviados del cinturón y arrojados sobre Marte, bombas de plasma y ataques láser que hendían la tormenta planetaria de polvo provocada por el bombardeo con asteroides, como reflectores mortíferos cruzando el desierto congelado. Los rayos de muerte habrían
sido más eficientes, pero los planificadores de la flota querían hacer un ejemplo de Marte, y un ejemplo visible.
Los resultados no fueron exactamente los que habían buscado. La terraformación de Marte, precaria después de años de mal mantenimiento, sufrió un colapso. La atmósfera respirable se limitaba ahora a la cuenca de Hellas y otros bolsones bajos. Los mares desaparecieron, evaporándose al bajar la presión o congelándose en los polos y la corteza. Las últimas plantas grandes y los árboles murieron hasta que sólo cactos y bayas sobrevivieron en el cuasivacío. Las tormentas de polvo durarían años, imposibilitando las patrullas de los infantes de Pax en el planeta rojo.
Pero los marcianos, sobre todo los palestinos, estaban adaptados a esa vida y preparados para esta contingencia. Acechaban, mataban a los efectivos de Pax cuando descendían, esperaban. Los misioneros templarios de otras colonias marcianas impulsaron la adaptación nanotecnológica definitiva a las condiciones planetarias originales. Miles hicieron la apuesta, permitiendo que las máquinas moleculares alterasen sus cuerpos y su ADN
para adaptarlos a esas condiciones.
Para colmo, estallaron batallas espaciales cuando naves que habían pertenecido a la Máquina de Guerra marciana, presuntamente desaparecida, salieron de su escondrijo en el distante cinturón de Kuiper e iniciaron ataques contra los convoyes de Pax en el sistema de Vieja Tierra. La proporción de bajas en estos ataques era de cinco a uno a favor de la flota de Pax, pero las pérdidas eran inaceptables y el coste de mantener la operación de Marte era elevadísimo.
El almirante Marusyn y los jefes de estado mayor aconsejaron a Su Santidad que acotara sus pérdidas y se olvidara momentáneamente del sistema de Vieja Tierra. El almirante aseguró que no permitiría que nada saliera del sistema. Señaló que allí ya no quedaba nada de valor, ahora que Marte era inviable. El papa escuchó pero se negó a autorizar la retirada. En cada deliberación, el cardenal Lourdusamy enfatizaba la importancia simbólica de mantener el sistema de Vieja Tierra dentro de Pax. Su Santidad decidió postergar su decisión. La hemorragia de naves, hombres, dinero y material continuó.
En Mare Infinitus, la rebelión era vieja -promovida por los contrabandistas, cazadores furtivos y cientos de miles de tercos aborígenes que siempre habían rechazado la cruz-, pero se renovó con la llegada del
contagio de Aenea. Las grandes zonas de pesca eran inaccesibles para las flotas pesqueras que no tuvieran escolta de Pax. Las naves pesqueras automáticas y las plataformas flotantes eran atacadas y hundidas. Cada vez más leviatanes boca de lámpara aparecían en aguas menos profundas, y la arzobispo Jane Kelly estaba furiosa con las autoridades de Pax, que no podían solucionar el problema. Cuando el obispo Melandriano aconsejó moderación, Kelly lo hizo excomulgar. A su vez, Melandriano declaró que los Mares del Sur se secesionarían de Pax y la autoridad de la Iglesia, y miles de fieles siguieron a ese líder carismático. El Vaticano envió más naves, pero poco pudieron hacer para poner fin a esa caótica lucha entre los rebeldes, las fuerzas de la arzobispo, las fuerzas del obispo y las bocas de lámpara.
Y en medio de tanta confusión y carnicería, el mensaje de Aenea viajaba con la velocidad del lenguaje y la comunión secreta.
La rebelión -tanto violenta como espiritual- se propagó: los mundos adonde Aenea había viajado, como Ixión, Patawpha, Amritsar y Groombridge Dyson D; Tsintao-Hsishuang Panna, donde las noticias de la captura de no cristianos en otras partes creó primero pánico y luego una enconada resistencia; Deneb Drei, donde la república de Jamnu declaró que el uso del cruciforme sería causa de decapitación; Fuji, donde el mensaje de Aenea había llegado con miembros renegados de Pax Mercantilus y ahora se difundía como un incendio planetario.
En el mundo desértico de Vitus-Gray-Balianus B, donde las enseñanzas de Aenea llegaron por medio de refugiados de Amargura de Sibiatu y se combinaron con la comprensión de que Pax destruiría su cultura para siempre, la gente de la Hélice del Espectro de Amoiete conducía la resistencia. La ciudad de Keroa Tambat fue liberada en el primer mes de lucha, y la base de Bombasino pronto estuvo sitiada. El comandante Solznykov pidió ayuda de la flota, pero los comandantes del Vaticano y de Pax, ocupados en otras partes, le ordenaron que fuera paciente y amenazaron con excomulgarlo si no ponía fin a la rebelión.
Solznykov lo hizo, pero no del modo en que la flota o Su Santidad habrían deseado: firmó un tratado de paz con los ejércitos de la Hélice del Espectro de Amoiete, por el cual sus fuerzas sólo entrarían en la campiña con autorización de los aborígenes. A cambio, se permitió que la base de Bombasino siguiera existiendo.
Solznykov, el coronel Vinara y los otros cristianos leales se sentaron a esperar la retribución del Vaticano y de Pax, pero había civiles contagiados entre la gente de la Hélice que iba al mercado de Bombasino, que bebía y comía con los soldados, que conversaba con personas resentidas con Pax, que contaba su historia y ofrecía su comunión. Muchos aceptaban.
Esto era apenas una parte de lo que sucedía en los cientos de mundos de Pax en esa última y triste noche que yo pasaría en T'ien Shan. Yo no conocía estos hechos, desde luego, pero si los hubiera conocido -si ya hubiera dominado el arte de aprender estas cosas a través del Vacío Que Vincula- tampoco me habría importado.
Aenea había amado a otro hombre. Habían estado casados. Ella aún debía de estar casada, pues no había mencionado el divorcio ni la muerte.
Había tenido un hijo.
No sé cómo mi negligencia no me llevó a la muerte en las frenéticas horas que pasé en el risco helado del este de Jo-kung y Hsuan'k'ung Ssu, pero no lo hizo. Al fin recobré el juicio y regresé por los riscos y los cables fijos, para estar en el templo al romper el alba.
Amaba a Aenea. Ella era mi querida amiga. Daría mi vida por protegerla.
Ese mismo día se me presentaría la oportunidad de demostrarlo, un hecho inevitable desencadenado por los acontecimientos que se desarrollaron poco después de mi regreso al Templo Suspendido en el Aire y nuestra partida hacia el este.
Poco después del alba, en la vieja gompa que estaba bajo el Falo de Shiva, ahora convertido en enclave cristiano, el cardenal Mustafa, la almirante Marget Wu, el padre Farrell, el arzobispo Breque, el padre LeBlanc, Rhadamanth Nemes y sus dos clones se reunieron en una conferencia. En verdad, eran los humanos quienes celebraban la conferencia, mientras Nemes y sus clones guardaban silencio mirando por la ventana las nubes que aureolaban el Lago de las Nutrias, al pie del pico Shivling.
–¿Estamos seguros de que la nave renegada Rafael está destruida? –
preguntó el gran inquisidor.
–Absolutamente -le dijo la almirante Wu-. Aunque destruyó siete de nuestros arcángeles de línea antes de caer. – Sacudió la cabeza-. De Soya
era un táctico brillante. Fue una auténtica obra del Maligno que se volviera apóstata.
El padre Farrell se inclinó sobre la bruñida mesa de madera de bonsai.
–¿Y no hay posibilidades de que De Soya o los demás hayan sobrevivido?
La almirante Wu se encogió de hombros.
–Fue una batalla orbital. Dejamos que el Rafael entrara en el espacio cislunar antes de activar la trampa. Miles de escombros entraron en la atmósfera, en general de nuestras desafortunadas naves. Al parecer ninguno de los nuestros sobrevivió, pues no hemos detectado señales. Si algunos tripulantes de De Soya escaparon, es probable que sus cápsulas cayeran en los mares ponzoñosos.
–Aun así… -comenzó el arzobispo Breque. Era un hombre callado, cerebral y cauto.
Wu parecía exhausta e irritada.
–Eminencia -replicó, dirigiéndose a Breque pero mirando a Mustafa-, podemos decidir el asunto si nos permite utilizar naves de descenso, deslizadores y VEMs en la atmósfera.
Breque pestañeó. El cardenal Mustafa negó con la cabeza.
–No -dijo-, tenemos órdenes de no mostrar una presencia militar hasta que el Vaticano autorice el paso final en la captura de la niña.