Hyperion 04 - El ascenso de Endymion
Frágiles crepúsculos bermejos
–Sí -dije, recordando el frágil kayak, la despedida en Hannibal, el primer beso de Aenea.
Esperamos. El sol se elevó. El viento agitó la hierba. Más allá de la hilera de árboles, un ave protestó como sólo pueden hacerlo las aves. Miré a Martin Silenus.
–Muchacho -dijo el sintetizador-, si esperas que me muera a tiempo para salvarte de una quemadura de sol, olvídalo. Estoy colgado de las uñas, pero son uñas viejas, fuertes y largas.
Sonreí y le toqué el hombro huesudo.
–¿Muchacho? – susurró el poeta.
–Sí, señor.
–Hace años me dijiste que tu bisabuela, a quien llamabas Grandam, te hizo memorizar los Cantos hasta que te gotearon por las orejas. ¿Era cierto?
–Sí, señor.
–¿Recuerdas los versos donde describí este lugar tal como era en mis tiempos?
–Puedo intentarlo -dije. Cerré los ojos. Sentí la tentación de tocar el Vacío, de buscar la voz severa de Grandam en vez de esforzarme en recitar de memoria, pero opté por el camino más difícil, usando recursos nemotécnicos que ella me había enseñado para recordar pasajes en verso.
Sin abrir los ojos, cité los pasajes que pude recordar.
Frágiles crepúsculos bermejos
sobre árboles de papel pintado
más allá de los prados del sudoeste.
Cielos de porcelana transparente,
ni una mancha de nubes o vapores.
El silencio presinfónico del alba,
el vibrante timbal del sol naciente.
Naranjas y rojos inflamados de oro,
el largo y fresco descenso hacia el verde:
hojas umbrías, retoños de ciprés
y sauce llorón, el terciopelo
mudo y verde del pantano.
Finca de mi madre, nuestra finca, mil acres en medio de un millón. Campos
del tamaño de praderas, perfecta hierba que invitaba a acostarse,
a dormir en su muelle perfección.
Nobles árboles, la tierra un reloj de sol:
sombras rotando en majestuosa procesión,
ora mezclándose, ora contrayéndose,
estirándose hacia el este en agonía.
Roble regio.
Olmos gigantescos.
Álamo, ciprés, pino y bonsai.
Banianos extendiendo nuevos troncos
como lisas columnas de un templo
cuyo techo es el cielo.
Sauces bordeando arroyos y canales:
ramas colgantes cantando endechas en el viento.
Me interrumpí. La parte siguiente era borrosa. Nunca me habían gustado esos fragmentos seudolíricos de los Cantos, pues prefería las escenas de batalla.
Había tocado el hombro del viejo poeta mientras recitaba y había notado que se relajaba. Abrí los ojos, esperando ver un hombre muerto en la cama.
Martin Silenus sonrió como un sátiro.
–No está mal, no está mal -jadeó-. No está mal para un viejo escritorzuelo. – Sus gafas de vídeo se volvieron hacia el androide y el sacerdote-. ¿Veis por qué elegí a este muchacho para que terminara mis Cantos? No sabe ni jota de escribir, pero tiene una memoria de elefante.
Estaba a punto de preguntar qué era un elefante cuando miré a A. Bettik sin ningún motivo en especial. Por un instante, después de tantos años de conocer al androide, lo vi de veras. Quedé boquiabierto.
–¿Qué? – preguntó el padre De Soya con alarma. Tal vez pensó que yo sufría un infarto.
–Tú -le dije a A. Bettik-. Tú eres el Observador.
–Sí -dijo el androide.
–Tú eres uno de ellos… los leones y tigres y osos.
El sacerdote nos miró a todos.
–Nunca entendí por qué M. Aenea escogió esa frase -murmuró A.
Bettik-. Nunca he visto un león o tigre u oso, pero entiendo que comparten
cierta fiereza que es extraña para… bien, la especie extraña a la que pertenezco.
–Cobraste forma de androide hace siglos -dije, con una comprensión profunda que era brusca y dolorosa como un cabezazo-. Estuviste presente en todos los acontecimientos decisivos… el ascenso de la Hegemonía, el descubrimiento de las Tumbas de Tiempo en Hyperion, la Caída de los Teleyectores… Cielos, estuviste allí durante casi toda la última peregrinación del Alcaudón.
A. Bettik inclinó la cabeza calva.
–Si uno desea observar, M. Endymion, debe estar en el lugar apropiado.
Me incliné sobre la cama de Martin Silenus, dispuesto a revivirlo de una sacudida si ya se había muerto.
–¿Usted sabía esto, anciano?
–No antes de que él se fuera contigo, Raul -dijo el poeta-. No hasta que leí tu relato a través del Vacío y comprendí…
Retrocedí dos pasos en la hierba alta.
–Fui tan idiota. No vi nada. No entendí nada. Fui un imbécil.
–No -dijo el padre De Soya-. Estabas enamorado.
Me acerqué a A. Bettik dispuesto a acogotarlo si no me respondía sin rodeos. Creo que lo hubiera hecho.
–Tú eres el padre -dije-. Me mentiste al decir que no sabías adonde había ido Aenea durante casi dos años. Tú eres el padre del niño, el próximo mesías.
–No -repuso serenamente el androide. El Observador. El Observador manco, el amigo que casi había muerto con nosotros una veintena de veces-. No. No soy el esposo de Aenea. No soy el padre.
–Por favor -dije con manos trémulas-, no me mientas. – Pero sabía que no mentía. Nunca había mentido.
A. Bettik me miró a los ojos.
–No soy el padre -dijo-. Ahora no hay padre. Nunca hubo otro mesías.
No hay hijo.
Muertos. Ambos muertos. El hijo, el esposo, quien fuera. Aenea misma.
Mi querida niña. Mi amada. No quedaba nada. Cenizas. De alguna manera, mientras pensaba en buscar al niño, en suplicar al padre Observador que me permitiera ser el amigo, el guardaespaldas y el discípulo de este niño tal como lo había sido de Aenea, mientras usaba esa nueva esperanza para
escapar de la celda de Schrödinger, había sabido en mi corazón que no había un hijo de mi amada vivo en el universo. Habría oído la música de esa alma resonando en el Vacío como una fuga de Bach. No había ningún hijo.
Sólo cenizas.
Me volví hacia De Soya, preparado para tocar el cilindro que contenía los restos de Aenea, preparado para aceptar que se había ido para siempre en cuanto el frío acero me rozara los dedos. Me iría solo a buscar un lugar para esparcir las cenizas. Caminaría desde Illinois hasta Arizona si era preciso. O quizás hasta donde había estado Hannibal, donde nos habíamos besado por primera vez. Tal vez allí era donde Aenea había sido más feliz.
–¿Dónde está el tubo? – pregunté.
–No lo traje -dijo el sacerdote.
–¿Dónde está? – repetí. No estaba enfadado, sólo muy cansado-.
Regresaré a la torre a buscarlo.
Federico de Soya respiró y sacudió la cabeza.
–Lo dejé en la nave arbórea, Raul. No lo olvidé. Lo dejé allá a propósito.
Lo miré de hito en hito, más desconcertado que furioso. Entonces noté que él, A. Bettik y el viejo poeta miraban hacia los acantilados del río.
Fue como si hubiera pasado una nube pero luego un brillante rayo de luz hubiera iluminado la hierba un instante. Las dos figuras permanecieron inmóviles largos segundos, pero al fin la más baja descendió hacia nosotros, echando a correr.
La figura más alta era más reconocible a esa distancia: luz solar en su caparazón de cromo, ojos rojos y relucientes, el destello de púas y superficies afiladas. Pero no podía perder tiempo mirando al Alcaudón inmóvil. Había cumplido su misión. Se había teleyectado hacia el futuro, con la persona que lo acompañaba, tan fácilmente como yo había aprendido a libreyectarme en el espacio.
Aenea corrió los últimos treinta metros. Parecía más joven, menos curtida por la preocupación y los acontecimientos. El cabello era casi rubio al sol y estaba apresuradamente recogido. Era más joven, comprendí, petrificado mientras ella se acercaba. Tenía veinte años, cuatro más que cuando la había dejado en Hannibal pero casi tres menos que cuando la vi por última vez.