Hyperion 04 - El ascenso de Endymion

Dan Simmons · Capítulo 25 de 43

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Hyperion 04 - El ascenso de Endymion

Me alojaré por siempre en esta oquedad

Neanderthal. Ahora es nuestra oportunidad de diversificarnos rápidamente, y las instituciones como la Hegemonía, Pax y el Núcleo lo están impidiendo.

–¿La necesidad de diversidad se extiende a las instituciones humanas?

¿Las religiones? ¿Los sistemas sociales? – Estaba pensando en la gente que me había ayudado en Vitus-Gray-Balianus B, Dem Ria, Dem Loa y sus familias. Estaba pensando en la Hélice del Espectro de Amoiete y sus complejas y rebuscadas creencias.

–Sin duda -dijo Aenea-. Mira allá.

A. Bettik se había detenido ante una losa de mármol donde estaban talladas estas palabras en chino e inglés de la Red: El alto Pico Oriental

raudo se eleva al cielo azul.

Entre las rocas, una oquedad,

secreta, muda, misteriosa,

sin tallas ni cinceladuras,

protegida por natural techo de nubes.

¿Qué cosa sois, tiempo y estaciones,

que a mi vida traéis cambio incesante?

Me alojaré por siempre en esta

oquedad

donde primaveras y otoños pasan inadvertidas.

TAO-YUN, esposa del general Wang Ningchih, 400 d.C.

Seguimos escalando. Creí ver algo rojo en lo alto del siguiente tramo de escaleras.

¿La Puerta Meridional del Cielo, la cuesta que conducía a la cima? Ya era hora.

–¿No era hermoso? – dije, refiriéndome al poema-. ¿La continuidad no es importante para las instituciones humanas tanto o más que la diversidad?

–Es importante -convino Aenea-. Pero es casi lo único que la humanidad ha hecho en el último milenio, Raul… recrear instituciones e ideas de Vieja Tierra en mundos diferentes. Mira la Hegemonía. Mira la Iglesia y Pax. Mira este mundo.

–¿T'ien Shan? Creo que es maravilloso.

–También yo. Pero todo es prestado. El budismo ha evolucionado un poco, alejándose de la idolatría y del ritual para volver a la apertura mental que lo caracterizaba al principio, pero todo lo demás es un intento de recobrar cosas perdidas en Vieja Tierra.

–¿Como cuáles?

–Como el idioma, la indumentaria, los nombres de las montañas, las costumbres locales… diantre, Raul, incluso esta peregrinación y el Templo del Emperador de Jade, si alguna vez llegamos allí.

–¿Quieres decir que había un monte T'ien Shan en Vieja Tierra?

–Claro que sí. Con su Ciudad de la Paz, sus Puertas Celestiales y su Boca del Dragón. Confucio lo escaló hace más de tres mil años. Pero la escalera de Vieja Tierra sólo tenía siete mil escalones.

–Ojalá hubiéramos subido ésa -dije, pensando que ya no podía más. Los escalones eran cortos, pero eran muchísimos-. Pero entiendo a qué te refieres.

Aenea asintió con un gesto de la cabeza.

–Es maravilloso preservar la tradición, pero un organismo sano evoluciona, cultural y físicamente.

–Lo cual nos lleva de vuelta a la evolución. ¿Cuáles son las otras direcciones, tendencias, objetivos que hemos ignorado en los últimos siglos?

–Hay sólo unas pocas más. Una es la creciente cantidad de individuos.

A la vida le gusta que haya un sinfín de especies, pero ama aún más que haya un sinfín de individuos. En cierto sentido, el universo está sintonizado para los individuos. En la biblioteca de Taliesin había un libro llamado Sistemas jerárquicos evolutivos, de un tío de Vieja Tierra llamado Stanley Salthe. ¿Lo viste?

–No, debo habérmelo perdido cuando leía esas novelas holoporno de principios del siglo veintiuno.

–Ya -dijo Aenea-. Bien, Salthe lo expresó con mucha elegancia: «Una cantidad indefinida de individuos singulares puede existir en un mundo material finito si unos anidan dentro de otros y ese mundo se está expandiendo.»

–Si unos anidan dentro de otros -repetí, pensando en ello-. Sí, entiendo.

Como las bacterias de Vieja Tierra en nuestras tripas, y los paramecios que

hemos llevado al espacio, y las demás células de nuestro cuerpo… más mundos, más gente… sí.

–La clave es más gente. Tenemos cientos de miles de millones, pero entre la Caída y Pax, la población humana real de la galaxia, sin contar los éxters, se ha reducido en los últimos siglos.

–Bien, el control de natalidad es importante -dije, repitiendo lo que nos enseñaban en Hyperion-. Sobre todo si el cruciforme es capaz de mantener viva a la gente durante siglos…

–Exacto. La inmortalidad artificial trae más estancamiento físico y cultural. Se da por sentada.

Fruncí el ceño.

–Pero eso no es motivo para negar a la gente la oportunidad de una vida más prolongada, ¿verdad?

Aenea habló con voz distante, como si pensara en algo mucho más amplio.

–No -dijo al fin-. En sí mismo no.

–¿Cuáles son los rumbos evolutivos? – pregunté, viendo que la pagoda roja estaba más cerca y esperando que la conversación me salvara de caer exhausto y rodar por los veinte mil escalones que habíamos subido.

–Sólo quedan tres dignos de mención. Mayor especialización, mayor codependencia y mayor potencialidad evolutiva. Todos son importantes, pero sobre todo el último.

–¿En qué sentido, pequeña?

–Quiero decir que la evolución misma evoluciona. Es necesario. La potencialidad evolutiva es en sí un rasgo de supervivencia heredado. Los sistemas, vivientes o no, tienen que aprender a evolucionar y, en cierto modo, controlar la dirección y el ritmo de su evolución. Nosotros, la especie humana, estábamos a punto de hacerlo hace mil años, y el Núcleo nos lo arrebató. Al menos a la mayoría.

–¿Qué significa «la mayoría»?

–Prometo que lo verás dentro de pocos días, Raul.

Llegamos a la Puerta Meridional del Cielo y traspusimos la entrada, un arco rojo bajo un techo curvo y dorado. Más allá estaba la Vía Celestial, una suave cuesta que conducía a una cima apenas visible. La Vía Celestial era sólo una senda sobre roca negra y desnuda. Era como caminar en una luna sin aire, como la de Vieja Tierra. Aquí las condiciones para la vida

eran casi igualmente inhóspitas. Iba a decirle a Aenea que éste era un nicho donde la vida no se había afincado cuando ella echó a andar hacia un templete de piedra en medio de escarpadas rocas y fisuras, a pocos cientos de metros de la cumbre. Había una cámara de presión que parecía tan antigua como si procediera de una de las primeras naves sembradoras.

Asombrosamente, funcionaba. Aenea la activó y los tres permanecimos dentro hasta que terminó su ciclo y se abrió la puerta interna. Entramos.

Era una habitación pequeña, casi desnuda salvo por una maceta de bronce con flores frescas, algunas ramitas verdes sobre una tarima baja y una bella estatua -otrora dorada- de una mujer en tamaño natural, con una túnica que parecía hecha de oro. La mujer tenía mejillas mofletudas y semblante agradable, una especie de Buda femenino; parecía usar una corona de hojas y detrás de la cabeza tenía una aureola de oro remachado, extrañamente cristiana.

A. Bettik se quitó el casco.

–El aire es bueno. La presión es sumamente adecuada.

Aenea y yo nos quitamos la capucha de los dermotrajes. Era un placer respirar regularmente. Había velas de incienso y una caja de cerillas al pie de la estatua. Aenea se arrodilló y encendió una vela con una cerilla. El olor del incienso era muy fuerte.

–Esta es la Princesa de las Nubes Azules -dijo, sonriéndole al rostro sonriente-. La diosa del alba. Al encender esto, acabo de hacer una ofrenda para que nazcan nietos.

Yo iba a sonreír, pero me contuve. Ella tiene un hijo. Mi amada ya ha tenido un hijo. Se me cerró la garganta y desvié los ojos, pero Aenea se me acercó y me cogió el brazo.

–¿Comemos? – preguntó.

Me había olvidado de nuestro envoltorio marrón. Sería difícil comer con los cascos y las máscaras osmóticas.

Nos sentamos en esa penumbrosa habitación sin ventanas, en medio del humo flotante y el aroma del incienso, y comimos los emparedados preparados por los monjes.

–¿Adonde vamos ahora? – pregunté mientras Aenea abría la puerta de la cámara de presión.

–He oído que en el linde oriental de la cima hay un precipicio llamado Peñasco del Suicidio -dijo A. Bettik-. Era un lugar de sacrificios. Se dice

que al saltar desde allí se obtiene una comunión instantánea con el Emperador de Jade y se asegura la concesión de nuestros deseos. Si realmente quieres tener nietos, podrías saltar.

Miré atónito al androide. Nunca sabía si tenía sentido del humor o sólo una personalidad retorcida.

Aenea se echó a reír.

–Vayamos primero al Templo del Emperador de Jade. Veamos si hay alguien.

Fuera, quedé impresionado por el aislamiento del dermotraje y por la claridad de los contornos. La máscara osmótica estaba opaca, pues el sol del mediodía no tenía filtros a esta altitud. Las sombras se recortaban con crudeza. Estábamos a cincuenta metros de la cima y del templo cuando una silueta salió de la negra sombra de una roca y nos cerró el paso. Pensé en el Alcaudón y tontamente adopté una actitud defensiva sin siquiera ver qué era.

Un hombre muy alto estaba ante nosotros, vestido con una vapuleada armadura de combate como la que usaban los infantes de Pax y los guardias suizos. Pude ver su rostro a través del visor blindado: tez negra, rasgos fuertes, cabello corto y blanco. Tenía cicatrices recientes y moradas en el rostro moreno. Sus ojos no eran amistosos. Portaba un rifle de asalto múltiple, y nos apuntó.

–¡Alto! – transmitió por la banda del dermotraje.

Nos detuvimos.

El gigante parecía indeciso. Pax nos ha capturado al fin, pensé.

Aenea avanzó un paso.

–¿Sargento Gregorius? – preguntó por la banda del dermotraje.

El hombre ladeó la cabeza pero no bajó el arma. Yo no dudaba que el rifle funcionaría perfectamente en el vacío: nube de dardos, lanza energética, haz de partículas, bala sólida, hipercinéticos. El cañón apuntaba al rostro de mi amada.

–¿Cómo sabes mi…? – murmuró el gigante, y luego pareció trastabillar-. Eres tú. Eres ella. La niña que buscamos tanto tiempo en tantos sistemas. Aenea.

–Sí -dijo Aenea-. ¿Hay más supervivientes?

–Tres -dijo el hombre que ella había llamado Gregorius. Señaló a la derecha y distinguí una cicatriz negra sobre roca negra, con los restos

ennegrecidos de algo que parecía la cápsula de escape de una nave estelar.

–¿El padre capitán De Soya está entre ellos? – preguntó Aenea.

Recordé el nombre. Recordé la voz de De Soya en la radio de la nave de descenso, cuando nos había encontrado y salvado de Nemes, y luego nos había dejado en libertad en Bosquecillo de Dios, casi diez años atrás para él y para Aenea.

–Sí -dijo el sargento Gregorius-, el capitán está con vida, pero apenas.

Ha sufrido quemaduras en el Rafael. Estaría tan destruido como la nave si no se hubiera desmayado, dándome la oportunidad de rescatarlo. Los otros dos están heridos, pero el padre capitán está muriendo. – Bajó el rifle y se apoyó en él fatigosamente-. Muriendo la muerte verdadera… no tenemos nicho de resurrección y el querido padre capitán me hizo prometer que lo pulverizaría después de su muerte, para impedir que resucitara hecho un imbécil sin voluntad.

Aenea asintió.

–¿Puedes llevarme a él? Necesito hablarle.

Gregorius cargó la pesada arma.

–¿Y estos dos…? – murmuró con suspicacia.

–Este es mi querido amigo -dijo Aenea, tocando el brazo de A. Bettik.

Cogió mi mano-. Y él es mi amado.

El gigante asintió, dio media vuelta y nos condujo por la cuesta hacia el Templo del Emperador de Jade.

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