Hyperion 04 - El ascenso de Endymion

Dan Simmons · Capítulo 35 de 43

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Hyperion 04 - El ascenso de Endymion

Capítulo 30

–Motor de fusión a toda máquina, punto nueve dos. Preparar maniobras evasivas. Prepararse para sistema de Pacem -les dijo a sus amados ergs, que rodeaban la invisible singularidad a un kilómetro de distancia-. Prepararse para sistema de Pacem.

El padre De Soya se acercó y cogió la mano de Aenea. Con la mano derecha, murmuró una bendición para el templario y los clones tripulantes:

–In nomine Patris et Filii et Spiritu Sanctus.

–Amén -dije, cogiendo la mano izquierda de Aenea.

–Amén -dijo Aenea.

30

Nos acertaron menos de dos segundos después de entrar en el sistema.

El fuego de las naves-antorcha y arcángeles convergió sobre nosotros tal como los tiburones arcoiris habían convergido sobre mí en Mare Infinitus.

–¡Ahora! – ordenó Het Masteen en medio del fragor-. ¡Los ergs se están muriendo! El campo de contención caerá en segundos. ¡Ahora! Que el Muir guíe vuestros pensamientos.

Aenea sólo había tenido dos segundos para mirar la estrella amarilla del centro del sistema de Pacem y el astro más pequeño que era Pacem, pero fue suficiente. Los tres nos cogimos de la mano para libreyectarnos en medio de la luz y el ruido como si nos eleváramos a través del caldero de fuego láser que hacía hervir los campos de la nave, espíritus elevándose desde los lagos ardientes del Infierno.

El resplandor se desvaneció y se convirtió en difusa luz solar. Era un día nublado e invernal en el Vaticano, y una llovizna fresca mojaba las calles adoquinadas. Aenea usaba una camisa tostada, un chaleco de cuero marrón y pantalones negros más formales de lo habitual. Su cabello estaba echado hacia atrás, sostenido con dos broches de carey. Su tez lucía lozana, limpia y joven y sus ojos -tan cansados en los últimos días- estaban brillantes y tranquilos. Aún me cogía la mano mientras los tres echábamos una ojeada a las calles y la gente.

Estábamos en el extremo de un callejón que daba aun ancho bulevar.

Pequeños grupos de personas -hombres y mujeres de negro, grupos de sacerdotes, grupos de monjas, una hilera de niños detrás de dos monjas, paraguas negros y rojos por doquier- se movían de aquí para allá en las aceras mientras vehículos negros y bajos se deslizaban en silencio por las

calles. Vi obispos y arzobispos en los asientos de los vehículos, la cara distorsionada por las gotas de lluvia que resbalaban sobre la burbuja de los coches. Nadie parecía reparar en nosotros ni en nuestra llegada.

Aenea miraba las nubes bajas.

–El Yggdrasill acaba de salir del sistema. ¿Lo habéis sentido?

Cerré los ojos para concentrarme en el flujo de voces e imágenes que ahora estaban siempre bajo la superficie. Había una ausencia. Un pantallazo de ramas ardientes.

–Los campos cedieron justo cuando partían -dije-. ¿Cómo se libreyectaron sin ti, Aenea? – Pero vi la respuesta apenas hice la pregunta-.

El Alcaudón.

–Sí. – Aenea aún me cogía la mano. La fría lluvia gorgoteaba en las alcantarillas y desagües-. El Alcaudón llevará el Yggdrasill y la Verdadera Voz del Árbol lejos en el espacio y el tiempo. A su destino.

Recordé fragmentos de los Cantos. La nave arbórea ardiendo mientras los peregrinos miraban desde el Mar de Hierba, poco antes que Het Masteen desapareciera misteriosamente con el Alcaudón durante el viaje en carreta eólica. El templario reaparecía en presencia del Alcaudón días más tarde, cerca del Valle de las Tumbas de Tiempo, moría por sus heridas, y era el único de los siete peregrinos que no contaba su historia durante el viaje.

Ninguno de los peregrinos de Hyperion -el coronel Kassad; el cónsul de la Hegemonía; Sol, el padre de Rachel; Brawne Lamia, la madre de Aenea; el templario Het Masteen; Martin Silenus; el padre Hoyt, el actual papa-podía explicar lo sucedido. En mi infancia sólo habían sido viejas palabras sobre un mito. Versos sobre extraños. Creían que sus peripecias terminaban cuando apenas comenzaban. Ahora, como adulto, comprendía con cuánta frecuencia esto sucedía en la vida de todos.

–¿Veis esa iglesia? – dijo el padre De Soya.

Tuve que sacudir la cabeza para concentrarme en el presente e ignorar el susurro de las voces.

–Sí -dije, secándome la lluvia de la frente-. ¿Es la Basílica de San Pedro?

–No. Es la iglesia parroquial de Santa Ana, y la entrada del Vaticano que está al lado es la Porta Sant'Anna. La entrada principal de la Plaza de San Pedro está por aquel bulevar, rodeando el peristilo.

–¿Vamos a la Plaza de San Pedro? – le pregunté a Aenea-. ¿Al Vaticano?

–Veremos si podemos -respondió ella.

Echamos a andar por la acera, sólo un hombre y una mujer joven caminando con un sacerdote en un día fresco y lluvioso. Enfrente un letrero indicaba que la imponente estructura sin ventanas era la barraca de la Guardia Suiza. Soldados con ropa renacentista -capa negra, cuello alechugado blanco, perneras negras y amarillas- empuñaban picas en la Porta Sant'Anna y en las intersecciones donde la policía de seguridad de Pax, con armadura negra, bloqueaba carreteras y sobrevolaba la zona en deslizadores negros.

La Plaza de San Pedro estaba cerrada al tráfico peatonal, salvo por varias puertas de seguridad donde los guardias registraban atentamente los pases y documentos de identidad.

–No pasaremos por allí -dijo el padre De Soya. Estaba tan oscuro que habían encendido las luces sobre las columnas de Bernini para iluminar las estatuas y el emblema papal de piedra. El sacerdote señaló dos ventanas, encima de las columnas y a la derecha de la fachada de San Pedro, coronadas por estatuas de Cristo, Juan Bautista y los apóstoles-. Ésos son los aposentos privados del papa.

–A sólo un disparo de rifle -dije, aunque no tenía intenciones de atacar al papa.

El padre De Soya sacudió la cabeza.

–Campo de contención clase diez. – Echó una ojeada. Muchos peatones habían entrado en la Plaza de San Pedro y nos estábamos volviendo más llamativos en la calle-. Si no hacemos algo, nos pedirán la tarjeta de identidad.

–¿Es común este nivel de segundad? – preguntó Aenea.

–No -dijo el padre De Soya-. Quizá se deba al mensaje donde anunciabas que venías, pero es más probable que sea la seguridad habitual cuando Su Santidad dice una misa. Esas campanas que oímos eran una llamada para la misa vespertina, donde él oficiará.

–¿Cómo lo sabes? – pregunté. Me intrigaba que el tañido de las campanas le revelara tantas cosas.

El padre De Soya pareció sorprendido.

–Lo sé porque es Jueves Santo -dijo, asombrado de que no supiéramos un dato tan elemental, o bien de que él lo hubiera olvidado hasta ese momento-. Es Semana Santa. Su Santidad debe cumplir con sus deberes como papa y como diocesano. Esta tarde, en esta misa, realizará la ceremonia de lavar los pies de doce sacerdotes que simbolizan a los doce discípulos cuyos pies Jesús lavó en la Última Cena. La ceremonia siempre se celebraba en la iglesia diocesana del papa, la Basílica de San Juan de Letrán, que estaba más allá de los muros del Vaticano, pero desde que mudaron el Vaticano a Pacem se celebra en San Pedro. San Juan de Letrán fue abandonada durante la Hégira porque había sido destruida durante la Guerra de las Siete Naciones en el siglo veintiuno y…

De Soya interrumpió su nervioso parloteo. Había adoptado esa expresión ensimismada típica de los epilépticos y los melancólicos.

Aenea y yo esperamos. Admito que miraba con cierta ansiedad la patrulla de agentes de armadura negra que avanzaba hacia nosotros por el bulevar.

–Sé cómo podemos entrar en el Vaticano -dijo el padre De Soya, y regresó hacia un callejón opuesto al bulevar.

–Bien -dijo Aenea, siguiéndolo. El jesuita se detuvo de pronto.

–Creo que puedo lograr que entremos, pero no sé si saldremos.

–Tan sólo procura que entremos, por favor -dijo Aenea.

La puerta de acero estaba en el fondo de una derruida capilla de piedra, a tres manzanas del Vaticano. Estaba cerrada con un candado pequeño y una cadena grande. El letrero de la puerta decía: «Excursiones los sábados cada dos semanas. Cerrado en Semana Santa. Comuníquese con la oficina de turismo del Vaticano, Plaza de los Primeros Mártires Cristianos 3888.»

–¿Puedes romper esta cadena? – me preguntó el padre De Soya.

Palpé la maciza cadena y el sólido candado. Mi única herramienta o arma era el cuchillo de caza que aún llevaba en el cinturón.

–No, pero quizá pueda abrir el candado. Veamos si encuentro algún alambre en ese módulo de basura… el alambre de embalaje serviría.

Nos quedamos diez minutos bajo la llovizna, temiendo que la Guardia Suiza o los agentes de seguridad se nos acercaran. La luz se desvanecía y el ruido del tráfico parecía crecer en los bulevares cercanos. Mis únicos conocimientos sobre cerrojos venían de un viejo fullero del Kans que se había dedicado al juego cuando las autoridades de Puerto Romance le

cortaron dos dedos por robar. Mientras trabajaba, pensé en nuestra odisea, en el largo viaje del padre De Soya a este lugar, en los cientos de años-luz recorridos y las decenas de miles de horas de tensión, dolor, sacrificio y terror.

¡Y un maldito candado de diez florines nos cerraba el paso!

La punta de mi cuchillo se partió. Maldije, arrojé el cuchillo, golpeé el estúpido y oxidado candado contra la mugrienta pared de piedra. El candado se abrió.

Dentro estaba oscuro. Si había un interruptor, ninguno de nosotros pudo encontrarlo. Si había una IA idiota controlando las luces, no respondió a nuestras órdenes. Ninguno de nosotros tenía lumbre. Después de llevar una linterna láser durante años, había dejado la mía en mi mochila. Cuando llegó el momento de abandonar el Yggdrasill, cogí la mano de Aenea sin pensar en armas ni otros enseres necesarios.

–¿Esto es la Basílica de San Juan de Letrán? – susurró Aenea. Era imposible no hablar en susurros en esa opresiva oscuridad.

–No -respondió De Soya-. Sólo una pequeña capilla conmemorativa construida cerca de la basílica original en el siglo… -Calló y me imaginé que habría recobrado su expresión meditabunda-. Creo que la capilla todavía se usa. Esperad aquí.

Aenea y yo aguardamos mientras De Soya recorría el perímetro del pequeño edificio. Una vez algo pesado cayó con ruido de hierro sobre piedra y todos contuvimos el aliento. Un minuto después oímos el sonido de sus manos deslizándose por la pared y el susurro de su sotana. Oímos una exclamación ahogada y se encendió una luz.

El jesuita estaba a diez metros, sosteniendo una cerilla encendida. Tenía una caja en la mano izquierda.

–Es una capilla -explicó-. Todavía tiene el puesto de velas votivas.

Noté que las velas estaban derretidas y nadie las había reemplazado, pero esa caja de cerillas había permanecido quién sabía cuánto tiempo en ese lugar oscuro y abandonado. Nos reunimos con el jesuita en el pequeño círculo de luz, esperamos a que encendiera una segunda cerilla y le seguimos hasta una pesada puerta de madera detrás de unas cortinas raídas.

–El padre Baggio, mi capellán de resurrección, mencionó esta excursión cuando estuve en arresto domiciliario cerca de aquí hace unos años -susurró el padre De Soya. La puerta no tenía llave, y se abrió con un chirrido de

goznes viejos y herrumbrados-. Creo que pensaba que apelaría a mi sentido de lo macabro -continuó De Soya, guiándonos por una angosta escalera de caracol. Aenea siguió al sacerdote, yo a Aenea.

La escalera bajaba y bajaba. Estimé que estaríamos veinte metros bajo el nivel de la calle cuando la escalera terminó y atravesamos una serie de corredores angostos para salir a un pasillo con eco. El sacerdote había usado media docena de cerillas, arrojándolas sólo cuando le quemaban los dedos.

No pregunté cuántas cerillas le quedaban.

–Cuando la Iglesia decidió mudar San Pedro y el Vaticano durante la Hégira -dijo De Soya, con una voz que retumbaba en el espacio negro-, trajo todo a Pacem usando pesados ascensores de campo y torres de tracción de campo. Como la masa no era un problema, trasladaron media Roma, incluido el enorme Castel Sant'Angelo y todo lo que está bajo la ciudad vieja, hasta una profundidad de sesenta metros. Este era el sistema de metro del siglo veinte.

De Soya echó a andar por un andén ferroviario abandonado. En algunas partes los azulejos del techo se habían caído y, salvo en una senda angosta, por doquier había siglos de polvo, piedras caídas, plástico roto, letreros ilegibles y mugrientos y bancos astillados. Bajamos varias escaleras de acero corroído -escaleras mecánicas detenidas hacía más de un milenio-, atravesamos un corredor estrecho que descendía por una rampa, llegamos a otro andén. Vi una escalerilla de fibroplástico que descendía hasta los raíles, que aún debían estar allí, bajo capas de polvo, escombros y herrumbre.

Acabábamos de bajar la escalerilla y entrar en el túnel del metro cuando la cerilla se apagó, pero no sin que Aenea y yo atináramos a ver lo que había delante.

Huesos. Huesos humanos. Huesos y cráneos formaban pilas de dos metros de altura a cada lado de un pasaje angosto entre los raíles oxidados.

Grandes pilas de huesos, calaveras pulcramente colocadas a intervalos de un metro o dispuestas en diseños geométricos dentro de las nudosas paredes de huesos humanos.

De Soya encendió otra cerilla y echó a andar entre las paredes de huesos. La brisa de su movimiento hacía ondular la diminuta llama que sostenía en alto.

–Después de la Guerra de las Siete Naciones a principios del siglo veintiuno -continuó, ahora en tono normal-, los cementerios de Roma

desbordaban. Habían cavado fosas comunes en los suburbios de la ciudad y en los grandes parques. Se convirtió en un grave problema sanitario, sumado al recalentamiento global y las inundaciones constantes. Las ojivas bioquímicas… Los trenes del metro habían dejado de circular, así que las autoridades aprobaron el traslado de los restos y su entierro en los viejos sistemas del metro.

Cuando se apagó la cerilla nos hallábamos en un tramo donde los huesos estaban apilados en cinco capas, cada cual con su hilera de cráneos.

Las frentes blancas reflejaban la luz, pero las cuencas oculares vacías eran indiferentes a nuestro paso. Estas largas paredes de huesos tenían por lo menos diez metros de altura. En algunos lugares se había producido un pequeño alud de huesos y teníamos que esquivarlos con cuidado. Crujían bajo nuestros pies. No nos movíamos en los intervalos de oscuridad que mediaban entre una cerilla y otra, sino que esperábamos en silencio. No había ningún otro ruido, ni siquiera correteo de ratas ni goteo de agua. Sólo nuestra respiración y nuestros murmullos.

–Curiosamente -dijo De Soya cuando avanzamos otros doscientos metros- no se inspiraron en las antiguas catacumbas romanas, que están en las inmediaciones, sino en las catacumbas de París, viejos túneles de canteras en lo profundo de esa ciudad. Los parisinos tuvieron que trasladar huesos de sus cementerios desbordantes a los túneles entre fines del siglo dieciocho y mediados del diecinueve. Descubrieron que podían guardar seis millones de muertos en sólo unos kilómetros de corredores. Ah, aquí estamos.

A nuestra izquierda, en medio de un corredor de huesos aún más angosto, había una senda con huellas de botas que conducía a otra puerta de acero sin cerrojo. Los tres tuvimos que empujar para abrirla. Descendimos por otra escalera de caracol oxidada hasta una profundidad que estimé en treinta y cinco metros por debajo de la calle. La cerilla se apagó cuando entrábamos en otro túnel, mucho más viejo que la bóveda del metro, con los bordes y el techo inconclusos y descascarillados. Había entrevisto pasajes laterales, con huesos y cráneos apilados y jirones de ropa podrida.

–Según el padre Baggio -susurró el sacerdote-, aquí comienzan las verdaderas catacumbas. Las catacumbas cristianas que se remontan al primer siglo de nuestra era. – Encendió otra cerilla, y por el ruido de la caja

me pareció que quedaban muy pocas. De Soya nos condujo a la derecha-.

Por aquí, creo.

–¿Estamos debajo del Vaticano? – susurró Aenea minutos después. Noté su impaciencia. La cerilla murió con un chisporroteo.

–Pronto, pronto -dijo De Soya en la oscuridad. Encendió otra. La caja no hizo ruido.

Al cabo de ciento cincuenta metros, el corredor terminó. Aquí no había huesos apilados ni cráneos, sólo toscas paredes de piedra y una capa de mampostería donde terminaba el túnel. La cerilla se apagó. Aenea me tocó la mano mientras aguardábamos en la oscuridad.

–Lo lamento -dijo el sacerdote-. No hay más cerillas.

Combatí contra la oleada de pánico que sentí en el pecho. Estaba seguro de oír ruidos, pisadas de ratas en el mejor de los casos, botas en escaleras en el peor.

–¿Retrocedemos? – pregunté, y mi susurro me resultó ensordecedor en esa oscuridad absoluta.

–Estoy seguro de que el padre Baggio me dijo que estas catacumbas del norte se conectaban con las más antiguas que hay bajo el Vaticano -susurró De Soya-. Bajo la Basílica de San Pedro, para mayor precisión.

–Bien, no parece… -Me interrumpí, pues en los pocos segundos de luz había entrevisto una pared de ladrillos relativamente nueva entre las piedras, con siglos de antigüedad en vez de milenios.

Me arrastré hacia delante, avanzando a tientas hasta tocar piedra, ladrillo, mampostería floja.

–Esto se hizo precipitadamente -dije, hablando con la escasa autoridad que había adquirido cuando ayudaba a arreglar jardines en las fincas del Pico, muchos años atrás-. La mampostería está rajada y algunos ladrillos están carcomidos. Dadme algo para cavar. Maldición, ojalá no hubiera tirado el cuchillo.

Aenea me alcanzó una vara o rama afilada en la oscuridad y pasé varios minutos cavando hasta que comprendí que estaba trabajando con un fémur roto. Los dos se me unieron, cavando con huesos, escarbando el frío ladrillo con las manos, hasta que se nos partieron las uñas y nos sangraron los dedos. Al cabo de un rato paramos para recobrar el aliento. Nuestros ojos no se habían adaptado a la oscuridad. Aquí no había luz.

–La misa habrá terminado -susurró Aenea. El tono de su voz sugería que era un hecho trágico.

–Es una misa mayor -susurró el sacerdote-. Una ceremonia prolongada.

–Esperad -dije. Mis dedos habían recordado un leve movimiento en los ladrillos, no en algunos, sino en todo el conjunto.

–Retroceded -dije en voz alta-. Id al costado del túnel. – Yo también retrocedí. Alcé el hombro izquierdo, bajé la cabeza y embestí, temiendo partirme la crisma contra la piedra y desmayarme.

Atropellé los ladrillos con un gruñido y una lluvia de polvo y escombros. Los ladrillos no cedieron, pero los noté más flojos.

Aenea y De Soya se sumaron a mi esfuerzo, y al cabo de un minuto aflojamos los ladrillos del centro y los derribamos.

Había un destello de luz al otro lado del pasaje, suficiente para mostrarnos una rampa de escombros que conducía a un túnel aún más profundo. Descendimos a gatas, encontramos espacio para incorporarnos y avanzamos por un corredor que olía a tierra. Después del segundo recodo encontramos una catacumba tan tosca como la de arriba, pero iluminada por una estrecha cinta fosforescente que recorría la pared derecha a un metro de altura. A los cincuenta metros llegamos a un túnel más ancho, con esferas luminosas modernas cada cinco metros. Estas esferas no estaban encendidas, pero la cinta fosforescente continuaba.

–Estamos debajo de San Pedro -susurró De Soya-. Esta zona fue redescubierta en 1939, cuando sepultaron al papa Pío XI en una gruta cercana. Las excavaciones continuaron durante veinte años antes de abandonarse. No las han vuelto a abrir para los arqueólogos.

Llegamos a un corredor aún más ancho, tanto que los tres pudimos caminar lado a lado por primera vez. Aquí la antigua roca y las paredes enyesadas, con algunas incrustaciones de mármol, estaban cubiertas de frescos, mosaicos cristianos primitivos y estatuas rotas puestas sobre grutas en cuyo interior se veían cráneos y huesos. Muchas grutas estaban revestidas de plástico y el revestimiento se había puesto amarillo y opaco, oscureciendo esos restos mortales, pero al agacharnos podíamos ver cuencas oculares y óvalos de pelvis.

Los frescos mostraban imágenes cristianas (palomas llevando ramas de olivo, mujeres extrayendo agua, el ubicuo pez), pero estaban junto a grutas, urnas y tumbas más antiguas que presentaban imágenes precristianas de Isis

y Apolo, Baco recibiendo a los muertos en el trasmundo con desbordantes ánforas de vino, bueyes y cabras retozando, sátiros bailando -noté la semejanza con Martin Silenus, y Aenea me dirigió una mirada cómplice-, seres que De Soya describió como ménades, algunas escenas rurales, perdices en fila, un pavo real con plumas de lapislázuli que reflejaban la luz con un brillo azulado.

Al mirar estas cosas a través del antiguo y enturbiado plástico, tuve la sensación de atravesar un acuario funerario subterráneo. Llegamos a una pared roja, perpendicular a una desgastada pared azul donde se veían restos de escritura en latín. Aquí la pátina de plástico era más reciente y más fresca, y la urna del interior bien visible. Un cráneo posado sobre una pulcra pila de huesos parecía mirarnos con cierto interés.

El padre De Soya se arrodilló en el polvo, se persignó e inclinó la cabeza en una plegaria. Aenea yo miramos con el callado embarazo que siente el no creyente en presencia de una fe genuina.

Cuando el sacerdote se levantó, tenía los ojos húmedos.

–Según la historia de la Iglesia y el padre Baggio, los obreros descubrieron estos pobres huesos en 1949. El análisis posterior demostró que pertenecen a un hombre robusto que murió a los sesenta años. Estamos bajo el altar mayor de la Basílica de San Pedro, que se construyó aquí porque se decía que san Pedro fue enterrado secretamente en este lugar. En 1968 el papa Pablo VI anunció que el Vaticano estaba convencido de que éstos eran los huesos del pescador, el mismo Pedro que acompañó a Jesús y fue la Roca sobre la cual Cristo construyó su Iglesia.

Miramos la pila de huesos en silencio.

–Federico -dijo Aenea-, sabes que no intento destruir la Iglesia. Sólo esta versión aberrante.

–Sí -dijo De Soya, enjugándose los ojos-. Lo sé, Aenea.

Miró en torno, fue hasta una puerta, la abrió. Una escalera de metal conducía arriba.

–Habrá guardias -susurré.

–No creo -dijo Aenea-. El Vaticano ha pasado ochocientos años temiendo un ataque desde el espacio, desde arriba. No creo que piensen demasiado en las catacumbas.

Se adelantó al sacerdote y subió rápida y silenciosamente por la escalera. Me apresuré a ir tras ella. De Soya echó una última ojeada a la