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Antonio Maestre · Capítulo 1 de 7

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1. La resistencia ante el tirano, terrorismo etarra y la izquierda traicionada

CAPÍTULO 1

 

La resistencia ante el tirano, terrorismo etarra

y la izquierda traicionada

 

Una de las mayores losas que los aspirantes al progreso nunca han podido

quitarse es la de las traiciones fundamentales a los valores que defienden,

como la justicia social, la equidad y el respeto a los derechos humanos. Los

complejos de la izquierda siempre han asomado para mostrar la dificultad de

posicionarse frontalmente en contra de actitudes que desde los valores

morales progresistas nunca pueden ser toleradas. Cueste lo que cueste y nos

cueste lo que nos cueste. La incapacidad de ciertos elementos para marcar un

mensaje propio sin verse contaminado por la alteridad, es decir, por las

posiciones del enemigo histórico, ha impedido analizar con perspectiva cuál

debe ser la posición de la izquierda, matizada, ante eventos históricos con los

que ha mostrado una tibieza de lo más imperdonable.

El uso de la violencia en diferentes momentos de la historia ha sido el

mayor causante de esta disonancia entre los valores que se le presuponen a la

izquierda y la realidad. Una distancia con respecto a la situación objetiva que

no es tolerable si lo que se pretende es mostrarse a la sociedad con

credibilidad, y con un corpus radical de respeto al diferente y a los derechos

humanos básicos. No hay radicalidad asumible que acepte en democracia la

violencia como un elemento tolerable de disensión política. Es aquí, en el

concepto de violencia, donde asoman los matices que la historia nos enseña

con crudeza para marcar una guía moral de cara a un nuevo tiempo. Un

sextante que trace el rumbo hacia la radicalidad democrática, ofenda a quien

ofenda. Y si es a los propios, mejor.

El terrorismo de ETA es quizás el elemento más complejo con el que la

izquierda española ha tenido que lidiar. No ya los propios nacionalistas que

eran responsables de los atentados, sino el resto del espectro ideológico que

ha tenido que evitar que el elefante en la habitación de la violencia sin sentido

le aplastara con su pata mientras intentaba evitar posicionarse. Si ya era

cobarde pero comprensible evitar esa discusión cuando ETA asesinaba, más

aún lo es ahora, cuando el único riesgo lo corre la sensibilidad de las víctimas.

El uso de la violencia está totalmente aceptado en sociedades

democráticas. No solo por el manido monopolio de la violencia weberiano,

sino por la aceptación social de ciertos usos de la violencia por parte de

elementos disociados de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado.

Todos, en algún momento, han considerado justificado su uso por parte de

elementos ajenos a quien ostenta dicho monopolio. Para la profesora de

Psicología Social de la Universidad Complutense de Madrid, Concepción

Fernández Villanueva, la violencia se basa en tres parámetros clásicos: la

intensidad, la intencionalidad y la calificación moral de la conducta y de los

daños producidos. Atendiendo a estos, cualquiera puede considerar justificado

o no su uso, porque su aceptación es un acto subjetivo, íntimo, que ni siquiera

tiene por qué ser revelado.

En febrero de 2009, Emilio Gutiérrez, un vecino de Lazcano al que le

habían destruido su vivienda en un atentado de ETA, la emprendió a mazazos

con una Herriko Taberna en venganza por los daños sufridos en su domicilio.

Su actuación fue comprendida por muchos, incluso compartida y celebrada.

Se produjo el proceso de legitimación colectivo que hace aceptable el uso de

la violencia. Ese proceso de aceptación moral no implica que pueda librarse

de las consecuencias penales, pero sí provoca un sentimiento mayoritario de

aprobación del uso de la violencia. Lo legitima. La reacción de Emilio

Gutiérrez tuvo una respuesta social casi mayoritaria de aprobación en todos

los niveles de representación pública y social. La cadena COPE lanzó una

plataforma de apoyo al ciudadano, el presidente del PP vasco, Antonio

Basagoiti, se ofreció para defenderle en el proceso judicial, e incluso José

Luís Rodríguez Zapatero se mostró comprensivo con la actuación. El caso del

vecino de Lazcano logró desencadenar un proceso generalizado de

legitimación moral del uso de la violencia. Todos asumían que en ocasiones

excepcionales usarla era una opción aceptable.

La percepción subjetiva del uso de la violencia está presente en todos los

momentos de la historia, y de ella depende que un individuo sea considerado

terrorista, víctima, torturador o héroe nacional. Esa apreciación está

contaminada por la hegemonía política de cada momento y por la

superioridad de los relatos políticos en vigor. El mismo acto puede ser

considerado una heroicidad de liberación nacional o una vil acción terrorista.

El contexto social incide de manera determinante en la calificación moral y

semántica de los hechos, y es preceptivo usarlo como clave de bóveda de

cualquier relación moral de la izquierda con los actos pasados y presentes. No

es posible relacionarse moralmente de la misma manera con la actividad de la banda terrorista ETA durante el franquismo que en democracia. El axioma

marxista leninista del análisis concreto de la situación concreta tiene que

adquirir un tinte de dogma para poder enfrentarse a cada realidad en cada

momento sin miedo a que los prejuicios y los juicios actuales impidan evaluar

en su justa medida cada acción, para así poder repudiar con rotundidad la

actitud vil de quien a día de hoy defiende la actividad terrorista en

democracia.

Melitón Manzanas es considerado una víctima del terrorismo por la

legislación española. En el año 2001 fue distinguido con la Medalla de Oro al

Mérito Civil, uno de los máximos reconocimientos de nuestro Estado. Pero

Melitón Manzanas fue también muchas otras cosas. Fue uno de los más

execrables torturadores que la policía tuvo en sus filas durante el franquismo.

En las comisarías de Irún y San Sebastián pasaron por sus manos militantes

nacionalistas, sindicalistas y cualquiera que perteneciera a partidos como el

PSOE y el PCE. Manzanas estaba muy bien considerado en el régimen

franquista por su labor al mando de la Brigada Política y Social de San

Sebastián, como prueba la Cruz del Mérito Policial con distintivo rojo que la

Dictadura le concedió en 1964.

Su labor como uno de los policías más infames de nuestra historia

comenzó en los años de la guerra. Melitón Manzanas había quedado aislado

en zona republicana y comenzó a colaborar como quintacolumnista, hasta que

fue detenido en septiembre de 1936 e internado en el Fuerte de Nuestra

Señora de Guadalupe, en Fuenterrabía, por su conocida militancia derechista.

Manzanas había organizado las Juventudes de Acción Popular (JAP) en el

País Vasco, los también llamados «camisas verdes», que en la práctica

funcionaban como las SA del partido Acción Nacional y que posteriormente

acabarían integrándose en la Confederación de Derechas Autónomas de José

María Gil Robles.

Los camisas verdes o japistas, de los que Melitón Manzanas era un líder

local, constituían una organización juvenil fascista al estilo de las juventudes

hitlerianas, y tenían como objetivo crear disturbios y perseguir a los marxistas

y comunistas, a los que acusaban de negar la España misma. A pesar de que

en sus inicios rechazaban el uso de la violencia por considerar que esta era

patrimonio exclusivo del Estado, el grupo fue radicalizándose a partir de 1933

y sufrió un proceso de fascistización que le llevó a generar muchos disturbios

de carácter violento, e incluso a intervenir como fuerza militarizada durante la

huelga de octubre de 1934. Los japistas copiaban la estrategia nazi de acceso

al poder: «Con las armas del sufragio y de la democracia, España debe disponerse a enterrar para siempre el cadáver putrefacto del liberalismo. La

JAP no cree en el sufragio universal ni en el parlamentarismo ni en la

democracia»[9]. Los camisas verdes fueron la escuela de Melitón Manzanas.

Tras su liberación en septiembre de 1936 de la prisión republicana donde

había sido encarcelado por su adhesión al golpe, comenzó a colaborar de

forma activa con los fascistas tras ser trasladado a Francia, donde adquirió, de

la mano de la Gestapo, formación en materia de interrogatorios y torturas.

Unas enseñanzas que devolvió colaborando con los nazis en la entrega de

judíos y pilotos aliados en la frontera sur de Francia con el País Vasco.

La colaboración de la Gestapo con la Brigada Político Social fue

constante, y no se quedó en la labor puntual del comisario Manzanas. La

temible policía secreta de Adolf Hitler mantuvo una interesada colaboración

con el régimen de Franco, tal como explicaba Paul Preston:

 

En abril de 1938, Heinrich Himmler, Reichsführer-SS, estableció contacto con el ministro de

Orden Público, el general Martínez Anido, con vistas a ampliar el acuerdo hispano-alemán de cooperación policial. La Gestapo tenía especial interés en repatriar a los judíos, comunistas y socialistas alemanes que habían combatido en las Brigadas Internacionales y habían acabado capturados por las fuerzas de Franco. El acuerdo, firmado el 31 de julio de 1938, dio vía libre al canje de izquierdistas apresados por los Servicios de Seguridad de los respectivos países. Los brigadistas internacionales fueron entregados a los interrogadores de la Gestapo instalados en España, quienes luego los despachaban a Alemania sin siquiera tramitar procesos judiciales mínimos. Los casos individuales de repatriación solo requerían la aprobación de Franco, que nunca negó ninguno. A cambio, Paul Winzer, Sturmbannführer-SS y agregado de la Gestapo en la embajada de Alemania, dirigió un programa de instrucción para la Policía Política de Franco. Martínez Anido murió a finales de 1938, por lo que las funciones de su ministerio se integraron en el Ministerio de la Gobernación, a las órdenes de Ramón Serrano Suñer. En calidad de director general de Seguridad, Serrano Suñer designó a su amigo José Finat y Escrivá de Romaní, conde de Mayalde. A sugerencia de Mayalde, a Himmler le fue concedida la más alta condecoración del régimen franquista, la Gran Cruz de la Orden Imperial del Yugo y las Flechas, en reconocimiento

a sus esfuerzos en la lucha contra los enemigos de la España de Franco[10].

 

Sirva de interludio un paréntesis sobre José Finat y Escrivá de Romaní y

esa relación filonazi que acompañaba a muchos de los cargos franquistas y

que entronca con el presente que encarna nuestra infamia. José Finat fue uno

de los conspiradores del golpe y enlace de José Antonio Primo de Rivera con

el general Mola. Cuando acabó la Guerra Civil fue designado gobernador

civil de Madrid el 25 de agosto de 1939, y participó en las tareas de

depuración y reconstrucción de Madrid hasta el 14 de diciembre de 1940. Se

le conoce con el sobrenombre del «alcalde represor» por su empeño en las

depuraciones también como alcalde de Madrid, un cargo que ostentó de 1952

a 1965. Desde 1943 a 1945 ocupó el cargo de director general de Seguridad

gracias a su conexión con la Gestapo para introducir las técnicas de interrogación y tortura en la Brigada Político Social, que había aprendido con

Paul Winzer y durante su estancia como embajador en Berlín.

José Finat y Escrivá de Romaní tiene en su haber varios actos específicos

que dan buena muestra de la crueldad y saña con que actuaba, no solo en sus

labores políticas e institucionales. Fue el encargado de dictar las órdenes de

colaboración con el régimen nazi en el Holocausto para la entrega de los

judíos que se escondían en España. El 13 de mayo de 1941 dictó una orden

destinada a todos los gobernadores civiles para que realizaran una lista de los

«israelitas» que habitaban en España a fin de entregarlos a las autoridades

alemanas. El informe de la Dirección General de Seguridad firmado por Finat,

que desmonta el mito de que Franco ayudó a los judíos y no tuvo intención de

colaborar con el Holocausto, decía lo siguiente:

 

La necesidad de conocer de modo concreto y terminante los lugares y personas que, en un

momento dado, pudieran ser obstáculo o medio de actuación contrario a los postulados que informan al Nuevo Estado, requiere se preste atención especial a los judíos residentes en nuestra patria, recogiendo, en debida forma, cuantos detalles y antecedentes permitan determinar la ideología de cada uno de ellos y sus posibilidades de acción, dentro y fuera del territorio nacional.

No preciso encarecer a V. E. la obligada amplitud de esta labor, pues de su propia importancia

se deduce, máxime cuando las personas objeto de la medida que le encomiendo han de ser, principalmente, aquellas de origen español, designadas con el nombre de sefarditas, puesto que por su adaptación al ambiente y su similitud con nuestro temperamento poseen mayores garantías de ocultar su origen y hasta pasar desapercibidas sin posibilidad alguna de coartar el alcance de fáciles manejos perturbadores.

Pero, teniendo presente la notoriedad de esta raza y sus trabajos casi públicos por conseguir la

ciudadanía española, durante el periodo republicano, a través de verdaderas campañas populares que trascendieron a todas las esferas, es un hecho cierto que podrá llegar a determinarse la personalidad de los judíos españoles existentes en esa provincia, aunque aparentemente surjan señaladas dificultades, como la de no haber mantenido una relación y vida social en sus peculiares comunidades israelitas, sinagogas y colegios especiales (salvo lugares como Barcelona, Baleares y Marruecos) que pudieran aportar datos concretos de su número y alcance, individual y colectivamente considerados.

En publicaciones del año 1933 se aseguraba un mínimum de población israelita en España de

unos 5000 individuos y, por otra parte, como dato informativo, señalaré a V. E. que en julio del año anterior habíase constituido en París una Confederación Universal de Judíos Sefarditas, de gran importancia, tanto por la cantidad como por la calidad de semitas españoles que la integraban, centro que, indudablemente, mantuvo estrechos contactos con gentes del mismo origen, residenciadas en nuestro suelo, amparadas por las favorables circunstancias políticas de aquellos tiempos.

En su consecuencia, ruégole disponga que por funcionarios del Cuerpo General de Policía,

auxiliados por elementos de absoluta garantía, se practiquen las gestiones necesarias para que, con la brevedad posible, se remitan a este centro directivo informes individuales de los israelitas nacionales y extranjeros, avecindados en esa provincia, consignando en ellos, como se dispone en el modelo del impreso adjunto, cuantos detalles permitan determinar la filiación personal y político social de cada uno, así como sus medios de vida, actividades comerciales, situación actual, grado de peligrosidad, conceptuación policial y la personalidad o relieve que en sectas u organismos políticos o sindicales hubiesen alcanzado y, en caso de ausencia, lugar en el que se supone se encuentran y medios de subsistencia de los familiares que dejó al marchar, así como cuantos surjan en la investigación para que los antecedentes sean completos.

Madrid, 5 de mayo de 1941

JOSÉ FINAT

 

El Archivo Judaico[11] creado por José Finat bajo encargo de Serrano

Suñer era una contraprestación que Francisco Franco iba a ofrecerle a Adolf

Hitler en caso de que España entrara en la Segunda Guerra Mundial[12]. El

hecho de que finalmente no se concretara salvó a miles de judíos de ser

entregados a los nazis después de que Reynhard Heydrich ya hubiera sido

advertido del número total de judíos que había en España en la conferencia de

Wansee, listos para ser entregados, gracias al listado que el Conde de

Mayalde entregó a Heinrich Himmler para que pudieran prevenir sus planes

genocidas[13].

La línea de la infamia del conde de Mayalde no terminó con la creación

de listas negras de judíos para ser enviados a Auschwitz, sino que continuó

forjando su funesta historia con sus propias manos. José Finat tenía a sus

órdenes una escuadra de camisas negras falangistas con la que iba por las

calles impartiendo el odio por justicia. Una de las palizas que propinaron ya

forma parte de la historia de España. Ocurrió tras una actuación de Miguel de

Molina en el teatro que luego ocupó el Cine Callao, durante la cual increparon

al coplista con insultos como «mariquita», a los que él respondió: «Mariquita

no, maricón, que suena a bóveda». José Finat y dos falangistas más entre los

que se encontraba Sancho Dávila y Fernández de Celis[14], esperaron a

Miguel de Molina a la salida del teatro, lo abordaron y lo llevaron a un

descampado, allí le raparon el pelo, le hicieron beber aceite de ricino y le

pegaron una paliza que lo dejó sin dientes y que casi acaba con su vida.

Cuando Miguel de Molina preguntó entre sollozos y gritos de dolor por qué le

pegaban, los falangistas dijeron que por «rojo y maricón»[15].

Así lo contaba el propio Miguel de Molina:

 

Fue la noche del 10 de noviembre de 1939. No lo voy a olvidar jamás, porque aquello marcó

mi futuro. Yo estaba trabajando en el Teatro Pavón […] De pronto aparecieron en mi camarín tres tipos con gorras y trincheras y me ordenaron que les siguiera. No me pude resistir […] Me llevaron en un auto hasta los altos de la Castellana y allí me dieron una feroz paliza. Luego me cortaron el pelo a tirones, con una maquinilla desdentada, y me hicieron beber un frasco de aceite y vaselina líquida. Cuando yo, entre sollozos, sólo atinaba a preguntar ¿por qué me hacían eso?,

uno respondió: «¡Por marica y por rojo! ¡Vamos a terminar con todos los maricones y los

comunistas!». Y me dieron unos culatazos en la cabeza que me dejaron desvanecido [16].

 

No terminaron con esa agresión las correrías de José Finat y Escrivá de

Romaní, porque colaboró con uno de los crímenes más abyectos de la historia

contemporánea de nuestro país: los asesinatos de Lluís Companys y Julián

Zugazagoitia. José Finat acordó con Heinrich Himmler la detención de los españoles republicanos exiliados en Francia que quedaron bajo la ocupación

nazi. Una vez detenidos por la Gestapo, el entonces director general de

Seguridad ordenó a José Félix de Lequerica que trasladara a Lluís Companys

desde la cárcel de La Santé en París a España. Un encargo que fue

encomendado al policía Pedro Urraca Rendueles, que tras introducirlo en un

coche lo trasladó a Hendaya para que fuera posteriormente ejecutado en

España.

El alcalde de Madrid, José Finat y Escrivá de Romaní, tenía una fuerte

relación de amistad con Víctor Manuel Ortega Pérez, abuelo del diputado de

VOX Javier Ortega-Smith. La relación cercana entre la familia de filonazis

con VOX es estrecha en muchos de sus otros miembros. Su nieto, José María

Finat Riva, es íntimo amigo de Santiago Abascal, que le ha llegado a

presentar alguno de sus libros de fotografía. Otra ilustre de la familia, Casilda

Finat, le cede sus joyas a Lidia Bedman, esposa del líder de VOX, para que le

haga publicidad de sus diseños. A Casilda Finat, su abuela, duquesa de

Pastrana, la atemorizaba desde niña con los proletarios muertos[17]. Explica

que cuando era pequeña le contaba que en la torre había un fantasma llamado

Carrobles, que pertenecía a un obrero que murió aplastado por una piedra

mientras construían el palacio. Asustar a los nietos con historias de obreros

muertos es una buena manera de rendir honor a los usos y costumbres de la

familia Finat.

La vinculación de la policía de la Brigada Político Social a la Gestapo

ayuda a vehicular la historia de los miembros de estas familias, tanto la de

José Finat como la de Melitón Manzanas. Un hilo negro de vileza que

conviene retomar. En el año 1938 comenzó la carrera de Melitón Manzanas

en el Cuerpo General de Policía de Irún, donde su contacto con los métodos

de interrogatorio nazis le proporcionó un buen lugar de prácticas. Además, la

cercanía con la frontera francesa le dio la oportunidad de realizar labores de

contrabando que le valieron algún que otro expediente. Cuando la moral es

laxa y uno se gana la vida torturando, realizar labores de estraperlo resulta

más asumible. A pesar de sus actividades ilegales fue recompensado con un

ascenso y destinado a San Sebastián, donde se puso a las órdenes de Manuel

Valencia Remón, gobernador civil de Guipuzkoa, y con falangistas como

Eloy Gonzalo Palomo de la Vallina o Félix Abalos Murillo como compañeros

de correrías policiales que le hacían el trabajo previo para ablandar a los

detenidos antes de dejárselos a Manzanas. Un reportaje[18] de María Antonia

Iglesias para El País en el año 2001 daba buena muestra de la habilidad

torturadora de Melitón Manzanas:

A finales de 1944, fracasó el intento de fuga de Ramón Rubial en un campo de trabajo

instalado en la Babcock & Wilcox cerca de Oyarzun, en las peñas de Aya. Melitón Manzanas se encargó de conducir al dirigente socialista hasta San Sebastián. Según Lenchu, su padre le contó que ya en las dependencias de la Brigada Político-Social, Manzanas le torturó reiteradamente. «Mi padre nunca quiso contarnos a la familia lo que le hizo Manzanas, que le interrogó personalmente, pero sé que sufrió mucho».

 

Un militante del PNV recuerda muchas historias de nacionalistas,

comunistas y sindicalistas que pasaron por las manos del inspector Manzanas.

Estuvo preso en la cárcel de Ondarreta, y algunas de las historias que le contó

a la periodista de El País aún estremecen:

 

A Timoteo Plaza, un militante comunista de Elizondo, le dieron una paliza tremenda. A otro

de Elgoibar, Amanci Conde, que participó en la huelga del 47, casi le matan de las palizas que le dieron. Y recuerdo muy bien a Juan Aguirre, de Erandio, que cuando salió de la checa de Melitón Manzanas pesaba treinta kilos menos que cuando entró.

 

El talento de Melitón Manzanas para buscar técnicas que causaran dolor

en los detenidos era considerable. El mal siempre ha sido especialmente

imaginativo cuando se trata de depurar el ejercicio de la perversidad. Contaba

el militante del PNV, Xavier Apaolaza, cómo el inspector le martirizaba

colocándole un bolígrafo entre los dedos de la mano para luego hacer girar el

artilugio improvisado y aplastarle las uñas. A veces era mucho más. Aunque

ya habían transcurrido cuarenta años, Ildefonso Iriarte recordaba con

precisión lo que sufrió en manos de Manzanas:

 

Me obligaron a desnudarme, me ataron de pies y manos, me arrodillaron sobre un montón de

gravilla, me presionaban los pies, me daban tortazos tremendos. Manzanas me decía que la hija que esperaba mi mujer no era mía, que era de Julen Madariaga, porque un día le habían visto salir de casa. Me impedían dormir y Manzanas me pegó con una porra de goma porque no le entendí lo que me preguntaba. Una vez que se me cayeron los calzoncillos, mientras estaba atado de rodillas sobre la gravilla, Manzanas y todos se reían de mis genitales.

 

Iriarte hacía un apunte que marcaba el proceder sádico del inspector: «Vi

a muchos jóvenes torturados, porque Manzanas se ensañaba sobre todo con

los trabajadores».

Considerar a Melitón Manzanas víctima del terrorismo es un insulto a la

integridad moral de las víctimas del terrorismo. Ponerle a él o a Carrero

Blanco en el mismo lugar que a Miguel Ángel Blanco o a Ernest Lluch es

solo una muestra de la capacidad que puede tener un relato para intoxicar la

memoria de manera despreciable. Si Melitón Manzanas es víctima del

terrorismo, se debe a una decisión política que nace de la victoria de los

triunfadores de la Guerra Civil también durante la transición. La paradoja es

que Manzanas también torturó a víctimas del terrorismo de ETA. A principios

de 1960 el periodista José Luis López de Lacalle ingresó en la cárcel de Martutene por su pertenencia al PCE. Antes de eso pasó por la checa

particular de Melitón, donde el policía de la Brigada Político Social le

interrogó apagándole cigarrillos y aplicándole descargas eléctricas que le

dejaron los pies en carne viva. El que fuera luchador antifranquista murió

asesinado el 7 de mayo del año 2000 a manos del etarra Ignacio Guridi Lasa,

que le esperaba agazapado cuando el periodista volvía de desayunar para

dispararle a sangre fría por la espalda.

Matar a Melitón Manzanas fue un acto de resistencia. Como lo fue

asesinar a Reynhard Heydrich. El asesinato de Melitón Manzanas y el de Luis

Carrero Blanco desde el punto de vista histórico no fueron actos de

terrorismo, sino ejercicios de resistencia frente a la tiranía. Les asistía el

derecho al tiranicidio que se arrogaron Jan Kubiš y Jozef Gabčík, héroes de la

resistencia checa, cuando asesinaron a Reynhard Heydrich, acción que con el

paso del tiempo validarían la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial y

el peso de la historia. Precisamente por eso resulta relevante establecer la

conexión entre la Gestapo y la Brigada Político Social, porque ese vínculo es

el que liga los ejercicios de resistencia ante los tiranos.

Los héroes de la resistencia checa que mataron a Reynhard Heydrich,

director de la Oficina Central de Seguridad del III Reich, en el marco de la

Operación Antropoide en el verano de 1942 se refugiaron en la iglesia de San

Cirilo y San Metodio. Allí los encontraron las tropas nazis y los asesinaron

junto con otros miembros de la resistencia de Praga. Una placa les recuerda

hoy en ese templo con las siguientes palabras:

 

En esta Iglesia ortodoxa de los santos Cirilo y Metodio murieron el 18 de junio de 1942,

defendiendo nuestra libertad, los combatientes del ejército checoslovaco en el exterior Adolf Opálka, Jozef Gabčík, Jan Kubiš, Josef Valčík, Josef Bublík, Jan Hrubý, Jaroslav Švark.

El obispo Gorazd, el sacerdote Čitel, el Dr. Petřek, el presidente de la comunidad religiosa S.

y otros patriotas checos que facilitaron a los soldados un refugio fueron ejecutados. Jamás los olvidaremos.

 

La represión posterior fue encargada a Kurt Daluege por Adolf Hitler, que

consideró el asesinato como un afrenta personal. La tragedia ocurrió en

Lídice, una masacre que se convirtió en un símbolo de la barbarie nazi

durante la Segunda Guerra Mundial. Laurent Binet, autor de HHhH, libro

sobre la Operación Antropoide y los hechos sucesivos, dijo de la represión:

«Lídice simbolizó la barbaridad del nazismo, al igual que Gernika simbolizó

la barbarie del franquismo y del fascismo»[19].

Adolf Hitler dio la orden de destruir Lídice el 9 de junio. El mismo día,

miembros de la Gestapo acudieron a la ciudad checa y rodearon la población.

Ese primer día fueron fusilados ciento setenta y dos hombres de entre catorce y cuarenta y ocho años en la granja de la familia Horák. Mientras se

realizaban los fusilamientos, las casas fueron quemadas o voladas con

explosivos hasta arrasar la población. En el caso de las mujeres, se las

seleccionó para ser enviadas al campo de concentración de Ravensbruck. A

los niños menores de 14 años se les realizó un examen racial a fin de

comprobar si tenían los rasgos adecuados para ser adoptados por familias

alemanas y ser germanizados; los que no pasaron el examen fueron

asesinados o enviados al campo de Chelmno. No fue el único pueblo

arrasado, la aldea de Ležáky también sufrió su misma suerte, y todos sus

habitantes fueron exterminados.

Para los aliados, Lídice se convirtió en un símbolo del [20] Schrecklichkeit

nazi. La masacre fue utilizada en los carteles de propaganda, varias

poblaciones de todo el mundo en Brasil, México, Venezuela o Panamá

cambiaron de nombre para pasar a llamarse Lídice. Se escribieron novelas,

como la de Heinrich Mann, o películas como Los verdugos también mueren,

de Fritz Lang con guion de Bertolt Brecht. La represión posterior solo cargó

de razones la necesidad de eliminar al carnicero de Praga utilizando todos los

medios necesarios. Hoy en día nadie pone en duda que el asesinato de

Reynhard Heydrich fue un legítimo acto de resistencia. Un acto basado en el

derecho a la rebelión.

 

El derecho al tiranicidio. L’esperit català es un cuadro de Antoni Tàpies

creado en 1971. En la descripción de la obra del Museo de la Universidad de

Navarra, donde se encuentra expuesto, dicen del óleo que «expresa

fervorosamente todo un manifiesto de esperanza por medio de un palimpsesto

de grafismos que arañan la superficie del cuadro. Palabras como

“democracia”, “verdad”, “espiritualidad”, “cultura” o “Visca Catalunya”,

expresan signos de libertad arrebatados durante los años de la posguerra por

motivos políticos». Entre esas palabras desgarradas a lo largo del lienzo

aparece otra expresión que en pleno franquismo era toda una declaración de

intenciones: «dret al tiranicidi».

La Filosofía del Derecho acoge una figura que en términos históricos

proporciona un asilo terminológico a quien considera y siente los asesinatos

de responsables del régimen en periodo dictatorial como un derecho y un acto

de justicia universal. No es un concepto de nuevo cuño. El jesuita Juan de

Mariana escribió en 1599 De rege et regis institutione, una obra que leída hoy

todavía se puede considerar atrevida por los postulados radicales que defiende. En el texto el autor hace una encendida defensa de la necesidad de

desalojar al Rey si se comporta como un tirano, o si atenta contra algunos

preceptos fundamentales de la res publica:

 

si por sus desaciertos y maldades ponen el Estado en peligro, si desprecian la religión nacional

y se hacen del todo incorregibles, creo que los debemos destronar, como sabemos que se ha hecho más de una vez en España. Cuando dejados a un lado los sentimientos de humanidad se convierten los reyes en tiranos, debemos, como si fuesen fieras, dirigir contra ellos nuestros

dardos [21].

 

El concepto «destronar» queda despojado de ambigüedad cuando Juan de

Mariana continúa explicando su argumentación:

 

matar al príncipe como enemigo público, con la autoridad del derecho de defensa […] nunca

podré creer que haya obrado mal el que, secundando los deseos públicos, haya atentado en tales circunstancias contra la vida de su príncipe.

 

Posteriormente el derecho de resistencia o derecho de rebelión popular,

que teorizó John Locke, justificó la necesidad de un pueblo de levantarse

contra un tirano, aunque cuidándose específicamente de incluir el tiranicidio:

 

Siempre que la ley acaba la tiranía empieza, si es la ley transgredida para el daño ajeno; y

cualquiera que hallándose en autoridad excediere el poder que le da la ley, y utilizare la fuerza a sus órdenes para conseguir sobre el súbdito lo que la ley no autoriza, cesará por ello de ser magistrado; y pues que obra sin autoridad podrá ser combatido, como cualquier otro hombre que por fuerza invade el derecho ajeno […] si esos actos ilegales se hubieren extendido a la mayoría del pueblo, o si el daño y opresión hubiere tocado solo a algunos, pero en casos tales que precedente y consecuencia parecieren amenazar a todos, y todos se persuadieren de que con ellos peligran sus haciendas, libertades y vidas, y acaso su misma religión, no acertaré yo a decir cómo

podría impedírseles la resistencia a la fuerza ilegal contra ellos usada[22].

 

Este derecho fue la base de las declaraciones de derechos del siglo XVIII y

llegaría a las cartas fundamentales del siglo XX. Así se aprecia en dos de las

cartas fundamentales más importantes de la historia reciente contemporánea.

En la Declaración de independencia de Estados Unidos (1776) atribuyen

como derecho ciudadano la capacidad del individuo para derrocar al dirigente

que pervierta el origen de la Constitución:

 

Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que

son dotados por su creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad.

Por otro lado, la Constitución francesa (24 de junio de 1793), en la

Declaración de los derechos del hombre, otorgaba al pueblo el derecho de

insurrección:

 

Artículo 35. Cuando el gobierno viola los derechos del pueblo, la insurrección es, para el

pueblo y para cada una de sus porciones, el más sagrado de los derechos y el más indispensable

de los deberes[23].

 

Así pues, desde el punto de vista del análisis histórico, es la determinación

subjetiva de la consideración de tirano a un gobernante la que marca la

justicia misma del tiranicidio. No hay debate histórico ni legal que libre de

esa categoría la esencia del régimen nazi, de Adolf Hitler, y por tanto de sus

súbditos como Reynhard Heydrich. Nos asalta la paradoja cuando sus

alumnos de represión franquistas, sus aliados en armas y sus congéneres

ideológicos, que además tomaron el poder con un golpe de Estado y una

guerra sanguinaria, no tienen de forma generalizada esa concepción en la

democracia española. No son tiranos por ley, ya que sus dirigentes son

víctimas cuando son sometidos al juicio de la resistencia. Luis Carrero

Blanco, presidente del Gobierno del régimen dictatorial de Francisco Franco

no es un tirano, es una víctima del terrorismo. Las placas y memoriales son

para él, cuando las relativas al asesinato de Heydrich son para sus victimarios.

Decía Walter Benjamin que «ni los muertos estarán seguros ante el

enemigo si éste vence. Y el enemigo no ha cesado de vencer»[24], porque es la

victoria la que perturba y pervierte la memoria de los hechos. Cuando

Cayetana Álvarez de Toledo llama terrorista al padre de Pablo Iglesias por

haber militado en el Frente Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP) y

por haber sido detenido por la Dictadura por repartir propaganda contra el

Régimen, lo hace precisamente por la estructura cultural surgida del triunfo

del fascismo en la Guerra Civil, y por una transición que hizo perdurar los

vínculos de poder imbricados por el franquismo. Cayetana, como heredera de

la cultura del vencedor, se puede permitir deshonrar la memoria de la

resistencia franquista honrando la cultura hegeliana de las estructuras de

poder que le proporcionan la seguridad para calumniar y difamar con el relato

surgido de la propaganda franquista. Un paradigma que George W. F. Hegel

explicaba con un ejemplo concreto:

 

Cuando alguien camina por la calle en plena noche sin ningún peligro, no imagina que

pudiera ser de otra manera; pues la costumbre de vivir en seguridad es para nosotros una segunda naturaleza, y no nos damos cuenta de que esta seguridad solo es el resultado de unas instituciones

concretas [25].

Esa seguridad a la que se refiere Hegel fue creada durante el franquismo y

consolidada durante la transición. En el caso que nos ocupa, la proporcionó

un relato cultural que asiste a quien otorga la denominación de terroristas a

los héroes de la resistencia franquista, y lleva a la judicatura a quienes

intenten perturbar ese constructo llamando criminal a Melitón Manzanas. No

existen actos de terrorismo o actos de resistencia atendiendo a una verdad

epistemológica absoluta, existen relatos de poder que otorgan a cada acción

esa denominación dependiendo de los intereses políticos y el discurso

hegemónico. En 1942, el Premio Nobel de Literatura Thomas Mann comentó

lo siguiente sobre el asesinato del carnicero Heydrich en el programa que la

BBC tenía en lengua alemana llamado Deutsche Hörer!:

 

Desde la violenta muerte de Heydrich, la muerte más natural que puede experimentar un

sabueso sanguinario, el terror va en aumento en todas partes, de una forma más enfermiza y desenfrenada de lo que había sido jamás. Es absurdo, y una vez más nuestro disgusto se despierta por esta mezcla de brutalidad y gritos de lamento que siempre ha sido el sello del nazismo […]. Adonde quiera que iban los asesinos, manaban ríos de sangre. Por todas partes, incluso en Alemania, se le conocía sencillamente como el Verdugo […]. Ahora ha sido asesinado. ¿Y cómo están reaccionando los nazis? Están sufriendo calambres. Se están comportando, literalmente, como si hubiera sido atacado el más elevado nivel de la humanidad […]. Miles deben morir — hombres y mujeres—. Una ciudad entera, que presuntamente dio cobijo a los perpetradores, es masacrada y arrasada. La población superviviente de Praga debe estar en la calle mientras pasa la procesión funeral del santo. En casa, se ordena un pomposo funeral de Estado, y otro carnicero [Himmler] dice junto a su tumba que ha sido un alma pura y un hombre de profunda humanidad. Todo esto es enfermizo […]. Para decir que Heydrich fue una persona noble se necesita poder, un

poder absoluto para dictar qué es verdad y qué es imbecilidad [26].

 

Mann aclara de forma certera la razón por la que un acto es terrorismo y

otro, resistencia, y esta no es otra que el relato que emana del poder. Mientras

los nazis ejercían el protectorado del Reich en Checoslovaquia tenían la

potestad para determinar que Reynhard Heydrich era un hombre bueno

víctima del terrorismo. Solo cuando fueron derrotados, el relato impuesto

pudo ser superado por la historia. Ese es el motivo fundamental por el que

Melitón Manzanas aún es considerado víctima del terrorismo y no un represor

muerto en un acto de resistencia.

Pero la dictadura pasó. Estamos en democracia. Toda la argumentación

sobre la legitimidad del tiranicidio decae cuando los procesos democráticos,

de justicia social e instituciones dotadas de sufragio aseguran, con todas sus

deficiencias, el respeto a los derechos fundamentales de todo individuo. Es en

esta circunstancia donde el uso de la violencia es un hecho repudiable,

indigno e indecente, que cuando es enarbolado por individuos de izquierdas

adquiere una dimensión doblemente infame por su capacidad para pervertir

unas ideas justas.

La solidaridad es la ternura de los pueblos. Enarbolar una de las

proclamas más hondas del pensamiento progresista sin mostrarla ante

víctimas de cualquier signo es incompatible con la humanidad que se le

presupone a los valores de progreso y justicia social. La superior

autopercepción moral de muchos izquierdistas es incompatible con celebrar o

defender la muerte de personas inocentes en democracia, aun siendo

perfectamente conocedor de la historia reciente de nuestro país.

No es sencillo mantener un perfil propio desde la izquierda en un tema

como el terrorismo, en el que la simple exposición de hechos puede llevarte a

los tribunales, y en el que reconocer el papel de ciertos actores de la izquierda

abertzale en la llegada de la paz puede llevarte a la demonización y la

marginalidad. Pero el temor a reconocer la verdad histórica no puede

llevarnos a ser injustos con aquellos que han propiciado que España sea ahora

un país sin violencia. Por eso es necesario reconocer la labor de personajes

como Arnaldo Otegi en esa labor sin necesidad de mitificar su figura y

convertirlo en un referente. En la historia no se milita, se lee, se estudia y se

reconoce. Es a la hora de fijar homenajes cuando se adquiere esa pátina

cultural con la que mostrarte al mundo. Es en esa lid donde la romantización

de la lucha armada adquiere tintes grotescos en ciertos grupúsculos de la

izquierda que tienen que ser denostados y repudiados por cualquiera que se

digne llamarse progresista. Esa manera de hozar ha sido habitual en los

últimos años, cuando la violencia terrorista ya no existía, en una parte de

cierta izquierda nacionalista contestaria, y entre muchos acomplejados de la

izquierda mesetaria.

El procesismo de izquierdas ha exaltado esa idealización de la lucha

armada para vincularse de algún modo a la victimización de la represión

estatal, sin considerar que la única manera de vincularse en contra de la

represión es a favor de la justicia social. El diario La Directa, muy vinculado

a la izquierda alternativa catalana, publicó una entrevista a la etarra Marina

Bernardó en diciembre de 2019 que muestra el camino a evitar desde

posiciones progresistas. Un diálogo sin ningún tipo de pregunta que cuestione

la actuación de la terrorista, en tono hagiográfico, donde se presenta a la

etarra como una luchadora clandestina en pos de la libertad y víctima de la

represión del Estado. La entrevista, firmada por David Bou, asume los

postulados de la terrorista para que pueda expresarse con total normalidad sin

cuestionar los actos violentos en los que participó:

 

—¿Qué dirías a quienes durante tantos años os han definido como «terroristas» o «asesinas»? —Que se informen por medios que no son los masivos, que están contaminados y que

manipulan totalmente los conflictos. Mucha gente nos conoce personalmente y se sorprende de

que seamos buena gente, tengamos principios y valores como la solidaridad, el compromiso y el apoyo mutuo. Han podido ver cómo cae por su propio peso toda esa imagen de la «terrorista» de

sangre fría que solo quiere matar[27].

 

La poetización como luchadora de alguien que solo fue una terrorista

implicada en actos que nada tienen que ver con la liberación, se consigue

mediante el hurto de información. En la entrevista se obvia de forma concreta

la implicación de Marina Bernardó en los comandos de ETA en Barcelona,

Gaztelugatxe y Gorbea. Además de su participación en la estructura logística

para perpetrar los atentados que les costaría la vida a Francisco Cano y a José

Luis Ruiz Casado. Marina Bernardó ayudó al etarra Fernando García Jodrá a

esconderse tras la desarticulación del comando al que pertenecía. García Jodrá

fue el etarra que había asesinado a Ernest Lluch el 21 de noviembre del año

2000[28].

La distancia entre la calidad moral de Ernest Lluch y Marina Bernardó

trasciende su condición de víctima y victimario. Pero la mistificación

terrorista en ciertos sectores de la izquierda nacionalista no se circunscribe a

una desafortunada y cómplice entrevista. Porque Bernardó fue recibida con un

homenaje por el colectivo Rescat en su barrio de Gràcia, una asociación de

apoyo a presos próxima a la CUP que calificaba a Marina Bernardó de presa

política. En el discurso de agradecimiento, la etarra Bernardó colgó una foto

de Dolores López Resino (Lola) y la recordó: «Pienso especialmente en la

Lola, nuestra compañera [aplausos nutridos de los presentes] y quería dar las

gracias por todos los gestos que nos han llegado, todos los conciertos, las

campañas solidarias, y os animo a escribir a la Lola y a todas las presas y a

seguir movilizándoos en la calle porque tenemos trabajo». La homenajeada

por la homenajeada era Dolores López Resino, la Lola, miembro del comando

Barcelona. Entre otras labores, fue la responsable de logística del atentado

que acabó en Vic con la vida de nueve personas, entre las que había cinco

niños. No hay heroísmo en una actuación así, hay mucha miseria y

desconcierto por parte de quien en la actualidad considera a estas indeseables

un referente y las llama presas políticas. Porque no, Ernest Lluch no era

Melitón Manzanas, al igual que Miguel Ángel Blanco no era Luis Carrero

Blanco, una idea de democracia básica que no acaban de comprender muchos

impostores de las ideas de justicia, igualdad y respeto a los derechos humanos

que representa la izquierda. La idiocia infantil de una izquierda que ve en la

violencia en democracia un valor que ensalzar ha hecho más daño a la causa

del progreso que una dictadura criminal. Ha dotado de argumentos para la

represión a aquellos que solo podían esconderse en la caverna por haber

defendido un régimen dictatorial.

Porque si la izquierda no se separa con rotundidad de los dramas de su

historia perderá toda legitimidad moral para mostrarse como garante de los

humillados y ofendidos. Y es en el repaso de los personajes de nuestra propia

ignominia donde se tiene que encontrar el repudio a sus acciones para

cambiar y mejorar. Es mayor la infamia cuando se recuerda qué tipo de

miserables se escudaban en las ideas de la izquierda para llevar a cabo sus

acciones criminales. Somos nosotros, los que defendemos causas de justicia y

dignidad, los que tenemos que señalar a esa gentuza criminal que se llevó a

Miguel Ángel Blanco a un bosque para descerrajarle dos tiros y acabar con la

vida de un hombre humilde, sin poder, que solo creía en unas ideas diferentes

y las defendía en democracia pidiendo el voto a sus ciudadanos.