Infames

Antonio Maestre · Apéndice

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Infames

Introducción

Antonio Maestre

 

Infames

El retroceso de España

 

ePub r1.0

Titivillus 01.05.2021

Título original: Infames

Antonio Maestre, 2020

 

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

Llorar bonito…

A Noelia

INTRODUCCIÓN

 

Nosotros no podemos ser ellos, los de enfrente, los que entienden la vida por un botín sangriento.

MIGUEL HERNÁNDEZ

 

El drama de un país se puede entender observando y estudiando el

comportamiento de la clase que lo ha dirigido y que además ha evitado que

otros lo hagan. Aristocracia, burguesía, realeza, oligarquía, grupos sociales

diversos que cuando el progreso, el porvenir y la justicia social logran

preponderancia y amenazan con imponerse por la norma democrática,

encuentran sus puntos en común para instaurar la reacción. En España, la

cultura política derivada de la reacción antiliberal ha alumbrado un

pensamiento destructor que en los momentos más brillantes de su historia se

ocupó de devolverla a las tinieblas. Un desarrollo histórico conformado por

las vidas y actitudes de personajes infames y crueles que manejando su odio

con habilidad lograron retrotraer a nuestro país a la Edad Media cuando

empezaba a atisbar una luz al final del túnel. A veces solo la esperanza de esa

luminaria.

Este es un libro que pretende reconciliar al lector con su país poniendo en

valor a personajes rutilantes que fueron destruidos por el odio. La España de

nuestro tiempo está vinculada a nombres que llenan los recuerdos de dulzura

y que si hubieran ganado con su decencia o simplemente hubieran

sobrevivido habrían hecho de nuestro país el mejor de los conocidos. Pero la

gente decente vence en contadas ocasiones, y nuestra España está construida

sobre una lucha épica entre la luz y las tinieblas, entre aquellos que querían

dar pan y leche y los que solo ofrecían cadalso. Es a estos últimos, a los que

tenían la muerte como única divisa, a los que conviene conocer. Vislumbrar

sus usos y costumbres y el poso ideológico con el que operaban, que desde la

caída del Antiguo Régimen edificó un imaginario que permite descifrar los

comportamientos reaccionarios del presente.

Personajes esbozados por un mismo trazo, grueso y grotesco como una

pintura negra, cuyos verdaderos rostros, protagonistas de esa España Negra

que tanto dolor ha causado, surgen en cuanto tomamos la debida distancia. Un

bosquejo que puede distinguirse sin importar la época en la que mostró su crueldad y que llega a nuestros días. Un viaje en forma de odisea, sin atender

a tiempos lineales, que permite descubrir la crueldad de miembros de la

Policía y de la Guardia Civil como Melitón Manzanas, Manuel Gómez

Cantós, o Manuel Sánchez Corbí. Siniestros políticos y filonazis como José

Finat y Escrivá de Romaní o miserables que soportaron enhiestos diversas

épocas de nuestra historia como Severiano Martínez Anido, un profesional de

la represión como no ha habido otro. Un recorrido por los personajes infames

de nuestra historia, que comienza con los responsables de las vilezas

absolutistas y serviles, desde Francisco Tadeo Calomarde, hasta llegar al

presente, con personajes más mundanos y con una cultura compartida como

Santiago Abascal o Isabel Díaz Ayuso.

Una descripción subjetiva y nada condescendiente de personajes viles y

abyectos, para que, al compararlos, sepamos apreciar el valor de los que

quedaron sepultados en los márgenes de los libros de historia del Bachillerato.

Un ejercicio que permita deshinchar la inflamación progresista con nuestro

propio país, para que no nos sintamos esclavos en nuestra propia tierra de una

historia que se nos contó para agredirnos.

 

España,

¿por qué cuesta decirte?

 

¿Por qué a veces pareces

una madre implacable

que le niega la leche a sus bastardos?

 

País de tanta luz,

¿por qué esta vocación de ser tiniebla[1]?

 

La idea de este libro es reconciliar a una parte de nuestro país que lo mira

con desconfianza, porque se ha construido poniendo en valor a aquellos cuyo

único mérito es haber vencido y ser más crueles y despiadados. Mostrando de

manera abierta que nuestra contemporaneidad es una lucha entre el progreso y

la reacción, y que señalar a los villanos es una forma de reivindicar a nuestras

heroínas. Pero siempre teniendo presente el dolor que ellos infligieron.

La conformación de una realidad social determinada en un espacio y un

lugar concretos no es más que la proyección de las filias, fobias y

perversiones de los habitantes de cada tiempo. La historia, en términos

generales, se construye a través de las realidades personales de diversos

especímenes de todo cuño. Distintas expresiones vitales determinan que un

país en un determinado momento de la historia vire hacia un episodio dramático o de progreso. Se puede comprender el devenir de un tiempo

histórico sabiendo cómo trata a un camarero el presidente del Gobierno, o

cuál es el futuro de un pueblo al conocer los complejos de un emperador

cuando se mira al espejo. Son las miserias humanas de personajes con altas

responsabilidades las que determinan el devenir de las masas subsumidas. La

dialéctica antiliberal. La crueldad como elemento de retroceso de nuestra

patria.

En España se podía salir de paseo por el Parque del Retiro y disfrutar de

las vistas de la cabeza de un liberal pinchada en una pica. Vicente Richart fue

un general liberal que en 1816 intentó asesinar a Fernando VII junto con otros

colaboradores en la denominada «Conspiración del Triángulo». Fue ejecutado

en la Plaza de la Cebada junto al barbero Baltasar Gutiérrez por su plan para

acabar con el monarca en una de sus habituales visitas a un puticlub cerca de

la Puerta de Alcalá. El camino viejo de Vicálvaro Ambroz acababa en la

Puerta de Alcalá hasta la construcción del Parque del Retiro y más tarde fue

desviado para instalar las verjas del parque. Era lugar de paseo de la

aristocracia del XIX en Madrid, y por tanto el mejor sitio para poner una picota

mostrando la cabeza sangrante de un traidor liberal[2]. El motivo por el que

pocos españoles conocen la extendida práctica borbona de descuartizar

liberales y expandir sus trozos por los caminos de la villa tiene que ver con

una carencia y un elogio. La carencia es que en España no aprendemos

historia, sino el relato nacionalista triunfante. Y la cosa borbónica está

impregnada en lo más profundo de ese cuento. El elogio es la loa a la

neutralidad equidistante, aquella que muestra que entre un liberal defensor de

la Constitución que quería asesinar a un borbón y un rey absolutista, prefiere

buscar una posición intermedia, moderada, cuando no rendirse al felón.

Fernando VII mantiene honores y boatos. Monumentos como La

Fuentecilla, construida en su memoria en 1815 con la inscripción de el

deseado. Aunque aquí, editorialmente, preferimos la denominación de

«desdichada fuente», como la llamaba Ramón de Mesonero Romano por

honrar a semejante ser infame. También cuenta con calles y avenidas en

muchas ciudades de España, a pesar de ser un rey odiado por el pueblo.

Vicente Richart no tiene un recuerdo ni en Biar, el pueblo alicantino que le

vio nacer. No digo ya en Madrid, donde solo la idea de acabar con el peor

monarca de nuestra historia le habría hecho merecedor de darle nombre a la

Puerta de Alcalá, allí donde su cabeza fue exhibida en una pica.

España siempre ha soportado una carga que le ha impedido progresar, una

rémora que obstaculizaba cualquier atisbo de luz y esperanza. La comprensión de los momentos estelares de nuestra pobre realidad se puede

trazar ilustrándolos con un bestiario de la villanía contemporánea. De aquellos

personajes que impidieron avanzar y que en momentos cumbres favorecieron

la regresión y el retroceso social, cuando no fueron parte del terror más

infame. También a través de aquellos colaboracionistas cobardes e inanes

que, perfilados al estilo del oscuro conformista de Moravia, favorecieron que

unos pocos, guiados por su vesania, se alzaran triunfantes. Pero sobre todo,

por encima de todo, la historia de lo que pudo ser y no fue se comprende a

través de aquellos hombres y mujeres que en momentos oscuros se levantaron

frente a la tiranía e intentaron construir un país de libres e iguales en el que

todos tuvieran la oportunidad de desarrollarse de manera digna y con alegría.

De la revolución a la reacción por el favor de los tibios, conniventes y

consentidores. La historia de España es la de la triunfante reacción antiliberal.

Santos Juliá, en su libro Demasiados retrocesos, cita a Francisco Ayala para

situar esta dialéctica histórica:

 

Resumirá la historia reciente de España o de los españoles a uno y otro lado del Atlántico

como «la pugna de la civilización (es decir, del nacionalismo liberal burgués) contra el

tradicionalismo católico-absolutista y la barbarie» [3].

 

La memoria colectiva se hace poniendo en valor los referentes, pero

también señalando a los antihéroes, a los responsables de que la regresión, el

mal, la pobreza, la injusticia y la crueldad hayan sido pilares de la

construcción de la identidad nacional. Evidenciar las grandes estructuras de

coacción del progreso es fundamental para poder elaborar una conciencia

moral democrática que ayude a crear un ambiente próspero de concordia. La

ignominia y la infamia de la carcunda se han vinculado a diferentes aspectos

de la historia de España para lastrarla a través de la educación, la represión de

la mujer, la seguridad y la identidad nacional. Conocer a los reaccionarios que

se postularon frente al liberalismo de José María Torrijos y al trienio de

Riego. Poner en valor un liberalismo progresista que no tiene nada que ver

con la concepción actual, próxima a los liberales doctrinarios del sufragio

censitario y alejada del ideario de democracia liberal en una economía

socialista que proponía Max Aub.

Los conceptos básicos que vehiculan este texto son el señalamiento de los

crueles e infames, la alabanza de las víctimas y los referentes morales, y el

reconocimiento y asunción de los propios errores. Estas tres ideas

fundamentales vertebran cada capítulo. Esta es una historia de malos que

huye del maniqueísmo ideológico con que se intenta reducir a lo abstracto el

pensamiento propio, y también el colectivo, pero sin renunciar a unos postulados claros y firmes desde una perspectiva marxista que tiene como

enfoque la visión de los humildes y la construcción del relato desde el punto

de vista de la clase trabajadora y sus necesidades, angustias, deseos y

quebrantos. Honrando la tradición de la historiografía marxista.

La introspección ideológica es imprescindible para avanzar, y es en la

visión crítica de los derrotados donde la izquierda tiene todo que aportar.

Reinhard Koselleck señaló una paradoja que ayuda a comprender esta curiosa

dialéctica:

 

Si en el corto plazo son los vencedores quienes hacen la historia, a largo plazo las ganancias

históricas de conocimiento proceden de los vencidos[4].

 

Es Enzo Traverso quien apunta en Melancolía de izquierda el camino a

seguir para recuperar la dignidad y el arrojo perdidos tras la derrota

existencial que supuso el derrumbamiento de la obra socialista en 1989. A tal

fin, nos propone referentes ineludibles como Eric Hobsbawm, el inmenso

historiador marxista, con el que ejemplifica cuál sería una posición moral

aceptable ante la historia. Sin militar en ella, simplemente como herramienta

de comprensión y análisis para la construcción del ideal social:

 

Hobsbawm reconocía las atrocidades de Stalin, a quien presentaba como un «autócrata de una

ferocidad, una crueldad y una falta de escrúpulos excepcionales (algunos la calificarían de únicas)», pero agregaba de inmediato que en las primitivas condiciones de la Rusia zarista habría sido imposible modernizar e industrializar el país sin autoritarismo y violencia […] A sus ojos «La tragedia de la Revolución de Octubre radicó precisamente en que solo podía producir este

tipo de socialismo dirigista cruel y brutal» [5].

 

La posición moral de la izquierda ante los errores de sus ancestros

ideológicos no puede ser exonerarlos, disculparlos o justificarlos, sino

reconocerlos para incluirlos en el análisis histórico, y que sirva para la

construcción futura de un país que enarbole la defensa de los derechos

humanos como los cimientos sobre los que edificarse.

Lucio Magri utiliza un poema de Bertolt Brecht llamado «El sastre de

Ulm» para mostrar la enseñanza de la derrota del socialismo como un

aprendizaje. Cómo un proyecto tan avanzado a su tiempo no pudo

consolidarse, debido a la situación objetiva con que se encontró, pues no tuvo

tiempo de aprender de sí mismo ni de su comportamiento, de sus errores y de

sus aciertos. Por echar a volar demasiado pronto sin margen de error y sin red

de seguridad. Decía Bertolt Brecht en su poema:

 

—¡Obispo, puedo volar!

—le dijo el sastre al obispo—.

¡Fíjate, voy a probar!

—Y con algo como alas

el sastre subió al lugar

más alto de la catedral.

Pero el obispo no quiso mirar.

—Como el hombre no es un ave,

eso es pura falsedad

—dijo el obispo del sastre—.

Nadie volará jamás.

—El sastre ha muerto —la gente

al obispo fue a informar.

Fue una locura. Sus alas

se tenían que desarmar.

Y ahora yace destrozado

sobre la plaza de la catedral.

—¡Que repiquen las campanas!

Era pura falsedad.

Como el hombre no es un ave

—dijo el obispo a la gente—

¡nunca el hombre volará[6]!

 

Y sin embargo, voló. El sastre de Ulm solo fue un precursor que no tuvo

tiempo de mejorar y perfeccionar una idea utópica que con el paso de los años

y el progreso se pudo llevar a cabo. Era cuestión de tiempo, solo se precipitó,

y no tuvo oportunidad de enmienda. Esa es la premisa fundamental en la que

se basa la idea de Magri de revisión, reconstrucción y reafirmación de las

ideas del socialismo para un futuro, sin importar que en el pasado fuera un

fracaso. Lucio Magri expone que el capitalismo sí incurrió en tremendas

contradicciones a lo largo de su historia, pero además tuvo la oportunidad de

revisarse mientras se construía sin importar el antagonismo entre teoría y

práctica. Un estado liberal que afirmara a la vez la libertad de pensamiento y

la defensa de la naturaleza humana mientras se construía a base de esclavitud,

colonialismo o de la expulsión de los campesinos mediante las enclosure

acts[7] solo podría sobrevivir sin que las contradicciones lo desarmasen

gracias a la ausencia de un sistema alternativo que lo superase, o por el uso de

la fuerza. Magri lo exponía de la siguiente manera:

 

¿Cuánto tiempo, cuántas luchas cruentas, cuántos avances y derrotas le fueron necesarios al

sistema capitalista en una Europa occidental al comienzo más retrasada y bárbara que otras

regiones del mundo para encontrar al final una eficiencia económica jamás conocida, darse

nuevas instituciones políticas más abiertas, una cultura más racional[8]?

 

Esa es la razón fundamental por la que la historia del pensamiento

socialista no tiene que morir en los errores del pasado. Porque si la historia

del capitalismo no fue unívoca y no consiguió establecerse y consolidarse sin

caer en los mismos errores, tragedias y costes en vidas humanas, no hay

motivo para pensar que su antagonista no vaya a tener una oportunidad en el

futuro, cuando el agotamiento del sistema capitalista dé muestras de llegar a

su fase de exhalación. Por esa razón la izquierda necesita armarse, estar atenta

para no dejar pasar su oportunidad cuando esta llegue a presentarse. No solo

desde el análisis global e histórico, sino desde el local y concreto, y, más

importante, desde el ejercicio de la autocrítica y la construcción de un

imaginario referencial que muestre hasta qué punto se está en el lugar

adecuado de la historia. Esa conciencia se construye en este texto a través de

la exhibición de los enemigos y adversarios, y también de aquellos

antagonistas que mediante la solidaridad, la justicia y su propio compromiso

escribieron las mejores páginas de nuestro país. De la España que pudo ser y

no fue. Porque hubo otro país posible, y aún lo es.