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Antonio Maestre · Capítulo 4 de 7

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4. El virus nacionalista. Del procés embaucador al ultra español y la izquierda pusilánime

CAPÍTULO 4

 

El virus nacionalista.

Del procés embaucador al ultra español

y la izquierda pusilánime

 

MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN: Bueno, creo que el nacionalismo tiene un cierto riesgo de derivar hacia una forma de fascismo, según como se interprete o analice.

LLUÍS LLACH: Está clarísimo.

 

«Independentismo, nacionalismo… y algunas alertas sobre “el parafascismo”»

El País, 12 de septiembre de 2015.

 

No hay nada más peligroso para el común de los ciudadanos que los

nacionalistas que fingen combatir pero que suelen unirse para subyugar el

progreso colectivo. Siempre hemos sido conscientes, desde posiciones de

izquierda, de que no es lo mismo un nacionalismo opresor que uno oprimido,

teniendo siempre presentes a Lenin y al maestro Montalbán:

 

Cabría recuperar alguna de las afirmaciones de Lenin que, a pesar de que haya caído el Muro

de Berlín, de vez en cuando sirven. Dice que existen nacionalismos opresores y a la defensiva y que es preciso apostar por los últimos. Puede que sirva como principio teórico. La defensa del derecho nacional me parece legítima hasta que no se produzca una situación de auténtica igualdad de oportunidades y para evitar que se manipule la propia identidad. Ahora bien, cuando pasa a ser un factor excluyente, que persigue todo aquello que no adopta exactamente la misma posición,

reproduce el discurso único al que se opone por otros procedimientos[91].

 

Y en esa virtud de desentrañar hasta qué punto el nacionalismo oprime o

es oprimido, y cuándo pasa de oprimido a opresor, nos enredamos en diatribas

y disquisiciones eternas que a veces nos hacen perder la perspectiva de los

problemas reales. El nacionalismo es un problema histórico en España. Lo ha

sido todavía más en los últimos años, en los que la omnipresencia del tema

catalán ha copado el espacio en la opinión pública y los más intolerantes de

distintas banderas han ganado presencia frente a quienes, incluso desde

posiciones nacionalistas, tenían una visión más tolerante del divergente.

Soy antinacionalista por principios. Antinacionalista por todos aquellos

esencialistas, pero un antinacionalista que recoge entusiasmado el Sempre en

Galiza de manos de un nacionalista gallego que quiere llevarme por el buen camino. Antinacionalista mientras lo leo con placer. Puede que por haberme

criado en Fuenlabrada, odiando Fuenlabrada, porque yo era del Partizan de

Belgrado y eso marca.

Soy hijo del Partizan de Fuenlabrada. Una población que se vio increpada

e insultada cuando apoyó como suyo un equipo de Belgrado que huía de la

guerra y vio cómo una localidad de la periferia madrileña consideraba su

equipo a un grupo de exiliados serbios y un croata, frente a un equipo de

Badalona o Madrid.

El poema de Pedro Sáez Serrano titulado «Yugoslavia» puede hacer

comprender mejor mi aproximación al nacionalismo desde la infancia con el

baloncesto de fondo:

 

Yo quería ser yugoslavo,

igual que Mirza Delibasic,

y jugar al baloncesto al estilo de Ljubliana,

es decir,

con elegancia, sagacidad y precisión,

y tener una novia eslava,

vestida de konsomolski los sábados por la tarde,

justo antes de ir a cenar borsch y vino de primorska,

y ser independiente de Moscú,

y ganar muchas medallas de oro y plata sin aparente esfuerzo.

Yo quería ser de esos tipos que les robaron a los yankis sus juegos

patrimoniales,

la llama y la elocuencia del básket posmoderno.

 

Sí, yo quería ser yugoslavo,

y durante muchos años mantuve viva esa ilusión precisa,

hasta los veintitrés años exactamente,

en que me la quitaron a fuerza de muerte y estupidez rampante,

y me dejaron huérfano y helado contra los muros del fango.

Durante mucho tiempo pobló mis pesadillas una imagen elocuente:

«chetniks en el bosque, hay chetniks en el bosque».

 

Pero aunque ya no quiero ser yugoslavo

(ya no quiero ser nada)

sí quiero ser como Mirza Delibasic,

porque él nunca abandonó la ciudad de Sarajevo,

aunque bien pudo hacerlo,

pues estaba enfermo,

y sus amigos españoles no dejaron ni un día de llamarle.

Nunca abandonó a sus hermanos martirizados.

Yo quiero ser como él:

lanzar a canasta desde una silla de ruedas,

lanzar a canasta desde una tarde de la infancia,

en un solar donde crecen crisantemos,

mientras la ciudad se derrumba a nuestro lado como un cisne

invencible[92].

 

Yugoslavia, antinacionalismos y Fuenlabrada. Una extraña mixtura que se

entiende cuando se conoce la historia del Partizán de Fuenlabrada. En

septiembre de 1991 la FIBA obligó a los equipos de Yugoslavia a buscar sede

fuera del país debido a la situación de inseguridad y tensión que se vivía en su

territorio por una guerra de tensiones nacionalistas que acabaría con decenas

de miles de muertos y las escenas más crueles desde la Segunda Guerra

Mundial en Europa. El Partizán de Belgrado, Partizán de partisano, eligió el

pabellón Fernando Martín en la localidad obrera al sur de Madrid, y les

acogimos como si fueran los nuestros. El equipo de Zeljko Obradovic como

entrenador y Sasha Djordjevic como joven estrella comenzó a sorprender a

todos en la Euroliga, y la comunión con la afición fuenlabreña fue

instantánea. El pabellón se llenaba para animar a un equipo de serbios y al

croata Ivo Nakic, una muestra de que el compañerismo puede a los conflictos.

La prensa española no comprendió que en un encuentro con el Joventut de

Badalona la afición del sur de Madrid animara con pasión a sus partisanos de

Belgrado. Y seguirán sin comprenderlo. No importa. Eran serbios y croatas,

pero eran el Partizán de Fuenlabrada.

La izquierda siempre se ha encontrado desubicada al relacionarse con los

nacionalismos esencialistas. No se comprendería la aquiescencia con un

personaje como Quim Torra si la bandera que enarbolara tuviera menos

franjas. Existe un trauma considerable con el procesismo que le lleva a

aceptar con normalidad un tipo de nacionalismo que enarbola como referente

el fascismo catalán de Estat Català. Porque personajes infames en la historia

de España los ha habido de todo cuño nacionalista. Antes de repasarlos es

necesario hacer una introducción que ayude a comprender las reticencias

hacia los comportamientos esencialistas dentro de todos los nacionalismos,

para poder definir las actuaciones de esos personajes que propician la

regresión del bien común en la historia de España. Hay un cierto complejo

iletrado en buena parte de la izquierda allende las fronteras de las regiones históricas para cuestionar que el derecho de autodeterminación es un dogma

que no puede ser revisado ni atendiendo al análisis concreto de la situación en

el contexto actual que vivimos.

Existen argumentos amplios e históricos para cuestionar la apelación

constante del nacionalismo procesista. Existen argumentos para negar el

derecho de autodeterminación equiparándolo al derecho de secesión.

Argumentos jurídicos, porque el derecho a la autodeterminación no está

vinculado al derecho de secesión, como recoge la resolución de la Asamblea

General de la ONU 1514 (XV) de 1960. Argumentos, otros, que afirman que

Cataluña y sus ciudadanos ya tienen el derecho de autodeterminación al ser

un sujeto político de entidad colectiva que lo ejerce de manera habitual en el

entorno de un Estado democrático y puede articularse de diferentes formas.

La secesión y el independentismo son una de ellas, como también lo son el

autonomismo, el autogobierno, el localismo, el federalismo o cualquier

otra[93]. En este punto, José Jiménez Sánchez ofrece una clave importante en

Democracia y nación:

 

Habermas cree que no habría justificación para un derecho a la autodeterminación en

regímenes democráticos donde se reconocieran derechos civiles iguales, por lo que la secesión solo se justificaría «cuando la violencia de un Estado central priva de sus derechos a una parte de

la población que está concentrada en su territorio»[94].

 

No solo existe la crítica desde el punto de vista jurídico, sino desde el

teórico, y desde visiones más a la izquierda del progresismo. Existe una que

desde el punto de vista marxista siempre se debe tener en consideración, y es

hasta qué punto la secesión puede ser beneficiosa para la mejora sustancial y

concreta de la clase trabajadora, de las clases populares, en definitiva, del

sujeto político al que se dirige la izquierda. Para Eric Hobsbawm, en lo que

respecta al contexto del siglo XXI, está claro:

 

En la forma wilsoniana-leninista clásica, el lema de la autodeterminación hasta la secesión e

incluyendo a esta como programa general no puede ofrecer ninguna solución para el

siglo XXI [95].

 

El contexto lo determina todo, por eso el PSUC y su «un sol poble»

supeditaban la libre autodeterminación en los últimos años del franquismo a

la unidad de los trabajadores, no solo de manera interna, sino también externa.

¿Por qué lo que antes fue liberador ahora es reaccionario? Porque no hay nada

más perjudicial para los intereses de la clase trabajadora que la secesión de

una región rica del resto del país. La atomización de la clase trabajadora, de

los sindicatos de clase y la quiebra de la Seguridad Social solo perjudicarían a

los que más necesitan la unión proletaria.

La izquierda no puede servir de tonto útil de los intereses de una clase

privilegiada. Por el contrario, cabría seguir el razonamiento de Bertolt Brecht:

 

El señor K. no consideraba necesario vivir en un país determinado. Decía: —En cualquier parte puedo morirme de hambre.

Pero un día en que pasaba por una ciudad ocupada por el enemigo del país en que vivía, se

topó con un oficial del enemigo, que le obligó a bajar de la acera. Tras hacer lo que se le ordenaba, el señor K. se dio cuenta de que estaba furioso con aquel hombre, y no solo con aquel hombre, sino que lo estaba mucho más con el país al que pertenecía aquel hombre, hasta el punto de que deseaba que un terremoto lo borrase de las superficie de la tierra. «¿Por qué razón —se preguntó el señor K.— me convertí por un instante en un nacionalista? Porque me topé con un nacionalista. Por eso es preciso extirpar la estupidez, pues vuelve estúpidos a quienes se cruzan

con ella»[96].

 

La izquierda catalana nunca ha vinculado de forma directa la

independencia a un cambio en las estructuras económicas imperantes. No hay

estado social si lo único que cambian son las fronteras administrativas.

Cataluña el día después de la independencia seguiría formando parte del

entramado neoliberal global pero sin pertenecer a la UE y con las redes de

solidaridad debilitadas o completamente fracturadas con España, de una

manera totalmente insolidaria con la clase trabajadora del resto del país que se

empobrecería de manera irremisible.

Resulta evidente la cooptación del movimiento procesista por parte de la

burguesía nacionalista, un movimiento que nació desde abajo pero que

rápidamente fue fagocitado hasta servir a unos intereses de clase: «El

nacionalismo no fue creado, sino manipulado por la burguesía, para alcanzar

sus fines económicos». Esta conclusión de Josep R. Llobera[97] sirve como

corolario de una argumentación que arrasa con los simplismos que consideran

el nacionalismo como un mero instrumento burgués, pero sirve para

comprender el proceso de cooptación que ha sufrido el procés, y que ha sido

un ejemplo de manual de aquello sobre lo que alertaba Claus Offe a los

movimientos sociales para no ser diluidos. Un movimiento desde abajo

cooptado por las élites catalanistas para mantener su statu quo utilizando el

nacionalismo cuando estaban a punto de ser arrasadas.

Ese proceso no es una novedad creada por Artur Mas después de salir en

helicóptero tras las protestas de Aturem el Parlament, es un proceso histórico

muy bien estructurado por la convergencia catalana que tiene un sustrato

aprendido de muchos años de desmovilización obrera con la utilización de la

identidad nacional. Un extracto de Manuel Vázquez Montalbán en el artículo

«Hacia el posnacionalismo» publicado en El País en el año 2000 lo explicaba

de manera descriptiva:

Durante la primera parte de la Transición, la izquierda catalana, fundamentalmente el PSUC,

salió de la resistencia proponiendo una nueva Cataluña, asumidora del nuevo tejido social resultante de los movimientos migratorios, concepto aproximado al de la nación real de los ciudadanos. Los análisis del PSUC fueron superando progresivamente el mecanicismo interpretativo con el que el marxismo convencional había descalificado toda reivindicación nacional y contemplaba el asalto al franquismo, y un paso más allá de una política transformadora, como el resultado de la alianza del socialismo con el catalanismo popular. Pero el nacionalismo al uso reaccionó con la sospecha de que aceptar esa nueva Cataluña solo conducía a desvirtuar la Cataluña de siempre sobre la que tenían derecho de propiedad los supuestos catalanes de siempre, supongo que herederos directos de lo preibérico, o los que abjurasen de cualquier veleidad españolista, sea la de sentirse paisanos de los ciudadanos de España, superando el punto de vista de que eran ciudadanos adosados, fuera la de alegrarse cuando Perico Delgado

ganaba la Vuelta a Francia[98].

 

La sustancia y esencia de ese nacionalismo procesista surge precisamente

de la negación de la nación real de Jurgen Habermas en Cataluña. Se niega a

aceptar la pluralidad y la divergencia de la nación catalana en contraposición

con la étnica e imaginada que se encuentra en sus postulados esencialistas. El

conflicto de la Nissan se llenó de comentarios indignados de nacionalistas que

abjuraban de los huelguistas porque todos hablaban en castellano. El

nacionalismo procesista tiene como destinatarios unos individuos idealizados

que rechazan todo elemento que consideran colonizador, con el

correspondiente y necesario tic clasista.

El posnacionalismo pujolista que desgranaba Montalbán se sublima

durante el procesismo atendiendo a los postulados del nacionalismo

barresiano que adapta e instrumentaliza la nación real para encajarla en la

nación imaginada haciendo creer que son la misma. Según Auguste-Maurice

Barrès, para que el nacionalismo pudiera encarnarse, había que resolver la

cuestión social, una especie de social-nacionalismo que permitiera asegurar la

integridad del proyecto. Para ello había que atender las reivindicaciones de las

clases más depauperadas, al menos de manera retórica, articulando un

discurso emancipatorio aunque fuera de manera estética, y a su vez

comprender la transversalidad como el modo fundamental de transmisión de

las ideas sin que el proyecto tuviera como característica no ser ni marxista, ni

liberal, ni proletario, ni burgués. Un tipo de construcción nacionalista similar

a la que Enrico Corradini quiso para la Asociación Nacionalista Italiana, que

fue precursora y referente del fascismo.

El procesismo entroncaría directamente con esta manera cultural de

entender el nacionalismo desde un punto de vista esencialista, con tintes

barresianos pero adaptándolo a sus interioridades regionales e históricas.

Jamás aceptará un independentista ser nacionalista, ni mucho menos

barresiano, a lo sumo enarbolará el soberanismo, sin saber lo que eso significa. Pero no es más que un nacionalismo identitario de tipo étnico, al

estilo de lo que definía Eric Hobsbawm:

 

Estos movimientos de identidad étnica parecen ser reacciones de debilidad y miedo […]

pequeñas comunidades lingüísticas que son vulnerables a cambios demográficos modesto […]. Con todo, se encuentran reacciones parecidas entre poblaciones mucho más numerosas cuya existencia lingüística cultural no se encuentra amenazada de ningún modo […]. El Canadá francés puede servir de ejemplo de esta combinación de nacionalismo lingüístico pequeñoburgués intensificado con un choque futuro de masas […] la postura del nacionalismo de Quebec es la de un pueblo que se retira precipitadamente ante fuerzas históricas que amenazan con arrollarlo; un

movimiento cuyos avances mismos se ven en términos de debilidad en vez de como éxitos [99].

 

La izquierda catalana procesista ha obviado todo esto para desarrollar una

performance revolucionaria que le permita aparentar con algunas honrosas

excepciones que sí se ha creído los costes de desafiar la ley por una secesión

para ricos. Nada mejor que una historia de postureo para comprender cuáles

son las motivaciones de la «Bohemian Bourgueoise» cupaire. El 8 de

noviembre de 2017 había convocada una huelga de país en protesta por las

declaraciones ante el Tribunal Supremo de los miembros de la mesa del

Parlament. Unos estudiantes cortaron las vías del AVE en la estación de

Sants, y cuando estaban las vías cortadas apareció la plana mayor de la CUP

con algún añadido común. Los políticos se quedaron más de media hora en el

vestíbulo junto al resto de la gente que esperaba para coger el AVE mientras

los estudiantes cortaban la vía y ni por un momento hicieron ademán de ir a

apoyar a los manifestantes; más bien se los veía con gesto contrariado,

preguntando a los mossos si habría posibilidad de viajar. Al poco tiempo

desaparecieron del vestíbulo. Se fueron al aeropuerto, para tomar el puente

aéreo. Al día siguiente estaban en la puerta del Tribunal Supremo para

hacerse la foto porque declaraba Carme Forcadell[100]. Los estudiantes

tuvieron que soportar un proceso judicial que duró cuatro meses y que acabó

archivado por la ocupación pacífica de las vías del AVE, ocupación que a

punto estuvo de perturbar el viaje cupaire[101].

Solo una bandera compartida puede hacer comprender la unión de

elementos de culturas políticas antagónicas e ideologías enemigas. Es siempre

el nacionalismo el que ayuda a comprender estos procesos de asimilación

común de un camino compartido que sirve para hacer olvidar la causa

colectiva que debería hacer progresar y poner en primer término los intereses

de las clases desfavorecidas. El uso del nacionalismo por parte de las clases

dominantes y de aquellos que aspiran a sustituir a las élites es un cometido

histórico tópico. Para Fredy Perlman, «El nacionalismo ofrece (a los más

desfavorecidos) algo concreto, verificado y que se sabe que funciona. No hay ningún motivo terrenal para que los descendientes de los perseguidos sigan

siendo perseguidos cuando el nacionalismo les ofrece la perspectiva de

convertirse en perseguidores todos»[102].

Ese conocimiento adquirido por parte de los nacionalistas burgueses que

enarbolaron la bandera del independentismo cuando tuvieron que huir del

«poble», les ha servido para guiarles a una Arcadia que les haga creer que

ahora serán ellas, las clases populares catalanas, las que se encuentren en lo

alto de la pirámide tras años de ser subyugadas. Convertir a la minoría en

mayoría es algo demasiado apetecible para ser rechazado. La pulsión

primitiva de que sea la minoría española en Cataluña la que sufra lo que el

victimismo nacionalista ha provocado que sientan los independentistas. Es en

ese sentimiento esencialista donde aparecen los grandes protagonistas del

nacionalismo catalán excluyente, entre los cuales el president de la

Generalitat, Quim Torra, ocupa una posición preeminente. Un sentimiento

que tiene mucho de necesidad de diferenciarse de los españoles, pero también

de los catalanes de clase trabajadora. Gregorio Morán ponía el acento en esa

característica específica de la burguesía catalana desde principios del

siglo XX:

 

La cristalización de las clases sociales estaba muy acentuada; bastaba con arañar un poco en

la costra para que apareciera la distancia que generaba la diferencia. Incluso el mar, patrimonio de las clases populares que se desarrollaron a su vera, no se vinculaba con la burguesía dominante, salvo en los negocios. Los burgueses habían construido casas y villas siempre mirando a la montaña, y no por razones religiosas, tan potentes como las del poder dictatorial, ni por una querencia hacia las montañas sagradas de Montserrat y Canigó. Era otra cosa que se basaba en la diferencia de la superioridad. Por eso no se preguntaba por la profesión o el patrimonio, bastaba con hacerlo por el lugar de procedencia. ¿Naciste en Cataluña o en la Meseta? Y se entendía por

Meseta todo lo que pasara los confines del mundo comarcal[103].

 

Son dos los elementos que definen la política de regresión social que

representa el Molt Honorable President. La burda utilización por parte de

Torra de la calle, cuando los manifestantes tendrían que mirarle a él para

mejorar su situación; y la apelación a la exclusión de todos aquellos que no

defiendan su posición esencialista. Esos elementos se pueden ejemplificar con

dos sucesos a los que Quim Torra aludió cuando propuso la vía eslovena para

lograr la independencia de Cataluña —la referencia balcánica puede ser

utilizada para comprender su proceder.

En octubre de 2019, en Cataluña se produjeron importantes disturbios y

movilizaciones en protesta por la sentencia que condenaba a los líderes del

procés a graves penas de prisión. Durante esos días, el president de la

Generalitat mandaba a los mossos a apalear a los ciudadanos que protestaban por el proyecto que Quim Torra comandaba mientras llamaba a salir a la calle

y caminaba con los manifestantes por la AP7 cortada.

La estrategia utilizada por Quim Torra es la de las «estructuras

movilizadoras» que ya fue empleada por Slovodan Milosevic en los años

anteriores al conflicto en Yugoslavia, entre 1986 y 1988, y a la que hace

referencia Francisco Veiga en el libro [104] La fábrica de las fronteras.

Slovodan Milosevic utilizó a ciudadanos serbios en manifestaciones para

lograr hacerse con el poder en Vojvodina, Kosovo y Montenegro durante las

revoluciones antiburocráticas. Estas estructuras movilizadoras recibían el

nombre Vojna Linija («línea militar») y consistían en la utilización por parte

de Milosevic de una masa de ultranacionalistas serbios que provocaban

enfrentamientos en las calles para desalojar a dirigentes que no fueran afines a

su plan panserbio. Utilizar a ciudadanos como carne de cañón.

Pero esta no es la única referencia balcánica que ayuda a entender las

motivaciones nacionalistas de Quim Torra y sus acólitos de segundo nivel. La

apelación a la vía eslovena podría haberse considerado un recurso retórico si

no fuera por los hechos conocidos que escondían similitudes inquietantes. En

un documento llamado «La atribución de la nacionalidad ante la

independencia de Cataluña», el Consell Assessor per a la Transició Nacional

(CATN) presidido por Carles Viver i Pi-Sunyer preveía, según La

Vanguardia, que «los funcionarios del Estado destinados a Cataluña que no

fuesen catalanes de origen o bien perteneciesen a determinados cuerpos de la

Administración serían repatriados a España y no se les permitiría acceder a la

nacionalidad catalana»[105].

Un borrador de la futura Administración que tiene un negro precedente en

la limpieza étnica administrativa llevada a cabo en Eslovenia, un país que es

tomado por el independentismo como un referente pulcro de la independencia

balcánica. En febrero del año 1992, el Gobierno, ya independizado, de la

República Eslovena de Milan Kučan eliminó el registro de residentes sin

informar a los ciudadanos afectados, que eran todos aquellos que no habían

solicitado la nacionalidad en los seis meses posteriores a la declaración de

independencia. Eso dejaba fuera del Registro a muchos ciudadanos serbios,

croatas, bosnios, gitanos o eslovenos que vivían en otras repúblicas de la

antigua Yugoslavia, convirtiéndolos en residentes ilegales o privándolos de la

ciudadanía. Esta limpieza étnica administrativa fue calificada por Janez Janša,

uno de sus artífices y actual presidente de Eslovenia, como inventada, aunque

el Tribunal Constitucional condenó al Gobierno a indemnizar a los borrados

en el año 2012[106].

«Nos borraron. Rompieron todos nuestros papeles. Estuve seis años sin

documentación y ahora soy un residente extranjero sin nacionalidad.

Reclamamos todos nuestros derechos ciudadanos», le explicaba Aleksander

Todorovic a Guillermo Altares en [107] El País. Este nacionalismo esloveno

que los líderes catalanes sienten cercano, con el que les gusta compararse,

equiparando el nacionalismo serbio de Slovodan Milosevic con España, no

está circunscrito a las comparaciones de Torra.

En diciembre de 1990, solo seis meses antes de la Guerra de los Diez Días

que llevaría a Eslovenia a la independencia, el president de la Generalitat,

Jordi Pujol, coincidió con Milan Kučan en Barcelona en una serie de

conferencias que el líder esloveno pronunció en la Ciudad Condal tras

resolverse la petición en Estrasburgo por parte de Pujol de la inclusión de

Eslovenia en la Asamblea de Regiones de Europa (ARE). Aquella visita

sirvió a fin de que Pujol pidiera radicalizar los postulados nacionalistas

eslovenos a fin de romper la unidad con Yugoslavia. Jordi Pujol aseguró en la

conferencia compartida con Kučan:

 

La paz europea y la convivencia se podrían sustentar sobre el silencio de los países pequeños,

de las lenguas y de las culturas no dominantes, y podría haber alguien que dijera que la paz y la unidad europea se tienen que basar sobre el ahogo de tradiciones históricas no dominantes. Si así fuera, ¿qué tipo de paz y de justicia sería ésta? ¿Qué Europa sería ésta que tuviera que basarse sobre el silencio, el olvido y la marginación de muchos países, de muchas lenguas y de muchas

culturas? Usted, señor presidente, ya me entiende[108].

 

En un momento en el que los Balcanes estaban en plena ebullición, Jordi

Pujol sirvió como uno de los estiletes que enardecieron la posición eslovena y

que desembocaría en la guerra de julio de 1991 que consolidaría la

independencia de Eslovenia con respecto a Yugoslavia.

La utilización del nacionalismo por parte de las élites burguesas ha

alcanzado una posición preeminente en Cataluña basándose en la

tergiversación histórica, y ha conseguido abducir finalmente a la izquierda

catalana por su incapacidad para combatir desde posiciones propias la

hegemonía cultural del nacionalismo burgués emanado de Jordi Pujol. Para

Vicenç Navarro la explicación está en la capacidad del pujolismo para

pervertir la memoria histórica:

 

Gran parte de la burguesía y la pequeña burguesía catalanas, junto con la Iglesia, por cierto,

apoyó el golpe militar y el franquismo, pero no así las clases populares. Ello explica la falta de arraigo popular en Cataluña de las fuerzas políticas que se perciben herederas de aquella dictadura y la gran capacidad de movilización que el nacionalismo tiene y que el pujolismo ha sabido utilizar hábilmente recuperando la memoria histórica que da una versión nacionalista de nuestro

pasado con sesgos y silencios importantes[109].

Esa perversión que arrastra a la izquierda en lo relativo a la alienación con

respecto a la memoria histórica que provoca el nacionalismo, se aprecia en los

referentes utilizados por parte de Esquerra Republicana de Cataluña y que son

compartidos con los nacionalistas conservadores como Quim Torra.

En abril de 2013, en la calle Muntaner se celebró un homenaje a Miquel y

Josep Badia i Capell, conmemorando el 77 aniversario de su asesinato por

pistoleros de la FAI. Al homenaje acudieron Oriol Junqueras y Quim Torra, y

en sus discursos ante un escaso público nadie recordó el oscuro pasado de los

Badia. Un relato hurtado para la construcción de un pasado ideal necesario en

todo imaginario nacionalista. Y un homenaje recuperado en 2020 por las

Juventudes de ERC, honrando al que fuera uno de sus referentes en los años

treinta: «TalDiaComAvui de 1936 els germans Josep i Miquel Badia van ser

assassinats al carrer Muntaner de Barcelona: Que eren persones d’acció no

n’hi ha cap dubte. Que van actuar sempre amb lleialtat a la Catalunya

republicana, també», publicaron en Twitter[110].

Los hermanos Miquel y Josep Badia eran dirigentes de Estat Català, una

organización que acabaría integrándose en ERC. Miquel Badia había creado

junto a Josep Dencàs las milicias paramilitares de las juventudes de ERC,

JEREC, organización que presentaba más de una coincidencia con el

fascismo, tal como han dejado en evidencia muchos historiadores. Los

escamots, nombre por el que se conocía a los miembros de la milicia, vestían

unas camisas verde oliva a modo que uniforme, y no tenían ningún problema

en utilizar la violencia contra cualquiera que no compartiera los postulados

nacionalistas extremos que defendían Dencàs y Badia.

Miquel Badia dirigía las fuerzas del orden de la Generalitat entre 1933 y

1934 como comisario de Orden Público. El Capità Collons («Capitán

Cojones»), apodo del que se había hecho merecedor por la violencia con que

se empleaba con sus adversarios, tuvo entre sus enemigos principales a los

anarquistas de la CNT y de la FAI. Según el historiador Eduard Puigventós,

se ocupaba «personalmente de los detenidos mediante palizas, amenazas o

reclusiones forzadas». En abril de 1933 los guerrilleros de las JEREC

comenzaron a mostrar su verdadera cara y para quién trabajaban. Aquel mes,

los ánimos entre los sindicalistas de la CNT y la FAI estaban muy caldeados,

como prueba el tiroteo perpetrado por el escamot de Dencàs en el barrio de

Sant Andreu contra unos sindicalistas de la FAI, según narraba Solidaridad

Obrera [111] el 15 de abril de 1933. Era solo el comienzo: el 18 de abril de

1933 el ramo de la construcción, a través de los sindicatos anarquistas,

convocó una huelga secundada por más de 35 000 trabajadores en solidaridad con los mineros de Cardona, que llevaban varios días encerrados. La huelga

comenzó a ganar adeptos de diferentes sectores, y fue entonces cuando los

hombres de Dencàs y Badia, con el permiso del gobernador civil, Claudi

Ametlla, hicieron de esquiroles sustituyendo a los trabajadores en huelga del

sector del transporte. Pero el enfrentamiento más grave que acabaría con una

conflagración total entre anarquistas y escamots de ERC al servicio de la

patronal burguesa ocurrió el 16 de julio de 1933; dos días después,

Solidaridad Obrera titulaba a toda página: «Las hazañas de los escamots».

Rodolfo Pérez Escudero era militante de la CNT y pintor de profesión. El

16 de julio de 1933 se encontraba en su domicilio de Barcelona en el Raval

cuando cuatro individuos, haciéndose pasar por policías, le instaron a

acompañarles a la jefatura de policía. Sin embargo, los cuatro hombres

llevaron al sindicalista a la sede de ERC que Estat Catalá tenía en la calle

Viladomat 83. Allí, los miembros de los escamots le instaron a dar los

nombres del comité de huelga del Sindicato de la Construcción. Según narra

el periódico Solidaridad Obrera, al sindicalista le torturaron durante toda la

madrugada y parte de la mañana, cuando el miembro de la CNT estuvo a

punto de escapar. Sus gritos hicieron que varias personas acudieran a la sede

de ERC para pedir la liberación del sindicalista, lo cual hizo la policía.

Rodolfo Pérez, después de ser torturado, pudo reconocer a uno de sus

captores y torturadores. Se trataba de Josep Badia. El miembro de la CNT

golpeado y vejado afirmó que uno de los hermanos Badia le dijo mientras le

golpeaba con una porra: «De aquí al martes acaba yo solo con todos los de la

FAI»[112]. El mismo día los miembros de la CNT acusaban a Josep Dencàs de

participar en las torturas a un sindicalista miembro de la asociación cultural

Faros.

El 25 de octubre de 1933 [113], varios escamots asaltaron la redacción del

diario satírico El Be Negre en respuesta a unos escritos críticos con las

JEREC que los periodistas habían publicado con motivo de un acto en

Montjuïc y que el diario calificó de fascista. La respuesta de los escamots de

Badia y Dencàs fue entrar pistola en mano y vandalizar la redacción. Uno de

los escamots de las JEREC destrozaba los moldes de la imprenta con un

martillo mientras otro amenazaba a los impresores con una pistola.

La fase aguda de fascistización de las juventudes de ERC se produjo, en

opinión de Xosé Manuel Núñez Seixas, tras el fracaso de la proclamación de

independencia de Cataluña del 6 de octubre de 1934, a raíz del cual Dencàs y

Badia tuvieron que huir por las alcantarillas del palacio de la Generalitat:

Lo que haría falta sería, para los separatistas, avanzar en el camino de la lucha armada. Los

jóvenes entusiastas del Bloc Escolar Catalanista y un núcleo próximo a éste autodenominado Moviment Nacionalista Totalitari, especialmente, entrarán de lleno en la órbita ideológica fascista, combinando la mitología pan-catalanista con la «revolución de Occidente», arrastrando a

un sector de Nosaltres Sols! en su deriva[114].

 

Nosaltres Sols! era la rama más extrema y próxima al fascismo de este

grupo de prohombres incardinados en el nacionalismo radical catalán de los

años treinta. Destacaban por encima de otros los nombres de Manuel Blasi y

Baldomer Palazón. Los posicionamientos teóricos del grupo, que acabaría

integrado también en Estat Català y ERC, son plenamente xenófobos, como

prueba un artículo titulado «Els perills de la immigració»[115], publicado en el

periódico del órgano el 9 de diciembre de 1933, que se expresaba en los

siguientes términos:

 

El peligro que le espera a Cataluña por la inmigración de tierras españolas. Los venidos de

Murcia son los más numerosos. De otras partes llegan también, y no son pocos, por cierto. Pero los murcianos son los que baten el récord. ¿A qué vienen a Cataluña? ¿Por qué vienen aquí? ¿Es que no tienen sus bellezas en el país del que son hijos?, ¿es que no quieren la tierra que los vio nacer? He aquí un hecho diferencial. Fíjense en el pagès catalán. Con qué amor viven en Cataluña, su patria, que alegres están de poder habitarla. ¿Y los murcianos? Abandonan sus tierras para irse a la aventura en otro lugar […] ¿Por qué no trabajan sus tierras? ¿Por qué no quieren como nuestro buen pagès sus tierras? Vete a saber.

¿Qué vienen a hacer aquí? ¡Ah! Sí. Una cosa. Enseñarnos su miseria por nuestras calles.

Portando enfermedades, algunos con graves enfermedades contagiosas. Quedarse en la calle, alojarse en nuestros hospitales, con el peligro comprobado, para nuestros enfermos catalanes de cualquier oficio de tener un precio más bajo, y con el grave peligro, comprobado también, de la pérdida de numerosos puestos de trabajo para nuestros catalanes […]. Pensamos que de la solución que se dé depende el futuro de Cataluña y de la raza.

 

La sección más próxima al fascismo de Nosaltres Sols! era la comandada

por Manuel Blasi, que en un viaje comercial a Hamburgo elaboró un

memorándum que entregó al Ministerio de Propaganda del III Reich,

ofreciéndose a su organización como aliada con el propósito de crear un

satélite fascista en Cataluña. El ofrecimiento jamás tuvo respuesta, porque los

nazis consideraban mucho más provechosa una relación con el fascismo

español, ampliamente consolidado y con el que ya tenían una estrecha

relación, que una posible alianza con un grupúsculo minoritario que defendía

la secesión de Cataluña.

No fue este el único ofrecimiento a los nazis dentro del nacionalismo

catalán. En septiembre de 1936, Josep Maria Batista i Roca, creador del

ORMICA —un intento de formación de un ejército catalán—, durante el

XII Congreso de Nacionalidades Europeas celebrado en Ginebra se reunió

con Werner Hasselblatt, un simpatizante del NSDAP de origen estonio, para que trasladara a Alemania la intención de crear un Estado de tendencias

fascistas en Cataluña, y, sobre todo, netamente antimarxista.

El fascismo catalanista fue una realidad incómoda que el nacionalismo

catalán intenta ocultar, porque no es conveniente para su ideario en un espacio

de confrontación con un nacionalismo español que ha conformado su cultura

política sobre cuarenta años de dictadura franquista. Lo cual no excusa que

muchos de los referentes, desde los ya mencionados hasta los conservadores

próximos al franquismo como los de la Lliga de Francesc Cambó, fueran

parte indispensable de la construcción actual del nacionalismo catalán.

Si la izquierda y la derecha catalana homenajean juntas a unos pistoleros

fascistas de la patronal que torturaban a anarquistas para romper huelgas, que

funcionaban como esbirros de la patronal y cuyo cometido era hacer de

esquiroles para impedir la mejora sustancial de los derechos de la clase

trabajadora en pos de un nacionalismo esencialista, quien se equivoca no es la

derecha.

La motivación que impulsa a compartir desde todo el espectro ideológico

nacionalista unos referentes comunes que son tan dispares para la cultura

política de izquierdas como para la de derechas, es la necesidad de hacer

frente común a un nacionalismo oponente. El historiador Xosé Manuel Núñez

Seixas lo define de forma clara:

 

Todo nacionalismo «separatista» surge por necesidad de oposición a un Estado-nación

preexistente considerado como opresor. Ese referente de oposición juega en este caso un papel nucleador del concepto de nación propio, con lo que en buena medida el tipo de «política» o alianza internacional que un nacionalismo periférico persiga vendrá determinado tanto por la necesidad de oponerse al Estado «dominador» (política ejemplarmente seguida por los

nacionalistas irlandeses desde fines del XIX: «England’s difficulty is Ireland’s opportunity»[116]).

 

Las dificultades para España son una oportunidad para Cataluña.

El nacionalismo en España tiene diversas representaciones, el catalán y el

español son solo dos de los existentes. Con características diversas y bien

definidas pero complementarias. Las excrecencias resultantes de Jordi Pujol y

José María Aznar son las mayoritarias en las expresiones políticas de los

actores presentes:

 

De esta manera las dos expresiones nacionalistas, el pujolismo y el aznarismo, son

antagónicas, pero ambas se necesitan electoralmente, pues la existencia de una pone en pie a las bases de la otra. Esta situación continuará independientemente de quién lidere tales fuerzas políticas […] Este antagonismo nacional oculta, sin embargo, una realidad importante, escasamente visible en nuestra cultura mediática y política, donde el lenguaje políticamente correcto excluye el concepto de clase social y poder de clase. En realidad, detrás de los discursos nacionalistas antagónicos hay una gran comunión de intereses de clase que explica la existencia

de la alianza entre el [117] pujolismo y el aznarismo que gobernó Cataluña y España desde 1996.

Si volvemos a la reflexión leninista del principio del capítulo, entonces el

nacionalismo español sería el que funcionaría en la actualidad como

nacionalismo opresor, si esta mecánica sirviera para comprender la dinámica

de nuestro país. Ese es el constructo victimista que justifica todo movimiento

secesionista. Pero como bien explicaba Navarro, los nacionalismos surgidos

de la cultura pujolista y aznarista tienen el mismo componente de clase, y

utilizan la guerra cultural para cerrar el paso a las opciones de izquierda. Por

mucho que después de los hechos de octubre de 2017 esta dinámica se haya

roto de manera temporal, su construcción identitaria se ha forjado basándose

en una simbiosis de enemistad compartida.

Si la construcción del nacionalismo catalán se ha realizado por

contraposición a un nacionalismo español opresor, la construcción del español

se ha fundado en el mito de la unidad de España y se ha consolidado con las

diversas campañas antisecesionistas, instaurando una sensación de

emergencia ante la ruptura de esa unidad, y denunciando la cesión cobarde de

la izquierda a esos intereses periféricos, la mayoría de las veces construidas

de manera ficticia, aunque hubiera hechos que ayudaran a hacerlo creíble. El

peligro de la unidad española fracturada ha estado en la génesis del golpe de

1936, en el desarrollo de la dictadura franquista, en los golpes de Estado

consumados o planteados en democracia, en la construcción como partido de

Alianza Popular, en la del Partido Popular en periodo electoral o ejerciendo

de oposición. Es la posición troncal de todo partido conservador y

nacionalista español. Y José María Aznar es su profeta.

El hombre fuerte del nacionalismo español es sobre todo un narcisista con

ganas de pasarles la cuenta a todos los que le humillaron. Una caracterización

propia de los complejos y tribulaciones que sufrió con su llegada al poder. Un

hombre despreciado por las oligarquías cuando llegó a la dirección del PP, al

que llamaban Charlotín por su bigote bufonesco. Aquello marcó su carácter.

Existe una anécdota que define la imagen providencial que tiene de sí

mismo José María Aznar, y ocurrió en las elecciones del año 2000, cuando

ganó las elecciones con 183 diputados. Afirmó a su círculo cercano que con

su victoria la Guerra Civil había terminado. Gracias a él la sociedad española

había superado los traumas de 1936 y había perdonado a la derecha su

responsabilidad durante el franquismo. La ideología política de Aznar es la

constructora del nacionalismo español actual, que supo modular la cultura

política franquista hasta modernizarla y librarla de sus complejos de culpa

para ahora mostrarse desatada, desacomplejada y radical. Una senda que

continúan transitando absolutamente todos sus émulos. Desde el desaparecido Albert Rivera hasta Pablo Casado, pasando por el más fanático de sus

alumnos, Santiago Abascal.