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Antonio Maestre · Capítulo 5 de 7

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5. Antiliberales y mercaderes de la patria. La podredumbre de la derecha española

CAPÍTULO 5

 

Antiliberales y mercaderes de la patria.

La podredumbre de la derecha española

 

En España —no lo olvidemos— la acción política de tendencia progresiva suele ser débil, porque carece de originalidad; es puro mimetismo que no pasa de simple excitante de la reacción. Se diría que solo el resorte reaccionario funciona en nuestra máquina social con alguna precisión y energía. Los políticos que pretenden gobernar hacia el porvenir deben tener en cuenta la reacción de fondo que sigue en España a todo avance de superficie. Nuestros políticos llamados de izquierda, un tanto frívolos —digámoslo de pasada—, rara vez calculan, cuando disparan sus fusiles de retórica futurista, el retroceso de las culatas, que suele ser, aunque parezca extraño, más violento que el tiro.

ANTONIO MACHADO, Juan de Mairena

 

Los antiliberales han sido el verdadero lastre de nuestra historia. Santiago

Abascal no será más que una nota al pie de la crónica de la ignominia y la

regresión, pero es el último exponente de esa España negra y parasitaria que

ha funcionado como una rémora, impidiendo que nuestro país disfrute de

buena salud para poder progresar. Un siervo de sus intereses y mayordomo de

las clases rentistas que han hecho todo lo posible por dejar a España en el

siglo XIX de los valores absolutistas.

Santiago Abascal es una magnífica muestra de la degeneración del

pensamiento conservador. Puede que sea la sublimación de esta. Abascal se

quiere ver a sí mismo como un miembro de los Tercios que recuperaban el

Imperio para España, pero conociendo su deriva moral y política no sería más

que un burócrata en la noche de los tiempos patrios. Hubiese sido un vasallo

fiel y servil de Pepe Botella en su lucha contra «el Empecinado», si eso le

sirviera para poder vivir con mucho oro y poca pala. Abascal no hubiera

dudado en convertirse en Javier Negrete y Adorno, un cómplice del General

Murat en 1808 que ayudó a reprimir el levantamiento del pueblo español

colaborando con los franceses. No le hubieran dolido prendas en levantar un

arcabuz para despejar de guerrilleros y echar una mano a los invasores. Esta

era la calaña que había, y que hay.

Para comprender modo en que actúa el gran líder de la extrema derecha

española serviría conocer algunos de los extractos de las cartas de Fernando VII a Napoleón desde su retiro tras las dobles abdicaciones,

mientras España lidiaba con una guerra contra el invasor español. Suplicante,

reptilicio y despreciable.

 

Mi mayor deseo es ser hijo adoptivo de su Majestad, nuestro soberano, yo me creo merecedor

de esta adopción que verdaderamente haría la felicidad de mi vida. Tanto por mi amor y afecto a la sagrada persona de su Majestad como por mi sumisión y entera obediencia a sus intenciones y

deseos [118].

 

Abascal solo ha sabido medrar a costa de plegarse e imitar el espíritu del

mastuerzo borboneado. Ha aceptado cualquier favor que le sirviera para no

trabajar nunca. No sabe lo que es ganarse la vida fuera del regazo de sus

mayores y el esfuerzo lo conoce de matarse en el gimnasio para curar su

complejo de hombre blando y afeminado. Cultivado y sumiso en el complejo

de derecha que durante diversas épocas atisbaba en el partido donde aspiraba

a progresar y que consistía en ocultar en el armario los pecados del pasado:

 

El fascismo europeo de los treinta (y español) era el pariente loco y violento de la buena

Derechona burguesa y alimentada. Los uniformes de antaño están en el armario y los viejos cuchillos de matar sindicalistas tiritando lorquianamente bajo la naftalina. Un clima de tabaco de Filipinas y alcanfor que había que ventilar abriendo las puertas a los progres de barrio, a los

socialistas de Ferraz y a los pintores hiperrealistas[119].

 

Abascal simplemente ha abierto el armario para encerar aquellos

cuchillos.

Reptando toda su vida para lograr cargos públicos. Victimizándose en

Madrid por haber sido amenazado en el País Vasco para lograr unos jugosos

puestos a dedo con los que ganar más de 60 000 euros al año con la única

ocupación de tomar cafés con empresarios y entregarles tarjetas por si dejaban

de subvencionarle. Un hombre interesado, sin talento ni escrúpulos. Que solo

tuvo la epifanía moral de crear un partido para salvar España a la semana

siguiente de que le cerraran el chiringuito con el que parasitaba a los

madrileños. Fuerte con el débil, servil y postrado ante el poderoso para que le

lleguen algunas migajas del festín.

Abascal aúna la peor condición de sus predecesores en el partido que

ahora repudia. La sombría, gris y burocrática presencia de Mariano Rajoy, y

la acomplejada, soberbia y despreciativa esencia de José María Aznar. Pero

sin ninguna de sus virtudes. Mariano Rajoy es Akaki, el personaje que

construyó Gógol en «El abrigo», un hombre que cumplía su labor con

pulcritud sin levantar la cabeza ni perturbase ante las bromas, desprecios y

conmiseraciones, un hombre taimado, pausado y constante. Anodino y de

bostezo presente, impertérrito y que ganaba estando, permaneciendo. Aznar es la revancha, la venganza y las deudas pendientes como única guía moral.

Abascal es esa mezcla grotesca de ambos, un hombre gris, de escaso talento y

de tez burocratizada con el odio y la vendetta como modo de purgar su

inhibición testosterónica.

El pensamiento reaccionario español, desde Fernando VII a Santiago

Abascal, definido en pocas palabras por un personaje de Benito Pérez Galdós:

 

Las modas francesas han corrompido las costumbres […] y con las modas, es decir, con las

pelucas y los colores, han venido la falsedad del trato, la deshonestidad, la irreligión, el descaro de la juventud, la falta de respeto a los mayores, el mucho jurar y votar, el descoco e impudor, el atrevimiento, el robo, la mentira, y con estos males los no menos graves de la filosofía, el ateísmo, el democratismo, y eso de la soberanía de la nación que ahora han sacado para colmo de

la fiesta[120].

 

¿Por qué es nuestra derecha tan infame? ¿Por qué no se asimila a las

derechas europeas? Hay que retroceder a la reacción contra La Pepa para

comprender los herrajes en los que se ancla la indecencia de un pensamiento

conservador antipatriota.

El pensamiento actual conservador bebe de varias fuentes, del

antiliberalismo absolutista, del liberalismo doctrinario, el pensamiento

moderantista, el carlismo y el nacionalcatolicismo. Pero sin duda, para

comprender la degeneración actual, hay que ir a la conformación del

pensamiento conservador en el siglo XIX, y así entender las raíces de los

comportamientos que se ven hoy en VOX, el PP y Ciudadanos.

El doctrinarismo o liberalismo doctrinario es el pensamiento en el que

pueden englobarse las raíces de los que hoy en día se llaman liberales pero

que traslucen comportamientos decimonónicos. El doctrinarismo basa su

pensamiento en la defensa de la monarquía, sus partidarios son realistas,

defienden la libertad, pero solo desde el punto de vista económico, su visión

del gobierno se basa en la sofocracia, el poder en manos de los mejores, en el

respeto a los derechos individuales, pero solo de una casta determinada, y en

la defensa constitucional como norma, junto con la defensa del

parlamentarismo y el principio de representación, insisto en que solo para

unos pocos. Es en esencia un pensamiento elitista que se vería reflejado en la

Constitución de 1845 y las expresiones que en ella se volcaron.

La carta magna de 1845 privilegiaba la monarquía dentro del precario

equilibro que existía entre orden político y divino. Tales características

definen el pensamiento reaccionario y lo vehiculan hasta nuestros días en

cualquier ideario conservador del presente. Se establece el sufragio censitario

por renta. Los más ricos votan, los pobres no. Se crea la Guardia Civil, dando

prioridad al orden y a la seguridad, y se establece como cuerpo represivo por excelencia, sobre todo en las zonas rurales. Se eliminan atribuciones de

instituciones administrativas locales y municipales, dotando al texto de un

fuerte carácter centralista y, sobre todo, se instauran los intereses de la alta

burguesía como preponderantes en la política económica, estableciendo una

mezcla de liberalismo económico y de proteccionismo para preservar los

intereses de los terratenientes. La fiscalidad de 1845 la podría firmar el gurú

económico del PP en la actualidad, estableciendo un incremento de las tasas

en la carga impositiva directa y una reducción en las contribuciones realizadas

en función de la renta. Se podría decir que el liberalismo cañí nació en 1845

de la mano de los doctrinarios. Reaccionarios en lo social, y liberales en lo

económico, pero solo en algunos casos.

La expresión española doctrinaria se conformaría en el llamado

moderantismo. Se trata de la visión patria del liberalismo europeo para que

sirva de garante del statu quo privilegiado de la alta burguesía como clase

dominante. Esta visión elitista y de segregación se explica por la percepción

moral que se tiene de la actividad económica fruto de la perversión de la obra

de Adam Smith por parte de la ideología moderantista, y que ha llegado a

nuestros días. En el pensamiento moderantista se produjo una asociación de

virtud y amoralidad que segregó a la ciudadanía estratificándola hasta el

presente, y que se basa en la identificación de unas determinadas cualidades

por clase. Esa percepción moral se trasladaba a la legislación, y acabó

conformando un corpus doctrinario e ideológico que impregna cualquier idea

actual del ámbito conservador y liberal, en lo que ahora llaman cultura del

esfuerzo y meritocracia. A pesar de que van apareciendo innovadores, no deja

de ser un pensamiento decimonónico:

 

La identificación del hombre virtuoso, laborioso, sobrio y ahorrativo, con el propietario

enriquecido mediante su esfuerzo; y la discriminación entre este tipo de hombre y los demás, los que, por arriba, componen las clases inútiles y los que, por abajo, son demasiado vagos o

despilfarradores, en definitiva, viciosos, para poder convertirse en propietarios [121].

 

No pasa desapercibido cómo se atisba ya en ese pensamiento moderantista

la identificación del que tiene éxito gracias al esfuerzo, sin atender a otras

consideraciones, y cómo, además, la mayor cota de progreso se alcanza al

convertirse uno en propietario. Esta idea la heredaría el pensamiento

nacionalcatólico, consciente de su poder antiemancipador, y se convertiría en

la operación ideológica de mayor perdurabilidad y trascendencia tras la

desaparición del régimen franquista. «No queremos una España de

proletarios, sino de propietarios», dijo en 1959 el ministro de la Vivienda José Luis de Arrese. Y fue brillante para sus intereses. Según el urbanista Ramón

Betrán:

 

El régimen franquista tiene un interés, como es natural, muy agudo por convertir a la

población española entera en una población de propietarios. La propiedad desde luego amansa. Cuando el obrero se convierte en propietario, inmediatamente baja el tono reivindicativo. La persona que tiene una deuda importante durante muchos años, y además tiene familia, como suele

ocurrir con el comprador de vivienda, no se puede permitir el lujo de ser un rebelde [122].

 

Esa obra ideológica suprema procedente del moderantismo es solo uno de

los pilares de su doctrina de pensamiento. Lo es también la segregación por

clase o renta. El summum del capitalismo aplicado a la concepción de la

percepción social, y puesta en práctica de manera integrista:

 

El trabajo y su materialización en riqueza o propiedad son los signos de elección. Por eso

solamente los trabajadores-propietarios pueden ser considerados ciudadanos à part entière, ciudadanos acreditados como tales, realmente interesados en esa gran empresa que comienza a

verse como constitutiva de la sociedad o asociación nacional[123].

 

Esta percepción moderantista de segregación por castas basada en el

sueño aspiracional de convertirse en propietario y, por ende, de alcanzar la

máxima cuota de ciudadanía, es la que ha infectado en la actualidad la falsa

ilusión de la clase media aspiracional, inducida por el pensamiento

conservador en boga. Solo el trabajo y la propiedad pueden hacernos alcanzar

la felicidad. Por eso hoy en día las constantes apelaciones a los derechos

sociales como la renta básica o el ingreso mínimo vital son despreciados con

argumentos clasistas y que son idénticos a los que emanan de los textos

doctrinarios.

El sufragio censitario por renta establecido en el siglo XIX está vinculado a

esta percepción economicista de la ciudadanía que perdura en la actualidad,

despreciando y segregando de forma clasista mediante estratagemas

encubiertas, pero igualmente efectivas para la pervivencia de una sociedad,

estratificándola, y obteniendo así muchos más beneficios para las élites.

Si el moderantismo viene a ser el pensamiento posibilista reaccionario, el

carlismo, en cambio, es el fundamento de la extrema derecha. De hecho los

integristas llamaban pasteleros a los moderantistas, y la cabeza visible de

estos últimos, Francisco de Paula Martínez de La Rosa era llamado por los

radicales Rosita la pastelera[124], utilizando el mote que Mariano José de

Larra le puso por cuestiones menos efervescentes. La derecha civilizada

frente al integrismo ultramontano.

El carlismo es una de las piezas doctrinales del pensamiento estructural

conservador español, basado en un lema fundamental: «Dios, Patria, Fueros, Rey». Es importante concedernos que al hablar de conservadurismo no

estamos hablando solo del que emana del nacionalismo español, sino también

de aquel del que se nutren los grandes partidos actuales de los nacionalismos

catalán y vasco.

 

Del foralismo carlista proviene el regionalismo, el «nacionalismo periférico» y luego el

separatismo. […] Convergència i Unió debe mucho más al ideario carlista que al sentido nacional propio del liberalismo decimonónico. Que el nacionalismo regionalista en España fuera perseguido por el dictador Francisco Franco, y que por ello estos nacionalismos parezcan, por comparación, «progresistas» es solo una paradoja más fruto de la pintoresca historia política española. […] El carlismo ha determinado una de las bases ideológicas más firmes de toda la derecha española posterior, no solo de la conservadora sino también de la extrema derecha, y muy especialmente del peculiar fascismo de la década de 1930 (imitador de criminales como Mussolini y Hitler, pero impregnado de una religiosidad ñoña y trasnochada); así mismo ha marcado la adhesión inquebrantable de la Iglesia y la concepción definitiva del ejército no como instrumento de la defensa nacional, sino como arma para la protección de los intereses de la clase adinerada. También surge del carlismo una determinada idea de España, la España negra que ronda en las salas de banderas, en las sacristías y en los despachos de los partidos de derechas. A los carlistas, la extrema derecha eterna, se les llenaba la boca con el nombre de «España», y de ellos proviene la costumbre cuartelera, vigente hasta hoy, de escupir más que pronunciar el nombre púnico de aquella tórrida península repleta de conejos. «¡¡¡Hespaña!!!» gritaban los carlistas, gritaron luego los fascistas y siguen gritando hoy los populares. Sin embargo, a unos y a otros les importa siempre un rábano España. Si te preocupa un país, lo construyes, no lo destruyes provocando guerras y enfrentamientos sin límite, única ocupación de la derecha española en sus

cinco siglos de triste historia [125].

 

Jorge Dioni defiende la pervivencia del carlismo en la estructura

sociopolítica actual y en los usos y costumbres de muchos de sus actores:

 

El carlismo es la intrahistoria de España, afirmó el historiador José Luis Villacañas. Nadie

lleva ya una boina roja ni luce un detente bala con el Sagrado Corazón en el cuello, pero la identidad propia como instrumento de repliegue y la desconfianza ante el estado central como

forma de defensa de los intereses generales se mantiene [126].

 

Este pensamiento carlista integrista nos alcanzó a través de diversos

personajes que eran el máximo exponente de considerar que la res pública era

patrimonio de unos cuantos privilegiados, y la muestra más descarnada de la

crueldad nacida del fanatismo. Uno de los más sanguinarios, que operaba

blandiendo el sable y dirigiendo partidas en la Primera Guerra Carlista, fue el

general Ramón Cabrera. Menos conocido que Zumalacarregui pero más

salvaje. Al mando de los ejércitos en Castellón, conocido como el Tigre del

Maestrazgo por la crueldad extrema con que actuaba contra los liberales y

quienes los ayudaban, su vida estuvo marcada por su eficiencia en el combate

y su falta de escrúpulos en la retaguardia.

Cabrera se endureció en una terrible guerra sin cuartel, donde sus partidas

carlistas actuaban con una fiereza poco conocida hasta el momento. Las

continuas batallas y escaramuzas en las que participó el general carlista provocaron que no tuviera asomo de piedad en ninguna de sus actuaciones,

dando buena muestra de ello en multitud de ocasiones.

 

No había cuartel para los individuos del ejército que hacía prisioneros; fusilaba a los

nacionales, asesinaba a los infelices paisanos, se ensañaba con cuanto le caía en las manos. Necesitaba sangre y matanza, y su gran espectáculo eran esas escenas bárbaras y a sangre fría que

él presenciaba con tanto gusto [127].

 

El proceder del general carlista se pudo observar en multitud de casos

durante sus campañas militares en el Maestrazgo. En el pueblo de Burjassot

ocurrió uno de los sucesos más terribles de la biografía de Ramón Cabrera.

Cuentan las crónicas de aquel momento que tras tomar sus tropas la población

cercana a Valencia el general preparó un festín para celebrar la victoria. En

medio de la fiesta, mientras deglutían y bebían vino en grandes cantidades,

mandó traer a los prisioneros, y en mitad del banquete, mientras seguían

disfrutando del condumio, ordenó fusilar por tandas a todos los prisioneros en

una orgía de sangre y vino.

Uno de los sucesos más conocidos de la historiografía sobre Ramón

Cabrera ocurrió cuando ordenó que fusilasen a los alcaldes de las poblaciones

de Torrecilla y Valdealgorfa, en la comarca de Alcañiz, por creer el general

que habían prestado ayuda a los liberales. El fusilamiento provocaría que, en

represalia, el General Agustín Nogueras mandara fusilar a Ana María Griñó,

madre de Ramón Cabrera, el 16 de febrero de 1836 en Tortosa. El hecho

encarnizó aún más la contienda en el Maestrazgo, y Ramón Cabrera expresó

sus intenciones: «Levantaré a la memoria de mi madre la más alta pirámide de

cadáveres que el mundo haya visto»[128].

Un edicto publicado por el general daba buena muestra de cuál sería su

proceder tras el fusilamiento de su madre:

 

En lo sucesivo será inmediatamente vengada por mí cada muerte de cada víctima con veinte

de las familias de los que continúen cometiendo semejantes actos. Los alcaldes que al margen se expresa harán publicar esta orden… que los curas párrocos la hagan saber en el púlpito bajo su responsabilidad.

Valderroble. 20 de febrero 1836. RAMÓN CABRERA

 

La represalia comenzó con el fusilamiento de cuatro mujeres que

mantenía como prisioneras. La historia de una de las fusiladas demuestra

hasta qué punto la vorágine de sangre había nublado el discernimiento del

general. Una de las jóvenes fusiladas se llamaba Cintia Fos, tenía 18 años, y

el general sentía algo especial por ella, puesto que le habría propuesto

matrimonio. Lo cual no le impidió llevar a cabo el asesinato.

Otro de los personajes siniestros de esta época que nos sirve para entender

el proceso de construcción cultural reaccionario es el cura militar por

antonomasia de nuestra historia, llamado Jerónimo Merino Cob (Villoviado,

Burgos, 1769), y conocido como el cura Merino. No debe confundirse con el

otro cura Merino, Martín, un sacerdote liberal que intentó asesinar a Isabel II

en la basílica de Atocha y falló por el corsé, y tras ser condenado a muerte por

garrote vil, cuando iba a ser ajusticiado exclamó: «Ea, cuando usted

quiera»[129].

Jerónimo Merino, el sacerdote carlista, fue una importante figura en la

guerra de la independencia contra los franceses, luchando con el favor de Juan

Martín el Empecinado. Pero tras el Trienio Liberal las cosas cambiaron y se

convirtió en su enemigo tras unirse a los realistas en defensa de la vuelta del

absolutismo. En 1833 pasó a defender la causa carlista junto con Ignacio

Cuevillas. El cura Merino fue nombrado capitán general de Castilla la Vieja y

comenzó su negra historia antiliberal. Personaje importante por su crueldad, y

por su condición de sacerdote.

 

La más numerosa y temible [partida] era la del cura Merino, monstruo que exterminaba a sus

enemigos con toda la crueldad imaginable. Sorprende a la verdad que los cabecillas carlistas más sanguinarios y crueles fuesen ministros del Señor. Nadie ha igualado en atrocidades a Cabrera, a

Tristany y al cura Merino; los dos últimos eran sacerdotes, el primero estaba en vía de serlo[130].

 

Porque no podemos comprender la derecha española sin la omnipresencia

de la Iglesia y el peso del catolicismo, impregnado en el siglo XIX por la

importancia de la obra de Donoso Cortés y sus posteriores correligionarios de

la escuela teológica, como Gabino Tejada, que definía con pluma extrema la

posición del catolicismo:

 

Para un católico, en materia religiosa, no hay otra verdad sino la suya, y por consiguiente

tiene que profesar la intolerancia esencial a la verdad. Siendo esta intolerancia, una necesaria ley fundamental del Estado Católico, el solo hecho de protestar contra ella o de ponerla en discusión,

constituye y debe constituir delito [131].

 

Es importante comprender la institucionalización de este pensamiento a lo

largo de la historia, incrustando el catolicismo en el Estado, y atendiendo a

nuestra propia ley sharia. Un tutelaje constante de la actuación de las

instituciones, satisfaciendo sus designios de fe y de moralidad, pero sin

hacerse cargo de la responsabilidad de esas decisiones.

La ignominia del peso eclesiástico en la historia de España se comprende

a través de varios personajes implicados en todos los momentos de regresión,

que vehicularon la ausencia de evolución democrática, social y piadosa. La

Iglesia decimonónica nos aportó buenos ejemplares de estos infectos individuos. Durante las guerras carlistas aparecieron los curas trabucaires,

levantiscos y crueles contra los liberales, y que eran la expresión última del

pensamiento de la curia de nuestro país en aquel momento, vinculado a lo

largo del tiempo a los diferentes momentos traumáticos de nuestra historia.

 

Los curas trabucaires, sacerdotes armados con trabuco que limpiaban la retaguardia de

progresistas, fueron la versión catalana del «vivan las caenas», un elemento fundacional del carlismo que desembocó con naturalidad en uno de los dos ejércitos que se enfrentaron en 1936. Y no fue precisamente el republicano, sino el rebelde, que tras su victoria instauró una

sanguinaria dictadura fascista que duró casi cuarenta años [132].

 

Ese pensamiento integrista estaba bien representado en uno de los

sacerdotes del periodo decimonónico que marcó parte del corpus doctrinal

reaccionario. El canónigo catalán Fèlix Sardà i Salvany (Sabadell, 1841),

escribió el libelo El liberalismo es pecado, que puede definirse como la obra

más importante del integrismo católico español. El canónigo catalán formó

parte del movimiento contrarrevolucionario y contrario a las reformas

progresistas que se extendía entre el clero en el XIX. Este ideario antiliberal se

oponía de manera frontal a la secularización y a la pérdida de poder por parte

de la Iglesia, y se mostraba en contra de las ideas ilustradas:

 

Los planteamientos doctrinales del eclesiástico catalán defienden un orden teocrático con la

superioridad de la Iglesia sobre la sociedad civil, un orden jerárquico inmutable, la existencia de una verdad absoluta encarnada por un Cristo y su Iglesia, la identificación de la fe religiosa con el carácter nacional […] El integrismo que consideraba la política como un medio, y no como un fin, era más que un mero partido confesional o una agrupación política: los principios religiosos de los integristas llegaron a tener tanto peso político como para favorecer la instauración de un

auténtico contrapoder dentro y fuera de la Iglesia[133].

 

El pensamiento que emanaba de su libelo estaba anclado en la teología de

la guerra, dejando claro que todo servía para luchar contra las tinieblas en

defensa del catolicismo con una militancia integrista antiherética. La

ideología de Fèlix Sardà, intolerante y radical, es la que nutriría el

nacionalcatolicismo décadas después. Así lo reconoció el propio Francisco

Franco el 27 de enero de 1942 en un homenaje a Sardà en la iglesia de San

Félix. Los postulados del sacerdote eran diáfanos en cuanto a la

preponderancia absoluta que daba al papel del catolicismo en la vida pública:

 

Que es este un rebato general contra la Iglesia contra la cual anda hoy todo el infierno y todos

los amigos de él en recia y desaforada batalla, más recia y desaforada porque va tal vez a ser la última y decisiva […]. Es un nuevo paganismo que pretende nada menos que un desquite de la

derrota que sufrió el antiguo hace diez y seis siglos [134].

 

La postura del clérigo catalán de repudio de los principios liberales no se

quedaría en su época, sino que su doctrina feroz en contra de las ideas ilustradas marcaría de forma profunda el corazón del reaccionarismo.

 

[…] el liberalismo es herejía. Herejía es toda doctrina que niega con negación formal y

pertinaz un dogma de la fe cristiana. El liberalismo doctrina los niega primero todos en general y después cada uno en particular. Los niega todos en general, cuando afirma o supone la independencia absoluta de la razón individual en el individuo, y de la razón social, o criterio público, en la sociedad […] Ser liberal es más pecado que ser blasfemo, ladrón, adúltero u homicida, o cualquier otra cosa de las que prohíbe la ley de Dios y castiga sume justicia

infinita[135].

 

El peso de la Iglesia en el pensamiento de la derecha española fue

simbiótico. Tuvo una capacidad disruptora en la doctrina conservadora, y a su

vez hubo multitud de sacerdotes que participaban de la política, la guerra y la

represión como un actor más. A veces enfervorizados, haciendo honor al

fanatismo dogmático que profesaban. Son muchos los personajes vestidos con

sotana que participaron de esos comportamientos, en el siglo XIX como ya

hemos visto, pero también en el siglo XX. El espíritu de Mosén Millán en

Réquiem por un campesino español estuvo vigente durante muchos años,

traicionando la buena fe de aquellos hombres bondadosos que acudían a sus

faldas en busca de socorro divino.

Fray Justo Pérez de Urbel es uno de esos personajes al servicio de la

infamia. En plena Guerra Civil ejerció de consejero espiritual de la Sección

Femenina con Pilar Primo de Rivera cuando era monje en Santo Domingo de

Silos; así empezó su oficio eucarístico al servicio del crimen. Ocupó casi

todos los cargos intelectuales y culturales a los que su formación religiosa le

daba acceso. Fue editor del cómic falangista para niños Flechas y Pelayos,

ocupación que más tarde le convertiría en censor de tebeos. El 17 de julio de

1958 fue investido como primer abad de la basílica de la Santa Cruz del Valle

de los Caídos tras cumplir el encargo de Franco de crear una comunidad

monacal para el mausoleo. Su apoyo moral y fáctico al franquismo fue total,

no solo en la vertiente canónica, sino también colaborando tanto en labores

políticas como represivas, participando directamente en las actividades de los

genocidas. En plena Guerra Civil, el general José Millán Astray reconoció

ante Justo Pérez de Urbel que era un pecador, también por su obra criminal, y

el fraile le contestó:

 

Confiésese y le doy una indulgencia plenaria… Nosotros no luchamos solo para rescatar el

sepulcro material de Cristo; queremos hacer reinar a Cristo en las almas de millones de españoles;

queremos rescatar a España para Dios[136].

 

Pérez de Urbel era un fanático de la palabra, un propagandista y un

confesor. Un director de los que actuaban. Porque hubo infinidad de nombres

del clero asociados a la represión y a los asesinatos de forma directa. Soldados de Dios que junto al crucifijo llevaban una cartuchera para el tiro de

gracia.

Petronilo Nieto era un jesuita especialmente sádico que desarrolló su

actividad represiva en el campo de concentración de Isla de San Simón

(Vigo). El párroco participaba en ejecuciones y era habitual verle con armas.

 

Pregunten en tierra de Galicia por un jesuita llamado el P. Nieto, excapellán de la cárcel de

Vigo, que insultaba a los reos puestos en capilla, y cuando yacían sin vida, acribillados a balazos, profanaba los cadáveres de aquellos que se habían negado a recibir sus auxilios introduciéndoles

la contera del bastón en la boca [137].

 

El campo de concentración de San Simón mantenía presos a más de seis

mil republicanos entre 1936 y 1943. Los paseos y ejecuciones eran habituales

y sin necesidad de que mediara uno de sus juicios farsa. La mayoría eran

ejecutados en las cercanías de Redondela, en la carretera que la unía a

Porriño, y allí los dejaban alimentando las cunetas. Petronilo Nieto era el

encargado de administrar los santos sacramentos antes de que fueran

fusilados. Uno de los presos explicó años después en qué consistían las

diatribas del jesuita:

 

Igual que el campesino saca las malas hierbas, también España tiene que extirpar a los malos

españoles. Eso, Cristo lo perdona[138].

 

A Petronilo Nieto se le atribuye una frase que marcaría el peculiar espíritu

de bondad cristiana del que hacía gala, y que identificaría a una raza de

clérigos pasados y presentes: «Fillos da Pasionaria. Dinamiteiros. Vós. Hai

que queimarvos como se queimou aos xudeus»[139].

Matar a miles de personas no bastaba para que la obra de la Iglesia

perdurara en el espíritu nacional. Hacía falta más, hacía falta algo mejor y

más efectivo que eliminar a los más peligrosos. Había que difuminar su

recuerdo y su obra en las próximas generaciones. Y eligieron el pupitre.

Si hubo un ámbito donde el pensamiento católico de tiniebla y

superstición tuvo una influencia superlativa fue en el de la educación. Si

mataron y apoyaron el crimen fue para mantener el privilegio del

adoctrinamiento. La herramienta más poderosa para modular, dirigir y

adocenar desde la infancia mediante la mentira, el miedo y la represión con

un crucifijo encima de la pizarra. Las balas quitaron vidas, pero fueron las

tizas las que borraron voluntades.