Infames
6. De la educación tierna a la doctrina en sangre. La purga de los maestros
CAPÍTULO 6
De la educación tierna a la doctrina en sangre.
La purga de los maestros
Porque han librado a sus hijos del peligro de un maestro
PATXI ANDIÓN
Nos robaron hasta los cuentos y mataron a quienes nos los contaban. La
verdadera obra de la reacción es la disolución de la cultura y el pensamiento
crítico. Un maestro republicano que narraba a sus alumnos la historia de
Caperucita Roja era enterrado en la orilla de una carretera y el cuento pasaba
a llamarse Caperucita Azul[140]. El retroceso educativo devino en un país
donde a los niños se les contaba que Franco era un héroe que con su espada
desnuda arrancaba las cabezas del marxismo en forma de dragón de siete
testas. Si hubo un momento en la historia de España que marcó el paradigma
de la oportunidad perdida para el progreso social fue la educación durante el
periodo republicano. Gregorio Morán, en la presentación de su libro El cura y
los mandarines, lo reivindicaba:
Si hay algo que recuperar en el primer tramo de nuestra historia de posguerra son los maestros
del periodo republicano. Eso que se perdió inevitablemente, o evitablemente, pero se perdió por la represión, es una de las metáforas que debemos usar con mayor fuerza. Esos maestros republicanos, esa última generación, que ya no volverá y que significó la gran ausencia de la cultura popular española y de la gran tradición cultural liberal que había inclinada hacia lo progresivo, con un entusiasmo por la enseñanza y por la cultura no instrumental sino
sencillamente para dar fortaleza a un pueblo libre y democrático[141].
La historiadora Carmen Agulló recoge el pensamiento de María Salvo
para evidenciar la importancia de la enseñanza, la educación y los maestros y
maestras en la construcción de la República:
Lo decisivo de aquel 14 de abril de 1931 no fue ese mar de banderas, voces, cantos y
entusiasmo que inundó el mundo de los adultos. El principio de la Segunda República española fue ese día que maestros y maestras retiraron el tabique de madera que separaba a los niños de las
niñas en las aulas y salieron todos juntos a la terraza de juegos por primera vez [142].
La escuela republicana mostraba una visión de la educación que ponía en
el centro los derechos humanos. El proyecto de la Segunda República buscaba
una escolarización integral de los alumnos y alumnas para reducir la tremenda desigualdad existente entre las clases más desfavorecidas y las de los hijos de
la burguesía. Para ello buscaba apoyo en una pedagogía humana, moderna y
adaptada a las necesidades de un alumnado con graves carencias, propias de
una educación que hasta entonces solo había estado al servicio de los más
ricos. Una educación tierna, de cuidados y cariño, que humanizara el
conocimiento hasta hacerlo cercano y accesible.
El proyecto de las Misiones Pedagógicas era parte indispensable de esta
nueva teoría educativa humanista que buscaba llevar la cultura a los lugares
donde ni existía ni se la esperaba. El objetivo era ofrecer a los más pobres la
oportunidad de disfrutar del legado patriótico de sus obras. No se buscaba
ningún fin instrumental, se trataba de hacerles disfrutar solo porque era su
derecho. El espíritu de las Misiones lo sintetizaba así Manuel Bartolomé
Cossío:
El hombre del pueblo tiene derecho a gozar de los bienes espirituales de que disfrutan los
privilegiados. Si sabe leer, no sabe distraerse y divertirse con la lectura, y hay que enseñárselo. Es
cuestión de justicia social[143].
El papel de las Misiones Pedagógicas en el ámbito local fue
impresionante, sobre todo teniendo en cuenta el poco tiempo que tuvieron
para llevarse a cabo:
Al cabo de 1934, las Misiones habían creado más de cinco mil bibliotecas en poblaciones de
50 a 200 vecinos […] habían proyectado 400 películas, repartido 2200 discos y habían llevado el
teatro al pueblo[144].
Sin embargo, pese a que las Misiones sí creían en la transformación social
mediante la cultura, lo cierto es que se quedaban cortas para un objetivo tan
ambicioso. La educación no paliaba el hambre, la distraía. De hecho, una
dificultad añadida con la que se encontraban las Misiones era que la
educación que recibían quienes por sus condiciones sociales tendrían que
prescindir más tarde de ese conocimiento era la misma que la que recibían
aquellos que en las ciudades o que pertenecían a clases más pudientes iban a
poder usar en un futuro.
A pesar de esos obstáculos, la educación republicana aspiraba a servir de
canalizador de la cultura y la pedagogía ilustrada para reducir todas aquellas
desigualdades propias de la España de los años treinta de la entre las clases
populares y la burguesía, y entre el ámbito rural y el urbano. Según Claudio
Lozano Seijas:
En nombre del progreso y más de la seguridad que de la libertad, es necesario asegurar un
mínimo de instrucción y cultura para los más desfavorecidos, desde la enseñanza de la lectura y escritura de la lengua común […] hasta asegurar la gratuidad, controlar la obligatoriedad […] y la
fijación de horarios y programas escolares comunes […] Se trató de diseñar una nueva arquitectura escolar, se laicizó la escuela hasta cierto punto; […]. Se mejoró el mobiliario, se
atendió a la higiene, y llegaron libros para el maestro y los alumnos [145].
Sin embargo, la mayor apuesta de la República no fue la cultura itinerante
de las Misiones, sino el papel preponderante que otorgó al profesorado, que se
convirtió en la figura sobre la que se vertebraba la pedagogía. El papel social
de los maestros y las maestras se puso al fin en valor. Se les otorgó la
consideración no ya de educadores, sino de intelectuales. Se buscaba
convertirlos en agentes sociales, entusiasmarles, como explica Claudio
Lozano Seijas. Esta doctrina pedagógica no era completamente nueva, se
hacía eco de los avances del XIX y bebía de la Institución Libre de Enseñanza,
de la corriente krausista, de los ateneos y la Escuela Moderna de Ferrer i
Guàrdia y de las Escuelas Normales que los exiliados liberales habían
desarrollado en España. Aunque no fuera ni mucho menos mayoritaria, ya
existía toda una corriente liberal de pensamiento que había hecho que la
pedagogía se feminizara y pasase de ser considerada una disciplina menor a
convertirse en enseñanza universitaria. Sobre esta doctrina, intelectuales
como Manuel Bartolomé Cossío, Francisco Giner de los Ríos o Gumersindo
de Azcárate pusieron los cimientos para poder consolidar una instrucción
humanista en la escuela republicana. Lola Velasco, una maestra sevillana que
aprobó Magisterio diez días antes del golpe de Estado, definía así la
enseñanza humanista republicana que había aprendido y que luego le sirvió
hasta su jubilación:
El respeto al alumnado, el convencimiento de que cada niño y niña tiene algo bueno que
puede potenciarse. Intentar mejorar siempre su autoestima, hacerles crecer[146].
La escuela republicana seguía la escondida senda que marcaron los
ilustrados desde principios de siglo con la creación del Ministerio de
Instrucción Pública y con la medida, que ahora no extraña pero entonces era
totalmente novedosa, del pago con dinero público a los maestros y maestras.
En el año 1907 se creó la Junta para Ampliación de Estudios e
Investigaciones Científicas (JAE), en consonancia con la importancia
adquirida por la Institución Libre de Enseñanza en España y con el objetivo
de modernizar e internacionalizar la cultura y la ciencia en el Estado, al
tiempo que buscaba dejar al margen de una vez la importancia del clero en
este aspecto. En este ámbito, el principal valor de la Segunda República fue
considerar la educación como un motor de progreso social para el pueblo y,
sobre todo, como el elemento principal que habría de propiciar la ruptura de
la desigualdad y el analfabetismo. A comienzos de los años treinta la educación era un privilegio, y la República se propuso convertirla en un
derecho aprovechando los recursos intelectuales de una élite cultural de
primer orden en Europa. Sirva de ejemplo la visión de la escuela unificada
que exponía Lorenzo Luzuriaga en su Diccionario de pedagogía: se trataba de
organizar las instituciones educativas «de modo que todas ellas sean
accesibles a todos los que posean las condiciones mentales necesarias,
independientemente de su posición económica y social»[147].
Existe una máxima de la escuela republicana que puede ser aplicada a la
política educativa, y que es preciso seguir en nuestro tiempo: más escuelas y
mejores maestros.
Aquello fue lo que se intentó en los escasos años en que los progresistas
gobernaron durante la República. En 1931 se necesitaban veintisiete mil aulas
y se llegaron a construir unas doce mil. En 1934 se modificó el Bachillerato,
pero solo tres de cada cien escolares de primaria llegaban a él. Del
Bachillerato a la universidad pasaba solo el 4 por ciento Universalizar la
educación requería una inversión fuerte, un dinero que la República no logró,
de modo que fue imposible acabar con el embudo educativo que se arrastraba
desde el siglo XIX. Sin embargo, sí consiguió fraguar el humanismo de
izquierdas, del que se nutrirían después tanto el exilio como el
antifranquismo, y que fue clave para construir la cultura política de la
izquierda contemporánea. Ese republicanismo que bebe del laicismo se
concreta en la figura de Manuel Azaña, que recogía en sus memorias una
conversación con un fraile agustino en la que expresaba el espíritu que
emanaba de la obra republicana, que no era anticlerical, sino laica:
Desde mi punto de vista, llamarme enemigo de la Iglesia Católica es como llamarme enemigo
de los Pirineos o de la cordillera de los Andes. Lo que no admito es que mi país esté gobernado por los obispos, por los priores, las abadesas o los párrocos. Tampoco me he opuesto a que las órdenes religiosas practiquen su regla y prediquen la doctrina cristiana a quien quiera oírla. A lo
que me opongo es a que enseñen a los seglares filosofía, derecho, historia, ciencias[148].
El intento transformador fracasó. No solo por el golpe de Estado, sino
porque durante el periodo democrático la Iglesia tomó la educación como
punta de lanza de una guerra cultural que impidió que la escuela fuera
realmente transformadora. Pasó a ser un tema polémico, los pequeños avances
que se iban logrando generaban ruido y servían de acicate para los
conservadores, que rechazaban fundamentalmente la posibilidad, por pequeña
que fuera, de redistribuir la riqueza y perder la preeminencia del catolicismo
en las escuelas.
La Iglesia Católica española olvidó que era la madre espiritual de esa mayoría de creyentes
que se decía haber en España, y se convirtió en su diputado. Todos los reformismos, todas las
posturas conciliadoras, quedaron inhabilitadas por la violencia religiosa[149].
Así que, aunque no se logró un cambio estructural, el intento terminó por
convertirse en una de las causas fundamentales que moverían a las raíces
conservadoras del fascismo para dinamitar la convivencia y acabar con la
democracia. Y en consecuencia, con la obra educativa republicana. Lo que se
propuso y logró el franquismo cuando alcanzó el poder fue la liquidación total
y absoluta de la obra de la República.
Los últimos setenta años de la vida española son cruciales en nuestra historia. Sus
características esenciales son sus déficits: la ausencia de República, así, sin ordinales ni calificativos. Ausencia de esa cultura política, laica, civil, igualitaria, en libertad, que significa la palabra república. Aún la busca la mayoría del pueblo español. Un pueblo que luchó contra el
fascismo. Y perdió[150].
La disolución de la obra republicana en educación y cultura fue total.
Sirva como ejemplo la eliminación de la Junta para Ampliación de Estudios e
Investigaciones Científicas (JAE), que fue eliminada y sustituida por el
Consejo Superior de Investigaciones Científicas con el claro propósito de
borrar cualquier atisbo de modernización cultural y devolver a la Iglesia el
papel predominante que la República había intentado eliminar. La JAE,
creada en 1907, fue una institución puntera en la difusión de la ciencia y la
cultura que estableció puentes con el resto de Europa para impulsar la
modernidad bajo la dirección de Santiago Ramón y Cajal. En su constitución
se nombró como miembros del consejo a personajes de la talla de José
Echegaray, Joaquín Sorolla o Ramón Menéndez Pelayo. En los años
posteriores, los institutos de investigación estaban dirigidos por figuras
intelectuales como Américo Castro, Blas Cabrera, Severo Ochoa, Ramón
Menéndez Pidal, María de Maeztu o José Ortega y Gasset. La vanguardia
científica y cultural estaban en dicha institución. La importancia de la JAE
llegó al punto de organizar visitas y conferencias como las que Albert
Einstein realizaría en 1923 en la Residencia de Estudiantes, que se encontraba
desde 1910 bajo la tutela de la Junta para Ampliación de Estudios. La
institución fue disuelta en cuanto los fascistas se hicieron con la victoria.
Todo fue derruido, la ciencia y la cultura volvieron al siglo XIX y el Centro
Superior de Investigaciones Científicas fue su sepulturero.
En el discurso inaugural del CSIC, en octubre de 1940, el nuevo director
de la organización, José Ibáñez Martín, expuso las directrices que se
seguirían a partir de entonces:
Nuestra ciencia es exclusivamente para la verdad, la única que —al decir del Apóstol— nos
hace libres y lo que, llevándonos de la mano a la causa altísima y primera, nos permite atisbar los secretos de la Divina Sabiduría. Solo con esta premisa se comprende que la ciencia sea además para nosotros una aspiración hacia dios. Queremos una ciencia católica […] Liquidamos, por tanto, todas las herejías científicas que secaron y agostaron los cauces de nuestra genialidad nacional y nos sumieron en la atonía y la decadencia. Sepultemos y lancemos al olvido aquella tabla del agnosticismo en que se refugiaron tantos náufragos de fe, inconscientes, en su necia soberbia intelectual […] Igual olvido y desprecio para cuantos endiosaron la razón humana […] el árbol imperial de la ciencia española creció lozano en el jardín de la catolicidad […] Nuestra ciencia actual, en conexión con la que en los siglos pasados nos definió como nación y como
imperio, quiere ser ante todo católica[151].
En la ciencia también hubo franquistas que dejaron el conocimiento en
segundo plano para plegarse a la sinrazón por motivos ideológicos y de clase.
Es el caso de José García Siñeriz, ilustre geofísico que en calidad de
vicepresidente del CSIC dejó claros sus postulados en el discurso de apertura:
He de empezar por rendir público testimonio de gratitud a nuestro glorioso Caudillo, que
después de haber liberado a nuestra Patria de las hordas marxistas, que hasta mediados del año 1936 había esclavizado y envilecido, no sola la guía con su acertado mando por el camino de su glorioso pasado histórico, sino que la impulsa vigorosamente para que rinda su preciada e
importante colaboración a la investigación científica [152].
El CSIC y su patronato sirven de ejemplo para comprender la regresión
cultural, educativa y científica que vivió el país. El patronato estaba
compuesto, además de por los ya mencionados, por los sacerdotes Miguel
Asín y José María Alvareda, miembros del Opus Dei que circunscribieron la
labor de la ciencia a los designios de Dios, el imperio y la patria. La sombra
de la obra se hizo eterna sobre la ciencia española a través del control
absoluto de los seguidores de Escrivá de Balaguer en el Consejo Superior de
Investigaciones Científicas.
El borrado de la historia de la Junta para Ampliación de Estudios e
Investigaciones Científicas (JAE) continúa hoy en día siguiendo la labor de
desmemoria del CSIC, que la sustituyó de manera fraudulenta por un decreto
ilegal franquista del 19 de mayo de 1938. Se intenta borrar la labor de
personajes de la talla de Tomás Navarro Tomás durante la Guerra Civil, que
estuvieron en la junta de la JAE hasta abril de 1939, compaginando el cargo
con la dirección de la Biblioteca Nacional y salvando buena parte del
patrimonio bibliográfico nacional que estaba en peligro durante los
bombardeos fascistas[153].
La puesta en marcha de la represión del magisterio español fue una obra
coral realizada por muchos personajes. Desde las más altas instituciones hasta
los delatores situados en lo más bajo de la pirámide de la represión. José
Ibáñez Martín fue uno de los principales impulsores desde el Ministerio de Educación, cargo que ocupó en 1939, pero no el único ni el primero. El
principal objetivo de las instituciones franquistas era recatolizar la enseñanza
y la educación. Sin cortapisas y valiéndose del aparato represivo recién
instaurado en España. El instigador de esa maniobra fue monseñor Enrique
Pla y Deniel, que obtuvo el favor de todos los burócratas que Franco había
puesto en los altos cargos de Educación, profundamente influenciados por la
cúpula católica e imbuidos de un acérrimo pensamiento integrista. El 30 de
enero de 1938, Pedro Sainz Rodríguez fue nombrado para ejercer la más alta
responsabilidad educativa, cargo que ocuparía el ya mencionado José Ibáñez
Martín recién acabada la guerra. Durante los doce años que estuvo al frente
del ministerio, fue el responsable de la depuración de los docentes.
El espíritu del ministro de Educación que ocuparía la cartera tras la
Guerra Civil fue el de un soldado de Dios y de Franco, dispuesto a hacer
tábula rasa de todo lo bueno que la educación republicana sembró en nuestro
país. La presencia de Ibáñez en Educación es equiparable a la labor de una
plaga de langostas en un vergel incipiente. En la inauguración del curso de
1939 en Valladolid, expuso cuál sería el proceder de su mandato:
No hay más libertad de cátedra ni de enseñanza que la de la verdad de la España católica e
imperial, la única que hace libres a todos los españoles que merecen llamarse tales; la verdad
limpia de falsificaciones y extranjerismos por la sangre de una generación[154].
Pero fue en una conferencia pronunciada al año siguiente en la misma
universidad de Valladolid, y que llevaba por título «Hacia un nuevo orden
universitario», donde el ministro mostró toda su vileza de una manera tan
descarnada, que todavía hoy, después de conocer la iniquidad del régimen,
sigue causando asombro:
En el plano de la enseñanza, también el problema de la selección del profesorado reclamaba
con exigencia inaplazable solución inmediata. De los años que precedieron al instante glorioso en que, como una flor de santa rebeldía, brotó sobre el paisaje yerto de la patria el primer grito de guerra de nuestra cruzada, la perversión política de un régimen que había prostituido la moral del Estado nos legó […] la herencia del confusionismo científico como sistema. El ultraje había hecho presa, con codicia insuperable en la Universidad […] Era así vital para nuestra cultura amputar con energía los miembros corrompidos, segar con golpes certeros e implacables de guadaña la maleza, limpiar y purificar los elementos nocivos […] Si alguna depuración exigía
minuciosidad […] era la del profesorado […].[155]
José Ibáñez Martín mantuvo en el cargo a José Permatín e incorporó
también a varios falangistas. La importancia de Permatín, familiar de Pemán,
como responsable de la Enseñanza Superior y Media, en la depuración,
obedecía a su creencia integrista en la necesidad de «una cuidadosa y
concienzuda depuración —sin venganzas, pero sin flaquezas— de los
maestros y del profesorado de las escuelas normales»[156]. José Permatín era
uno de los ideólogos de la eliminación del pensamiento liberal heredero de la
Institución Libre de Enseñanza, y de una España subsumida en el credo
nacionalcatólico, como él mismo expresaba en sus conferencias:
Si el liberalismo intelectual significa esencialmente «igualdad de opiniones», respeto a todas
las opiniones, aunque sean erróneas, el espíritu de la nueva reforma es esencialmente anti-liberal. Ha sido un tópico corriente el decir: «yo respeto a todas las opiniones». Nosotros no podemos respetar los errores, aunque respetemos a los errados, con cristiana caridad. Yo no puedo respetar la opinión que «dos y dos son cinco», sino compadecer a quien la sostenga, y, en último caso, recluirlo en un local adecuado, si es preciso. No habrá pues libertad de enseñanza, porque no puede haber libertad para el error; como no puede haberla para las enfermedades contagiosas, que con toda caridad se aíslan y se neutralizan. Pero sí, habrá la mayor libertad posible para los medios, los instrumentos de la Enseñanza. Porque esta libertad de medios con una unidad de fin, es lo característico de lo orgánico y de lo vital. Y lo que España necesita más, es una revitalización de su auténtica cultura.
Porque, hace unos años, uno de los valores de la España de ayer, creyó descubrir el
Mediterráneo, al hablar en un libro de España invertebrada. Y todos los intelectuales de aquella época hicieron coro de admiración por el hallazgo. Pero, señores, yo digo que lo raro hubiera sido que España no hubiera estado invertebrada si desde hacía dos siglos venía siendo corroída, en su Institución monárquica secular, en su Cultura tradicional católica, en su médula vital, por las toxinas exóticas, del enciclopedismo, del liberalismo, de la masonería, del vacío y finchado Krausismo, del pesimismo anti-hispánico del 98, del pedante escepticismo ecléctico ulterior… Corroída la médula, las vértebras caen por todos lados. Y por eso nosotros queremos poner un remedio de raíz. «El Catolicismo es la médula de la Historia de España» se afirma en la exposición de motivos de la Ley. Por eso en el umbral del cuadro de nuestras disciplinas y de acuerdo con la Jerarquía Eclesiástica se implanta el estudio de la Religión Católica en los siete años del Bachillerato. «Sublata causa tollitur efectus». Cuando la médula de España esté sana, sus vértebras se erguirán por sí solas, y España alzará su frente con suprema dignidad en la Historia y
volverá a cumplir su misión secular, purificada por el dolor y por la fe[157].
La obra de la purga estaba anclada ideológicamente en la creencia
dogmática de que educar en libertad era un peligro para el
nacionalcatolicismo, y que las escuelas y la cultura eran el germen de la
antiespaña. José María Pemán, uno de los responsables de las comisiones de
depuración, que ocupó el cargo de presidente de la Comisión de Cultura y
Enseñanza desde 1936 en la Junta Nacional de Burgos, distribuyó una circular
entre los delegados de Instrucción Pública cuyas directrices definían el
carácter de la purga que comenzaría durante la contienda en las zonas
ocupadas, y que habría de consolidarse trágicamente tras la victoria fascista
en 1939:
El carácter de la depuración que hoy se persigue no es solo punitivo, sino también preventivo.
Es necesario garantizar a los españoles, que con las armas en la mano y sin regateos de sacrificios y sangre salvan la causa de la civilización, que no se volverá a tolerar, ni menos a proteger y subvencionar a los envenenadores del alma popular, primeros y mayores responsables de todos los crímenes y destrucciones que sobrecogen al mundo y han sembrado de duelo la mayoría de los hogares honrados de España […] Los individuos que integran esas hordas revolucionarias son
los hijos espirituales de Catedráticos y Profesores que, a través de instituciones como la llamada
«Libre de enseñanza» forjaron generaciones incrédulas y anárquicas[158].
La depuración del profesorado universitario orquestada por Pemán fue
calificada por Pedro Laín Entralgo cuando le tocó blanquearse como «el atroz
desmoche». José María Pemán fue uno de los intelectuales grises y
propagandistas del fascismo cuyas labores de represor y delator fueron
borradas con la llegada de la democracia. Pemán fue un golpista, incendiario
y burócrata de la represión. Un hombre oscuro que no se manchaba las manos
de sangre pero usaba su voz, su pluma y su poder para que otros lo hicieran
por él. Cuando murió en 1981 a su entierro en Cádiz[159] acudieron las fuerzas
vivas de la incipiente democracia representadas por el ministro de Cultura,
Íñigo Cavero, de la Casa Real y la cúpula eclesiástica. No se recordó en
ninguna de las piezas hagiográficas que le dedicaron[160] su labor como
propagandista del fascismo y responsable de la depuración del magisterio. El
rey Juan Carlos le impuso en mayo de 1981 el gran collar de la Orden del
Toisón de Oro. Una figura negra de nuestra historia que como otras muchas
se intentó blanquear. Para el escritor Jorge M. Reverte existe poco debate
sobre la calaña del personaje: «Pemán se hizo él solito el pliego de
acusaciones. Era un mal tipo»[161]. El autor se refería a su obra, la que
celebraba que los niños de Madrid se abrasaran por los bombardeos nazis. El
25 de agosto de 1936, en el artículo «La hora del deber» publicado en el ABC
de Sevilla, José María Pemán llamaba a la limpieza de rojos y desafectos en la
retaguardia:
Como el enemigo está en casa no puede hablarse propiamente de un frente enemigo que se
retira; pues siempre, aun después de derrotado y deshecho queda enemigo conviviendo receloso a nuestro lado, huido en el monte, emboscado en el disimulo. Todo esto exige, tras cada paso
ganado, una labor de limpieza de policía, de guarnecimiento de los pueblos[162].
Su obra al servicio del régimen fue nefasta en calidad e intención.
Destacan entre todas ellas, por lo inefable, La bestia y el ángel, publicada en
1938 por Jerarqvia, la revista negra de Falange, y tan radical, intransigente,
violenta y antisemita que el autor abjuró de ella cuando dejó de estar bien
visto ser el propagandista del franquismo y el palanganero de Franco:
Sobre la noble encina derribada
del Protomártir, cien manos en alto:
¡José Calvo Sotelo!
¡Presente!
Bajo el suelo estremecido
de España, se oye el trueno de un ancla que se leva.
¡España va otra vez rumbo a la Historia!
Y Dios tiene elegido su Piloto[163].
José María Pemán consiguió el puesto de director de la Real Academia de
la Lengua tras la depuración, siguiendo la senda de las palabras que recogía el
historiador Jaume Claret, que servirían para identificar a los que medraban
gracias a la delación:
Es la conocida frase de «¿quién es masón? El que va por delante en el escalafón»: muchísimos
ayudantes denunciaron a sus catedráticos para quedarse con sus cátedras[164].
Los maestros siempre fueron objeto de sospecha por parte del fascismo.
Por eso una de sus primeras decisiones fue la depuración del profesorado
sospechoso de ser rojo, con la única mácula de ser los responsables de
inculcar la semilla del pensamiento crítico y la verdad en los cerebros de los
niños. Ernesto Giménez Caballero, uno de los ideólogos del fascismo español,
expresaba con rotundidad lo que significan los maestros para la obra
nacionalcatólica y lo que el régimen tendría que lograr:
[…] que el maestro de escuela, ese vehículo laico y corrompido que era en los regímenes
anteriores: libertario, tripudo, desabrochado, socialista, pedigüeño y recobros, se transforme mágicamente en un ser soleado, esbelto, fuerte, audaz, abnegado, disciplinado, con paso gimnástico, saludando brazo en alto, cantando himnos de combate y besando trémulamente la tela
de oro y sangre de la bandera de España[165].
Fueron muchos los encargados de que ese cometido se llevara a cabo.
Algunos eran simple burócratas y conformistas, hombres grises que solo
querían medrar, unos aprovechados a los que solo les importaba vivir bien a
costa del dolor ajeno, pero otros fueron fascistas convencidos que creían
firmemente en la necesidad de expurgar de las escuelas a todos aquellos
maestros republicanos que habían cuestionado la divinidad escolástica.
Las purgas y la depuración de la enseñanza tuvieron varios niveles. La
primera, profesional, tenía como objetivo derribar cualquier atisbo de
pervivencia de la educación laica, pública, igualitaria y solidaria que se había
construido en la República. Eliminar, además, la existencia de cualquier
miembro de la docencia en cualquier nivel con ideas socialistas, comunistas,
anarquistas o nacionalistas catalanas, vascas o gallegas. Pero hubo otra más
profunda, la eliminación física de miles de maestros y maestras que eran
vistos por las instituciones franquistas como los principales exponentes de la
intoxicación ideológica liberal antiespañola. Claudio Lozano Seijas lo explica
en La República y la cultura:
Se persiguió al maestro hasta el exilio, se le asesinó, se le desterró, se le inhabilitó. Se trataba
del exterminio, de la depuración y de la negación pública del maestro como persona, como
intelectual de vanguardia[166].
El exilio interior. Así se llamó a la situación que vivirían miles de
maestros y maestras, que contarían con ese desarraigo como único patrimonio
tras ser purgados después de la Guerra Civil. Con el sentimiento de destierro
moral y físico.
Y vino la muerte. El periódico falangista Amanecer expresaba de manera
cruel y terrible lo que les depararía a los docentes republicanos tras la llegada
del nuevo orden fascista:
Para los poetas preñados, los filósofos henchidos y los jóvenes maestros y demás parientes, no
podemos tener más que, como el romance clásico, un fraile que los confiese y un arcabuz que los
mate [167].
Las cunetas de este país están llenas de maestros y maestras. Pobres con
alpargatas que dejaron en esta vida como único patrimonio lo sembrado en las
mentes de miles de niños y niñas, a cuyas vidas de miseria intentaron dar una
salida. Por eso eran peligrosos para el franquismo. La sospecha que suscitaba
el maestro por inculcar el pensamiento libre y la razón en los niños ha
quedado reflejada en grandes obras de la cultura popular española. En su
canción «El Maestro», Patxi Andión lo canta con precisión de artesano:
Las buenas gentes del pueblo
Han escrito al menisterio
Y dicen que no está claro
Como piensa este maestro
Dicen que lee con los niños
Lo que escribió un tal Machado
Que anduvo por estos vagos
Antes de ser exilado
Les habla de lo innombrable
Y de otras cosas peores
Les lee libros de versos
Y no les pone orejones
Al explicar cualquier guerra
Siempre se muestra remiso
Por explicar claramente
Quien venció y fue vencido
En una fosa de La Pedraja (Burgos) se encontraron los restos de Antonio
Benaiges[168], el maestro que prometió el mar a sus diecisiete alumnos de
Bureba. Un profesor catalán que fue a Burgos a dar clase aplicando la técnica
pedagógica Freinet. El verano de 1936, cuando ya estaba de vacaciones,
decidió quedarse en el pueblo porque había prometido a sus alumnos que les
enseñaría el mar. No llegaría a hacerlo. Su compromiso pedagógico resultó
fatal. Los fascistas lo asesinaron el 25 de julio de 1936 por intentar enseñar a
sus niños, a sus alumnos, a ser libres. La intolerancia siempre los señaló,
primero con la palabra y después a pie de fosa con las balas del máuser.
Al sur de Madrid, en Móstoles, en lo que en los años treinta era una
población rural y hoy en día es una gran ciudad, se produjo una de las
historias más trágicas de represión contra un maestro. Gerardo Muñoz, un
humilde profesor nacido en Malpartida de Plasencia que había llegado al
pueblo madrileño a ejercer su magisterio. Nada más.
A pesar de las insidias vertidas contra el maestro, él fue un hombre de
paz, antimilitarista y pacifista, como muestran sus artículos en El Gladiador,
un periódico local de Malpartida, en el que escribió:
Así concibo vuestra misión […] Lanzaos al palenque dispuestos a la lucha, pero de ideales, no
de pasiones […] La fe en vuestros ideales sea el escudo que os defienda de los ataques de la
incultura. Si es necesario «herir», herid siempre con la espada de la razón y la justicia [169].
Koldo Palacín recoge en el libro de María Antonia Iglesias Maestros de la
República las acusaciones contra Gerardo Muñoz, que para el historiador son
infundadas y movidas únicamente por la necesidad de quedarse con la plaza
de maestro de Muñoz. Una de ellas, incluida en el proceso contra el maestro,
decía lo siguiente:
Maestro de escuela, organizador de las Juventudes Socialistas, fundador del partido de
Izquierda Republicana, miembro destacadísimo del Comité Revolucionario, inspirador de los acuerdos que adoptaba. A propuesta del mismo, se tomó el acuerdo de asesinar a los hermanos Castillo y al señor cura, redactando él mismo los oficios. Formó parte del Comité hasta la evacuación del pueblo y acordó la ejecución de treinta y tres personas de derechas, que fueron asesinadas, y otro número mayor de personas que fueron trasladadas a la checa de Fomento y
muertas después en Paracuellos del Jarama [170].
Las mentiras sirvieron para condenar al maestro. Mentiras de
colaboracionistas y miserables que solo buscaban un beneficio personal. Y
siempre, entre ellos, las fuerzas vivas del pueblo. El párroco de Móstoles
testificó en la depuración del maestro una vez muerto, para así evitar que los
familiares pudieran cobrar pensiones por la muerte, una práctica habitual que
sufrieron también catedráticos como Antonio Machado, que el 5 de mayo de 1941 fue separado definitivamente del servicio habiendo fallecido en Colliure
dos años antes[171].
En la Comisión Depuradora del Magisterio el cura del pueblo dijo de
Gerardo Muñoz: «Ha sido fusilado por la Justicia del Caudillo». Eliso Olarte,
el que fue nombrado alcalde tras la victoria fascista, dijo del maestro:
«Persona indigna de figurar en la España nacional». Pero si existe un
personaje que define la infamia en su máxima expresión, este es el hermano
del cura. También era maestro en un colegio de Madrid, y aspiraba al puesto
en Móstoles. Fue el encargado de ir directamente al campo de concentración
de Albatera, donde estaba retenido Gerardo Muñoz, para traerlo a Móstoles
dentro de un ataúd estando aún con vida. La intención era llevarlo a la plaza
del pueblo para torturarlo públicamente. Así lo hicieron. Gerardo Muñoz fue
atado a una verja y ordenaron a todas las gentes del pueblo que acudieran para
presenciar los tormentos. Su suplicio serviría de escarmiento. La nieta del
maestro le contó a María Antonia Iglesias el terrible momento:
Estoy llorando porque no puedo acercarme a las rejas del ayuntamiento, donde lo tienen
atado, para darle siquiera un vaso de agua. Lo acaba de intentar, jugándose la cárcel o la vida, el mejor alumno de dibujo que tenía don Gerardo, pero el pobre maestro «estaba en tan malas condiciones —dice Graciela en su tremendo relato— que el muchacho no sintió que le reconociera» […] Las gentes de Móstoles estaban ahí, contemplando cómo le daban de latigazos al maestro, porque estaban muertos de miedo. Además, las nuevas autoridades amenazaron con multar a quienes no asistieran al «espectáculo», y aquellas gentes, que tenían tanto miedo, no tenían dinero, no podían pagar las cinco pesetas con las que se multaba a «toda ausencia no justificada». Y pienso, y siento, que también habría que llorar por todos ellos. Por todos los que en aquellos momentos no pudieron, o no tuvieron el coraje de desertar de la crueldad
colectiva [172].
Después de que Gerardo Muñoz fuera torturado frente a sus vecinos, fue
trasladado a la cárcel de Porlier. Una noche de verano fue conducido a la tapia
del cementerio de La Almudena. Lo fusilaron el 24 de junio de 1939. La plaza
de maestro se la quedó el hombre que fue a buscarle al campo de Albatera
para torturarle en Móstoles.
El historiador vasco Koldo Palacín, que se topó con la historia del maestro
de Móstoles investigando sobre la represión en la población madrileña, tenía
muy claro cuál fue el motivo de su asesinato. Y tenía que ver más con la
bonhomía del docente cacereño que con cualquier acto violento que hubiera
podido propiciar, y que no existió más que en la lengua viperina de sus
delatores y ejecutores:
Gerardo simbolizaba en aquella época un ideario progresista, representaba en un momento
muy difícil una forma de educar a los niños y de hacerles ciudadanos de nuevo cuño, más libres, con más capacidad de análisis, menos dependientes, para estar mejor formados y poder enfrentarse a los problemas de la vida… Gerardo era, como la mayoría de los maestros de aquella
época, un adelantado de su tiempo: era un fenómeno social, una persona que todo lo que hacía para los niños era inculcarles el amor por la naturaleza, los ideales de libertad con respeto a los demás… Gerardo ayudaba con su sueldo a los niños pobres del pueblo y a sus familias, que no tenían nada para comer, literalmente. Nunca se le perdonó que pusiera la cultura en favor de la clase trabajadora.
Gerardo Muñoz se había planteado no dejar solo como dote para el pueblo
el pensamiento crítico en la mente de los niños, sino algo que le trascendiera
de manera física. Cuando terminó la Guerra Civil, la corporación fascista
encontró entre los papeles del equipo de gobierno un proyecto que consistía
en la edificación de una escuela pública que había que seguir pagando. El
maestro había proyectado la construcción de un colegio público, pero el
alcalde franquista no permitió que eso perdurara. Los terrenos fueron cedidos
de forma gratuita para la construcción de treinta chalés. El fenómeno del
pelotazo en contra de la cultura no es algo que inventara Esperanza Aguirre.
El legado del maestro hubiera perdurado de manera concreta si las
escuelas públicas que habían proyectado desde la corporación municipal se
hubieran edificado. Pero dejó una huella más profunda. En el año 2014,
durante un homenaje íntimo en Móstoles por el 75 aniversario de su
fusilamiento, un hombre cogió un megáfono y recordó a Gerardo Muñoz con
unas palabras que sirven de epitafio para su historia: «Murió valiente,
sacrificado e inocente. Pero ha vencido, porque al final su siembra está aquí,
somos nosotros. Y su recuerdo prevalece sobre sus asesinos», porque como
Gerardo escribió a su mujer horas antes de morir, nuestra canción eterna no se
ha de interrumpir.
La represión de la educación no fue exclusiva del franquismo. Es una
constante en la historia negra de la reacción española y tuvo algunos
momentos igual de oscuros que los que vividos durante la dictadura de
Francisco Franco. Pero hubo dos momentos de la historia de España que
pueden ser paradigmáticos para comprender la construcción de la
idiosincrasia política de la derecha española basada en la laminación de la
cultura, la educación y la libertad de pensamiento crítico: la década ominosa
en 1823 y el asesinato de Francesc Ferrer i Guàrdia por la monarquía de
Alfonso XIII en 1909.
Francesc Ferrer i Guàrdia fue uno de los pioneros de la transmisión de la
idea de la educación como elemento de progreso para las clases populares. El
pedagogo creó en 1901 la Escuela Moderna. Los preceptos fundamentales en
los que se basaba la creación de la escuela pedagógica de Ferrer i Guàrdia los
expresa William Archer:
La imperiosa necesidad educativa en España es rebatida solo por aquellos que consideran que
para las masas la ignorancia es más saludable que el conocimiento, o por aquellos cuyos intereses
están estrechamente vinculados a la vigencia de este postulado [173].
Ferrer i Guàrdia tenía como objetivo fundamental «hacer que los niños y
niñas que se le confíen lleguen a ser personas instruidas, verídicas, justas y
libres de todo prejuicio»[174]. El motivo fundamental era que el pedagogo
creía que las escuelas de aquel momento eran tan solo instrumentos de
adoctrinamiento capitalista y no buscaban el desarrollo personal de los
menores:
No tienen más que una idea muy clara y una voluntad, a saber: que los niños se habitúen a
obedecer, a creer y pensar según los dogmas sociales que nos rigen […]. Se trata de imponer pensamientos, hechos; de impedirle para siempre pensar de otra manera que la necesaria para conservación de las instituciones de esta sociedad; de hacer de él, en suma, un individuo estrictamente adaptado al mecanismo social […] Todo el valor de la educación reside en el
respeto de la voluntad física, intelectual y moral del niño[175].
Algunos de los preceptos fundamentales de la renovación pedagógica que
planteaba Ferrer i Guàrdia incluían la escuela mixta y la ausencia del castigo
al alumno. Ni que decir tiene que esta revolución en la enseñanza chocaba
frontalmente con los planteamientos católicos que impregnaban la educación
hasta el momento. Su posición ideológica, su obra educativa y su capacidad
de influencia le granjearon poderosos enemigos en las instituciones. La
burguesía, el Gobierno de extrema derecha de la monarquía alfonsina y la
curia eclesiástica. Todos tenían motivos para quitar de en medio al pedagogo
catalán. La ocasión se les presentó tras los hechos de la Semana Trágica en
1909. Y no de la desaprovecharon. Mandaron detenerlo acusándole de ser el
instigador por su condición de librepensador. Las fuerzas vivas alfonsinas
consideraban a Ferrer i Guàrdia el responsable moral de la revuelta. El autor y
el jefe de la revolución. Lo detuvieron un 31 de agosto de 1909. Y de nuevo
un somatén. Mariano Bernadas y Miralta era una de esas excrecencias que
facilitaron la regresión de España con el simple gesto de la detención de un
hombre sabio. Así lo contaba el propio Francesc Ferrer i Guàrdia en una de
las cartas que envió a su amigo William Heaford durante su cautiverio, donde
narra el momento de la detención por parte de un grupo de somatén con
Mariano Bernadas a la cabeza:
Eran cuatro individuos, dos de los cuales, malísimos, sobre todo uno llamado Bernadas de
Miralta, que había jugado conmigo cuando éramos muchachos, el cual me ató los brazos bien fuertemente atados y me amenazó diversas veces en matarme. Apuntaba contra mí su carabina diciendo que había oído decir por todas partes y leído en los diarios que yo era la peor persona del mundo. Era la una de la madrugada; me condujeron al municipio, acompañado por otros
elementos del Somatén que se unieron a nosotros; yo los conocía a todos, siendo del mismo pueblo.
Nos quedamos allí hasta las siete y durante este tiempo discutimos de política, religión y
sociología, porque entre los del grupo había un joven bastante culto. Me sentía bien, después de haber estado durante cinco semanas sin poder hablar una sola palabra en voz alta, ni toser, ni, incluso, a veces, respirar, por temor de descubrirme. En un momento dado tuve sed y pedí agua fresca para beber. Me trajeron un botijo desbordante que daba placer nada más que verlo. Pido a Bernadas de desatarme para que pudiera beber. Rechaza. Le hago comprender que no estoy armado y que estoy entre doce personas provistas de carabina. Rechazo yo ahora y digo que se lleven el botijo, al que no toqué.
Entonces reanudo la conversación comentando este hecho tan inquisitorial y explicando que
cuando los hombres estén saturados de las ideas difundidas por la Escuela Moderna, no se hallará ni un solo Bernadas, ni aun en sueños. Llego a Barcelona a las ocho y media y soy conducido al gobernador, Crespo Azorín, quien me recibe cortésmente y se limita a preguntarme dónde me había refugiado. Le contesto de excusarme si no denuncio, por delicadeza, la familia que se había portado tan bien conmigo. Replica que a pesar de comprender bien mi delicadeza, no excusa a la familia de haber desobedecido la ley. Entonces me ha hecho un pequeño discurso de altísimo significado, sosteniendo que la lectura de las obras de la llamada Escuela Moderna podía ser uno
de los principales orígenes de los desórdenes. ¡Yo era, pues, culpable [176]!
De la evolución y el progreso, a la reacción y la oscuridad. La dinámica
constante que construye nuestra historia. Durante el Trienio Liberal, de 1820
a 1823, se produjeron diversos avances de justicia social desconocidos en la
historia de nuestro país hasta entonces.
La restitución de los órganos constitucionales emanados de la Carta
Magna de 1812 tras el pronunciamiento de Rafael del Riego obligando a
Fernando VII a abolir la Inquisición y a jurar de nuevo la Constitución
Española de 1812, inició un brevísimo periodo de avances sociales y políticas
destinadas a modernizar el país. En el ámbito de la enseñanza se iniciaron
movimientos que no podrían ser consolidados por la traición borbona de los
Cien Mil Hijos de San Luis, pero que marcan el espíritu liberal de las
reformas del periodo. El 29 de junio de 1821 se reformaba el sistema
educativo a través de del Reglamento General de Instrucción Pública, de 29
de junio de 1821[177], que incluía la gratuidad de la educación pública para los
niños, así como la educación, aunque más limitada, para las niñas. Además,
comenzó a valorarse la profesión del maestro, mejorando el salario y la
consideración social de los docentes. Pero el regreso de Fernando VII gracias
a los franceses anuló todas las reformas e instauró el Plan y Reglamento
General de Escuelas de Primeras Letras, aprobado por Fernando VII el 16 de
febrero de 1825[178].
La modificación educativa no solo consistió en una reforma regresiva de
los términos planteados durante el Trienio Liberal. Se estableció un sistema
de depuración funcionarial integral que también alcanzó a la docencia, tanto
universitaria como del Cuerpo de las Primeras Letras. Para ser depurado, encarcelado o ejecutado bastaba con profesar la ideología liberal o haber
colaborado con las autoridades de Riego. El historiador Modesto Lafuente
escribió sobre las purificaciones de los maestros de primera letra que «se
entregó a fanáticos e ignorantes, escogidos entre los que descollaban más por
sus aborrecimientos a los que gozaban del concepto de liberales»[179]. Uno de
ellos fue Francisco Tadeo Calomarde.
Calomarde fue ministro de Justicia de Fernando VII y el encargado de la
represión de los docentes de las Primeras Letras. Calomarde era un
oportunista que buscaba la mejor posición para medrar. No por
convencimiento ideológico, sino por puro egoísmo servil. Benito Pérez
Galdós, en su obra Los Cien Mil hijos de San Luis, hace un preciso relato de
su ignominia:
D. Francisco Tadeo Calomarde, y era de la mejor pasta de servil que podía hallarse por
aquellos tiempos. […] se había criado en los cartapacios y en el papel de pleitos: los legajos fueron su cuna y las reales cédulas sus juguetes. Su jurisprudencia llena de pedantería me inspiraba aversión. Tenía fama de muy adulador de los poderosos, y según se decía, compró el primer destino con su mano, casándose con una muchacha muy fea a quien dio malísimos tratos […] Calomarde no era mal parecido ni carecía de urbanidad, aunque muy hueca y afectada, como la del que la tiene más bien aprendida que ingénita. La humildad de su origen se traslucía
bastante [180].
La aversión del escritor canario a la figura del muñidor de Fernando VII
no se quedó en un solo episodio nacional. En el libro Los Apostólicos incidió
en afilar la pluma dejándonos una calificación que es la que mayormente ha
trascendido en la historia de España por la preeminencia de la obra
galdosiana.
Paseaba grave y reposadamente, con casaca de galones, tricornio en facha, bastón de porra de
oro y una comitiva de sucios chiquillos, que admirados de tanto relumbrón le seguían. El célebre ministro, a quien Fernando VII tiraba de las orejas, era todo vanidad y finchazón en la calle. […] Calomarde, el hombre rastrero y vil, cuya existencia y cuyo gobierno no fueron más que pura bajeza y engaño. […] Cruel con los débiles, servil con los poderosos, cobarde siempre, este hombre abominable adornaba con una lagrimilla la traición infame que su amo hacía en los
umbrales de la muerte [181].
Pero no es solo la literatura la que ha propiciado que Francisco Tadeo
Calomarde haya pasado a la historia negra de nuestro país, los hechos y sus
actuaciones son los que le han ubicado por mérito propio en el panteón de la
infamia patria. Su labor como represor alcanzó el que es considerado el
último asesinato de la Inquisición. El del maestro valenciano de Ruzafa,
Cayetano Ripoll.
La Inquisición había sido abolida. Pero tras la reinstauración se
implantaron las llamadas Juntas de Fe, con la aquiescencia de Calomarde, y bajo el control de la Iglesia que operaba con las mismas formas, modos y
antiguos inquisidores. Cayetano Ripoll era un simple maestro, liberal, y con el
pecado de ser deísta[182]. La tríada perfecta para sucumbir en la época de
Calomarde.
En el proceso al maestro Ripoll se le acusó de no creer en Jesucristo, en el
misterio de la Santísima Trinidad, en la Encarnación del Hijo de Dios, en el
de la Sagrada Eucaristía, ni en la Virginidad de María Santísima, ni en los
Santos Evangelios, ni en la Infalibilidad de la Santa Iglesia Católica,
Apostólica y Romana. De no cumplir la Pascua e impedir que los niños
dijesen Ave María Purísima y que hiciesen la señal de la cruz[183]. Cayetano
Ripoll fue juzgado en 1824 y ahorcado a orillas del Turia el 31 de julio de
1826 sobre un barril con llamas pintadas.
Represores, cómplices, ideólogos y pusilánimes. Crueles o conformistas,
burócratas o psicópatas. Epítetos diferentes que representan el alma podrida
de todos aquellos que a lo largo de la historia de España la llevaron de vuelta
a la Edad Media, mientras hombres y mujeres libres buscaban que las clases
populares y el país pudieran prosperar implantando la semilla del
conocimiento, el desarrollo de su potencial, la libertad.