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Antonio Maestre · Capítulo 3 de 7

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3. De traidores de clase y los que no importan

CAPÍTULO 3

 

De traidores de clase y los que no importan

 

Cuando Dios creó la culebra de cascabel, el sapo y el vampiro, le quedó cierta cantidad de terrible sustancia con la que hizo al esquirol. El esquirol es un animal bípedo con el alma en forma de espiral, los sesos líquidos y el espinazo mezcla de jalea y de cola. Donde otros tienen corazón, él tiene un tumor de principios podridos. Ningún hombre tiene derecho a ser esquirol mientras haya un charco de agua para ahogarse y una soga lo bastante larga para ahorcarse. Judas Iscariote fue un gentleman en comparación con el esquirol. Al traicionar a su maestro, no le faltó carácter para ahorcarse. Y el esquirol no lo tiene… El esquirol traiciona a su Dios, a su mujer, a su familia y a su clase.

JACK LONDON

 

En inglés la palabra que define a los esquiroles es scab, que significa costra.

Porque no hay nada más desagradable que una excrecencia de materia

orgánica muerta que acaba desprendiéndose del cuerpo sano una vez curado.

Esa es la esencia del esquirol y una de las razones fundamentales del

retroceso en España, la infinidad de desclasados que han traicionado a los

suyos lamiendo las botas del patrón o del poder para asegurarse una posición

mejor a costa de aplastar a sus compañeros. Son muchos los ejemplos de

individuos de clase obrera a lo largo de la historia que prefirieron hurtar lo

común para satisfacer su egoísmo. Uno de los elementos fundamentales de la

infamia de nuestro país está representado por aquellos individuos que con su

falta de compañerismo tomaron partido contra los de su clase.

Las huelgas mineras en el Reino Unido contra Margaret Thatcher dejaron

algunos ejemplos ilustrativos de cómo se comportaban los trabajadores con

los esquiroles. Actitudes que se enardecían cuando el conflicto obrero

afloraba. En el pueblo minero de Goldthorpe, al sur de Yorkshire, contaban en

1985 la historia de un minero de más de ochenta años que había sido un

esquirol en la huelga general de 1926 y que sesenta años después tenía vetado

el acceso a los locales del club social del pueblo[62]. En Goldthorpe, cuando

murió Margaret Thatcher realizaron un entierro de celebración[63] en el que

quemaron una efigie de la dama de hierro que alimentaban con coronas de

flores con la palabra Scab. No es casualidad que David Peace los vista en su

libro GH84 con una capucha para ocultar su rostro. Isabel Alba tiene una

frase deliciosa para definirlos: «Obreros que tienen vivo el ingenio para conservar siempre seguro el cuello sobre los hombros, aunque para ello

tengan que vender los cuellos ajenos»[64].

El repudio de los trabajadores a los esquiroles los lleva a despreciarlos en

la cultura popular de diversas formas. Otro de los nombres que reciben es el

de blacklegs, por la imposibilidad de ocultar el hollín del carbón en las

piernas al volver del trabajo cuando rompen una huelga. El nombre data de

mediados del siglo XIX, y una canción llamada «Blackleg Miner» narra la

historia de estos esquiroles. En los años ochenta, con las huelgas mineras se

volvió a poner de moda este tema, que es un alegato violento contra los

esquiroles. Y lo hizo acompañado de polémica, sobre todo tras algunos

sucesos violentos entre los que destaca el asesinato del taxista David Wilkie

cuando trasladaba a uno de los esquiroles a la mina en Merthyr Vale. El 30 de

noviembre de 1984 el taxista conducía a un minero que estaba rompiendo la

huelga camino de la mina, escoltado por una patrulla de la policía, ya que los

trabajadores huelguistas impedían por todos los medios que los esquiroles

llegaran a su destino, cuando al pasar por un puente dos mineros lanzaron un

bloque que impactó directamente contra el taxi y acabó con la vida de David

Wilkie[65].

Un esquirol es igual en Goldthorpe y en Mieres. El internacionalismo

supo verlo hace muchos años. En su obra La mina, Armando López Salinas

expresó como nadie la psicología del esquirol a través de un diálogo entre

compañeros que debaten si hay que hacer huelga:

 

—Conmigo no contar —dijo.

—¿Vas a hacer el esquirol? —le preguntaron.

«Esquirol, esquirol. Eso no son más que palabras, garambainas de muertos de hambre. Que

digan lo que quieran, que yo no muevo un dedo. Lo importante es estar a bien con don Rosario y no con unos desgraciaos como el Luciano o el Joaquín. Pero la cosa no es así —pensó—. Los imbéciles de mi cuadrilla quieren echarlo todo a rodar y a mí me van a hacer la pascua. Ya me quitaron la gratificación una vez y no estoy dispuesto a que me quiten otra… Y no es que piense que les falta razón para reclamar. Los hombres deben trabajar sin miedo a que se les caiga el techo encima y deben cobrar mejores jornales. A la galería cuarta no llega aire ni para un gorrión, y hacen falta lo menos tres portadas y un par de cientos de rollizos. Pero eso no es de mi incumbencia. Se lo dije al ingeniero, ¿no? Yo no puedo meterme en líos y andar repitiéndoselo cien veces como quieren los de mi cuadrilla. Tengo que hacer lo que me convenga; la vista gorda

y poner el cazo a la hora de las gratificaciones. Que cada uno con su pan se lo coma»[66].

 

El individualismo y la sumisión como elemento troncal de la psique del

traidor a su clase. Los esquiroles suelen ir con la cabeza agachada por la

vergüenza, conscientes de que su jornal es un retroceso en los derechos

colectivos. Que su hambre mitigada de hoy, será más hambre para sus

compañeros el próximo año. Por eso les corroe la vergüenza, por eso se les

alimenta como a los pollos para evidenciar su cobardía. Eso es lo que sucedió en las «huelgas del maíz» de los años sesenta o la Huelgona, como se la

conoció más popularmente. La huelga que ganaron las mujeres humillando a

los esquiroles con un puñado de maíz. El 7 de abril de 1962, siete picadores se

negaron a bajar al Pozo Nicolasa, en Mieres (Asturias). El sueldo era exiguo,

el trabajo mortal, y ni la represión del franquismo les hacía soportar la dureza

del trabajo sin protestar. La empresa quiso terminar rápido con la rebelión

temporal y les despidió sin darles mayores explicaciones. Un despido que

prendió la solidaridad, un sentimiento colectivo que los traidores a su clase no

conocen. Al día siguiente ya no eran siete los trabajadores que se negaron a

trabajar. Ya eran ciento cuarenta en el Pozo Nicolasa. Pero la cosa no quedó

ahí. Todas las minas de la empresa Fábrica de Mieres vieron cómo sus

mineros paraban en solidaridad con los siete del Pozo Nicolasa. Les siguieron

en Figaredo, Riosa y las Hulleras de Turón. La unión entre compañeros

prendió como la pólvora que usaban para dinamitar los pozos. La mecha

finalmente paró toda la cuenca minera. La huelga continuó gracias a los

esfuerzos de todas las familias, y, sobre todo, de las mujeres, que lideradas

por Anita Sirgo dieron buena cuenta de los esquiroles:

 

Armadas con palos y maíz, cortaban los accesos a los pozos y regaban los caminos con los

granos. El mensaje era claro, estaban llamando «gallinas» a los que intentaban volver al tajo, sabiendo que pocas cosas peores se le podían llamar a un paisano asturiano. Una sencilla medida que realmente contrariaba a los llamados «esquiroles». Y cuando los guardias civiles intentaban detener a alguna, se entrelazaban con sus brazos al grito de «o todes o nenguna» («o todas o

ninguna»). Los porrazos llovían y los brazos se fundían [67].

 

La acción de las mujeres mineras contra los esquiroles hizo que tras la

iniciativa de los seis mineros se lograra que el río Nalón recuperara su color

azul y ya no bajara teñido de negro. La lumbre prendió en Asturias pero

alcanzó España entera. El Régimen tuvo que declarar el estado de excepción y

finalmente claudicó ante el pulso minero subiendo el sueldo de los

trabajadores. Un éxito sin precedentes a pesar del esfuerzo esquirol.

Los desleales a su propia clase no solo alcanzan a los rompehuelgas, sino

también a aquellos que se venden para mejorar mínimamente su posición a

costa del dolor ajeno. Uno de los momentos fundamentales de la historia de

España en que los desclasados fueron más importantes para el retroceso del

país fue el que se vivió durante las décadas anteriores a la Guerra Civil. En

los años en los que el movimiento obrero y la modernización intelectual

daban sus primeros pasos para intentar situarse al nivel de Europa, y cualquier

intento de progreso era laminado sin piedad por el poder, con los perros del

esquirolaje y los traidores de clase obrera a su servicio. La época del

pistolerismo de la patronal para desactivar el pujante movimiento anarcosindicalista que buscaba la mejora sustancial de las condiciones de una

clase trabajadora que logró avances históricos, como la jornada de ocho horas,

tras la huelga de la Canadiense, pese a contar con el crimen de la patronal

como resistencia.

En 1937, durante el homenaje a Durruti, Juan García Oliver pronunció un

discurso sobre la génesis del grupo anarquista El Crisol, del que formaban

parte ambos, junto a otros como Francisco Ascaso, Pepita Not o Gregorio

Jover.

 

Nuestro grupo anarquista se formó en 1923, en circunstancias muy aciagas para nuestro

movimiento, muy tristes para toda la clase trabajadora. Dueños casi de la ciudad eran las bandas de pistoleros del sindicato libre que patrocinaba la patronal, las hordas policiacas coadyuvaban a la obra de destrucción de nuestras organizaciones y de nuestros hombres. Había caído el coloso del anarcosindicalismo, Salvador Seguí, habían caído viejos militantes, primeros hombres, de nuestro movimiento tan espléndido. Cuando comprendimos nosotros que probablemente pudiera llegar el momento de que fuésemos absolutamente vencidos nos unimos en aquel momento. Lo que no tengo vergüenza en decir, lo que tengo orgullo en confesar, los reyes de la pistola obrera de Barcelona. Vivíamos y actuábamos disgregados, pero hicimos una selección, los mejores terroristas de la clase trabajadora, los que mejor podían devolver golpe por golpe, y al llegar al final la victoria al proletariado nos separamos de los demás compañeros, nos unimos, y formamos un grupo anarquista, un grupo de acción, para luchar contra los pistoleros, contra la patronal, y contra el gobierno. Conseguimos nuestro objetivo, les vencimos, nuestros golpes fueron más duros, más a la cabeza, de los que ellos nos habían dado. Y el grupo se constituyó y fue juramento de los que lo integraron de que desde aquel momento el grupo «Los Solidarios» que nos

llamábamos continuaría la lucha hasta el triunfo de la clase trabajadora [68].

 

El discurso de García Oliver hablando de la reacción violenta del

anarcosindicalismo tiene su origen en el terror del Gobierno y la patronal en

los años anteriores. La represión sistemática por parte del Gobierno de toda

actividad sindical y huelguista desde la crisis política de 1917 les llevó a

poner militares en todas los gobiernos civiles de las regiones con más

movimiento obrero. En Vizcaya el encargado era el teniente coronel, José

Regueral, que en su primera comparecencia dijo que «metería al sindicalismo

en cintura».

En San Sebastián y Asturias el grupo de acción anarquista formado por

Durruti, Torres Escartín y Campo se hacía llamar «Los Justicieros». Estos se

trasladaron a Barcelona y adoptaron el nombre de Crisol; más tarde, cuando

se les unieron más sindicalistas de otros sectores, pasaron a llamarse «Los

Solidarios» y combatieron con fuerza la represión, siguiendo la premisa de la

propaganda por el hecho de Errico Malatesta[69].

Fue en Barcelona donde la caza de sindicalistas por pistoleros de la

burguesía y de la patronal fue más encarnizada. Además, la policía aplicó la

inefable «ley de fugas», que consistía en llevar a cabo ejecuciones

extrajudiciales dejando al reo en libertad y asesinándolo por la espalda con el pretexto de que se había dado a la fuga. Javier Tussell recoge una cita del

general Miguel Primo de Rivera en un artículo en El País de 1995 para

explicar cómo operaba el poder con los sindicalistas:

 

Comprendo que el instinto de defensa busque medios extralegales… Una redada, un traslado,

un intento de fuga y unos tiros empezarán a resolver el problema [70].

 

El personaje más negro de esta memoria y de esta época es Severiano

Martínez Anido. Militar nacido en 1862 en El Ferrol —qué mala suerte ha

tenido la bella villa gallega con tanto natalicio de miserable—, tuvo diversas

responsabilidades en las campañas de Filipinas y Marruecos, hasta conseguir

posicionarse como hombre de confianza de Alfonso XIII. Fue en 1919, con

Eduardo Dato en el Gobierno, cuando se le concedió la plaza de gobernador

civil en Barcelona con el único objetivo de reprimir el movimiento

sindicalista y obrero por cualquier medio. El nombramiento de Anido el 2 de

febrero fue una fecha nefasta para el movimiento obrero catalán.

Severiano Martínez Anido no escatimó en recursos para acabar con la

Confederación Nacional del Trabajo, permitiendo y promoviendo la

existencia de los Sindicatos Libres, que no eran más que unas organizaciones

de origen carlista que funcionaban como bandas terroristas al servicio de la

patronal y la burguesía. No fue el único quehacer para el que fue enviado a

Cataluña por Miguel Primo de Rivera, que estaba preocupado por el auge

autonomista de la Lliga Regionalista de Francesc Cambó, al que se ganó

rápidamente por su empeño en descabezar anarquistas; dos nacionalistas de

diferente cuño, unidos en el objetivo de laminar el movimiento obrero.

El 5 de noviembre de 1920, el gobernador militar pasó a tener todo el

poder tras la dimisión del gobernador civil Federico Carlos de Bas por las

presiones de la patronal Fomento del Trabajo Nacional. Fueron los peores

años de la represión. Martínez Anido nombró jefe de policía a Miguel Arlegui

Bayones y se propusieron acabar con la CNT por cualquier medio. Y entre

esos medios se encontraban los «Sindicatos Libres» de Ramón Salés. El

gobernador militar expresó con claridad su posición con respecto a la política

de represión de estos pistoleros rompehuelgas de origen carlista:

 

Lo que hice fue que se levantara el espíritu ciudadano […] recomendando a los obreros libres

que por cada uno que cayera deberían matar a diez sindicalistas[71].

 

Entre 1921 y 1923 fueron asesinados 9 patrones, 13 directivos de empresa

y 2 policías por parte de los anarcosindicalistas, y 128 dirigentes obreros

sindicalistas por parte de los Sindicatos Libres y la policía bajo las órdenes de

Martínez Anido. Los asesinatos más famosos se dieron el 10 de marzo de 1923. Los dirigentes obreros Salvador Seguí (el Noi del Sucre) y Francesc

Comas (el Paronas), fueron asesinados por pistoleros de la patronal catalana

en la confluencia de las calles de Sant Rafael y de la Cadena. Otros miembros

importantes de la lucha obrera asesinados bajo las directrices del gobernador

militar fueron Evelio Boal, que llegó a ser secretario general de la CNT,

utilizando el procedimiento de la ley de fugas, tras liberarlo de prisión y

abatirlo por la espalda junto a su compañero Antoni Feliu.

De Severiano Martínez Anido dejó escrito el histórico sindicalista

anarquista Manuel Buencasa:

 

Es un personaje cuyo estudio corresponde mejor a la psiquiatría que a la política. El crimen

por el crimen, el placer sádico aplicado siempre a los de abajo (aunque esto no implica que no sienta desprecio también por los de arriba) aparece como estímulo de vida, como un goce o un éxtasis mórbido […], el asesinato fue uno de sus objetivos supremos, si no el único. Cada crimen

estaba precedido del placer de la celada [72].

 

El asesinato de Eduardo Dato en 1921 llevó al Gobierno de su sucesor

Manuel Allendesalazar a replantearse la política represiva, al constatar que los

anarquistas devolvían los golpes con más fiereza de la recibida. Pero cuando

Martínez Anido fue informado de este giro, respondió:

 

Tal y como están las cosas no se puede detener la marcha […] como el gobierno está

comprometido tanto como él en esa represión, lo que es necesario es que cada palo aguante su

vela[73].

 

Varios autores defienden que el magnicidio se debió a la imposibilidad de

asesinar a Martínez Anido. En el almanaque El año político de 1921 cuentan

que se detuvo a dos anarquistas llamados Domingo Rivas y Ricardo Pig

Bayarí por querer asesinar al gobernador civil en el funeral de un inspector de

la policía. El atentado a Ángel Pestaña y la nula protección que en el hospital

le proporcionó Martínez Anido acabó siendo su final como gobernador civil

de Barcelona por la presión de Julián Besteiro desde el Parlamento. El

diputado actuó con vehemencia, según consta en el diario de sesiones del

Congreso, a la hora de cuestionar las actuaciones del gobernador civil.

Contaba Besteiro en el Congreso para demostrar la poca legalidad de su

proceder, que el abogado del redactor de El Progreso, el señor Amador, pidió

a Martínez Anido delante de los periodistas que pusiese en libertad a un

detenido, y el gobernador civil le respondió:

 

Le tenía fichado como revoltoso. Como revoltoso no se le puede tener en la cárcel, porque si

todos los revoltosos que hay hubiesen de estar en la cárcel, no habría cárceles para ellos; pero es indudable que ciertas ideas muy radicales exigen represión, y yo le aconsejo a usted, dijo al abogado del Sr Amador, que procure que ese señor se reprima un poco, porque que un cualquiera

pueda ser anarquista o semianarquista, se explica, pero no que lo sea una persona decente[74].

En aquel 1921, a propósito de la petición de cese de Martínez Anido,

Julián Besteiro se hacía una pregunta que aún resuena en la actualidad:

¿puede haber un hombre de Gobierno, sean cuales sean sus opiniones

políticas y sociales, que piense que para acabar con la actuación de unas

bandas terroristas hay que dejar que actúen otras bandas terroristas[75]?

La imagen del inefable Anido tuvo su representación en la cultura popular

y mediática del momento. El diario La Acción, en una columna de deseos para

el año 1921, dejó escrita una greguería desiderativa: «A los sindicalistas, dos

docenas de Martínez Anido»[76]. Las chanzas sobre la efectividad represora

llegaron también a los sufrientes, que dejaron escrito en un diario satírico:

«¿No tendría usted por ahí otro Martínez Anido, aunque fuera de segunda

mano, para meter en cintura a los explotadores que no nos dejan comer?».

El mejor homenaje a la memoria del asesino que fue Martínez Anido lo

realizó su hijo, el pintor y dibujante Roberto Baldrich, abjurando de su padre

y renunciando a su apellido por el de su madre. Pero Martínez Anido tuvo un

legado mucho más poderoso que su descendencia, la restauración del

Somatén y los Sindicatos Libres.

La plaza de Sants, hasta el año 1980, tenía otro nombre. En el año 1939, le

pusieron «plaza de Salvador Anglada Llongueras», un empresario carlista que

en 1919 creó los Sindicatos Libres junto con Ramón Sales, auspiciados por

Martínez Anido. La creación de las milicias de la patronal surgieron en el

Ateneo Obrero Legitimista de Barcelona de la calle Tapinería; en principio

nacieron como contraposición al sindicato único controlado por la CNT, y

tenían un carácter menos combativo, enfocado a buscar simples mejoras

económicas para los trabajadores pero sin parar la producción. Una especie de

UGT en la actualidad, para que nos entendamos.

Paco Taibo II, en su libro Que sean fuego las estrellas, la Biblia canónica

del periodo de 1917 a 1923 en Barcelona, cuenta cómo los carlistas del

sindicato libre, muchos de ellos pertenecientes a la «Liga Patriótica

Española», tenían como canción de guerra una que cantaba la cupletista Mary

Focela y que decía: «Lucho como una leona, al grito de ¡Viva España!, y es

que por mis venas corre, la sangre de Malasaña». La Liga Patriótica Española,

de la que beben los Sindicatos Libres de Ramón Sales, era eminentemente

nacionalista española, como dejan claro en su manifiesto fundacional: «Viva

España», mostrando de forma inequívoca que su objetivo era combatir el

separatismo y afirmar la unidad española. También estaban asociados al Real

Club Deportivo Español, por monárquico y castizo. Para Xavier Casals esta formación es una de las primeras organizaciones fascistas que se dieron en el

país. El protofacismo.

Entre los creadores de los Sindicatos Libres, con el objetivo de convertirlo

en un sindicato amarillo que eliminara a la CNT del movimiento obrero,

existieron muchos personajes de negro recuerdo. El tradicionalista José Baró

Bonet, que posteriormente participaría en el golpe de Estado de 1936, el

requeté Salvador Framis i Aymerich o Rupert Lladó. Pero entre todos

destacaba el nombre de Juan Laguía Lliteras, periodista, escritor y quizás el

más violento de los «Libres»[*]. Nacido en Valencia en 1890, fue jesuita y

abandonó la orden para consagrarse a Dios a través de sus artículos y de la

acción. Laguía no escatimaba en recursos a la hora de usar la fuerza para sus

fines, algo que le proporcionaba encendidos elogios cuando publicaba algún

libro. Ser un asesino no era un problema para el ABC en 1935 cuando se

trataba de dirigir las pistolas contra el sindicalismo: «Ni como escritor, ni

como tribuno, ni como hombre de acción suele caer en la vulgaridad Laguía

Lliteras»[77].

Para entender a qué se refería con lo «hombre de acción», puede servir de

ejemplo un hecho sobre el que el propio Laguía fardaba ante sus acólitos

carlistas y del Libre, y que llegó a loar en un libro. El 16 de mayo de 1922

acudió al Congreso de los Diputados para buscar al diputado socialista

Indalecio Prieto con la intención de agredirle. No era propio de Laguía

quedarse con las ganas, así que se plantó ante el miembro del PSOE y le

abofeteó. Un artículo publicado el día posterior sobre la vida del agresor de

Indalecio Prieto con motivo del suceso decía de Laguía: «Quienes conocen al

agresivo poeta afirman que el misticismo en él es epidérmico, y lo sustantivo

es una violencia natural»[78].

El líder de los Libres era Ramón Sales Amenós, un católico fervoroso y,

como muchos de los afiliados al sindicato amarillo, miembro de los requetés

carlistas. Hacía de enlace con los patronos, y su principal cometido era dividir

el movimiento obrero y perjudicar a la CNT, de la que llegó a formar parte

antes de crear el Sindicato Libre.

Aparte de los múltiples asesinatos de los pistoleros del Libre también se

recurría a una táctica habitual, la de los estragos mediante falsa bandera,

consistente en llevar a cabo acciones de sabotaje que servían para culpar a los

del Sindicato Único y provocar la represión de la CNT. Una de estas acciones

la protagonizó un miembro del Libre apodado «el Traidoret», que colocó una

bomba de fabricación artesana en un horno de Barcelona para que posteriormente la prensa culpara a los anarquistas y se efectuaran las redadas

habituales tras cada acción.

Numerosos testigos han confirmado la actuación personal de Ramón Sales

Amenós como partícipe directo en atentados contra sindicalistas de la CNT.

Las acciones de esquirolaje, boicot, delaciones, colaboraciones con la policía

y asesinatos convirtieron a Ramón Sales en objetivo prioritario de los

anarquistas. Pero no pudieron acabar con él hasta el inicio de la Guerra Civil

en 1936, gracias a la protección que posteriormente logró de la Dictadura de

Miguel Primo de Rivera. Y cuando lo hicieron, cuando dieron con él, se

emplearon con saña para devolverle el dolor causado.

Las crónicas de su asesinato fueron terribles, aunque influidas por quiénes

eran los cronistas. Según Feliciano Baratech, un periodista miembro de los

Sindicatos Libres, su muerte «ocurrió una madrugada del siguiente

noviembre, en el chaflán de las calles Consejo de Ciento-Villaroel, ante el

edificio de la Soli. Encadenados sus pies y manos en cuatro camiones,

emprendieron estos vehículos, simultáneamente, la marcha en dirección

distinta. Sales murió descuartizado». El relato del descuartizamiento fue

recogido en los posteriores libros sobre la vida de Ramón Sales contada por

los carlistas:

 

Tenía que morir atrozmente torturado. El hecho ocurrió la madrugada del 1 de noviembre de

1936. En el cruce de las calles Consejo de Ciento con Villarroel, ante el edificio de la Soli. Encadenaron los pies y las manos de Sales a cuatro camiones. Acto seguido los camiones

emprendieron la marcha, en direcciones distintas. Ramón Sales murió descuartizado [79].

 

Otras crónicas del momento cuentan una muerte distinta. La agencia

Febus explicó que Ramón Sales había sido fusilado:

 

Se ha hecho justicia. Ramón Sales ha sido fusilado. Ramón Sales, el presidente de los

Sindicatos Libres de España el principal promotor de los asesinatos de Layret, Seguí, Boal, Archs y miles de obreros ametrallados en las calles de Barcelona fue fusilado ayer, a las doce de la

noche, por los genuinos representantes del pueblo confederal y antifascista de España[80].

 

El periódico fascista La Unión de Sevilla informó también en los mismos

términos hablando de fusilamiento, sin especificar si se produjo el sádico

descuartizamiento que salió de la pluma de Baratech[81]. La vinculación de los

Libres con los miembros del Somatén fue muy estrecha, siendo en muchas

ocasiones los protagonistas miembros de ambas formaciones. Uno de los

fundadores de los Libres, Salvador Anglada, era hijo de un empresario de

éxito y había fundado el Círculo Tradicionalista Obrero, y además había sido

concejal del ayuntamiento por el partido Dreta Catalana. Pero por encima de todo, era miembro del Somatén de Barcelona que dirigía José Bertrán y

Musitu, uno de los colaboradores más importantes de Francesc Cambó.

El jefe del Somatén de Barcelona era uno de los ilustres miembros de la

burguesía catalana que operaba como líder de los pistoleros de la patronal.

Estaba emparentado por vía marital con Eusebio Güell y Bacigalupe, primer

conde de Güell. El Somatén barcelonés de Bertrán también era conocido

como la Guardia Cívica de los hombres de orden, y tenía por objetivo el uso

de la fuerza y la violencia para detener las tentativas revolucionarias y

laborales de los sindicatos anarquistas. A los hombres de Bertrán los armaba

Martínez Anido con material de la Guerra de Cuba, antiguo pero que cumplía

su propósito de lucha callejera en defensa del patrimonio de la burguesía.

Los somatenes de Bertrán y el resto de los conformados llegaron a tener

una importancia considerable en aquellas fechas, acometiendo verdaderos

actos de fortaleza que podrían recordar las marchas de las antorchas de

Nuremberg. Una en especial puso en guardia a las fuerzas anarquistas, de

izquierdas y liberales por su semejanza con los actos de exaltación fascista al

estilo mussoliniano que se empezaban a dar en Italia.

El almanaque Tierra y Libertad definía el tipo de personajes que estaban

en los somatenes al servicio de la burguesía:

 

Una casta inculta, brutal, egoísta y mezquina, defectos que siendo inherentes a todo burgués

en particular, —en el más bajo significado de la palabra, en el flauberiano significado de la palabra, para expresar fielmente nuestro concepto del burgués, y adviértase cuantos que no lo parecen lo son en este sentido—… Mercaderes de toda laya, —industriales, comerciantes, banqueros, políticos, etc.,— desde el tendero más ínfimo hasta los representantes de Cataluña en el Congreso y en el Senado, —¡oh!, solidaridad en lo ruin— se dispusieron y prepararon para una batalla que no había de verificarse. Toda la gama de las gentecillas que viven del trabajo de los demás, se armó con la aquiescencia y la ayuda de los poderes constituidos. Continuación de la

solidaridad en lo mezquino[82].

 

El 24 de abril de 1921 se celebró en Barcelona «La fiesta de las

banderas». Una movilización que sorprendió a los propios organizadores por

lo masiva que fue. La marcha fue organizada entre otros por el Barón de

Güell y el Conde Lavern, y tenía como objetivo rendir homenaje en

ceremonia a las banderas bordadas por las damas de la burguesía en

agradecimiento al fiero proceder del Somatén en la huelga de 1919. En total

desfilaron por Barcelona más de cuarenta mil miembros de las milicias de la

Guardia Cívica armados hasta los dientes. El diario La Vanguardia, órgano de

la burguesía antes y ahora, hablaba en términos elogiosos del acto de las

milicias del Somatén con hombres armados y uniformados al margen de las

fuerzas policiales. Unas escuadrillas protofascistas que defendían sus

intereses y que intentaban venderse como garantes del orden social y transmitir que eran una amalgama transversal que no estaba circunscrita a los

intereses patronales.

Los medios del momento se posicionaban de manera frontal contra el

sindicato único, hablando de los somatenes como defensores de la ley y el

orden, y La Vanguardia era el promotor de esa línea editorial, hegemónica en

aquel momento, que justificaba las acciones violentas si se trataba de reprimir

al movimiento obrero:

 

Cuando la borrachera y el crimen y las perturbaciones sociales parecen haberse enfloreado de

esta Barcelona que por su laboriosidad es acreedora a figurar entre las primeras y más prósperas ciudades del mundo, cuando una ínfima minoría trata de imponerse por el terror a impedir que la riqueza de nuestra hermosa ciudad se desarrolle y que nuestros obreros, los honrados obreros, gocen en paz y tranquilidad del producto de su trabajo, cuando en nuestras calles son arrebatadas un día tras otro y con inconcebible audacia centenares da vidas inocentes, es altamente consolador ver como miles de hombres honrados, pertenecientes a todas las clases sociales, aristócratas, empleados, obreros, unidos fraternalmente en la comunidad de su fe en augustias de paz y de orden, base de nuestro positivo progreso, abnegados, dispuestos en todo momento a llegar hasta el sacrificio de la vida, se manifiestan ante la ciudad como demostración de que a ella puede quedarle una esperanza en estas supremas y angustiosas horas en que la institución gloriosa de los Somatenes constituye una de las escasas garantías del normal desenvolvimiento de la actividad y del porvenir ciudadano; y cómo la ciudad sabe asociarse, de la manera que se asoció el domingo, en la actuación desinteresada y voluntaria de aquellos que por encima de todo ponen la defensa

patriótica de los intereses colectivos[83].

 

La marcha del Somatén ocupó desde plaza Cataluña hasta el paseo de

Gracia y parte de la Diagonal. El Somatén de Bertrán i Musitu ocupó casi

toda la avenida Diagonal mostrando su fortaleza. Otro de los dirigentes

burgueses al mando de su propio somatén en la parada protofascista de abril

de 1921 fue el empresario textil Eusebi Bertrand i Serra, que llegó a tener un

emporio algodonero considerado el mayor del mundo en los años treinta —

sirva como anécdota extemporánea que el mecenazgo de su familia

impulsaría en años posteriores la carrera de Montserrat Caballé—. La

importancia de la familia llega a nuestros días, y en las hagiografías

encendidas de la saga empresarial nunca se recuerda la importancia de uno de

los patriarcas del pistolerismo catalán a sueldo de la patronal. Entre los

nombres de los asistentes empiezan a aparecer siniestros personajes que

tendrían una especial incidencia en la represión de 1936. Uno de los

participantes fue el torero Ricardo Torres «Bombita», que durante la Guerra

Civil fue uno de los escuadristas de los caballistas negros de la burguesía

andaluza que, a las órdenes de Antonio Cañero, gritaban en sus cacerías de

republicanos: «¡Arriba España! Vamo a rejoneá a eso gañane que se yaman

guerrillero»[84].

La marcha de los somatenes por Barcelona puede ser considerada una de

las primeras manifestaciones de fuerza del fascismo primigenio en España, un

año antes que la Marcha de Roma de Benito Mussolini, y que contó con la

presencia de todas las autoridades de la comarca. La Fiesta de las Banderas

estuvo presidida por el gobernador civil Martínez Anido y por el general

Miguel Arlegui y Bayones. Este último es el más negro personaje de cuantos

hemos mencionado hasta ahora. Fue inspector general de Seguridad en

Barcelona entre 1920 y 1922, destacando como uno de los máximos

responsables de la represión policial dirigida por las autoridades bajo el

mando de Martínez Anido, y también ocupó el cargo de director general de

Orden Público.

Así como en institutos, colegios, ateneos y columnas de intelectuales se

recomienda hablar bien de los Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós

como una obra imprescindible para conocer la historia de España, lo mismo

debería hacerse con «El contagio», relato de Pío Baroja incluido en su libro El

cabo de las tormentas, para comprender la Barcelona de los Sindicatos Libres

de la patronal y de la calaña que conformaba las fuerzas policiales del

momento. En el libro, el gran autor vasco le hace un traje descriptivo al

inspector general de Orden Público Arlegui de los que nadie con un cierto

sentido del ego podría volver a recuperarse jamás:

 

Arlegui era un hombre zafio, torpe, endiosado, el sargento de la Guardia Civil llevado a un

alto cargo. Hablaba siempre echándoselas de bravo y haciendo referencia a la virilidad de los hombres. En el fondo era un gallina; pusilánime y cobarde […] Arlegui era un hombre sombrío, asustadizo, neurasténico, enfermo del estómago, del corazón y de los nervios […] Arlegui era un bruto, mixto de canalla y de burócrata. Como jefe de la Guardia Civil, se había distinguido por sus chinchorrerías. Tenía un gran placer en reñir, en procesar, en inventar molestias inútiles para los subordinados. Era cominero y ridículo. Arrestaba por las causas más pequeñas a dos y a tres meses en cuarteles y recintos fortificados. En un pueblo de la provincia de Segovia tuvo a la Guardia Civil de maniobras en un día de agosto abrasador, con su traje de paño y sus correajes, una porción de horas. Las mujeres de los guardias le apedrearon después a la vuelta. Arlegui era muy pincho, hablaba con acento entre americano o andaluz, diciendo palabrotas […] Era alto, de nariz larga, ojos claros, bigote blanco y corto, la boca recta y rígida, los labios un poco caídos y pesados. Tenía cara de militar español, el pecho lleno de cruces, el aire satisfecho y petulante, el pelo con raya, tenía ojos de cocotte, con unas arrugas alrededor y la pata de gallo. Tenía una cara de militar del tiempo de Fernando VII, era un pedante, un tonto y al mismo tiempo un sádico; padecía diez enfermedades juntas. Debía de tener una úlcera de estómago y una lesión

cardíaca[85].

 

El atentado y muerte del inspector Espejo es uno de los momentos más

duros para Miguel Arlegui. La represión posterior de sindicalistas fue feroz

por parte del inspector de Orden Público, y hubo numerosas muertes de

obreros a manos de los hombres de los Sindicatos Libres y de la policía, que dieron rienda suelta a la inefable ley de fugas. Con las licencias propias del

estilo de Baroja, así contaba el suceso en El cabo de las tormentas:

 

Al salir Espejo, el mozo señaló al policía. Salieron dos pistoleros, le siguieron a Espejo y en

una calle céntrica lo mataron. Al saberlo Arlegui, bramando de coraje, se echó al teléfono y llamó a las Comisarías.

—¿Cuántos presos políticos hay ahí?

—Tres —le contestaban.

—Matarlos.

Llamaba a otra Comisaría:

—¿Cuántos presos hay ahí?

—Cuatro.

—Aplicarles la ley de fugas.

Se dijo que en la sala de autopsias del Hospital Clínico aquella noche se juntaron treinta y seis

cadáveres de sindicalistas alrededor del cuerpo del policía Espejo.

Anido y Arlegui fueron a la sala a ver el espectáculo. Se aseguró que Arlegui, furioso porque

habían matado a su amigo y confidente, disparó su pistola en la cara de uno de los anarquistas muertos que conservaba los ojos abiertos. Al parecer, estaba trastornado. Arlegui se quedó solo en el depósito de cadáveres, y dirigiéndose a Espejo, entre los treinta y seis obreros muertos, le decía de una manera sentimental: «Espejo, no te quejarás de mí. Ahí los tienes; son las flores con que adorno tu cadáver».

 

Las acciones de Miguel Arlegui alcanzaron todos los registros, y este

siguió al dictado las órdenes de Martínez Anido cuando fue nombrado por

Eduardo Dato, mostrando toda la brutalidad necesaria para acabar con el

Sindicato Único de los anarquistas. Uno de los sucesos más trágicos entre los

muchos en los que se vio implicado fue el atentado del Teatro Pompeya.

La madrugada del 12 al 13 de septiembre estalló un paquete bomba en el

teatro Pompeya, que causó cinco o seis muertos y entre quince y dieciocho

heridos, dependiendo de los periódicos consultados. Al día siguiente, la CNT

publicó un manifiesto para pedir que la ciudad se paralizase el día del

entierro, pues cuatro de los muertos pertenecían al sindicato. El manifiesto

termina: «Perseguimos un ideal de justicia que no puede empañarse con la

mancha de un crimen».

Sin embargo, aquella declaración no les sirvió para frenar la campaña de

represión. Igual que de nada sirvió la declaración de Arnaldo Otegi negando

la autoría de ETA en el atentado del 11M en la posterior campaña del PP que

acusaba a los terroristas vascos. La policía al mando de Miguel Arlegui

comenzó una represión feroz con diversas redadas contra miembros del

Sindicato Único. La tensión provocó que el entierro de las víctimas se

pospusiera y acabara celebrándose cuatro días después del atentado con

miembros de la patronal y de los sectores obreros.

Los rumores sobre quién puso la bomba son abundantes, dependiendo de

qué fuentes de la época se consulten. Casi todos los datos apuntaban a un nombre; Inocencio Feced Calvo, que había sido expulsado de la Guardia Civil

y estuvo vinculado a los anarquistas de Tierra y Libertad. Pese a estar afiliado

a la CNT, durante el cierre patronal trabajó como confidente para la policía.

Al comienzo de 1920 está en Melilla, en el Ejército, y después de cuatro

meses regresa a Barcelona, pero los anarquistas no lo integran. Faced es

detenido un mes después por estar repartiendo pasquines, es torturado y

confiesa que Arlegui le ofreció formar parte del Libre, pero que no aceptó. La

policía jamás interrogó al detenido por la bomba del Pompeya, y fue liberado

por sorpresa hasta el día del juicio, que se celebraría un año más tarde. Todo

apuntaba a Miguel Arlegui. La bomba fue un intento de culpar a los grupos de

acción y forzar una ofensiva del Gobierno contra la CNT. Marcos Alcón,

miembro de los Libres, dijo que la bomba iba a ponerse en la Fábrica de Luz,

frente al teatro, pero como había cacheos terminó por ponerse allí.

Nadie mejor que Baroja para definir al inspector de Orden Público y su

cobardía:

 

Arlegui no era como un tigre o una hiena, sino como la araña, que no ataca a la víctima más

que cuando está sujeta y envuelta entre sus hilos.

 

No solo los miembros de los Libres, somatenes, esquiroles, políticos y

cargos públicos conformaban la represión de la Barcelona punta de lanza del

movimiento obrero en las dos primeras décadas del siglo XX. Faltan dos

piezas muy relevantes: los policías y los estafadores. Y en este listado hay tres

nombres que destacan por encima del resto: Manuel Bravo Portillo, Julio

De Lassarte Pessina y Friedrich-Rudolf Stallmann, también conocido como el

barón de Köening o de Kert.

Julio de Lasarte Pessina nació en Trubia, en una aldea cercana a Oviedo

famosa por la fábrica de armas que allí se instaló en el siglo XIX —quizás su

origen le sirvió para sus futuros cometidos cuando fue trasladado a Barcelona

—. Lasarte era un capitán de caballería del Ejército destinado en la Oficina de

Información de la Capitanía General de la IV Región. Fue el encargado de

realizar una base de datos con todos los pistoleros de los Sindicatos Libres,

para usarlos como terroristas blancos o confidentes, y otra con los

sindicalistas de la CNT, para reprimirlos. El fichero Lasarte, que así se llamó

a aquella base de datos, se cree que comenzó a elaborarse en 1919, y se tuvo

conocimiento del mismo al ser encontrado en casa del militar durante un

registro tras el advenimiento de la República en 1931. El fichero constaba al

menos de 7000 fichas que Pere Foix desgranó en una obra llamada Los

archivos del terrorismo blanco, y estaba al servicio de Miguel Primo de

Rivera y del capitán general de Cataluña, Joaquín Milans del Bosch.

La lista negra de los anarquistas fue creada con el beneplácito y la

colaboración de Manuel Bravo Portillo, otro de los protagonistas de la

regresión española en la oscura época del pistolerismo. Bravo Portillo nació

en Filipinas, y durante la Primera Guerra Mundial estuvo a sueldo del

espionaje alemán. Bravo Portillo podría haber colaborado con los alemanes

pasándoles las rutas de los barcos españoles con armas y municiones de

contrabando y librando una lucha sin cuartel contra los empresarios

aliadófilos que vendían su material a Francia. Ese fue el motivo por el que

asesinaron al empresario Josep Albert Barret i Moner, al que todos los

estudiantes de España conocerán mejor por haber inspirado al Savolta que

Eduardo Mendoza describió en su novela. Sin embargo, los intereses

alemanes y la participación de Bravo Portillo quedaron oscurecidos, y el

crimen jamás se resolvió a pesar de que se culpó a los sindicalistas de la CNT.

Su miseria moral queda reflejada en una breve descripción de Paco

Taibo II en su libro Que sean fuego las estrellas:

 

El abogado Granados de Silos cuenta que vio a Bravo Portillo un día en el cuartel de

Atarazanas torturando a uno de los detenidos, cuando golpeó a un anciano con una llave inglesa. Su paso por la brigada del vicio, llamada la Brigada de Espectáculos, ha dejado un reguero de denuncias: se ha dicho de él que era violador de menores y que utilizó su cargo en la brigada para forzar mujeres. Cobraba protección en casas de juego y burdeles, e incluso «llegó su cinismo al grado de requerir de amores bajo amenazas a la honrada esposa de un sindicalista preso en

Barcelona»[86].

 

Bravo Portillo cayó en desgracia de manera temporal gracias a un

reportaje de investigación del periódico cenetista Solidaridad Obrera, que

publicó unas cartas del policía probando su colaboración con el espionaje

alemán en el hundimiento de un mercante español. Los artículos firmados por

Ángel Pestaña en la Soli son historia del periodismo de investigación en

España, pues lograron que en una época corrupta las instituciones no tuvieran

más remedio que meter en la cárcel a uno de sus perros de presa policiales

más efectivos debido al escándalo. Porque a Bravo Portillo se le odiaba,

mucho: «Se le odia por su proceder, por apalear a periodistas, por brutalizar a

las mujeres, por fabricar complots contra la organización, por ser el tenorio de

concerts [87] y music halls , por explotar cuanto negocio le salía al paso». No se

lo perdonarían a Pestaña.

Cuando salió de la cárcel dejó de ser policía, pero no dejó de trabajar para

la policía liderando «La Banda Negra», y confeccionó junto con sus pistoleros

la lista de los siete de las 25 000 pesetas. Un listado con sindicalistas a los que

asesinar. Algunos de los que no pudieron sobrevivir a la razia fueron Pau

Sabater, El Tero, presidente de la comisión negociadora del ramo del agua, que fue secuestrado y fusilado en las afueras de la ciudad, o José Castillo, del

Comité Nacional de la CNT, que fue acribillado en una barbería de Sants. Los

sindicalistas devolverían el golpe. Y lo harían en las carnes del propio Bravo

Portillo esperándole al bajar del tranvía cuando iba a visitar a una amante y

disparándole hasta la muerte. No sería el último pistolero de los patronos.

Friedrich-Rudolf Stallmann llega a España en 1914 y se instala en

Fuenterrabía con su esposa, o eso decía, y su suegra, tal como también decía,

porque de todo lo que decía Stallman la mitad era mentira, y solo había de

verdad aquello que sirviera a sus propósitos. Las mujeres con las que llegó

fueron la baronesa René Scalda, y su amante, CJ[88] —Paco Ignacio Taibo II

asegura que se la conocía como «la Diabólica»—. «El Barón», estafador y

cocainómano, consideraba Barcelona la ciudad más propicia para sus engaños

y vicios, en vista de la convulsión que la azotaba. Un lugar para el

oportunismo de miserables como él. Al llegar a Barcelona a principios de

septiembre de 1918, empieza a trabajar indistintamente para Hortwig, del

espionaje alemán, y para Février, del servicio secreto francés. Un agente

doble que hubiera trabajado para un tercer país si los emolumentos hubieran

sido los adecuados; a Stallmann solo le movía el interés.

Durante la huelga de 1919 se presenta a Manuel Bravo Portillo haciéndose

pasar por belga para ofrecerle sus servicios contra los sindicalistas. El

comisario le pone un despacho para atender a confidentes, pero la relación no

dura mucho porque el comisario capta rápidamente que el barón solo se sirve

a sí mismo. Pero lo breve no impidió al Barón heredar la dirección de La

Banda Negra. Fritz Stallmann y Bravo Portillo estaban relacionados a través

de Isaac Ezratty, el barón Ino Von Rolland, que era el líder del espionaje

alemán en Barcelona. Cuando asesinan a Bravo Portillo, Stallmann se

presenta en los locales de la Federación Patronal de Barcelona como si fueran

amigos del alma y le tocara a él vengarlo. Dado lo convulso del momento,

apenas le prestan atención, pero consigue el favor del tesorero de la

Federación, Miró i Trepat, que le encomienda reconstruir la banda y lo

financia con dinero del fondo de reptiles de la patronal.

La Banda Negra servía a los intereses de la patronal y del espionaje

alemán, o directamente a los intereses del barón de Köening, que controlaba

las acciones de sus setenta matones a través de la empresa de detectives BKS

(Barón Von Köening Services) situada en el número 6 de la Rambla de las

Flores[89]. Köening tiene como contactos al inspector Serrano (que intercepta

y abre las cartas en la estación de Francia) y al inspector Luis León, que

recibe dinero de la banda. La primera acción importante de K, como también le llamaban, y sus matones es el atentado contra Ángel Pestaña. Pero para el

Barón todo comenzaría a torcerse a partir de octubre de 1920.

El 20 de octubre, en Barcelona se celebró el Congreso Patronal, al que

acudieron cuatro mil propietarios. En el congreso se llamó a la formación de

bandas de pistoleros patronales y se habló de las posibilidades del lock-out (el

cierre patronal de las fábricas) como el arma imprescindible para torcer el

brazo a los sindicalistas. Felipe Pons, uno de los ponentes, llega a decir: «Es

indispensable destruir el sindicalismo de raíz por todos los medios al

alcance»[90].

En el congreso se eligió a Félix Graupera como dirigente de la patronal.

Stallmann comenzó a actuar por su cuenta haciendo lo que mejor sabía:

extorsionar. Lo hizo con una actuación protomafiosa, exigiendo dinero a los

patronos para garantizar su seguridad. No todos lo recibieron de buena fe, y el

Barón no sabía medir a los que le despreciaban. El 5 de enero de 1920 sus

hombres atentaron contra el presidente de la todopoderosa Federación

Patronal Catalana, Félix Graupera, y eso era pinchar en hueso. Primero

porque solo fue herido leve, y segundo porque sería el fin de sus correrías en

la Ciudad Condal. No se le perdonó la afrenta, y el propio presidente del

Gobierno, Eduardo Dato, ordenó su expulsión inmediata del país, que se llevó

a cabo en mayo de 1920 bajo la acusación de no tener los papeles en regla. Se

fue la podredumbre, pero quedó el mal olor.

Barcelona fue la punta de lanza del movimiento obrero de finales de la

década de 1910 y principios de los años veinte. Un momento en que la clase

trabajadora luchó y obtuvo algunos éxitos que aún disfrutamos, como la

jornada de ocho horas gracias a la Huelga de la Canadiense, pero perdió la

mayoría de las veces gracias a esos esquiroles, a esos traidores y a esa costra

obrera que hicieron de tontos útiles de la patronal. La excrecencia de una

clase que otros pusieron al servicio de sus semejantes.

Aquellos hombres que perdieron la vida o la entregaron de manera

altruista a la causa del bienestar común, del Noi del Sucre a Joan Peiró, de

Ángel Pestaña a El Tero, todos ellos somos nosotros. Son nuestra herencia y

legado, y es a ellos, precisamente, a quienes debemos nuestro bienestar;

fueron unos personajes que, pese a basarlo todo en el colectivo, dieron

muestras de su grandeza individual aun cuando huían de ella, como dijo Juan

García Oliver en el funeral de Buenaventura Durruti:

 

Nosotros: Los que no tenemos nombre, los que no tenemos orgullo, los que somos una masa,

los que pagaremos uno a uno… Nosotros. La muerte no es nada. Nuestras vidas individuales no es nada. Por eso somos Nosotros. Y mientras quede uno, Nosotros sigue.