Infames
2. La Guardia Civil y otros uniformados. De héroes y leales frente a torturadores
CAPÍTULO 2
La Guardia Civil y otros uniformados.
De héroes y leales frente a torturadores
El honor ha de ser la principal divisa del Guardia Civil; debe por consiguiente conservarlo sin mancha. Una vez perdido no se recobra jamás.
Artículo 1.º de la Cartilla del Guardia Civil
La conciencia colectiva de la izquierda en lo que respecta a la Guardia Civil
está fuertemente vinculada al cuerpo represor en el que se convirtió tras la
victoria fascista en la Guerra Civil y a su papel criminal durante la dictadura.
Un rol del que no ha sido capaz de desprenderse totalmente por la escasa
democratización que ha experimentado, por los numerosos escándalos de
corrupción, los casos de represión y tortura y por su participación directa en el
golpe de Estado del 23F. Pero en un cuerpo con doscientos años de
antigüedad que ha participado de manera directa en la historia de este país,
también hay personajes leales a la democracia e individuos que han logrado
honrar a su lema: «El honor como divisa» con sus actuaciones a lo largo de la
historia. La historia de la Benemérita tiene más sombras que luces, pero
precisamente para poner en valor a los que se comportaron de manera honesta
e íntegra es necesario recordar a sus miembros más infames,
contraponiéndolos a quienes deben ocupar un lugar preeminente en la historia
de España. El cuerpo militar creado en 1844 por Francisco Javier Girón y
Ezpeleta, II Duque de Ahumada, ha tenido tiempo suficiente para albergar en
sus filas a miserables, pero también a héroes olvidados.
La Benemérita fue una antes de la Guerra Civil y otra después, tras la
depuración de desafectos por la victoria fascista. Eso no significa que antes de
la asonada no hubiera miembros que sirvieran como elemento represor de los
más desfavorecidos y trabajaran al servicio de un estado burgués que siempre
se ha preocupado por el mantenimiento de sus propios privilegios. Para eso
surgió el cuerpo, como elemento de represión.
Después de la República pasó de ser un «órgano al servicio del poder
constituido», como decía el general Aranguren, a ser un terrible cuerpo de
represión política. En palabras de Manuel Portela Valladares, en 1952 quedó
expresada de forma manifiesta la importancia del cuerpo de la Benemérita en el triunfo o el fracaso del golpe de Estado en las primeras horas del 18 de
julio de 1936:
[…] la Guardia Civil decidió el color de las provincias españolas; donde se puso al lado de los
rebeldes, vencieron; cuando la tuvieron enfrente, los republicanos fueron derrotados [29].
Los hechos dan la razón al que fuera ministro de la República. El golpe en
Barcelona no triunfó gracias al empeño de unos cuantos mandos de la
Guardia Civil que a pesar de sus ideas conservadoras y fervorosamente
católicas fueron leales al gobierno legal republicano.
En julio de 1936 el general Antonio Escobar Huerta se encontraba al
mando del Tercio Urbano de la 19.ª Comandancia de la Guardia Civil, que
tenía como objetivo el mantenimiento del orden público en la Ciudad Condal.
El General Manuel Godet intentó tomar Barcelona con varias unidades del
Ejército en cuanto tuvo noticia del alzamiento en otras poblaciones de
España. El coronel Escobar se puso inmediatamente a las órdenes del general
José Aranguren para sacar las tropas a la calle y enfrentarse a los fascistas. El
empeño de los guardias de la Benemérita a las órdenes del general Aranguren
y el coronel Escobar fue imprescindible para parar la asonada en los primeros
días de julio. El agradecimiento del pueblo catalán fue inmediato. Lluís
Companys se asomó al balcón de la Comisaría general de Orden Público en la
Vía Laietana, con la Benemérita formada en la calle y el coronel Antonio
Escobar Huerta con el bastón de mando en las manos ofreciendo su tercio a la
Generalitat y a la legalidad republicana. Tras conformarse esa imagen se
escuchó un grito en boca del president: «Visca la República! Visca
Catalunya! Visca la Guàrdia Civil!».
En la memoria de la Benemérita hay espacio para privilegiar alguna de las
dos concepciones de la Guardia Civil, como órgano de represión o como
cuerpo al servicio de la democracia. Existen mimbres para construir ese
imaginario en uno u otro sentido, pero la nula democratización de los órganos
de decisión del cuerpo armado siempre ha optado por la que reprimió a su
pueblo. El comportamiento ejemplar de Antonio Escobar Huerta le llevó a la
muerte tras ser condenado por el régimen franquista por rebelión militar. El
general Escobar, ascendido durante la guerra por la República, fue fusilado en
los fosos del castillo de Montjuïc en 1940. La memoria del general Antonio
Escobar, un cargo todavía no reconocido por la democracia, ha sido olvidada
en favor de una construcción ultranacionalista del cuerpo de la Benemérita.
Sirva como ejemplo el homenaje en mayo de 2016 del ministro del
Interior, Jorge Fernández Díez, a la efeméride del Servicio de Información de
la Guardia Civil (SIGC[30]), un órgano creado en el año 1941, en los peores años de la represión franquista, con el objetivo fundamental de perseguir y
abatir a los guerrilleros republicanos que aún combatían en el monte. Entre las
atribuciones del SIGC estaba la de patrullar la frontera con Francia para evitar
la presencia de elementos que combatieran el nazismo dentro de los pactos
alcanzados entre Serrano Suñer y Himmler. Otra de las labores fundamentales
del Servicio de Información de la Guardia Civil era la realización de informes
político-sociales para reprimir a la oposición antifranquista y actuar contra los
elementos subversivos. Pero sin duda el motivo por el que fue más conocido
el SIGC fue la creación de las temibles «contrapartidas», patrullas falsas de
maquis que se enfrentaban de manera directa a los guerrilleros. Además, eran
la inteligencia de Manuel Gómez Cantos, un mando de la Guardia Civil
famoso por su crueldad al que apodaban «el carnicero de Extremadura».
Manuel Gómez Cantos era un guardia despiadado. El sadismo con
tricornio. En Extremadura existía un dicho popular que se había quedado
incrustado en la cultura popular de los pueblos: «Eres más malo que Gómez
Cantos». En el año 2014, en el pleno de Villanueva de la Serena (Badajoz),
celebrado para retirarle la medalla del pueblo concedida en 1939, el alcalde
Miguel Ángel Gallardo dijo sobre el citado capitán: «No tiene ningún mérito
para tener una Medalla de Villanueva, sino todo lo contrario, ya que además
de un asesino fue un exterminador»[31]. El portavoz del PP en el
Ayuntamiento dijo sobre el interfecto: «No merece debate esta persona por su
sanguinaria historia».
Manuel Gómez Cantos fue hijo de militar y allí comenzó su carrera hasta
entrar en la Guardia Civil en 1920. Su fama le precedía, los que estudiaron la
figura del inefable teniente no se explican cómo pudo llegar a 1936 en el
cuerpo con un expediente lleno de indisciplinas y escándalos. Algunos de los
más sonados estuvieron relacionados con borracheras, palizas a civiles y líos
en prostíbulos, además de alguna estafa. El historiador Miguel López Corral
recogía de su expediente personal del Archivo Central de la Dirección
General de la Guardia Civil los más llamativos entre todos los que realizó:
En marzo de 1925 recién incorporado como teniente jefe de Línea a La Rambla (Córdoba),
fue invitado por un excompañero de estudios, un oficial de Carabineros y varios amigos de éstos a tomar unas copas de bienvenida. Tras visitar varios prostíbulos del pueblo y ya en estado ebrio, empezó a proferir palabras malsonantes, lo que le valió una amistosa reprensión por parte del oficial de Carabineros, teniente Osuna. Esto hirió el amor propio de Gómez Cantos, que al día siguiente mandó llamar al cuartel a su excompañero de estudios y amenazó con hacerle la vida imposible. Como quiera que éste se asustase por la actitud del guardia civil, dio cuenta del hecho al jefe de la Comandancia. Enterado de esto Gómez Cantos, propinó una paliza en público a su denunciante y ordenó el ingreso en prisión de sus acompañantes. En otra ocasión, diciembre de 1927, ya siendo capitán, apalabró la compra de un automóvil a un concesionario de San Fernando (Cádiz) e hizo que se lo llevasen a Sevilla, valiéndose de todo tipo de engaños. Transcurrido el
tiempo, al ver que el importe del vehículo no le era abonado, el vendedor dio cuenta del oficial de la Guardia Civil. Y, lo que es la vida, Gómez Cantos se apresuró entonces a escribir al concesionario, rogándole árnica. La carta adquiere hoy un ácido surrealismo: […] «Querido Paco: perdona a un padre de siete chiquillos, ahora pienso cobrar unas pesetas y te giraré si no todo, lo que pueda. Perdón. He ascendido a Capitán V tengo probable cojer (sic) Lora, pues ese Capitán pasa a Utrera […]». En otra ocasión, cuando corría mediado el mes de marzo de 1932, siendo capitán en Puente Genil (Córdoba) avistó a un anciano campesino cuyo pecado era recolectar aceitunas del suelo de su finca. Lo detuvo y en su coche oficial lo condujo sin ningún tipo de explicaciones hasta la puerta del ayuntamiento. Una vez allí, delante de un centenar aproximado
de personas y sin motivo aparente, lo abofeteó reiteradas veces [32].
Su modo de actuar sin respetar ley, ética ni humanidad hacía prever cómo
se comportaría cuando sucedió el golpe de Estado del 18 de julio de 1936.
Siendo capitán de la comandancia de la Guardia Civil en Villanueva de la
Serena (Badajoz) desobedeció las órdenes directas de sus superiores que se
mantuvieron leales a la República y lideró a los facciosos desde Miajadas. Su
labor represora fue sanguinaria. Los fusilamientos en la retaguardia fueron
numerosos, destacando el de Medellín, que acabó con la vida de más de
cincuenta personas, otras sesenta en Villanueva de la Serena, así como
diversas masacres en Guadalupe, Santa Amalia o Rena. Finalizada la guerra
se le encomendó la represión de los guerrilleros antifranquistas que operaban
en la zona. Su acción fundacional del cargo mostraba el alma negra que el
capitán tenía:
El fusilamiento más numeroso ocurrió el 28 de agosto de 1942, en Alía. Hizo una lista con 30
nombres elegidos al azar y los convocó en el cuartelillo «para arreglar papeles». Pretendía, en realidad, aterrorizar a la región, que nadie diera apoyo al maquis. Todo el pueblo, vigilado por un cordón de guardias, vio la masacre. Entre los asesinados hubo mujeres. Su delito, al decir de Gómez Cantos: «Algo tenían que saber». Por entonces, él dormía en el monasterio de Guadalupe
entre curas[33].
La crueldad de Manuel Gómez Cantos no solo se dio con los desafectos al
régimen, sino también con los propios agentes de la Guardia Civil a su cargo.
En abril de 1945 se produjo un asalto de los maquis al cuartel de la
Benemérita en Mesas de Ibor. Los guerrilleros consiguieron desarmar a los
agentes, hiriendo de gravedad a uno de ellos, y lograron hacerse con un
sustancioso botín que incluía, además de dinero, suministros y víveres,
armamento y uniformes de la Guardia Civil, un bien muy preciado por los
maquis para poder realizar asaltos haciéndose pasar por números del cuerpo.
Historiadores locales que recogieron testimonios de los sucesos cuentan que
para mostrar la buena disposición de los guerrilleros con la gente del lugar se
pasearon de manera amistosa con los guardias ya desarmados por el bar del
pueblo, aconsejándoles que se unieran a ellos o huyesen porque la fiereza del capitán Gómez Cantos no iba a dejar pasar la afrenta sin sangre. No se
equivocaban.
Gómez Cantos llegó al pueblo para conocer de primera mano lo que había
ocurrido después de haber mandado a un subordinado para que le hiciera un
informe. La plaza del pueblo estaba llena de guardias civiles que habían
llegado desde los pueblos de la región y que se cuadraron dando taconazos a
la llegada del capitán. Tras tomar declaración a los vecinos, ordenó el
encarcelamiento de tres de ellos y de los tres guardias civiles que fueron
asaltados en el cuartelillo. El capitán, sin juzgarles, sin escucharles, decidió
que habían incumplido el artículo 284 del Código de Justicia Militar, que
habla de cobardía ante el enemigo.
A las cinco y media de una calurosa tarde de julio, Timoteo Pérez, Juan
Jiménez y Sóstenes Romero fueron fusilados por orden del capitán Manuel
Gómez Cantos en una tapia de adobe blanco en la plaza del pueblo, no sin
antes dejar clara su sentencia, escuchada por una vecina del pueblo que vivía
en la casa contigua del murete donde se produjo el asesinato:
¡[…] Y por tanto, han demostrado ser ustedes unos cobardes, por dejarse desarmar por el
enemigo. No quiero que haya un solo cobarde en mi Comandancia. Marchen de frente a aquella
pared. Avance el pelotón y cinco que tiren bien [34]!
La soberbia criminal del capitán de la Guardia Civil no contaba con la
presencia de un enemigo mayor, y abandonó el pueblo orgulloso y tranquilo
por el escarmiento. Pero con la Iglesia topó. Con la Iglesia y sus especiales
preferencias. El obispo de Cáceres fue conocedor de los hechos y no toleró
que el asesino hubiera privado de los sacramentos a los asesinados. Así que
presionó al cardenal primado Pla y Deniel para que Franco juzgara la
insolencia con Dios del capitán Gómez Cantos. Y así se hizo, se sometió a un
Consejo de Guerra al «carnicero de Extremadura» no por matar, asesinar y
masacrar sistemáticamente, sino por no darle a Dios lo que le pertenecía.
La justicia franquista le condenó en 1945 a un año de prisión que no
llegaría a cumplir de manera íntegra. Siguió siendo oficial de la Guardia Civil
y mantuvo la Cruz al Mérito Militar con distintivo blanco que Franco le
concedió en 1943. Manuel Gómez Cantos murió en 1977 en el Hospital
Gómez Ulla de Madrid rodeado de toda su familia. Les dejó una herencia de
más de 800 millones de pesetas con cuentas en Andorra y Suiza[35]. El
derramamiento de sangre estuvo siempre muy bien pagado en el Franquismo.
El caso del «carnicero de Extremadura» no fue una excepción en el
cuerpo. Existen varios ejemplos similares en cada provincia. De Cádiz a
Almería y de Málaga a Vigo. Francisco González Rodríguez, O Rabioso, es uno de los guardias civiles con una de las historias más negras de la represión
en nuestro país. Teniente de la Benémerita y falangista, fue uno de los
encargados más entusiastas de la represión en Vigo, Tui y Monforte. El apodo
no se le puso precisamente por sus dotes asesinando republicanos, sino por un
suceso anterior con un ratero de poca monta que marcaría con mácula
previsora la que sería su actitud años después, tras el alzamiento de 1936.
El 14 de julio de 1916 Francisco González era un número más de la
Guardia Civil destinado en la comandancia de Vigo, dedicado al
mantenimiento del orden público. Una vecina de la ciudad sufrió un robo del
que se percató al regresar a la casa después de unas compras. La casa robada
era de las importantes en Vigo, como muestra el botín que se describió en el
crimen:
Un conjunto de joyas muy valiosas que guardaba doña Peregrina; entre estas estaba una
pulsera de oro —la cual llevaba grabada el nombre de Ramón y en el que constaba la fecha (3 de diciembre de 1911)—, un reloj de caballero de oro con cadena a juego en el mismo metal, una cadena de reloj con una libra esterlina en forma de «dije», un par de pendientes elaborados con sendas monedas de media libra esterlina, otro par de pendientes de oro que presentaban como colgante sendas rosetas, además de un pendiente suelto de oro, un alfiler de corbata, un imperdible de señora, así como varias medallas, varias cadenas y un reloj de plata, esta vez de señora. Además de las alhajas los ladrones también consiguieron apoderarse de cinco libras
esterlinas, una docena de calcetines finos y un pañuelo de seda[36].
La policía rápidamente sospechó de un ratero conocido en la ciudad. Se
trataba de Jesús Lago Barbeito, que tenía el sobrenombre de «el Rabioso».
Tras ser detenido, fue trasladado al Palacio de Justicia para que el juez le
tomara declaración. El ladrón logró escapar del traslado y el cabo de la
Guardia Civil salió corriendo detrás de él. Después de lograr capturarlo, el
miembro de la Benemérita se propuso que su captura sirviera de escarmiento
para quien osara volver a intentarlo y además darle una lección al delincuente.
El cabo Francisco González ató al reo desnudo por las muñecas a la cola de su
caballo y la de su compañero, y lo trasladaron a trote desde Bouzas a Vigo.
Fueron más de cuatro kilómetros de distancia que acabaron con el hombre
ensangrentado hasta dejarlo casi muerto en las puertas del cuartel. A partir de
ese día el mote del delincuente O Rabioso, pasó a ser el que tendría el
miembro de la Guardia Civil. Solo fue el inicio de su relación con el terror.
El 20 de julio de 1936 el capitán Antonio Carreró comandó la sublevación
en Vigo disparando, junto con cincuenta hombres que habían salido del
cuartel de la calle Galán, a la multitud que se manifestaba en favor de la
República en la Puerta del Sol de la ciudad gallega. El capitán Carreró declaró
el estado de guerra y comenzó la represión sistemática. El segundo del capitán
era el teniente de la Guardia Civil Francisco González, O Rabioso. Este no solo participó en la masacre iniciática del golpe en Vigo, sino que fue el
órgano represor principal de los fascistas en la región.
Aquella fue la primera matanza en Vigo. En la plaza murieron veintisiete
personas, el más joven, con tan solo quince años, se apellidaba Moreda, y se
llamaba Lenin, era de las Juventudes Socialistas Unificadas. El joven venía de
Lavadores, una población cercana a la ciudad apodada la «pequeña Rusia».
La localidad era un barrio muy pobre, de gente obrera y comprometida. La
mayoría eran trabajadores de los astilleros o las conserveras viguesas. La
mano de obra del tejido industrial vigués venía de Lavadores.
De Lavadores salieron Urania Mella, la presidenta de la sección viguesa
de la Asociación de Mujeres Antifascistas, y su marido Humberto Solleiro,
que organizaron la resistencia al golpe de Estado de 1936. Urania era una
maestra de piano que se dedicaba a alfabetizar a las mujeres del barrio. Fue
detenida por organizar la resistencia y encarcelada en la cárcel de Santurrán
(País Vasco); su marido fue fusilado. Su hija, Concepción Solleiro, guarda un
apesadumbrado recuerdo de su madre por las circunstancias en que la
conoció:
La quiero, aunque me adoctrinaron para que la odiara. Cuando la dejaron salir de la cárcel
vino a Vigo a vernos. Era el año 1944. Yo apenas tenía 12 años. Me cogió de los brazos y me miró a los ojos. «Hija, ¿me quieres?», me preguntó. «No. No te conozco de nada», le respondí. Luego se marchó a Lugo, donde falleció al año siguiente a causa de un tumor y lejos de su familia. Todavía hoy me arrepiento de aquella respuesta. Mi madre no se la merecía, pero yo no la conocí hasta años después de que muriera. Siento que le debo algo y ahora los políticos nos traicionan. Acaban de botar un barco que lleva su nombre —Urania Mella— y no nos llamaron a nadie de la familia. Cuando los vi en la prensa brindando con champán a los pies del barco que lleva su nombre me quedé perpleja. Era el momento en el que podía cambiar mi respuesta. «Mamá, sí te quiero y me siento orgullosa»… Se la llevaron cuando yo tenía cinco años. Sólo guardo algunas fotos y su piano. Pero también esa respuesta de la que tanto me arrepiento. A los hijos nos crio la familia de mi padre, que eran afines al régimen. En casa todo eran críticas e insultos hacia ella. El día que falleció y la noticia llegó a casa, una de mis tías exclamó: «¡La
víbora ya soltó el veneno!» [37].
El consejo de guerra contra Urania Mella Serrano advertía cuál era la
motivación del delito:
Es persona de moralidad que deja bastante que desear por cuanto en muchas ocasiones
regresaba a casa a altas horas de la noche, probablemente de alguna reunión de carácter extremista. Según confiesan unánimemente las personas que la conocen tenía completamente abandonados a sus hijos, y sentía por ellos poco afecto, enseñándoles las doctrinas marxistas por
lo que en diversas ocasiones se les oía dar gritos de U. [38] H. P. y cantar la Internacional.
De Lavadores salió uno de los héroes más importantes de la resistencia
antifranquista. José Gómez Gayoso era el secretario general del PCE en Vigo,
y el golpe de Estado le pilló en Madrid, haciendo un curso sobre doctrina marxista organizado por el partido, donde combatió el alzamiento. Tras el
final de la guerra se marchó al exilio en Cuba y volvió a España en 1944 para
organizar la guerrilla antifranquista. Junto a Antonio Seoane, fueron los
líderes de los maquis en Galicia hasta que un chivatazo acabó con ellos
presos. José Gómez Gayoso fue ejecutado en el campo de A Rata en A
Coruña mediante garrote vil. El recuerdo de los guerrilleros se hizo eterno en
un poema de Rafael Alberti:
¿A quién nombraré primero?
Nadie es segundo en mi lengua
cuando es de acero el acero.
Si uno es glorioso,
en glorioso al otro no hay quien le gane.
Si digo Gómez Gayoso
ya estoy diciendo Seoane.
Canto fuerte camaradas,
compañeros canto fuerte,
aunque esta copla es de muerte,
sin la garganta apretada.
¡Sangre de Gómez Gayoso,
sangre pura, sangre brava,
sangre de Antonio Seoane,
de Diéguez, de Larrañaga,
de Roza, Cristino y Vía,
valles de sangre, montañas!
Mas aunque su voz se muera,
su voz seguirá cantando
a la España guerrillera.
Siempre seguirá cantando
y seguirá maldiciendo
hasta que el gallo del alba grite
que está amaneciendo.
Ya remontó la montaña.
¡Ya el aire se está poniendo
banderas republicanas [39]!
La combatividad de Lavadores quedó reflejada en el nombre de los niños
que allí nacían. En el barrio de Romaio no eran pocos los que se llamaban
Lenin, como la víctima más joven del acto criminal fundacional del golpe de
Estado en Vigo y del que participó el Guardia Civil con más rabia de toda
Galicia.
No extraña que Lavaderos fuera la localidad donde O Rabioso se
prodigaba con mayor frecuencia y de forma más terrible. El historiador Xoán
Carlos Abad Gallego ha sido el que más profundamente ha investigado su
figura. En los textos que ha podido estudiar encontró una descripción del
aspecto del teniente de la Benemérita:
[…] un hombre alto y ancho, de construcción fuerte, con una cara cuadrada, igualmente ancha
—a juego con el resto del cuerpo—, de cabello más bien rubio, ojos azules, picado de viruelas, incluso en los párpados. Sobre esos ojos llevaba unas gafas de miope que ocultaban a cualquiera el hecho de si lo estaba mirando o no […] era básicamente feo, muy malencarado y de expresión
furibunda[40].
Según Abad Gallego, existe conocimiento de la participación personal del
teniente de la Guardia Civil en varias acciones criminales. Era el responsable
de ir a la cárcel situada en el frontón de la calle María Berdiales a recoger
personalmente a los presos que iban a ser llevados de paseo y fusilados, y allí
mostraba la podredumbre de la que estaba formado:
Provisto de una lista se ponía delante de los presos y comenzaba lenta y ceremoniosamente la
lectura de los nombres que en ella portaba, fijándose con atención en el rostro de los llamados en los que se dibujaba el terror al ser sabedores de lo que les sucedería a aquellos que eran llamados; en bastantes ocasiones, y haciendo gala de un siniestro sentido del humor, se quedaba mirando a alguno de los presos, se acercaba a él y le preguntaba su nombre, luego recorría de nuevo la fatal lista, como buscándolo en ella, tras lo cual, y esbozando una cínica sonrisa, le decía al infeliz que por esa vez había tenido suerte pero que la próxima noche seguramente aparecería su nombre incluido, sumiendo así en la mayor incertidumbre y en el terror más absoluto al pobre recluso.
No fue la única vez que el sadismo le movió. El director de la prisión de la
isla de San Simón, Fernando Lago Búa, junto al médico forense Francisco
Bustelo y nuestro «Rabioso» reclamaban dinero a los presos a cambio de
prometerles la libertad. El dinero de los sobornos llegó a sus bolsillos; la
libertad, jamás.
Las correrías criminales del guardia civil no se circunscribieron a un
ejercicio sádico de crueldad dando falsas esperanzas. Su actuación con las
sacas de presos fue una de sus ocupaciones preferidas. El 10 de octubre de
1936 acudió a una de las cárceles viguesas con un listado de nombres. Un día
después esas personas aparecieron en la carretera de Redondela con un tiro en
la cabeza. Aureliano Jaso Almunia también fue víctima de su fervor represor.
Aureliano era un exportador de pescados al que llamaban el Boceras porque en las procesiones religiosas y actos públicos se dedicaba a gritar desesperado
«Asesinos» y «Mataron a mis hermanos». La imprudencia del pobre hombre
y el dolor por la pérdida de sus familiares le llevaron a conocer a O Rabioso.
El teniente de la Guardia Civil fue a buscarle personalmente para que
miembros de su cuadrilla lo ejecutaran y lo dejaran tirado en la cuneta de unas
de las carreteras que iba a Vigo.
No solo se ocupó de las ejecuciones. Los interrogatorios de O Rabioso
eran conocidos en toda la región. Palizas a embarazadas o torturas brutales a
adolescentes para sacarles información sobre sus mayores. El conocimiento
de su crueldad en estos interrogatorios ha llegado a nuestros días de la mano
de la hija de un compañero guardia civil que no soportaba las órdenes
inhumanas que les daba para «ablandar» a los detenidos:
Un día en la cárcel-cuartelillo de la calle Magallanes recibió del Teniente González la orden
de que «preparase» a un preso para un posterior interrogatorio, para lo que le conminó a que con una gruesa vara le fuese golpeando con saña, lo cual provocó el aturdimiento de este guardia que intentó justificarse ante su oficial asegurando que él no podía golpear sin motivo a un hombre detenido y que, además, se encontraba indefenso al estar esposado; «El Rabioso» se puso fuera de sí, insultándole y preguntándose como un hombre tan inepto para estos menesteres podía llevar puesto el glorioso uniforme de la Guardia Civil, tras lo cual se vio en la obligación de mostrarle, allí mismo y en las carnes del detenido que estaba presente, cómo se tenía que hacer en estos casos la preparación para un interrogatorio para que este resultase verdaderamente efectivo; además exigía que los golpes fuesen realmente intensos por lo que alguno de los guardias, o por no tener el suficiente sadismo necesario o para evitar castigos o reprimendas por si no se esmeraba en dicha función, llegaban a un acuerdo con los detenidos para que, cuando el Teniente no estuviese delante, gritasen con todas sus fuerzas para evitar así las iras del jefe y las
consecuencias que, para todos, pudieran de estas devenir [41].
La memoria colectiva de la crueldad del Guardia Civil quedó grabada en
sus víctimas y expresada con crudeza el 16 de julio de 1932, antes incluso de
sus peores episodios, en un artículo titulado «Represión en Tuy» en el
periódico Solidaridad Obrera:
Tuy está en manos de una gentuza indeseable. Un bicho con todas las características de una
alimaña es dueño de la población. Un ser degenerado, inmoral, con todos los antecedentes por haber estado en presidio, es el encargado de señalar a las personas que puedan ser un estorbo al caciquismo para enviarlas luego a la cárcel. […] Porque un gobernador que sienta la dignidad del poder civil no tolera los desmanes del teniente de la guardia civil que cree que Tuy es un trozo de África. […] Es indispensable que cese el teniente de la guardia civil y que ese pingajo de hombre llamado «Papaluces» deje de ofender a un pueblo que quiere vivir con arreglo a las leyes de la
decencia[42].
La relación del crimen y la tortura con la Guardia Civil no terminó en los
números del cuerpo que realizaron su labor durante el franquismo. La
democracia no fue óbice para que algunos de sus miembros siguieran
operando con la misma saña e inquina con la que se habían formado sus predecesores, y que le acompañaran otros miembros de los cuerpos y fuerzas
de seguridad del Estado como la Policía, que les acompañaban en su labor
represiva. Ese legado de sangre y tortura en España puede seguirse a través de
las páginas del BOE: quien ha recibido condecoraciones o indultos es posible
que haya participado en crímenes, interrogatorios ilegales o torturas.
En el año 2013 Luis Roldán, exdirector de la Guardia Civil, reconoció de
forma abierta en El País la práctica de torturas justificando su necesidad en un
contexto de lucha terrorista:
Si no somos hipócritas, uno tiene que entender que si detienes a un señor que ha matado a 23
personas y lo interrogas y confiesa, ¿qué es lo que le ha hecho confesar? Ha habido golpes, presiones físicas que no dejan huella, pero que puedes pensar que se producen. Presiones
psíquicas, también. ¿Alguien se cree que declaran lo que declaran sin coacciones[43]?
En España se han concedido condecoraciones en democracia, o se les han
mantenido, a una larga lista de policías y guardias civiles que destacaron por
tener el crimen como modus operandi en su represión político social o en la
lucha antiterrorista ya muy avanzada la democracia. El denominador común
de los condecorados es la acumulación de denuncias por torturas o asesinatos
de los que se salvaron por la Ley de Amnistía de 1977, pero otros casos, con
condenas impuestas en los años posteriores, se solventaron con indultos
gubernamentales que les permitieron realizar su labor con normalidad y ser
premiados con jugosos ascensos.
La negación sistemática de la existencia de torturas en España es un hecho
tan real como las propias torturas. Pero ¿de verdad ha habido torturas en
España?
Mientras llevaba puesta la bolsa, le aplicaron vaselina en la vagina y en el ano, y le
introdujeron un palo en el recto, al tiempo que la amenazaban con más abusos sexuales si se negaba a hablar. Además, dijo que la mantuvieron desnuda durante todos los interrogatorios y que continuó recibiendo amenazas de abusos sexuales a ella y a su pareja; en particular, dijo que después de haberla mojado con agua, le ataron electrodos al cuerpo y la amenazaron con aplicarle electricidad.
Esta descripción de hechos forma parte del informe del Comité Europeo
para la prevención de la tortura y de las penas o tratos inhumanos o
degradantes (CPT)[44] presentado el 30 de abril de 2013 al Gobierno. Las
condenas a España por parte de organismos internacionales no son por
torturas, sino por no investigar las denuncias de torturas que presentan todos
los indicios médicos y probatorios de la existencia de dichas torturas. La
estrategia de todos los gobiernos que ha habido en España, sin importar su
signo político, ha consistido en hacer todo lo posible para que las torturas no
sean investigadas, e incluso perseguir a los torturados por el hecho de denunciarlo. Ese es el caso de Martxelo Otamendi, periodista y director de
Egunkaria, acusado de colaboración con ETA tras el cierre del periódico,
después sentenciado ilegal. Según su relato, en el año 2003 el periodista fue
sometido a torturas en el cuartel de la Guardia Civil de Intxaurrondo. Tras
denunciar ante el juez de instrucción que fue sometido a torturas tales como
actos de humillación sexual, la escenificación de su ejecución situando un
objeto metálico en la sien que él interpretaba como un arma que simulaban
disparar, y técnicas de asfixia con una bolsa de plástico. La reacción del
Estado fue perseguir al periodista. María Dolores de Cospedal, entonces
subsecretaria del ministro del Interior, argumentaba que los miembros de
Egunkaria seguían «a pies juntillas» las instrucciones de ETA, que en un
informe requisado al comando Araba en 1998 aconsejaba a sus militantes
denunciar torturas cuando fueran detenidos, y fue ella misma quien presentó
una denuncia por injuriar el buen nombre de las instituciones. La negación del
amparo judicial a Martxelo Otamendi, que acabó siendo exonerado de
cualquier responsabilidad penal, propició que el Tribunal Europeo de
Derechos Humanos (TEDH) condenara al Gobierno español por no investigar
los hechos denunciadas y violar el acuerdo internacional sobre la tortura y los
malos tratos. Esa era la estrategia gubernamental, perseguir a la víctima y
exonerar y premiar a los torturadores.
Entre los condenados e indultados por tortura destacan algunos nombres
que han tenido mucha relevancia en los años recientes, como el de Manuel
Sánchez Corbí [45] . La sentencia de la Audiencia Provincial de Bilbao declaró
probado que Manuel Sánchez Corbí, José María de las Cuevas Carretero y
Antonio Lozano García habían introducido al etarra Kepa Urra en un coche
sin identificativos policiales, le condujeron a un monte descampado, le
desnudaron, le golpearon con un objeto y le arrastraron por el suelo. Fue
condenado a cuatro años de cárcel y a la inhabilitación total, condena
reducida posteriormente por el Tribunal Supremo gracias al recurso de
amparo de la Fiscalía.
El 13 de noviembre de 1997 un raro editorial en El País hablaba sobre el
caso de las torturas a Kepa Urra con un título muy contundente: «Sí fue
torturado»[46]. El artículo versaba sobre la condena a varios miembros de la
Guardia Civil por las torturas a Kepa Urra y daba dos claves que explican el
porqué de esta condescendencia y aceptación de prácticas que desprecian
todos los derechos humanos: Lo primero, la aceptación por parte de la
sociedad de prácticas contra el terrorismo: «La intención de obtener mediante
el suplicio una confesión o información es lo que diferencia la tortura de los malos tratos. La pretensión de que ese delito es disculpable en el caso de los
terroristas está bastante extendida en algunos sectores de la población», y en
segundo término un problema generalizado y que ha llegado a nuestros días:
«El obstruccionismo corporativo».
Sobre esas dos circunstancias se ha instaurado una práctica institucional
de tolerancia gubernamental con la tortura que ha provocado que Manuel
Sánchez Corbí fuera indultado por el Gobierno de José María Aznar y pudiera
seguir haciendo carrera en la Guardia Civil y llegando a dirigir la UCO hasta
el año 2019. Pero no fue la excepción. La lista de condenados por tortura e
indultados por los diferentes gobiernos es amplia:
José Antonio Hernández del Barco y José Pérez Navarrete fueron condenados en 1992 por el
Tribunal Supremo por torturar a Juana Goicoetxea en 1982. En 1993, ambos fueron indultados por el Gobierno del PSOE y reincorporados al servicio activo. Manuel Barroso y José Domínguez Tuda, condenados por torturar a Jokin Olano en 1983, fueron indultados en 1995. José Dominguez Tuda ya había sido indultado en 1991 del delito de torturas por Enrique Múgica Herzog, ministro de Justicia del PSOE. Un miembro de la Guardia Civil condenado dos veces por tortura que tenía desde 1982 concedida la Cruz de Plata de la Orden del Mérito de la Guardia
Civil [47].
Manuel Sánchez Corbí fue preguntado en la Cadena Ser sobre su condena.
Solo acertó a decir que los errores de los buenos no son comparables a la
actitud de los malos. Él era uno de los buenos en su comentario. El listado de
esos hombres buenos que torturaban y maltrataban escondiéndose detrás de
una placa es largo, y siempre fue premiado por el Gobierno[48]. El listado de
condecorados por el mérito de quebrar de dolor a detenidos es terrorífico.
José Sáinz González fue un policía al mando del Servicio Central de
Documentación, la organización de inteligencia franquista al mando de Luis
Carrero Blanco. Su labor represora le valió el favor de Rodolfo Martin Villa
que le ascendió en dos ocasiones hasta hacerle director general de la Policía
ya en democracia. Su jefatura sirvió para que todos los represores de la
Brigada Política Social franquista, la peor escoria, mantuviera altos puestos
de dirección. Los grises pasaron a ser marrones, y ese fue el único cambio que
se dio en la policía democrática. Al comisario Sáinz le llamaban Pepe el
Gordo y fue el responsable de teorizar la racionalización de la tortura como
método para combatir el terrorismo[49]. Según sus propios escritos, había que
contar con gente «nunca ligada a la Policía ni a otro organismo del
Gobierno».
Antonio Batista destaca en su obra Historia de un comisario franquista la
eficiencia del policía para obtener información mediante la tortura. Uno de los
métodos que usaba para sus torturas era el látigo con fustas de plomo. Un arma similar al flagrum romanum que se usó contra Jesucristo en el Vía
Crucis[50]. Sus servicios fueron premiados. Adolfo Suárez le concedió la
Medalla de Oro al Mérito Policial a finales de los setenta. Los ascensos y
favores no terminarían. El Gobierno de Felipe González le nombró delegado
del Ministerio del Interior en el País Vasco, donde continúo su proceder. Hoy
en día mantiene sus condecoraciones. Uno de los sucesores y compañeros de
Pepe el Gordo fue Manuel Ballesteros García. Comisario de la policía
famoso entre sindicalistas, comunistas y nacionalistas por su crueldad en las
torturas.
Uno de los casos más terribles que se le recuerdan fue la detención en
Valencia de varios miembros de las Comisiones Obreras; entre los detenidos
se encontraba Antonio Palomares Vinuesa, que posteriormente fue miembro
importante del Partido Comunista en Valencia. Las torturas a las que fue
sometido fueron encarnizadas, distinguiéndose una en la que Ballesteros era
experto y que llamaban «el tostadero», consistente en atar al reo desnudo a un
somier metálico al que se le aplicaban descargas eléctricas. Antonio
Palomares no habló, pero salió terriblemente tocado tras pasar por las manos
de Ballesteros: perdió dos centímetros de estatura, acabó con tres vértebras
soldadas, el diafragma deformado y tuvo problemas respiratorios desde
entonces[51]. La distribución de la fotografía a la prensa con el rostro
deformado fue tan evidente que la prudencia hizo que Manuel Ballesteros
fuera relevado hasta ser reubicado. En democracia, como ha sucedido con
todos los represores provenientes del franquismo, no le costó blanquearse y
labrarse una carrera importante sin tan siquiera renegar de sus filias
franquistas. El capitán Francisco Acera, uno de los golpistas condenado por el
23F, afirmó en una de las sesiones del juicio que los comisarios Manuel
Ballesteros y Sebastián Fernández Dopico entraron en el Congreso gritando
«Viva España, ¡ya era hora!» y luego abrazaron al teniente coronel Tejero[52].
Las condecoraciones logradas por el comisario son numerosas: dos cruces al
Mérito Policial (1975 y 76), una Medalla de Plata al Mérito Policial (1979),
otra del mismo nivel pero de oro (1982) y una Cruz de Plata al Mérito de la
Guardia Civil (1988).
Cuando falleció impune en 2008, el obituario publicado por El País logró
dejar claro cómo los torturadores del franquismo que hicieron carrera en
democracia pueden morir sin que ni siquiera se recuerde su negro pasado. El
diario de Prisa lo calificó de «experto en antiterrorismo» sin hacer mención a
su terrible pasado como torturador[53]. Sus víctimas no pudieron soportar tal afrenta y escribieron una carta al director llamada «Nos negamos al olvido»
en la que reprocharon al periódico el hurto de su memoria:
Con sorpresa, asombro e indignación hemos leído el obituario que el periódico de su dirección
dedica el 14 de enero al comisario de policía Manuel Ballesteros, al que presenta como «experto antiterrorista y participante en las conversaciones de Argel» […] la BPS se mostró especialmente «eficaz» en la persecución, detención y tortura de sindicalistas, comunistas y demócratas en
general. Fue así como Manuel Ballesteros labró su porvenir [54].
En Barcelona, en la comisaria de la Via Laietana, había dos hermanos
policías conocidos por todo disidente de la Ciudad Condal. Los hermanos
Creix, uno de ellos, Antonio Juan Creix, fue uno de los más eficientes
torturadores de comunistas en Cataluña. Manuel Vázquez Montalbán, que
tuvo la desgracia de caer en sus manos, los definía así:
Antonio Creix era el especialista en comunistas, y su hermano Vicente, en estudiantes y
nacionalistas. Antonio era más silencioso e introvertido; Vicente, más hablador. Los dos tenían idénticas habilidades manuales cuando la ocasión lo requería, pero con diferentes estilos: Antonio pasaba del silencio espectador a la explosión de violencia; Vicente pasaba de la explosión de
violencia al silencio espectador[55].
El torturador Creix fue uno de los cabezas de turco elegidos por el
falangista Tomás Garicano para vender una apertura que no existió. Todavía
hoy conserva tres cruces al Mérito policial y una al Mérito de la Guardia
Civil.
El premio a los torturadores por parte de las instituciones iba acompañado
de la persecución y hostigamiento de aquellos que buscaban que España fuera
un país mejor, donde las torturas y las vejaciones de los derechos humanos
fueran desterradas. Una de las historias de esta lucha inconclusa fue la del
abogado Fernando Salas.
En diciembre de 1984, el abogado convocó una manifestación en Madrid
acusando a las fuerzas de seguridad de practicar la tortura en el edificio de la
Dirección General de la Seguridad del Estado. En el año 1985 convocó otra
movilización a través de la Asociación contra la Tortura exigiendo la dimisión
del ministro del Interior, José Barrionuevo, y del director general de la
Guardia Civil, José Sáenz de Santa María, por la actuación de las fuerzas de
seguridad del Estado en el caso del asesinato de Mikel Zabalza[56], y además
fue el abogado de la acusación particular en el caso de los GAL contra José
Amedo y Michel Domínguez. La Asociación contra la Tortura que dirigía
Fernando Salas pedía la derogación de la ley antiterrorista al considerarla un
instrumento al servicio del maltrato y la tortura. Una posición en aquel
momento marginal que con el paso de los años resultó clarividente. Durante la marcha contra la ley el abogado Fernando Salas leyó unas palabras que hoy
resultan casi premonitorias sobre lo que sucedería:
La ley popularmente conocida como ley antiterrorista es, más que un instrumento jurídico, un
paso adelante en la política del Gobierno del PSOE, del proceso de endurecimiento, del carácter represivo del Estado español. Porque es el Gobierno socialista, desde el 28 de octubre de 1982, quien más ha desarrollado la legislación represiva y, sobre todo, quien está aplicando en toda su
crudeza el nuevo arsenal de medidas contra las libertades democráticas[57].
La respuesta del Gobierno ante las denuncias de la Asociación contra la
Tortura fue perseguirlos penalmente. Fernando Salas y el filósofo Javier
Sádaba fueron acusados de injurias al Gobierno por asegurar que en España
había torturas. Un hecho demostrado mediante decenas de sentencias en firme
en aquel momento[58].
La implicación de Fernando Salas en pro de los derechos humanos le puso
en el objetivo de los miembros de la policía que actuaban al margen de la ley.
El agente Ángel Duce Hernández y el ultraderechista Ricardo Sáenz de
Ynestrillas intentaron atentar contra el abogado, según constó en la
declaración de un miembro de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado
en el juicio por el asesinato del parlamentario de HB en el que fue condenado
el policía Ángel Duce. Según la declaración testifical, Duce e Ynestrillas
intentaron atentar contra Salas:
Sobre las tres y media de la tarde llegó Salas en su coche y lo aparcó cerca de su despacho. A
la media hora llegó un vehículo conducido por Ynestrillas, quien iba acompañado por Duce, que se paró junto al coche del abogado pero vino otro detrás, les pitó y tuvieron que seguir, hasta
aparcar[59].
Fernando Savater recordó la valía de un hombre que nunca fue lo
suficientemente honrado por el Estado, un hombre que luchó por una
democracia plena donde se respetasen los derechos fundamentales, sin
importar lo viles que fueran los crímenes de los reos:
Con tal motivo, no será inoportuno recordar que Fernando defendió la verdadera seguridad
ciudadana: la seguridad de que los policías no maltratan ni torturan a los detenidos, la seguridad de que si lo hacen serán efectivamente castigados (y no sólo trasladados de despacho), la seguridad de que con el dinero de nuestros impuestos el Estado no arma a sus propios terroristas del antiterrorismo, la seguridad de que vivimos bajo la aplicación del derecho y de que los guardianes no son ni pueden ser una variante institucional de la mafia que combaten. A mí poco me tranquiliza saber que pueden registrar mi casa sin permiso judicial o que pueden retenerme para mi identificación; en cambio, me tranquilizaba saber que había en este país alguien como Fernando Salas, decidido a enfrentarse sin remilgos con los abusos más temibles porque los cometen las instituciones más respetables, es decir: más impunes. Ahora que él falta, los ciudadanos estamos un poco más desprotegidos. Por desgracia sobran indicios de que no sólo sus
amigos vamos a tener ocasiones inmediatas de echar mucho de menos a Fernando Salas[60].
Fernando Salas murió a los 45 años después de haber dado su vida por
mejorar la condición democrática de nuestro país. Una labor nunca
reconocida que le valió caer en el olvido a pesar de haber sido uno de los
abogados proderechos más importantes de nuestra democracia, una
democracia que aún no ha asumido que el uso de la tortura no es de recibo en
un estado de derecho. Porque como dijo Salas en 1988:
Yo estoy en contra de todo terrorismo. Pero si cualquier terrorismo es malo, ese que llamamos
terrorismo de Estado […] es un terrorismo aún más condenable, porque un Estado jamás debe
actuar con armas sucias e indignas [61].