Jernigan

David Gates · Capítulo 12 de 45

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Jernigan

Capítulo 2

 

Es probable que el dinero que Trina pudiera haberle dado por su nueva obra no hubiera servido de mucho.

El día después del funeral me invitó a una copa. Resultó que no había muchos negocios que liquidar. Tenía algunas piezas pequeñas que no había logrado quitarse de encima; hacía años que mi padre le debía varios miles de dólares. Mi padre desconfiaba de Trina por principio, aunque ella había sido su marchante desde su primera exposición, en 1949. Yo siempre di por sentado que ella había hecho lo que había podido. No era culpa suya que las obras de principios de los cincuenta no dejaran de subir con cada nueva venta, y ella parecía sincera en su admiración por la producción post-65: cuando le describí los cuadros destruidos por el fuego soltó un gemido ahogado.

—No me cuentes más —dijo. Sus ojos recorrieron el tablero de la mesa como una flecha: al final hizo caer la ceniza del cigarrillo en su vaso vacío—. Ay. Llegó un momento en que dejaron de seguirle la pista, y bueno, ¿qué se puede decir?

—Nunca tendría que haber dejado los garabatos —dije.

—Eso tampoco podría haber durado para siempre, querido. Lo que me has contado… no puedo ni pensarlo. Y esa casa tan impresionante. Aunque al menos cobrarás el seguro. ¿Estoy diciendo algo de mal gusto?

Se encendió otro cigarrillo y levantó la mano; cuando el camarero miró en nuestra dirección, garabateó un comprobante de tarjeta de crédito fantasma con un boli fantasma.

El abogado de mi padre me llamó al día siguiente. ¿Cuánto sabía de la…, ah…, «situación»? Le dije que no sabía que hubiera una situación. Mmm…, dijo. ¿Cómo empiezo? Al parecer, en cuestión de días a mi padre le hubieran embargado su impresionante caserón. Había solicitado una segunda hipoteca para reformar el gallinero y, según parece, para contar con dinero con el que vivir y mantenerse al día con los pagos de la hipoteca original. Y, por supuesto, cuando el dinero que pidió prestado se esfumó, se encontró con unos gastos mensuales todavía mayores, gastos que no podía asumir. Cuando la compañía de seguros canceló su póliza —llevaban tres meses reclamándole el pago—, el banco no tuvo más remedio que intervenir.

Judith se tomó la noticia como una campeona.

—Es como un alivio, más o menos, ¿no? No habríamos sabido qué cara poner mientras contábamos el dinero. —Se echó a reír—. Ay, Dios. Escucha. El dinero. Nunca ha habido dinero, ¿no? ¿No es eso lo esencial?

—Si no lo esencial, sí que es lo fundamental —respondí.

—Bueno, todavía podemos ser felices. —Estábamos en 1982—. Más felices, probablemente, ¿no te parece? A la larga.

— [17] Quién sabe —dije—. Por otra parte, qué será, será.

—Venez aquí y besez moi —dijo.

Fue uno de nuestros mejores días.