Jernigan
Capítulo 2
No me desperté hasta mediodía, creo, no sé qué hora sería, y ella ya se había marchado. De camino al dormitorio —había ido a la cocina a calentar agua para el café—, vi que el árbol de Navidad ya estaba adornado. Un montón de bolas asquerosas: plástico metalizado con una raja en medio, donde se unían las dos mitades. Aunque juzgar su gusto con dureza quizá fuera cruel: ¿y si no podía permitirse nada mejor? O tal vez tuviera un gusto pésimo y eso fuera todo. Se había pasado con el maldito espumillón, eso sí. A menos que la decoración fuese cosa de alguno de los chicos. (Es broma). Retiré un tercio, más o menos —más habría sido demasiado obvio— y lo escondí en una caja de cereales de marca blanca que encontré en la basura. Otra cosa que no me gustaba eran las bolsas de la compra tiradas en el suelo de la cocina para que sirvieran de basura, pero como esa no era mi cocina no podía decir nada. Luego removí la basura para dejar encima de la caja de cereales de marca blanca una lata que goteaba. Para entonces el agua ya hervía. El día prometía: todo iba como una seda. Me decidí por la taza azul en lugar de por la blanca y eché mis tres cucharaditas de café. El azul evocaba el cielo y, por lo tanto, la trascendencia. Claro que el blanco también evocaba la trascendencia. En fin.
Me llevé el café al salón y me senté en el sillón Morris para planificar el día. Una cosa era segura: definitivamente, no me emborracharía. La mano todavía dolía, pero solo llevaba tres días. ¿Sería posible? Sábado domingo lunes: sí, era el tercer día. Sería lo normal, supongo. Pero volvamos a los planes, Jernigan. Primero: ir al drugstore a buscar el papel de regalo y el celo y las tarjetitas de DE-PARA que te olvidaste ayer. Después: volver a casa y envolver los putos regalos. Y luego: colocarlos debajo del árbol tratando de crear sensación de abundancia. ¿Y entonces? A pesar del café, de repente me sentí incapaz de mantenerme despierto. El dormitorio estaba demasiado lejos. Dejé la taza en la mesa y me levanté; atravesé la habitación dando tumbos y, ¡bam!, caí en picado en el sofá.
Cuando me desperté, los niños estaban en el salón.
—Perdón —dijo Danny.
No sabía a qué estaría refiriéndose. Debían de haber hecho ruido. O quizá habrían hecho otra cosa.
—No, no. Ya era hora de que me levantara, de todos modos. —Una auténtica vergüenza, que el crío tuviera que ver ese espectáculo de mierda un día tras otro. Bueno, quizá le serviría de advertencia.
—¿Qué? —preguntó llevándose la mano a la oreja.
Moví la cabeza y lo despedí con la mano —pueden retirarse—, y se fueron a su habitación. Les parecería enfadado; que pensaran lo que quisieran. Estaba demasiado cansado como para poder pensar siquiera en cómo aclarar las cosas.
Envolví los regalos, por fin, y los dejé bajo el árbol, y me encargué de que todo estuviera en orden (es decir: lavé la taza de café azul y encendí la tele). Lo único de lo que tenía que preocuparme era de mantenerme despierto hasta que Martha volviera a casa. No habíamos cruzado una sola palabra desde el domingo por la mañana. Incluso el viejo Jernigan sabía que esa no era manera de empezar las fiestas con buen pie.
Llegué a la conclusión de que beberse una o dos copas no tenía nada de malo en sí; el problema era la ginebra, que te hacía daño. Era probable que con el vodka no te sintieras tan horrorosamente mal al día siguiente y que te diera una borrachera distinta. No tan alienante. Gilipolleces con las que uno trata de convencerse… Cuando se terminaron las noticias me acerqué a la licorería de los descuentos y compré un litro de vodka Absolut. Priva de la cara; cómo se las gastaba Tío Fred. Pero bueno, cada cual… También paré a comprar una botella grande de zumo de tomate y una bolsa de salvado. A mi dieta le faltaba fibra, ese era otro problema. Así que mezclé el vodka y el zumo de tomate —mitad y mitad—, eché en el vaso una cucharadita de salvado bien colmada, sazoné con pimienta negra para darle alegría, y me senté en la butaca reclinable con una vieja edición de relatos escogidos de Wodehouse. Era la viva imagen del caballero que se apoltrona con un Bloody Mary y lectura ligera. Los chicos estaban calentitos en su cuarto; así me gustaba imaginar a los chicos en su cuarto. Primero leí el prólogo en el que Ogden Nash contaba lo difícil que le había resultado decidir qué escoger para el libro porque P. G. Wodehouse era buenísimo.
Ni siquiera en este monumental volumen se han podido evitar omisiones terribles, y a aquellos que las deploren solo puedo decirles que este mi corazón se duele con el suyo y pedirles que, por un instante, imaginen las dificultades a las que ha tenido que hacer frente el editor encargado de escoger lo mejor de un autor que únicamente conoce la excelencia.
¿Perdón? Lo releí tratando de entender qué tono habría querido adoptar Ogden Nash. ¿Sería cosa de los tiempos, que habían cambiado, o cuando escribió el prólogo sonaba igual de ridículo que ahora? (Y mejor no decir nada del «este mi corazón»: con «mi corazón» bastaba). Qué complicado: pensar que Ogden Nash era estúpido porque había escrito poemas cómicos no estaba bien; lo que tenías que pensar era que, en realidad, debió de ser más inteligente que Allen Tate o algún otro poeta pretencioso. Cosas del revisionismo. Aunque puede que esto me lo esté inventando. Bueno, en eso consistía leer: no bastaba con ir acompañando las palabras, había que pensar al mismo tiempo.
Después del prólogo quizá pasara a un par de relatos del señor Mulliner; luego empezaría Dejádselo a Psmith, que no podría terminar esa noche. Leería hasta las once y a continuación pondría las noticias del INN con el tipo ese, ¿cómo se llamaba? Jerry Girard, el de deportes. El mejor, porque siempre decía lo que pensaba. Luego, a las once y media, The Honeymooners, y a media noche, Star Trek. Es probable que antes de que terminara el episodio Martha volviera a casa y pudiéramos limar asperezas y ya veríamos qué pasaba a partir de entonces.
Pero Martha desbarató todos los planes. Pensé que tenía su horario controlado y, ¡patapún!, entra tan tranquila durante el primer corte publicitario de las noticias.
—¡Hola! ¿A qué hora sales del trabajo, maldita sea?
Mientras lo decía, me daba cuenta de que mi parodia del marido malhumorado sonaba a malhumor auténtico. No lograba dar con el tono, estaba perdiendo facultades.
—¡La casa está helada! —dijo Martha.
Tal vez ni siquiera me hubiera oído. Por lo visto, últimamente a la gente le costaba oírme. Se agachó con delicadeza, sin quitarse el abrigo, y abrió la puerta de la estufa.
—¿No te cansas de estar sentado? —preguntó. Cansarse de estar sentado, pensé. Vaya—. ¿No tienes frío?
—Tengo a mi amorcito para calentarme.
Quería que mi frase sonara como un halago afectuoso, pero me temo que sonó como una broma cruel. Aunque vete tú a saber a qué demonios había querido que sonara. Jernigan dándole a su puta boca, que no se callaba nunca.
Empezó a echar cosas en la estufa.
—¿Sabes qué?, ya ni siquiera entiendo qué gano yo con todo esto. —Cerró la puerta con un golpe. Exhaló un suspiro—. ¿Te has acordado de darles de comer a los conejos?
—Estaba a punto de bajar. He visto el árbol, y me parece que has hecho un trabajo fantástico. —Del espumillón mejor que no dijera nada.
—Gracias.
¿Con qué tono lo había dicho? Con un tono frío y correcto, supuse.
—Fantástico, un trabajo fantástico. —Así la conversación no avanzaría.
Se dirigió a la puerta del sótano.
—Estaba a punto de ir yo —dije.
—Pues has tenido suerte, ¿verdad? —replicó.
Cerró la puerta tras de sí sin llegar a dar un portazo.
Cuando subió empleó la misma fuerza para cerrarla, o eso me pareció. Los mismos nosequé fuerza, o Newtons o Pascales, que antes.
—Quería hablar contigo sobre las Navidades —le dije—. ¿Qué es lo que soléis hacer aquí? ¿Las fiestas las celebráis el 24 o el 25? Para los regalos, quiero decir.
Se sentó en el sofá, en el extremo más alejado del árbol.
—Eres muy infeliz, Peter, es tan evidente… ¿Por qué te molestas?
—No sé de qué estás hablando. ¿Quién se acordó del maldito árbol de Navidad, para empezar? Y los regalos, míralos. —Señalé el árbol.
Sin la caja de Hickory Farms, el árbol habría constituido un espectáculo lamentable. Pero la caja de Hickory Farms estaba ahí: una caja bien grande sobre la que las más pequeñas pudieran apoyarse. Y ahí también había tres sobres blancos muy prometedores.
—Los tres son míos —dije—. He hecho todas las compras, he envuelto los regalos con días de anticipación. Francamente, no sé en qué te basas para decirme eso.
—Muy bien, como quieras. Yo también juego, Peter. Perfecto. Solíamos abrir los regalos el 24 por la noche. ¿Qué más?
—Ahora nos vamos entendiendo —dije.
—Ni siquiera iba a decírtelo, pero Tim nos ha invitado a su casa la noche del 24. No pensé que fuera a apetecerte mucho.
—Eso lo pensaste tú.
A su favor debo decir que ni siquiera asintió en silencio.
—Llámale —dije—. Dile que estaremos ahí. Y los chicos también.
—No querrán ir.
—A la mierda. Irán. Llámale.
—Son las once de la noche, Peter.
—Explícame una cosa, entonces: ¿cómo te ha llegado esa misteriosa invitación, exactamente? —Me estaba poniendo borde y estaba perdiendo el juicio—. ¿Habláis por teléfono o qué? ¿Qué haces? ¿Vas a verlo cuando tendrías que estar en tu presunto lugar de trabajo?
—De hecho, la invitación es una tarjeta. Tim todavía cree en el servicio postal. Adora a los carteros.
—Igual que tú —respondí. No reaccionó—. Que también te gustan. Da igual.
Agitó hombros y brazos para quitarse el abrigo, sobre el que se sentó. En el salón debía de hacer menos frío.
—Hacemos el amor y cuando me despierto ya te has ido, y ese es todo el contacto que tenemos en dos días. Y luego llego a casa para encontrarme con esto. ¿Para qué, Peter?
—Las fiestas pueden ser complicadas.
—¿Qué pintan aquí las fiestas?
—Si fuéramos capaces de terminar bien las fiestas… —dije.
Quizá Martha pensó que los recuerdos de Judith me atormentaban. Tuve el buen gusto de no decir nada, lo que me sorprendió. En todo caso, algo la empujó a levantarse y darme una palmada en el hombro. No debió de resultarle fácil.
—Se está haciendo tarde. ¿Te quedas a ver tu programa?
—A perder el tiempo con mi programa, querrás decir.
—Creo que te relaja —respondió. ¿En qué se basaría para afirmar una cosa así?
Ni idea—. No te acuestes muy tarde, ¿de acuerdo? No estaría mal que hicieras un horario más normal.
La observé mientras se dirigía al dormitorio. Iba encogiéndose cada vez más. La medí con la mano derecha. Cuando hubo dado siete pasos, ya cabía en el espacio que quedaba entre el pulgar y el dedo corazón, que formaban una C invertida.