Jernigan

David Gates · Capítulo 18 de 45

Páginas del PDF

Jernigan

Capítulo 3

 

A mediodía ya estaba en casa de Martha. En el tren se me había metido en la cabeza la idea de que era una de esas Putas-Sus-Labores, una de esas mujeres casadas (aunque, técnicamente, ella no estaba casada) que se ganan un dinero extra recibiendo a clientes. Eso explicaría de dónde sacaba el dinero. Era completamente lógico.

Oí que dentro sonaba música. Llamé a la puerta y di unos golpes con la aldaba. Unos pasos se acercaron al trote.

—¡Un minuto! —gritó Martha.

También se me había ocurrido otra cosa: que me estaba poniendo los cuernos (eso en caso de que fuera técnicamente posible ponerle los cuernos a un hombre que no estaba casado) con el Tim que no parecía tímido: ese autor, editor, destilador ilegal, Nuevo Adán lobuno. Mientras se acordaba de mi santa madre, supongo.

—¡Salid, cabritillos! ¡Aquí está Jack…! —grité; Jack Nicholson en El resplandor.

—¿Peter? —preguntó.

Abrió la puerta, la rendija solamente.

—El O’Jernigan errante —contesté—. Corre a hacerme la cama, mujer, que de buena gana me echaría.

Había pillado a la muy zorra con las manos en la masa. Era mediodía y, por lo que parecía, debajo el albornoz azul cielo no llevaba nada. Abrió la puerta del todo.

—¿Qué haces en casa?

¿Casa?

Ahora podía oír qué música era: Webb Pierce. Martha había desistido de su empeño de escucharlo cuando los chicos estaban en casa: a Clarissa y a Danny les parecía gracioso ponerse a aullar como coyotes solitarios.

—Buena pregunta. Ahora, mi turno: ¿Qué haces con la llave echada?

Este Jernigan era, atención, el mismo que acababa de insinuársele a la pobre Miranda.

—Te parecerá muy tonto. Estaba a punto de meterme en la ducha, y todavía cierro la puerta con llave por Psicosis. Y paso el pestillo del baño. Hoy tiene su lógica, pero empecé a hacerlo cuando tenía trece años. ¿Y cómo es que estás en casa, cariño?

—No me has hecho pasar —señalé.

Me echó una mirada, me cogió de la mano y me hizo entrar.

Agucé el oído en busca de un hombre escabullándose por la ventana o metiéndose entre susurros en un armario mientras esperaba el momento propicio para la escapada. Mientras la puta infiel me seducía, quizá. Si ahora deslizaba la mano hasta el viejo doctor Johnson, la cosa estaría clarísima. (Lo llamo doctor Johnson porque el bueno de Samuel Johnson aparecía en la lista de nombres que Auden, en A Certain World, ofrecía para referirse a los genitales. Jernigan el Original). Webb Pierce

cantaba [24] Pero a la que yo quise amar fue quien me quiso engañar … Y comprendí que Martha estaba desafiándome a que rasgara su red de mentiras.

Le había dado demasiado a la cabeza, eso era lo que pasaba, por supuesto.

Debía de ser porque me habían echado. Por raro que parezca, me estaba tomando a pecho algo que cualquier otro se habría tomado a pecho. Bueno, qué demonios, lo que sea para sentirse anclado al planeta, ¿no? Ahí va mi reconstrucción: la pérdida de mi trabajo —diez años de tener un lugar al que ir y cosas que hacer en ese lugar— me había hecho temer que nada en el resto de mi mundo era seguro. Aunque tal vez temer no sea la palabra exacta: quizá se tratara justo de lo contrario. De desear que todo se desmoronara bajo mis pies para quedarme en el vacío. De desear que lo que más temía se hiciera realidad. Los entresijos de Jernigan… ¿Habrá algo más interesante?

—Estás de broma —dijo Martha cuando me hube calmado lo suficiente como para contarle lo que había pasado—. ¿Cómo es eso?

Me encogí de hombros.

—Resulta que ya querían deshacerse de mí el año pasado, pero les di lástima cuando, ya sabes, lo del pequeño incidente. —Hablar del asunto con aquella ligereza dejaría preocupada a cualquier mujer, por fuerza. Pero mejor eso que tener que oírme mientras decía, muy solemne, «cuando mi mujer falleció».

—Pues me parece estupendo —dijo—. Y creo que tendríamos que celebrarlo. ¿Quieres ayudarme mientras me ducho?

¿Por qué no ser humanos, a fin de cuentas?

—Por el amor de Dios, mujer —dije, tratando de mostrarme juguetón—, ¿no te das cuenta de que perder el trabajo le arrebata al hombre su virilidad simbólica?

No es tu virilidad simbólica en lo que yo estoy pensando. ¡Oh! Lo he puesto colorado.

—No seas vulgar —dije—. Tenemos entre manos un asunto serio y simbólico. Mira: para un hombre de verdad, las fauces del desempleo representan el equivalente simbólico de una enorme vagina dentata cerrándose de un chasquido. Chas-chas. — Con la mano formé una boca (el pulgar, de mandíbula superior) y me pillé la entrepierna.

—Lo piensas de verdad, ¿no? —dijo mientras me rodeaba con un brazo cordial.

Sacudí la cabeza.

—Ironía, ironía. Conmigo, presupón siempre la ironía.

—¿Incluso cuando dices «presupón siempre la ironía»? —preguntó.

—Oye, ¿has oído hablar de la paradoja del mentiroso? Bueno, pues esta es la paradoja del irónico.

—Te quiero —dijo—. Sans ironía.

—Bueno, como me han enviado a las duchas, total…

—¿Me quieres? —preguntó—. Dios, eso no se debe preguntar nunca. Retiro la pregunta. Perdón.

—Frena un poco…

—No. No quiero oírlo ahora. Aunque me quieras.

—Como tú digas —respondí. Sabía cómo librarme de esta. Fácil: derrochando encanto—. Pero ¿todavía podemos darnos esa ducha?

—Sí. Eso sí.

Más tarde, en la cama, dijo:

—Así que lo que has dicho es verdad.

—Como treta para terminar con las cenizas esparcidas, es un poco rebuscada, ¿no?

—¿Estás muerto de miedo? —preguntó mientras cogía una almohada del suelo y se la colocaba detrás de la espalda para poder incorporarse—. Contigo a veces no sé qué pensar.

Al parecer, ahora hablaríamos de ello.

—¡Cáspita, pues no! —respondí—. Estoy convencido de que los bancos se mostrarán comprensivos cuando deje de ingresar los pagos de la hipoteca. ¿Y los de la compañía eléctrica? Son unos tíos bastante relajados, ellos. Los del supermercado…

Me puso la mano en la boca.

—Calla. ¿Por qué no vendes esa casa horrible y te instalas aquí? Ya vives aquí, de todos modos. ¿Cuánto pagaste por la casa?

—Cincuenta y siete. Hará unos diez años.

—Diez años —dijo, y entrecerró los ojos para ir calculando—. Así que la pones a la venta por unos ciento setenta y cinco, ciento ochenta, probablemente, le devuelves al banco lo que le…, ¿cuánto le debes?

—No lo sé. Mucho. Cuarenta y cinco, probablemente. El adelanto no fue gran cosa.

—Vale. Digamos que son cuarenta y cinco. Aunque descuentes la comisión, tienes más de cien mil dólares ahí, muertos de risa.

—Exactamente. Y, en cuanto los toque, la mitad se irá en impuestos.

—Pues los colocas en alguna cuenta de ahorros de las que ofrecen ventajas fiscales, y pasas un tiempo sin tocarlos. Resérvate algo y no vuelvas a trabajar: así, si prorrateas los ingresos de los próximos años, pagas menos impuestos… No pasa nada. Si necesitas dinero siempre puedes buscarte algo, ya sabes, algún trabajillo, aquí y allá.

—No pasará nada hasta que me ponga enfermo —dije—. O hasta que se ponga enfermo Danny. ¿Y el seguro médico? ¿Y si a alguno de los dos tienen que hacernos una endodoncia?

—Bueno, Peter, no puedes pasarte la vida entera encogido, esperando a que las cosas pasen. Creo que esa es la manera de animar a las desgracias. Podrías vivir aquí sin gastar un centavo, prácticamente.

—Es decir: podría vivir de lo que tu exmarido te pasa.

—¿Y? —preguntó—. ¿Qué pasa? ¿Que puedes visitar los barrios bajos, pero nunca te rebajarías a vivir en ellos?

—Dios…, déjame en paz —dije—. Me han echado del trabajo hace ¿cuánto?, ¿tres horas? Ya tengo bastante que digerir. ¿Tú estarías preparada para cambiar de vida así, de repente?

—Sin dudarlo, si tuviera tanto que cambiar como tú. Cariño. —Se levantó de la cama y, desnuda, caminó hasta la puerta—. Tengo que hacer pis. Cuando vuelva, dime qué quieres hacer.

Me quedé tumbado y traté de rumiar sobre lo que debía pensar. Pensé que tendría que pensar que una loca me estaba presionando. Si ella seguía machacándome con el tema, entonces yo podría darme cuenta de que era malvada y tenía malas intenciones, ¿no? Y entonces ya sabría que no me convenía hacer nada de lo que me dijera.

Cuando volvió llevaba puesto el albornoz.

—Vale —dije—. ¿Y esto qué significa?

Se metió debajo de las sábanas con el albornoz puesto y se quedó mirando a la hawaiana.

—Lo siento —dijo—. Tenía que ser una especie de ejercicio, pensaba que te ayudaría. Supongo que aplicarle terapia de shock a alguien que ya llevaba el shock encima ha sido tonto. Lo que quiero decir es que, si quieres vivir aquí, estás invitado, Peter. Danny y tú. Ya lo sabes. Creo que esa vida estaría bien. Y a Danny le beneficiaría mucho tener a una mujer cerca. Y a Clarissa, tener a un hombre. O, si quieres, puedes buscar otro trabajo y seguir como hemos estado hasta ahora. O esto también puedes cambiarlo, tú decides. O sea, que te estoy dando, no sé, te estoy dando lo que tú quieras.

No sonaba como si fuera alguien con malas intenciones. Aunque ¿qué más hostil que darle a alguien lo que quiere? Me acordé de La dimensión desconocida, de cuando el tipo dice que en el cielo se está volviendo loco y que por favor lo mande al Otro Sitio, y el otro le contesta que eso es el Otro Sitio, ja jajá jajajá…

Martha me miró.

—Creo que podrías llevar una vida que te llenara más, Peter. La otra noche decías que te gustaría escribir poesía. Pues ya sabes, podrías escribir.

— [25] Madre de Dios —dije. (La otra noche había vuelto a pillarme una de licor casero y conté historias del instituto)—. Hablaba de cuando tenía catorce años, por todos los santos. Todos los chicos de mi grupito querían ser poetas. De los de barba, ¿sabes? Porque creíamos que Allen Ginsberg era una gran figura romántica. Eso fue justo después de querer convertirme en jugador de béisbol, como Roger Maris.

—Me parece que he metido el dedo en la llaga —dijo ella.

—No has metido el puto dedo en ninguna llaga. Pero me gustaría que me ahorraras la humillación final, ¿sabes? Ser un capullo y estar quemado puedo aceptarlo; pero ser un capullo que está quemado y que a los cuarenta se pone a escribir poesía, o a aprender a tocar el puto saxofón, eso sí que no.

—Me parece que detecto miedo al fracaso, ¿sabes? Y me encanta, me parece muy mono.

—Eres una gilipollas muy retorcida.

—¿Y no es así como te gustan? —dijo—. Por cierto: solo tienes treinta y nueve, a menos que me hayas mentido sobre tu edad.

Hice el gesto de Jack Gleason, que hace de Ralph el autobusero de The Honeymooners: «Uno de estos días, Alice, bang, zoom, y vas directa a la Luna». En el canal 11 daban The Honeymooners justo antes de Star Trek, que precedía a La dimensión desconocida.

—No estoy bromeando —continuó—. En serio, no me extraña que te gusten los trabajos degradantes, Peter. ¿Has pensado alguna vez en trabajar de recepcionista? Hay un Holiday Inn muy bonito desde el que se ven todas las marismas. ¿Sería lo bastante deprimente?

—Martha, cariño —dije, y apoyé un dedo en los labios—. ¿Ya hemos dicho todo lo que queríamos decir?

Se dio un golpecito en la frente y asintió en silencio. Luego cruzó las manos sobre el pecho, igual que una momia, y se quedó tendida, rígida, mirando al techo.

—Por todos los santos —dije.

—Chist.

—Muy bien, como quieras. Escucha: salgo a dar un paseo.

Sabía que estaba siendo un capullo susceptible. Porque, al parecer, ella todo lo hacía por amor.