Jernigan

David Gates · Capítulo 42 de 45

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Jernigan

Capítulo 2

 

Me senté y bebí más ginebra. Saqué el atlas de carreteras Rand McNally de Martha y busqué: de Nueva Hampshire a Vermont. Ya sabía cómo se iba a la caravana de Tío Fred, solo quería ver el punto solitario en el mapa y las carreteras rojas y azules, igual que venas y arterias. Luego encendí la televisión y me puse a ver las noticias del canal 9. Al menos no hablaban de nosotros: eso era lo único que podía decir a propósito de las noticias del canal 9. Prefería las del canal 7 porque Kaity Tong me ponía más cachondo que esta del canal 9, la como-se-llame, pero en el canal 7 las noticias aún no habían empezado. Bueno, cachondo no, solo un poco…, no sé. Pasaron a los anuncios y me levanté a mear. Estaban en el de los silenciadores Meineke. En el cuarto de baño se oía el mismo anuncio, venía del cuarto de los chicos. Tal vez el sonido viajara por las cañerías, subiendo y bajando. Traté de inventarme un chiste sobre la idea de la música de ascensor, pero no me salía, el muy cabrón.

Martha llegó justo cuando estaban empezando los deportes, que de deportes no tenían gran cosa porque era Navidad; pero el tío de los deportes —que no era, ni con mucho, tan bueno como Jerry Girard, el del canal 11— tendría que salir de todos modos. Y ahora, ¿qué le echaba en cara? ¿El asunto de Rusty Ronson o lo de dónde diablos había estado todo el día? Terminé decidiéndome por lo de Rusty Ronson porque, a decir verdad, lo otro ya me importaba una mierda. Total, iba a largarme de todos modos.

—Hoy he tenido una breve visita navideña —dije. ¡Qué sarcástico!

—¿Ah sí? —dijo ella; (no) parecía muerta de la curiosidad. No tardaría ni un segundo en despertar su curiosidad.

—¿Quieres saber de quién?

—¿Me gustará saberlo?

—De tu marido —seguí—, que anda por ahí diciendo que aún es tu marido, lo cual me resulta bastante desconcertante. ¿No te resulta bastante desconcertante? — Todavía le quedaba suficiente dignidad como para no responder—. Ya podrás imaginarte mi sorpresa.

Ella negó con la cabeza. No me miró.

—No me lo puedo creer. Qué raro —dijo—. Precisamente, estaba a punto de… No sé, no me creerás, ¿por qué habrías de creerme?, pero hoy, de verdad, me han dado el nombre del abogado este, al que fue la hermana de Tim cuando se separó.

—¿Ah sí?

—Hoy he tenido una larga charla con Tim —continuó Martha—. Me ha ayudado mucho, de verdad.

—Sí, me lo imagino.

—Y ahora, precisamente ahora, pasa esto.

La estufa hacía ruido: algo por dentro que se desplazaba para luego asentarse. Yo, en la butaca reclinable; Martha, con los pies doblados bajo las piernas en la esquina del sofá que más lejos de mí quedaba. Cada uno en silencio pero viajando por lo más profundo del espacio, como si estuviéramos a bordo de la Enterprise, donde no había norte ni sur, ni arriba ni abajo. Por un lado quería que todo ese asunto volase en mil pedazos en ese instante, como en lo de la teoría del Big Bang, para subirme al coche y largarme a Nueva Hampshire. Pero por otro lado esperaba que esa fuese una pelea de otras tantas y que terminase antes de que empezara Star Trek. Quizá esa noche, para celebrar la Navidad, darían el episodio en el que el Capitán Kirk se encuentra con unos que adoran al sol; eso cree él, pero resulta que en realidad son cristianos. Aunque, de haberlo dado, lo habrían dado la noche anterior. Martha y yo estábamos fatal. Todo ese asunto me recordaba al día que me casé con Judith. Casi todos nuestros amigos vinieron a la boda (de la familia solo estaba Rick: Judith le había prohibido a su madre que fuera y, para compensar; me obligó a vetarle la asistencia a mi padre), y el pastor les encomendó que «apoyasen y defendiesen» nuestro matrimonio. Defender… Vaya: un pastor en sintonía con los tiempos. Supongo que se refería a que, cuando uno de los dos quisiera abrirse, ellos, los amigos, tendrían que disuadirnos, o a que el Tío Fred debía dejar de presentarme a sus compañeras de trabajo. Pero Martha y yo habíamos estado solos: sin nadie que nos apoyara o nos defendiera. Y no es que, a la larga, Judith y yo nos hubiéramos sentido apoyados o defendidos. Pero ahora, con Martha, hasta los hijos escurrieron el bulto en cuanto nos hubieron emparejado. Y claro, Martha y yo ni siquiera nos conocíamos. Miré por la ventana. Joder, estaba nevando de verdad.

—Así que es cierto —dije.

—Lo siento. Hice mal en no contártelo.

—Increíble —dije—. Yo pensé… Perdón: tú me llevaste a pensar que me estaba metiendo en una cosa cuando en realidad me estaba metiendo en otra completamente diferente. De haberlo sabido…

—Entonces hice bien callando —dijo ella—. No te habría dado igual.

—¿Cómo voy a saberlo ahora?

—Ay, Peter, por favor, no me vengas con gilipolleces. No a estas alturas.

—¿Y tú no me has salido con gilipolleces? Lo pintaste todo como si esta fuera la típica familia feliz americana que había terminado envuelta, por simple casualidad, en un problemita de nada. —Uní el pulgar y el índice para que se hiciera una idea de la magnitud del problema—. Y luego me entero de que —empecé a llevar la cuenta con los dedos—: a) tu hija sabe chutarse; b) tu marido ha estado en la cárcel; c) ni siquiera estás separada de este personaje, y d) entre tu hija y él pasó algo espeluznante. Sin contar lo de que él te pegaba y sabe Dios qué cosas más que aún no me has contado.

—Tú creíste exactamente lo que quisiste creer, Peter —dijo Martha—. ¿Es que pensabas que esas familias perfectas y saludables existían de verdad, esperándote para recibirte con los brazos abiertos? Eres un borracho cuya mujer borracha se suicidó. ¿Y quieres oír algo realmente patético? Me pareció que estabas muy bien.

—Entonces estamos empatados. Tú te has desengañado. Yo me he desengañado.

—Tendría que haber sabido —continuó ella— que no podías ser mi amigo sin saber con quién te estabas mezclando. Pero no quería que lo supieras, porque entonces no habrías querido ser mi amigo. Trampa 22.

—Algo ha pasado —dije, sin mirarla a los ojos.

Ella asintió con la cabeza.

—¿Te lo ha contado Danny? —preguntó.

Ja, pensé: así que realmente había pasado algo. Aquí viene.

—Vagamente —respondí.

Martha suspiró.

—En realidad, yo no lo sabía —explicó—. Es decir, quizá lo supiera inconscientemente, pero no lo supe de verdad hasta un día que llegué y…, vamos, que él estaba… —Martha agachó la cabeza y se puso a llorar, como en «Tom Dooley». («Agacha la cabeza, Tom Dooley. Agacha la cabeza y llora…») Maldita sea, esa canción…, haría años que no pensaba en eso.

Debí de terminar pensando en Tom Dooley para distanciarme de la situación.

—Y esa es la persona con la que todavía estás casada. —Hallarme en una posición de superioridad moral no era algo que me sucediera todos los días; quería alargar un poco la cosa, para ver qué pasaba.

—Tú no lo entiendes —dijo Martha, ya más calmada—. Puede que resulte imposible de entender. Pero lo eché de casa y le conté a la policía que me había pegado y que había estado amenazándonos, lo cual era cierto, y conseguí una orden de alejamiento y también llevé a Clarissa al psicólogo enseguida.

—¿Y entonces por qué no sigue yendo al psicólogo?

—Peter —dijo ella—. Ya has visto cómo vivimos. Rusty siempre dice que va a mandarnos dinero y después no manda nada, y luego tenía un montón de planes que no me salieron. Ha sido difícil, muy difícil, eso es todo. Desde que…, bueno, desde que se lo llevaron, en realidad. Incluso desde antes de que naciera Clarissa.

Yo negué con la cabeza.

—Hay lugares a los que puedes ir —dije sin ningún conocimiento de causa—. Tienes al loquero del instituto, por el amor de Dios. —Al menos eso sí lo sabía. Danny había ido un par de veces, cuando sus notas empeoraron tanto. El loquero pensaba que el problema tendría algo que ver con la muerte de su madre. Perspicaz. No por nada el tío se embolsaba veinticinco de los grandes.

—Sí —dijo Martha—. ¿Y sabes a cuántos chicos atiende en el transcurso de un día?

Eso se estaba poniendo aburrido y técnico. Y, encima, me dolía la mano.

—¿Por qué demonios no te has divorciado? —dije—. Razones legales no te faltaban. Si te hubieses divorciado, él tendría que enviarte dinero. Y si no, de vuelta al trullo.

—Tenía miedo de lo que pudiera hacernos —respondió Martha—. De verdad, pasar por todo eso ya había sido suficientemente duro. Y además habría tenido que someter a Clarissa a otra tortura justo cuando ya empezaba a superarlo. Rusty está loco.

—¿Y no se te ocurrió contarme nada de esto?

—Sí que se me ocurrió, Peter —dijo—. No lo sé, es muy tonto. Tenía miedo de que salieras corriendo, que es lo que ha terminado pasando de todos modos, supongo. Esta no me la perdonas, ¿verdad?

Eso me hizo pensar en el viejo «Así como nosotros perdonamos a nuestros deudores». Como un letrero colgado en, pongamos, una tintorería: EN DIOS CONFIAMOS, EL RESTO DE CLIENTES PAGAN EN EFECTIVO. Hacía ya tanto tiempo de todo eso…: Tom Dooley el que agachaba la cabeza, y el perdonar a nuestros deudores. Como si fuera otro, no yo, el que supiera de qué iba todo eso y dónde encajaba. Lo único que se me ocurría en ese momento era: si al menos pudieras irte de aquí esta noche tal vez la mano dejaría de dolerte. Pero eso era un pensamiento mágico, y el pensamiento mágico no es bueno.

—De hecho, Danny y yo llevamos un tiempo hablando de irnos a vivir solos. — Bueno, lo cierto es que sí que lo habíamos hablado una vez—. Y esto ha servido para… —Otra cosa que me tenía harto era tener que pasar el rato buscando la palabra justa—, para consolidarlo. —«Consolidar» existía, casi con seguridad, pero ¿sería la palabra adecuada? ¿Qué tal reafirmar? ¿O exacerbar?

—Ah. ¿Lo ves? Yo no tenía ni idea. Vamos, que a estas alturas ya ni siquiera sé qué tengo derecho a decir. Si te digo que me has ocultado algo, no tienes más que darte la vuelta y decir que yo te he ocultado algo a ti… —Martha extendió la mano y sopló como si estuviera echando a volar todos sus reproches.

Me puse de pie.

—¿Adónde crees que vas a ir? —me dijo.

—A hablar con Danny —le respondí—. Si a ti no te importa.

—No, lo que quiero decir es ¿adónde irás? Cuando te marches. Porque eso es lo que harás, ¿no?

—Eso es lo que haré —afirmé—. Nos han ofrecido un lugar donde quedarnos. Al norte, en Nueva Hampshire.

—Ofrecido —dijo ella.

—Un amigo —dije.

—Ah, siempre hay un amigo, ¿no es verdad? Claro que Nueva Hampshire…, muy frío en invierno. Pero nada es para siempre, ¿no?

—Ay, ahórratelo —le dije.

Me sentía extraño estando de pie. Después de haber estado sentado, quiero decir. Pero podía caminar bien.

—Voy —dije muy digno, con la mano sobre el picaporte como en Qué bello es vivir, claro que yo no me quedé con el picaporte en la mano— a hablar con mi hijo. Podrías aprovechar para hacer otro tanto. —Me refería a que fuera a hablar con su hija. La frase debió de parecerme muy de Samuel Johnson.

Martha se puso de pie y me siguió. Parecíamos unos padres que suben a hablar con sus hijos.

Con Star Trek o sin él, ya no aguantaba otra noche de esas. Llamé a la puerta. Nadie respondió, solo se oía la televisión. Luego Danny gritó:

—¿Qué?

—Hola, Dan. Espero no estar interrumpiendo, pero tengo que hablar contigo urgentemente.

Escuché el chasquido del pestillo. A medida que la puerta se abría para que en el resquicio cupiera una cara, el volumen de la televisión iba subiendo. La cara de Danny: sus ojos a la altura de los míos. La peste del porro.

—¿Urgente? —preguntó—. ¿Superurgente?

—¿Estás en condiciones de hablar? —le dije.

—¿Lo estás tú? —preguntó él.

—Si estás suficientemente centrado como para ser impertinente —dije—, es que estás suficientemente centrado como para hablar. ¿Puedes ponerte algo más abrigado y salimos a caminar?

Impertinente. Vaya. Por lo visto, estaba recuperando el poder de la palabra.

—¿A caminar? —dijo Danny—. Papá, fuera está nevando.

—Danny, por Dios. Tienes dieciséis años: caminar bajo la nieve es divertido. A ver si me entiendes: flipante.

Gran suspiro de mártir adolescente.

—Está bien. Dame un minuto, ¿vale?

Bajé y eché otros dos tragos de ginebra. Me guardé la botella en el bolsillo del abrigo. Fuera hacía tanto frío que la nieve seca crujía cuando la pisábamos. Danny caminaba con dificultad, con la capucha de la parka echada hacia atrás y las manos en los bolsillos. Por Dios, estábamos en invierno, ¿ni siquiera tenía un par de guantes? Tenía dieciséis años, qué iba a hacer, ¿comprárselos él mismo con la paga? Los copos de nieve resplandecían sobre su pelo.

—Siento haberte arrastrado aquí fuera —le dije—, pero he pensado que no deberíamos hablar de esto en casa. No me ha parecido —tardé un segundo— apropiado.

—¿Apropiado el qué?

—Bueno —dije—, recuerdo que cuando fuimos a buscar el árbol dijiste que la situación, pensando en Clarissa, ya sabes, era un poco rara.

Danny no dijo nada.

—Bueno, si lo recuerdas, no es que a mí no me lo pareciera. Era solo que…, no lo sé. Pero después de lo de hoy…, bueno, que creo que de repente tú y yo deberíamos retirarnos. Creo que meternos en esto fue precipitado.

—¿Y? —dijo—. Ya estamos aquí, ¿no?

—No lo estamos —dije—. Es decir, sí que estamos aquí. Pero tenemos otras opciones.

—¿Ah, sí? ¿Como cuáles? —insistió—. Si ya ni siquiera tienes trabajo.

—Acabamos de vender una casa de ciento treinta y siete mil dólares —respondí —. No estamos exactamente desamparados.

—¿Ah, no? ¿Y cuando se terminen?

—Ya nos preocuparemos por eso cuando llegue el momento —le respondí.

Él se calló. Las farolas hacían que la nieve se viera medio rosa. Delante de nosotros, sobre la nieve rosa, pasaban nadando pequeñas manchas negras: las sombras de los copos de nieve.

—Ya sabía yo que ibas a gastártelo todo. Arrivederci Berklee, ¿no? —¿De qué le sonaría lo de Arrivederci Roma? Quizá había oído la canción por la tele…, suponiendo que el juego de palabras fuese deliberado.

—Mira —le dije—, nos han ofrecido un sitio para vivir sin tener que pagar alquiler. Yo puedo conseguir algún trabajillo de mierda, así ni siquiera tendríamos que echar mano del dinero.

—¿Qué sitio?

—El de Tío Fred, en el campo.

—¿Ahora se supone que tenemos que vivir en una caravana en Nueva Hampshire? —dijo—. Papá… Es una locura. ¿Hay algún instituto al que pueda ir?

—En Nueva Hampshire hay instituto —dije—. Está en Estados Unidos, ¿lo sabías?

—Claro, colegios para granjeros. Ni siquiera conocemos a alguien allí.

—Pues haces nuevos amigos y ya está —insistí—. Aquí tampoco conocíamos a nadie cuando llegamos de Nueva York.

—¿Y cómo se supone que voy a hacerme amigo de unos granjeros?

—Ponte a vender drogas —dije—. Harás amigos.

Danny se agachó, hizo una bola de nieve con las manos desnudas y se la lanzó al STOP. La nieve estaba tan seca que se deshizo en mitad del vuelo.

—Y suponiendo que tu falta de habilidades sociales fuera tan grave como para no dejarte otra opción —seguí—, sigues teniendo tu música, ¿no? Es probable que ahí arriba haya alguna banda muriéndose por tener a alguien como tú de guitarrista.

—Sí, claro —dijo—. Para tocar música de granjeros a lo Willie Nelson.

—No estoy diciendo que vayamos a quedarnos ahí para siempre, sino solo mientras tratamos de aclararnos. —Iba inventando sobre la marcha—. Subimos, disfrutamos de la tranquilidad, nos relajamos un poco y ya veremos. Mira, vayamos a donde nos apetezca, podemos permitírnoslo. Si se te ocurre algún otro lugar al que quieras ir, vayamos. O al menos discutámoslo.

—Estoy donde quiero estar —dijo él. Se agachó y trató de hacer otra bola de nieve—. Esta cosa no aguanta —se quejó, y volvió a meter las manos en los bolsillos.

—¿Quieres caminar hasta Oakdale? —le propuse.

—Si tú quieres —respondió. Y una manzana más adelante me preguntó—: Papá, ¿hay algún lugar donde quisieras estar?

A tu hijo no puedes responderle «Muerto y en el cielo».

—Es lo que estoy tratando de descubrir. Esa es una de las razones por las que la caravana de Tío Fred me llama la atención. ¿No?, la naturaleza, el silencio. Toda esa mierda a lo Wordsworth. Muy decimonónico por mi parte, desde luego. —¿Con quién pensaba yo que estaba hablando? Probablemente, para Danny decimonónico significaría de 1900—. Como Thoreau. —Silencio—. Huckleberry Finn.

—¿Y entonces por qué no te vas tú y ya está? —preguntó Danny.

—No voy a dejarte aquí solo, evidentemente.

—¿Por qué no? —dijo—. Yo estoy bien.

—No lo estás —le dije—. Si incluso antes de lo de hoy me habías comentado lo raro que te parecía esto. Has tenido que echar de casa al padre de tu novia con una pistola. No pienso dejar que crezcas así.

—El tío está loco, tampoco es para tanto.

Más adelante, colgando no muy lejos de la acera, había una rama cubierta de nieve. Danny corrió hacia la rama —yo aproveché para sacar rápidamente la botella y beberme un buen trago, tosí y me atraganté— y dio un salto con el brazo derecho levantado, como si quisiera encestar. La nieve iba cayendo sobre su cabeza descubierta. Mientras esperaba a que lo alcanzara se pasaba la mano por el pelo, quitándose los copos de nieve que brillaban bajo la luz de las farolas. A este niño precioso lo habíamos hecho Judith y yo.

—Danny —le dije—. Nadie tiene por qué vivir así. A menos que uno viva en el puto Beirut.

—No sé —dijo—. Supongo que lo que quiero decir es que las cosas no vienen solas, ¿entiendes?

Nunca habría imaginado a Danny capaz de percibir, y mucho menos enunciar, una verdad general, aun en forma tan embrionaria.

—Me parece un razonamiento muy unidimensional. —Ah, daba igual: de cualquier modo él nunca sabía de qué coño le estaba hablando. Si era capaz de sentarse a escuchar a los tarados de Megadeth, podía sentarse a escucharme a mí.

—Clarissa me ha contado que su padre ya lo había hecho otras dos veces —dijo —. Una vez ella trató de clavarle unas tijeras y todo. Él la agarró o algo así y ella simplemente: ¡chan! —Danny se me vino encima como la madre de Psicosis, con la boca bien abierta, los ojos desorbitados y un cuchillo imaginario en el aire.

—Y aún piensas que el tío no es peligroso —le dije.

—No lo sé —dijo—, viniendo de Clarissa, puede que ni siquiera sea cierto.

—Da igual —dije—. Esto es un puto circo. Nos largamos.

—La mayor parte del tiempo no está tan mal —dijo—. Mejor que vivir por ahí en una caravana.

—Bueno, pues, por suerte o por desgracia, no eres tú quien decide.

—¿Y eso? —preguntó—. Pensaba que estábamos en plan democrático.

—Te lo diré crudamente —continué—: eres menor de edad y harás lo que yo te diga.

—No te pases, papá. Luego no podrás mantener tu palabra.

—No me desafíes, hijo —le dije.

Pero Danny tenía razón.

Recorrimos otra manzana más arrastrando los pies. No sirvió para nada. Danny se detuvo en el bordillo de la acera. Resultaba evidente que había decidido plantarse justo ahí.

—Papá —dijo—, se me están enfriando los pies. Yo vuelvo a casa.

—A mí también —dije. Es probable que yo también tuviera los pies fríos.

Volvimos sobre nuestras huellas antes de que la nieve las cubriera del todo. Cuanto más avanzábamos, más cubiertas estaban. Vaya, pensé, como la vida misma.

—¿De qué te ríes? —preguntó Danny.

El chico tenía razón, maldita sea. Cualquier broma tonta me habría parecido muy graciosa.

—De nada —respondí—, estoy rendido.

—Supongo que estás bastante borracho —dijo. Sin ánimo de criticar; se había limitado a tratar de explicar qué hacía su padre caminando en medio de la nieve mientras trataba de ahogar una risita.

—Mira —le dije—, tengo otra idea. ¿Qué tal si yo voy primero, le echo un vistazo al sitio, me instalo allí, miro los institutos, lo dejo todo listo y luego vienes tú? Porque es probable que ahora mismo, no voy a mentirte, esté hecho un desastre. Ya sabes, nadie ha estado viviendo allí ni nada. ¿No te parece mucho mejor?

—¿El qué?

—Lo que acabo de decirte, Danny. Que yo me adelante y vaya ocupándome de algunas cosas.

No respondió.

—¿Sabes qué? Podrías terminar el curso aquí. Irías a Nueva Hampshire los fines de semana. —Seguía sin responder—. A la señora Peretsky, independientemente de lo que piense de mí a estas alturas, le gustaría que tú te quedaras, estoy seguro. Es decir, durante la semana. Y luego, los fines de semana podrías subir a Nueva Hampshire y ver qué tal. Que fuera una cosa gradual.

Nada.

—En realidad, esa podría ser la solución —dije.

Seguimos caminando mientras la nieve seguía cayendo. Iba amontonándose, y me puse a pensar: ¿sería buena idea salir rumbo a Nueva Hampshire con la que estaba cayendo? Aunque en las noticias habían dicho que lo peor de la nevada no pasaría de Westchester y Rockland.

—¿Cuándo saldrías para allá? —preguntó Danny.

—A decir verdad, estaba pensando en salir esta noche. Si veo que estoy muy cansado puedo dormir por ahí en algún lugar, y seguir por la mañana. O si empieza a nevar demasiado fuerte.

—¿Te has peleado con la señora Peretsky o algo? —preguntó.

—O algo —respondí—. A ti no te afecta, de verdad.

Se quedó pensando en eso. O en algo.

—¿Cuánto se tarda? —preguntó—. En llegar allá.

Me encogí de hombros.

—Seis horas… —respondí—. Quizá un poco más. Entonces: ¿qué dices? ¿Te vienes conmigo? Igual que un par de viejos beatniks, ¿sí? Con la radio alta durante todo el camino. Tú escoges las emisoras.

—Tú no tienes radio.

—Al diablo con la radio. Tengo un walkman —dije—. Tú traes tus casetes y los auriculares de tu Rockman. ¿Tienes alguno de esos chismes de doble entrada al que podamos conectarlos?

—Papá.

—Está bien, a la mierda el walkman. Tráete la guitarra, tu vieja guitarra. Y siempre podemos hablar. Como último recurso, ¿sabes? Como los pioneros que viajaban en sus carretas Conestoga, ¿sabes? Uno podría estar leyendo, no sé, el último libro de John Stuart Mill, por ejemplo, y luego terminarían discutiendo sobre el utilitarismo.

—Oye, papá: ¿no crees que sería mejor si lo discutiéramos mañana?

—¿Mañana? ¿Cómo que mañana? Hoy, ¿no? —Me encorvé y sacudí la cabeza como si estuviera tocando una guitarra—, ¡Rock and roll!

Él se limitó a mirarme.

—Vaya, pensé que eras un espíritu libre.

—Papá —dijo—. Está cayendo una nevada de mil pares de narices y ya es medianoche. Y tú estás borracho y yo ni siquiera quiero ir a la caravana.

Estábamos de vuelta en la esquina. Podíamos distinguir nuestras huellas avanzando colina arriba desde la casa de Martha.

—Vale —dije—, perfecto. Ningún problema. Te dejo en casa y luego hacemos lo que decidamos hacer.

Bajamos la colina. Ahora me obsesionaba la idea de no desviarme de mis huellas anteriores —podía distinguirlas de las de Danny porque él llevaba zapatillas de deporte—, igual que un niño tratando de no salirse de la raya mientras coloreaba. Danny caminaba y basta.

—¿Sabes? —le dije mientras pasábamos frente a la casa de los vecinos—. Nunca he sabido cómo se llama esta gente. Pero tienen una casa rematadamente fea, la muy hijaputa. —Y esas luces de Navidad no contribuían a mejorar las cosas.

—Son los Molloy —dijo Danny.

—¡Jesús, María y José! —exclamé, como recién salido de la Isla Esmeralda—, este barrio va de mal en peor.

No respondió. Se me ocurrió que tal vez ni siquiera supiese que él también era irlandés. Yo, por lo menos, no recordaba haber tocado el asunto en ningún momento. En fin, si alguna vez sentía curiosidad, cosa que dudaba, seguro que habría algún lugar donde interesarse por la cuestión. Interesarse… Qué antigualla de palabra, como lo de John Stuart Mill y lo de agacha la cabeza, Tom Dooley. Cosas de las que ya nadie se acordaba. Dooley: ja. Seguro que Tom Dooley también era irlandés.

Danny me sostuvo la puerta de la verja para que pudiera entrar. La nieve enterraba la tapa del cubo de la basura, que estaba en el suelo porque alguien no se había molestado en…