Jernigan
Capítulo 4
Pero a la mañana siguiente, mientras me remolcaba para enfilar las escaleras del tren con un dolor de cabeza que me subía por detrás de la oreja derecha, mi entusiasmo se había esfumado. Esa mañana vi clarísimamente que había vuelto a liarme con una loca: en esta ocasión, una loca que pegaba tiros a unos conejos en su sótano. Y que me pegaría un tiro a mí si ahora trataba de escapar. Que le pegaría un tiro a mi hijo. Que se pegaría un tiro. Por falta de atención, por indiferencia, por —¿y si nos dejamos de gilipolleces por una vez?—… , por haberme desentendido a propósito de mis responsabilidades paternas, había dejado que Danny confraternizara con esa loca y la tarada de su hija, y, luego, había dejado que me arrastraran a su universo delirante.
Me acurruqué entre dos hombres con traje de raya diplomática gris marengo; ambos leían el suplemento del Times: «Hogar». Estábamos a jueves, entonces. Como en el Club de Mickey Mouse de la tele. Martes: Estrella Invitada; miércoles: ¡Vaya sorpresa! Abrí La abadía de Northanger.
En el trabajo recibí un «hola» muy amable de Miranda, la guapa secretaria de Kelsey —ahora se las tiene que llamar «asistentes», claro— con quien nunca había pasado del contacto visual ocasional. ¿Os imagináis a Jernigan estableciendo contacto visual con alguien? Eso os dará una idea de cómo estaba esa Miranda. Sobre mi mesa, tres papelitos de color rosa para avisarme de llamadas que había recibido. Todas eran de negocios; en ninguna nota aparecía el nombre de Martha. A todos nos esperaba un día normal en la oficina.
Pero el día resultó un desastre. Esto es: un desastre en la medida en que las cosas del trabajo puedan tomarse en serio. Aunque siempre te las tomas en serio. Sobre todo cuando se enfadan contigo. Esto es lo que pasó: la semana anterior —trataré de ser breve: un rollo del tipo asuntos de oficina resultaría demasiado plúmbeo hasta para La vida de Jernigan—; la semana anterior, decía, me comí un decimal mientras calculaba cuánto costaría rascar los tabiques de cuatro plantas de un edificio del NoHo. (Y ni siquiera lo tenía en mi cartera, por todos los santos; me ofrecí a encargarme de los cálculos para hacerle un favor a Coleman, yo tenía un pequeño parón de trabajo. El parón era enorme, sí, pero esa es otra historia). Con mis cálculos aproximados —y muy equivocados— en mano, el cliente se reunió con sus socios y, guiándose por esos cálculos, movieron un dinero que, de otro modo, no habrían movido. Bueno, en dos palabras: ¿y qué? En todo caso, el pastel acababa de descubrirse. En fin. Reunión importantísima con Coleman y Kelsey y nuestro abogado. Otra reunión importantísima con el cliente y su abogado y Coleman y Kelsey y nuestro abogado. Me quedé sentado como un niño malo, maldiciendo a Tío Fred en silencio. Como venía haciendo prácticamente cada día desde hacía diez años. Con su puto amigo Coleman en el puto sector inmobiliario. Con su puta amabilidad. La última reunión del día la mantuvimos Kelsey y yo, a solas. Y en el transcurso de dicha reunión le dije, en resumidas cuentas, que todos cometemos errores y qué se le iba a hacer. Reflexiones que no parecieron muy bien recibidas. Salí de su despacho pensando Diez años de esta mierda. En fin, como suele decirse: cada cosa a su tiempo.
Había planeado coger el tren de las 17.46, acercarme a Heritage Circle y cortar el césped del jardín delantero antes de que anocheciera. Incluso en esa época del año el césped de delante crecía como un desgraciado. Regado con la sangre de los mártires, imagino. Esto no tiene gracia. El jardín trasero no me preocupaba tanto: a fin de cuentas, solo lo verían tres vecinos, y solo si pegaban sus vecinales narices contra la malla de alambre en la que había entrelazado tiras de plástico verde. Y no conseguí coger el de las 17.46. Corrí como un capullo por la Estación Pensilvania y apenas alcancé a subirme al de las 20.37. Con los trenes que salían tan tarde al menos podías sentarte en la ventana: a eso quedabas reducido, a pensar que una cosa así, conseguir la ventana en el tren, era la bomba. Me acordé de Tío Fred, que me decía: «Hazlo durante un año, qué caramba. Lo peor que puede pasar es que la enseñanza empiece a parecerte una buena opción y la retomes con algo de dinero en el banco. Y además, podría ser un desastre».
Cuando salimos del túnel y entramos en Nueva Jersey ya había anochecido y las luces color salmón de las farolas de la autopista estaban encendidas. Eché un vistazo por el vagón. Todos los hombres se parecían a mí: basset hounds humanos vestidos con trajes arrugados. Pero ellos estaban borrachos, los muy cabrones, después de salir de la oficina habrían hecho una parada en algún bar, Charley O, o así. Se habían aflojado el nudo de la corbata y respiraban por la boca.
En cuanto me hube bajado del tren y estuve en mi coche, recliné el asiento y me quedé ahí, en el aparcamiento, como si estuviera en la silla del dentista. En toda la explanada solo quedaban unos pocos coches. Finalmente, enderecé el asiento, arranqué y tiré por la izquierda, por la avenida Hamilton, en lugar de girar a la derecha (para llegar a Heritage Circle). Iba rumbo a Martha, derecho, por muy loca que estuviera.
—Eh, forastero —dijo cuando abrió la puerta—. Se estaba haciendo tan tarde que ya no sabía si contar contigo hoy o no.
La cocina olía a Día de Acción de Gracias —¿salvia y cebolla?— y los pechos de Martha se hinchaban bajo el jersey verde hoja de jacquard en el que se veía un reno Una de sus gangas de la tienda de segunda mano, supuse. Debía de parecerle una prenda muy otoñal; y de repente, sus intentos de hacerlo todo lo mejor posible me conmovieron.
—Danny está dentro viendo la televisión —dijo— y Clarissa está arriba, enfurruñada. No te hemos esperado para cenar, pero quedan macarrones con queso. O, si lo prefieres, acabo de dejar listo un estofado para mañana por la noche. Está mejor si dejas que repose un día, pero…
—Macarrones con queso —dije. No los estaba pidiendo; pronuncié las palabras con asombro.
Mano por encima del hombro, puño cerrado y pulgar extendido apuntando a Danny.
—Se ha empeñado. Por lo visto, en la tele han dado algo sobre los platos preferidos de los niños. ¿Te vas a quedar ahí parado?
—Macarrones con queso, por favor —dije—. Pero ¿podría comer el postre primero?
Jernigan desplegando sus encantos.
En aquellos tiempos todavía nos metíamos un par de horas en la cama siempre que podíamos. Que yo estuviera en esa casa se debía, en buena parte, a lo extraño de la novedad: volvía a practicar el sexo. Era algo que tenía abandonado. Si lo pienso ahora me entra una vergüenza brutal, pero habíamos empezado un jueguecito: ella sola se bastaba para llenar un harén entero. Modificaba su nombre para que se adecuara a la práctica del momento: Martha>Marty>Martina>Tina. Marty el tristón era el chico: tenía que ponerla boca abajo; Martina la mandona era la lesbiana: tenía que comérselo; con Tina la reacia tocaba el misionero, sin más: se tumbaba con los brazos estirados al lado del cuerpo. Una tarde experimentamos con Mr. T (Marty>Mr. T): ella tenía que follarme metiéndome el dedo. Cuando tuvo dentro el segundo nudillo traté de escabullirme y sus gruñidos se convirtieron en risitas. «Vale, vale — dijo—. Teníamos que probar, ¿no?» Traducción: era ella la que tenía que probar.
Esa noche fue particularmente intensa.
—¿Qué le parece, señor Jernigan? —me preguntó cuando yo ya no era capaz de hacer nada más—. ¿Qué le parece esto de tener un burdel particular, siempre a su disposición? ¿Le gusta? —Mojó un dedo en el sudor de mi pecho.
—Mmm, sí. Aunque, con toda esta historia, a veces me pregunto dónde queda Martha. —No se me ocurrió un modo más delicado de decirle que me temía que hubiéramos sobrepasado los límites. Al parecer, ahora Peter Jernigan empezaba a creer en los límites.
—Que se joda Martha —dijo—. Es un rollo, una carga. ¿A quién le importa? El mundo está lleno de mujeres infelices.