La conjura Sixtina
El Lunes Siguiente a la Fiesta de la Candelaria
siguiente, en torno a la cuestión de si no se le habría presentado el diablo en persona.
EL LUNES SIGUIENTE A LA
FIESTA DE LA CANDELARIA
Los miembros del concilio antes mencionados, a los que se sumó el catedrático de semiótica del Ateneo de Letrán, Gabriel Manning, se reunieron el lunes siguiente a la fiesta de la Candelaria para celebrar su segunda asamblea bajo la dirección del eminentísimo cardenal Joseph Jellinek, el cual, tras haber invocado al Espíritu Santo, lanzó a la sala la pregunta de si alguno de los presentes conocía ya el significado de la inscripción por la cual se habían reunido todos en aquel lugar. Los congregados dieron una respuesta negativa y acto seguido anunció Jellinek que se pasaría en primer lugar a llamar a consulta al profesor Manning, dado que éste era el especialista más competente que existía en la actualidad en el campo de la ciencia que tiene por objeto el estudio de los signos; Manning ya había sido confrontado, ex officio, con el problema y pasaría a ofrecer en seguida una breve conferencia introductoria sobre las probabilidades del desciframiento y las distintas posibilidades que arrojaba el texto de la inscripción.
Manning advirtió a los presentes del peligro de abrigar esperanzas prematuras y creer que el misterio podría ser descifrado en poco tiempo; todos los indicios que se revelaban en esos caracteres enigmáticos apuntaban claramente la existencia de una solución que debería ser buscada fuera de los muros que había mandado construir el papa Sixto IV. Un claro indicio de ello sería ya el número ocho, cifra que está presente en la serie de letras AIFALUBA, ya que el simbolismo cristiano otorga su preferencia al número siete. Una comprobación de esa teoría podía verse, en su opinión, en la configuración temática de los tronos del techo, donde Miguel Ángel partió por la mitad la cifra cristiana del doce para dar preferencia a dos agrupaciones de sibilas y profetas. La temática pintoresca de la creación del mundo permite inducir además una especie de universalismo, expresado en una creencia post- racionalista en la capacidad simbólica del mundo entero.
Esto significaría que todo cuanto el hombre contempla e intuye puede traducirse en cifras, en símbolos, en signos, en modelos y en alegorías y que se encuentra, por tanto, integrado dentro de una concatenación misteriosa,
para la cual no hace falta más que poseer la clave. Los astrólogos, los pitagóricos, lo gnósticos y los cabalistas habían vivido su gran época de esplendor precisamente durante la composición de los frescos de la Capilla Sixtina, y numerosas personas, sobre todo las pertenecientes a las capas cultas, habían sucumbido al embrujo de las concepciones mágicas y místicas imperantes en aquellos tiempos. Y es así que podía comprobarse la existencia de una auténtica alquimia lingüística, en la que los magos y los místicos del alfabeto se ocupaban de estudiar las sonoridades de las palabras y de las letras, sus sonidos y sus significados.
Los griegos de la antigüedad designaban por medio de letras las notas musicales, adjudicando a las veinticuatro notas básicas, o sea, a las veinticuatro notas de una flauta, las veinticuatro letras del alfabeto, y tanto Pitágoras como sus coetáneos quedaron ebrios de entusiasmo al descubrir que la altura de una nota depende de la longitud de una cuerda y que la relación entre ambas magnitudes obedece a leyes naturales, es decir, que aquello que resulta perceptible para el oído puede ser transformado por el ojo en fenómeno visible. Los sonidos no serían, por tanto, más que números materializados. Manning planteó entonces la siguiente pregunta: ¿por qué no habrían de representar las letras, en ese recinto tan preñado de música, una determinada melodía, la de una canción, por ejemplo, cuyo texto albergaría quizás en su seno la solución a ese misterio? Tal sería, pues, la teoría de una explicación posible, que tendría además el encanto de ser bastante sencilla.
Pero el asunto se tornaría mucho más complicado si esa inscripción exigiese una interpretación basada en letras que fuesen símbolos de nombres, pues la correlación letra-nombre era mucho más antigua que toda la sabiduría griega. Ya Eusebio de Cesárea, historiador de la Iglesia, había demostrado en su Preparatio evangélica que los griegos habían tomado de los hebreos sus denominaciones para las letras, y como prueba de ello señaló el catedrático que cualquier escolar hebreo conocía la significación de los nombres de las letras, mientras que ni siquiera el mismo Platón poseía tales facultades. En tiempos posteriores hubo que esperar hasta la aparición de los padres de la Iglesia para que fuesen reanudadas esas investigaciones, y éstos ofrecieron interpretaciones harto edificantes sobre las relaciones acróstico-alfabéticas en los salmos y en las lamentaciones del profeta Jeremías.