La conjura Sixtina

Philip Vanderverg · Capítulo 36 de 45

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La conjura Sixtina

Ichelangelo

los papas se alcen hacia el techo de la Capilla Sixtina y se fijen en el honrado profeta Jeremías, el más honrado de todos los honrados, advertirán entonces su honda preocupación y su silencio desesperado. Y es que Jeremías conoce la verdad. Y se darán cuenta entonces de la alusión que he hecho yo, Michelangelo Buonarroti, dejándola visible para todos e invisible también, al mismo tiempo. Pues en el rollo de pergamino que está a los pies de Jeremías se puede leer: «Lucas miente.» Y algún día se dará cuenta el mundo de lo que quise decir.

M

ICHELANGELO

B

UONARROTI

, en Roma Jellinek permaneció callado. El hermano Benno se quedó contemplando al cardenal. Entre los dos se hizo un largo silencio. – ¡Una venganza diabólica! – exclamó al fin el cardenal Jellinek-.

Una auténtica venganza diabólica por parte del florentino. Pero, ¿qué es lo que dice ese Abulafia, de qué habla? ¿Hay alguna prueba? ¿O se trata de una conjura antiquísima contra la Iglesia y contra el mundo entero? ¡Esa sola idea me atormenta desde entonces, señor cardenal! – ¡Paparruchas de herejes! Pero… ¿dónde se encuentran los volúmenes con los que usted trabajó entonces, dónde está el legado de Miguel Ángel, dónde El libro del silencio?

–Aparte esta única carta, todo lo dejé en la biblioteca del Oratorio. Allí he estado buscando, pero no encontré ni un solo documento, y los bibliotecarios no podían recordar haber visto jamás un volumen sobre Miguel Ángel o alguno de los documentos que integraban su legado. El mismo abad Odilo pudo recordar que incluso aquel delegado del Vaticano, con el que habló años atrás, no encontró nada y tuvo que irse con las manos vacías. – ¡Qué extraño! ¿Por qué habrán desaparecido esos escritos? Y ante todo, ¿adonde habrán ido a parar?

El cardenal se quedó reflexionando. ¿Acaso no había encontrado él en el archivo secreto cartas y documentos de Miguel Ángel? ¿No se había preguntado entonces por qué se guardaban aquellas epístolas en la riserva!

Quizá se tratase de aquel legado de Miguel Ángel con el que había estado trabajando en otros tiempos el hermano Benno, aun cuando, pensó,

poniéndose a dudar de nuevo, nunca había visto esa carta de Miguel Ángel cuya copia tenía ahora en sus manos, así como tampoco había visto El libro del silencio.

Jellinek pidió al hermano Benno que hiciese un esfuerzo por recordar cuáles eran los documentos y las cartas que había en el legado de Miguel Ángel.

El hermano Benno le respondió que aquello había sucedido hacía mucho tiempo, pero que si mal no recordaba, aquel legado contenía unas dos docenas de cartas, cartas a Miguel Ángel y cartas de Miguel Ángel, lo que ya era en sí bastante extraño, pues ¿quién guarda sus propias cartas? No obstante, entre la correspondencia mencionada había además algunas otras cartas dirigidas a Condivi, así como cartas al papa, cartas a su padre en Florencia y también, por supuesto, cartas a Vittoria Colonna, su amor platónico.

Cuando el cardenal Joseph Jellinek llegó esa misma tarde al palazzo Chigi, tenía todo el aspecto de un hombre derrotado. Incluso Giovanna, que le salió al encuentro en el rellano superior de la escalera, incluso aquella mujer no pudo despertar en él interés alguno.

–Buona sera, signora -dijo el cardenal, con aire distraído, mientras cerraba la puerta a sus espaldas.

Una vez solo en su biblioteca, leyó por enésima vez la carta de Miguel Ángel. El contenido de la misma amenazaba con aplastarlo. A lo mejor Jesucristo Nuestro Señor no había resucitado. No lo podía entender, así que se puso a recapitular: ahí estaba la inscripción de puño y letra del propio Miguel Ángel y ahí estaba también esa extraña representación pictórica de índole programática en la bóveda de la Capilla Sixtina; tenía la copia de una carta de Miguel Ángel, cuyo original había sido entregado al papa Juan Pablo I, pero que ahora se encontraba extraviado; ahí estaba El libro del signo de Abulafia, encuadernado en tapas que no eran las suyas y donde faltaba la página más importante de todas; y existía también un legado de Miguel Ángel, que por razones desconocidas se guardaba en el archivo secreto; y finalmente, tenía que haber también una obra titulada El libro del silencio, cuyo texto completo nadie conocía y que ni siquiera se encontraba en el archivo secreto.

El cardenal no lograba aclararse entre todos aquellos elementos; su agudo intelecto, tan penetrante por lo común, se negaba a sacar de todo eso