La conjura Sixtina
Liber Hieremias.
sacerdotes y el pueblo del país. Y te combatirán, pero no podrán contigo, porque yo estaré contigo para salvarte.
Mientras escuchaba con profunda atención esas incisivas palabras, que zumbaban en sus oídos, saliendo de las tinieblas para embriagar todo su ser, el cardenal creyó percibir un resplandor en uno de los rincones más apartados del aposento, una lucecilla flameante que lanzaba sus rayos hacia el techo, y Jellinek repitió su angustiosa llamada en un tono de voz que cada vez se volvía más entrecortado: -¿Quién anda ahí? ¿Hay alguien?
No acababa de hacer el cardenal esta pregunta, cuando, despavorido, lanzó un grito de terror, pues le pareció que aquel que compartía con él la oscura soledad del recinto le había agarrado de repente de una manga.
Jellinek enfocó su linterna a un costado y advirtió; inmediatamente cuál había sido la causa: había tropezado con el borde de un infolio que sobresalía de la estantería. Y cuando la luz de su linterna iluminó el lomo del libro, se destacaron ante sus ojos, en medio de la oscuridad y reluciendo como un aviso de ultratumba, unas letras estampadas en oro, que rezaban: LIBER HIEREMIAS.
¡El libro de Jeremías!
El cardenal se santiguó. Al fondo seguía, inmóvil, el extraño fulgor.
Jellinek pensó por unos momentos si no sería mejor salir corriendo de allí tranquilamente y dejar en paz aquel misterio, pues nada iba a cambiar él tratando de dilucidarlo, pero luego se le ocurrió que quizá en la persona que encarnaba aquella aparición inexplicable podría encontrarse la solución de todas las desgracias y que probablemente el otro pensase de igual modo.
Así que siguió deslizándose sigilosamente y se acercó a la lucecilla, dejando por en medio una estantería repleta de viejos legajos. Y mientras se agachaba cuidadosamente para iluminar con su linterna el suelo, espiando así por detrás de la estantería, sin descubrir más que una linterna sobre el piso, con el haz de luz dirigido hacia el techo, escuchó al fondo, a sus espaldas, un ruido seco: la puerta del archivo secreto se cerró, golpeando con violencia contra el marco, e inmediatamente después oyó el cardenal Jellinek cómo alguien echaba la llave a la cerradura. El cardenal recogió la linterna, se dirigió a la puerta y la encontró cerrada. Ahora sabía que el archivo secreto era mucho menos secreto de lo que había creído.
Jellinek abrió la puerta, tosió para hacer sentir su presencia y al momento se presentó corriendo el scrittore que le había franqueado la entrada. – ¿Ha visto a alguien por aquí? – preguntó el cardenal, esforzándose por dar a sus palabras un tono de indiferencia. – ¿Cuándo? –
preguntó a su vez el scrittore,
–En este mismo instante.
El scrittore sacudió la cabeza, haciendo un gesto de negación antes de contestar:
–El último se fue hace dos horas. Un monje del Collegium Teutonicum.
Ha dejado su nombre en el libro de registro. – ¿Y en el archivo secreto? –
¡Eminencia! – exclamó el scrittore escandalizado, como si tan sólo la idea lo sumiera en el pecado. – ¿No escuchó el ruido que hacía la puerta del archivo secreto? – ¡Por supuesto, eminencia, ya sabía que se trataba de usted!
–Bien, bien -replicó el cardenal Jellinek, mientras colocaba las dos linternas en su sitio-. ¡Ah!, por cierto, ¿cuántas linternas hay para el archivo secreto?
–Dos -repuso el scrittore-, una para cada una de las personas que tienen acceso al archivo secreto: una para su santidad y otra para usted, eminencia.
–Bien, bien -repitió Jellinek-. ¿Y cuándo fue la última vez que vio por aquí a su santidad o al cardenal secretario de Estado? – ¡Oh!, de eso hace ya mucho tiempo, eminencia. ¡No lo recuerdo!
Y al decir esto se agachó y recogió del suelo un rollo de pergamino. –
¡Ha perdido algo, eminencia! – dijo el scrittore. – ¿Yo? – contestó Jellinek, contemplando con fijeza el pergamino, del que sabía perfectamente que a él no se le había extraviado, pero el cardenal recuperó inmediatamente su aplomo y añadió-: Démelo, se lo agradezco.
El scrittore se inclinó respetuosamente, hizo una reverencia y se alejó.
Jellinek se sentó a una de las mesas que había contra las paredes, y después de haberse cerciorado de que nadie lo observaba, extendió ante sí el rollo de pergamino, un documento que llevaba la firma de su santidad el papa Adriano VI. El intruso desconocido tuvo que haberlo perdido en su huida.
El cardenal Jellinek leyó con avidez aquel texto redactado en latín:
«Yo, el papa Adriano VI, representante de Cristo en la tierra por la gracia de Dios, contemplo con congoja y preocupación la enfermedad galopante que se va apoderando del cuerpo de la Iglesia, y que afecta tanto
sus miembros como su cabeza. Se hace uso indebido de las cosas sagradas, en provecho propio, mientras que los mandamientos de la Santa Madre Iglesia no parecen servir nada más que para pisotearlos.
Hasta los mismos cardenales y otros altos prelados de la curia romana se han apartado del buen camino, es más, ante los ojos de los miembros de las jerarquías inferiores del clero se presentan como el vivo ejemplo del pecado, en vez de serlo de la devoción. Por éstas y otras razones, que ya les han sido comunicadas a los interesados mediante mensaje personal, así como con el fin de poner de una vez por todas los puntos sobre las íes, he llegado a la conclusión de que tendría que llevarse a cabo una reforma de la curia…» Y aquí se interrumpía el escrito.
El texto parecía ser el borrador de una bula que el papa Adriano VI no llegó a promulgar nunca, el proyecto de una constitución pontificia que tuvo un final casual o violento. Su santidad Adriano VI, el último papa no italiano que habría en cuatro siglos y medio, murió en septiembre de 1523, después de haber ocupado tan sólo durante algunos pocos meses el solio pontificio, y de él se dice que fue envenenado por su médico de cabecera.
Jellinek se puso a reflexionar sobre la relación que podría haber entre ese pergamino y el intruso misterioso del archivo secreto. ¿Existía acaso una relación o se estaba tramando algo de lo que él no tenía la menor idea?
Finalmente se metió el pergamino en el bolsillo interior de su sotana y se levantó de la mesa.
El cardenal dio un rodeo y se dirigió a la Sala di Merce para ver si monseñor Stickler había efectuado ya su siguiente jugada. Ese paseo le pareció la ocasión más propicia para reflexionar sobre lo ocurrido, pues no dejaba de atormentarse a preguntas. ¿Qué estaba pasando realmente allí?
¿Quién trataba de ocultar algo y el qué? ¿Quién intentaba descifrar algo y de qué se trataba?
La partida que se desarrollaba en el lujoso tablero de ajedrez de la Sala di Merce se había convertido, sin que el cardenal se lo propusiera, en una partida española. Jellinek había abierto el juego colocando su peón de rey en la casilla e4, monseñor Stickler había respondido con e7-e5, a lo que Jellinek había contestado con caballo de rey de g1 a f3, que Stickler correspondió igualmente con caballo b8-c6. A raíz de eso el cardenal había trasladado su alfil de rey de f1 a b5 y Stickler estuvo titubeando durante mucho tiempo, lo cual no era de extrañar, ya que al ilustrísimo monseñor
Stickler le parecía poco recomendable dar una respuesta simétrica, es decir, colocando su alfil de rey en b4, ya que al no encontrarse el alfil adversario en c3, Jellinek podía adelantar su peón a c3, poniendo así en huida su alfil.
Eso era algo que había que meditar muy bien. Después de apenas dos semanas había respondido por fin Stickler, colocando su peón en a6, y luego los dos habían acelerado el curso del juego, con lo que la partida se encontraba en su duodécima jugada, en la que Jellinek había trasladado su alfil blanco de f3 a g5.
Ese avance tuvo que haber pillado desprevenido a Stickler, pues monseñor titubeaba desde hacía días.
Por la noche Jellinek no pudo conciliar el sueño ni dormir como es debido. En contra de lo que tenía por costumbre, se fue muy tarde a la cama, pero aquel misterioso visitante del archivo secreto no le dejó un momento de reposo. ¿Quién, además de aquel intruso, se interesaba también por el texto del documento? ¿De qué madeja se podría tirar con el hilo del pergamino del papa Adriano VI? Miles de veces analizaría el cardenal en su duermevela miles de teorías, centenares de nombres de prelados de la curia pasaron por su mente y mil veces repitió todo aquello sin llegar a una clara respuesta. A eso de la medianoche se levantó de la cama y se echó por encima una bata de color escarlata; con las manos metidas en los bolsillos se puso a dar vueltas por el dormitorio de un lado para otro. Abajo, en la calle, frente a su ventana, había una gasolinera que cerraba a las doce de la noche. El empleado, silbando alegremente, montó en su bicicleta y se alejó.
En la cabina telefónica que había sobre aquella misma acera estaba hablando por teléfono un hombre cuyo rostro denotaba la mayor seriedad, finalmente se echó a reír durante breves momentos, salió de la cabina y cruzando la calle se dirigió con paso firme hacia la puerta de entrada del palazzo Chigi. Jellinek abrió la ventana, se asomó y vio, en el resplandor de la calle claramente iluminada, cómo el hombre desaparecía dentro del edificio. No era la primera vez que el cardenal observaba cosas como aquélla, pues ya había presenciado con cierta frecuencia la entrada al edificio de hombres que antes habían estado hablando por teléfono en la cabina de la acera de enfrente. A continuación se dirigió hasta la puerta de su apartamento y se puso a escuchar para averiguar lo que sucedía en la caja de la escalera. Oyó ruido de pisadas, que se detuvieron en la planta baja, ante la casa del portero.