La conjura Sixtina

Philip Vanderverg · Capítulo 14 de 45

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La conjura Sixtina

En la Quincuagésima, Probablemente

–Sí, lo sé, pues diciendo siempre lo que sabía, no he hecho más que perjudicarme en todo momento. He estado expiando durante toda mi vida por algo de lo que no tengo la menor culpa. Y eso duele. Me han estado enviando de una abadía a otra, de un priorato a otro. ¡Dios mío!, me siento como los leprosos de la Biblia.

–Usted vive según las reglas de la Ordo Sancti Benedicti, hermano, y en ellas se establece que uno debe llevar a cabo su obra en cualquier parte. Y

ahora, váyase.

De este modo terminó la conversación entre los dos religiosos y ambos se separaron animados por la ira, sin atender las palabras del apóstol san Pablo, cuando dijo: «Que no se ponga el sol sobre vuestra ira.»

EN LA QUINCUAGÉSIMA,

PROBABLEMENTE

Pocos días después -pudo haber sido en la dominica de la quincuagésima, pero esto es algo que ya no puede precisarse con tal exactitud y que resulta también irrelevante para la continuación de nuestra historia-, pocos días después, por lo tanto, Joseph Jellinek entraba a altas horas de la noche en el Archivo Secreto Vaticano, cosa que no era nada fuera de lo común en la vida tan ocupada que llevaba el cardenal, al igual que no era tampoco extraño escuchar los maullidos del fagot de monseñor Raneri por los pasillos del palacio pontificio. Jellinek había llegado al convencimiento de que solamente él podría contribuir realmente al desciframiento de los misteriosos caracteres gracias a sus investigaciones en el archivo secreto, pues tanto Bellini como López tenían prohibida la entrada a esos departamento secretos, y en cuanto a Cascone, le daba la impresión de que estaba mucho más interesado en ocultar el asunto que en esclarecerlo. Y de este modo se dirigió como de costumbre al archivo por la puerta trasera, que le abrió, al oír la señal acordada, uno de los scrittori, un hombre joven que se distinguía por poseer un pudor congénito -o quizá deberíamos decir mejor «veneración»- ante los libros y cuyo nombre le era tan desconocido al cardenal como los nombres de los demás ayudantes.

Jellinek, por su parte, no sentía ningún pudor ante los libros; los libros eran para él una provocación, le excitaban como las carnes sensuales de Giovanna, solía acariciarlos, manosearlos y desnudarlos, despojándolos de sus tapas, los libros eran su gran pasión.

En ese laberinto cretense, compuesto de paredes atestadas de libros y negros armarios repletos de manuscritos, nunca podía saberse si alguien rondaba por ahí en esos precisos momentos o si uno era el amo absoluto que gobernaba sobre doctrinas y herejías, ejerciendo el sumo poder sobre el verbo que, tal como afirmaba la Biblia, se encontraba al principio de todas las cosas; y aquel que como Jellinek conocía los caminos del verbo como el padrenuestro, tenía que sentir en esos aposentos algo de ese poder divino de las palabras, algo de esa violencia tremenda e infinita de las letras, las cuales, más poderosas que las guerras y los guerreros, tenían la facultad de edificar mundos, pero también de destruirlos. Redención y condena eterna, muerte y vida, cielo e infierno; en parte alguna estaban tan juntos los antípodas como en ese lugar. Jellinek lo sabía, y como quiera que tenía libre acceso a los secretos más recónditos, era mucho más consciente que cualquiera de esa excitante situación, de ahí que le atemorizasen los signos del florentino también mucho más que a cualquier otro miembro de la curia romana. Los temía porque él conocía muchísimos más escritos que cualquier otro y porque, pese a toda su sabiduría, tenía la certeza absoluta de que no estaba enterado más que de una ínfima parte y no se le ocultaba que toda una vida entera no hubiese sido bastante para penetrar en todos los misterios del Archivo Secreto Vaticano.

Jellinek cogió la linterna de las manos del scrittore y se dirigió hacia la riserva. El reverendo padre Augustinus no le hubiese dejado subir solo por la estrecha escalera de caracol hasta el último piso de la torre, sino que lo hubiese acompañado hasta aquella puerta que a él mismo le estaba vedada.

Pero el padre Pio, con el consentimiento de Jellinek, había eliminado esa costumbre; desde entonces el cardenal guardaba en el bolsillo de su sotana la gran llave de doble paletón. ¡Ay, cómo odiaba aquel olor abrasivo de los insecticidas, que le impedía deleitarse con el aroma embriagador de los libros! Al llegar a la puerta negra, introdujo la llave en la cerradura.

En el momento de abrir la puerta le pareció que se extinguía el débil reflejo de una luz, pero Jellinek: rechazó en seguida ese presentimiento. No podía ser. Y así cerró la puerta a sus espaldas y abriéndose camino con la linterna se dirigió a la caja de caudales en la que se guardaban los documentos secretos del florentino.

«¿Por qué -se preguntó Jellinek, mientras separaba los documentos, poniendo a un lado los que ya conocía y reservándose los que aún tenía que

leer-, por qué la grandeza sólo estará destinada a los artistas infelices?» La rabia contenida, las penalidades y las preocupaciones, los disgustos y las aflicciones, eso era lo que rezumaba en todas sus cartas, casi parecía que Miguel Ángel había nacido para sufrir, para vivir en la infelicidad, para conocer por todas partes el taedium vitae, para verse rodeado por doquier de estafadores, intrigantes y enemigos, y es más, hasta por asesinos se vio a veces Miguel Ángel perseguido y acorralado, por lo que tuvo que sufrir miedos apocalípticos; y cuando no le atormentaban los demás, él mismo se torturaba, dedicándose a cavilar sobre el ser metafísico y a reflexionar sobre añoranzas imaginarias, quedando así encadenado a una melancolía eterna.

¿Formaba todo aquello el cenagoso campo de cultivo sobre el que florecía su arte? ¿Había que ser esclavo para poder saborear los dulzores de la libertad? ¿Ciego, para apreciar la visión? ¿Sordo, para poder oír?

Expediente de procedencia desconocida sobre Miguel Ángel, cuando éste tenía ochenta y un años de edad y había sido nombrado entretanto arquitecto de la basílica de San Pedro: «El anciano chochea y da muestras de infantilismo, así que ya ha llegado la hora de despedir de su cargo al florentino, pues es más que dudoso que esté capacitado para dar forma concreta a lo que ha plasmado sobre el papel. El maestro se queja de haber recibido unas remesas de cal estropeada, lo cual, en el caso que no se deba a su fantasía desbordante, habrá que atribuírselo a Nanni Bigio, un joven arquitecto que abriga desde hace mucho tiempo la esperanza de ocupar el cargo que tiene el florentino.

Sea como fuere, estas disputas sólo podrán redundar en perjuicio de las obras, por lo que sería aconsejable despedir a Miguel Ángel para que Bigio pudiese ocupar su puesto.»

Y entremedias, algún que otro soneto, de propio puño y letra del maestro florentino y que jamás llegó a su destinatario, versos plagados de alusiones, claras algunas e incomprensibles otras, pero en cualquiera de aquellos escritos podía encontrarse el indicio que condujera a la prueba decisiva. Jellinek leyó atropelladamente:

Qué triste en esta vida retirada aprender ya al final de mi camino que mi muerte empezó en la alborada y el sufrir fue siempre mi destino.

Contemplo con angustia el pergamino en que escribió mi alma alborozada, aquellas esperanzas, sólo vino cuya embriaguez es muerte

dilatada. ¡ Salve, oh mundo!, vivan tus promesas, de las que ni una cumplirás jamás, son tus encantos rescoldos de pavesas.

Ahora lo sé, próximo a sellar mi suerte: sólo puede ser feliz en esa vida quien al nacer suspira por la muerte.

No, en verdad que no podían ser calificados de cristianos esos pensamientos, antes dignos de un Sófocles, para quien el no haber nacido era superior a toda filosofía. ¿Qué esperanzas no cumplidas habían sumido a Miguel Ángel en una muerte dilatada?

Epístola de un tal Carlo, sicario de la Santa Inquisición: «Miguel Ángel se hace sospechoso, porque a altas horas de la noche, y también sin ocultar siquiera esos desafueros a plena luz del día, realiza visitas a casas de los suburbios de la ciudad, en las que habitan herejes y cabalistas y que son rehuidas por todo cristiano que se precie de serlo.

Confutatis maledictis, flammis acribus addictis.» ¿Miguel Ángel un cabalista, un simpatizante de las ciencias ocultas judías? Por muy absurdo que todo esto pareciera, muchos indicios había de que pudiese ser cierto.

¿Por qué había quemado el florentino, poco antes de su muerte, todas las notas y todos sus bocetos? ¿Por qué? En una esquela de su médico de cabecera se corroboraba esto. ¿Qué había dentro de aquellas cajas de madera selladas que abrieron después de la muerte del florentino sus amigos Daniele da Voltera y Tommaso Cavalieri? ¿Contenía realmente el arcón nada más que ocho mil escudos, tal como afirmaron Voltera y Cavalieri? ¿O encontraron acaso esos dos amigos un documento fatal, que guardaron después en algún lugar secreto? ¿Por qué no quería Miguel Ángel que lo enterrasen en Roma, donde había pasado los últimos treinta años de su vida y donde había alcanzado los mayores éxitos como artista?

Copia de una carta de su médico de cabecera, Gherardo Fidelissimi, oriundo de Pistoia, al duque de Florencia:

«Esta noche pasó a mejor vida el insigne maestro Michelangelo Buonarroti, considerado, y con razón, como uno de los milagros que ha deparado a los hombres la naturaleza, y como quiera que estuve atendiéndolo en sus últimas horas, junto con otros médicos que lo asistieron en su enfermedad postrera, pude enterarme del deseo del moribundo de que su cuerpo fuese trasladado a Florencia. Además, como ninguno de sus allegados estuvo presente y murió sin dejar testamento, me tomo la libertad de comunicaros esta noticia, vuestra excelencia, a vos, que tanto supisteis

apreciar las virtudes poco comunes del maestro, con el fin de que se cumpla la última voluntad del difunto y su bella ciudad natal se cubra de gloria al recibir en su seno los restos mortales del hombre más grande que jamás haya existido en el mundo. »Roma, 13 de febrero de 1564. »Gherardo, doctor en medicina por la gracia y la liberalidad de vuestra excelencia.» ¡

Domine Deus! ¿Por qué se guardaban en el archivo secreto del Vaticano todas esas cartas, esas copias y esos expedientes? ¿Y por qué habían sido interceptadas aquellas cartas y se habían levantado expedientes? Si acaso había para esto una explicación, ésta sólo podría ser la siguiente: Miguel Ángel, ese artista ultramundano que glorificó con su arte a la Santa Madre Iglesia, contribuyendo a aumentar su prestigio como ningún otro lo había hecho, era sospechoso de herejía, y al parecer, después de su muerte, esa sospecha había sido confirmada de algún modo, pues tan sólo la sospecha no era razón suficiente para que se guardase todo ese material en el archivo secreto.

Sumido en sombríos pensamientos, el cardenal Jellinek se puso a examinar un documento tras otro a la luz de su linterna, y mientras esto hacía se le resbaló entre las manos un pergamino, que cayó al suelo. El cardenal se agachó para recoger la carta y alumbró entonces sin querer con el haz de la linterna que sostenía en su mano izquierda la tabla inferior de una estantería, justamente por la parte que se encontraba vacía, por lo que pudo mirar al otro lado del estante. ¡ Deus Sabaoth! ¡No podía ser, no era posible! En la otra parte de la estantería descubrió Jellinek un par de zapatos y creyó por un instante que se equivocaba, al menos abrigó la esperanza durante algunos momentos de que no fuese más que una falsa apreciación, debida a la atmósfera sobrecogedora del archivo secreto, y así alimentó esta esperanza hasta que los zapatos desaparecieron de repente y advirtió que pertenecían a alguien que se alejaba caminando de puntillas. El cardenal Jellinek se quedó petrificado, como si se hubiese convertido en una estatua de sal, al igual que la mujer de Lot, cuando el Señor hizo llover azufre y fuego sobre Sodoma y Gomorra. – ¡Alto! – gritó Jellinek, profundamente agitado-. ¿Quién anda ahí?

El cardenal dirigió hacia la oscuridad la luz de su linterna. Dio después la vuelta a la estantería y se acercó al sitio donde había visto aquella aparición; alumbró entonces las hileras de estantes abarrotados de volúmenes, pero el ancho haz de luz de su linterna era demasiado débil

como para alcanzar los últimos rincones, así que se puso a avanzar con sigilo, poniendo mucho cuidado en ir colocando un pie delante del otro para no hacer el menor ruido. – ¿Quién anda ahí? – exclamó, antes para infundirse valor que con la esperanza de recibir una respuesta-. ¿Quién anda ahí? ¿Hay alguien por ahí?

Jellinek sintió miedo, un sentimiento que le era desconocido por lo común, pero que ahora se despertaba en él debido a lo inusitado, desconocido y misterioso de esa situación. Con un movimiento brusco dio vuelta el cardenal a la linterna y alumbró el lugar por donde había venido.

El haz luminoso se puso a ejecutar una inquieta zarabanda, haciendo que los distintos volúmenes arrojasen largas sombras en las paredes y en el techo, cuyas superficies parecían cobrar vida en aquel juego de luces y tinieblas.

Algunas de las sombras adoptaban caprichosas formas, pareciéndose a garras gigantescas, cual monstruos que intentasen apoderarse de él. Bien fuese por la incidencia de ese fenómeno en su cerebro, bien por el aire asfixiante que se respiraba en ese recinto desprovisto de ventanas, el caso es que de repente empezó a escuchar voces, gritos confusos e inarticulados al principio, pero que luego resonaron con nítido tono: -¿Qué ves, Jeremías?

Y como la cosa más natural del mundo, respondió el cardenal Jellinek:

–Veo una vara de almendro. A lo que respondió la voz:

–Bien ves, Jeremías, pues yo velaré sobre mis palabras para cumplirlas.

Y de nuevo retumbó aquella extraña voz: -¿Qué ves, Jeremías?

A lo que el cardenal, al que ya le daba vueltas la cabeza, respondió:

–Veo una olla hirviendo y de cara al septentrión.

Y dijo entonces la voz:

–Del septentrión se desencadenará el mal sobre todos los moradores de la tierra, pues he aquí que voy a convocar a todos los reinos del septentrión para que vengan y extiendan cada uno su trono a la entrada de las puertas de Jerusalén, y sobre todos sus muros, y sobre todas las ciudades de Judá. Y

pronunciaré contra ellos mis sentencias por todas sus maldades, pues me abandonaron para incensar a dioses extraños y adorar la obra de sus manos.

Tú, pues, ciñe tus lomos, yérguete y diles todo cuanto yo te mandaré. No tiembles ante ellos, no sea que yo te haga temblar ante ellos. Y he aquí que te pongo desde hoy como ciudad fortificada, como férrea columna y muro de bronce, frente a la tierra toda, para los reyes de Judá y sus príncipes, los