La conjura Sixtina
Capítulo I
de la misteriosa inscripción, a una solución que encerrase en sí misma la prueba de su propia veracidad.
En esos momentos el eminentísimo cardenal Joseph Jellinek se sacó un papel del bolsillo de su sotana, por lo que todas las miradas se dirigieron hacia el presidente del concilio. Anunció el cardenal que él también había estado ocupado en descifrar la inscripción, pero que no había tenido antes el valor de comunicar sus intentos por dar con una solución. Tan sólo ahora, cuando le habían hecho ver claramente el carácter multifacético, y posiblemente también ridículo, que podía tener una interpretación, se atrevía a presentar su versión, que daría a conocer con la venia del concilio.
Jellinek escribió con un lápiz las ocho problemáticas letras, una debajo de otra, y a continuación, fue escribiendo al lado, con nerviosos trazos, ocho palabras:
A atramento
I
ibi
F
feci
A
argumentum
L
locem
U
ultionis
B
bibliothecam
A
aptavi Jellinek levantó entonces el papel en alto, para que todos lo pudiesen ver, y leyó lentamente y recalcando cada sílaba:
–Atramento ibi feci argumentum, locem ultionis bibliothecam aptavi…,
«con pintura he aportado allí mi prueba y he elegido la biblioteca como lugar de mi venganza».
Se produjo entonces un largo y embarazoso silencio. Los cardenales, los monseñores y todos los presentes se quedaron mirando fijamente el papel que sostenía el cardenal en su mano temblorosa. ¿La biblioteca como lugar
de la venganza? ¿Cómo había que entender eso? ¿Qué ocultaba la Biblioteca Vaticana? Y entonces todos los presentes, uno tras otro, se pusieron a buscar con la mirada al archivero, al reverendo padre Augustinus; pero en su puesto se sentaba ahora su sucesor, el padre Pio, que al ver cómo todos los ojos se dirigían hacia su persona, se encogió de hombros con un gesto de impotencia, mostró las vacías palmas de sus manos y miró de un lado a otro con aire de perplejidad, tan desconcertado como el discípulo Cleofás ante la presencia del Señor. Pero no hubo el menor indicio de que a los presentes se les abriesen los ojos y de que el camino de Emaús se convirtiese en vía hacia el conocimiento.
El cardenal secretario de Estado Giuliano Cascone, visiblemente azorado, contrajo los labios en una sonrisa forzada y preguntó en tono tranquilizador qué opinión merecía al catedrático Manning esa interpretación.
Ninguna, replicó el semiótico sin mayores preámbulos y justificó su respuesta aduciendo la falta de pruebas de esa solución, que si bien parecía a primera vista de una sencillez seductora, estaba exenta, sin embargo, de toda lógica. ¿Por qué tenía que significar la primera letra del alfabeto unas veces atramentum, otras argumentum y otras incluso aptavi? Y si esto fuese realmente así, ¿dónde estaba el indicio demostrativo de esa interpretación?
No, tan fácil no se lo había puesto a sí mismo Miguel Ángel. Con certeza que no. ¡No era propio de Miguel Ángel!
El cardenal secretario de Estado Giuliano Cascone pareció ser el primero en recobrar el aplomo y preguntó enfadado y desilusionado al mismo tiempo por qué Manning no aceptaba como válida la solución del eminentísimo cardenal Jellinek, cuando él había sido totalmente incapaz de hallar una explicación. El catedrático permaneció callado y Cascone se dirigió entonces al eminentísimo cardenal Jellinek, preguntándole si podía ofrecer alguna explicación, de forma o de fondo, para el resultado de sus investigaciones.
Ni por la forma, ni por el fondo, repuso Jellinek, podría fundamentar con pruebas la solución a la que había llegado, pues no había hecho otra cosa más que dar rienda suelta a su fantasía, tal como habría hecho probablemente Miguel Ángel en aquellos tiempos, cuando puso manos a la obra. Miguel Ángel no había sido ningún semiótico, ni ningún científico, por cierto, Miguel Ángel había creado movido por un impulso interior,
transformando sus sentimientos en materia, y él se permitía dudar de que el artista hubiese estado reflexionando durante mucho tiempo sobre las letras que tendría que utilizar y las razones en las que se basaría para ello. Y con respecto al texto en sí, el cardenal declaró que no quería manifestar públicamente su opinión y pidió al cardenal secretario de Estado una conversación a puerta cerrada, specialissimo modo, cuando terminase el concilio.
Entonces se pusieron de pie el reverendo padre Pio, de la orden de predicadores, fray Desiderio, párroco titular de San Cario, Pier Luigi Zalba, de la orden de los siervos de María, y brillaron amenazantes los redondos y lisos cristales de las gafas de Adam Melcer, de la Compañía de Jesús, que tomó la palabra, dio un fuerte puñetazo sobre la mesa y dijo a grandes voces, irritado como Nabucodonosor II ante el horno, que ese concilio se convertiría en una burda farsa si algunos sabían más que otros y si se escamoteaba a la mayoría el conocimiento de hechos esenciales, por lo que él, Adam Melcer, presentaba de inmediato su dimisión, medida ésta que fue secundada por los demás religiosos.
Apenas había terminado de hablar el jesuita, cuando ya otros daban rienda suelta a su indignación, renunciando a seguir colaborando con el concilio, entre los que se contaba también el eminentísimo cardenal Giuseppe Bellini, prefecto de la Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, y en breve reinó el mayor alboroto en la sala del Santo Oficio y ni siquiera el eminentísimo cardenal Jellinek, gritando con los brazos extendidos, logró apaciguar los ánimos y aplacar el desconcierto generalizado.
Todo miembro de aquella santa asamblea -prometió Jellinek, tratando a duras penas de hacerse oír por los presentes- sería informado detalladamente sobre todos los pormenores más ocultos, pero deberían de tener en cuenta que algunas cosas estaban supeditadas a la situación particular del Archivo Secreto Vaticano, por lo que resultaban inaccesibles hasta para los círculos más altos de la curia, specialissimo modo. El discurso de Jellinek logró sacar de sus casillas a Adam Melcer. El jesuita criticó con violencia al cardenal y pidió a los presentes que reflexionaran sobre el hecho de si el concilio no estaría manteniendo más que un simple combate aparente contra un adversario desconocido, si no habrían descifrado ya desde hace tiempo el misterio enigmático de los frescos y se
lo estarían ocultando a la asamblea por razones desconocidas para la mayoría. ¿Cómo, si no, podía entenderse la alusión del eminentísimo cardenal Jellinek, en su calidad de custodio de secretos del más alto rango, cuando insinuaba haber encontrado una solución, cuyos orígenes estaban en el archivo secreto, pero que ésta no era accesible a ningún mortal común y corriente? En su opinión, repitió Melcer, ya era conocido desde hacía tiempo el texto verdadero de la inscripción, el cual tendría unas consecuencias tan aniquiladoras para la Iglesia, que habían convocado ese concilio solamente para hallar una solución sustitutiva que no abrigase ningún peligro. Todo esto no era más que algo propio de fariseos, al igual que las preguntas que dirigieron a san Juan sacerdotes y levitas en la otra orilla del Jordán.
Entonces se levantó de un salto el cardenal Jellinek, prohibió a Melcer el uso de la palabra, apuntándolo con su índice, y dijo que su intervención había sido indigna de un cristiano e irreflexiva por añadidura, ya que en el caso de que su sospecha fuese cierta lo mejor que podía haber hecho era callarse. Aun cuando su proceder había sido vergonzoso y ameritaba ser tratado como causa por un alto tribunal eclesiástico, renunciaba, no obstante, a imponerle un castigo, ya que comprendía que los ánimos estaban exaltados a más no poder y tenía la certeza de que el otro se arrepentiría de sus palabras al día siguiente.
En cuanto a la acusación, contestaba con un rotundo no, pues él, Jellinek, sabía tanto como los demás y lo único que había pretendido al dar a conocer su interpretación había sido apuntar hacia una solución posible, sin que por eso dejase de respetar el juicio del catedrático.
Manning, de todos modos, calificó de infame, monstruoso y ajeno a toda virtud cristiana el hecho de que le hubiesen encomendado investigar un asunto que ya había sido dilucidado hacía tiempo y que tan sólo necesitaba de un encubrimiento para que no resultase contrario a los intereses de la curia y exigió por lo tanto que se le permitiese el acceso al archivo secreto, ya que de lo contrario no tendría más remedio que renunciar a su mandato.
Puesto de este modo entre la espada y la pared, también el eminentísimo cardenal Jellinek manifestó su deseo de dimitir, pero le interrumpió el cardenal secretario de Estado, exclamando: – ¡ Non est possibile, ex officio!
Y Giuliano Cascone exhortó entonces a todos los presentes, conminándolos a que respetasen la paz de aquel recinto.
De este modo se disolvió el concilio, de forma prematura y con rapidez inesperada, sin haber dado ni un solo paso adelante que los acercase a la solución. Por el contrario, a la confusión generalizada se había sumado ahora la desconfianza entre los asistentes. Cada cual desconfiaba del otro: los frailes, de los cardenales; los cardenales, de los catedráticos; los catedráticos, de los cardenales; el cardenal Bellini, del cardenal Jellinek; el cardenal Jellinek, del cardenal secretario de Estado; el cardenal secretario de Estado, del cardenal Jellinek; el cardenal Jellinek, de monseñor Stickler; monseñor Stickler, del cardenal Jellinek; Adam Melcer, del cardenal Jellinek… y tal como se ponían las cosas, todo se presentaba como si el cardenal Joseph Jellinek no tuviese más que enemigos en la Santa Sede, y parecía también como si la ira del Altísimo se hubiese abatido sobre el Vaticano, al igual que cayó otrora sobre las ciudades de Sodoma y Gomorra.
En el oratorio sobre el Aventino se produjo ese mismo día un encuentro inesperado entre el padre Pio Segoni y el abad del convento.
El abad negaba conocer al fraile benedictino del monasterio de Montecassino, pero el padre Pio insistió en que habían estudiado juntos en el mismo seminario y se puso a alzar cada vez más la voz, hasta que el abad, que mantenía sus brazos ocultos en las mangas de su hábito, tuvo que pedirle que se mesurara.
El padre Pio, con los ojos encendidos de rabia, hablaba de ciertos documentos de antaño:
–Tienen que encontrarse en este convento; lo sé a ciencia cierta, pues si se los hubiesen llevado a cualquier parte, ese hecho no hubiese permanecido en secreto. ¡Dígame dónde están escondidos!
El abad trató de apaciguar al exaltado padre:
–Hermano en Cristo, los documentos de los que habla tan sólo existen en su fantasía. Si los hubiera, lo sabría, pues a fin de cuentas hace más de media vida que estoy aquí.
–Ciertamente, padre abad -replicó Pio Segoni, con una sonrisita sardónica dibujada en las comisuras de la boca-. Ha sabido superar el asunto sin recibir daño alguno, y esto se lo debe a su gran capacidad de callar.
–Mucho más fácil es callar, hermano, que comedirse en el hablar.