
La quimera
Silvio Lago vuelve de Argentina sin fortuna y con una sola idea fija: triunfar como pintor. Empieza retratando a una compositora en un pazo gallego y desde ahí sube hasta ser el retratista de moda en los salones de Madrid. Pardo Bazán sigue esa carrera con atención casi clínica: la vanidad de los encargos, los viajes, el trato con Espina Porcel, cosmopolita atormentada y morfinómana, y con Clara Ayamonte, que entiende el amor como renuncia. Mientras tanto la tuberculosis avanza. La quimera del título es esa gloria perseguida que acaba devorando a quien la persigue, y el libro resulta menos un retrato de sociedad que el estudio de una conciencia. La novela está escrita ya en clave modernista y tiene un fondo real: el pintor Joaquín Vaamonde, amigo de la autora, muerto muy joven.






