
Abel Sánchez: una historia de pasión
Joaquín Monegro y Abel Sánchez se conocen desde niños, y desde niños uno brilla sin esfuerzo mientras el otro trabaja el doble para que alguien lo mire. Joaquín se hace médico; Abel, pintor. Y con la misma facilidad con que gana fama se queda con Helena, la prima de la que Joaquín estaba enamorado. A partir de ahí Unamuno no cuenta una rivalidad sino la anatomía de una envidia que se vuelve enfermedad y casi vocación. El relato intercala fragmentos de la confesión que Joaquín deja escrita para su hija y que aparece entre sus papeles al morir, un texto lúcido y cruel donde el envidioso se disecciona sin perdonarse nada. Es Caín visto desde dentro, en una prosa seca que avanza a golpes de diálogo y de rencor acumulado. Se lee de un tirón y deja incómodo.


