
Halma
Contra la voluntad de los suyos, Catalina de Artal se casó con el conde de Halma-Lautenberg, un diplomático alemán sin fortuna, lo siguió hasta Constantinopla y Corfú y lo vio morir allí en la miseria. Vuelve a Madrid viuda y pobre, decidida a emplear en los demás lo que le quede de vida. Su hermano, el marqués de Feramor, acaba cediéndole la herencia y un caserón medio en ruinas, Pedralba, donde ella instala un refugio para desamparados. Hasta la casa llega Nazarín, el cura mendicante de la novela anterior. Los tribunales lo declararon loco y el obispado confía su custodia a la condesa. A Galdós no le interesa tanto la santidad de Halma como lo que la sociedad hace con ella: la prensa, la Beneficencia, la murmuración de los salones. La santa acaba bajando a la tierra, y ese es el desenlace.






