La farisea
Capítulo noveno
El correo llegaba a Larjuzon cuando la familia se reunía a desayunar. Mi madrastra, bien viniera de misa o descendiera de su habitación, estaba ya completamente vestida y abotonada hasta el cuello. La mañana en que leí en alta voz la carta del abate anunciándonos la enfermedad de Mirbel, tenía ella la expresión dura y sombría de los días malos. A las once, debía de dar clase de catecismo a los niños de primera comunión que, según ella, era tontos y estúpidos, incapaces de aprender nada y que no se complacían en otra cosa que en pellizcarse mutuamente en las partes carnosas. Sucios, además, emporcaban el suelo y olían mal. En cuanto a su gratitud, ¡bien!, ya podía uno reventarse con ellos. Si se daba el caso, los padres serían los primeros en asaltar vuestra casa y asesinaros.
Sabíamos de antemano que en los días de catecismo bastaba el menor choque para que se manifestara la fogosa naturaleza con que el cielo había regalado a Brigitte Pian.
—¡Dios mío! —exclamó Michèle en cuanto hubo terminado la carta—, hay que ir inmediatamente a Baluzac. Y yo que todavía no estoy vestida…
Se dejó oír entonces la voz de mi madrastra.
—No pretenderás ir esta mañana a Baluzac.
—Claro que sí. El pobre Jean…
—¡Te lo prohíbo!
—¿Por qué no esta mañana?
—Ni esta mañana ni esta tarde —concluyó Brigitte, pálida de cólera.
Nos miramos estupefactos. A pesar de que las relaciones de mi madrastra con Michèle fuesen siempre muy tirantes, hasta entonces había evitado siempre todo conflicto.
—¿A qué viene esto? —preguntó Michèle con insolencia—. No hay motivo ninguno para que nos hagas esperar a mañana.
—Tampoco irás mañana. No irás nunca más a Baluzac —exclamó—. Y no te hagas la sorprendida, pequeña hipócrita.
Mi padre levantó la cabeza por encima del Novelliste y miró asustado a su mujer:
—¿Por qué te pones así, Brigitte?
—Debí haberlo hecho antes. —Y su voz se hizo solemne. Y como Michèle preguntara de qué se le acusaba—: No te acuso de nada —declaró mi madrastra—. Creo en el mal cuando lo veo con mis propios ojos.
Mi padre se levantó. Estaba vestido con un viejo batín pardo. Mechones de pelo gris salían por el cuello desabrochado de su camisa.
—Esto no impide que digas…
Ella fijó en él una mirada angelical.
—Me duele hacerte sufrir. Pero es preciso que lo sepas. Dicen que se encuentra con el pequeño Mirbel en el molino de monsieur Du Buch.
Michèle respondió firmemente que era cierto que se hubiese encontrado con Jean algunas veces. ¿Qué mal había en ello?
—No te hagas la ingenua, que no sabes hacerlo. Te han visto.
—¿Qué han podido ver? No había nada que ver.
Mi padre la atrajo tiernamente hacia sí.
—En efecto. No hay mal ninguno en que te hayas visto con el pequeño Mirbel en el molino de monsieur Du Buch. Pero no importa que seas una niña, aparentas más edad, y la gente del pueblo, sobre todo las mujeres, son víboras.
Brigitte le interrumpió.
—En efecto, víboras… Y no tienes por qué tomar la defensa de Michèle contra mí. Sólo intervengo para ponerla al abrigo de murmuraciones, que quizá son calumnias, antes de que sea demasiado tarde. El pequeño Mirbel es un muchacho extraviado. ¡Que Dios me perdone haberlo recibido en esta casa! ¿Hasta dónde hubiese ido a parar? —añadió a media voz con aire reflexivo—. Esto es lo que me pregunto.
¡Cuán cariñosa se había convertido de pronto! Mi padre la cogió de la muñeca.
—Desembucha de una vez —dijo—. ¿Qué es lo que pasa?
—Pasa… Pero déjame primero —exclamó ella—. ¿Olvidas quién soy? ¿Quieres la verdad? Pues bien, ¡la tendrás!
Mi madrastra, enfurecida, dio la vuelta a la mesa y, atrincherada tras la vajilla de plata y las tazas, con las manos apoyadas en el respaldo de una silla, y como si se concentrara tras sus membranosos párpados, dijo por último:
—Michèle es una muchacha a quien le gustan los hombres. Esto es lo que hay.
Durante el silencio que siguió a estas palabras, no nos atrevimos a mirarnos. Brigitte Pian, repentinamente desilusionada, vigilaba, no sin angustia, al padre y a la hija.
Octave Pian se había incorporado. Parecía muy alto, tanto como yo lo recordaba antes de la muerte de mi madre. Herido en su ternura, en ese sentimiento de los padres hacia las hijas en el que hay tanto respeto y un pudor tan susceptible que no perdonan jamás a aquellos que, una sola vez, lo han ofendido, se evadió por fin a su negra tristeza, desemboscado del recuerdo de su mujer muerta por aquella que estaba allí, ante él, y terriblemente viva.
—¡Una niña que apenas tiene quince años! ¡Qué increíble! ¿No te da vergüenza?
—¿Vergüenza de qué? No acuso a Michèle —dijo mi madrastra con voz dominadora—. Te lo repito: quiero creer, creo con toda mi alma en su inocencia, en su relativa inocencia.
Pero existen madres solteras de catorce y quince años.
¡Se veía claramente que él no visitaba a los pobres!
Oí de qué modo había dicho «madres solteras». No se podía dar a dos palabras semejante tono de violenta repulsión. En voz baja, le pregunté a Michèle qué quería decir aquello. Ella no contestó —quizá no lo sabía—; con los ojos fijos en mi padre, dijo:
—No la crees, ¿verdad?
—No, claro que no.
Y la atrajo hacia sí.
—¿Quieres que vengan los que te acusan, los que pretenden haberte visto con sus propios ojos? —preguntó mi madrastra.
Y como la niña dijera:
—¡Sí, que vengan!
Mi padre replicó súbitamente calmado:
—¡Ah, ya sé! Son los Vignotte. ¡Los Vignotte! Los conozco… Así, te ha bastado la murmuración de esa gente…
—¿Quién te ha dicho que me alegro de ello? Te repito que no acuso a nadie. Cumplo un penoso deber: me refiero a un testigo. Eso es todo. Te incumbe a ti el comprobarlo. Mi trabajo termina donde empieza el tuyo.
Brigitte Pian se cruzó de brazos, imparcial, inatacable, justificada de antemano ante Dios y ante los ángeles.
—¿Y qué hacía Michèle, según los Vignotte?
—Pregúntaselo tú. Supongo que no querrás que ensucie mis labios… Será horrible oírlo. Pero si es necesario, si exigen mi presencia, hallaré las fuerzas necesarias en el profundo amor que os profeso a todos y, especialmente, a ti, querida Michèle. Puedes murmurar todo lo que quieras; nunca te he querido como ahora.
Derramó dos o tres lágrimas que no secó hasta que todos los presentes las hubimos visto; mi padre, con mucha calma, me ordenó que fuera en busca de los Vignotte.
Vignotte entró con el sombrero en la mano; su ojo derecho, que había sido herido por un perdigón un día de caza, estaba cerrado. El otro miraba fijamente con una especie de intensa estupidez. Tenía una barba inculta en torno a una boca llena de raigones, y las piernas arqueadas. Prescindía de los zapatos, deslizándose por la puerta entreabierta, con los pies enfundados en unas zapatillas que, al andar, arrastraba sobre el suelo. Cuando uno se volvía, ya estaba allí sin que nadie lo hubiera oído, obsequioso, riendo hipócritamente y apestando a sudor y a ajo.
Desde el umbral, comprendió de qué se trataba. Mi padre me ordenó que saliera y le dijo a Michèle, dulcemente, que subiera a su habitación y esperara a que él la llamase. Me dirigí hacia el salón, pero permanecí cerca de la puerta en un estado de viva agitación en la que recuerdo dominaba la secreta esperanza de que Michèle y Jean iban a ser separados. Yo podría entonces estar entre los dos; no se comunicarían sin que yo no lo quisiera y bajo mi fiscalización. Todo esto no estaba claramente concebido, pero sí sentido, experimentado con una fuerza increíble. Había corrido como un loco en busca de Vignotte y lo había llevado apresuradamente, lo que iba contra las costumbres de este hombre circunspecto, y le había obligado a seguirme sin tener tiempo de «ponerse el paleto», como él llamaba a su chaqueta. Le escuché a través de la puerta.
—No he dicho eso… He visto lo que he visto… No, claro, yo no entré en la barraca. ¿Cuánto tiempo hacía que estaban allí sin hablar? ¿Y qué es lo que hacían, si no hablaban? No tenía necesidad de ver para saber… ¿Mirábanse al blanco de los ojos quizás? En fin, yo… A mí, me tiene sin cuidado.
Mi padre hacía preguntas que yo apenas entendía. No levantaba la voz. Su modo de hablar era tan lánguido como de costumbre. En ese momento, usaba de un término patois que acentuaba y que yo comprendía mejor que los demás. Se había convertido en el maestro que no tiene necesidad de gritar y que se hace temer tan sólo por su inflexión de voz. Interrumpió a mi madrastra, que le había cortado la palabra.
—Déjame terminar con Vignotte.
No era ni siquiera una disputa, ni aun una discusión, sino un juicio. Cuando mi padre terminó de hablar, sólo oí el ruido de trompeta que hacía Vignotte cuando se sonaba. Después, mi madrastra abrió la puerta y apenas tuve tiempo de retroceder. Ni siquiera me miró. Con su sombrero jardinero plantado sobre el moño y las manos enfundadas en mitones blancos, llegó al vestíbulo, cogió una sombrilla y bajó la escalera de la puerta de entrada; parecía menos furiosa que ensimismada. Por Michèle supe, algunos minutos más tarde, que mi padre había demostrado un espíritu de decisión que había sido suyo en otro tiempo, pero del que ya no nos acordábamos.
Al parecer, había dado la razón a su mujer, prohibiendo a Michèle, no sólo toda visita a Baluzac, sino cualquier intercambio de correspondencia con Jean. Me quedé estupefacto al saber que la prohibición también me atañía. Para asegurarse de que no la violaríamos, mi padre confiscó nuestras bicicletas hasta nueva orden. La hermana Scholastique, la superiora de la escuela libre, que estaba muy agradecida a mis padres, sería la encargada, durante los ocios de nuestras vacaciones, de dirigir los estudios de Michèle. A decir verdad, Brigitte no tenía ninguna sospecha con respecto a su hija, y se lo dijo mientras la besaba con ternura, pero conocía la ferocidad de la gente de Larjuzon y quería sustraerla a sus murmuraciones. Así, pues, Brigitte Pian hubiera triunfado si mi padre no hubiese pedido a los Vignotte que se buscaran otro empleo. Este golpe hirió directamente a su protectora. Arguyó en vano que era muy peligroso convertirlos en enemigos, teniendo en cuenta las armas de que disponían. Pero mi padre le dijo que había hecho callar para siempre a los Vignotte, puesto que disponía de los medios para cerrarles la boca.
Así, esta calumnia que tuvo consecuencias tan graves para algunos de nosotros, había tenido el feliz resultado —por poco tiempo, ¡ay!— de despertar a nuestro padre del estupor en que vivía desde hacía seis años. Brigitte vio levantarse ante ella un adversario que desde hacía tiempo no tenía ningún interés a sus ojos. El amor de su marido por Michèle procedía de su pasión por la primera señora Pian. En el fondo, era siempre la muerta quien alentaba; he aquí, sin duda, lo que había comprendido mi madrastra, y esto es lo que explica su conducta en los días que siguieron.
En todas circunstancias, Brigitte Pian buscaba sinceramente el bien, o al menos estaba convencida de que así lo hacía. Y esto hay que tenerlo en cuenta sin cesar al leer estas Memorias. Yo hubiese podido pintarla con otra luz distinta de la que en estas páginas la ilumina tan cruelmente. Sin duda, he visto sufrir demasiado cerca a sus víctimas; pero, en el momento de dar cuenta de su acción, aparentemente tan negra, sería injusto ceder a la facilidad de no iluminar más que un solo lado de esta alma temible.
Importa decir que cuando Brigitte Maillard, antes de su matrimonio, pasaba algunas semanas del verano en Larjuzon, hallábase mezclada en uno de esos dramas entre esposos, sin episodios visibles, sin explicaciones y que duran hasta la muerte, rodeados de silencio. Mi padre veía sufrir a una criatura adorada, a su mujer, Marthe, a causa de otro; y él no podía hacer por ella más que aumentar sus remordimientos ante el espectáculo de su propia tristeza. Hombre sencillo y poco acostumbrado a la introspección, había hallado en Brigitte la ayuda de un comentario lúcido. Estaba unido a ella por un estrecho lazo, pero destinado a romperse con las mismas circunstancias que lo había visto nacer. Brigitte se vanagloriaba de haberlo salvado del suicidio; y es cierto que en el peor momento él había podido confiarse gracias a este confidente atento que le seguía, e incluso le precedía, en todas las revueltas de su horrible prueba, y le ayudaba a comunicar con su mujer, de la que ella era prima y amiga de la infancia.
Brigitte, convertida en segunda madame Pian, con toda buena fe, consideró como un deber esencial perfeccionar su obra arrancando a su esposo de la influencia de la muerta, tanto más cuanto que él había consentido en este segundo matrimonio con la esperanza de curarse. Un rencor personal, unos celos inconfesados, pudieron orientar a continuación las acciones de mi madrastra. Pero, a fin de cuentas, ella estaba en el derecho de creer en esta misión de que su esposo la había investido.
Cuando, al cabo de algunos meses, se dio cuenta de que Marthe reinaba siempre, gracias al prestigio de una virtud que, a pesar de la pasión más viva, pasaba por no haberse sometido nunca, y que continuaba siendo a los ojos de mi padre una heroína capaz de morir de amor, pero no de traicionar la fe jurada, Brigitte creyó, al principio, que era importante asegurarse de que esta aureola no había sido usurpada. El día en que ella entregara a su marido la prueba del adulterio cometido por la primera madame Pian, y de que ella no había adoptado la apariencia de la virtud sino después de que su amante la hubiera abandonado, y que, en fin, se había matado de desesperación aquel día, Brigitte creía que su esposo se libraría de esta vergonzosa mixtificación. Ahora bien, mucho tiempo antes de poseer el testimonio ante los ojos y acordándose de ciertas confidencias recibidas, no dudaba de que su prima y amiga no hubiese sido culpable; y acaso no deseó tan ardientemente ocupar su puesto más que con objeto de descubrir la prueba y visitar libremente las habitaciones, registrar los cajones y bargueños.
Se dedicó a ello con increíble felicidad. En las primeras semanas de su matrimonio, halló un documento que sobrepasaba sus esperanzas hasta tal punto que creyó más prudente guardar silencio. Que Brigitte Pian fuera capaz de sentir piedad, lo veremos aquí, y lo mismo si venció la tentación de hablar mientras esperaba curar a su marido sin tener que abrirle los ojos.
Precisamente, pareció curado una vez se hubieron marchado los Vignotte. Batida en este punto, Brigitte recibió plena satisfacción en los demás. No pudo menos de aplaudir una decisión tomada poco después por mi padre: Michèle, al comenzar el curso, sería alumna de las Corazonistas, donde ella había sido educada en calidad de externa. Para Octave Pian no se trataba de un castigo, sino del medio más seguro de separar a su hija de una temible madrastra.
Así, pues, Brigitte hubiera debido considerarse satisfecha; pero no era así: el padre defendía a la muerta en su hija. El retorno de Octave a la vida finalizaba la victoria, no de Brigitte, sino de Marthe: de aquélla a quien él se consideraba sometido para siempre. He aquí, sin duda, la verdad que había entrevisto mi madrastra en su conciencia oscura y que la incitó a hacer estallar una mina tanto tiempo disimulada y demorada.
Mi hermana y yo permanecimos, sin embargo, estrechamente vigilados. Por desgracia para nosotros, la mujer de Correos era una educanda de Brigitte y había debido recibir instrucciones muy precisas con respecto a nuestras cartas. Todo el correo de Larjuzon debía ser depositado cada tarde en la oficina, de donde el cartero lo tomaba al día siguiente, por la mañana. No salía un sobre de nuestra casa sin que nuestra madrastra no hubiera ejercido su fiscalización.
Michèle sólo contaba conmigo para enviar un mensaje a Jean. No porque ella hubiese querido faltar a la promesa de no escribirle, hecha a nuestro padre, sino porque quería enviarle un medallón de oro, en forma de corazón, que llevaba en su pecho y que contenía cabellos de nuestra madre. Me extrañaba que se desprendiera de esta reliquia en favor de Mirbel, y no me apresuraba a intentar una carrera tanto más larga y fatigosa cuanto que hubiese sido necesario rodear el pueblo para evitar ser visto y denunciado. Por otra parte, una ausencia tan prolongada hubiese sido sospechosa para Brigitte, que me vigilaba con extraordinaria atención, desprovista, además, de malevolencia: a veces, me estrechaba contra su pecho, me apartaba el pelo de la frente y murmuraba: «¡Pobre pequeño!», exhalando un suspiro.
Cuanto más insistía Michèle, mayor repugnancia sentía yo de intentar la aventura. De este modo, con vanas discusiones, se malograron nuestras últimas semanas de vacaciones. Perdí el placer de aquellas largas horas en compañía de mi hermana, sin nadie entre nosotros, y de las que yo me había hecho una idea tan amable. Creí que encontraría a Mirbel cuando se inaugurara el curso. Ignoraba entonces que se quedaría todo el año en Baluzac. La suerte que me esperaba, la peor que yo hubiese podido imaginar, me era desconocida. En el colegio, me vanagloriaba de no compartir con nadie la amistad de Mirbel. Seguramente, amaba sobre todo en mí al hermano de Michèle. Pero ellos no se verían más, no tendrían medio alguno de relacionarse; y yo, yo estaría siempre allí: el único de todos los alumnos que existiría a sus ojos.
Un día de septiembre, hacia las cuatro, desembocó en la avenida una bicicleta montada por un sacerdote. Michèle gritó:
—¡El abate Calou!
Brigitte nos ordenó que nos fuéramos a nuestras habitaciones y, como Michèle protestara, mi padre corroboró esta orden con tono firme. Incluso se quedó él mismo, a pesar de que figurara en sus costumbres el refugiarse en su despacho en cuanto se anunciaba una visita. Sin duda, quería estar seguro que su mujer no diría acerca de Michèle más de lo que se había dicho de entre ambos. No habiendo sido testigo de esta entrevista, reproduciré aquí las notas que aquella misma noche apuntó monsieur Calou en su agenda, por concretas y sucintas que éstas sean.
«Asombrosa mujer: un milagro de deformación. A sus ojos, las apariencias del mal cuentan tanto como el propio mal, cuando le interesa. Una naturaleza profunda; pero como esos viveros en los que la mirada puede seguir las idas y venidas de los peces, así, en madame Pian, aparecen desnudamente los motivos más secretos de sus actos. Si alguna vez este poder de juicio y de condenación que ella tiene para los demás se volviera contra ella, ¡cuánto sufriría!
»Escandalizado de que me convierta en abogado de estos dos niños y que espere un gran bien para Jean, de este primer amor. Frunce los labios y me llama “vicario saboyano”. He tenido la audacia de ponerla en guardia contra esta interpretación temeraria del deseo divino de que abusan demasiadas personas piadosas. Pero ¡qué imprudencia haber hecho extensiva mi crítica a los sacerdotes! La dama se ha dado maña en reargüir que yo negaba los derechos de la Iglesia militante; imagino ya la denuncia que es capaz de dirigir al arzobispo. A Brigitte le interesa menos comprender nuestro pensamiento que retener de él lo que cree puede inducirnos a error ante la autoridad e incluso a perdemos. Se lo he dicho y nos hemos separado con un saludo muy respetuoso por mi parte, pero muy seco y muy cortés por la suya.
»De regreso, cerca del portal, vi a Michèle que salía de detrás de unos arbustos, muy colorada y no atreviéndose a hablarme. Bajé de la bicicleta y ella me dijo:
»—¿Cree usted en lo que le han contado?
»—No, Michèle.
»—Señor cura, quiero que usted sepa… Si me confesara a usted… No tendría nada que decirle a propósito de Jean.
»Estaba llorando. Yo balbucí:
»—¡Que Dios os bendiga a los dos!
»—Dígale que no puedo ni verle ni escribirle, que iré a un pensionado a principio de curso… ¡Y vigilada! Imagine las instrucciones que se habrán dado con respecto a mí. Pero diga a Jean que le esperaré el tiempo que sea… ¿Se lo dirá?
»He intentado bromear:
»—¡Es una rara misión para un sacerdote, Michèle!
»—¡Oh, un sacerdote! Fuera de mí, no tiene a nadie en el mundo que lo quiera, excepto usted.
»Y dijo esto como una cosa natural, la más sencilla, la más evidente. No he podido contestarle nada. He tenido que volver la cabeza. Luego, me ha dado un paquetito para él.
»—He jurado no escribirle, pero no dejar de darle un recuerdo mío. Dígale que es lo dé más valor que poseo. Quisiera que lo conservase hasta que volviéramos a vernos. Dígale…
»Me hizo señas para que me fuera y desapareció: a través de los árboles se veía la toca de la hermana Scholastique».
El abate Calou halló a Jean donde lo había dejado: tendido en una silla extensible, tras la casa, en el lado oeste. Tenía un libro abierto sobre las rodillas, pero no leía.
—Bien. Menudo lío has armado en Larjuzon, mi pobre amigo.
—¿Viene usted de Larjuzon?
Mirbel intentaba en vano adoptar una actitud indiferente.
—Sí, y madame Brigitte ha hecho de las suyas. Figúrate que Michèle…
A las primeras palabras del cura, no pudo contenerse más y exclamó:
—Debió de haberme contestado. Cuando se ama se pasa por encima de todo, se arriesga todo…
—Es una niña, Jean, pero la más valerosa que he conocido.
El muchacho, sin mirar al abate, le preguntó si había hablado con ella.
—Sí, unos minutos. Me acuerdo bien de lo que me ha encargado que te dijera: no puede ni verte ni escribirte; en cuanto se inaugure el curso ingresará como pensionista de las Corazonistas. Pero te esperará durante años, si es preciso.
Adoptó el tono del que recita una lección aprendida de memoria: así conseguía dar más peso a sus palabras.
—¿Y después? ¿Esto es todo?
—No. Me pidió que te entregara esto… Dice que es lo más valioso que tiene, y que lo conserves hasta que os encontréis de nuevo.
—¿Qué es?
El cura no lo sabía. Después de haber dejado el objeto en las rodillas de Jean, entró en la casa. Por los postigos entornados, observó al muchacho que contemplaba, en el hueco de su mano, el pequeño corazón de oro y la cadena y lo llevaba a sus labios como si bebiera.
Monsieur Calou se sentó a su mesa, abrió el manuscrito de la Teoría de la fe en Descartes, y volvió a leer el último párrafo. Pero no pudo contenerse y volvió a la ventana. Mirbel tenía la cara oculta entre las manos, y el medallón se hallaba sin duda entre las manos unidas y los labios.
Desde hacía dos días, Jean desayunaba y comía en el comedor. Hacia las siete, se sentó frente al cura, tan taciturno como había estado hasta entonces. Monsieur Calou había decidido tener al alcance de la mano, mientras comía, una revista o un periódico. Sin embargo, desde el primer plato, advirtió que Jean lo observaba de soslayo. Si el niño aún se callaba, debía ser por timidez, por tortura o por no poder hallar una fórmula para entrar en materia. Por su parte, el abate temía que una palabra torpe lo echara todo a perder. Como hacía siempre, se contentó con observar el apetito de Jean, que era caprichoso. Y cuando, después de la cena, se hallaron detrás de la casa, él le preguntó qué era lo que comería con gusto al día siguiente. Jean respondió que no le apetecía nada, pero lo dijo sin su habitual desabrimiento. Y, de pronto, le hizo esta pregunta:
—¿Es que realmente le interesa a usted mi salud?
—¡Vamos, Jean!
Él murmuró: «¡No! ¡No es broma!», con un tono infantil; se sentó en la silla de tijera y tomó la mano del abate, que se había quedado de pie. Sin mirarle, le dijo:
—No he sido correcto con usted… Y usted… Lo que ha hecho hoy…
Lloraba como lloran los niños, sin ninguna vergüenza.
El abate se sentó a su lado y le cogió la mano.
—Usted no puede saberlo… Si Michèle me hubiera abandonado, me habría matado… ¿No lo cree?
—Sí, hijo mío, te creo.
—¿Lo cree de veras?
¡Qué necesidad tenía de confianza y de que le creyeran!
—Comprendí en seguida que iba en serio.
Y como Jean dijera a media voz: «¿Acaso he soñado? ¿He visto en Balauze lo que he visto?», el cura le interrumpió:
—Si ha de hacerte daño, no me lo cuentes.
—Nos mintió, ¿no lo sabía usted? Mintió cuando dijo que se hospedaría en Vallandraut. Habían alquilado una habitación en Balauze, en el «Hotel Garbet».
—Todas las mujeres dicen una cosa y hacen otra, ya se sabe.
—No estaba sola… Había un tipo con ella. Los vi en la ventana de su habitación, a medianoche.
Los había visto y sus ojos los veían aún. Monsieur Calou le cogió la cabeza con las dos manos y la sacudió suavemente, como para despertarle.
—No hay por qué intentar penetrar en la vida de los seres a pesar de todo: no olvides esta lección. No hay que abrir la puerta de esa segunda ni de esa tercera vida que sólo Dios conoce. Jamás se debe volver la cabeza hacia la ciudad secreta, hacia la ciudad maldita de los otros, si no quiere uno convertirse en una estatua de sal…
Pero Jean insistía con la mirada perdida aún en la lejanía, describiendo lo que aún veía, lo que vería hasta la muerte.
—Un hombre, casi un viejo… Lo conozco. Es un tipo de París que escribe obras de teatro… Tiene el pelo teñido, una gran barriga y una boca… ¡Ah, es innoble!
—Di que para ella encarna el espíritu, el genio y la gracia. Amar a alguien es estar solo viendo una maravilla invisible para los demás… Hay que volver a casa —añadió luego de una pausa—. Ya es de noche y no estás muy abrigado.
Mirbel le siguió con docilidad. El abate lo llevó del brazo hasta la alcoba biblioteca donde Jean se tendió. Monsieur Calou encendió la lámpara y acercó su butaca.
—¿Y ellos? —preguntó—. ¿Te vieron?
—No, estaba pegado a la pared de la iglesia; escondido bajo su sombra. Me marché antes de que amaneciera y dormí en un pajar. Si usted no me hubiera encontrado, creo que hubiese reventado como un perro enfermo. Cuando pienso en lo que usted ha hecho…
—Supongo que no habrías pretendido que te esperara tranquilamente. Te tengo a mi cargo, era responsable de lo que te ocurriera. ¿Imaginas lo que me hubieran mareado?
—Pero ¿por esto? ¿Sólo por esto?
—¡Idiota!
—¿Porque me quiere un poco?
—Como si no hubiera más que un viejo cura que quisiera a Jean de Mirbel…
—¿Es posible? ¡No, no es posible!
—Mira ese corazón de oro… ¿Dónde lo has metido? ¿Colgado de tu cuello como ella lo llevaba? ¿En tu pecho? Sí, es ahí donde debe estar, para que lo sientas siempre, para que en los malos momentos no tengas más que llevarte la mano a él y…
—Es una niña. Ella no me conoce, no sabe lo que soy. No podría comprenderme, ya ve usted, es tan pura… Ni aunque se lo contara. Y usted tampoco. Usted no sabe lo que he hecho…
Monsieur Calou le puso la mano en la frente.
—Tú no eres un justo, estoy seguro; no eres de la raza de los justos. Tú eres de esos a quienes Cristo ha venido a buscar y salvar. La pequeña Michèle te quiere por lo que eres, como Cristo te ama tal como te ha hecho.
—Mamá no me quiere.
—Su pasión le impide sentir el amor que te tiene… Pero este amor existe.
—La odio.
Esto fue dicho con ese tono forzado, un poco artificial, que él tenía a veces.
—¿Cree usted que bromeo? No, es cierto que la odio.
—Claro. Como se odia a quienes se ama. Nuestro Señor exige que amemos a nuestros enemigos; frecuentemente, esto es más fácil que no odiar a los que amamos.
—Sí —dijo Jean—, porque nos hacen demasiado daño. —Apoyó la cabeza en el hombro del cura y añadió en voz baja—: ¡Si usted supiera el daño que me ha hecho…! Incluso ahora, a cada momento: es como si tocara una llaga. Sufro hasta gritar, hasta morir…
—Hijo mío, hay que perdonar mucho a las mujeres… Yo no puedo explicarte todavía por qué. Me comprenderás más tarde, tú que les harás quizá tanto daño… Incluso las más satisfechas en apariencia, merecen nuestra piedad. No una piedad turbia y cómplice, sino la piedad de Cristo, una piedad de hombre y de Dios que sabe con qué sucia arcilla ha moldeado a sus criaturas. Pero aún no es tiempo de hablarte de estas cosas.
—Ya sabe usted que no soy un niño.
—No, realmente eres un hombre: se tiene la edad del sufrimiento que se experimenta.
—¡Ah, usted lo comprende!
El sacerdote y el niño aún hablaron mucho, incluso después de que éste se hubiese acostado. Y cuando el deseo del sueño le cerró los ojos, pidió a monsieur Calou que rezara sus plegarias cerca de él y que no abandonara la habitación hasta que se hubiera dormido.