La farisea
Capítulo segundo
Se sitúa aquí la primera mala acción de mi vida, de la que tengo remordimientos. A pesar de que monsieur Puybaraud no me hubiese hecho la menor indicación con respecto a aquella carta, comprendí que él me consideraba más digno de su confianza que a ningún otro de mis compañeros. Más tarde, intenté convencerme de que no me había dado cuenta, a los trece años, de lo que se hallaba en juego para el pasante. A decir verdad, comprendí perfectamente de qué se trataba y adivinaba el elemento dramático que ponía en ello el estado semirreligioso de mi maestro. Sin duda, pertenecía a una sociedad laica —hoy dispersa desde hace mucho tiempo—, a una especie de orden tercera donde ningún voto era pronunciado, y ni siquiera era muy raro que, con el consentimiento de sus superiores, uno de estos «hermanos» abandonase la comunidad para casarse. Pero monsieur Puybaraud ocupaba un puesto particular. Sus funciones le habían puesto en relación con la dirección diocesana de las Obras y con muchos padres de alumnos. Toda la ciudad lo conocía, y no sólo las jerarquías eclesiásticas y la burguesía: su silueta era familiar en los distritos más pobres, donde los niños lo rodeaban en cuanto aparecía en la esquina de una calle, porque él tenía siempre para ellos bombones y peladillas. Su levita, su extraño sombrero de copa de peluche, no asombraba a nadie. Su dulce semblante estaba enmarcado por dos patillas cortadas a la altura de los pómulos. En verano, tenía en la mano el sombrero de copa y enjugaba su desnuda frente y sus cabellos escasos y sudorosos que llevaba largos hasta el cuello. Tenía delicados rasgos, casi demasiado bellos, los ojos apagados y las manos siempre húmedas.
Mi madrastra, con todo y elogiar las virtudes de monsieur Puybaraud, juzgaba severamente «los excesos de su sensibilidad enfermiza». Menos que a nadie debiera haberle revelado el secreto de esta carta. Pero era precisamente a ella a quien me impulsaba el deseo de hacerlo. Me sentía como envanecido por la importancia de este secreto, deseoso ya de asombrar, de escandalizar. Sin embargo, no me atreví a descubrir nada estando la familia reunida.
Recuerdo aquella velada. El alojamiento que mi padre se había resignado a alquilar estaba situado en el paseo de la Intendance, en el segundo piso. Durante las noches, el ruido de los simones por la calle y el campanilleo de los tranvías eléctricos, inaugurados aquel año, hacían difíciles las conversaciones. Quince días en el campo habían bastado para que mi padre recobrase su buen color, y la perspectiva de las próximas vacaciones le ponía de un humor excelente. Sin embargo, a una advertencia de su mujer, había dejado la mesa para ponerse una corbata de esmoquin y una chaqueta negra.
Mi madrastra no podía soportar la leve descompostura a la que él se había acostumbrado en Larjuzon.
A pesar del calor, ella llevaba un griñón y un cuello de encaje que le ceñía el cuello hasta las orejas. Su cara grande, de alargadas y mates mejillas, estaba dominada por cabellos ahuecados en bucles, sostenidos por una casi invisible redecilla. Sus ojos eran negros, inmóviles y duros, pero su boca siempre sonreía, a pesar de que nunca descubriese sus dientes largos y amarillos, descarnados y sólidamente enfundados en oro. La doble barbilla daba al conjunto un carácter majestuoso, que subrayaba la posición de la cabeza, el andar y una voz bien timbrada y hecha para dar órdenes.
Se comprendía que su primera vocación hubiese sido dirigir una comunidad. Después de la muerte del barón Maillard, su padre, prefecto de la Gironda bajo el Imperio, Brigitte había consagrado lo más saneado de su fortuna a la compra y reparación de un pequeño convento de los alrededores de Lourdes; quería reunir allí a muchachas de vida airada, bajo una regla nueva, inspirada en parte por el abate Margis. Pero antes de que se terminaran los trabajos, no llegaron a un acuerdo.
En esta ocasión, Brigitte Maillard consultó frecuentemente a mi padre, que había trabajado en su juventud como pasante en casa de un procurador de Burdeos, muy hábil en desenredar embrollos judiciales. Éste la complicó en un proceso escandaloso, perdido de antemano. Por su parte, él se aconsejó de ella en las dificultades por que atravesaba su matrimonio y que fueron trágicamente resueltas por la muerte de mi madre.
Cuando se ignoran las razones que en cierta época habían creado entre mi padre y Brigitte Maillard tan profunda intimidad, es difícil imaginar cómo dos seres tan dispares habían podido asociar sus vidas. Frente a aquella alta figura de Maintenon biliosa, mi pobre padre causaba lástima con su aspecto de hombre débil y bondadoso, su palabra vacilante, su boca de gastrónomo, sus bigotes demasiado largos, hechos para mojarse en los aperitivos y las salsas, su color de hombre sobrealimentado y sus grandes ojos.
Entre ambos esposos, aquella noche en que se produjo el escándalo Puybaraud, volví a ver a mi hermana. Michèle tenía entonces catorce años. Todos encontraban su piel demasiado morena, la mandíbula inferior demasiado pesada y sus cabellos peinados demasiado bajos; pero sus admirables ojos hubiesen bastado para hacerse amar, y sus dientes puros, que su boca grande mostraba totalmente cuando reía; sus brazos podían parecer demasiado musculosos, pero no las piernas, de las que se sentía tan orgullosa y que descubría con frecuencia, a pesar de las largas ropas con que la vestía ridículamente nuestra madrastra.
A decir verdad, ésta mostraba demasiada paciencia con Michèle y casi siempre era ella la que rehuía el combate ante la hijastra agresiva.
—Mi deber —se había acostumbrado a repetir—, puesto que no puedo tener ninguna influencia sobre esta criatura, es velar, cueste lo que cueste, por la paz del hogar.
Triunfaba en lo que las corazonistas no habían logrado conseguir de Michèle.
—Es una chiquilla contradictoria y colérica —le decía a nuestro padre, que protestaba:
—No, querida… ¡Lo dramatizas todo! Es un poco terca; tiene el genio tan vivo como su pobre madre… Pero un buen marido solucionará todo esto…
Brigitte sacudía la cabeza y suspiraba: veía las cosas más gravemente. Su razón y su gloria era ver las cosas lo más gravemente posible. La noche en que ocurrió lo de Puybaraud era un sábado. Oíamos el rumor de la multitud en las aceras del paseo de la Intendance, donde iba a tener efecto el desfile militar. Michèle y mi padre se habían acodado en uno de los extremos del balcón. Yo me hallaba un poco lejos de ellos, cerca de mi madrastra. Volaban los vencejos a ras de los tejados. La circulación de los coches se había interrumpido. Las paredes aún quemaban; el aire nos traía a intervalos el olor de los tilos, y este mismo aroma era el único que reinaba en las ciudades, junto con el olor de los caballos, del pavimento mojado y del circo, antes que hubiera coches en las ciudades. Yo luchaba aún contra la tentación de confiar el secreto de monsieur Puybaraud, pero estaba seguro de que lo haría. Mi madrastra me interrogaba periódicamente con respecto a mis exámenes de fin de curso; quería conocer las preguntas que me hicieron en cada asignatura y cómo había respondido a ellas. Sabía que se interesaba en esto por obligación, puesto que tenía la cabeza en otra parte. Pero me decía lo que tenía que decirme: en cada circunstancia de la vida y en sus relaciones con la gente no había vacilado jamás en lo que debían ser sus palabras y su actitud. Me decidí:
—Mamá, quisiera confiarte algo… Pero —añadí hipócritamente—, no sé si debo hacerlo…
Una llama de atención iluminó sus negros ojos hasta entonces distraídos.
—No sé lo que quieres contarme. Pero hay una regla a la que te debes ciegamente: no esconderle nada a tu segunda madre, porque ella tiene la misión de educarte.
—¿Incluso cuando se trata de un secreto que atañe a otras personas?
—Sobre todo, si concierne a otras personas —respondió vivamente. Y me preguntó con avidez—: ¿De qué se trata? ¿De tu hermana?
Aun cuando Michèle no tuviera más que catorce años, sospechaba ya de ella lo peor. Yo sacudí la cabeza. No, no se trataba de Michèle, sino de monsieur Puybaraud y de Octavie Tronche.
Mi madrastra contuvo una exclamación.
—¿Cómo? —Y me apretó el brazo—. ¿Monsieur Puybaraud? ¿Octavie?
Yo era todavía un niño demasiado ignorante en lo que respecta al amor humano para haberme dado cuenta de que mi madrastra jamás abordaba a sangre fría este tema y que inmediatamente se sentía atraída por él. Como le hablara de la carta y de la frase que estaba escrita al dorso del sobre, me interrumpió:
—¡Dámela en seguida!
—¿La carta? Pero si la he echado al correo…
Pareció decepcionada.
—Has hecho mal. Debiste habérmela entregado. Me interesa mucho todo lo que se refiere a Octavie, que desempeña un papel importante en la escuela libre que desea dirigir un día. No sólo tengo el derecho, sino el deber de no desconocer nada de cuanto le concierna… De todos modos, leeré esta carta — añadió con un tono más tranquilo.
Se dio cuenta de mi turbación. ¿Qué pensaría de mí monsieur Puybaraud, que tanto me quería? Mi madrastra me hizo comprender que no sería necesario que hiciera nada y que ella se las compondría para que Octavie se le confiara.
—Date cuenta de que no sospecho nada malo. Debe darse crédito a una persona de tantos méritos como monsieur Puybaraud, que, por otra parte, es libre de contraer matrimonio, si así le parece. Y aun cuando así no fuera, sólo podríamos tacharle de imprudente. He pensado siempre que su afectuosa compasión le expondría a dar pasos muy desgraciados; gracias a ti, puedo intervenir a tiempo… —Y añadió a media voz, con los dientes apretados y una brusca violencia—: Octavie Tronche… ¡No comprendo! Todas las perras…
Las trompetas del desfile militar vibraron desde la calle Vital-Carles. Una innovación encantaba a los bordeleses: cada soldado músico llevaba en su quepis una bombilla eléctrica a guisa de pompón. Mi madrastra entró en el salón y yo continué asomado. Chicas y chicos habían acordado sus pasos a los de los soldados; se habían cogido del brazo y cortaban la calzada con una cadena viviente de gritos y risas. No luché contra la vergüenza ni contra la angustia. ¿Qué le ocurriría al pobre monsieur Puybaraud? Este instinto de padre que le hacía inclinarse sobre mi lecho en mi dormitorio, el arroparme y besarme sobre la frente, habían tenido para mí una significación desconocida. No tardé en comprender que, aquella tarde, había traicionado a un hombre de tal manera abandonado que había tenido que confiarse a un chiquillo de trece años para no sentirse solo. Me acordaba de El niño espía, de Alfonso Daudet, y de lo que repetía el soldado alemán al pequeño Sten: «¡Repugnante hazaña…! ¡Repugnante!». ¿Había yo hecho daño? Mi madrastra me aseguraba que había cumplido con mi deber… Pero ¿por qué tenía remordimientos?
Fui a su encuentro. Estaba sentada cerca de la ventana e intentaba leer. (No podía encenderse la luz por temor a los mosquitos y hacía demasiado calor para cerrar las ventanas). Un oscuro instinto de compensación me impulsaba a hacer algún bien. Le hablé entonces de Mirbel y le rogué que intercediese por él ante el cura de Baluzac. Contemplaba su cara grande, lívida en el crepúsculo. Realmente, estaba demasiado oscuro para leer. Estaba, pues, inmóvil, con el busto erguido, una costumbre conventual que le impedía apoyarse en el respaldo de la silla. Jamás recuerdo haberla visto cruzar las piernas. Sabía que me escuchaba distraídamente y que su mente estaba obsesionada por el tema Puybaraud-Tronche.
—¿El cura de Baluzac? —me preguntó por fin—. ¡Pobre abate Calou! Me pregunto si quiere hacerse pasar por un ogro… En fin, esto le ayuda para comprarse libros… Tal vez sea mi deber decirle al coronel…
Le supliqué vivamente que no hiciera nada, puesto que me confirmaba en la idea de que el abate Calou no sería un carcelero demasiado feroz, y, sobre todo, no quería renunciar a la alegría de tener a Jean de Mirbel como compañero durante mis vacaciones. Pero ella añadió que, pensándolo bien, ese muchacho descarriado no perdía nada con la compañía de monsieur Calou y que terna que dejar que se cumpliera la voluntad de Dios.
Durante la semana que siguió observé temerosamente a monsieur Puybaraud; pero continuaba siendo su niño mimado, como decían mis camaradas, y me trató hasta el fin con el mismo favor. Casi se habían terminado los exámenes y el calor era cada vez más agobiante para permitirnos trabajar mucho. Incluso monsieur Rausch se hacía menos duro y nos leía en clase El soldado Chapuzot. Los carpinteros trabajaban en el patio de los mayores levantando un estrado para el reparto de premios. Cada día repetíamos los coros de Athalia, de Mendelssohn:
¡Todo el Universo está lleno de su magnificencia! Adoremos al Señor…
Sin Michèle, posiblemente jamás hubiera sabido nada de los primeros acontecimientos del drama Puybaraud-Tronche. A pesar de que era una chiquilla muy franca, nada inclinada a escuchar detrás de las puertas, conservaba siempre, con respecto a nuestra madrastra, una actitud defensiva y no cesaba de observar a Brigitte Pian con una lucidez y malevolencia que no desarmaban. Por otra parte, Octavie Tronche, que amaba tiernamente a Michèle, no resistió demasiado tiempo a las preguntas de la niña. Así estuve yo al corriente de las deplorables consecuencias de mi indiscreción.
Octavie Tronche iba a trabajar a casa de mi madre los días que no tenía clase: los jueves y sábados, de ocho a once. Era una joven de cabellos deslucidos y ralos, desprovista de lozanía, pero no de una gracia que procedía de sus ojos, a pesar de ser incoloros y pequeños, y de una sonrisa encantadora que iluminaba sus pálidos labios. Los niños la adoraban y por su adoración entregaban a Octavie a las pequeñas persecuciones de las otras profesoras celosas. Su blusa caía desde sus delgados hombros, y no podía tenerse menos pecho. Sin embargo, bajo el talle afirmábanse sus formas femeninas, y su falda monástica no disimulaba el contorno de sus caderas y todo lo demás. Cuando entró aquella mañana en el saloncito de la señora Pian, de «Madame Brigitte», Octavie fue acogida con una sonrisa desacostumbrada.
—Le sienta mal el calor. Lo veo en su aspecto.
Octavie aseguró que no se sentía cansada.
—No me refiero a su cara, sino a su trabajo. —Y el tono de Brigitte se hizo de pronto severo—: Ha cometido usted algunos errores en las direcciones al enviar el último Boletín. Algunas señoras se han quejado de haberlo recibido con mucho retraso.
Octavie, confusa, se excusó.
—Esto no tendría importancia —continuó mi madrastra—, pero la circular que yo le dicté y que descuidé releer (sí, descuido, lo confieso; y ya ve usted que reconozco mis propias faltas), esa circular estaba llena de errores y de omisiones. Algunas frases carecían de sentido…
—Es verdad. No sé dónde tenía la cabeza entonces —balbució Octavie.
—¿La cabeza o el corazón? —preguntó Brigitte con una voz dulce que contrastaba con su rostro severo y sombrío.
—¡Oh, madame Brigitte…! ¿Qué es lo que quiere usted decir?
—No le pido que me cuente sus cosas. La confianza no se impone. —Y como Octavie protestara diciendo que ella no tenía secretos para madame Brigitte, añadió—: Usted sabe hasta dónde llevo el respeto a la conciencia. Usted es una de nuestras más viejas amigas. Confío en usted, no, por cierto, con los ojos cerrados; al contrario, con los ojos abiertos, pero con la más maternal solicitud. Todos nosotros tenemos nuestros momentos difíciles, pobrecilla…
Era más de lo que Octavie podía soportar, que cayó de rodillas y ocultó su cabeza en el regazo de Brigitte Pian. Mi madrastra contemplaba aquella delgada nuca que descubría los cabellos estirados y reunidos en un pequeño y apretado mono, aquella carne descolorida y aquellas primeras vértebras en el cuello estremecido. Afortunadamente, la pobre muchacha no podía descubrir aquella expresión de disgusto que se dibujaba en la cara de Brigitte Pian.
«También ésta —pensaba—, también esta desgraciada criatura».
Y dijo en alta voz, pero con dulzura:
—Entonces, usted también, pobre Octavie, usted también cree que se la quiere.
Octavie Tronche levantó la cabeza y protestó:
—¿Amarme a mí? ¡Oh, señora, no soy tan tonta como para creerlo…! No sé trata de eso, qué duda cabe. —Durante un segundo, la confusión prestó a aquel semblante una gracia exquisita, ese adorable encanto de la humildad—. Sería demasiado que alguien consintiera en que yo no viviese más que para él y para los hijos que acaso Dios nos diera…
—Sin duda, Octavie —dijo mi madrastra, levantándola—. Siéntese a mi lado y cálmese. Si llegué a creer que estaba usted llamada a una vocación más santa, ahora, me sentiría feliz con que fundara usted un hogar cristiano. ¿Qué otra cosa más normal y sencilla? Me asombra su emoción.
—No, no, señora… No es nada sencillo, y si usted supiera…
Imagino que, en ese momento, mi madrastra debía de gozar intensamente: saboreaba ese placer que sólo pertenece a Dios, que es conocer el destino de alguien que cree descubrírnoslo, y que se siente dueño de inclinarlo en un sentido o en otro. Porque ella no dudaba lo más mínimo de su poder sobre la anhelante conciencia de monsieur Puybaraud, y obtuvo la confirmación de boca de la propia Octavie. Después de haber dado paso, por medio de una inteligente gradación, a la inquietud desde la confianza, Brigitte exclamó:
—¡Su turbación me turba a mí también!
Y habiendo preguntado angustiosamente a la pobre muchacha si se trataba de un hombre casado o divorciado, como la acusada bajara la cabeza y se llenaran sus ojos de lágrimas, le interrogó con un tono que traicionaba casi el horror:
—¡Desdichada! ¿Debo, entonces, comprender que la persona en cuestión está unida a alguien de quien no puede separarse? ¿Irá usted a enfrentarse con el propio Dios?
—¡No, señora, no! Él es libre; sus superiores están de acuerdo. Monsieur Puybaraud (porque ya lo habrá usted adivinado, madame Brigitte) debe abandonar el colegio esta semana, y nosotros tenemos desde ahora el permiso de pensar el uno en el otro…
Mi madrastra se levantó e interrumpió bruscamente a Octavie.
—No tiene usted más que decir. No quiero oír nada más. Únicamente a los directores de ustedes corresponde la responsabilidad de este asunto. Yo puedo tener, sobre cuestiones como ésta, un punto de vista que no concuerde con el de sus…
—Precisamente, madame Brigitte —exclamó Octavie en un mar de lágrimas—, monsieur Puybaraud no llega a dejarse convencer de su derecho. Me repite que sólo usted podría iluminarle, que sólo usted posee la inteligencia suficiente para concederle la paz. Compréndame, señora; no se trata de lo que usted podría creer. No tiene más que mirarme: a monsieur Puybaraud no le impulsan bajos instintos. Es más; me ha dicho que se estremece de alegría cuando piensa que puede tener un hijo como su pequeño Louis.
—Sí, sí —replicó sombríamente mi madrastra—. El demonio no ataca a los seres nobles y cándidos sin dar rodeos…
—¡Oh, madame Brigitte! ¿No le hará usted creer que se trata de un ardid del demonio, verdad?
Y estrechó vivamente las manos de mi madrastra, que estaba sentada en su lugar acostumbrado, ante su escritorio lleno de circulares y ficheros.
—No le diré nada si no me pregunta nada, hija mía… Si él me interroga, no hablaré más que sintiéndome lo suficientemente iluminada; pero, entonces, lo haré sin temor, sin miramientos, como he hecho siempre…
Octavie juntó las manos y alzó sus ojos de corderillo hacia aquel rostro indescifrable.
—Pero ese sentimiento de ser padre quizá no sea malo… Su director ya lo sabe. ¡Monsieur Puybaraud ha hecho ya tanto durante tantos años por vencerlo…! ¿Quién nos dice que no sea éste el signo de su vocación y que haya de ceder a este llamamiento?
Mi madrastra inclinó la cabeza.
—No debemos descartar esta hipótesis… Aunque, a decir verdad, Dios no está acostumbrado a una ciénaga. Que lo que se le ha pedido a monsieur Puybaraud sea ese abandono de su puesto, echarse atrás y la vuelta a una vida de menos mortificación… Esto es, cuando menos, lo que yo creería si se me hubiesen dado a conocer esos signos evidentes. Porque nada debe desconcertar nuestra fe.
—El dice que ha pecado por orgullo, que ha considerado mucho mayores sus fuerzas y que es necesario bendecir a la providencia, que le ha advertido antes de que fuera demasiado tarde —insistió Octavie con voz suplicante.
—Si está seguro de ella —interrumpió secamente mi madrastra—, ¿qué necesidad tiene de buscar consejos y mezclarme en estas cosas?
Octavie reconoció que la desgracia era precisamente que él no tenía seguridad ninguna y que cambiaba de un día a otro, y, llorando desconsoladamente, añadió que veía con toda claridad que el juicio de madame Brigitte estaba ya decidido y que el veredicto sería inexorable. Pero mi madrastra recogió velas en seguida.
—No, Octavie, sobre todo, no me juzgue hostil por principio a lo que la naturaleza decepcionada reclama de usted. No sólo monsieur Puybaraud está en juego, y yo de buena gana creería con usted que está llamada a llenar los deberes del matrimonio y de la maternidad. Sí —repitió mirando fijamente a la muchacha, imaginando quizás aquel vientre bajo el delantal y aquel rostro ingrato aún más afeado por la máscara del embarazo—, sí, quizá por usted desvía monsieur Puybaraud su vocación. Adivino, de pronto, que su derrota podría ser necesaria para la salud de usted.
Así Brigitte Pian atribuía al Padre Celestial las complicaciones y vueltas de su propia naturaleza. Pero ya la pobre Octavie Tronche, poseída por la esperanza, se levantaba como una flor que recobra en el agua su lozanía.
—¡Oh, madame Brigitte! Es ahora cuando Dios le habla —exclamó con exaltación—. Sí, sí, es por mí, por mí, tan miserable; por mí, monsieur Puybaraud renuncia a las alegrías de una vida más alta, a la paz de un colegio del que era el honor…
—¿Y aceptaría usted a sangre fría ese sacrificio, hija mía? —preguntó bruscamente Brigitte Pian. Octavie quedóse sin aliento—. Tenga usted en cuenta que no pretendo que lo rechace. Digo que, por encima de toda otra cuestión, este problema se impone particularmente a usted: ¿tiene o no tiene el derecho de aceptar que un hombre como monsieur Puybaraud, que está muy por encima de usted en todos los atributos del espíritu y por las gracias recibidas, le sacrifique a usted los frutos de su apostolado, su gloria ante Dios y su honor ante los hombres? Porque no hay que disimular que una deserción de este género, incluso (y sobre todo) a los ojos de los seglares, hace desmerecer a aquellos que la toman. ¿De qué sirve taparse los ojos? Todas las puertas se cerrarán ante él, y como no hay nadie que ante las necesidades de la vida esté tan desarmado como él, convénzase usted de que se encontrará metido por su causa en una vida de necesidades, por no decir miserable…
El rostro de Octavie Tronche se iluminó de nuevo con una sonrisa.
—¡Oh! Si es por esto, estoy tranquila, madame Brigitte. Yo soy valerosa. Mientras me quede un hálito de vida, no carecerá de nada, aunque deba trabajar fuera de horas… No carecerá de lo necesario ni de lo superfluo…
—No es usted fuerte y usted lo sabe. El trabajo de la secretaría que usted lleva aquí (y que no es casi nada) es ya demasiado para usted, además del que ya lleva en la escuela libre. No vea en esto un reproche.
Era cierto que Octavie Tronche no podía soportar la falta de sueño y que, después de sus horas de clase, los trajines para las ventas de boletos en favor de la beneficencia acababan por enfermarla. Mi madrastra le repitió que su deber era dejar a un lado todo esto por penoso que le resultara. Y como Octavie indicara tímidamente que ellos habían confiado en que monsieur Puybaraud podía ser empleado en la secretaría de las Obras, donde había trabajado gratuitamente durante tantos años, Brigitte se asombró de que pudiese carecer, hasta este extremo, de delicadeza y tacto. ¿Cómo había podido creer que esto fuera posible? Hay cosas que ni siquiera deben explicarse.
—Tiene usted que haber perdido el juicio. Sin contar con que, además, no es costumbre retribuir, con el dinero de los pobres, un trabajo que tantos sacerdotes pueden llevar a cabo, sin tener en cuenta a los piadosos seglares. No, nosotros haríamos todo lo posible, que sería recomendar a monsieur Puybaraud en la medida en que pueda ser recomendado, sin imprudencia, un hombre que por su causa llegó a una situación tan poco digna y que, por otra parte, que yo sepa, carece de título y de diplomas.
Cuando mi madrastra había precipitado a una criatura en un abismo de aflicción, le complacía levantarla en el acto mediante una gracia completamente gratuita. Habiendo, pues, considerado que Octavie Tronche no podía ya descender más bajo, cuidó de levantarla poco a poco e inyectarle cierta esperanza. La decisión en la que ambas se detuvieron de común acuerdo la supe algún tiempo más tarde de boca del propio monsieur Puybaraud, la víspera del día del reparto de premios.
Habíamos trabajado durante todo el día para colocar las oriflamas y reunir en haces las banderas del Papa y de la República. Monsieur Puybaraud atravesó el patio y fui a él como siempre hacía por un privilegio que ninguno de mis compañeros me disputaba. Me hizo sentar en uno de los escalones del estrado y me dijo que estaba en vísperas de tomar una decisión muy grave. Madame Brigitte, «que como todos los seres realmente santos, disimulaba tanta bondad bajo un continente austero», había comprendido que él tenía necesidad de calma, de soledad para reflexionar y, en consecuencia, resolver más acertadamente. Había tenido la caridad de desear que pasara sus vacaciones en Larjuzon…
—¡En Larjuzon! —exclamé estupefacto.
Es de esos lugares que no son para ciertas personas. Me era imposible establecer relación alguna entre el país de mis vacaciones y un profesor de mi colegio. El pretexto oficial de su presencia en Larjuzon sería hacerme estudiar latín.
Intenté imaginarme un día tórrido y a monsieur Puybaraud con levita y sombrero de copa paseando por las avenidas de Larjuzon. Le pregunté si llevaría su traje. Me aseguró que precisamente la compra de un equipo nuevo retardaría un poco su llegada.
Monsieur Rausch había abandonado su puesto cerca de los retretes. En mangas de camisa, encaramado en una escalera y armado de un martillo, golpeaba un clavo con toda su ferocidad natural. Los alumnos cambiaban entre sí sus direcciones de verano. La pequeña orquesta repetía en la sala de fiestas la obertura del Voyage en Chine. Jean de Mirbel, apoyado, por costumbre, contra la pared, a pesar de que no había sido castigado, tenía la cabeza baja y las manos metidas en los bolsillos. Su gorra a la birlonga de mal estudiante estaba puesta de través sobre sus cabellos demasiado largos. El leve bozo de sus mejillas lo hacía parecer mucho mayor que sus compañeros (iba rezagado dos años). Más aún que su mala conducta, quizá lo que más le separaba de nosotros era su edad: esa orilla tempestuosa a la que llegaba tan falto de recursos, tan abandonado, enfrentándose con no sabía qué fatalidad, de la que no podía hablar a nadie.