La farisea

François Mauriac · Capítulo 5 de 16

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La farisea

Capítulo quinto

 

Mi memoria distingue mal ese primer almuerzo de Mirbel en Larjuzon de todos los que le siguieron. Durante el mes de agosto, no dejamos de frecuentarnos. Si él no iba a nuestra casa, era Michèle quien lo acosaba en Baluzac, y por nada del mundo hubiese consentido en no acompañar a Michèle, puesto que toda mi tranquilidad se venía abajo si los sabía lejos de mí. Mi vida se organizó en torno a esta necesidad de estar siempre entre ellos.

A decir verdad, al principio, no me inquieté mucho. Los nefastos días en que ellos se reunían escabullándose de mí eran menos numerosos que aquéllos en que Michèle echaba pestes contra los dos muchachos y tenía que defenderse de las jugarretas que inventábamos contra la «chica». Nuestro trío ignoraba el acuerdo: era preciso que mi hermana y yo hiciéramos el papel de víctima. Sólo me sentía feliz cuando tenía que defender a Michèle contra Jean y protegerla de sus travesuras, muchas veces perversas. Pero casi siempre, en el momento en que yo creía que se habían enemistado para toda la vida, se producían bruscas reconciliaciones entre ellos. Cuando yo me creía mejor amparado contra cualquier alianza entre mi hermana y mi amigo, se sucedían escenas inexplicables, torturadoras para mí, como la de aquel día en que la hicimos rabiar aludiendo a la «historia de los pasteles», que, como Mirbel había dicho repetidamente, había creado entre nosotros una amistad para toda la vida.

—¿Qué historia de pasteles? —preguntaba Michèle. Nosotros nos miramos guiñándonos los ojos y llevándonos un dedo a los labios, con el juramento solemne de ocultárselo siempre a la «chica». Comenzamos a correr en tomo de ella, tirándole de los rizos y echábamos a correr, juntando las manos y frotando los dedos índice uno contra otro, mientras gritábamos:

—Rabia… Rabia.

Yo estaba a una distancia prudencial de ella, pero Jean continuaba en torno de ella, tirándole del pelo y escapando de nuevo… De pronto, Michèle se precipitó sobre él enseñándole las uñas y se lanzó sobre su cara. Él no se defendió, tropezó y cayó sobre la yerba. Cuando se levantó, vimos que su mejilla arañada estaba llena de sangre. Los tres callamos. Michèle estaba pálida.

—¡Oh, Jean, límpiate! Yo no tengo pañuelo.

Pero él dejaba correr la sangre por la mejilla. Creí que iba a lanzarse sobre Michèle, pero no fue así: sonreía. ¡Qué ajena era esa sonrisa en él! Se hubiera dicho que Jean tenía ciertos derechos sobre ella y ella sobre él, que era libre de aceptar que ella le hiciese daño. Niños aún, entraban gustosamente en ese mundo en el que los golpes tienen la misma significación que las caricias, donde las injurias están más llenas de amor que las palabras tiernas. Y la cortina se cerraba a mis ojos; ya no los veía; permanecía solo al otro lado del telón, un chiquillo perdido en un mundo poblado de ogros inconscientes: las personas mayores.

 

Si Mirbel se amansaba un poco, toda la gloria correspondía a mi hermana y no a monsieur Calou; cuando menos, así fue hasta fines de agosto, en que ocurrió algo que ya contaré a su debido tiempo. Lo que desde el primer día había obtenido el cura de su pensionista no era precisamente despreciable; pero durante las semanas que siguieron, no hizo progreso alguno.

«Tengo un gato en la casa —anotaba monsieur Calou en su Diario de aquel entonces—, un gato que entra y sale de la biblioteca sin mover una silla, olfatea los libros, se desliza, en el comedor, se sienta al borde de la mesa y se toma su sopa. Se niega a la lucha, acepta trabajar una hora al día y asiste a misa los domingos. Me he descubierto demasiado pronto; odia mi dulzura…, “su dulzura de sacerdote”, como dijo un día horrorizado aquel muchacho de Burdeos. Quisiera que no hallase nada en mi aspecto o en mi lenguaje que repugnara. Si, es exactamente esto: nada de untuoso en el sentido repugnante de la palabra. ¡Cuán dura es la unción de Cristo! ¡Qué diamante ha de ser uno para rayar los corazones! Jean hubiese odiado menos mi ferocidad contra la que ya estaba precavido…».

El abate Calou quizás había sorprendido el secreto de Jean, pero no conocía el mío. ¿Quién, además, hubiera podido comprenderlo y explicármelo a mí mismo? No se lleva con gusto el peso de un niño; no está al alcance de nadie.

Monsieur Puybaraud se ocupaba de mis estudios y de mi alma con un ardor que yo no sabía cómo agradecer. Bien es verdad que me quería, y se repetía en familia que yo lo adoraba, y entraba en este juego sin resistencia.

—Louis se dejaría cortar una mano por monsieur Puybaraud…

A decir verdad, hubiese aceptado la idea de no volver a verlo nunca más en este mundo sin experimentar la menor tristeza. Nadie sabe medir la indiferencia de los niños hacia las personas mayores, incluso hacia aquéllos a quienes están más estrechamente unidos. A excepción de Jean, de Michèle y, en otro aspecto, de mi padre y de mi madre muerta, todos carecían de realidad a mis ojos. Los demás componían para mí una comparsa; llenaban el fondo del escenario; hacían círculo, pero sin verlo, en tomo a mi corazón, desgarrado o satisfecho, según el lugar que yo ocupaba con relación a Michèle o a Jean.

Monsieur Puybaraud podía dar una vuelta en el parque conmigo, orientar sus conversaciones hacia la edificación o cultura del espíritu, y yo le replicaba testimoniándole esa gentileza un poco trapacera que me abría tan de buen grado los corazones, en cuanto yo quería. Nada descubría el pobre hombre de los sufrimientos de mi corazón que estaba a mil leguas de él, no se daba cuenta de que le hablaba con palabras que no tenían relación alguna con mis pensamientos ni con mis sentimientos reales, que me evadía de él sin dificultad, sin esfuerzo, no dejándole más que esa apariencia de niño sabio y atento en quien derramaba los tesoros de su hermosa alma.

Yo tenía sobre él la ventaja de no ignorar nada de su propia historia, pero no me interesaba en absoluto. El Puybaraud de aquellas vacaciones estaba en plena renovación, a mitad del camino del mundo. Un panamá había sustituido al sombrero de copa y una chaqueta a la levita; pero usaba sus pantalones negros y sus camisas almidonadas, incluso en los días tórridos. Tenía consigo el tono de un educador cristalino, con todo y confiarse de sí mismo mucho más de lo que es costumbre confiar a un niño. Hoy, después de tantos años transcurridos, y cuando ya monsieur Puybaraud no es más que polvo, al releer su Diario me apasiona de pronto este drama del que fui distraído testigo, porque toca los problemas que cada día me obsesionan más a medida que avanzo hacia la muerte.

 

Durante la primera semana de la estancia de monsieur Puybaraud, Brigitte Pian no se aburrió en Larjuzon: los días eran demasiado cortos para agotar la felicidad de ayudar a un hombre a aclarar el embrollo de su vida interior. Ella tenía la seguridad de que no estaba perdiendo el tiempo ni de que iba contra su vocación, que era la de revelar a los demás los propósitos que Dios tenía sobre ellos y que le enviaba a ella desde el fondo de la eternidad. Monsieur Puybaraud acababa de llevarle a domicilio un caso privilegiado en el que ella estaba segura de dar de sí todo cuanto era posible, a pesar de que no se disimulaba el peligro. Encontraba en ella una viva satisfacción, no culpable, ni mucho menos, pero al principio experimentó una gran alegría al verse escuchada como un oráculo por monsieur Puybaraud. Pero ¡ay!, era una sumisión aparente. Muy pronto debió reconocer Brigitte Pian que se las había con una oveja más reacia de lo que había creído en un principio.

—Es un alma que se escapa —decía a partir de la segunda semana.

Concluyó acusándole de que se sustraía de la gracia; es decir, de sus direcciones.

Brigitte Pian tenía la tendencia de lanzar las almas hacia las cumbres, como ella decía, y se esforzaba en abrir los ojos de monsieur Puybaraud ante uno de los ardides del Maligno, que era el de cambiar en un alma cristiana la humilde idea que ella tenía de sí misma. Mi maestro estaba ahora convencido de que había alardeado de sus propias fuerzas no creyéndose llamado al común destino de los hombres, y que debía volver, puesto que aún estaba a tiempo, al camino que habían recorrido todos los muertos de quienes había nacido: tomar esposa también él, tener hijos y alimentarlos como un pájaro lo hace con su nidada. Pero Brigitte Pian no ignoraba que, frecuentemente, es necesario arrancar de las almas esa máscara de falsa humildad con la que se ridiculizan. Afirmaba, como si el propio Dios se lo hubiese comunicado, que monsieur Puybaraud no había sido arrebatado del colegio, puesto que se hallaba destinado al claustro para toda la eternidad. Aseguraba que, para él, el quid del asunto se hallaba en esta única pregunta: a qué puerta debía llamar y a qué regla sujetarse.

No sólo Brigitte Pian no ganaba nada contra monsieur Puybaraud aun cuando hubiese llevado la lucha a un terreno previamente elegido por ella, sino que debió reconocer que había en él una influencia mucho más poderosa que la suya, ¡y había que ver qué fuerza era, Dios mío! La de esa Octavie Tronche que inspiraba a mi madrastra un sentimiento muy semejante a lo que las gentes de mundo llaman desprecio. Pero Brigitte sabía que nosotros no debíamos despreciar a nadie y que incluso el alma de Octavie Tronche tenía un gran valor a los ojos de Dios.

Mi madrastra se asombraba de que, estando ausente, Octavie tuviera más poder sobre monsieur Puybaraud que cuando lo encontraba a diario en la ciudad. Cuando él no veía a Octavie, recibía de ella una carta todos los días, que mi madrastra devoraba con la mirada y que monsieur Puybaraud leía ante ella durante el desayuno de la mañana y con increíble atención. En verdad, todo lo que algunas veces seducía a monsieur Puybaraud en la ingrata figura de Octavie —a pesar de que fuese sensible al encanto espiritual que irradiaba de ella—, cedía a la admiración y al más tierno respeto durante esta separación en que la muchacha se manifestaba a él sólo a través de estas páginas escritas cada noche antes de acostarse.

Esta correspondencia que yo había hallado en la herencia de monsieur Puybaraud no será publicada aquí; no porque no lo merezca, sino porque dudo de que haya bastantes lectores capaces de experimentar ese encanto de la humildad verdadera, la que se ignora y de la que su esplendor permanece desconocido. No puedo, sin embargo, silenciarla totalmente porque la victoria que Octavie alcanzó sobre mi madrastra tuvo crueles consecuencias en más de un destino.

Aun cuando Octavie sintiese una gran consideración por Brigitte, lejos de ella encontraba el necesario valor para resistírsele y poner en guardia a su amigo contra un recelo demasiado grande con respecto a nuestra propia inteligencia. Ella le decía que «incluso una persona demasiado superior a nosotros por su virtud, su experiencia y las inspiraciones, no puede suplir este conocimiento personal del deseo divino que es el fruto de la virtud del abandono… Mi idea es que es bueno escuchar los consejos que proceden de los demás, puesto que no nos desvían de esta sumisión atenta y vigilante a lo que sucede en nosotros. Antes habla Dios en nosotros que en los demás, ¿no lo crees? Me parece imposible que lo que yo experimento tan poderosamente por ti, vaya contra su voluntad; la luz está en tu dirección, y si intento luchar contra el movimiento que me arrastra a ella, no hallo más que tinieblas por todas partes. Lo que me da confianza es que ante tu bien temporal y espiritual, yo renunciaría a ti, no sin una terrible amargura, quiero que lo sepas, pero casi sin lucha, y esto puedo asegurártelo. Por egoísta que sea — ¡y bien sabe Dios si lo soy!—, te amo demasiado para pensar en mí misma. Te amo de tal manera que no forcejearía un segundo contra la influencia que se ejerce sobre ti en Larjuzon, si estuviese segura de que ella había de ser tu felicidad, y si no se mezclaran demasiadas sutilezas con nuestro caso, que creo es muy simple, muy vulgar. Por otra parte hay un punto sobre el que, y en tanto como una muchacha como yo pueda juzgarlo, madame Pian tiene una opinión equivocada: ella no posee, como tú y yo lo poseemos, esta verdad de que toda carne, a pesar de estar herida, es santa, y que el más bello de los misterios de Dios, a pesar del pecado original, es el nacimiento de un niño. He oído decir sobre este tema cosas que quizá he interpretado mal. ¡Oh, amigo mío, cómo adoro en ti este sentimiento que Dios te ha dado para los niños, para esos niños en que debemos convertirnos si queremos alcanzar un lugar en el cielo! Pero, incapaces de parecemos a ellos, ya es mucho, sin embargo, traerlos al mundo. Sin duda, existen vocaciones más altas… No obstante, convirtiéndome en tu esposa, no creo ir contra el llamamiento de Cristo, contra su exigencia de abandonarlo todo para seguirle, porque me someto de antemano a su adorable voluntad a través de ti, amado mío, a través de aquellos que nazcan de nosotros… Éste solo pensamiento me hace estremecer de alegría…».

 

Monsieur Puybaraud no me mostraba estas cartas y sólo podía medir la derrota de mi madrastra a la sombra de su humor, durante las comidas, sobre todo, cuando la atmósfera se hacía casi irrespirable.

Yo sabía que los asuntos de monsieur Puybaraud iban mal y que sus relaciones con Brigitte Pian se agriaban, pero, al mismo tiempo, yo era demasiado desdichado para prestar atención a ello. Desde que Michèle había arañado a Jean, su alianza había quedado sellada. Ya no volví a gozar de esos períodos en que mi amigo, vuelto niño otra vez, se confabulaba conmigo para hacer rabiar a la «chica». Cada vez que Jean nos visitaba, la única preocupación de ellos consistía en procurarse momentos de soledad y, para alejarme, usaban de tantos ardides que me afanaba en no perderlos de vista ni un solo momento. Me avergonzaba mi inoportunidad, que se me hacía odiosa, y, sin embargo, me pegaba a ellos y fingía no ver los signos de irritada impaciencia que cambiaban entre sí.

Bastaba que mi madrastra me llamara, que monsieur Puybaraud me entregara una versión corregida de mis ejercicios o que debiese de ausentarme, aun cuando fuera sólo un momento, para estar seguro de que, a mi regreso, Michèle y Jean habrían desaparecido. En la avenida, donde momentos antes resonaba la risa de Michèle, o donde mi amigo, con su gruesa voz de hombre niño, llamaba al perro, yo no oía más que el susurro del viento en las ramas mojadas por la tormenta. Gritaba entonces sus nombres:

—¡Michèle! ¡Jean! ¿Dónde estáis?

Y después, me callaba, sabiendo que, aun cuando me hubiesen oído, hablarían en voz más baja, ahogarían sus pasos y borrarían sus huellas.

Imaginaba mal la especie de atracción a la que ambos cedían, porque yo no la experimentaba en mi carne todavía dormida. Los celos nacen de la insostenible visión del placer que una criatura amada recibe de otra y le prodiga. Dudo de que fuese capaz entonces de tener idea de estas cosas. Pero su felicidad, debida en parte a mi ausencia, era lo que me hacía un daño terrible.

 

Recuerdo que, un día, monsieur Puybaraud decidió bruscamente marcharse. Durante el almuerzo, monsieur Calou, que había acompañado a Jean a Larjuzon, fue la única persona que habló. Monsieur Puybaraud era su interlocutor, pero Brigitte no despegaba los labios. Su cara grande y sombría debió asustarme. Frente a ella, con la boca casi pegada al plato, mi padre masticaba silenciosamente sin mirar a nadie. Jean y Michèle, separados por toda la extensión de la mesa, se hablaban con los ojos, y yo, sentado al lado de monsieur Puybaraud, fingía no perder ni una sola de sus palabras. Pero nada existía en el mundo excepto ese intercambio mudo entre mi hermana y mi amigo, esta paz de Michèle, ese reposo en el que se hallaba, a mis ojos, sólo porque Jean estaba allí. Para ella, yo formaba parte del resto del mundo; es decir, de lo que no existía. Pertenecía a la nada.

La lluvia tempestuosa no nos permitió tomar el café bajo los robles. Mi madrastra se excusó de su silencio, quejándose de jaqueca y pidiéndome que me fuera a su habitación a buscar una aspirina. Aquellos dos minutos bastaron a Jean y a Michèle para escapar a pesar de la lluvia. Quise salir tras ellos, pero, habiendo arreciado la lluvia, mi madrastra me lo impidió:

—Tanto peor para Michèle. Tú, quédate.

¿Acaso no veía nada? La conducta de Michèle hubiese debido de horrorizarla. Pero ella no tenía ojos más que para monsieur Puybaraud. Su jaqueca, que no era fingida, la obligó a retirarse. Nada en el mundo hubiese impedido a mi padre ir a hacer la siesta. Permanecí, pues, solo, en el salón del billar, contemplando a través de la puerta de cristales el campo empapado por la lluvia. En el salón, monsieur Puybaraud y el abate Calou comenzaron a hablar, a media voz al principio, pero pronto pude seguir claramente el hilo de su conversación. Mi maestro se lamentaba de una indiscreta tiranía. Comprendía que monsieur Calou se burlaba de su pusilanimidad y le aconsejaba que se marchara inmediatamente.

«Deben de haberse refugiado en la granja abandonada», pensaba yo.

Imaginaba a Michèle y a Jean en aquella cocina donde sólo los pastores encendían fuego algunas veces, cuyas paredes estaban ennegrecidas a causa de numerosos dibujos e inscripciones que hacían reír a Jean y que yo no comprendía. Se besarían, eran muy cariñosos entre sí. Michèle no lo era nunca conmigo; incluso cuando se mostraba tierna, su ternura tenía un carácter brusco. Jean, en sus mejores momentos, me hablaba como un maestro. Un bruto, pero no para Michèle. Le decía:

—Tienes frías las manos.

Y las retenía durante largo rato en las suyas.

Jamás era amable conmigo. ¡Amabilidad que yo siempre había esperado de todos! De este modo sufría ante el campo bajo la lluvia.

 

Monsieur Calou quiso aprovechar un claro para volver a Baluzac. Me pidió que llamara a Jean. Hice sonar la campana, pero fue en vano: Jean no compareció. El abate dijo entonces que su pensionista era lo suficientemente mayor para volver solo. Montó en su bicicleta, después de haberse despedido de Brigitte, que, curada su jaqueca, dio un corto paseo por la avenida, acompañada de monsieur Puybaraud. Desde la escalinata, yo les veía ir y volver: mi maestro hablaba casi solo. La conversación fue breve, y a pesar de que no llegara hasta mi ninguna frase de ella, comprendí que había terminado de una forma desagradable. Al pasar, monsieur Puybaraud me acarició los cabellos. Estaba muy pálido.

—Me iré mañana, pequeño. Voy a preparar mi maleta.

Ya no llovía. Eché a andar rápidamente bajo los árboles cargados de gotas de lluvia. Algunas veces, una de éstas me mojaba las orejas, deslizándose a lo largo de mi cuello. Era un pálido verano sin cigarras. Si en Larjuzon hubiese habido otro muchacho, otra muchacha con quienes yo hubiese podido formar un grupo aparte… Pero ninguna cara, ningún nombre se ofrecía a mi pensamiento. Al volver, vi venir a mi madrastra. Me observó un instante con la mano puesta en la frente. No pude evitar el llanto y, al principio, fui incapaz de contestar a sus preguntas.

—Huyen de mí —balbucí al fin.

Ella creyó que era cosa de niños.

—Haz como si no te dieras cuenta; ellos serán los engañados.

—No, no… Si no quieren otra cosa…

—¿Cómo?

—Sí —insistí a media voz—. Quieren estar solos.

Mi madrastra frunció el entrecejo.

—¿Qué quieres decir? —preguntó.

La sospecha, despertada un instante, se desvaneció; estaba demasiado preocupada consigo misma, presa de su propio tormento; pero la semilla que yo había lanzado no había podido encontrar un terreno más propicio y, tarde o temprano, germinaría.

—Éstas son las consecuencias de conceder siempre demasiada importancia a los demás —murmuró Brigitte con amargura—. Ya ves, Louis, me pregunto a veces si no me preocupo demasiado por tu bienestar. Sí, yo sé que el ser más insignificante tiene un valor infinito. Yo sacrificaría mi vida porque alguien se salvara… Y, sin embargo, me asusto a veces al ver el tiempo que habré perdido (al menos, aparentemente, porque sólo Dios es juez), en favor de criaturas mediocres, por no decir viles. Para las grandes almas es una verdadera prueba agotarse en la sombra al servicio de espíritus inferiores, subalternos…

Esta última palabra la silbó a través de los dientes apretados. Comprendí que el individuo subalterno de quien hablaba era monsieur Puybaraud. ¿Y en qué le interesaba Puybaraud? ¿Es que lo amaba? Y si ella no lo quería, me preguntaba, ¿por qué le preocupaba de tal manera? ¿Qué mal o qué bien podemos recibir de los seres a quienes no amamos?

Vi de lejos a Michèle, sentada en uno de los escalones de la escalinata. Sin que yo le hubiese hecho pregunta alguna, me dijo que habían dado una vuelta en bicicleta y que Jean se había ido a Baluzac sin pasar por Larjuzon. Sin duda, acababa de bajar de su habitación: se había arreglado cuidadosamente y se había lavado la cara y las manos. Me miraba tratando de adivinar mis impresiones; pero yo aparenté indiferencia y experimenté el placer de sentirme desgraciado, pero dueño de mí mismo.

Subí a acostarme temprano con la intención de leer en la cama, pero no pude. A través del tabique llegaron a mis oídos las exaltadas frases de una disputa violenta. Al día siguiente supe por Michèle que mi madrastra no se había contenido y había tratado muy mal a monsieur Puybaraud. También él había perdido todo dominio de sí, exasperado al ver que a las razones que daba a mi madrastra, explicándole su decisión de casarse con Octavie Tronche, ella había respondido con la mirada fija en el cielo, que era una prueba que ella había siempre esperado, que consentía con gusto al sacrificio que se exigía de ella…

—Veamos, madame Brigitte, no se trata de sacrificarse por su parte… Este asunto me concierne a mí solo…

Pero Brigitte no atendía a razones. Se sentía herida y perdonaba la injuria recibida. Esta misma reacción era la que oponía siempre a las personas que se sentían con el deber de advertirle de cualquier error que ella hubiese tenido o de cualquier injusticia cometida. En vez de reconocerlo y de golpearse el pecho entonando un mea culpa, ofrecía la mejilla izquierda y protestaba diciendo que era magnífico ser desconocida y calumniada hasta tal punto, y añadía una nueva malla a este espeso tejido de perfección y de mérito con el que se envolvía por completo y que jamás se cansaba de trabajar. Actitud que tenía como resultado exasperar a la gente, obligándola a pronunciar palabras desagradables, de las que Brigitte conseguía de rechazo ventaja ante su propia conciencia y ante Dios.

Sin embargo, aquella tarde, cedió a la rabia que la poseía y debió de pasar todos los límites, puesto que al día siguiente, a la hora del desayuno —que nos fue servido más pronto que de costumbre, puesto que mi maestro tomaba el tren de las ocho—, descendió hasta pedirle perdón en mi presencia.

—Lo sé, he sido indigna —decía en una embriaguez de humildad—. Debo proclamarlo ante Louis: cuando creo que un alma se engaña y se precipita a su perdición, no puedo contenerme… Pero el exceso de celo no basta a excusar tanta violencia. Jamás puedo conseguir dominar por completo la naturaleza, y reconozco humildemente que poseo una naturaleza de fuego — añadió con visible satisfacción—. Es, pues, preciso que usted me perdone, amigo mío.

—No, madame Brigitte —protestaba monsieur Puybaraud—. No puedo soportar que usted se humille ante mí. ¡Yo no soy digno!

Pero ella no quería oír nada y pretendía conservar el beneficio de su gesto: el gasto estaba hecho y no le costaba nada lanzarse al extremo de una humillación que obligaba a su víctima a presentarle armas y que la engrandecía a sus propios ojos (una malla más del tejido de perfección).

—Además, usted juzgará por mi conducta hacia Octavie y usted, si les guardo el menor rencor. Le he dicho lo que en conciencia debía decirle. Ahora, ya está hecho todo, y les encomiendo a los dos a Dios, y no tendrá usted una amiga más leal que yo en esta vida nueva tan llena de trampas, y me temo que de pruebas, que se abre ante usted.

Monsieur Puybaraud le tomó la mano y la llevó a sus labios con fervor: ¿qué sería de ellos sin madame Brigitte Pian? La situación de Octavie en la escuela libre, la suya en el Comité dependían, en suma, de ella. Bastaba con que dijera una palabra… Observaba el rostro de su bienhechora que, de pronto, quedó exento de toda expresión. Las palabras de Brigitte Pian se hicieron vagas. Hablaba de la Providencia a quien hay que confiarse, que no nos abandona jamás y que nos sigue con amor en los momentos más duros y cuando nos creemos abandonados. Y, como Puybaraud volviera a lo suyo, ella le repitió que nada podía decidir, no siendo más que una voz en el «Consejo», como las demás miembros del Comité.

—¡Oh, madame Brigitte! —insistió él—. Usted sabe que si toma nuestra causa bajo su amparo…

Pero aquella mañana mi madrastra tenía la vena de la humildad y cuanto más monsieur Puybaraud quería que fuese poderosa para sostenerle a él y a Octavie en sus funciones, más se empequeñecía, y experimentaba una gran alegría empequeñeciéndose, anonadándose.