La farisea
Capítulo once
Mi existencia estaba entonces estrechamente unida a la de Brigitte Pian. La salita en que ella trabajaba y recibía sus visitas, separaba mi habitación de la suya. La puerta permanecía siempre entornada, y la cerraba cuando venía alguien. Pero, por poco que ella levantase la voz, una voz que por naturaleza ya era sonora, seguía sin esfuerzo las conversaciones, sobre todo, en invierno, cuando las ventanas permanecía cerradas y desde el paseo de la Intendance no llegaba a nosotros más que un rumor ahogado.
Cuando reconocía la voz de monsieur Puybaraud salía algunas veces a saludarle, pero no siempre. Y lo más frecuente era que, en el momento de despedirse, acudiera a darme un beso. Mi actitud con respecto a él había cambiado al mismo tiempo que su posición en el mundo. Este hombre humilde y frágil, a quien un delgado abrigo de confección apenas defendía contra el frío, y cuyos zapatos no habían sido limpiados, no podía inspirarme la misma deferencia que el maestro de levita de quien había sido un alumno querido.
Debo reconocer en justicia que su aspecto excitaba mi piedad, o cuando menos, esa especie de malestar ante la miseria de los demás, ya que así nos habíamos acostumbrado a llamarla. Pero cuando reflexionaba en la desgracia de monsieur Puybaraud me era de todo punto imposible no estar de acuerdo con Brigitte Pian y no dejar de despreciarle por haber cedido a un atractivo que yo entonces ignoraba, aun cuando me sintiera ya inclinado a considerarlo con desconfianza y disgusto. Yo no hubiera sentido la misma repulsión de los signos aparentes de su decadencia si no hubiesen correspondido para mí a una realidad de orden espiritual y si, por su matrimonio, monsieur Puybaraud no hubiera, a mis ojos, decaído voluntariamente de un estado superior. He cambiado poco sobre este particular: creo que toda la desgracia de los hombres procede de no poder permanecer castos y que una humanidad casta ignoraría la mayor parte de los males que nos anonadan, incluso aquellos que parecen no tener relación directa con las pasiones de la carne. Un pequeñísimo número de personas me han sugerido la idea de que la felicidad en este mundo, por la bondad y el amor, estaría en aquellos en quienes el corazón y la sangre estuvieran soberanamente dominados.
Monsieur Puybaraud iba cada quince días a recibir de mi madrastra los subsidios de que vivía el matrimonio. Los demás días vagabundeaba por la ciudad en busca de una colocación inhallable. Octavie, encinta, pero con el peligro de abortar, debía permanecer en cama hasta el parto y no podía hacer absolutamente nada. Yo había oído decir que una hermanita asuncionista les arreglaba la casa por la mañana. Esto era todo lo que yo sabía de aquella desgraciada pareja. Por otra parte, tampoco me preocupaba por ellos.
Sin embargo, me había dado cuenta de que las entrevistas bimensuales de monsieur Puybaraud y de mi madrastra, si bien terminaban todas con la entrega de un sobre, representaban, como consecuencia, una larga discusión a media voz, no sin algunas sordas violencias. Por parte de monsieur Puybaraud, la actitud era apremiante, de súplica, a lo que mi madrastra oponía un acento, que yo conocía muy bien, de obstinada negación. Y, de pronto, hablaba sola, con el tono de alguien que dicta la ley a un ser inferior y dominado, reducido al silencio.
—Sabe usted muy bien que será así porque tal es mi voluntad, y deberá usted terminar por obrar por su cuenta y riesgo —exclamó un día con voz lo suficientemente alta para que yo pudiera oírlo todo—. Y cuando digo mi voluntad, me expreso mal, porque nosotros no debemos hacer lo que queramos, sino lo que Dios quiera. No espere que continúe siendo su cómplice durante mucho tiempo.
Entonces, mi antiguo maestro, a pesar de todo lo que debía a mi madrastra y de depender totalmente de ella, le reprochó seguir los dictados de la ley antes que los de la humanidad, y llegó a descomedirse de tal modo como para decirle que en lo que concernía a sus escrúpulos echaba siempre el resto contra el prójimo y que la delicadeza y el rigor de su conciencia los manifestaba siempre contra alguien que no era. Añadió que no la dejaría en paz hasta haber conseguido lo que pedía. Yo, a través de la puerta, no había podido averiguar de qué se trataba. Mi madrastra, fuera de sí, le dijo que puesto que su actitud era esa, sería ella la que se iría. Segundos después, completamente pálido, monsieur Puybaraud entraba en mi habitación. Llevaba en la mano el sobre que ella le había lanzado al rostro. Sus pantalones tenían rodilleras. No llevaba puños y su corbata negra, como el cuello almidonado, eran los restos de sus desechos del colegio.
—¿Has oído? —me preguntaba—. Te hago juez a ti, Louis…
No creo que muchos niños hayan sido, como yo lo fui a menudo, elegidos como árbitros por las personas mayores. Esta confianza que yo inspiré ya a mi maestro la noche en que me hizo entrega de una carta para Octavie Tronche, le impulsaba todavía a recurrir a mis buenos oficios, confianza razonada y que en él procedía de la devoción que había tenido siempre a la infancia. Según él —y había tenido el error de expresar estas opiniones ante mí—, los muchachos entre siete y doce años poseían el privilegio de una singular lucidez de espíritu y, a veces, de un genio increíble que se disipaba al acercarse a la pubertad. A pesar de mis quince años, yo había conservado a sus ojos todo mi prestigio de niño. ¡Pobre Puybaraud! El matrimonio no le había embellecido. Estaba casi calvo. Algunos mechones rubios apenas si bastaban a cubrir su cráneo. Las mejillas habían enrojecido en los pómulos de aquella cara exangüe, y tosía.
Como durante aquellos tiempos en que, en Larjuzon, me explicaba los textos latinos, acercó una silla a la mía.
—Tú me comprenderás…
Sólo me tuteaba durante las efusiones de su confianza y cuando se dirigía al niño de genio infalible. Me explicaba que el médico no creía que Octavie pudiera llegar al término normal de su embarazo, sin gozar de un absoluto reposo de cuerpo y alma. Había, pues, creído prudente evitar la más lancinante de las inquietudes que atormentaban a su mujer, engañándola sobre el origen de la pequeña suma que él le entregaba cada quince días. Ella ignoraba que este dinero procediera de mi madrastra y creía que su marido se ganaba la vida y había obtenido, por fin, los emolumentos del Arzobispado.
—Sí, he inventado esta mentira y la sostengo a diario a costa de qué sufrimientos y qué vergüenzas. Pero ¿debemos considerar mentiras los fingimientos a que nos vemos obligados por causa de un enfermo? He aquí lo que yo no sabría admitir, a pesar de todas las razones de madame Pian…
Me miraba fijamente como si esperara la contestación de un oráculo. Yo me encogía de hombros.
—Deje usted que diga, monsieur Puybaraud. Desde el momento en que está usted de acuerdo con su conciencia…
—No es tan sencillo, Louis… Primero, porque a Octavie le extraña que madame Pian no haya ido a verla desde que está en cama… Hasta hoy, tu madrastra se ha negado a visitarla «mientras yo no haya reparado la ofensa hecha a la verdad», como ella ha tenido el desparpajo de decirme. Esto me ha obligado a inventar para Octavie una serie de explicaciones que no puedes ni imaginarte; porque la mentira engendra la mentira, debo, a este aspecto, rendir mis armas ante madame Pian. Éste es un laberinto sin salida. En fin, mejor o peor, he salvado las apariencias… Pero, ahora, madame Pian me ha amenazado; me ha dicho que, honradamente, no se cree en el deber de continuar siendo mi cómplice por más tiempo: exige que le diga a Octavie el origen de mis ingresos… ¿Te imaginas esto?
Lo imaginaba muy bien y le dije a monsieur Puybaraud que lo que me extrañaba era que mi madrastra hubiera dejado pasar tanto tiempo sin descubrírselo a Octavie. No se lo dije, pero le di a entender que admiraba ese rigor. Ya entonces había empezado a leer a Pascal en la edición de Brunschwicg. El tipo de Brigitte Pian se elevaba y embellecía a mis ojos por comparación con la madre Inés y la madre Angélica y todas las orgullosas de Port-Royal. Vuelvo a ver ahora a ese niño impecable que yo había sido entonces, sentado ante un fuego de leños, apoyado en una mesa cargada de diccionarios y cuadernos, y frente a mí, a aquel hombre extenuado que acercaba a los tizones sus pequeñas manos blancas y sucias, y cuyos agujereados zapatos humeaban el vapor de su humedad. Lo que su mirada tierna y de hombre derrotado veía en las llamas era la imagen de una mujer yacente con su precioso fardo, a quien veía entonces amenazada. Había en todo una realidad que Brigitte no quería tener en cuenta y de la que él no podía dejar de hablarme.
Mi madrastra le repetía:
—Se lo he advertido ya, y por tanto, no es a mí a quien debe hacer responsable.
Era cierto que todo ocurría tal como ella lo había previsto y que los acontecimientos le daban sobradamente la razón para que no experimentara una confianza fortalecida por las inspiraciones y luces que le llegaban de Dios.
—Me ha amenazado, advirtiéndome que mañana irá a ver a Octavie a última hora —añadió monsieur Puybaraud con voz sombría—. Nos llevará algo de comida, pero exige que de aquí a entonces haya preparado a Octavie para que conozca mi verdadera situación. ¿Qué voy a hacer? Quisiera evitar a mi pobre mujer el espectáculo de mi vergüenza. Tú sabes que yo no tengo sangre fría. No podría contener las lágrimas…
Le pregunté por qué no buscaba algunos alumnos. ¿No podría dar clases de ampliación de estudios? Movió la cabeza. Carecía de diplomas y su matrimonio le había cerrado la mayor parte de las puertas de las casas donde hubiese podido tener alguna suerte en este aspecto.
—¡Qué lástima que yo no tenga necesidad de un profesor particular! — dije con satisfacción—. Pero soy siempre el primero de clase…
—¡Oh, tú! —me dijo con tierna admiración—. Tú ya sabes tanto como yo. Prepara oposiciones, colecciona pergaminos. Tú no los necesitarás, pero nunca puede decirse… Si hubiese sido licenciado solamente…
Hijo de una modesta familia a quien sus futuros colegas habían educado por caridad, puesto que se daban cuenta de su valor, el joven Léonce Puybaraud aprendía todo cuanto quería, y hubiese podido ir muy lejos si desde los dieciocho años no se hubiera recurrido a él para las suplencias, porque el colegio carecía de profesores. Con todo y dar clases, había debido formarse autodidácticamente, llegando a conocer la literatura sólo por antologías y a través de manuales. Como desquite, había comprendido mucho mejor que muchos universitarios a los grandes maestros de Grecia y Roma. Y, ahora, toda su ciencia no le bastaba para ganarse los trescientos francos mensuales que le eran necesarios.
Deseaba que se fuera y hojeaba mi diccionario para que comprendiera que no tenía tiempo que perder. Pero él se demoraba, entregándose a esa atmósfera tibia y dulce junto a un niño a quien acariciaba, preguntándole la forma de advertir a Octavie sin que le produjera una impresión demasiado grande…
—¿Por qué se lo dice usted mismo? —le sugerí—. Podría usted encargar a alguien… Por ejemplo, a la hermanita asuncionista, que va todos los días…
—¡Muy buena idea, Louis! —exclamó, golpeando sus delgadas piernas—. No hay nadie que vea tan claro como tú en una situación difícil. Esa hermanita es una santa que quiere mucho a Octavie y a quien también admira mi mujer. Es hasta un curioso espectáculo ver a esas dos criaturas juzgándose inferiores la una a la otra. Quisiera que madame Pian las viera como las veo yo… Sabría entonces lo que es la verdadera humildad…
Monsieur Puybaraud se interrumpió al verme fruncir los labios, porque se dio cuenta de que yo dependía de Brigitte Pian mucho más de lo que él mismo había dependido.
Al día siguiente, a media tarde, Brigitte Pian descendió de un landó ante la casa de la calle Mirail donde el matrimonio Puybaraud ocupaba un piso amueblado que ella misma había elegido y cuyo alquiler pagaba. Llevaba en las manos numerosos paquetes, hasta el punto de que no pudo recogerse las faldas al subir aquellas horribles escaleras. El agua sucia procedente de los pisos se deslizaba en un franco reguero. Brigitte Pian conocía aquel hedor; su nariz de dama caritativa se había familiarizado con él. La miseria de las ciudades tiene en todas partes el mismo olor de guisados y letrinas. Todavía no quiero ceder a la tentación de volver contra Brigitte Pian los actos mejores de su vida. Cualesquiera que sean las profundas razones que opusiera, se mostró siempre muy caritativa e incluso, en ciertas ocasiones, no regateó su ayuda personal junto a enfermos graves. Por otra parte, tenía como principio que era mucho mejor proteger a un pequeño número de desventurados que repartir entre muchos limosnas insuficientes; y yo recuerdo, cuando salíamos de compras, que ella iba a comprar hilo, lana o comestibles en tiendas alejadas del centro de la ciudad, propiedad de protegidos a quienes se desvivía en apartar de su inveterada costumbre y a quienes enviaba sus amistades. Por otra parte, no escatimaba a esos comerciantes ni las chillerías, ni las observaciones, ni los reproches, y se escandalizaba de la ingratitud de la gente que se obstina en no triunfar, a pesar de la ayuda pecuniaria que se le facilita.
No procedió de mejor manera con los Puybaraud y, con todo y alimentarlos, dejaba que se debatiesen en la miseria. ¿Lo hacía deliberadamente? ¡Quién puede asegurarlo! Tal vez ni siquiera ella lo supiese. Me inclino a creer que le parecía bien que fuesen tan evidentemente castigados por haberse desviado de su camino. Constituía un triunfo constante tener a los Puybaraud bajo su total dependencia. En cuanto a sus sentimientos con respecto a Octavie, hubiese sido ella la primera que se hubiera estremecido de haberlos conocido.
El primer objeto que llamó la atención de Brigitte en la habitación de la enferma fue un piano cruzado, perpendicular al lecho, contra la cabecera del cual parecía apoyarse, y que obstaculizaba la habitación hasta el punto de que era difícil moverse entre el armario, la mesa y la cómoda llena de frascos, tazas y platos sucios. Monsieur Puybaraud hacía lo imaginable todos los días para acabar con el orden que dejaba tras de sí la hermanita. Durante el mutuo cambio de cortesías y preguntas y respuestas con respecto a Octavie, los Puybaraud se dieron cuenta, ¡y con qué angustia!, de que ya aquel piano había «llamado la atención» de madame Pian y que ella iba a comenzar su investigación. La casa que se lo había alquilado había prometido retirarlo. Pero había faltado a su palabra. Aquella misma mañana, monsieur Puybaraud había insistido inútilmente. ¿Cómo explicar a Brigitte Pian que hubieran podido privarse de aquel capricho absurdo, puesto que ninguno de los dos sabía tocar el piano, a pesar de que experimentaban el mismo placer tratando de hallar, con un dedo, sobre el teclado, las tonadas de las canciones? Aun cuando no se hubiesen encontrado en plena miseria, aquel alquiler hubiese sido difícil de justificar; pero cuando se está reducido a vivir de la caridad ajena…
Octavie se apresuró a abordar un tema capaz de desviar la atención de madame Pian. Desde el fondo de su corazón, le agradeció no haber permitido a Léonce que la engañara más tiempo con respecto al origen del dinero que recibía cada quince días. Él lo había hecho con buena intención y por lástima de ella. Pero desde hacía tiempo, había empezado a dudar y había creído, al principio, en una estratagema de madame Pian, que, como todos sabían, procuraba esconderse para hacer el bien, lo mismo que otros para hacer el mal. Tampoco Octavie carecía de este defecto, tan extendido en los medios en que había sido educada, y donde las lisonjas nada cuestan cuando se dirigen a las personas influyentes y ricas de quienes se depende. Añadió que comprendía el escrúpulo de madame Pian y que lo compartía. Ésta, que escuchaba distraídamente, con la vista vuelta hacia el piano, le interrumpió para asegurar que había lamentado verse obligada a entristecer a monsieur Puybaraud, que quizás ella hubiese tenido la debilidad de ceder de haberse tratado de una persona como las demás, como tantas hay y que nada entienden de las cosas de Dios. Pero había considerado que una cristiana como Octavie no debía ignorar ninguna de las consecuencias de sus actos, ni las pruebas a las que la Providencia la quería someter. «Desde el momento que era designio suyo hacer que vivieran gracias a la caridad de una amiga, y permitir que monsieur Puybaraud no encontrara ninguna colocación que le conviniera, no me he creído con el derecho de hacerle perder los beneficios de esta lección».
Monsieur Puybaraud, después de haber apuntado en su Diario estas palabras que califica de atroces, añade: «No juraría que las hubiese pronunciado con una ironía consciente, sino con verdadera satisfacción por poder basar en un pretexto, inatacable desde el punto de vista religioso, su profundo placer de haber tenido razón contra nosotros hasta tal punto que, entre la más negra miseria y nuestro matrimonio, hubiera ese pequeño sobre que iba necesariamente a buscar a su casa dos veces al mes».
—Es curioso —dijo Brigitte Pian—, este piano no figura en el inventario que me enviaron cuando alquilé este piso para ustedes.
—No —respondió Octavie con voz temblorosa—. Ha sido una horrible locura de la que soy la única responsable.
Y la miró con aquella tierna sonrisa que desarmaba y a la que pocas personas podían resistir; pero el entrecejo de la bienhechora continuaba fruncido.
—Perdón, querida —interrumpió monsieur Puybaraud—. Fui yo quien te lo propuse y pensé antes en mi satisfacción que en la tuya.
¡Qué error haber llamado «querida» a su mujer delante de Brigitte Pian! Había detestado siempre el impudor de las parejas que, con el pretexto de su legitimidad, materializaban en una palabra o en un ademán su innoble intimidad. Pero entre aquellos dos seres, era ya demasiado.
—¿Debo entender —preguntó con voz demasiado dulce— que han alquilado ustedes el piano?
Los acusados inclinaron la cabeza.
—¿Algunos de ustedes es, pues, capaz de dar lecciones?
Yo creía que ignoraban el solfeo hasta el punto de no saber las notas.
Octavie dijo que ambos habían creído poder permitirse esa distracción.
—¿Qué distracción? ¿La de tocar con un dedo como le he visto hacer en la escuela libre, corriendo el riesgo de ponerse en ridículo ante los ojos de los alumnos?
Y Brigitte Pian, que no reía más que en muy raras circunstancias, emitió una especie de cloqueo.
Octavie bajó la cabeza. Sus cabellos rubios y deslucidos, peinados en dos trenzas, caían sobre cada uno de sus hombros, y su pecho se agitaba violentamente bajo el camisón de basta tela.
—Es cierto que hemos cometido una insensatez, madame Pian —dijo monsieur Puybaraud—. Pero, por favor, que Octavie no se impresione — murmuró en voz baja—. Si usted quiere, le hablaré de ello en mi próxima visita. Le explicaré…
—Sí —contestó ella—. Perdonen. Hablaremos tranquilamente en otro lugar: me dirá usted con qué dinero ha alquilado este piano.
—Con el suyo, qué duda cabe… Comprendo que cuando se vive de caridad es imperdonable gastar veinte francos al mes para tener un piano cuando no se sabe tocar. Pero, si me lo permite, dejemos la explicación para otro momento.
—¿Qué explicación? Todo está explicado. Todo es clarísimo —replicó Brigitte, siempre a media voz; pero Octavie no perdía una sola de sus palabras —. Creo que no hay nada más que decir. Ninguno de ustedes parece darse cuenta de que han ido demasiado lejos. Tengan en cuenta que no hago de ello una cuestión de dinero. No se trata de dinero…
Monsieur Puybaraud la interrumpió recordándole que ella misma había dicho que no había más que decir, y abrazó a Octavie, a quien ahogaban los sollozos. Pero Brigitte Pian, molesta por las lágrimas de Octavie, se hallaba poseída por esa cólera que apenas podía dominar y en la que ella reconocía humildemente el signo de esa naturaleza de fuego que el cielo le había otorgado. A pesar de que se esforzara en no levantar la voz, sus violentas y mal contenidas palabras silbaron entre sus apretados dientes.
—Esto me servirá de lección. Incluso la virtud tiene un límite. En adelante, deberé ponerme en guardia contra cualquier clase de debilidad, y por caritativa que yo haya sido con ustedes, no pretenderán llevar esta bondad hasta la tontería…
—Le suplico que se calle o que se vaya. ¿No ve usted el estado en que se pone Octavie?
Y monsieur Puybaraud llegó a cogerla del brazo y empujarla hasta la salida.
—Bien, amigo mío, ¿se atreve a tocarme?
Por este solo atentado, Brigitte Pian se consideró, de pronto, transportada a la cumbre de su acostumbrada perfección.
—No, Léonce —gimió Octavie—, es nuestra bienhechora. Eres tú quien me hace daño tratándola como no merece.
Pero monsieur Puybaraud, poseído por la rabia de los débiles, y como Brigitte estuviera ya en el rellano, gritó un poco demasiado fuerte:
—Estamos en nuestra casa, querida.
La alta silueta de mi madrastra se destacó en el zaguán.
—¿De veras es su casa?
El triunfo había llegado a ella tan fácilmente que se consideraba poseída por una paz que creía celestial. En verdad, nada hubiera podido añadir a estas palabras que hacían enmudecer a su miserable adversario. Pero no pudo contener este último rasgo:
—¿Quieren que les envíe todos los recibos del alquiler? Creo que no figura en ellos el nombre de ustedes.
Monsieur Puybaraud cerró la puerta, se acercó al lecho en el que Octavie lloraba con la cara entre las manos, y la abrazó, estrechándola contra su pecho.
—Has cometido una equivocación, Léonce. Se lo debemos todo y, realmente, este piano…
—Cálmate, querida. Harás daño al niño.
Llamaba niño a lo que aún no había nacido, a la adorada criatura que quizá no naciera jamás. Y como monsieur Puybaraud repitiera a media voz, apretando contra sí la cabeza de su mujer: «¡Horrible mujer!».
Octavie protestó:
—No, Léonce, no está bien. Su carácter tiene defectos. El carácter es el escollo de todos. Es fácil no cometer esos crímenes cuyas ocasiones Dios aleja de nosotros; pero vencer la naturaleza día a día es algo a lo que no se llega si no se posee una gracia particular. A Brigitte Pian le ha faltado sólo la regla de un convento.
—Si hubiera estado en uno, ella lo hubiese dirigido y hecho temblar a toda la comunidad, en la que hubiera elegido cuidadosamente a sus víctimas. Al contrario, hay que felicitarse de que nadie la haya dirigido en este sentido, haciéndola entregarse en cuerpo y alma al claustro. Allí es donde Brigitte Pian hubiese dado de sí todo lo imaginable. A nosotros dos nos queda, cuando menos, la libertad de morir de hambre sin volver a verla jamás.
—Concedo que ella hubiese ayudado a la santificación de sus hermanas —dijo Octavie todavía llorosa, pero con una pálida sonrisa—. Habrás visto que en la vida de las grandes religiosas, algunas veces, ha sido una superiora de la raza de Brigitte Pian quien las ha ayudado a conquistar el cielo por los caminos más ásperos y, al mismo tiempo, más cortos, porque no dejan que a nadie se le envejezcan los huesos… No —añadió—, no quería decir esto. Nuestra bienhechora… ¡Oh, qué terrible es esto!
Callaron un instante; monsieur Puybaraud, sentado sobre el lecho, tomó uno de los bizcochos que había llevado Brigitte, se lo comió a pequeños bocados y preguntó luego:
—¿Qué será de nosotros?
—Ve a verla mañana —dijo Octavie—. La conozco: le habrá remordido la conciencia esta noche y será la primera en excusarse. En todo caso, Louis arreglará las cosas.
Pero él no quería: no, nunca más se expondría a ser tratado de aquel modo.
—Es muy duro humillarse; es lo más duro que hay, sobre todo, para un hombre de tu valor. Pero es lo que se exige de ti.
—Lo más terrible es que ella imagina que Dios le ha dado la razón porque todo nos sucede como ella lo había previsto. ¿Crees tú, de veras, que estamos purgando un pecado?
—No —protestó ella ardientemente—. Estamos sometidos a una prueba. No nos hemos engañado. Tu vocación tenía que unirse a la mía. Madame Pian no comprende que hemos sido llamados a sufrir juntos.
—Sí, incluso de este sufrimiento nace toda nuestra felicidad.
—¿De veras no te arrepientes de nada?
—Sufro por no poder ganar nuestra vida —suspiró él—, pero si nos fuera dado el niño… entonces, nada tendría importancia ante esta alegría.
Y ella le dijo al oído:
—No pienses demasiado en ello. No tengo muchas esperanzas.
—¡Cómo! ¿Qué te hace decir esto? ¿Acaso te ha dicho el médico algo que yo no sé?
La estrechaba a preguntas y ella sacudía la cabeza; no, el médico no le había dicho nada. Temía que quizá también se les exigiera eso.
—No —repetía monsieur Puybaraud, mientras ella le decía que era necesario resignarse de antemano y con todo el corazón, como Abraham lo había hecho, y que quizás entonces Isaac les sería dado.
Monsieur Puybaraud continuaba diciendo «no», pero con menos energía. Después, se arrodilló y, con la frente apoyada en las sábanas, respondió con voz ahogada a las plegarias de la noche que Octavie había comenzado a rezar.
Después de la última invocación, ella se calló y cerró los ojos. Entonces, monsieur Puybaraud encendió una vela, se acercó al piano cuyas teclas brillaban y con un dedo vacilante buscó en ellas la tonada que más le gustaba de todas del cántico cantado por los niños el día de su primera comunión y cuyas palabras repetía a media voz:
El Cielo ha visitado a la Tierra,
mi Amado reposa en mí…