La farisea

François Mauriac · Capítulo 10 de 16

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La farisea

Capítulo diez

 

Me despertó el canto de un gallo. ¿Era ya el alba? Encendí una cerilla. Todavía no eran las cinco. Decidí esperar aún. Aquel viaje a Baluzac, que Michèle no había podido conseguir de mí, estaba dispuesto a intentarlo aquella mañana por mi cuenta y riesgo. El día anterior, por la tarde, después de la visita de monsieur Calou, había sabido por mi madrastra que Mirbel no volvería aquel año al colegio. ¿Me había visto ella estremecerme? ¿Había comprendido todo lo que eso representaba para aquel muchacho un poco pálido, que aparentaba indiferencia? Añadió que esto había modificado sus proyectos, puesto que, al principio, había dispuesto, de acuerdo con mi padre, buscarme otro colegio para sustraerme a la influencia de aquella oveja descarriada; pero esto ya no era necesario. No encontraría a monsieur Puybaraud; pero también ella se felicitaba por esta ausencia. Yo estaba demasiado inclinado a la sensiblería y monsieur Puybaraud había sido para mí un pernicioso maestro.

Jean, en Baluzac; Michèle, pensionista… ¿Y yo? Aquel día, por primera vez, había visto desvelada a mi vieja enemiga, la soledad, con la que tan bien me avengo hoy. Nos conocemos; me ha asestado todos los golpes imaginables y ya no sabe dónde golpearme. No creo haber evitado ninguna de sus asechanzas. Ahora, ha terminado ya de torturarme. Atizamos juntos el fuego durante esas noches de invierno en que la caída de una «piña» o un rumor nocturno tienen para mi corazón tanto interés como una voz humana.

Ver de nuevo a Jean, por última vez, a toda costa… Hacer un plan para poder escribirnos… Me sería fácil escribirle; pero ¿dónde podría dirigir mis cartas? ¿Qué hacer para recibir su correspondencia en la lista de Correos? Verle por última vez; convencerme de que aún existía a sus ojos y de que Michèle no lo había acaparado todo. El color rosa de las cortinas enrojecía débilmente. Amanecía. Me vestí conteniendo el aliento. El suelo no había crujido; sólo la pared me separaba de la inmensa habitación en que se hallaban las camas de caoba de los señores Pian, tan distantes una de otra como era posible.

Mi puerta se abrió sin el menor ruido. A decir verdad, los peldaños de la escalera crujieron, pero Brigitte no tenía el sueño ligero. Saldría por la cocina para estar seguro de que no había sido oído. La llave estaba en el lavadero.

—¿Dónde vas tan temprano?

Contuve un grito.

Ella estaba allí, en la curva de la escalera, rígida a la pálida luz, vestida con una bata de color amatista. Una gruesa trenza, como una enorme serpiente con una cinta roja en el morro, le llegaba a la cintura.

Y de nuevo:

—¿Adónde ibas? Di. Responde.

Ni se me ocurrió mentir. Ella lo sabía todo antes de que yo hubiese abierto la boca; por otra parte, la desesperanza me había dejado sin fuerzas. La desesperanza, indudablemente; pero me lancé a ella para salvarme: intenté salvarme recurriendo a esa loca sensibilidad cuya manifestación asusta incluso a las personas más terribles y las obliga a cuidarme en vez de castigarme. Tuve un estertor, me ahogaba, fui demasiado lejos y no pude contenerme. Brigitte me levantó con sus brazos vigorosos y me llevó hasta su habitación, donde mi padre, que se había despertado sobresaltado, incorporado en la cama, se creía víctima de una pesadilla.

—Vamos, cálmate, no te voy a comer. Toma, bebe un vaso de agua. Es agua de azahar.

Me había oído desde su cama. Yo sollozaba:

—Lloro porque no le veré nunca… Quería despedirme de él…

—Se trata de Mirbel —dijo Brigitte a Octave—. ¡Esto es todo! Hay que preguntarse si no es demasiado tarde para reaccionar. ¡Qué morbosa sensibilidad! ¡Pobre criatura —añadió con desprecio—, qué herencia!

—¿Por qué hablar de herencia ante él? —preguntó mi padre con el mismo tono—. ¿Qué quieres insinuar?

—¡Como si insinuara algo!

—¿No me crees?

Y sonriendo burlonamente repetía, con la cabeza baja: «¡Vaya, vaya!».

Jamás había visto tan pálido a mi padre. Estaba sentado en su cama; sus piernas, negras a causa del vello, no llegaban a tocar el suelo. Gruesas venas azules hinchaban sus pies de dedos deformes. A través de su camisón abierto, su pecho mostraba un mechón de pelo gris. Las piernas eran horriblemente delgadas, casi héticas. Brigitte, de pie, con su bata de obispo, con el cabello estirado desde la frente y con aquella enorme trenza gruesa y brillante, lo miraba con una mirada odiosa y circunspecta a la vez.

Mi padre se levantó, me tomó en sus brazos y me llevó a mi cama. Yo sollozaba apretándome contra su camisa. Me tapó de nuevo con las sábanas. Un pálido sol entraba a través de las flores de lis abiertas en las hojas de las ventanas. Oí de nuevo aquel tono de voz que me decía:

—Sécate los ojos, idiota. Suénate y duerme.

Y, al mismo tiempo, me apartaba el pelo de la frente y me contemplaba como si no me hubiera visto nunca.

 

Debí no haber sabido nunca lo que voy a contar aquí —con qué turbación, con qué vergüenza, pero es preciso—, y que no supe hasta el día siguiente de la Gran Guerra, en que me reconcilié con mi tío Moulis, un hermano de mi padre, de quien había estado separado toda mi vida por una de esas desavenencias familiares que nada tienen que ver con este relato. Había querido mucho a su hermana Marthe y deseaba conocerme antes de morir. Era arquitecto de la ciudad, como lo había sido mi abuelo. Había vivido siempre «como un bohemio, como un artista» y esto había sido la causa de que Brigitte Pian lo detestara, considerándolo como una fuente de esa corrupción en la que, según ella, mi madre había sido educada y se había perdido. Este cínico y viejo solterón, veinte años después de que el acontecimiento hubiera ocurrido, me puso al corriente de las circunstancias que habían señalado mi venida a este mundo. No podía probarme que yo no fuese el hijo de Octave Pian; pero creía más probable que debiese la vida a un primo hermano de mi madre, Alfred Moulis, «bello como el día», según me dijo mi tío; pero en la fotografía que me enseñó de él nada existía de ese encanto y no experimenté placer ninguno ante la idea de haber nacido de aquel muchacho de pelo rizado y cabeza de carnero. Desde su infancia, había sentido una gran adoración por su prima y ella le había correspondido. No me extenderé sobre detalles odiosos y no diré más que lo indispensable con respecto al papel descubierto por mi madrastra en los primeros años de su matrimonio.

Según el tío Moulis, se trataba de un memorándum escrito por mi madre, una especie de cálculos de aproximación de fechas, de los que se deducía que de ser yo hijo de Octave había nacido dos meses antes; y cierto es que cuando nací no tenía el peso normal y que hubieron de prestarme cuidados extraordinarios para salvarme. ¿A qué uso estaba destinado aquel papel? Mi tío creía que se trataba del borrador de una carta, pero no estaba seguro.

Pero Octave Pian tenía una razón que creía que no conocía más que él para dudar de que yo fuese su hijo, y a la que este documento dio mucha fuerza. El tío Moulis la tenía de su hermana… ¡Cuán delicado es referirse a estas cosas y cuán necesario sería poder utilizar otro lenguaje para ellas! Creí comprender que Octave pertenecía a esa especie de hombres muy extendida a quienes el exceso de su amor paraliza: suplicio atroz, sobre todo, cuando la pasión no es compartida y esa ridícula desesperanza es observada por un ojo frío y burlón.

 

Quisiera que el lector sintiera toda la repugnancia que yo experimento al escribir estas cosas y, conste que se trata de una historia en la que nada es invención, porque un novelista huye por instinto de esta especie de temas que causan horror. Pero desde el momento en que renunciamos a la ficción para seguir la pista de los destinos que realmente se han atravesado con el nuestro, caemos a cada instante en esas miserias de los sentidos, en esas aberraciones o, peor aún, en esas insuficiencias de las que detestamos oír hablar, tanto más cuanto que entre nosotros pocos o muchos han sido victimas de ellas. Renan dice que la verdad es quizá triste, y se refiere a ella en el plano metafísico. En el nivel humano, no sólo es triste, sino ridícula y vergonzosa, hasta el punto de que el pudor nos impide expresarla. De ahí el silencio en que se envuelve; y es preciso el escándalo de un proceso de separación o de divorcio para que se haga pública.

 

En octubre, cuando volví a la ciudad con mi madrastra, Octave Pian se quedó en Larjuzon. La separación de los dos esposos se había consumado sin haber sido decidida entre ellos. Todo se hizo con la mayor naturalidad. Mi padre, que no poseía aún el documento —olvidado por azar en un cajón de su habitación y que no debía tardar mucho tiempo en descubrir—, había sido preparado y «dispuesto» por Brigitte para verme partir sin pena, y para preferir la soledad y pasar el invierno en el campo antes que la convivencia con una mujer execrada y la presencia de ese hijo ante el cual se despertaba su angustia. El recuerdo que conservo de él es el de un hombre entregado a esa especie de estupor, a ese estado de soñolencia del que se había evadido unos días antes para defender a Michèle. Supongo que había comenzado a beber a partir de entonces, pero debió de entregarse totalmente a la bebida después de nuestra marcha.

Michèle estaba a pensión con las Corazonistas y yo me quedé solo con mi madrastra. Hasta mi bachillerato, en aquellos dos años grises, sufrí menos de lo que había imaginado. Estudiaba con facilidad, y Brigitte no tenía que temer apenas que se aburriese aquel muchacho taciturno que por las noches estudiaba sus lecciones y preparaba sus deberes sin que fuera necesaria vigilancia alguna. Mi padre fue a la ciudad una vez al mes durante aquel primer año, el día que salía Michèle, y nos llevaba a los dos a comer a un restaurante. Conservo aún esa impresión de alegría que experimentaba al elegir de la carta mis platos preferidos: ostras, lomo de liebre y cordero guisado. La seguridad de que Michèle y Jean estaban separados quizá para siempre parecía haber adormecido mi ternura y, al mismo tiempo, mis celos, salvo algunas veces, en sueños: siempre he tenido que sufrir para saber que amaba.

 

Debo referir aquí dos incidentes que dejaron en un punto muerto mi amistad por Mirbel. Una noche del primer invierno transcurrido en la ciudad, al regresar del colegio, mi madrastra, sin separar la vista del libro, me dijo:

—Hay una carta para ti.

Su afectada indiferencia no me engañó.

—Es de Mirbel —dije, después de mirar el sobre.

E, inmediatamente, con esa astucia de los niños para manejar a los padres difíciles, le pregunté cándidamente:

—¿Debo leerla?

Brigitte tuvo un movimiento de vacilación, y luego, decidió entregármela, pero con la idea de que se la sometiera si yo juzgaba que era mi deber. No me miró un solo instante mientras descifraba aquella carta en la que Jean de Mirbel, después de haberme descrito la «espantosa vida» que llevaba en el presbiterio de Baluzac, una «vida capaz de inducirle a uno a levantarse la tapa de los sesos», me rogaba que le enviara noticias de mi hermana.

«… y tal vez pueda ella añadir unas palabras a tu carta. Esto sería para mí un motivo de dicha y ella no quebrantaría su promesa. Dile que nadie puede saber lo que es vivir en un cochino pueblo perdido en medio de los pinos, siempre con la compañía de un cura que es un excelente tipo, no digo lo contrario, y que hace cuanto puede por mí. Pero yo no soy un excelente tipo, y ésta es la desgracia. Dile solamente que tres líneas sería ya mucho para mí. No puede imaginar lo que esto me ayudaría…».

Recuerdo mi helada cólera a medida que leía la carta en la que nada hallaba destinado para mí. La irritación dominaba la pena. Puesto que las cosas eran así era mejor no pensar en ellas, y hacer tabla rasa con todo… A lo largo de mi vida, he sentido frecuentemente ese brusco deseo de cortar por lo sano, de lanzar a la gente por la borda. Entregué la carta a Brigitte, quien la leyó toda, pero sin ninguna prisa. Y una vez la hubo doblado, una sonrisa descubrió sus dientes de jumento.

—La superiora —me dijo— me ha enviado un paquete de cartas de ese caballero. Porque ha tenido la frescura de escribir a tu hermana al mismo convento. Imagínate que cada carta estaba llena de súplicas dirigidas a la reverenda madre o a la persona que abriera el primer sobre para que consintiera en entregársela a Michèle. Lo que demuestra —añadió con tono sentencioso— que la corrupción puede ir mezclada con la tontería y que ambas no son incompatibles.

A continuación, lanzó el papel a la chimenea y lo entregó a las efímeras llamas.

 

No sé si he de situar en la misma época el segundo incidente. Antes bien, creo que aquel encuentro con el abate Calou tuvo efecto durante el invierno del año siguiente. Un jueves, al salir de casa, alguien, detrás de mí, pronunció mi nombre. Reconocí al abate Calou, aun cuando había adelgazado mucho. Su vieja sotana flotaba sobre sus hombros huesudos. Debió de haber esperado a que saliera. Le dije que iba a la librería Féret y me siguió.

—Jean estará contento esta noche cuando le diga que nos hemos encontrado.

—¿Está bien? —pregunté con indiferencia.

—No —me contestó el abate—, el pobre chico no lo pasa muy bien.

Esperaba que le preguntase algo, pero fue en vano porque me detuve a la puerta de la librería y comencé a hojear los libros de ocasión expuestos a la entrada. ¿Era yo tan duro entonces? No, puesto que nada se me escapaba de la angustia del pobre sacerdote inclinado sobre mí, y puesto que al cabo de tantos años siento aún los remordimientos que me asaltaron desde ese instante.

—Debo decirte que el pobre Jean me preocupa mucho. Piensa que este año no ha ido a La Devize. Su madre está en Egipto. Estudia mucho y caza. En octubre, le he preparado un cazadero de palomas. Ha logrado ciento cuarenta y siete. Figúrate, incluso le he proporcionado un caballo en el molino de monsieur Du Buch, un viejo penco, que se deja montar. Pero lo que le falta es compañía.

—¿Y usted? —pregunté cándidamente.

—¡Ah, yo…!

Hizo un vago ademán y no dijo nada. Sin duda, conocía su impotencia desde hacía tiempo. No poseía nada de lo que para ser feliz exige un muchacho de aquella edad. A los ojos de Jean, su cultura no tenía ningún valor y su ternura tampoco. Para aquel muchacho a quien encontraba por la noche acurrucado en una silla de enea, ante el fuego de la cocina, donde lo había dejado después de comer, con el libro abierto en la misma página, ¿qué podía ser sino un carcelero? Y ni siquiera para mirar al abate levantaba su cara sombría. Ni siquiera le divertía montar solo aquel viejo penco. Cuando no lo encontraba en el presbiterio, el abate sabía dónde se había refugiado Jean. Tampoco entonces conocía yo esa angustia. Frecuentemente, se demoraba en casa del enemigo, en la farmacia, en la casa de aquel Voyod, que era enemigo declarado del abate. El institutor y la institutriz se reunían de nuevo con él cuando las clases habían terminado. Se tomaba café en la trastienda y se comentaban los artículos de Jaurès o de Hervé.

A pesar de que comprendía a dónde quería llevarme el abate, me resistí a ayudarle y tuvo que ir al grano sin ninguna clase de preparación.

—Siento —me dijo— haber tenido unas palabras con madame Pian. Por otra parte, la creo incapaz de ser rencorosa y estoy seguro de que la decisión que ha tomado con respecto a Michèle y Jean ha sido dictada por motivos de gran importancia. No quiero discutirlos y me someto a su sabiduría. Pero, hijo mío, ¿no crees tú que Michèle podría escribir de vez en cuando al cura de Baluzac? ¿Qué mal habría en ello? Aun cuando fuera sin decir nada para Jean, que me hablara un poco de su vida; y esto sería un gran consuelo para tu amigo. Diré más, Louis —murmuró casi a mi oído—, esto podría significar la curación… Porque de esto se trata…, ¿me comprendes…? De salvarlo.

Vi muy cerca sus ojos de niño implorante y noté su ácido aliento. No, lo comprendí mal, aun cuando aquella vez me sentí conmovido; pero por él, y no por Jean, me rendí a sus deseos. Consiguió mi promesa de transmitir su proposición a Michèle, y le evité incluso la violencia de pedirme que no dijera nada a mi madrastra. Le di esta seguridad. Me cogió por la nuca con su enorme mano y apretó mi cabeza contra su manchada sotana. Lo acompañé hasta el tranvía. En la plataforma posterior, los hombres que se hallaban a su lado parecían enanos.

 

Esta correspondencia entre el abate Calou y Michèle, que quizás hubiese impedido o demorado muchas amarguras, fue interrumpida a partir de la tercera misiva. Michèle cometió la imprudencia de confiarla a una mediopensionista, porque no había podido evitar dirigírsela enteramente a Jean, a pesar de que el sobre llevaba la dirección del abate Calou. La carta fue a parar a manos de una de aquellas damas y transmitida a Brigitte Pian, quien me lo contó todo, evitando culpar de ello a Michèle.

—El abate ha sido quien la ha tentado, no cabe duda —me dijo—. A pesar de la gravedad del caso, me he creído en el deber de implorar gracia para con tu hermana y debo decir que la reverenda madre se ha portado muy compasivamente. En cuanto al expediente del cura de Baluzac, debo decirte que cada día se extiende más —añadió con una involuntaria satisfacción—. Pero esta carta constituye su obra maestra.

Así había concluido por pensar en voz alta ante mí. ¿Me quería? Estaba persuadido desde hacía mucho tiempo de que ella mimaba en mí, en el niño que yo era, la prueba viviente del pecado de la primera señora Pian. Hoy, me inclino a pensar que ella me demostraba todo el amor de que se sentía capaz y que yo interesaba en ella a ese poco de entrañas que subsiste aun en las mujeres más insensibles.