La farisea

François Mauriac · Capítulo 4 de 16

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La farisea

Capítulo cuarto

 

—Es dulce —dijo Jean, después de haber vaciado su vaso de horchata—. Me gusta.

Y comenzó a registrar el aparador. Me daba cuenta de que estaba bravuconeando, pero yo estaba escandalizado. ¿Era realmente Mirbel un muchacho incorregible? Removía las botellas empezadas ya, las destapaba y olía para adivinar por el olor lo que contenían.

—Esto debe ser casis, angélica o agua de nueces, licores de monjas… Pero el cura no es un tipo a quien se le manden licores de éstos… ¡Vaya! He aquí el brebaje que le corresponde —exclamó de pronto, blandiendo una botella descorchada de armagnac…—. ¡Y del año 1860! —E hizo chascar la lengua—. El año en que tío Adhémar consiguió su magnífica herida en Castelfidardo…

Michèle protestó. ¿Bebería él por la tarde? El armagnac se bebía a los postres.

—A los postres, estará el cura.

—Jean, ¿vas a hacer eso?

—¡Y sin ninguna molestia! Y no un vasito de licor.

Me era difícil deslindar en su actitud la parte que correspondía a la comedia. El alumno taciturno, siempre castigado, del colegio, no se parecía a aquel pilluelo pendenciero. No comprendí en seguida que la presencia de Michèle era lo que le desenfrenaba porque no le dirigía más que muy raras palabras y le respondía con monosílabos. Apenas parecía darse cuenta de su presencia.

—Ya es demasiado, Jean, te pondrás enfermo.

—Y de un solo trago, ya verás…

Echó la cabeza hacia atrás, pero se atragantó y comenzó a toser. Michèle le dio unas palmadas en la espalda.

El aroma del alcohol llenaba la habitación.

—El abate Calou se dará cuenta —dije.

—Le pondremos un poco de agua en la botella y creerá que su armagnac ha perdido fuerza.

—Pero ¿y el olor, Jean? Apesta a alcohol, y lo mismo todo el presbiterio.

Oímos el ruido de una silla al ser retirada y el de los pesados zapatos del abate Calou en la escalera. Apenas entró, aspiró el aire y nos miró.

—Los canallas han descubierto mi armagnac —dijo jovialmente. Y, dirigiéndose a Jean—: Confiesa que no es malo, y tú debes conocerlo bien. En La Devize poseéis uno bueno, estoy seguro; es el lugar a propósito… Louis, deberías acompañar a tu amigo a la orilla del Ciron… ¿No le gusta pescar? ¿Sí? Entonces, enséñale dónde puede conseguir buena pesca… Los lucios hacen estragos, pero hay muchos.

Abrió la puerta de cristales del comedor que daba directamente a la parte posterior de la casa y nos siguió un instante con los ojos. Atravesamos el campo a medio segar. Las tormentas de aquel verano lluvioso no daban tiempo a recoger el heno. Avanzamos hacia la línea de los olmos. Ya las libélulas leonadas y azules anunciaban la proximidad de la corriente invisible. Entramos en el prado pantanoso. Era una tarde agobiante y húmeda. El alcohol había influido sin duda en la audacia de Jean, porque caminaba al lado de Michèle, detrás de mí, lejos para que yo no pudiera oír lo que decían. Yo les indicaba el camino, invadido por una vaga zozobra, fuente de ese sufrimiento que ha penetrado y corrompido mi vida. No es mi historia lo que cuento, y en la cerrada trama de estos destinos, quisiera que el hilo permaneciera invisible. Pero no puedo callar esta herida que recibí de niño. No hay nada tan extendido como los celos en su forma más sencilla. Así, pues, comencé a sufrir a los trece años en aquel prado húmedo en el que aguzaba el oído para sorprender algunas palabras que cambiaban mi amigo y mi hermana. Estos celos no son nada comunes; al menos, así lo espero para la raza de los hombres sobre la cual ya pesan bastantes maldiciones.

Yo no podía saber si estaba celoso de mi ternura hacia Michèle o de la amistad que había confesado a Jean. Me era odioso que Michèle le hablase en voz baja usando el mismo tono confidencial del que sólo yo me había beneficiado hasta entonces. Michèle me pertenecía; no la había compartido con nadie, y he aquí que Jean hablaba a solas con ella y la hacía reír, ese Jean al que hacía quince días me complacía en imaginar por todos los caminos de Larjuzon, a quien había mezclado con mis proyectos de vacaciones, al que soñaba tener para mí solo, únicamente para mí; pero también él se me escapaba. ¿Cómo no lo había presentido?

«Me tratan como a un perro, se esconden de mí…».

Algunas veces, hube de pararme y esperarles. Incluso les perdí de vista en un recodo y hube de retroceder. Cuando me acercaba a ellos, se interrumpían.

—¿De qué habláis?

Se miraban riendo, sin responder. Jean masticaba una yerba. Michèle estaba un poco colorada y su gran sombrero de paja la obligaba a levantar la cabeza para verme. Insistí. ¿De qué hablaban? De cosas que no interesan a los niños, me aseguró Michèle. Jean se inclinó a su oído. Y esta vez comprendí.

—¿Crees que tu hermano sabe de qué va? —preguntó.

«Saber de qué iba», en nuestro lenguaje, significaba conocer los secretos de la vida, los misterios de la procreación. Enrojecí y volví a caminar hacia delante, con una tristeza mayor: se escondían de mí para hablar de lo que está prohibido; su complicidad aún me separaba más de ellos.

Mi madrastra me había permitido pedirle a Jean que almorzara al día siguiente en Larjuzon. Decidí no transmitirle una invitación con la que tanto me había complacido antes; pero ahora tenía miedo de esta jornada en la que Michèle me quitaba a Jean o Jean me quitaba a Michèle. Sí, antes me privaría de verle. Que se muriera de aburrimiento en su presbiterio. Después de todo, su tío debía saber lo que hacía metiéndolo en cintura. En el colegio se había dicho que Mirbel era «un puerco individuo»; las consideraciones que se le tenían debíanse a que su tío era un héroe de Castelfidardo. Quizás en ese momento le estaba contando a Michèle lo que yo llamaría «historias sucias». No faltaría más que Michèle le tratara. Pondría en antecedentes a mi madrastra. Era mejor renunciar a él, no verle nunca, antes que sentir ese nudo en la garganta, esa contracción en la boca del estómago, ese dolor, ese mal sin remedio, puesto que el remedio se hallaba alejado infinitamente de donde pudiera hacerme con él, en la voluntad, en el corazón, en el escondido pensamiento de mi amigo y de mi hermana unidos contra mí.

¡Inconfesables torturas! A buen seguro que en la orilla del Ciron, cuyo rápido curso dominaba, apoyado en aquel pino que el agua que bañaba sus raíces había hecho enorme, ignoraba todavía que esa tortura era inconfesable y que sólo por orgullo me esforzaba en dominar mi despecho. Sin prestarles atención y para chasquearlos, me había ido rápidamente, secando mis lágrimas, recobrando el aliento y compuesto mi semblante. Ellos reían y yo les oía reír mucho tiempo antes de verlos. Por encima de los helechos removidos percibíase el sombrero de paja de Michèle. Llegaron por fin. Y mi hermana me preguntó cómo podría ir Jean a Larjuzon al día siguiente, si no tenía bicicleta.

—La bestia me la ha confiscado —dijo Jean de Mirbel.

La bestia era su tío. Respondí fríamente diciendo que no podía hacer nada.

—He pensado que podría dejarle mi bici —dijo Michèle—. Yo te llevaré esta noche en el cuadro de la tuya…

—¿Ocho kilómetros en el cuadro? ¡Muchas gracias! No quiero hacer cisco mi bicicleta. Jean no tendrá más remedio que hacer a pie el camino hasta Larjuzon, suponiendo que no crea que ocho kilómetros sea una cosa del otro mundo.

—¡Ya lo sabía! —exclamó Michèle furiosa—. ¡Su bicicleta es sagrada! No vengas con historias.

—No vendrá con historias —dijo Jean, cogiéndome del brazo con una actitud mitad zalamera mitad furiosa—. ¿No lo harás por mí, Louis?

Con un brusco ademán, me desprendí de su brazo y fui a sentarme sobre un tronco.

—Está de hocico —dijo Michèle—. ¡Aún no hemos terminado!

No estaba de hocico, sufría. Contemplé las arañas acuáticas luchar contra la corriente. El agua transparente movía los largos musgos. Los gobios nadaban en torno y sus sombras se dibujaban sobre el fondo de arena. Las plantas acuáticas y la menta pisada me envolvían con un perfume del que me acordaría hasta el último momento para decir adiós a los hermosos días de los veranos aniquilados, a mi viejo dolor y a mi joven amor. No estaba de hocico, sufría con el sufrimiento de un hombre. Ellos se habrían sentado a pocos pasos de mí porque les oía cuchichear, pero los helechos me los ocultaban. De pronto, la voz de Jean se oyó más clara y comprendí que hablaba en voz alta adrede.

—No te preocupes, ya será razonable. Si se empeña, utilizaremos otros medios…

Me levanté y corrí hacia él.

—¿Qué medios? ¡Bestia, ensaya otro procedimiento!

Me había cogido por las muñecas y me hacía daño, pero yo apretaba los dientes para no gritar.

—Repite que no le prestarás tu bicicleta a tu hermana.

—Déjame, me tuerces las muñecas.

—Repite que no quieres ir en el cuadro.

Bruscamente, me sentí libre; Michèle había agarrado a mi verdugo y gritaba furiosa:

—¡Te prohíbo que toques a mi hermano!

—¿Y por qué? No voy a comérmelo.

Se miraban hostilmente. Una gran calma se había apoderado de mí; peleaban, se habían convertido en enemigos; Michèle me prefería a mí, y él no quería a Michèle. A causa de mí, se lanzaban uno contra otro. Sentí una flojedad deliciosa en el pecho y, como siempre que se alejaba el mal, creí que éste desaparecería para siempre. No les odiaba ya; toda mi ternura afloraba de nuevo para cada uno de ellos. Con toda seguridad, regresaríamos los dos, Michèle y yo, en el cuadro; pero no podía ceder en seguida: por otra parte, era muy agradable para mí verlos andar alejados uno de otro. Al regresar, nos precedía Mirbel masticando una yerba, y yo le seguía un poco lejos cogido de la mano de mi hermana. Con la mano de Michèle en la mía, miraba a Mirbel caminar ante mí… Esto era la felicidad. La yerba estaba mojada. Una tormenta silenciosa surgió de pronto y asomó su oscura frente por encima de los pinos. Un grupo de hombres y mujeres se afanaban en torno a un carro cargado a medias de heno.

—Sí —dije—, Mirbel es un bruto.

—También es un chico excelente.

—Sí, pero es un bruto.

—Bien, arreglémoslo todo para que vaya a almorzar mañana.

De nuevo, el nudo en la garganta, y le pregunté a Michèle si tenía tanto interés.

—A ti te parece muy divertido Larjuzon este año, con tu Puybaraud, y Brigitte que no para en torno a esa gran lombriz blanca.

—¡Oh, Michèle!

—Brigitte hará tantas cosas que la estancia en Larjuzon será insoportable, incluso para papá. Estoy segura de que le dejaré la bicicleta a Jean…

—¡Entonces —exclamé furioso—, volverás a pie!

Jean se había vuelto. Le encantaba nuestra disputa, esto era lo que ocurría por no haberle ella permitido ponerme en razón. Él sabía cómo había que tratar a los chiquillos. Rodeamos el presbiterio gritando los tres a la vez. Yo protestaba.

—Mi bicicleta es mía, ¿no?

—Eres demasiado buena pidiéndole permiso —dijo Jean a Michèle—. Le enfureces antes de que haya tenido tiempo de pensarlo. Si no quiere montar en el cuadro, que haga los ocho kilómetros a pie.

Les tomé la delantera y agarré mi bicicleta, pero Jean no me dio tiempo a alejarme. Se agarró al manillar, metió un pie en una rueda y me hizo caer. Monsieur Calou, que debía espiarnos, salió precipitadamente del presbiterio, corrió hacia mí y me levantó. Sólo tenía un rasguño en el brazo. Se volvió a Mirbel.

—Ve a mi habitación, trae la tintura de yodo y el algodón que encontrarás en el tocador.

Dio esta orden con su calma habitual, pero con una voz como atravesada por un gruñido sordo, mirando a Mirbel con sus enormes manos semicerradas. Mi compañero obedeció rápidamente. Cuando bajó, el abate lavaba ya mi herida bajo el agua de la bomba; se dirigió a Jean, pero sin mirarle.

—Tápalo con el algodón… Pon el yodo; no mucho. Pica un poco, ¿verdad? Ahora, cuenta lo que ha ocurrido, Michèle.

Ella comenzó un relato confuso. Nos chasqueó a los dos: Mirbel había sido brutal, pero yo había hecho todo lo posible por exasperarlo.

—Estrechaos las manos —dijo el abate.

Tomé la mano de Jean, que no la retiró. En vista de lo cual, monsieur Calou declaró que nos contentaría a todos. No permitiría que volviéramos dos en una bicicleta, y, al día siguiente, le prestaría la suya a Jean para que pudiera ir a Larjuzon. Durante algunas horas, el abate prescindiría de la bicicleta, puesto que no tenía nada importante que hacer por los alrededores. Sin embargo, como siempre podían ocurrir imprevistos, le rogaba a Jean que volviera antes de las cuatro.

—Pero vosotros, los Pian, no tenéis más que acompañarlo aquí para terminar de pasar el día juntos.

En su voz no había nada hostil. No llovería; el viento había barrido el cielo. El cura nos pidió que le ayudáramos a recoger sus legumbres y nos aconsejó que nos descalzáramos para no mojar nuestros zapatos. En recompensa, nos permitiría comer las grosellas que quisiéramos cuando María hubiese terminado de hacer sus confituras.

Jean esperó a que el abate hubiera entrado en la casa para declarar que no había ido allí en calidad de criado y que no se dejaría tratar como tal. Pero apenas Michèle y yo nos hubimos descalzado, no pudo resistir la tentación, se quitó las alpargatas y tomó una de las regaderas que llevaba mi hermana. Ésa es la infancia que ese día de verano en que corríamos descalzos sobre el casquijo, haciéndonos daño, ha quedado en nosotros como un recuerdo de pura y apacible felicidad; sin embargo, mi alegría estaba oscurecida por la angustia, porque era a Michèle a quien Jean daba el agua. Ella se había arremangado la falda hasta la rodilla y fingía enfadarse, con agudas risas que no se parecían a su reír habitual. Pero yo me negaba a sufrir. Llevaba en mí ese dolor creciente que cualquier cosa hubiera despertado y gritaba más fuerte que ellos para aturdirme. Cuando el sol hubo desaparecido tras los pinos, hubimos de pensar en el regreso. Jean preguntó a qué hora comíamos en Larjuzon.

—A las doce, pero ve lo antes posible —dijo Michèle—. Nos levantamos a las ocho. En cuanto puedas coger la bicicleta del abate…

Protesté diciendo que no había que privar demasiado tiempo al abate de su bicicleta. Podía llamarle algún enfermo… Jean respondió malévolamente diciendo que «nadie tenía necesidad de un cura para morir». Michèle pareció extrañada y observé que se despedía de él un poco cortada. Pero se volvió un par de veces para contestar a Mirbel, que la saludaba con la gorra. Llevaba un traje de marinera bajo un jersey rayado en rojo y blanco. Él iba descalzo y un elástico sujetaba su pantalón por encima de las rodillas.

 

Más tarde, supe por él lo que había sido esta primera velada en el presbiterio. Anduvo un instante en torno a la casa, sin saber qué hacer. Apenas si Baluzac tenía derecho al nombre de pueblo: una sola venta y ninguna tienda, excepto la farmacia Voyod, donde el cura no quería que su pensionista pusiera jamás los pies. Ésta era la sola prohibición definitiva que le había hecho. El abate Calou le había hablado también de su gabinete lleno de libros: los libros tenían un lugar en la vida de Jean que no sospechaba nadie de los que le rodeaban. Pertenecía, por línea paterna, a una familia en la que este gusto en un niño hubiera sido denunciado como un signo inquietante. Por otra parte, su tutor y su madre estaban convencidos de que él sólo buscaba los relatos escabrosos y obscenos y, en verdad, él tenía la culpa de estas sospechas.

Nada podía Jean contra sus deseos: la idea de que aquella casa estaba llena de libros, aun cuando fuera de libros para curas, y que tenía a su disposición toda una biblioteca a cuyo acceso tenía derecho, despertaba en él una tentación tan violenta como las peores. Pero resistía, no queriendo que monsieur Calou tuviese la impresión de que podía encontrarse a gusto y de que le había tendido un lazo. Sin embargo, llegó al primer piso procurando no hacer crujir los escalones.

Olía fuertemente a tabaco de pipa. Jean vaciló y se acercó a la puerta, pero el orgullo le retuvo. No advertía que el abate, al acecho, había sorprendido el rumor de sus alpargatas y que le observaba con más pasión que un pescador espiando a una trucha que se mueve en torno a la red. Monsieur Calou no pudo contenerse y abrió la puerta.

—¿Querías algo, muchacho? —Y como Jean sacudiera la cabeza, añadió —: ¿Quieres un libro?

El niño penetró en una nube de humo de tabaco. Jamás había visto tantos libros: del techo al suelo, sobre las sillas, en la chimenea, en rústica y encuadernados; y un escabel con ruedas para llegar a los que estaban más altos, y una mesa para leer y escribir. ¡Qué maravillas! Estaba seguro de que eran libros insoportables… Pero no podía saberse, y alguno de ellos no le pareció a Jean completamente insoportable.

El cura había vuelto a su mesa sin prestarle otra atención. Jean se encaramó en el escabel… ¡Qué lástima que sintiera aquel dolor en la nuca y aquellas náuseas! El armagnac que había bebido por fanfarronería lo atormentaba y aquel hedor de la pipa lo aniquilaba. Descendió precipitadamente; tomó un volumen al azar y leyó el título: Traité de la concupiscence. — Lettre et maximes sur la comédie. — La logique. — Traité du libre arbitre, por Bossuet. ¿Es que iba a vomitar y desmayarse en el gabinete del cura? Había que resistir a toda costa. Para olvidar su mal, abrió el libro y se esforzó en leer: «Esa mujer que en los Proverbios elogia los perfumes que ha extendido sobre su lecho y el dulce aroma que se respira en su habitación, para concluir después: “Embriaguémonos de placer y gocemos de los abrazos deseados”, demuestra por su sola significación hasta qué punto arrastran los buenos olores preparados para debilitar el alma, atrayéndola a los placeres de los sentidos por algo que, o pareciendo ofender directamente el pudor…».

—Estás pálido, pequeño; tienes la cara verde. ¿Qué te pasa?

Jean protestó diciendo que no tenía nada, sólo una ligera náusea.

—Acuéstate.

No quiso el niño, pronto pasaría y ya se encontraba mejor. De nuevo hizo un esfuerzo por concentrar su pensamiento en la página abierta… El abate oyó caer el cuerpo del niño sobre el suelo, pero silenciosamente, porque se había agarrado al escabel. Se sintió llevado por dos brazos poderosos. Tuvo una arcada. El cura, sin repugnancia, le ofreció el orinal y sostuvo su cabeza con su enorme mano. Jean abrió de nuevo los ojos y quiso bajar al jardín. Estaba desesperado por haber caído de este modo, por sorpresa, en poder del adversario.

—Yo también bajaré —dijo el abate—. Quiero terminar de leer mi breviario en la iglesia. Me encontrarás allí. Es una iglesia pequeñita, ya lo verás… Construida por Bertrand de Goth que se convirtió en el papa Clemente V, un paisano nuestro, como tú quizás ignores, y que nació en Vallandraut, a menos que no hubiese nacido en Uzeste, donde está su tumba… Un Papa como habrá muy pocos.

Jean respondió que las piedras viejas no le interesaban nada.

—De todos modos, haz una visita a Nuestro Señor.

¡Por fin! ¡El abate se descubría! Jean, sin atreverse a levantar los ojos, murmuró que no creía en esas historias…

—¿Le asombra?

Mirbel había adoptado un aire presuntuoso.

—¿Por qué habría de asombrarme? —respondió el cura—. Lo asombroso es creer. Lo asombroso es que lo que creemos sea la Verdad; lo asombroso es que la Verdad exista, que se haya encamado y que yo la tenga prisionera allí, bajo esas viejas bóvedas que no te interesan, y gracias al poder de estas enormes manos que son la admiración del tío Adhémar. Sí, bribonzuelo, y yo que te estoy hablando, no vuelvo de mi asombro, tan absurdo, tan loco es esto en que creemos. Y, sin embargo, ¡es verdad!

¿Se estaba burlando el cura? Jean exclamó:

—Sea lo que sea, por ahora, me tiene sin cuidado.

E intentó desafiar a su adversario mirándole fijamente a los ojos; pero, a pesar suyo, su mirada se desviaba.

—Ahora, sí, bribonzuelo… Pero ya veremos más tarde.

Y Jean dijo entonces con desafío:

—No me conquistará usted.

—No seré yo quien te conquiste… ¿Cómo podría?

—Entonces, si no es usted… ¿Quién hay aquí, que no sea usted, aparte de María?

El cura eludió la respuesta. Pero hizo a Jean varias preguntas sobre los sacramentos de la confesión y la comunión. A este respecto, tenía sus dudas sobre el estado de preparación de Jean. Luego, se quedó mirándolo fijamente.

Jean sostuvo con insolencia aquella mirada que se había fijado en él con una tristeza y una dulzura que llegaron a molestarle.

—¿Todos los sábados? ¿Todos los domingos? ¿Durante cuánto tiempo? ¿Desde los diez años? ¡Dios mío!

Monsieur Calou contemplaba aquel rostro tan bello, aquella frente pura bajo los cabellos oscuros donde se deslizaba la llama de un mechón más claro. Sólo supo decir:

—Ve a acostarte ahora un poco antes de cenar, pequeño.

Y se alejó hacia la iglesia con pasos rápidos, sin volverse. Su encorvada espalda le hacía parecer menos imponente.