La flor de la argoma
Septiembre, 1873
A l salir de la iglesia y constatar que Carmen no aparecía por ningún lado, Bittor no lo pensó dos veces y se personó en “Goikoa”. Faustino y Feliciana salieron a la puerta en cuanto lo vieron aproximarse. No estaban solos, los acompañaban don Pedro, Juan el de “Gorritxo” y algún otro en quien no se fijó.
—¡No eres bienvenido en mi casa! —le gritó Faustino.
—¿Dónde está mi mujer?
—¡Querrás decir tu barragana! —le gritó el párroco a su vez.
—¿Dónde está?
—¡Fuera de tu alcance! —Faustino esgrimía su bastón como si fuera un sable— ¡No volverás a verla! Y ni se te ocurra venir otra vez por aquí porque haré que te detengan y te metan en la cárcel por… ¿cómo se dice, señor cura?
—Allanamiento de morada.
—¡Ya lo has oído! ¡Por allanamiento de morada y por ateo! ¡Ahora mandamos nosotros, así que ándate con cuidado!
—¡Y no se te olvide acudir a misa el domingo que viene o enviaré en tu búsqueda! —añadió el párroco.
Bittor regresó a “Urondoa” presa de sentimientos contradictorios que lo atormentaban: no había sido capaz de enfrentarse, de defenderse y defender a su mujer, a la madre de su hijo; había permitido que lo avasallaran, que lo avergonzaran ante los vecinos. Cierto que tenía una mente práctica y que, en inferioridad de condiciones, siempre había pensado que valía más no arriesgar el pellejo, pero, por otra parte, ¿qué tipo de hombre permitía que le orinasen encima? Había permanecido aislado de los asuntos que lo rodeaban porque estaba convencido de que no le atañían, pero ahora personas y decisiones
ajenas se habían inmiscuido en su vida y no estaba dispuesto a permitir más injerencias.
Esa misma noche se acercó a Errotabarri para cerciorarse de que Perutxo había bajado a la Villa, como hacía cada domingo. La taberna de la Marcela había sido clausurada y su dueña expulsada de Oñati después de ser untada con alquitrán y emplumada, pero dos de sus “sobrinas” permanecían en el piso de arriba y continuaban prestando sus servicios de forma discreta. Cruzó el camino y comprobó asimismo que no había nadie dentro de la fábrica de pólvora, pues Santa Cruz tenía prohibido trabajar los domingos y fiestas religiosas. El local estaba silencioso y a oscuras; forzó el candado de la puerta con una barra de hierro y entró en él tras encender con ayuda de un fósforo el pequeño candil de aceite que llevaba en un cesto junto a la barra y el cuchillo de despellejar, éste por si tenía un mal encuentro. Echó un vistazo a los recipientes de piedra utilizados para mezclar los polvos, los mazos para hacer las mezclas, la prensa para endurecer los polvos, los cedazos, pasando a continuación al almacén donde se alineaban los barriles repletos, dispuestos para ser enviados a sus destinos durante la siguiente semana. Llevaba el candil en el cesto y procuraba andar con cuidado. Había visitado la fábrica en compañía del molinero nada más ser instalada, siendo ambos aleccionados por el encargado de la producción acerca de los peligros de un mal paso. Cerca de los barriles había varios cubos llenos de pólvora hasta los bordes, cogió uno de ellos y fue vertiendo su contenido hasta llegar a la puerta. Respiró aliviado al verse de nuevo al aire libre, encendió otro fósforo y prendió fuego al explosivo. Después, salió corriendo a la velocidad que sus piernas se lo permitían. No había llegado a “Urondoa” cuando se oyó una fuerte explosión seguida por otras más pequeñas, que estremecieron a los habitantes del barrio y provocaron una gran desbandada de aves, cuyos gritos se mezclaron con los de los hombres y las mujeres que salían de sus casas para saber qué ocurría.
Bittor se acostó en cuanto llegó al caserío, una sonrisa satisfecha en los labios. Si carlistas y liberales querían hacerse la guerra, que se fueran a otra parte. Se acercó a Errotabarri a la mañana siguiente para interesarse por el estruendo que, declaró, lo había desvelado durante la noche y, de paso, enterarse si había sospechas de que la explosión hubiese sido provocada.
—A poco me quedo sin casa —le dijo Perutxo, señalando la puerta y las ventanas del molino que habían quedado inservibles.
—¿Se sabe cómo ha sido?
—¡Qué va a saberse! Estas cosas son peligrosas. Ya me parecía a mí que habían montado la fábrica demasiado cerca del barrio. Tenemos que dar gracias a Dios de que no haya habido muertos…
—¿No habrá sido un sabotaje o algo por el estilo? —insistió Bittor.
—¿Y a quién se le iba ocurrir semejante barbaridad?
—No lo sé…
—Ya te digo que estas cosas son peligrosas. Me ha dicho un guerrillero que en la zona de Bilbao explotó otra fábrica no hace mucho, causando un gran estropicio y varios muertos.
Volvió a “Urondoa” y se dedicó a pescar en el río el resto de la jornada.
Regresó varias veces a “Goikoa” durante la semana, a horas muy diferentes, para comprobar que, en efecto, Carmen no se encontraba allí. Tomó buena cuenta de los movimientos de sus moradores: cuándo salían, cuándo entraban y adónde iban. Asimismo, rondó por todo el barrio, pero no había señales de ella. Los guerrilleros continuaban en el valle, aunque en número mucho más reducido; su jefe, el barbado enfurruñado, se había ido llevándose con él a la mayoría de ellos, pero todavía quedaban suficientes para arriesgarse a un enfrentamiento del que, sin duda, saldrían perdedores. No tenía prisa. Era un campesino y la paciencia, una virtud del hombre del campo. Acudió a la iglesia al siguiente domingo, aunque esta vez no fue obligado a colocarse junto al altar y permaneció lo más cerca posible de la puerta, de pie. Lo único que le distrajo durante el oficio fue la presencia de Julia en el lado de las mujeres.
Podía distinguirla por el sombrero azul, el mismo que llevaba puesto el día en que la conoció, destacando entre velos y pañuelos, la siguió con la vista cuando fue a comulgar y no dejó de pensar en ella hasta que salió presuroso al finalizar la misa. No deseaba hablar con ella ni con don Antonio; habían sido testigos de su vergüenza, lo habían visto humillado, vejado, sin que él hubiese hecho nada para defender su dignidad apaleada delante de todos y escapó a toda prisa en cuanto el cura dio la bendición.
Se hallaba dando de comer a los animales cuando los ladridos de los perros le advirtieron de que alguien se aproximaba al caserío. Cogió la escopeta de
caza que siempre mantenía cerca desde el día de su boda con Carmen y esperó a que apareciera quienquiera que fuese.
—¡Bittor! ¡Somos nosotros!
Julia había sido la primera en apercibirlo. Tras ella llegaron el abogado y Fermina, el hombre apoyándose en el brazo de la sirvienta para poder caminar, y los tres se detuvieron a cierta distancia. Bittor Urrondo era la persona más especial que conocían y nunca sabían cuál iba a ser su reacción. No dejaba de impresionar verlo allí, junto al árbol, como si él mismo fuese un tronco enraizado en la tierra, las piernas abiertas, la escopeta en las manos y el ceño fruncido. Conociendo un poco su carácter, no lo esperaron al salir de la iglesia el domingo anterior para no añadir más pesadumbre a la que, imaginaron, sentiría. Querían acercarse a “Urondoa” al día siguiente, pero el abogado tuvo una subida de fiebre, quizá debido a la impresión causada por la bochornosa ceremonia, que lo obligó a permanecer en cama durante toda la semana.
Aguardaron a que él fuese a visitarlos pero, al no hacerlo, se habían decidido a bajar a pesar del esfuerzo que suponía para don Antonio. El araoztarra era su amigo, y a un verdadero amigo no se le abandona cuando más apoyo necesita.
Al rato estaban sentados en el zaguán bebiendo la última de las botellas de sidra elaboradas por Agustín. La sorpresa de Bittor fue grande al saber que
“Bekoa” pertenecía a Julia. Aunque pareciese increíble en un lugar pequeño, ignoraba casi todo acerca del vecindario y lo poco que sabía se debía a la información recibida por boca de sus hermanos. El haberse marchado del barrio con tan sólo trece años y el que no hubiese mantenido apenas contactos con el vecindario desde su regreso habían propiciado dicho desconocimiento.
Sabía dónde se encontraba el caserío, pero nunca se había acercado a menos de doscientos pasos, ni siquiera al ser abandonado por los últimos inquilinos.
Le sorprendió menos conocer el parentesco existente entre las dos mujeres que había en su vida. Pensándolo bien, era del todo natural que fueran medio hermanas: era la única explicación posible para un parecido tan asombroso.
Procuraba no mirar a Julia más que a sus acompañantes, pero no podía evitar fijar su vista en ella porque su presencia iluminaba el lugar y su voz silenciaba la de los pájaros, aunque una herida de cuchillo no podría haberle hecho más daño al oírle explicar las razones de su presencia en Araotz. Al verla en la iglesia y ahora allí, sentada en el zaguán, un vaso de sidra en la mano, casi
había olvidado que estaba casada. Se la imaginó yaciendo con el capitán, desnuda entre sus brazos, y apretó los puños con fuerza.
—Siento que hayan tenido que dejar la Villa por mi culpa —dijo, refiriéndose al hecho de que el abogado hubiese sido incriminado por haber sido testigo en su boda.
—No tienes por qué, muchacho —le aseguró don Antonio—. Son cosas que ocurren en épocas de conflictos: unos pagan y otros se benefician, los mediocres hacen su agosto y las gentes honradas sufren las consecuencias. No se trata de ideologías políticas o maneras distintas de pensar, sino de venganzas cicateras o envidias de oportunistas mezquinos que aprovechan la coyuntura para medrar aun a costa de la justicia. Si alguien te quiere mal, siempre encontrará la forma de perjudicarte, aunque se escude en la legalidad del momento o, como en tu caso, en la religión. Y por cierto ¿dónde está Carmen?
No lo sabía, y así se lo dijo. Había desaparecido el domingo anterior, después de la misa, y su abuelo le había asegurado que nunca más volvería a verla. Podía estar en cualquier lugar, si bien no en el barrio porque ya se había encargado él de buscarla casa por casa durante toda la semana.
—Quizás la han llevado al convento de las clarisas… —apuntó Fermina.
—Demasiado cerca —replicó el abogado—. Por lo poco que sé de la joven y si ha sido capaz de casarse por lo civil en contra de la voluntad de la familia, no creo que sea una mujer pusilánime. Intentará regresar.
—Yo lo haría —afirmó Julia a su vez— y si, como aseguráis, somos parecidas, seguro que ella también.
Bittor se la quedó mirando. Al solicitar su permiso para cortejarla, don Antonio le había respondido que no se la imaginaba viviendo en el campo, pero allí estaba. A pesar de su elegante vestido, su tez ya no parecía tan blanca; había adquirido el tono dorado de las mujeres del campo y sus manos no eran tan blancas y finas como él recordaba. Se había quitado el sombrero y sus cabellos caían desparramados sobre sus hombros, al igual que en la foto que guardaba como un tesoro. Nunca la había deseado con tanta intensidad y volvió a apretar los puños con fuerza. Según la nueva ley, él ya no estaba casado; quizá el capitán resultara muerto en la guerra; quizá todavía tuviera una oportunidad para hacerla suya…
—¿De cuántos meses está?
La pregunta de Fermina lo volvió a la realidad. Carmen esperaba un hijo de él y, sintiese lo que sintiese, su obligación era hallarlos a ambos. Esta vez no se achantaría, jamás se perdonaría que un hijo de su sangre creciese lejos de él, del hogar de sus mayores, como un expósito.
—De algo más de seis.
—Pues debemos darnos prisa —afirmó don Antonio—. Lo primero es saber dónde se encuentra.
—De eso me encargo yo.
Había tanta seguridad en el tono de voz de Bittor que a sus amigos no les cupo la menor duda de que lo haría, aunque se abstuvieron de preguntar el modo que utilizaría para lograrlo.
Tras la vigilancia a la que había sometido a los moradores de “Goikoa”, sabía que Juan Manuel salía todos los días al anochecer para reunirse con dos o tres compañeros. Por lo general, se sentaban en el murete que rodeaba la iglesia y charlaban sin perder de ojo al grupo de muchachas que hacía otro tanto en la parte opuesta, pero el día anterior, sábado, los había visto bajar a la Villa. De nuevo, vigiló el caserío durante toda la semana y comprobó que, en efecto, el sábado los mozos se marchaban del barrio. En esta ocasión, esperó pacientemente su regreso, algo que ocurrió hacia la madrugada. No le cupo la menor duda de que habían estado bebiendo, puesto que sus voces alborotaban la vecindad y tardaron en despedirse. Juan Manuel se dirigió a su casa haciendo eses mientras canturreaba una cantinela de la que, al parecer, únicamente conocía la estrofa que repetía continuamente. Lo esperó en un recodo del sendero, lo derribó de un puñetazo, lo puso boca abajo y se sentó encima de él.
—¿Dónde está Carmen? —le preguntó.
El joven tardó en espabilarse, pero Bittor no tenía prisa; estaba dispuesto a sonsacarle la información aunque tuviera que pasarse el resto de la noche sentado sobre él.
—Vete a la mierda…
—Ahí es adonde vas a ir tú si no me dices lo que quiero saber. ¿Dónde está Carmen?
—En el infierno, como todas las putas que pierden la honra.
Con una sola mano, Bittor le aplastó la cara contra la gravilla, presionando hasta que las piedras se incrustaron en su piel y gritó de dolor.
—¿Dónde está? —volvió a preguntar.
Al no obtener respuesta, le giró la cabeza y, de nuevo, le aplastó la otra mejilla contra la grava, aunque, en esta ocasión lo hizo durante más tiempo, tapándole la boca para evitar que sus gritos se oyeran en el silencio de la noche.
—¿Dónde está?
—En Vitoria… —balbuceó el joven.
—¿Dónde en Vitoria?
—En el hospicio…
Bittor soltó a su presa, que se puso en pie con dificultad, al tiempo que se frotaba las mejillas doloridas.
—El viejo me despellejará si sabe que te he dicho dónde está… —se lamentó.
—Y yo lo haré si mencionas nuestro encuentro —afirmó Bittor.
A la mañana siguiente acudió a “Bekoa” a informar acerca de su descubrimiento y su intención de salir inmediatamente hacia Vitoria. Sus amigos lograron convencerlo de que no lo hiciera. El país estaba en guerra, era obligatorio llevar encima un salvoconducto carlista para atravesar la región y otro liberal para entrar en Vitoria, y lo mismo para regresar a Araotz, esta vez a nombre de ambos. Era del todo imposible que lo consiguiera. Además, debía recordar que su mujer estaba embarazada; cualquier problema podía provocarle un parto prematuro con riesgo para su vida y para la de la criatura que esperaba. Muy a su pesar, tuvo que reconocer que tenían razón, pero no podía permanecer pasivo ante semejante situación. Quemaría “Goikoa” con los Lasa dentro si algo llegaba a ocurrirles a Carmen y a su hijo. No lo dijo en voz alta, pero el azul de sus ojos adquirió un tono tan claro que dejó a Julia muy sorprendida.
Por primera vez, la joven se fijó en él no como un amigo, sino como el hombre que un año antes había solicitado permiso para cortejarla, soportado la humillación en la iglesia, pasado el cestillo de las limosnas con la cabeza alta, mostrado su carácter fiero e independiente junto al haya; el hombre, en fin, que no le quitó la vista de encima mientras ella le narraba sus vicisitudes en el
zaguán. Había miradas que toda mujer, incluso la más inexperta, era capaz de interpretar. Recordó su primer encuentro con él y las veces que había ido a visitarlos; siempre le había mirado de la misma manera. Incluso le vino a la memoria la romería al santuario del otoño anterior en la que sus ojos se encontraron durante un breve instante, si bien luego pensó que debía de tratarse de algún otro mozo de similar apariencia. Ahora sabía que había sido él, siempre había sido él. Era aquella mirada la que esperaba encontrar en Arístides, la que le hubiese gustado descubrir en Eladio o en cualquiera de los pretendientes que zumbaban a su alrededor cuando paseaba por las calles de la Villa, la misma a cuyo dueño se habría entregado sin reparos. Dicha constatación la turbó, le hizo sentirse culpable. Ella estaba casada y él era el marido de su hermana, aunque el matrimonio no hubiese sido bendecido por un sacerdote. Era demasiado tarde para cambiar las cosas.
Zabala parecía súbitamente recobrado de sus dolencias. Sabían dónde se encontraban Carmen y el niño, y eso ya era algo, afirmó entusiasmado, sólo quedaba trazar un plan para traerlos a Araotz cuanto antes. Pidió una hoja de papel, pluma y tintero y se puso a anotar todo lo que se le iba ocurriendo: medios, salvoconductos, posibilidades de éxito y también de fracaso, personas a las que contactar… Todavía le quedaban amigos, antiguos clientes, tanto carlistas como liberales, algunos, buenas personas que no se negarían a ayudarlos. Al poco, Julia había olvidado su preocupación al descubrir que Bittor no le era indiferente y él la idea de quemar “Goikoa” con los Lasa dentro. Inclusive Fermina tomó parte en la discusión y se ofreció a ir ella en persona a Vitoria y hacerse pasar por la madre de Carmen. Finalmente, decidieron que serían Julia y Bittor quienes hiciesen el viaje; ella por tener el mismo apellido, algo que facilitaría los trámites, y él porque podría defenderla en caso de peligro, pero antes era preciso conseguir los correspondientes salvoconductos. Ésta era la parte más peliaguda del asunto y los cuatro se desplazaron en el carro hasta la Villa al día siguiente, dispuestos a conseguir los pases.
En apariencia, todo continuaba igual en la localidad, aunque, en lugar de los miqueletes, se veían muchos soldados vestidos con levitas azules, pantalones rojos y boinas asimismo azules. También podían avistarse numerosas boinas rojas ante las cuales se cuadraban las azules. Un mozalbete
corrió tras ellos para venderles el primer número de “El Cuartel Real”, periódico editado en el propio Oñati, les informó muy orgulloso. El abogado lo cogió y se lo guardó en el bolsillo de la levita para leerlo más tarde, pero, sobre todo, para no llamar la atención de un grupo de uniformados carlistas que los observaba con suspicacia y se dirigieron a la fábrica de herramientas.
Tras pensarlo con detenimiento, habían llegado a la conclusión de que eran pocas las personas de quienes poder fiarse. Muchas veces, la amistad era como el humo, desaparecía en cuanto se apagaba el fuego, aseguró Fermina acordándose de las negativas recibidas al ir a pedir ayuda para su patrón, inclusive las de ciertos caballeros que le debían favores. Tenían prueba de la buena disposición del industrial y no se sintieron defraudados al ser recibidos por él con una efusión no disimulada. En su taller se fabricaban palas, azadas, picos, cizallas y todo tipo de útiles, necesarios tanto en la paz como en la guerra. No se podía quejar, no le faltaba trabajo y había tenido que contratar a cuatro operarios más, aunque también se había visto obligado a bajar los precios por “deber patrio”, les informó no sin cierta ironía. Disponía de varios salvoconductos debidamente firmados por la autoridad que le permitían realizar envíos de herramientas a los diversos frentes, evitando así los trámites habituales en manos de funcionarios que siempre se retrasaban, y no dudó en entregarles dos, uno para Bittor y Julia y el otro para Carmen y el niño.
—No sé de qué forma podría agradecerle su bondad… —aseveró don Antonio, emocionado.
—Recuperando la salud y adquiriendo de nuevo su casa, amigo mío —
replicó Arrue.
Salieron de la fábrica dispuestos a buscar los salvoconductos sin los cuales sería imposible entrar en Vitoria, pero, en este caso, el asunto se presentaba ciertamente difícil al haberse marchado de la Villa todos aquellos liberales con influencias. Los que quedaban serían pobres diablos que intentarían pasar desapercibidos para no tener problemas. Estaban pensando en regresar al barrio cuando una voz detuvo su marcha.
—¡Señorita Julia! ¡Señorita Julia!
Emili la bordadora, cuyo hijo había sido herido en el ataque de los guerrilleros, les hacía señas para que detuviesen el carro y corrió hacia ellos.
Al rato estaban sentados en su humilde cocina, compartiendo una sopa de
nabos y unas morcillas asadas que se había traído del caserío familiar. Se disculpó por no poder ofrecerles algo más “consistente” pero, debido a la guerra, los precios se habían puesto por las nubes; el pescado hacía semanas que no se veía en la Villa y la carne iba a parar al ejército y a la academia militar.
—Y, por supuesto, a todos los sinvergüenzas, contrabandista y chaqueteros que se arriman al carro vencedor —concluyó con tanto énfasis que hasta el propio Bittor esbozó una sonrisa.
Les informó de que su hijo Xabier se había recuperado de las heridas y de que, gracias a Dios, había tenido tiempo de llevarlo al caserío de sus abuelos antes de que los carlistas ocupasen la localidad pues, de otro modo, lo habrían metido preso.
—Aunque no sé yo qué habría sido mejor —añadió— porque en
“Gaztelondo” no hace más que reñir con su abuelo Bartolo. Ambos son buenos hombres, pero igual de tozudos. Mi suegro está muy a apegado a las viejas tradiciones, a la iglesia y esas cosas, ya me entienden ustedes, y Xabi es joven y, claro, tiene algo de… revolucionario —bajó la voz al decir la última palabra, al tiempo que levantaba los ojos al techo y se santiguaba para hacerse perdonar por decirla—. ¿Y qué les ha traído a ustedes por aquí? Lamenté mucho que tuvieran que vender su hermosa casa…
Julia le explicó de manera sucinta los motivos de su presencia en la Villa y la necesidad que tenían de un salvoconducto para entrar en Vitoria.
—Eso lo arregla mi hijo —afirmó la bordadora con tanta seguridad que los otros no supieron qué decir.
Algo más tarde estaban todos en el caserío “Gaztelondo” de San Juan, en el barrio de Urrexola. Mientras el abogado, Fermina y Emili conversaban con los dueños y rememoraban tiempos más tranquilos, Bittor y Julia lo hacían con el joven Olalde, un muchachote de pelo negro y largo, más alto incluso que aquél y que difícilmente podría pasar desapercibido. Huérfano de padre desde pequeño, estaba ansioso por hacer algo que no fuera ayudar a su abuelo a plantar berzas y les enseñó muy orgulloso la herida ya cicatrizada que lucía en el pecho como si de una condecoración se tratara. Sus ojos brillaron de entusiasmo al conocer el motivo de la visita. No tenía en su poder ningún salvoconducto liberal, les confesó, pero sabía dónde conseguirlo.
Durante las dos semanas que siguieron, Bittor no dejó de vigilar el camino a la espera de ver aparecer al mozo y todos los atardeceres se acercaba al caserío de sus amigos para informarles de que no había novedad. El otoño pintó los bosques de colores, el clima se presentó suave aquel año y, a menudo, Julia y él permanecían bajo el fresno hasta desaparecer la luz del día.
Los silencios eran más largos que los coloquios y lo poco que decían era para hablar de ellos mismos, rememorar la infancia, recuperar recuerdos, confesar aciertos y errores, y así iban conociéndose algo más cada día que pasaba. El país continuaba en guerra y a veces se escuchaban en la lejanía los ecos de los cañones, pero allí, en “Bekoa”, la paz era completa.
Una mañana temprano los perros ladraron y Bittor saltó de la cama, asió su escopeta y salió afuera únicamente con los calzones puestos. Xabi Olalde apareció por el senderillo, sudoroso y sonriente, y él bajó el arma que ya se había llevado al hombro, dispuesto a disparar si quien llegaba lo hacía con ánimo de bronca. El mozo traía consigo los salvoconductos liberales que les permitirían entrar en Vitoria y afirmó, muy ufano, que los había birlado en la propia ciudad, ante las narices del oficial encargado de sellarlos, el cual se había negado a entregárselos aduciendo que se necesitaba una orden superior.
A la pregunta de cómo había podido entrar en Vitoria si él mismo no tenía un salvoconducto, Olalde guiñó un ojo y se echó a reír.
—¿Dónde vives Bittor Urrondo que no sabes que ésta que pisas es tierra de contrabandistas? —le preguntó—. Incluso mi abuelo Bartolo lo fue cuando tenía mi edad. ¡Lo llevamos en la sangre, muchacho!
Había transcurrido más de un mes desde la desaparición de Carmen y era preciso darse prisa si querían encontrarla antes de que diese a luz. Sin más tardanza, Bittor, Julia y Xabi Olalde salieron para Vitoria ese mismo día, después de jurar a don Antonio, y también a Fermina, que tendrían todo el cuidado del mundo. El parloteo del mozo, su buen humor, la gracia que mostraba cada vez que se topaban con una patrulla y le contaba una mentira diferente acerca de los motivos del viaje hicieron que el trayecto pareciese más corto de lo que en realidad era. Llegaron a Vitoria poco antes del toque de queda y se alojaron en una posada de nombre “El Portalón”, situada en la plaza del grano, justo debajo de la colegiata de Santa María. Julia tuvo derecho a una pequeña habitación en la que apenas cabía la cama, pero los dos
hombres tuvieron que compartir espacio, ronquidos y olor a pies, con otra media docena. A la mañana siguiente se dirigieron al hospicio y comunicaron a la monja portera que venían en busca de Carmen Iturralde. La monja les dio con la puerta en las narices dejándolos momentáneamente perplejos, pero volvió a abrir al cabo de un rato para comunicarles que la susodicha ya no estaba allí. Iba a cerrar la puerta de nuevo cuando Bittor se interpuso, empujó a la religiosa hacia dentro y penetró en el recinto seguido por los otros dos. Al poco estaban entrevistándose con la superiora y exigiendo la devolución de la joven.
—Después de dar a luz fue acogida por una familia muy respetable que ayuda a las jóvenes pecadoras a reencontrar el camino de la virtud —afirmó la superiora, ofendida por el, a su entender, avasallamiento de los recién llegados.
—Óigame usted…
Julia observó asustada que el color de los ojos de Bittor se volvía transparente y se colocó entre él y la religiosa.
—Mi nombre es Julia Iturralde —dijo en tono conciliador— y Carmen es mi hermana. Le ruego nos diga dónde se encuentra.
Su aspecto distinguido, los buenos modales y el asombroso parecido que tenía con la muchacha interna en el establecimiento durante algo más de un mes y medio inclinaron a la religiosa a confiar en ella y le proporcionó el nombre y la dirección de la familia de acogida.
—¿Está su criatura con ella? —inquirió la joven.
—El niño nació antes de tiempo, aunque en perfecta salud, y fue dado en adopción dos semanas más tarde.
—¿A quién?
—Lo siento pero, una vez adoptados, nuestros niños pertenecen a las familias adoptivas y no podemos traicionar el secreto de su paradero.
Bittor intentaba asimilar la información que acababa de recibir: era padre, su hijo había sido dado a otra familia y aquella monja se negaba a decirles dónde estaba. Apartó a Julia con brusquedad enfrentándose a la religiosa.
—Óyeme, mujer. Dime ahora mismo dónde está mi hijo si en algo valoras tu vida.
—Puede usted matarme si quiere —respondió la mujer adoptando un aire de heroína de tragedia—, pero no se lo diré. Su bastardo es fruto del pecado y sólo encontrará la salvación en el seno de una honrada familia católica que lo educará en la verdadera fe.
Xabier tuvo que sujetar a Bittor para que no estrangulara a la religiosa y entre él y Julia se lo llevaron fuera. En buena hora, pues la portera había salido corriendo en busca de los soldados y éstos llegaron justo en el momento en que ellos desaparecían por la esquina de la calle Pintorería.
C armen se puso de parto antes de lo previsto, el mismo día en que la estación estival se despedía y el viento Sur, el viento de los locos, hacía su aparición. El alumbramiento duró hasta el amanecer de la segunda noche, pero ni un grito, ni un quejido, salió de su garganta; aguantó el dolor, a pesar de que en algunos momentos creyó abrirse por la mitad, esperando la muerte como castigo por su pecado, pero no murió y dio a luz a una pequeña criatura que decidió aparecer en este mundo convulso con más de un mes de adelanto.
Empapada en sudor, lo examinó con todo detalle, contó los dedos de sus manos y pies, e introdujo el pezón de su pecho izquierdo en aquella boquita gritona que no había dejado de reclamar el alimento casi desde el mismo momento de su nacimiento sólo cuando tuvo la certeza absoluta de que su hijo no se diferenciaba en nada de cualquier otro recién nacido. Como todos los niños “nocturnos”, así llamados por ser fruto de relaciones ilícitas, el pequeño fue bautizado al anochecer, después del rosario, con el nombre de Andrés y su padrino fue el sacristán. En el registro parroquial únicamente se inscribió el nombre de la madre, a cuyo lado alguien anotó con letra redondilla: “padre desconocido”. Una semana más tarde, sin haberse recuperado del todo, la joven entró a trabajar como criada al servicio de una familia benefactora que ayudaba a las muchachas descarriadas. El niño permaneció en el hospicio para ser dado en adopción.
Al acabar la misa, tras haber sido mortificados Bittor y ella delante de los vecinos, la agarraron con fuerza por un brazo, la arrastraron fuera de la iglesia y la obligaron a subir a un carro que esperaba delante de la puerta. Estaba tan asustada que era incapaz de comprender lo que sucedía; quería llamar a Bittor,
gritar su nombre, pero no pudo emitir un solo sonido. Su única esperanza era que ocurriera un milagro, que él apareciera para socorrerla, pero el carro se puso en marcha y la última visión que tuvo fue la del rostro adusto de su abuelo, quien no la veía, pese a tener los ojos fijos en ella. A su lado, la madre se tapaba el rostro con un pañuelo. Sólo entonces se fijó en que había otra persona con ella dentro del carro, un amigo de su hermano, que bajó los ojos avergonzado cuando ella lo miró interrogante. Juan Manuel y otro de sus compañeros de francachelas iban sentados al pescante, azuzaban la mula con prisas por llegar a su destino y ninguno de los tres le dirigió la palabra durante el trayecto que los llevó a Mondragón, después al puerto de Arlaban y de allí a Vitoria. Al llegar al hospicio, un edificio grande de piedra de aspecto severo, la obligaron a bajar del carro; los tres continuaban en silencio y ni siquiera le dirigieron una mirada. Preguntó a su hermano por qué estaban allí, qué pensaban hacer con ella, pero él no respondió; se limitó a empujarla dentro del edificio cuando una religiosa abrió la puerta. Ésa fue la última vez que vio la calle hasta que salió para servir en casa de la familia benefactora, casi tres meses más tarde. Le quitaron a su hijo la misma noche en que nació, en cuanto se quedó dormida con la criatura agarrada al pecho. Al despertar preguntó por él, pero le dijeron que haría mejor en olvidarlo y ni las lágrimas ni las súplicas sirvieron para nada; permaneció en estado de conmoción hasta que una mujer robusta y de aspecto bondadoso fue a buscarla y la llevó a casa de sus señores.
Le explicó que era el ama de llaves, que llevaba casi desde la infancia con ellos y que eran unas personas muy respetables que hacían mucho bien a sus semejantes, en especial, a jóvenes como ella que habían quebrantado la ley de Dios.
—Pero no te preocupes —le aseguró—. El trabajo honesto te retornará al buen camino y puede que, incluso, algún día encuentres a un buen hombre a quien no le importe tu pasado y te haga su mujer.
Estuvo a punto de responder que ya tenía marido, pero estaba debilitada y demasiado apenada por la pérdida de su hijo para discutir con ella. La alojaron en un cuartucho, al lado de la cocina, el mismo en el que dormía la cocinera a quien debía servir de ayudante.
Soñó muchas veces, durante las primeras semanas, en huir, adentrarse de noche en el hospicio, coger a su hijo y regresar junto a Bittor, pero sabía que
era una misión imposible de llevar a cabo. No le permitían abandonar la vivienda, aunque, algunas veces, acompañaba a la cocinera al mercado y acudía con ella a la misa dominical en la colegiata, próxima a la casa, pero en dichos momentos también iba con ellas un sirviente que no le quitaba el ojo de encima. Además, recordó que el asilo tenía rejas en las ventanas y sería inútil intentar entrar, puesto que ignoraba el lugar en el que las monjas cuidaban a los niños. Aunque consiguiera escapar con él, ¿cómo llegarían a Araotz si no tenía dinero, ni conocía a nadie en Vitoria? Poco a poco fue acostumbrándose a su nueva vida, que no era mala del todo, dadas las circunstancias. A ello ayudó que la cocinera le informara de que, por razones obvias, los niños recién nacidos sanos solían ser los primeros en ser adoptados, aconsejándole que sería mejor para ella dejar de pensar en su hijo cuanto antes. Ese día lloró, pero no volvió a hacerlo a partir de entonces y se juró que, antes o después, lo encontraría; no sabía cuándo ni cómo, pero estaba convencida de que un lazo invisible unía a madre e hijo, no en vano sus vidas eran una durante nueve meses. Luego recordó a la suya y tuvo que admitir que entre ellas no había lazo de unión alguno. De hecho, dudaba de que su madre, hallándose en sus mismas circunstancias, fuera capaz de reconocerla; tal vez sí a Juan Manuel, por quien sentía pasión, pero no a ella.
Un día la señora de la casa la mandó llamar. Subió las escaleras detrás del mismo sirviente que hacía las veces de guardián, recogiéndose los mechones de cabello que escapaban del pañuelo y preguntándose qué querría de ella, ya que no había vuelto a verla desde el día de su llegada, unas semanas atrás. En aquella ocasión, la señora había bajado a la cocina y se había limitado a examinarla de arriba abajo sin decir palabra, haciendo después un leve gesto de asentimiento, tan leve que le dio la impresión de que su cuello era rígido como el de una estatua. La casa, más bien un palacio, tenía tres pisos y hubo de esforzarse para no abrir la boca al dejar la escalera de servicio y entrar a la planta noble, lugar al que no se le permitía el acceso. Jamás en su vida había visto tanta riqueza junta, tantas cosas bonitas: adornos, muebles encerados, coloridas alfombras, candelabros, pesadas cortinas de terciopelo, figuras, lámparas de cuyos brazos colgaban cristalillos, brillantes como las gotas de rocío, que le recordaron la hierba húmeda en las mañanas de Araotz. No sabía adonde mirar y estuvo a punto de chocar con el sirviente que se había detenido
ante una puerta a la que llamó con los nudillos, al tiempo que le lanzaba una mirada de reprobación.
Tan nerviosa estaba que no entendía lo que la señora le decía, puesto que había empezado a aprender el castellano en el hospicio y apenas lo dominaba, aparte de palabras sueltas y frases sencillas. Tampoco se percató de que había otra mujer en la habitación. Sólo se fijó en ella cuando la dama señaló con la mano hacia el sofá forrado de color amarillo y su mirada se desvió en dicha dirección. Esta vez fue incapaz de disimular su asombro y un “¡oh!”
sorprendido escapó de su boca sin poder evitarlo. La joven, vestida como las damas que veía por la calle cuando acompañaba a la cocinera, era ella misma, o al menos se le parecía mucho. Le sonreía sin poder contener la emoción y, súbitamente, le vino a la memoria la niña que había dormido una noche en
“Goikoa” y cuya evocación iba siempre unida a la del padre que no había conocido. Dejó de pensar en ella desde su unión con Bittor pero, o mucho se equivocaba, o aquella niña y la señorita que tenía delante eran la misma persona.
Un rato más tarde, salía de la casa vestida con la ropa y los zapatos recibidos para acudir a misa y que la señora se empeñó en que se llevara por tratarse de un regalo que siempre hacía a las jóvenes que le llegaban del hospicio. Le dio las gracias, aunque estaba segura de que no utilizaría la falda ni la chaquetilla de paño verde oscuro, demasiado elegantes para ponérselas en Araotz, y tampoco los zapatos que le hacían daño al andar. Caminaba al lado de su salvadora, sin recobrarse de la sorpresa, sin poder creer que aquella señorita de modales educados, a quien no se atrevía a dirigir la palabra, fuera hermana suya.
—Soy Julia Iturralde —le había dicho levantándose del sofá y cogiéndole ambas manos—, tu hermana de padre y he venido para llevarte de vuelta a casa.
Se detuvo en medio de la calle, presa de terror, ¿de qué casa hablaba? ¿Y
su niño?
—¿Qué ocurre? —le preguntó Julia.
—Usted ha dicho que va a llevarme de vuelta a casa… y yo no quiero volver a Araotz. Quiero recuperar a mi hijo.
Julia le explicó que lo primero que habían hecho al llegar a Vitoria había sido dirigirse al hospicio y allí les habían informado de que el niño había sido dado en adopción a las dos semanas de nacer. Las religiosas se habían negado a proporcionarles el nombre de la familia adoptante y, nada, ni las amenazas de Bittor habían logrado sonsacarles la información.
—¿Bittor?
—Sí, querida, Bittor y yo hemos venido a buscaros a ti y al niño. Por ahora sólo hemos podido dar contigo, pero confía en nosotros. Acabaremos encontrando a tu hijo, puedes estar segura.
La cabeza le daba vueltas. ¿Dónde estaba su pequeño? ¿Dónde estaba Bittor? ¿Por qué no había ido él a buscarla? ¿De dónde salía después de tantos años aquella mujer que tanto se le parecía? Notó que la cogía del brazo y la obligaba a continuar caminando; bajaron la cuesta de la colegiata y llegaron a una plaza en donde había un buen número de vendedores de grano y animales, así como puestos de quesos, chorizos y morcillas. Carros y carruajes se encontraban aparcados algo más lejos, al otro lado del portal que daba acceso a la ciudad, y hacia ellos se dirigió su acompañante, siempre sin soltarse de su brazo, después de haber mostrado un salvoconducto a los soldados que custodiaban el paso. El corazón le dio un vuelco al divisar a Bittor junto al percherón y el carro utilizado para cargar el heno, que reconoció por haber sido ella misma quien había pintado de azul añil sus laterales. El joven avanzó hacia ellas en cuanto las vio; la besó en la frente y la subió al carro sin decir una palabra. A continuación ayudó a Julia a subir al pescante, se sentó junto a ella y, tras despedirse de un muchachote cuya cara le resultaba familiar, abandonaron el lugar. Fueron detenidos en varias ocasiones durante el trayecto, pero, en todas, Julia sacó de su bolso de mano un papel y los soldados les autorizaron a continuar el viaje.
Carmen iba sentada directamente sobre el suelo del vehículo, rebotando a cada bache, a cada piedra del camino, que eran muchas, y tragando polvo. Se había acurrucado en un rincón e intentaba aclarar sus ideas, pero no lo conseguía. De vez en cuando, levantaba la vista y veía el perfil de Julia que hablaba con Bittor. El ruido producido por el traqueteo le impedía escuchar lo que decía y únicamente le llegaban palabras sueltas sin ningún sentido para ella. Tendría que preguntarle a su marido dónde y cuándo se habían conocido
y cómo habían logrado los dos dar con ella, pero estaba demasiado aturdida, demasiado dolorida por el golpeteo para concentrarse. La visión del desfiladero de Jaturabc, del alto muro de piedra que resguardaba el valle al igual que si fuera una fortaleza, alegró su ánimo. Por fin estaba en casa después de tanto sufrimiento. La presencia de Bittor la tranquilizó; al menos sabía que no la llevarían a “Goikoa”. Sin embargo, tampoco cogieron la senda de “Urondoa”; continuaron adelante hasta alcanzar un prado a medio camino entre la iglesia y el río, desviándose hacia la izquierda por un sendero estrecho, en dirección a un caserío situado en la parte inferior de la loma donde se alzaba el de su abuelo. Solía bajar de niña porque estaba deshabitado y lo había convertido en una especie de refugio cada vez que la madre le reñía o su hermano le tiraba de las trenzas. No volvió al ser ocupado por una familia de Urrexola, pero, que ella supiese, ahora estaba vacío. Reconoció el fresno y se sorprendió al ver la casa nuevamente habitada: un hombre y una mujer habían salido a la puerta y les hacían señas de bienvenida. Bittor detuvo el carro delante de la puerta, ayudó a Julia a descender de él y luego la ayudó a ella.
—Volvemos a vernos…
Reconoció al amable caballero que había sido su testigo de boda. Y
también a la mujer que le había regalado, dentro de una cajita forrada de terciopelo, la cadena y la cruz, ambas de plata, que desde entonces colgaba de su cuello.
—Ven, hija. Seguro que estarás exhausta y tendrás hambre.
La mujer le echó el brazo por encima de los hombros y la empujó con suavidad hacia el interior de la vivienda, mas, al girarse antes de entrar, vio que Bittor se marchaba a pie por el senderillo del río, sujetando con una mano el arnés del caballo. No entendía por qué la dejaba allí, en lugar de llevarla a su casa, a la de ambos, e hizo amago de seguirlo, pero el brazo de la mujer la tenía bien sujeta y estaba demasiado cansada para resistirse.
—Creo que nuestra invitada se merece una aclaración… —afirmó don Antonio.
—Haría usted bien en dársela —terció Fermina, al tiempo que llenaba los cuatro platos dispuestos sobre la mesa de la cocina con una espesa sopa de ajo
—. La criatura parece muy desorientada.
—Verás, Carmen…
Don Antonio le explicó que, con las nuevas leyes, los matrimonios civiles ya no eran válidos, se consideraban simples amancebamientos, estaban prohibidos, los contrayentes podían ser acusados de atentar contra la moral y las buenas costumbres y ser detenidos. Habían pensado, Bittor incluido, que sería mejor que ella permaneciese en su compañía durante algún tiempo para no dar que hablar en el barrio y evitar de nuevo una mala experiencia.
—Hemos supuesto que no querrías regresar a “Goikoa”…
La joven negó con la cabeza. No había fuerza que la obligase a volver a la casa en la que había nacido y de la que había sido expulsada como una apestada. No quería ver a su familia. De hecho, pensó, no existía para ella; su única familia ahora eran Bittor y el niño que le habían robado de su pecho nada más nacer.
—Aquí estarás segura. Nadie puede obligarte a vivir donde no quieres, pero sí podrían detenerte y expulsarte de Oñati si te pillan en “Urondoa”. Lo entiendes, ¿verdad?
Julia había alargado la mano y la había colocado encima de la suya.
—Usted…
—Tutéame, te lo ruego. Somos hermanas o medio hermanas, pero es lo mismo.
—Es que no sabía que tuviese una hermana…
—¡Yo tampoco! Mi tutor nunca me habló de mi padre, ni de mis hermanos…
Ambas jóvenes se quedaron mirando a don Antonio a la espera de una explicación.
—Jamás imaginé que nos veríamos envueltos en semejante situación —se disculpó el abogado—. Creí que era mejor para Julia ignorar que su padre la abandonó al casarse con Feliciana, que fue muy infeliz y decidió poner un océano de por medio entre sus hijos y él.
—¿Y esta casa?
—Era de tu padre. Se la legó a Julia antes de marcharse a las Américas.
—Ella era la niña que durmió una noche en el camarote del caserío de mi abuelo y usted el hombre que llegó a caballo y se la llevó…
—Así fue, en efecto.
—¿Y cómo supieron Bittor y ustedes dónde estaba yo?
—¡Eso se lo tendrás que preguntar a él! —rió Julia.
Carmen se acostó en un lecho de colchón mullido y sábanas suaves, muy diferente a las camas de tablones ocupadas durante los últimos meses, pero tardó en conciliar el sueño. No podía dejar de pensar que, en aquellos momentos, su hijo estaría siendo arrullado por una mujer que no era ella y que Bittor no le había dirigido la palabra. La había besado en la frente, como un padre, como con un sentimiento de alivio por haberse quitado un problema de encima.
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