La flor de la argoma
Febrero, 1873
A comienzos del mes de febrero, Santa Cruz decidió ocupar la Villa de Oñati. Sus seguidores eran ya casi el millar, un número importante que le permitía hacer la guerra por su cuenta y desoír las órdenes del general Lizarraga, comandante de las tropas carlistas guipuzcoanas. Envío un mensaje a Dugiols en el que ofrecía el indulto a quienes se habían opuesto a una causa tres veces santa y amenazaba con ejecutar a todos los que no entregasen las armas. El tolosarra le respondió que se dejase de baladronadas y se dedicase a su oficio de cura, tras lo cual el guerrillero se dispuso a atacar. Tomás Urrondo fue con él. No dijo nada a sus hermanos acerca de su decisión, esperó a que Bittor saliera antes de clarear el día, siguiendo su costumbre de los últimos meses, y se escabulló calladamente del pajar para no despertar a Agustín, con el sable todavía envuelto en el trapo bajo el brazo. Esperó a los guerrilleros, escondido tras el molino, al otro lado del pequeño puente de piedra que cruzaba sobre el río en Jaturabe, el corazón palpitante de la emoción al ver pasar al jefe a menos de diez zancadas del lugar donde se encontraba, pues nunca había estado tan cerca de él, y se unió a los rezagados. Era un buen mozo, algo flaco, pero nevaba y los dos chalecos de lana que llevaba puestos para combatir el frío disimulaban su delgadez; la bufanda, también de lana, ocultaba su rostro de adolescente, dejando únicamente a la vista la mirada ilusionada de unos ojos azules, muy semejantes a los de su hermano mayor.
Los guerrilleros se dispersaron por los alrededores de la localidad y comenzaron a disparar cerca de la medianoche, siendo respondidos por Dugiols y los Voluntarios de la Libertad, parapetados tras la tapia del
callejón de la bajada al río, acceso obligado de entrada a la Villa. Los liberales también disparaban desde las ventanas de la fortificada Casa Consistorial, aún sin inaugurar, contra los carlistas que avanzaban por Kalebarria, protegidos tras unos carros acolchonados, e intentaban quemar el Consistorio con botellas de petróleo inflamado lanzadas desde el tejado del palacio de Lazarraga. Durante toda la noche y el día siguiente, los habitantes de la Villa que no tomaban parte en el enfrentamiento se encerraron en sus casas y esperaron angustiados el desenlace de una contienda que no auguraba nada bueno, ganaran unos u otros. Santa Cruz hubo de claudicar y retirarse a Araotz, aunque juró volver y acabar con la maldita resistencia de los guiris ateos que querían cambiar las leyes de Dios. Los heridos que podían caminar hicieron el trayecto a pie, los más graves lo hicieron en un carro, los muertos en otro. Al llegar al barrio, los cadáveres fueron descalzados para aprovechar botas y abarcas, registrados sus bolsillos en busca de una dirección, un nombre a quien comunicar el fallecimiento, y devotamente enterrados. Después, los guerrilleros dejaron a los heridos graves en manos de los vecinos, hicieron acopio de provisiones y acamparon en Arrikrutz con la intención de pasar a Navarra en cuanto clareara el día.
El cuerpo de Tomás Urrondo permaneció sobre el suelo, en la plazuela delante de la iglesia, cubierto por una manta, a la espera de que alguien fuera a comunicar al dueño de “Urondoa” que su hermano pequeño había muerto a consecuencia de una bala en pleno corazón. Conociéndolo, ningún vecino quería ser portador de la funesta nueva, no fuera a ser que la emprendiera a golpes con el mensajero. Todas las miradas se volvieron a don Pedro, pero el párroco no mostró deseo alguno de arriesgar su integridad física ante la furia que, a buen seguro, se apoderaría del salvaje excomulgado que vivía alejado de su rebaño.
—Iré yo.
—Hija…
Feliciana intentó retenerla, pero Carmen no esperó y echó a andar. La mujer miró a su padre, haciéndole señas para que fuera tras ella, pero Faustino permaneció quieto; Urrondo no se atrevería a agredir a su
prometida, aunque, por si acaso, reunió a un grupo de vecinos para ir en busca de su nieta si ésta tardaba en regresar.
No había nadie a la vista en “Urondoa”. Carmen llamó y no obtuvo respuesta, pero las puertas de la casa y del establo estaban abiertas, indicio de que sus moradores no podían hallarse muy lejos. Gritó sus nombres sin éxito y se encaminó hacia el río siguiendo su intuición, al tiempo que metía las manos bajo la pañoleta de lana que llevaba cruzada sobre el pecho.
Hacía frío y estaba a punto de comenzar a anochecer, pero todavía había luz suficiente para no perderse o dar un mal paso. Se detuvo al descubrir a Bittor, agachado junto al agua lavando los aperos. No había vuelto a verlo desde aquella mañana, la del beso. Su primera intención fue contar lo ocurrido y romper el compromiso, alegando que nadie en su sano juicio aceptaría por marido a un bruto que no sabía conducirse, que no guardaba el debido respeto a la mujer con quien iba a casarse, pero tropezó con Juan Manuel y cambió de idea. Su hermano era un charlatán y por nada del mundo permitiría ella que se supiese el asunto en el barrio, que la acusaran de provocadora, de haber incitado al novio a un comportamiento indecente, aunque pensaba poner las cosas en claro la próxima vez que se encontraran.
¡Iba listo si creía que ella era una mujer fácil! Pero llegaron los carlistas y él no volvió por “Goikoa”. A veces lo imaginaba exiliado como tantos otros o huido, como su padre; otras, pensaba que quizás se había despeñado y estaba en el fondo de un barranco sirviendo de alimento a buitres y alimoches, pero, en su interior, deseaba verlo de nuevo porque aquel beso arrebatado le quitaba el sueño y necesitaba saber qué era exactamente lo que sentía por él. Iba a llamarlo justo en el momento en que lo vio levantarse y, antes de que ella pudiera reaccionar, quitarse la ropa y quedarse completamente desnudo. Era la primera vez que veía a un hombre de aquel modo, abrió los ojos y se mordió el dorso de la mano para no soltar un grito, pero no apartó la vista; lo vio introducirse sin vacilación en el agua helada, desaparecer de la superficie para emerger al instante, salir y sacudirse como un animal remojado antes de vestirse de nuevo. Entonces él la descubrió. No dijo nada, recogió los aperos, se aproximó a ella, la asió con fuerza por un brazo y la arrastró hasta la casa.
—¿Se puede saber qué hacías ahí, espiando? —preguntó al fin.
—No… yo…
—Tendrás que confesarte porque es un pecado muy gordo ver a un hombre desnudo —se burló al tiempo que la atraía hacía él, asiéndola por la cintura.
—He venido…
—Porque no has olvidado nuestro último encuentro y quieres que te bese de nuevo.
Estaba paralizada, aunque no sabía si por el terror o el deseo.
—Tu hermano Tomás ha muerto —soltó a bocajarro para conjurar el peligro.
Sintió que las manos que la mantenían presa se tensaban y contempló como, en el claroscuro del anochecer, el rostro de Bittor se endurecía, se volvía del color de las rocas que los rodeaban.
—¿Qué has dicho?
—Que Tomás ha muerto… fue a la Villa con los guerrilleros y…
Sus manos la sujetaban ahora por los hombros, haciéndole daño.
—¿Dónde está?
—Delante de la iglesia. Han caído varios hombres, los han enterrado, pero…
No la escuchó, la soltó de golpe y salió corriendo cuesta arriba seguido por ella, mucho más lenta y torpe. Cuando finalmente lo alcanzó, lo vio en medio de un corro de vecinos y vecinas, algunos de los cuales portaban candiles, que lo observaban sin saber qué hacer ni qué decir. Éstos, a excepción de Faustino y su familia, no mantenían relación alguna con Bittor Urrondo, en más de una ocasión habían censurado su conducta, estaban convencidos de que acabaría condenado al infierno por haber atacado al párroco y no haberse arrepentido, pero las desavenencias quedaban relegadas por el duelo, el dolor por la pérdida de un hijo de Araotz, que a todos alcanzaba. El joven había retirado la manta que cubría el cadáver de su hermano, lo examinaba sin que un sólo gesto revelase lo que sentía, como ausente del drama de la guerra que golpeaba a su pueblo, a su barrio, a él mismo. Tomás tenía los ojos abiertos y miraba al cielo. Al cabo de unos
momentos, se agachó, cogió el cuerpo en sus brazos y echó a andar. Hubo un amago de acompañarlo por parte de los vecinos, párroco incluido, pero él se giró al oír sus pasos, clavó en ellos una mirada tan cargada de pesar, o quizá de confusión, o desprecio, o estupor —nadie supo decirlo con seguridad al hablar más tarde de lo ocurrido— que detuvo su marcha. Lo vieron desaparecer entre las sombras, siluetas iluminadas por la luz de la luna que el imaginario popular transformaba en espíritus errantes.
Al llegar a “Urondoa”, Bittor depositó el cadáver sobre la mesa de la cocina, en cada una de cuyas cuatro esquinas colocó una candela encendida, y lo veló durante toda la noche con el alma dolorida. Juró a sus padres en su lecho de muerte que se ocuparía de sus hermanos, que se encargaría de que nada malo les ocurriese, de que fuesen hombres de provecho, y ya había traicionado dos veces su juramento: abandonó a Eladio a su suerte cuando más lo necesitaba y ahora, también había abandonado a Tomás, un niño grande, confundido por la sinrazón que lo rodeaba. Si hubiese estado más pendiente de él, si le hubiese dedicado algo de tiempo habría sabido lo que rondaba por su cabeza y habría impedido que cometiese aquella locura.
Salió a estirar las piernas al amanecer. Una espesa niebla envolvía el valle, ocultándolo, preservándolo, defendiéndolo. Pero la bruma no había sido suficiente para mantener alejados de allí rencores pasados, revanchas inconclusas; a hombres ignorantes, locos dispuestos a matar o morir por otros que los utilizaban en beneficio propio y que no restañarían las heridas, ganasen o perdiesen. Matarían o morirían creyendo defender su tierra, el legado de sus antepasados, la sacrosanta tradición o un mundo nuevo pero, una vez desaparecidos, nadie se acordaría de sus nombres, de sus padres, de sus viudas y huérfanos. Sólo algunos, muy pocos, serían recordados gracias al invento aquél que plasmaba en un cartoncillo serios rostros de reyes, políticos y generales, “los protagonistas de la historia”, al decir del fotógrafo. Los demás, los sacrificados anónimos como Tomás, no contaban.
Lamentó no haber pedido al hombrecillo de apellido impronunciable que le hiciese una fotografía para que así, al menos, su imagen no se borrara de su memoria como se habían borrado las del padre y la madre. Arrancó la rama seca de un manzano y golpeó el aire, rasgando con furia la niebla,
enfrentándose al espectro de su hermano que le reprochaba no haberlo protegido, no haber estado a su lado para cerrarle los ojos en el momento en que una bala le destrozaba el corazón. Lo alertó el ruido de unas pisadas y alzó la vara con intención de abatirla sobre la cabeza de quien quiera que fuese que osaba enturbiar su aflicción.
—¿Quién va? —gritó.
—¡Soy yo, Agustín!
No bajó el brazo hasta comprobar que, en efecto, el fantasma que emergía de la niebla era su hermano.
—¿Dónde estabas?
—Buscando a Tomás. Ayer no lo vi en todo el día, pero no le di importancia porque había dicho que iba a llegarse hasta Degurixa para comprobar cuántas ovejas habían parido.
—Está ahí dentro —afirmó Bittor, penetrando en la casa seguido por su hermano.
—Menos mal. Estaba preocupado. Los guerrilleros han salido esta mañana hacia Oñati y como siempre anda detrás de ellos… Ha habido lucha… el humo se distinguía desde Araozta y también se oían los cañones.
Ha debido ser…
Agustín enmudeció al ver a Tomás tendido sobre la mesa de la cocina, iluminado por la luz de la mañana que a duras penas penetraba por la ventana; las velas se habían desgastado y, en su lugar, sólo quedaban restos de cera ennegrecida. Se acercó a él, rozó su cara con las puntas de los dedos, intentó cerrarle los ojos sin conseguirlo y lo abrazó echándose a llorar con desconsuelo.
Algo más tarde, Bittor amortajó el cadáver con la sábana de los muertos bordada por la madre, lo cogió de nuevo en brazos y ascendió hasta Eztepasakon, seguido por un atribulado Agustín que portaba un par de palas. Abandonaron el sendero al llegar a la caseta de los miqueletes, en la llamada calzada de Calahorra que unía Oñati con Álava, vacía desde que Santa Cruz y los suyos se habían adueñado de la zona, y se adentraron en el profundo hayedo, donde la luz encontraba paso con dificultad durante las épocas en que los árboles aparecían pletóricos de hojas. Ahora, sin
embargo, envueltos en jirones de niebla, mutilados de sus ramas más gruesas, los troncos semejaban figuras grotescas y amenazadoras.
Anduvieron un largo trecho hasta que, finalmente, Bittor se detuvo ante un haya descomunal cuyas ramas habían sido respetadas por alguna extraña razón, depositó el cuerpo en el suelo, asió sin decir palabra una de las palas que llevaba su hermano y comenzó a cavar una fosa, siendo imitado por éste.
—¿No rezamos un oración por su alma? —preguntó el más joven al acabar.
—Reza tú si quieres —respondió el otro, iniciando el regreso sin esperarlo.
Agustín rezó por su hermano pequeño, y también por el mayor, construyó una tosca cruz con dos palos que clavó en el túmulo, y después cogió el antiguo camino que conducía a tierras alavesas. Por primera vez tomaba una decisión importante, quizás la más importante de su vida. No podía volver a “Urondoa”, no ahora que Tomás ya no estaba y que tenía la certeza de que Bittor era un sacrílego.
—¡Hay que subirlo a la iglesia para que sea inhumado como Dios manda! —había protestado al comunicarle que pensaba enterrar a Tomás en el hayedo.
—¿Y cómo lo manda Dios? —preguntó su hermano sin apenas despegar los labios.
—Ha de hacerse en tierra sagrada.
—La tierra, toda ella, es sagrada.
—Tiene que estar bendecida.
—¿Bendecida? ¿Por quién si puede saberse? ¿Por un cura que alienta a sus feligreses a ir a la guerra? ¿O por otro que no sólo los anima, sino que encima los conduce a la muerte?
—¡Los padres están en el camposanto! —exclamó en un último intento para convencerlo.
—Allí sólo están sus huesos.
—¡Si tú no quieres hacerlo lo subiré yo y tendrá un funeral como es debido!
Bittor no había dicho nada, sólo le había mirado con aquellos ojos traslúcidos, inquietantes, en los que raramente se apreciaba un atisbo de sentimiento, ni bueno ni malo. Lo respetaba desde que era un chaval porque era el mayor, el más fuerte, el jefe de la familia, pero no podía aceptar que Tomás fuera enterrado al modo de los paganos. Hizo amago de ir a coger el cuerpo, pero él lo sujetó por la muñeca con tal fuerza que creyó que se la iba a partir. Jamás le había levantado la mano pero, estaba seguro, esta vez lo haría si se oponía a su voluntad. Lo acompañó, por tanto, con una sola idea en la cabeza: averiguar dónde reposaría su hermano para, algún día, ir a buscarlo y llevarlo al cementerio, junto a los padres.
Apresuró el paso al comprobar que empezaba a nevar; todavía le quedaba un largo recorrido para llegar al seminario de Vitoria.
T ras atrancar la puerta de entrada, el abogado Zabala, Julia y Fermina permanecieron agazapados en una habitación de la planta baja en la que sólo había un ventanuco enrejado. No se movieron cuando cesaron los gritos y los disparos pues no sabían si el silencio se debía a la victoria de los carlistas de Santa Cruz o, por el contrario, significaba el triunfo de los liberales comandados por Dugiols. Al cabo de un tiempo que se les hizo eterno, les sobresaltaron unos fuertes golpes en la puerta y se miraron compungidos.
—¡Don Antonio! ¡Julia! —oyeron gritar.
La joven creyó reconocer la voz del capitán Oreitia y fue rápidamente a abrir, pero se encontró con un hombre desconocido, fusil en mano, la cara cubierta de polvo y pólvora, la levita militar desgarrada, e intentó cerrar la puerta de nuevo.
—¡Julia! ¡Soy yo! Eladio Urrondo —dijo el extraño interponiéndose entre la batiente y la jamba—. He venido para comprobar que tú y don Antonio estáis bien.
Lo miró sorprendida. ¿Eladio? ¿El hermano de Bittor? A veces pensaba en él o, mejor dicho, pensaba en los dos. Le había costado sonsacar a su padrino la razón por la que ninguno había vuelto a aparecer por la casa
aunque, finalmente, y tras mucho insistir, supo que Bittor no había pagado la exención de su hermano y que aquel día, cuando se marchó sin despedirse, había ido a devolver el dinero y, de paso, a pedir permiso para cortejarla. En un primer momento, le pareció gracioso que un hombre tan reservado como él quisiera hacerla su esposa. No se lo imaginaba confesando a su padrino el amor que sentía por ella, le parecía incluso inapropiado, pero le habría gustado escuchar sus palabras, espiarlo por una rendija porque, estaba convencida, la gestión le había tenido que costar un gran esfuerzo. No se conocían, apenas habían intercambiado cuatro frases seguidas, pero lo encontraba atractivo, aunque menos que a Eladio.
Recordaba las dos entrevistas que había mantenido con éste en el cuartucho del cuartel, su sonrisa, la vivacidad de su mirada y consideraba imperdonable que Bittor hubiese permitido que se lo llevaran teniendo en su mano la posibilidad de liberarlo. De todos modos, su marido no sería un casero, eso lo tenía claro porque recordaba a su abuela Angelita, envejecida y maltrecha, trabajando todo el día, deslomándose en la huerta, acarreando agua, ordeñando la única vaca escuálida que poseían, y no tenía ninguna intención de acabar como ella.
—¿Eladio? —afirmó más que preguntó al cabo de unos instantes.
—El mismo.
—¿Y qué haces aquí?
—Llegué ayer por la noche para ayudar en la defensa de la Villa. ¿Qué tal si me dejas entrar? Yo soy de los buenos…
—¿De cuáles? —no pudo evitar preguntar.
—De los que luchan contra los bandidos de Santa Cruz y les han dado una buena paliza —respondió él echándose a reír.
Una hora más tarde, lavado, peinado y vestido con un traje que Fermina fue rápidamente a buscar al taller del sastre, compartía mesa y mantel con el abogado y su ahijada. Seguía siendo el joven vivaz que ambos conocían y sus modales habían mejorado, aunque Julia lo encontró cambiado, más maduro y… bastante más cautivador, a la par que agresivo. Le desconcertó esta última constatación. En su recuerdo, Eladio era un hombre jovial, dado a la chanza, con quien era fácil congeniar, mientras que Bittor era
circunspecto, demasiado serio e introvertido. Sin embargo, le sorprendió la dureza de algunos de sus comentarios. Aseguró que los carlistas eran una pandilla de meapilas, que preferían la servidumbre a la libertad y que ya iba siendo hora de acabar con ellos, aunque fuera preciso fusilarlos a todos, que la culpa la tenían los curas y las mujeres. Los primeros porque habían visto menguados sus privilegios y azuzaban al pueblo contra el gobierno de la nación; las segundas, porque sólo hablaban por boca de los párrocos e incitaban a sus maridos e hijos a ir a la guerra. Repetía la lección bien aprendida por boca de Félix Salazar, su instructor y después amigo.
Apretujado como las ovejas que se llevaban a vender al mercado de la Villa, no podía creer que Bittor no hubiese pagado la exención que lo libraría del alistamiento forzoso. La víspera le había asegurado que todo estaba listo, que iría a buscarlo y lo sacaría de allí. Contempló la puesta de sol a través de las rejas del ventanuco que iluminaba el antro en que lo habían confinado, oyó el ruido de los portones al cerrarse y pasó la noche en vela, atento al menor ruido, esperando que su hermano apareciese en cualquier momento. Pero no apareció. Fue obligado a subir al carro que lo trasladó a San Sebastián con otros hombres en su misma situación y, durante todo el trayecto, únicamente tuvo un pensamiento en mente: huir a la menor oportunidad y regresar a Araotz para matar a Bittor con sus propias manos. Sin embargo, debido a su destreza con el fusil y al hecho de que supiera montar a caballo fue destinado a un destacamento de élite: el de los correos, quienes debían atravesar las líneas enemigas con mensajes y partes de guerra. Decidió permanecer en el ejército y no regresar al barrio cuando sus compañeros fueron licenciados. Félix conocía el territorio como la palma de su mano: caminos, senderos, puertos, pueblos…, le obligó a aprenderse los mapas de memoria y a repetir una y otra vez nombres y destinos. El día en que por fin pudo describir sin confundirse una sola vez el recorrido entre San Sebastián y Laguardia, y de allí a Estella, lo invitó a compartir con él una botella de coñac que había sustraído de la intendencia de los oficiales. Entre copa y copa, el hombre le contó que, antes del comienzo de la guerra, trabajaba en la fábrica de armas de Placencia y era miembro de una agrupación clandestina de trabajadores; le habló de las
revueltas obreras en un país llamado Inglaterra, de la ruina del campesino y la miseria del trabajador, de la Asociación Internacional de Trabajadores de Madrid, de la explotación de la masa obrera a manos de una clase privilegiada de potentados a quien el gobierno liberal había vendido las tierras expropiadas a curas, frailes y campesinos.
—Entonces… ¿por qué luchas a su favor? —le preguntó.
—Porque no se puede empezar la casa por el tejado; hay que hacerlo por los cimientos. Los carlistas y conservadores quieren mantener el Antiguo Régimen y las prerrogativas de la Iglesia, los hacendados, la monarquía absolutista, es por tanto preciso acabar primero con los curas y aristócratas. Después iremos a por los burgueses y liberales que se enriquecen con el sudor de los trabajadores, obligados a trabajar catorce horas diarias, emplean a criaturas y explotan a las mujeres. Esta guerra que desangra nuestra tierra desde hace tres generaciones es un enfrentamiento por el poder, no una simple cuestión entre dos primos por ver quién se pone la corona en la cabeza.
Eran términos y conceptos de los cuales jamás había oído hablar, pero que tenía intención de aprender, pues intuía que le servirían en el futuro, cuando todo aquello finalizase.
Se le proporcionó un uniforme y un revolver de la marca Lefacheaux fabricado en Oviedo y, debido a lo arriesgado de su cometido, tuvo acceso a determinados privilegios que no estaban al alcance de la tropa común. Y le tomó gusto. Siempre había soñado con una vida de aventuras, de riesgo, de emociones, y no había nada más emocionante que galopar al viento de una punta a otra del territorio, sabiendo que su vida dependía de la buena puntería del enemigo, que podría hallarse emboscado en cualquier lugar.
Olvidó de momento sus ansias de venganza, decidido a continuar en el ejército hasta el final y se esforzó en demostrar que él era el mejor y más rápido de los correos, y el más valiente también.
—Lo dicho —concluyó— la culpa de que los vascos nos hallemos metidos en esta guerra la tienen los curas y las mujeres.
—Pareces saber mucho de mujeres —le reprochó Julia, molesta por las alusiones hacia su sexo.
—También está el asunto de los fueros y de las libertades de nuestro pueblo —intervino Zabala.
—Los fueros no estaban en peligro antes de que los carlistas iniciaran la guerra de los siete años hace cuarenta y que, por cierto, perdieron como perderán ésta. Y le recuerdo a usted que también hay carlistas en otras zonas de España donde no hay fueros, pero sí latifundistas explotadores, curas y mujeres.
—Las cosas no son tan sencillas, existen creencias, sentimientos, razones históricas que el gobierno liberal trata de conculcar aduciendo que todos los españoles son iguales, y lo son en cierta medida, pero también han de respetarse las tradiciones, los modos de vida particulares de cada territorio y…
—¿Y qué pensáis hacer tú y los tuyos? —Julia interrumpió a su tutor—.
¿Fusilar a todos los sacerdotes y mujeres del país?
—¡Nos libraremos mucho de hacer algo parecido, al menos con las mujeres! —rió Eladio, cuyo tono agresivo había de pronto desaparecido—.
¿Qué haríamos sin vosotras? Un hombre no está completo si no tiene a una mujer a su lado; vosotras sois nuestra otra mitad, las madres de nuestros hijos, el descanso del guerrero…
—Para descansar, mejor os buscáis un buen colchón —la joven le miraba irritada.
—Me gustas cuando te enfadas, estás muy guapa. Te recordaba como en un sueño… A veces me preguntaba si eras real, si de verdad te había conocido, y deseaba volver a verte para comprobarlo…
—¿Qué ocurrió entre Bittor y tú? —preguntó el abogado para romper el repentino silencio que se había adueñado de la habitación por una parte y por la otra, porque no le agradaba el giro que tomaba la conversación.
—Nada.
—No pagó tu exención…
—No, pero he tenido la oportunidad de salir de Araotz, de conocer a otras personas y de combatir por la libertad. He pensado hacer carrera en la milicia, pronto seré sargento y espero seguir ascendiendo antes de que esta guerra acabe. ¡Cuantos más carlistas mate, más grados ascenderé! No lo he
dicho en serio… —añadió al observar el gesto ofendido de Zabala y de Julia.
—¿Y qué harás cuando vuelvas a ver a tu hermano?
—No tengo intención de regresar a “Urondoa” por ahora.
—Pero algún día lo harás —insistió la joven.
—Lo pensaré cuando llegue la ocasión.
Eladio durmió en la casa aquella noche y, a la mañana siguiente, acudió a reunirse con Dugiols, para quien traía un parte del Diputado General pero, antes, acompañó al abogado y a su ahijada en un pequeño recorrido por la zona del río donde el combate había sido más encarnecido. Les mostró el lugar donde él había estado apostado, presumiendo sin recato de su buena puntería al haber acertado de lleno al menos a cuatro contrarios que no volverían a dar problemas, afirmó. Los muertos y heridos de ambos bandos, así como las armas, habían sido retirados, pero quedaban huellas del choque: zapatos, boinas y sombreros, pañuelos, escombros, rastros de pólvora, rastros de sangre…
—¿Hacía falta llegar a esto? —se preguntó compungido Zabala en voz alta.
—Ellos han sido los responsables —dijo Eladio.
—Hermanos contra hermanos… —reiteró el abogado.
—Hombres honrados contra fanáticos —replicó impasible Eladio.
Julia estaba horrorizada.
—¡Por Dios santo, Eladio! ¡Sabes que no es así! Honrados y fanáticos los hay en las dos partes.
—Tal vez…
—¿Cómo puedes permanecer impasible después de haber matado a otros seres humanos?
—Es lo que hay. No estoy orgulloso de haberlo hecho, pero eran ellos o yo. ¿Hubieses preferido que el muerto fuera yo?
—Hubiese preferido que no intervinieses, que sintieses algo de pesar, que pensases que esos hombres también tenían familiares y amigos que ahora los estarán llorando, que…
—No lo entiendes, Julia —la interrumpió con brusquedad—. En la guerra, el enemigo no tiene rostro, no tiene familia ni amigos. Él dispara y tú disparas, y uno de los dos muere, o mueren ambos.
—¿Y por qué estás tú metido en una guerra?
—Lo estamos todos, querida.
Cogió su mano y la beso, pero ella la retiró y le dio la espalda. Eladio sonrió y se volvió hacia el abogado.
—Don Antonio, gracias por la hospitalidad, y por las ropas. Ahora he de marcharme.
—¿Vendrás luego?
—No creo; tengo que volver a San Sebastián hoy mismo.
—¿No es peligroso andar por esos caminos?
—Lo es. Los carlistas ocupan la mayor parte de la provincia; tienen partidas diseminadas que atacan a todo lo que se mueve y, más aún, si se trata de un correo.
—¿Eres un correo? —preguntó Zabala sorprendido.
—Así es. Adiós Julia.
La joven se giró sin disimular su preocupación, él le cogió de nuevo la mano, que esta vez ella no retiró, y acercó la boca a su oído.
—Espérame —dijo en susurro. A continuación, hizo un saludo militar y tomó la dirección de la Casa Consistorial.
Lo vio marchar, la mirada fija en su espalda, hasta que desapareció de su vista. Estaba confusa y, al mismo tiempo, furiosa por estarlo. ¿Qué había querido decir con aquello de que lo esperara? ¿Acaso pensaba cortejarla?
¡Era absurdo! Ella no le había dado ningún motivo para imaginar que deseara ser cortejada por él. Por otra parte, sin embargo… Intentó recordar sus palabras, su desprecio por la vida de otras personas. Se había vanagloriado de haber matado a cuatro hombres a quienes no conocía, de quienes no sabía nada, sólo por hallarse al otro lado del río, y no sentía remordimientos. Era un ser despreciable ¿o sólo era uno más, igual a muchos otros, enredado en la maraña política que empujaba a la insensatez a tantos, hasta ayer aparentemente normales? ¿Qué sabía Eladio de la política si jamás había leído un libro? Sólo lo que otros le decían. Sin
embargo… la víspera había afirmado que soñaba con ella, que estaba deseando volver a verla para asegurarse de que era real. Nadie le había dicho nunca algo tan bonito, ni siquiera el capitán Oreitia. ¡Arístides! No había pensado en él ni un instante desde la aparición de Eladio, cubierto de polvo, el uniforme desgarrado. Rogó a su tutor que la acompañara hasta el cuartel para comprobar si su amigo estaba bien, pero don Antonio debía acudir a una reunión y le indicó que volviera a la casa y se hiciera acompañar por Fermina.
A medio camino, decidió no perder el tiempo; se dirigió decidida al cuartel y pidió ver al capitán. Mientras esperaba afuera, su atención se desvió hacia el hospital, contiguo a la antigua Universidad y actual acuartelamiento, en cuyos aledaños se apreciaba un ajetreo inusual de gentes entrando y saliendo, hablando en corrillos, lamentándose. Reconoció a Emili, la bordadora a quien había hecho varios encargos; parecía muy agitada, caminaba cuatro pasos hacia la derecha, se frotaba las manos, se sacudía el delantal, caminaba otros cuatro pasos hacia la izquierda y volvía a hacer los mismos gestos. No pudo aguantar más y se le acercó. La mujer le explicó que su hijo había sido herido el día anterior y acababa de ser operado, pero que ella no tenía valor para esperar dentro a que le informasen sobre el resultado de la operación.
—Si me dicen que mi hijo ha muerto, no sé de qué seré capaz —aseguró la mujer—. Intento tranquilizarme, pero ya lo ve usted: estoy como un flan.
—¿Quiere que vaya yo a preguntar?
—¿Me haría el favor?
—Por supuesto —la tranquilizó—. Espere aquí, ahora mismo vuelvo.
¿Cómo se llama su hijo?
—Xabi… Xabier Olalde…
Preguntó por él a una Hermana de la Caridad que llevaba el delantal lleno de salpicaduras de sangre y que la envió al piso de arriba. El aire estaba viciado, olía a cerrado, a sudores, a éter, a medicinas; se escuchaban quejas y gemidos, pero no le molestó. Le habría gustado ser útil, ayudar de alguna manera, aunque jamás hubiese visto una herida por arma. Encontró al joven en una habitación repleta de catres ocupados por heridos más o
menos graves. Él no era de los peores, si bien le habían sacado una bala del hombro y tenía la cabeza vendada por el golpe recibido al caer tras el impacto. Corrió escaleras abajo en busca de la madre y se sintió reconfortada cuando la mujer le sonrió, agradecida, antes de entrar en el edificio. Regresó a su casa impresionada y dispuesta a convencer a su tutor para que le permitiese ayudar en el hospital, puesto que unos años atrás había sido nombrado administrador del establecimiento por la Junta de Beneficencia y conocía a las religiosas que se ocupaban de atender a los enfermos. Don Antonio se negó en redondo: aquél no era lugar para una joven y, además, podía contraer cualquier enfermedad contagiosa. Le molestó la reacción de su tutor, lo quería, pero era ya hora de que dejase de tratarla como a una quebradiza figurilla de porcelana fina.
El capitán Oreitia llamó a la puerta después de comer y se excusó por no haber podido atenderla a la mañana, aunque ella no le dijo que se había olvidado de él por completo después de la visita al hospital. Como era su costumbre, el abogado había acudido a la tertulia en el Café de la plaza y Fermina dormía la siesta en su habitación, así pues estaban solos, o casi. En otras circunstancias no le habría permitido la entrada, pero continuaba molesta y necesitaba hablar con un amigo. Lo invitó a entrar y lo condujo a la galería; allí le explicó lo sucedido, lo inútil que se sentía, lo harta que estaba de no poder salir sola a la calle, de ver a jóvenes de su edad pasar por debajo de la ventana cogidas del brazo. Sólo conocía a los amigos de su tutor y necesitaba algo más, necesitaba vivir o moriría de aburrimiento cual pajarillo enjaulado antes de cumplir los veinte. Calló, avergonzada y al mismo tiempo aliviada por el desahogo.
—¿Quiere usted ser mi esposa? —le preguntó Oreitia, hasta entonces en silencio.
La pregunta había sido hecha en un tono reposado, como si le hubiese preguntado la hora o si deseaba dar un paseo. No había emoción en su voz, nada que supusiese que hablaba en serio, y ella lo miró interrogante.
—Hace semanas que deseaba pedírselo —prosiguió él—, pero no sabía si sería el momento oportuno, dada la situación. No me gustaría dejarla viuda antes de tiempo —bromeó.
—¿Está usted seguro?
—No se lo pediría si no lo estuviese… ¿Quiere?
Vaciló un instante, un pequeño instante, suficiente para borrar el recuerdo de Eladio diciéndole que lo esperara, y asintió con la cabeza.
El capitán volvió a presentarse en la casa esa misma noche y solicitó hablar a solas con el abogado. Al cabo de un rato, más bien largo, cuando Julia ya empezaba a preguntarse si los dos hombres no estarían tratando acerca de otra cosa en lugar de sus esponsales, Fermina fue a buscarla para informarle de que su tutor quería verla.
—Querida, el capitán me ha pedido tu mano y yo he aceptado —el abogado había salido a su encuentro y le cogió las dos manos.
Se le veía muy satisfecho y ella procuró disimular una sonrisa. Todavía recordaba sus comentarios acerca de la disparatada solicitud de Bittor Urrondo para cortejarla en cuanto a que era muy joven y que no permitiría que matrimoniase antes de cumplir los veinte, o los veintidós, pero no era lo mismo un simple casero que un capitán del ejército. Los hombres eran de lo más previsible, concluyó.
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