La flor de la argoma

Toti Martinez de Lezea · Capítulo 12 de 14

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La flor de la argoma

Febrero, 1876

T al como había vaticinado el franciscano de Arantzazu, el sufrimiento y la sangre derramada de miles de personas, carlistas, liberales y civiles, no sirvieron para nada. A finales de febrero, el día 27, el Pretendiente a la corona de España, Carlos María de Borbón y Austria, cruzaba la frontera por Valcarlos. Unos días antes, él y su consejo de generales habían decidido morir antes que rendirse al enemigo. Al despedirse, dictó un documento que fue leído en todos los campamentos e iglesias del que durante cuatro años fue su efímero reino.

¡Voluntarios! Las últimas operaciones militares nos han obligado a evacuar pueblos y posiciones importantes de esas provincias. Desbordados por el número, no habéis podido hacer más que repetir y multiplicar las pruebas admirables de vuestro valor. No puedo, ni quiero tratar con el enemigo. Pero os amo demasiado para permitir que se vierta inútilmente ni una gota de vuestra sangre. He resuelto, por consiguiente, suspender la lucha. Si el éxito no ha coronado por ahora nuestros esfuerzos, ni esto disminuye en nada lo grandioso de nuestra empresa, ni oscurece los heroicos hechos que habéis acometido para llevarla a cabo. Habéis sido soldados dignos de una Causa como la mía, y vuestras hazañas os colocarán a grande altura. En nuestra historia inmortal quedarán inscritos con letras deslumbradoras los nombres de vuestras victorias. Mi orgullo de español se acrecienta con el espectáculo de vuestro valor, y mi corazón de Rey guardará eterna gratitud a vuestra abnegación y a vuestros sacrificios.

El número y las malas artes han podido vencerme momentáneamente, pero no me han rendido. Mantengo, intactos y completos, mis derechos y,

envuelto en mi bandera, me hallaréis dispuesto siempre a sacrificar mi vida por el bien de España.

Don Pedro leyó el documento durante la misa con los ojos anegados en lágrimas y la voz entrecortada por la emoción. Algunos de sus feligreses compartían su desconsuelo, muchos lloraban, otros daban gracias a Dios de que la guerra hubiese por fin acabado, pero todos tenían la mente puesta en las represalias que, sin duda, tendrían lugar a no mucho tardar. Todos, menos Faustino Lasa. El viejo casero no escuchó la lectura, ni respondió a las posteriores oraciones por los vecinos del barrio muertos durante la contienda y cuyos nombres fueron citados uno a uno, incluido el de su nieto Juan Manuel. Habían transcurrido casi cinco meses y su dolor se acrecentaba día a día, en lugar de disminuir. De nada servían las exhortaciones del cura, ni las muchas horas que pasaba de rodillas rezando en la iglesia; nada aliviaba su tormento.

Aquel día funesto el párroco les había estado leyendo, a él y a otros tres vecinos, una hoja informativa en la que, con gran pesar, se daba cuenta de la definitiva ocupación de Cataluña por los gubernamentales, el repliegue hacia el norte de las tropas carlistas de Burgos, al igual que las de Castilla la Nueva, León, Asturias… del fusilamiento de muchos de los suyos, de la traición del general Dorregaray y de otros oficiales carlistas quienes, se rumoreaba, habían aceptado sobornos para disolver el Ejército del Centro.

Eran noticias desoladoras, los alfonsinos estaban cada vez más cerca y aumentaba el número de desertores. A veces, algunos de ellos aparecían por Araotz; se ocultaban durante el día y salían en la oscuridad para merodear por los caseríos en busca de alimentos. Eran cobardes que no merecían vivir mientras tantos hombres honestos, como su nieto, se jugaban la vida por defender la religión y los fueros. Habían pillado a varios y los habían entregado a las patrullas de vigilancia de los caminos que unían las tierras guipuzcoana y alavesa a través de los montes, pero él no permitiría que se acercaran a “Goikoa” y tenía su escopeta cargada en todo momento. Los ladridos del perro lo alertaron hacia la medianoche y no se lo pensó dos veces; salió a la puerta en camisa de dormir y disparó. En ese preciso instante comenzó a llover con fuerza y el desertor ladrón desapareció.

—¡Ése no volverá por aquí esta noche! —exclamó, y se fue a la cama.

A la mañana siguiente lo despertaron los gritos desaforados de Feliciana y salió corriendo de la casa, la escopeta entre las manos. Al llegar a su lado, abrió la boca, pero ningún sonido salió de ella y el arma cayó al suelo. Su nieto yacía entre los manzanos sin hojas, en medio de un gran charco de sangre. Desde entonces no podía cerrar los ojos sin que se le apareciese el cadáver de Juan Manuel con un boquete en el pecho. El párroco se encargó de propagar el rumor de que el mozo había sido asesinado por un liberal o por un carlista renegado cuando regresaba a su hogar para disfrutar de unos días de permiso, pues estaba claro, por las ropas de pastor que vestía, que era un desertor y tal hecho hubiese constituido una ignominia para la familia. Su féretro fue llevado en hombros cubierto con la bandera carlista que Feliciana había bordado para cuando la guerra finalizase y su hijo regresase vencedor. Tras el entierro, tuvieron que atarla después de que intentase clavarse un cuchillo de cocina en el estómago; la llevaron al hospital de la Villa y allí fue internada en la sala de los locos, sujeta con una camisa de fuerza. Faustino se quedó solo en el enorme caserón y únicamente entonces recordó que también tenía una nieta, cuyo hijo ya habría cumplido los dos años de edad.

Pese a que hacía frío y a que los caminos estaban embarrados, un par de semanas después de la muerte accidental de Juan Manuel, decidió ir a Vitoria acompañado por don Pedro, quien, en su calidad de sacerdote disponía de un salvoconducto emitido por la diócesis, y se entrevistaron con la superiora del hospicio. Ninguno de los dos ocultó su sorpresa al saber que una señorita de un gran parecido con la joven asilada y que dijo ser su hermana había ido a buscarla poco después de que ésta hubiese dado a luz.

Lo recordaba muy bien porque uno de los dos hombres que acompañaban a la dama se había comportado de manera violenta, llegando a amenazarla de muerte. No era difícil deducir por sus palabras y descripción que la señorita en cuestión era Julia Iturralde y Bittor Urrondo, su iracundo acompañante.

En cuanto al niño, afirmó la religiosa, le era del todo imposible revelar su paradero y ni la oferta de una buena cantidad de dinero por parte de Faustino, ni la velada amenaza del clérigo en cuanto a que apelaría al

obispo lograron hacerle cambiar de opinión. Por su parte, la señora que había acogido a Carmen al salir del hospicio no pudo informarles sobre su paradero, si bien les dijo que había creído entender que las dos jóvenes pensaban retornar a su hogar.

Al regresar, no fueron directamente a Araotz, sino que entraron en la Villa con la intención de hablar con Julia. Ella y su sirvienta habían abandonado Araotz sin despedirse de nadie y únicamente se percataron de su ausencia al constatar que ninguna de las dos asistía a misa. La joven se hallaba de viaje e ignoraba cuándo volvería, les informó Fermina, sin permitirles traspasar el umbral de la puerta de la calle. Les confirmó, sin embargo, lo que ellos sospechaban, que Carmen había vivido una temporada en “Bekoa”, pero también les dijo que había vuelto a Vitoria el verano anterior, tras el funeral de su buen señor don Antonio.

—A buscar al hijo que le arrancaron de sus pechos —recalcó la mujer en tono acusador, cerrando la puerta a continuación.

A partir de entonces, Faustino Lasa no levantó cabeza. Al tremendo sentimiento de culpabilidad que lo invadía por haber sido el causante de la muerte del nieto y a la aflicción por su responsabilidad en la enajenación de la hija, tenía ahora que añadir su culpa en la desaparición de la nieta y del hijo de ésta, un bastardo de Bittor Urrondo sí, pero también su único descendiente varón. Estaba solo, completamente solo y nada lograba sacarlo de su abatimiento. Dejó de acudir a las reuniones con el párroco y otros vecinos y dejó de rezar. Ya no le interesaba la política, no le importaba quién ganase o perdiese, le daban igual carlistas que alfonsinos, los fueros o los desafueros, y acudía a la iglesia únicamente para reprocharle a Dios su comportamiento para con él. No se dejó morir de hambre y suciedad porque sus dos mozos y la mujer de uno de ellos, aleccionados y vigilados por don Pedro, se ocuparon de que nada le faltase, aunque en ocasiones tuvieran que forzarlo a comer y a cambiarse de ropa.

Una vez más, los temores se hicieron realidad. A finales de la primavera, recién arados los campos, apareció un escuadrón de soldados liberales que talaron los bosques de Araotz y prendieron fuego a sus sembrados; saquearon los caseríos, violentaron a algunas mujeres y, a

continuación, se llevaron a la Villa a todos los hombres de edades comprendidas entre los dieciocho y sesenta años para interrogarlos, comprobar cuáles habían sido sus actividades durante los años de la guerra, juzgarlos si era menester, acusados de sedición y rebeldía, y, de paso, dejarles bien claro, a ellos y a sus familias, que en España únicamente había un rey y un gobierno.

El amo de “Goikoa” contempló indiferente la quema de sus huertas y el robo de sus animales y, a continuación, tomó una veredilla y se adentró en las estribaciones de la sierra. Trastornada como estaba por la violenta irrupción de los soldados y la detención de su marido, la mujer que se ocupaba de la casa no se percató de su desaparición hasta pasadas muchas horas y, aunque el cura organizó una batida, todos los esfuerzos por encontrarlo fueron inútiles.

Bittor Urrondo también fue detenido. Su caso era más grave que el de la mayoría de sus vecinos, quienes fueron puestos en libertad al cabo de unas horas y pudieron regresar al barrio más o menos libres de cargos. Había sido hallado en “Urondoa” un fusil Remington fabricado en Eibar, de los utilizados habitualmente por los soldados carlistas, lo cual no dejaba lugar a dudas acerca de la afiliación de su propietario. Fue separado del grupo y encerrado en un cuchitril vacío de muebles, sin luz ni ventilación, a la espera de ser interrogado. En la oscuridad, sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, tuvo tiempo para meditar sobre la ironía del destino que lo hacía culpable por haberse negado a inmiscuirse en una guerra que no le atañía. Primero los carlistas, ahora los liberales, era el sino del hombre libre ser presa de quienes no lo eran.

—Nadie es libre del todo, muchacho —le había dicho don Antonio en una ocasión—. Nos guste o no, nos afecta todo lo que ocurre a nuestro alrededor, tanto lo bueno como lo malo. Continuamente estamos abocados a tomar decisiones; acertar o equivocarnos muchas veces suele ser cuestión del azar, pero, una cosa es segura: no hay persona más libre que aquélla que actúa según su propia conciencia y que jamás se vende o se beneficia de los demás, aunque se equivoque.

Él se había equivocado en una ocasión y quizá estaba pagando su error.

Era curioso que recordase de pronto a su hermano después de tanto tiempo sin pensar en él. Por mucho que intentase justificar su acción, diciéndose que Eladio habría actuado de la misma forma de haberse encontrado en su lugar, sabía que había sido su innegable atractivo lo que lo indujo a no pagar la exención y a abandonarlo a su suerte. No pudo admitir que Julia lo prefiriese a él, ésa fue la verdadera razón y ninguna otra. Dejó de pensar en él y se concentró en el recuerdo de la mujer a quien amaba por encima de todas las cosas, por quien habría abandonado su casa y vendido su alma. Su evocación le hizo más llevaderos los cuatro días que pasó encerrado en el cuchitril sin agua ni comida, obligado a hacer sus necesidades en un rincón del habitáculo y a dormir sobre un suelo de piedra. Había perdido la noción del tiempo y empezaba a desvariar cuando lo sacaron de allí y lo llevaron ante el tribunal encargado de juzgarle.

El antiguo Café adonde don Antonio Zabala acudía todas las tardes, luego reconvertido en Tribunal Superior de Justicia del gobierno carlista y ahora simple juzgado para resolver las causas de los acusados por rebelión estaba lleno hasta los topes de militares, testigos, familiares y curiosos, de forma que muchos de ellos permanecían en el exterior, informados del curso de los procesos por quienes se encontraban en el interior. Acababan de juzgar y condenar a un año de cárcel a una mujer que había proferido gritos a favor de don Carlos al paso de las victoriosas tropas liberales, y era su turno. Al ser el tal Bittor Urrondo un desconocido, un buen número de asistentes abandonó el recinto para estirar las piernas y, de paso, beber un trago en una tasca abierta de modo provisional, ahora que volvían a estar autorizados los locales públicos. Al joven le costaba mantenerse en pie ante el tribunal militar, sin ningún letrado que defendiera su causa, los labios agrietados por la sed, pero nadie le ofreció una silla. Oyó sin escuchar, con la vista puesta en la pared que tenía enfrente, las faltas que se le imputaban y no respondió al ser preguntado si tenía algo que decir en su defensa. ¿Para qué si ya lo habían condenado? Iban los jueces a emitir sentencia cuando un bedel se acercó a ellos y dijo algo al oído del presidente de la mesa.

—Que entre —ordenó el militar.

Tardó un rato en darse cuenta de lo que ocurría y no desvió la mirada de la pared hasta que escuchó su voz respondiendo a las preguntas del tribunal.

El hambre y la sed debían estar jugándole una mala pasada, tenía que tratarse de una alucinación. ¿Qué hacía Julia en aquel lugar? No prestó atención a sus palabras declarando que era la viuda de un capitán liberal condecorado, muerto el año anterior en la batalla de Txoritokieta, que conocía al acusado desde hacía años, que le constaba el hecho de que había sido obligado a alistarse, que jamás le había oído decir nada en contra del gobierno legítimo, que su difunto tutor había sido testigo de su boda civil…

Su voz sonaba en sus oídos como las aguas de la cascada de Jaturabe al fundirse las nieves de la sierra en primavera. No le quitaba la vista de encima, pero ella tenía la suya fija en los miembros del tribunal y únicamente le miró al final de su declaración, cuando ya se retiraba. Le turbó la inmensa tristeza que leyó en sus ojos y aún más ver que se dirigía hacia un elegante caballero y que éste le daba el brazo al tiempo que a él le dirigía una mirada de… ¿triunfo? Tuvo que hacer un gran esfuerzo para prestar atención a la sentencia que lo absolvía del cargo de criminal de guerra, condenado con el fusilamiento inmediato, no así del de secundar la revuelta por no haberse alistado de forma espontánea en los “Voluntarios de la Libertad” de Oñati antes de la que Villa fuese tomada por los carlistas. El apoyo de la población a los rebeldes y la indiferencia de muchos como él habían propiciado la larga contienda que tanto sufrimiento había acarreado.

Era, por tanto, condenado a una multa de cincuenta mil reales para sufragar los gastos de la guerra. En el caso de no disponer de dicha cantidad, sus propiedades serían confiscadas.

Salió del local empujado de malas maneras por un soldado y permaneció alelado en medio de la plaza hasta que una mujer lo asió por el brazo y lo condujo al primer piso de una vivienda en la calle de San Antón, donde le dio de comer y de beber y, luego, lo ayudó a desnudarse y a acostarse en una cama con sábanas limpias. Lo último que vio antes de caer en un sueño profundo fue un ramo de flores doradas en un vaso de cristal, sobre el alféizar de la ventana. Durmió dos días enteros con sus respectivas noches, pero su sueño no fue tranquilo. Se agitaba en la cama, presa de

terribles pesadillas, y únicamente se calmaba al oír una voz femenina que apaciguaba su desasosiego, cuya dueña aprovechaba para darle de beber.

Abrió los ojos en la mañana del tercer día y lo primero que vio fue el ramo de argoma, iluminado por la luz del sol que se colaba a través de la ventana.

Permaneció largo rato con la mente en blanco, contemplando las pequeñas flores, lágrimas de oro reflejadas en el agua, que atraían por su belleza para clavar después sus púas afiladas en la mano que las acariciaba. Sin quitar la vista del vaso, repasó lo acontecido en las semanas anteriores a ser apresado.

Uno de los compañeros de Juan Manuel Lasa, que había vuelto de la guerra con un muñón en lugar del brazo derecho, acudió a solicitarle auxilio en la búsqueda de Faustino, la noche en que los campos de Araotz fueron arrasados. Su primera reacción fue negarse. ¡Allá él si se había perdido! No era asunto suyo, pensó, recordando el papel que el viejo cacique había tenido en la desaparición de Carmen y de su hijo, pero, antes de que pudiera expresar su negativa en voz alta, el joven le explicó lo ocurrido a su amigo, añadiendo los rumores en la vecindad sobre el infortunado suceso que apuntaban directamente al abuelo. Se quedó de piedra. Había oído repicar a muerto las campanas de la iglesia, repique acabado en tres toques para indicar que el difunto era un varón, pero no se había molestado en averiguar de quién se trataba. Le causó una profunda impresión enterarse de que su joven acompañante durante meses había muerto a manos de su propio abuelo, quien lo creyó un desertor que intentaba robarle las gallinas.

—La madre de Juan Manuel perdió la cabeza —continuó el mozo— y tuvieron que encerrarla en la sala de los locos del hospital. Desde entonces, Faustino se comporta de manera muy extraña y no sería raro que acabara haciéndole compañía a la hija.

Deberían haber acompañado a Emeterio a los pastos de abajo, debería haber impedido que el muchacho corriera a su casa en plena noche, debería… No le dio más vueltas y soltó a los perros. Con su ayuda rastrearon ambas orillas del río e incluso se adentraron por el hayedo mutilado de Madina, pero no encontraron señales del hombre. Emprendería la búsqueda por su cuenta al día siguiente, ya que pudiera ser que el viejo

anduviera perdido por las estribaciones de la sierra, pero los soldados abortaron su propósito y lo encerraron como si fuera un animal sarnoso que no mereciera vivir. Lo único bueno de todo aquel asunto había sido volver a ver a Julia. Reaparecía en su vida de las maneras más insospechadas, cuando menos la esperaba, haciendo renacer sus sentimientos hacia ella cada vez, al igual que la argoma, el helecho y el brezo florecían todas las primaveras para recordar que la naturaleza era eterna, podían adormecerse durante algún tiempo, pero brotaban de nuevo con fuerza año tras año.

Cerró los ojos para abstraerse en su recuerdo, pero otra imagen interrumpió sus pensamientos y los abrió de nuevo, al tiempo que saltaba de la cama como impelido por un resorte. ¿Había soñado o él conocía al caballero que la acompañaba a su salida del juicio?

Algo más tarde estaba comiendo un plato de guisado, lleno hasta los bordes. La viuda Olalde, Emili, le había llevado una palangana y una jarra llena de agua para su aseo y había depositado sobre la cama su ropa, lavada y planchada. Lo primero que le preguntó en cuanto hubo dado buena cuenta del guisado fue acerca de Julia. La mujer suspiró y se tomó su tiempo antes de responder.

—Se casó con tu hermano Eladio un mes después de que los liberales ocuparan Oñati —dijo finalmente.

El capitán Oreitia había muerto a consecuencia de las heridas sufridas cerca de San Sebastián el año anterior, prosiguió, y la ceremonia se llevó a cabo en la iglesia con mucha discreción, ya que no estaban las cosas para celebrar un enlace por todo lo alto.

—La pobre estaba muy sola, y muy triste, pues estaba convencida, todos lo estábamos —puntualizó—, de que tú habías muerto por la zona de Estella. Aunque yo creo que no es feliz…

Bittor no respondió, ni tampoco prestó atención a lo que la mujer le contó a continuación acerca de su hijo y de Carmen, quienes continuaban en Vitoria buscando al niño, aunque, hasta la fecha, habían sido incapaces de dar con él. Sólo podía pensar en Julia, en su triste mirada sin brillo. Al rato salió de la casa, tras haber agradecido a la bordadora su acogida y sus cuidados, y regresó a Araotz. Al llegar a “Urondoa” subió al camarote en

busca de la arqueta de los documentos, sacó las dos fotografías y las ramitas de la argoma que guardaba en ella y bajó a la cocina. Contempló los retratos hasta que ya no pudo distinguir los rasgos de Julia en la penumbra, momento en que encendió la chimenea y los echó al fuego. Cualquier ilusión, esperanza o vínculo que lo atase al pasado desapareció convertido en ceniza, al igual que las dos cartulinas amarilleadas y la planta reseca.

J ulia salió conmocionada de la sala del juzgado. Había sabido por Fermina, quien a su vez lo había sabido por Emili, que Bittor Urrondo estaba preso e iba a ser juzgado por apoyo a la rebelión. Tuvo que hacérselo repetir varias veces para convencerse. Él estaba muerto; eso era lo que había asegurado el hijo de la vecina de la bordadora. Le dio muchas vueltas hasta caer en la cuenta de que en realidad el muchacho había dicho que él no había vuelto a ver a Bittor después de una batalla con muchos muertos, que había tenido lugar en alguna zona de Navarra y la prueba de que seguía vivo era que lo iban a juzgar. Rogó a la sirvienta que se informara acerca de la fecha en que se preveía llevar a cabo el juicio y comunicó a su marido que pensaba declarar a favor de su hermano. La reacción de Eladio fue negarse en redondo; no permitiría que su mujer testificara a favor de un carlista, aunque portase su mismo apellido. Bittor se había metido donde no debía y no era asunto de ellos, además, se había embolsado el dinero de la exención y él no tenía por qué ayudarlo.

—No eres tú quien va a testificar, sino yo —respondió ella con frialdad

— y más te vale no oponerte.

Se había arrepentido todos y cada uno de los días transcurridos desde el día de San Miguel. Se sentía tan sola, tenía tanta necesidad de saberse amada, que permitió a Eladio la entrada en la casa y dejó que la besara a pesar de intuir lo que sucedería a continuación. Tembló de deseo cuando acarició y besó su cuerpo desnudo, pero en ningún momento abrió los ojos.

Quiso imaginar que no era él, sino Bittor quien yacía con ella, le susurraba palabras de amor y hacía realidad un sueño largamente anhelado, aunque se

tratase de un engaño. El encanto se rompió al afirmar Eladio que se casarían en cuanto acabara la guerra.

—Soy una mujer casada —le dijo, reprochándose a sí misma su momento de debilidad.

—Ya no —respondió él—. A tu marido lo mataron el mes pasado, en Txoritokieta. Pedí que me permitieran venir a Oñati al leer su nombre en la lista de bajas, a consolar a la pobre viuda…

Nada podría haberle hecho más daño que sus últimas palabras, dichas en un tonillo de guasa. Se sintió sucia. Al desconcierto que le producía saber que Arístides había muerto venía a añadirse la constatación de que Eladio no había tenido reparo alguno en yacer con ella a sabiendas de que ignoraba que era viuda y de que, por tanto, le había dejado creer que estaba cometiendo adulterio. Se levantó horrorizada de la cama, se cubrió con la sobrecama y salió corriendo de la habitación, pero él la atrapó en el pasillo y la obligó a regresar. Reiteró que se casarían en cuanto la guerra acabase y, por si acaso, le aconsejó que no intentara negarse, pues haría correr la voz de que la viuda de un valiente oficial del ejército español se había entregado a otros hombres mientras su marido moría por la patria y podría ser enjuiciada, acusada de traidora e inmoral. Se lo dijo en aquel tono desenfadado que tan buena impresión le causó la primera vez que se encontraron, pero que ahora sabía que sólo se trataba de una trampa para lograr sus propósitos, para engatusar a la gente al igual que la había seducido a ella. La hizo suya de nuevo, vistiéndose a continuación y saliendo de la casa antes de que Fermina regresase de la comida con las modistas. La sirvienta la encontró hecha un mar de lágrimas y ambas lloraron, abrazada una a la otra.

Tampoco esta vez tuvieron una respuesta favorable las oraciones de Fermina a su santa preferida. Eladio no murió de un balazo carlista y la boda se llevó a cabo un mes después de darse por finalizada la contienda, aunque Julia exigió que no hubiera celebración alguna, pues no había nada que festejar. A partir de entonces, él gestionó los ahorros, los títulos, la dote entregada a Arístides y, sobre todo, la enorme suma de dinero que la madre y las hermanas de Orestia pagaron tras llegar a un acuerdo con él antes de la

boda, a fin de que la viuda no reclamase la casa de tres pisos de San Sebastián y otros bienes valiosos de su malogrado hijo y hermano. No obstante, ella continuaba siendo la titular de su dinero, de las acciones y de las dos propiedades, la de la Villa y la de Araotz, pudiendo negarse a firmar las transacciones de su marido, de ahí que Eladio tuviese que tolerar su presencia ante el tribunal si no quería ver abortado alguno de los negocios que, al albur de la posguerra y de la consecuente crisis económica, iban a posibilitarle la obtención de una enorme fortuna.

El corazón de Julia latió con fuerza al contemplar el mísero aspecto de Bittor: sucio, despeinado, con barba de varios días, los labios agrietados, la mirada perdida, de pie entre dos miqueletes como un criminal. Tuvo que hacer acopio de fuerzas para controlar su voz temblorosa al testimoniar, para no delatar sus sentimientos, declararle su amor, allí delante de todos, y pedirle perdón por su traición. Procuró no mirarlo, pero no pudo evitar hacerlo al abandonar el tribunal. Se despidió de él para siempre al pasar por su lado, aunque él parecía tan absorto que dudaba de que se hubiese percatado de su mudo adiós. Pidió a Eladio que la llevara de vuelta a casa aduciendo no sentirse bien y permaneció enclaustrada durante varios días, temerosa de salir a la calle y toparse con él al doblar cualquier esquina de la calle. Supo por Emili que había sido liberado, pero que perdería “Urondoa”

al haber sido condenado a pagar una multa tan cuantiosa que le sería imposible hacer efectiva y pensó en acudir a solicitar ayuda al señor Arrue a fin de abonarla a través de él y hacerse con el caserío. Podría alquilárselo a Bittor para mantener las formas y quizá devolvérselo algún día en compensación por su deslealtad, pero su marido se le adelantó.

Eladio tuvo asimismo conocimiento del asunto, apresurándose a solicitar al tribunal la adjudicación del derecho de compra, alegando sus servicios a la nación y haciendo valer, de paso, la hazaña que había salvado al general Serrano de morir a manos del enemigo. El juez estaba al corriente de la protección con la que el demandante contaba en las altas esferas y se dio prisa en agilizar el papeleo, traspasándole la propiedad del procesado por la simbólica suma de veinte pesetas. Julia tuvo que soportar la euforia de su marido, quien no disimuló su regocijo haciéndole partícipe del rencor

que sentía hacia su hermano, no sólo por el tema de la exención no pagada, sino también por el hecho de que Bittor fuese el mayor y hubiese heredado todo, la casa y las tierras, una injusticia que el gobierno liberal tenía intención de enmendar, aunque él ya se había desquitado a gusto.

—No me sacó del cuartel porque sabía que le reclamaría mi parte de la herencia de nuestros padres —reflexionó en voz alta—. No me habría importado que el tribunal lo hubiese condenado a muerte, pero mejor así.

Tendrá que abandonar “Urondoa” o trabajar para mí, una humillación para él en ambos casos.

Julia sospechaba que la verdadera razón había sido ella, aunque Bittor nunca se lo hubiese confesado, pero se abstuvo de decirlo. Eladio continuó hablando sobre sus proyectos para reformar el viejo caserón, de su intención de que fueran a Araotz de vez en cuando, únicamente porque las personas acomodadas disponían de una vivienda en el campo y ellos no iban a ser menos. Además, le gustaría ver la cara que pondrían sus antiguos vecinos, aquéllos que lo habían despreciado cuando era más joven, al verlo llegar montado en un caballo de raza. Ella no escuchaba su palabrería, su pensamiento puesto en Bittor y también en “Bekoa”. Eladio había insinuado la conveniencia de arrendarlo, pero ella había sido tajante al respecto y no había insistido, si bien estaba persuadida de que volvería a la carga antes o después, aunque no se dejaría convencer. Tenía que hablar con Arrue para pedirle que contactase con algún notario de Bergara o de Mondragón a fin de redactar su testamento, el de Oñati era conocido de su marido. No estaba muy segura de cuáles eran sus derechos y de si podría legar sus bienes a quien ella quisiese, pero de una cosa estaba segura: “Bekoa” jamás sería para Eladio.

E n el verano de aquel año, el día 21 de julio, el gobierno de Alfonso XII cumplió su amenaza. Las cuatro provincias vascas fueron declaradas traidoras y abolidos sus fueros de manera definitiva tras una feroz campaña en contra que no pudo ser rebatida debido a la presencia de cien mil soldados, el estado de excepción y la censura que silenciaron toda posible

defensa en su favor, pese a la solicitud de sus diputados, carlistas y liberales, unidos por una vez para solicitar el mantenimiento de sus leyes ancestrales. Finalizaba así no sólo una guerra cruenta, sino también, para gran contento de la burguesía liberal, un modo propio de administración respetado por todos los reyes españoles a lo largo de siglos.

Nadie apareció por “Urondoa” durante aquellos meses. Al no haber abonado la multa impuesta por el tribunal, Bittor esperaba de un momento a otro la orden de desalojo ya que resultaba inútil intentar un arreglo por no disponer de dicha cantidad, ni conocer a nadie influyente que pudiese mediar por él. Sin embargo, trabajó con ahínco durante todo aquel tiempo, limpió la tierra abrasada, roturó sus campos y los sembró, preparó nuevas sementeras y plantó nuevos árboles como si nada fuese a ocurrir, como si la vida continuase a pesar de las guerras, el odio, la miseria humana. Había abandonado la idea de convertirse en un rico propietario no sabía cuándo, aunque sospechaba que el cambio había tenido lugar allí arriba, en Aizkorri, en compañía de un pastor dueño del mundo. El hombre no tenía poder ni riquezas, pero era amo de su destino y estaba decidido a reunirse con él en cuanto lo echasen del caserío. Sin embargo los meses transcurrían, sin que, al parecer, nadie se acordara del asunto. Asimismo había renunciado a la idea de vengarse de don Pedro y de Juan el de “Gorritxo”; no merecía la pena dedicar un solo pensamiento a unas personas, cuya ruindad ya era suficiente castigo para ellas, pero continuaba sin mantener relaciones con sus vecinos, excepto con Perutxo el molinero. La muela estaba parada desde la quema por falta de grano para moler, pero vivía cerca y también estaba solo. Por él supo que el rey por quien tantos vascos y otros que no lo eran habían dado la vida había huido a Francia acompañado por sus oficiales y consejeros, así como por un buen número de políticos carlistas que temían la revancha de los liberales. Los pobres se quedaron, afirmó el hombre, pues lo mismo les daba morir en un lugar que en otro y, puestos a elegir, él prefería hacerlo en la tierra en que había nacido, si bien había tenido suerte y no habían ido a por él.

—Pero te juro que he visto tantos hombres despedazados, desangrados hasta morir sin que pudiéramos hacer nada por salvarlos; tantas mujeres,

algunas con sus criaturas en brazos, muertas a causa de los bombardeos, nuestros o de los otros que lo mismo daba; tantos viejos y niños con las miradas extraviadas; tantos pueblos destruidos, campos asolados y dolor por todas partes que prefiero que me fusilen a tener que pasar de nuevo por semejante prueba. Si los reyes y los políticos quieren guerra, que vayan ellos y sus hijos a pelear —concluyó convencido.

Una mañana, a finales del verano, se presentó en “Urondoa” una cuadrilla de albañiles y carpinteros. Su jefe, un hombre que dijo llamarse Juan Vicente, preguntó a Bittor si vivía en la propiedad y, al responder éste afirmativamente, le entregó una carta antes de empezar a impartir órdenes a diestro y siniestro. El joven se retiró a la orilla del río, sentándose en la hierba con el sobre lacrado, que no dudó contenía el mandato de expulsión, en sus manos. Tardó un rato en decidirse a romper el lacre; dentro encontró dos papeles: un documento oficial que supuso era la orden de desahucio y una nota escrita a mano. Comenzó a leer esta última con lentitud en voz alta, releyendo varias veces el texto hasta estar seguro de haberlo entendido bien.

Bittor, ha pasado mucho tiempo desde que me abandonaste a mi suerte en el cuartel de Oñati renegando a tus deberes filiales. Ahora “Urondoa”

me pertenece por mandato del gobierno y tú deberás marcharte o permanecer a mi servicio. El hombre que te entregará este mensaje tiene órdenes de reformar el caserío. Él y su gente permanecerán allí hasta acabar el trabajo. Eladio.

Su primer impulso fue largarse de allí inmediatamente porque jamás, jamás sería criado de su hermano. Luego lo pensó mejor y preguntó a Juan Vicente cuánto durarían las obras.

—¡Uf! —exclamó el hombre rascándose la coronilla por debajo de la boina—. Tres o cuatro meses… tal vez más… pero, desde luego, no menos.

Tenía por tanto doce semanas para decidir su futuro, y decidió quedarse.

El maestro albañil era un hombre parlanchín, confiado por naturaleza, que no tardó en tratarlo como si lo conociera de toda la vida. Las cosas andaban todavía revueltas, le confió; uno no podía dar un paso sin toparse con una patrulla de soldados y ser registrado como si fuera un ladrón.

Avatares de la guerra o, mejor dicho, de la derrota, que pasarían antes o después, aunque las cosas aún tardarían algún tiempo en normalizarse. En la Villa, los liberales importantes huidos al entrar los carlistas habían regresado, marchándose a su vez los carlistas de cierto peso, pues no había que olvidar que Oñati había sido corte del Pretendiente y que habría de pagar por tal honor, si bien la población en general mantenía la calma, que ya era mucho decir.

—¿Y el que te ha encargado esta obra? —preguntó Bittor.

—¡Ah! El señor don Eladio Urrondo…

—¿Don Eladio?

—Es un caballero importante. Dicen que salvó la vida a un general en la zona de Bizkaia, ganándose una buena recompensa, además de un caballo y esta casa, la cual pertenecía a un carlista de los de la cruz y el sable.

—¿Te ha dicho él eso? —Bittor apretó las mandíbulas.

—No… Pero está ocurriendo en todo el país. Las autoridades confiscan las propiedades de los traidores y se las entregan a los leales.

—¿De balde?

—De balde, de balde… ya sabes… pagan por ellas cuatro reales ¿Y tú?

¿Trabajabas para el antiguo propietario?

—Sí… puede decirse que sí…

—Te gustarán los nuevos dueños. Tienen intención de pasar aquí algunas temporadas, por eso nos han enviado a reformar esta cuadra. La señora no podría vivir en semejantes condiciones; es una dama. Bueno

¡basta ya de cháchara que hay que trabajar! Puedes ayudar si quieres, te pagaré una peseta y media al día.

Ni se molestó en responder a la propuesta, pero a partir de entonces dejó de trabajar los campos, limitándose a observar el avance de las obras como un espectador ajeno al hogar en que habían nacido y muerto varias generaciones de Urrondos. Los vio empezar por el tejado y continuar después en el interior de la vivienda. No movió un músculo cuando sacaron el escaso mobiliario que había dentro, el arcón de las ropas y la cama de los padres incluidos, y les prendieron fuego pues, según le manifestó Juan Vicente, los nuevos dueños pensaban adquirir muebles de calidad y aquéllos

no los querría ni un mendigo. Los albañiles dormían en el pajar, pero él lo hacía en el sobrado, que éstos habían dejado para el final, encima de un colchón de lana salvado de la quema. Quería respirar el aire que penetraba por el vano de cuatro manos de ancho existente entre el muro y el tejado que servía para secar las legumbres; aspirar el aroma impregnado en la madera a manzanas y plantas aromáticas, algunas de las cuales todavía colgaban secas y polvorientas de las vigas; sentir que su hogar aún era suyo.

Los trabajos iban a buen ritmo y la última semana de octubre el jefe de la cuadrilla aseguró muy satisfecho que en dos más estarían acabados, a tiempo de eludir heladas y nevadas. Sus dueños podrían ocupar la casa en primavera si era su gusto, aunque tendría que mandarles aviso para que se diesen una vuelta por allí y comprobasen que todo estaba conforme a sus deseos, algo que pensaba hacer el siguiente sábado por la noche, cuando él y sus hombres bajasen a la Villa, al igual que hacían todas las semanas.

Había llegado el momento de despedirse del caserío de sus mayores, arrancar de cuajo las raíces que lo mantenían sujeto al lugar que tanto amaba, ir en busca de Emeterio y emprender una vida completamente diferente. No se despidió de Juan Vicente ni de los otros; no quería, ni tenía por qué dar explicaciones a unos extraños que trabajaban para un hermano que le era igualmente extraño. Recogió los documentos de propiedad y la bala que había matado a Tomás, se puso la chamarra de piel de oveja y las medias de lana, regalo del pastor, se caló la boina y echó a andar hacia el puente que unía las dos orillas de Jaturabe sin echar la vista atrás ni una sola vez. Se detuvo, no obstante, al oír que alguien gritaba su nombre. Le costó reconocer al joven alto y desgarbado que en dos años se había convertido en un hombretón capaz de mover él solo la piedra de molienda de Perutxo y sonrió por primera vez en meses. Xabier Olalde corrió hacia él y lo apretó entre sus brazos con la fuerza de un oso.

—¡No me hubiese perdonado no haberte encontrado! —exclamó jadeante—. Los hombres que están arreglando tu caserío me han dicho que te habían visto marchar, pero que ignoraban si volverías o no.

—No pensaba hacerlo.

—¿Por qué?

Le explicó los hechos en pocas palabras: “Urondoa” ya no era suyo y nada lo retenía en Araotz.

—¡Ven a “Goikoa”!

—¿A “Goikoa”?

—Llegamos ayer, Carmen y yo… Nos casamos en Vitoria, en cuanto acabó la guerra… al no ser legal vuestro matrimonio… nosotros…

Se expresaba con palabras entrecortadas, en voz baja, avergonzado, como si de pronto hubiese caído en la cuenta de que el hombre con quien hablaba había sido el marido de su mujer durante unos pocos meses. Debía haber sido más cauto, decírselo con mayor suavidad, poco a poco; podía sentirse ofendido. Ella le había hablado de la curiosa alteración que sufría el color de sus ojos cuando algo lo encolerizaba, pero no observó cambio alguno en él.

—Os casasteis —afirmó Bittor.

—Por la iglesia. El cura nos dijo que podíamos hacerlo, que los matrimonios civiles ya no eran válidos y… sé que tú y ella…

No había pensado en aquella posibilidad, aunque, para ser sinceros, se dijo tampoco se le había ocurrido ninguna otra. Hacía tiempo que Carmen no era parte de su vida, la había olvidado, al igual que se olvida la lluvia hasta que cae de nuevo, pero sentía curiosidad por verla y comprobar que, en efecto, no sentía nada por ella. Para sorpresa del joven Olalde, le echó el brazo por encima del hombro y casi lo empujó camino a “Goikoa”, mientras le preguntaba acerca de sus andanzas en la ciudad alavesa.

Carmen salió a recibirlos en cuanto los vio llegar y detrás de ella salió su suegra. Emili la bordadora había decidido dejar la Villa e irse a vivir con la pareja. La casa era muy grande, demasiado para ellos dos solos y necesitarían ayuda cuando naciera su nieto, declaró en el colmo de la satisfacción acariciando el vientre abombado de su nuera. La joven se sentía cohibida ante Bittor y se mordisqueaba el labio inferior para calmar los nervios. Él la había visto desnuda, aunque nunca, durante los meses que vivieron juntos, logró entenderlo, adentrarse en su pensamiento y, aún menos, en su corazón. No obstante, continuaba vivo en su memoria el recuerdo de sus encuentros más íntimos, la forma como la alzaba en brazos,

la depositaba sobre el lecho, le soltaba las trenzas… Xabi la amaba de verdad y ella a él; era cariñoso, tierno, buen amante y buen marido, pero era un hombre sencillo, sin recovecos en su carácter, sin misterio. De todos modos, entre los dos, elegía a éste porque no era mujer para vivir en vilo; necesitaba sentirse segura con el hombre que compartía su vida.

—Felicidades —le dijo Bittor señalando a su vientre— y bienvenida a tu hogar.

Ya no llevaba el cabello peinado en dos trenzas, sino recogido en un moño bajo un pañuelo de cuadritos blancos y negros; parecía mayor, más madura, sosegada, y se alegró por ella. Habría sido una buena ama de

“Urondoa” si tan sólo él le hubiera dado la oportunidad, pero, estaba claro, no la quería, no sentía celos de Xabi y deseaba que ambos disfrutaran de la felicidad que a él se le negaba.

Por su parte, Carmen no percibió signo de enfado o disgusto en el tono de su voz, muy al contrario, sonaba sincero y sonrió aliviada. Habían sabido por su suegra lo ocurrido: la muerte de Juan Manuel, la desaparición del abuelo y la reclusión de la madre. Demasiadas noticias desdichadas a un mismo tiempo como para tener que enfrentarse también a la cólera de Bittor. Tampoco habían logrado encontrar a su pequeño Andrés, pero la compañía de Xabi, su boda y el gozo por la llegada de un nuevo hijo paliaban en parte la tristeza. La guerra había finalizado, nada los ataba a Vitoria, nada les impedía regresar a Araotz y así lo hicieron, después de pasar por el hospital para comprobar por sí mismos el calamitoso estado en que se encontraba Feliciana. La joven sintió pena, a fin de cuentas era su madre, pero la había abandonado cuando más la necesitaba y una madre deja de serlo en el momento en que desampara al ser que ha alumbrado y criado.

Al conocer los proyectos de Bittor y sus razones para marcharse del valle, los Olalde al unísono, Carmen incluida, le rogaron que no se fuera.

En “Goikoa” había sitio para todos y necesitaban ayuda para ponerlo de nuevo en marcha.

—Quédate como amigo, como un hermano, no como criado —le rogó Xabi—. Tiempo habrá para que te marches si es eso lo que deseas.

Aceptó la oferta. Los fríos se habían adelantado, no cesaba de llover y una espesa bruma ocultaba las cumbres de los montes. Puede que se hubiese demorado algo más de lo previsto y que Emeterio hubiese bajado ya con el rebaño, tampoco tenía prisa y no le desagradaba la idea de pasar el invierno en compañía amiga. Además, le quedaban un par de asuntos pendientes.

Bajó a “Urondoa” tres días más tarde, por la noche, mientras los demás dormían. No había luna y no llevaba farol, pero no precisaba luz para patear un sendero que conocía con los ojos cerrados. Al llegar, comprobó que Juan Vicente y sus hombres se habían bajado a la Calle, como todos los sábados al acabar la jornada laboral; encendió una lamparilla de aceite que siempre había estado colgada de un clavo en la cuadra y ocupó cerca de dos horas en transportar paja seca al interior de la vivienda, recorrió una vez más cada rincón del que había sido su hogar, cerró las ventanas que los albañiles habían dejado abiertas a fin de que el mortero de las paredes fraguase cuanto antes y prendió fuego a la paja ayudándose de la lamparilla. A continuación, regresó a “Goikoa” en medio de una tromba de agua.

El domingo amaneció gris, casi negro. El viento y la lluvia hicieron los caminos intransitables, de forma que los habitantes de los caseríos más apartados no acudieron a la iglesia. Nadie se percató de que “Urondoa” se consumía de la misma manera que la leña en las carboneras o la piedra caliza en las caleras, desde dentro, lentamente, en soledad, en una agonía pausada a la par que inexorable, hasta que las vigas ardieron y el tejado se vino abajo. De vuelta al trabajo el lunes por la mañana, los albañiles sólo encontraron escombros, rescoldos humeantes y parte de los muros calcinados en pie. Eladio Urrondo los acompañaba. Había dejado de llover y permaneció ante las ruinas inmóvil como una estatua, sus lustrosas botas embarradas, intentando pensar.

—¿Dónde está mi hermano? —preguntó de pronto a los hombres que contemplaban desolados la destrucción de casi tres meses de trabajo.

—¿Qué hermano? —preguntó a su vez Juan Vicente—. Aquí sólo estaba el guardián de la propiedad a quien entregué el sobre que usted me dio.

—¡Qué guardián ni que ocho cuartos!

—Usted me ordenó que le diera el sobre al hombre que encontraría aquí, y eso fue lo que hice —protestó el maestro albañil ofendido.

—¿Y dónde está ahora?

—¡Y a mí qué me cuenta!

—Se fue hacia el puente —señaló uno de los carpinteros.

—Pero luego volvió en compañía de un joven y subieron por la cuesta que lleva a la iglesia —apuntó otro.

Eladio montó en el caballo de raza, regalo del general por su heroica acción, y lo azuzó con ganas después de ordenar a Juan Vicente que fueran en busca de los miqueletes, los cuales volvían a ocupar la caseta de la calzada de Calahorra abandonada durante la guerra, y los enviaran al barrio de arriba a detener al criminal incendiario que había quemado su casa. No dejó de pensar en su hermano mayor mientras ascendía veloz por la cuesta, la rabia en el cuerpo, los recuerdos de los últimos cinco años en la memoria.

Al llegar delante de la iglesia, llamó a voces a don Pedro y esperó sin apearse a que éste apareciese, al tiempo que varios vecinos salían de sus casas alertados por sus gritos y lo escrutaban con curiosidad. El caballero, vestido con levita y sombrero de copa, les era totalmente desconocido, pese a tener un aire familiar que no supieron explicar. Él los miró desde su altura, pero no hizo ningún gesto, ni dijo nada que pudiese darles indicio alguno en cuanto a su identidad. Unos minutos más tarde salía don Pedro de la casa cural, situada al lado de la iglesia, abotonándose la sotana, el miedo reflejado en sus ojos al pensar que venían a por él. La derrota carlista lo había sumido en el más profundo abatimiento. Nada más conocerse la marcha a Francia del Pretendiente, había quemado todos los papeles comprometedores: periódicos, cartas, discursos e, incluso, los sermones que con tanto esmero preparaba cada domingo y día festivo, pues se rumoreaba que los liberales habían detenido a muchos sacerdotes acusados de alentar la rebelión y todo el mundo estaba al corriente de su amistad con Manuel de Santa Cruz. Salió por tanto dispuesto a dar su vida por sus dos querencias más profundas: la Iglesia católica y los fueros vascos, y se enfrentó al forastero, sorprendiéndose de que no llegara acompañado por una patrulla militar.

—¿Dónde está Bittor Urrondo? —le preguntó a gritos Eladio al verlo salir de la casa cural.

—¿Bittor Urrondo?

La pregunta descolocó al clérigo, quien ya se veía preso y con cadenas.

Cinco días antes “Goikoa” había sido habitado de nuevo, esta vez por la nieta amancebada del desaparecido Faustino Lasa, el joven Olalde del caserío “Gaztelondo” de San Juan, quien aseguró ser su marido legal, y la madre de éste. Su llegada había provocado un pequeño revuelo en el barrio, que aún fue mayor al saberse que Bittor Urrondo también vivía con ellos.

La desvergüenza no tenía límites. El día anterior, los cuatro se habían presentado en la sacristía y le habían exigido que leyese en misa el certificado de matrimonio de los dos primeros, firmado por el párroco de la iglesia de San Vicente de Vitoria. Aceptó, constreñido por la presencia de los dos mozos, cuya altura sobrepasaba al menos dos cabezas la suya, si bien la mirada transparente de Bittor, de sobra conocida por él, también contribuyó a su decisión, ahora que ya no estaban los guerrilleros para defenderlo.

—Está en “Goikoa” —respondió en un susurro, temiendo el sonido de su propia voz, a la vez que señalaba la pendiente que llevaba al caserío.

Él y los demás vecinos vieron al hombre girar su montura y tomar el repecho hacia la vivienda de los Lasa. Sólo entonces don Pedro se dio cuenta de que el caballero era Eladio Urrondo en persona. La llegada poco después de seis miqueletes preguntando por él, seguidos por los albañiles con la lengua fuera provocó todo tipo de especulaciones. Sin ponerse de acuerdo, párroco y vecinos subieron apresuradamente a “Goikoa”, deseosos de conocer lo que sucedía. Eladio continuaba encima del caballo y Bittor estaba delante de él; detrás del primero, los miqueletes se mantenían a la expectativa y la familia Olalde contemplaba la escena desde la puerta del caserío.

—Tú has quemado “Urondoa” —afirmó Eladio.

—¿Quién lo dice? —preguntó su hermano.

—¡Yo lo digo!

—Y yo lo niego.

—¡“Urondoa” es mío!

—Que te aproveche.

—¡Eres un cabrón incendiario!

—Demuéstralo.

Eladio ordenó al sargento de los miqueletes detener a Bittor bajo la acusación de atentado a la propiedad, pero el soldado se mostró remiso. Era preciso ser cautos; las heridas de la guerra estaban todavía abiertas y él y sus hombres tenían que vivir en un medio hostil todos los días. No conocía al caballero que le daba órdenes como si él fuera un simple criado y adujo la necesidad de recabar testimonios antes de proceder al arresto. Mientras ambos hermanos continuaban uno frente al otro sin quitarse la vista de encima, el sargento interrogó a los vecinos, quienes negaron saber nada del asunto; de hecho, incluso ignoraban que el caserío junto al río se hubiese quemado. Lo mismo respondió el párroco y los Olalde juraron que el supuesto sospechoso había pasado los últimos cuatro días sin salir de la casa. No había testigos, no había pruebas, no había por tanto causa, razonó el sargento.

No era la primera vez, ni sería la última, que un edificio se quemaba debido a un fuego mal apagado o a un rayo que entraba por la chimenea; la tormenta había descargado con furia el sábado, acompañada por un gran aparato de truenos y rayos lo cual había sido, sin duda, el origen del incendio. Dio por finalizado el asunto, retirándose inmediatamente con sus hombres mientras mascullaba una imprecación dirigida al caballerete que los había forzado a abandonar su puesto de vigilancia para solventar un asunto claramente familiar.

Eladio se había acostumbrado a ser obedecido y la retirada de los miqueletes lo llenó de furor. Su oportuna intervención en Somorrostro había salvado la vida al general Serrano, el más importante del ejército español además de jefe del gobierno de la nación, abriéndole a él las puertas de la fortuna. Ahora era un hombre rico y respetado, socio en varias empresas; había aprendido a leer y a escribir con soltura, a hablar y a moverse en sociedad, y no estaba dispuesto a permitir que el garañón de su hermano mayor se saliese dos veces con la suya. Él mismo se encargaría de que fuese

enviado a Cuba, como muy cerca, si antes no le descerrajaba un tiro entre las cejas. Dio media vuelta y desapareció cuesta abajo seguido por la mirada de Bittor, cuyos ojos no habían cambiado de color durante todo el encuentro, tal y como Carmen y don Pedro pudieron constatar muy sorprendidos.

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